La evidencia empírica muestra que la exposición a trauma, especialmente en la infancia aumenta de manera significativa la incidencia de ideación suicida, intentos autolíticos y muerte por suicidio consumado. El trauma relacional complejo en forma de abuso sexual o físico, negligencia o abandono, alteran los sistemas neurobiológicos del estrés, afectando a la autorregulación emocional y a la propia identidad, generando una vulnerabilidad personal que se mantiene a largo plazo.Por otro lado, la vulnerabilidad social en forma de pobreza, discriminación, migración forzada, falta de acceso a recursos o aislamiento, actúan como determinantes sociales del riesgo suicida. La OMS indica que los factores socioeconómicos adversos aumentan las experiencias traumáticas y reducen los recursos de afrontamiento perpetuando el estrés crónico.De manera que el suicidio debe entenderse como un fenómeno multicausal en el que convergen diversos eventos y situaciones traumáticas, más que como un trastorno psicológico o un síntoma individual.