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Última actualización web: 03/07/2022

Incesto: El rol de la madre.

Autor/autores: Hugo Marietan
Fecha Publicación: 01/03/2007
Área temática: Trastornos de la Personalidad .
Tipo de trabajo:  Conferencia

RESUMEN

Para abordar este tema, directamente pasaré a comentar una carta de una madre cuya hija era abusada por su propio padre:

Palabras clave: Incesto

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Incesto: El rol de la madre.

Hugo Marietan.

Médico psiquiatra, Docente de la Universidad de Buenos Aires.
www. marietan. com

Para abordar este tema, directamente pasaré a comentar una carta de una madre cuya hija era abusada por su propio padre:


Caso 1

Mi nombre es I. , tengo 47 años, soy divorciada desde hace 12 años.  

Mi ex esposo abuso de mi hija menor desde sus 13 años hasta los 15. Se hizo la denuncia penal, sin ningún éxito. El expediente fue archivado a los 15 días.  

La fiscal me dijo textualmente: "estos casos de abuso sexual simple, son muy comunes y difíciles de probar, por lo que no se puede hacer nada porque estamos atados de pies y manos, según el código procesal con el que debemos manejarnos. . . etc. ".

Hablé con mi hija, quien fue la que insistió en realizar la denuncia y la convencí para que dejara las cosas como estaban. Le comente algo de lo que había leído en "Crimen y Castigo", y me consolé pensando que debía vivir 120 años, para que su conciencia fuera su castigo, pero ahora me encuentro con que esta gente no siente culpa. Eso quisiera sentir yo, para pegarle un tiro en las bolas y otro en la cabeza. Pero no puedo, es el padre de mis hijos. Por otro lado imagínese lo que pasaría con ellos al enterarse que la madre mató al padre.  

Mi hija empezó a hacer psicoterapia, mucho antes de saber yo de esta situación. Realizó un intento de suicidio, ese fue el motivo por la que consulté a una psiquiatra especialista en adolescentes.  

Actualmente no tiene ningún contacto con el padre. Pero también perdió la relación con su abuela y abuelo paterno y con la familia paterna. Ellos llaman a lo sucedido, al incesto: "ese incidente". . . .  

Los familiares paternos la acosaban llamándola por teléfono para tratar de convencerla que todo fue un mal entendido. El padre solo le hacía caricias. Así llaman ellos al hecho de que un padre manosee el busto de su hija que apenas empezó a desarrollar.

"El la acaricia porque la quiere", decían ellos. Sin embargo, cuando el padre se encontraba con mi hija le decía:"Hola hija. . . hija de puta. . jajajaja. Es un chiste".
Hablé muchas veces con él. No sólo por ese motivo, sino porque la llevaba en su moto después de haber bebido alcohol y sin casco.

Esas charlas eran estériles, volvía a repetirlo. Es la razón por la cual mi hija insistió en hacer la denuncia. Me dijo: "mamá nada de lo que vos le digas o hagas va a solucionar esto".

Tampoco la denuncia fue efectiva. Vivimos relativamente cerca, por lo que es común que mi hija lo encontrara al estar caminando por la calle. La actitud del padre era subirse con la moto a la vereda y cortarle el paso. Por lo cual, le compré un celular y la asesoré para que cuando esto ocurriera, entrara a un negocio y llamara a la policía y a mi.  

Doctor, este hombre no le tiene miedo a nada. Hay una denuncia penal. La policía puede arrestarlo. Sin embargo el se siente todo poderoso.

Mi pregunta es la siguiente: ¿qué me pasó a mi, para no darme cuenta de lo que estaba sucediendo?

¿Cómo es que no pude evitarlo? Muchas veces le pregunté a mi hija si sentía algún resentimiento hacia mí, por no haberla protegido. Le dije que sería un sentimiento normal, después de todo, soy su madre, la responsable de su bienestar.

En este momento, ella está bien. Aprendió a defenderse del padre.

La aconsejé que cuando se le apareciera lo ignorara. No sintiera miedo, ni se atemorizara, que no le demostrara ningún sentimiento. Dado que eso podía estimular sus persecuciones y dio resultado.

Mi última pregunta: ¿Qué es lo que le sucede a un padre para que tenga estas actitudes repugnantes hacia una hija? ¿Por qué la familia actúa como un clan, una especie de mafia que lo defiende, sin cuestionarse absolutamente nada? No son ignorantes. Mi ex suegros tiene instrucción terciaria.  

Muchas gracias por recibir mi mail.  

Pd: Autorizo la publicación del mail, reservando la identidad de todas las personas nombradas en él. Mi hija es menor de edad, actualmente tiene 16 años.


Respuesta

Es triste tener que reconocer que el abuso sexual en la infancia no es un hecho infrecuente en ninguna parte del mundo. De los niños abusados el 83 % son niñas y 17 % son varones. El abusador, en un enorme porcentaje es un familiar adulto del infante. padrastro, abuelo, tío, primo, y, lamentablemente, el padre. Luego están los vecinos y otros adultos que visitan la casa y, un porcentaje menor, un hecho circunstancial fuera de los aledaños de la casa y de los familiares.

Llama la atención varios puntos en estos abusos: por lo general la niña no es creída cuando cuenta que ha sido abusada. No existe una explicación fehaciente de porqué sucede esto.

Una explicación simple sería porque la niña, en esa etapa, es fabuladora y creen que es otra de sus fantasía. Sin embargo no podemos quedarnos que esto. Porque lo que denuncia la pequeña es un hecho grave. Debe impactar en la mente del adulto que recibe la información.

¿Por qué, algunos, recurren a la negación?

Seré cruel en esta respuesta: por conveniencia. La adulta que escucha (madre, tía, etc. ) por lo general es conciente de la catástrofe familiar que le sigue a asumir la denuncia de la niña. Entonces se esfuerza en conseguir una duda que eluda el problema. Por ejemplo no entra en el esquema mental del adulto que un padre o un abuelo pueda tener deseos sexuales sobre su hija o nieta, que se excite con ese cuerpito apenas enunciado sexualmente. Entonces suelen escaparse por la tangente de “te habrá parecido”, “estás exagerando”, “no hables así de tu abuelo que te quiere tanto” y lo pero de todo: “no mientas”.  

Fíjense que con esta última opción la nena se queda sola, sin respaldo de su madre (el ser protector por antonomasia), en manos del perverso. La nena siente que la madre la entrega al perverso. No tienes más chance que seguir la situación incestuosa hasta que sus fuerzas y madurez (por lo general en la adolescencia) pongan límite al perverso.

Una situación distinta se produce en caso del padrastro, en que la mujer, en un porcentaje mayor del esperado, entrega directamente a su hija al perverso como prenda para evitar que la deje. Ejerciendo un no darse cuenta activo permite la perversión. Muchos colegas que están leyendo estas palabras tendrán un caso que confirme esta cruel manera de mantener una pareja.  

La madre sufre un extraño “adormecimiento” frente a la situación de incesto ¿No lo ve? ¿No lo quiere ver? ¿No lo puede creer? ¿Lo ve pero prioriza sus intereses ante los intereses vitales de su hija? ¿Cree que, en un resquicio de primitivismo, es un hecho “natural”, un derecho del “padre”?

El otro dato a tener en cuenta es que estos casos no ocurren solamente en gente poco instruida o con recursos económicos y culturales escasos. Se da en el corte total de la sociedad. Lo que lleva a pensar en factores más profundos aún, que los mencionados.
El incesto está mencionado en todas las culturas y en todas las épocas, aún en la Biblia.

El caso de I. es el de una madre que cree a su hija y lucha para reparar el daño del perverso y pregunta:
¿Qué me pasó a mi, para no darme cuenta de lo que estaba sucediendo?

La familia, aunque se esté separado del esposo, funciona bajo el presupuesto del cuidado de los hijos. No está en la mente de nadie pensar, a priori, que pueda existir la intención de daño por parte del padre. A partir de ahora no usaré la palabra “padre”, porque el rol del padre es preservar a sus hijos de los daños del medio, educarlos para que enfrenten la vida lo más sanamente posible. En el caso de que abuse sexualmente de su hija ya no tiene ese rol de “padre” sino de un Perverso que ha inseminado a la madre de su hija. Es decir, éste es un perverso. ¿Cómo prevenirse de un perverso si no tiene antecedentes? Es muy difícil.

¿Cómo es que no pude evitarlo?

La chance de evitar esta situación está relacionada con el grado de comunicación que exista entre la madre y la hija. El grado de apertura mental de la madre y de la sensación de confianza por parte de la hija. La presunción de parte de la hija de que “no será sancionada” si cuenta tamaña experiencia. Que será creía y amparada. Es decir que no es un hecho puntual, sino toda la relación histórica entre madre e hija.

¿Qué es lo que le sucede a un padre para que tenga estas actitudes repugnantes hacia una hija?
No es un “padre” es un perverso, como lo dije antes

¿Por qué la familia actúa como un clan, una especie de mafia que lo defiende, sin cuestionarse absolutamente nada?
Porque en realidad, no le creen a la nena. Creen que es una exageración. Y el hecho de que estén separados los padres, los puede hacer pensar que es una maniobra de la cónyuge despechada. Tampoco ellos pueden creer que su familiar haga una cosa así. Es esconder la cabeza para no ver el problema. Caerán en la cuenta cuando ocurra otro caso.  

Su hija debe continuar con la psicoterapia para evitar un mayor daño psicológico y que pueda asimilar este trauma grave.


Caso 2

¡Dios! Mi hija me confeso que su padre abuso de ella cuando tenia 8 años. Hoy en día tiene 14 años. ¡Dios! ¿Qué hago? No quiero que mis padres se enteren. La voy a llevar al psiquiatra. ¡Ay!, ¡que dolor tan grande, Señor. . . !


Respuesta

En esta breve comunicación, de fuerte pensamiento religioso, se interpreta al incesto como un “castigo” que cae sobre ella (la madre). Ella es la que sufre por ella (¡Ay!, ¡que dolor tan grande, Señor. . . !)

La hija no le “cuenta” sobre el incesto, sino que “confiesa”: es decir, que la carga de responsabilidad también le cabe a la niña.

El tema del desastre familiar que se avecina al asumir el relato de la niña como cierto se traduce en dos frases: 

1) “¿Qué hago?”. Si bien podemos atribuir esta pregunta al “impacto” de la noticia, traduce, también, una duda. Una madre que tiene certeza de lo que le cuenta su hija, no duda en la conducta a seguir que implica, sin más, la separación de su marido y procesamiento penal correspondiente. 2) “No quiero que mis padres se enteren. ” Es decir, si “abre el problema”, si hace lo que corresponde, la denuncia penal, es evidente que los padres de ella se enterarán. De esto pude inferirse que, en esta primera etapa, no está en ella asumir el problema en toda su intensidad. Para esta madre es mayor el temor a “que sus padres se enteren”, que la gravedad del abuso sobre su hija.

Por suerte algo de maternaje queda: “La voy a llevar al psiquiatra”. Siempre y cuando la intención sea de reparar en algo el daño del incesto, y no de investigar si la niña tiene componentes fabulatorios.


El debilitamiento del maternaje

El concepto de maternidad está bien delimitado: se refiere a todo el proceso que implica la procreación hasta el nacimiento del hijo. El maternaje, en cambio tiene límites difusos, e implica el “cuidado” de esa criatura, dado la condición de invalidez de la cría humana.

¿Hasta donde se extiende el maternaje?

La respuesta más apresurada es: desde el nacimiento a la muerte de la madre o del hijo.

Sin embargo es obvio que el cuidado disminuye a medida que el desarrollo del hijo lo hace más fuerte para enfrentar las exigencias de la vida.

¿Hay diferencias entre el maternaje con respecto al hijo o a la hija?

La respuesta a esto sería que ignoramos esta cuestión. Pero, en función de la experiencia, se observa, mejor dicho, se interpreta, que para la madre el hijo, el varón, requiere de “cuidados” el resto de vida de que la madre disponga. Sin embargo he observado casos que me han hecho inferir que el maternaje en la hija sufre en fuerte debilitamiento en la adolescencia, cuando la hija adquiere las propiedades de mujer, su identidad de hembra.  

En esta dolorosa etapa, en este desgarro, la hija se desprende de la identidad que comparte con la madre para asumir su propia identidad. La mayoría de nosotros hemos presenciado esas batallas madre e hija, incomprensibles para el testigo.

¿Quién no ha escuchado a la madre “marcar territorio”? “Esta casa es mía”. “En esta casa se hace lo que yo digo”. “Eso lo vas a hacer cuando tengas tu casa”. Y otras por el estilo.

¿Quién no ha visto a la madre competir con su hija como mujer? Colocarse ropa del mismo estilo que su hija, parecer ella una adolescente como marca el dicho: “de atrás el liceo, por delante el museo”.  

¿Cuántos casos conocemos en que la madre le “elige” o desaprueba el novio a la hija?

Y es la madre la que pone “límites” a las caricias y juegos del padre cuando la niña se insinúa como mujer.
Hasta aquí lo normal, o al menos lo socialmente aceptado.

Me he hecho la pregunta: ¿Por qué la madre, separada de su marido, “entrega” a su hija a las apetencias sexuales de su nueva pareja?

No es lógico asumir que una mujer adulta no se de cuenta del incesto si éste dura varios años. O si se da cuenta, deja hacer.  

Creo que en algunas madres el maternaje se debilita en cuanto constata que su hija es apetecible como hembra para un hombre. Ahí ya no la ve como a una hija sino como a una mujer. Pienso que ninguna madre “entregaría” a una hija. Pero sí una mujer entregaría a otra mujer.

¿Y la edad?

Una mujer es habilitada como hembra por un hombre, en su condición de macho (pude verse estas distinciones en mi artículo “Esquema relacional de pareja”,  www. marietan. com).  

Es el cambio de “actitud” del hombre hacía la mujer: el pasaje de niña, sexualmente neutra, a mujer, sexualmente apetecible.

Normalmente este pasaje se da en la adolescencia de la mujer.

Pero en el perverso el rango se extiende a la pubertad y, en otros, llega hasta la infancia: la sola condición de mujer estimula la excitación sexual.

La debilitación del maternaje, el sentido de posesión del hombre (mantener al hombre a su lado a cualquier precio), la inseguridad económica y, (patológicamente) algún grado de perversión, pueden ser algunos de los factores que faciliten la prolongación del incesto por parte de la madre.

Creo que el tema tiene muchas aristas y que estas pueden ser algunas de ellas, y que para su tratamiento debemos vencer la natural repugnancia que nos invade al encararlo, pero es necesario mirarlo en toda su crudeza, en su crueldad, si queremos intentar sacar algunas conclusiones que sirvan para encarar terapéuticamente esta cuestión.

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