Las experiencias de victimización sexual en mujeres tienen un gran impacto negativo en diversas áreas de su vida. A nivel psicológico, pueden presentar depresión, trastorno de estrés postraumático, ansiedad, síntomas psicosomáticos, angustia, culpa, automutilación, ideación e intentos de suicidio, irritabilidad, ira, sentimientos de vergüenza, humillación, dificultades relacionales, disfunciones sexuales, inhibición sexual, reducción en la satisfacción sexual y en la frecuencia de actividades sexuales. También podrían incurrir en conductas de automedicación que según el tipo de sustancia (psicofármacos, alcohol y sustancias ilegales) tendrán unos propósitos específicos, aunque en todos los casos contribuyen a la reducción de la angustia y el malestar. Por ejemplo, las prácticas de automedicación con antidepresivos, ansiolíticos y sedantes se dan como una forma de reducir la angustia, el estado de ánimo, los nervios y como una forma de evitación de búsqueda de ayuda. El consumo de alcohol, marihuana y otras sustancias ilegales contribuyen a reducir la angustia, pero su consumo y la posible consecuencia del abuso de sustancias está mediado por la gravedad del asalto sexual, el nivel de estrés postraumático, la cercanía del agresor, la revictimización sexual, entre otros. El consumo de alcohol también puede ser utilizado para reducir la angustia relacionada con el sexo y la inhibición sexual e incrementar el deseo sexual. En todos los casos, hay un alto riesgo de padecer consecuencias negativas de distinto orden. Por ello, identificar los mecanismos subyacentes a cada modalidad de automedicación en mujeres víctimas de abuso sexual, implica retos metodológicos, de evaluación e intervención.