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Última actualización web: 24/09/2022

Psicología y psicofarmacología de la felicidad.

Autor/autores: Francisco Traver Torras
Fecha Publicación: 01/01/2004
Área temática: Trastorno Bipolar .
Tipo de trabajo:  Conferencia

RESUMEN

Las neurociencias, en general, se han ocupado poco de la felicidad pero en cambio si lo han hecho con el placer o con las recompensas a corto plazo. Nuestras intuiciones acerca de la felicidad proceden de la filosofía, sin que en ella se hayan logrado discriminar las diferencias que existen en cuanto a delimitar la felicidad del placer a corto plazo, dando por entendido que la felicidad es una forma de placer y por tanto igualmente efímero.

Existen dos concepciones filosóficas antagónicas de la felicidad; Nietzsche y Epicuro. Para Nietzsche felicidad es un sinónimo de poder, el poder de conseguir algo desde un viaje accidentado desde el displacer o el dolor hasta el placer o felicidad. Apela por tanto a un concepto de felicidad dionisiaca, corpórea y sensorial donde el exceso no es sino el coste doloroso de la experiencia elevada, una forma de hacer frente a las dificultades, quizá autoimpuestas.

Palabras clave: psicofarmacología


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Psicología y psicofarmacología de la felicidad.

Francisco Traver Torras.

Director del Área de Salud mental
Hospital Provincial
Castellón

 

Las neurociencias, en general, se han ocupado poco de la felicidad pero en cambio si lo han hecho con el placer o con las recompensas a corto plazo. Nuestras intuiciones acerca de la felicidad proceden de la filosofía, sin que en ella se hayan logrado discriminar las diferencias que existen en cuanto a delimitar la felicidad del placer a corto plazo, dando por entendido que la felicidad es una forma de placer y por tanto igualmente efímero.
Existen dos concepciones filosóficas antagónicas de la felicidad; Nietzsche y Epicuro. Para Nietzsche felicidad es un sinónimo de poder, el poder de conseguir algo desde un viaje accidentado desde el displacer o el dolor hasta el placer o felicidad. Apela por tanto a un concepto de felicidad dionisiaca, corpórea y sensorial donde el exceso no es sino el coste doloroso de la experiencia elevada, una forma de hacer frente a las dificultades, quizá autoimpuestas.

Para Epicuro -no obstante- la felicidad es algo más sosegado y práctico, que contrariamente al concepto Nietzschiano de felicidad impone una separación clara del dolor o displacer. Felicidad es sinónimo de ausencia de dolor, pero no sólo del dolor entendido como displacer sensorial sino también de toda necesidad material. Este concepto epicúreo de la felicidad entronca con la tradición nirvánica del yogui, pero contradice el sentido social que más adelante Stuart Mill propusiera.

Mill propone un nuevo concepto derivado de la virtud aristotélica y habla de una felicidad reservada a los logros sociales entendidos como el ultimo reducto al que todo fin virtuoso individual debe encaminarse. Mill entiende que no hay felicidad fuera del interés común, lo que conecta a la felicidad con la autorrealización vinculada al cumplimiento. Además para Mill la felicidad es un subproducto, es decir algo que viene dado por añadidura al afán o celo con que perseguimos algo. En este sentido la felicidad no puede perseguirse, sólo sobrevendrá si no se busca deliberadamente.

Demócrito pensaba que la felicidad era algo equivalente a la eutimia: el ánimo cordial, equilibrado y risueño y “quienes no lo logran demuestran escaso talento”. Parece que Demócrito se refiere más a nuestro concepto actual de eutimia, punto equidistante entre la manía y la depresión en las psicosis afectivas que al estado coloquial del término y no es accidental porque el mismo Aristóteles pensaba que sólo en la gravedad y la melancolía podía hallarse al hombre de talento superior. La razón es que los griegos creían que el cuerpo y el alma eran instancias separadas. Herederos de la filosofía chamánica, griegos e hindúes creían en las reencarnación (metempsicosis) y en una instancia intrapsíquica que habitaba el cerebro individual y que llamaron daimon. Esta instancia era una especie de duendecillo juguetón que animaba el cuerpo y le hacía poseedor de un “genio”especial. Naturalmente este genio sólo habitaba en los cerebros de los hombres superiores los filósofos, únicos individuos capaces de descubrir la verdad que habita en el mundo de las Ideas y por tanto únicos acreedores de la “verdadera felicidad”


Como vemos la filosofía no ha logrado distinguir entre el placer (la estimulación placentera a corto plazo) de la felicidad duradera (el placer a largo plazo) de una manera compatible con nuestra concepción actual del ser humano, esa felicidad “que afirma algo” sobre el individuo en cuestión a la que muchas veces asimila a una sosegada y práctica infraestimulación o aburrimiento sin sobresaltos y otras a una beatífica concepción de un alma descarnada. Más interesantes desde el punto de vista neurocientífico me parecen las aproximaciones de Rivera1 acerca de que el placer puede conseguirse siempre a través de un viaje que puede iniciarse desde la infraestimulación o la sobrestimulación, pero en definitiva siempre un viaje donde el dolor -según la visión Nietzschiana- no será algo ajeno.

Dicho de otro modo no hay experiencia sensible, noética o de autorrealización sin dolor. Un dolor que no es sinónimo de resignación o gravedad pero dolor al fin y al cabo. Un viaje que finaliza transitoriamente en la comodidad donde algo de nosotros mismos se afirma, un algo que tiene que ver con un sistema metaconductual del que nada sabemos, pero que nos es posible contemplar en reposo sólo cuando ha sido capaz de modelar y moldear nuestra conducta de acuerdo con esas mismas reglas que emanan de su gobierno.

Por el contrario las neurociencias nada saben acerca de la felicidad quizá por considerarlo un objeto poco científico de conocimiento. Sin embargo gracias a la psicofarmacología sabemos algunas cosas acerca del placer. Sabemos por ejemplo que tanto los científicos como los filósofos no discriminan el placer de la felicidad, al menos por lo que sabemos de cómo se conceptualizan los sistemas de recompensa cerebrales.

Entiendo a la psicofarmacología como una de las ciencias básicas que sustentan a las neurociencias y entiendo que la psicofarmacología es distinta a la psicofarmacoterapia. Allí los fármacos son utilizados como herramientas que abren nuestra comprensión del cerebro, aquí los fármacos son usados como potenciales agentes terapéuticos en las enfermedades o trastornos mentales.

Gracias a la psicofarmacología sabemos que el cerebro posee varias puertas que giran en los goznes del placer, como si la evolución a través de su deriva hubiera precisado de generar varios sistemas de producción de placer que por cierto son los mismos que se ocupan de amortiguar o aliviar el dolor, lo cual nos indica que el ser humano para protegerse de las consecuencias de las amenazas de su medio, ha desarrollado y perfeccionado sistemas redundantes cuyo objetivo final no es sino generar una sensación de recompensa, inmediata o diferida cuyas consecuencias conductuales no son sino la repetición de la conducta que “obtiene premio” en el puntaje de ganancia de placer.

Es lo que se conoce con el nombre de estimulo condicionado.
Sin embargo no todos los estímulos generan el mismo tipo de placer, ni pueden condicionarlo igual, por fin determinados estímulos son incapaces de ligar placer, unos – los que estimulan el sistema opioide - generan euforia y resistencia al dolor. Otros – los que se producen a nivel del complejo GABA- obtienen el premio de una mezcla de euforia, amnesia y sedación. Los que actúan a nivel dopaminérgico, potenciación intelectual, hiperactividad y supresión del sueño. Los cannabinoides engañan nuestros sentidos respecto al tiempo y al dolor y potencian nuestras conexiones asociativas. opio, alcohol, cocaína o cannabis son las llaves que abren estas puertas giratorias a veces mediante el costo adicional de hacernos adictas a ellas, otras mediante una incursión aterradora hacia el infierno de la psicosis.

 




Pero todas estas vías de placer pueden resumirse en una sola92 aquella que es la estación de término de cualquier recompensa con independencia de la puerta de entrada que eligiera el placer, me refiero a la vía dopaminérgica mesolímbica.

 




Obsérvese en la figura anterior como las vias dopaminérgicas emergen del cerebro medio y como pueden distinguirse hasta cuatro vías principales:

1. - La via mesolimbica
2. - La via mesocortical
3. - La via nigro-estriada
4. - La via tuberoinfundibular

Representando la 2 y la 4 ramales de la vía principal mesolímbica.

Lo importante de estas vías es conocer y recordar su función, la primera de ellas la mesolímbica es la vía de la recompensa aunque también tiene componentes cognitivos, la segunda, mesocortical con destino al lóbulo frontal es una vía fundamentalmente cognitiva y asociativa, la tercera desplazada hacia abajo, hacia el cerebro reptiliano es la vía del movimiento afectada sobre todo en la enfermedad de Parkinson y la cuarta que llega hasta el hipotálamo regula sobre todo la excreción y liberación de hormonas como la prolactina.

Además de las vías es necesario recordar a los receptores encargados de procesar los estímulos eléctricos que circulan por dichas vías, nombraré de momento a dos tipos de receptores dopaminérgicos, los D1 y los D2. Ambos tipos de receptores están representados en todas estas vías aunque los D1 se encuentran más frecuentemente representados en la vía mesocortical y los D2 en todas las demás. Los neurolépticos convencionales, que bloquean los receptores D2 tienen distintos efectos según la vía afectada por su bloqueo, mientras a nivel mesocortical generan torpor, a nivel nigroestriado generan fenómenos extrapiramidales y a nivel tuberoinfundibular elevación de la prolactina con la traducción clínica correspondiente de amenorrea-galactorrea en la mujer y descenso de la libido tanto en el hombre como en la mujer. Sólo a nivel mesolímbico el bloqueo D2 parece tener un efecto limpio antipsicótico, siendo el resto de bloqueos epifenómenos adversos o indeseados.


El director de la orquesta del cerebro

La vía dopaminérgica mesolímibica representa un nivel jerárquico superior a la captación y recaptación del placer. No es que ella en si misma al ser estimulada carezca de esta función, la cocaína o las anfetaminas por ejemplo nos recuerdan que la estimulación dopaminérgica directa provoca euforia, placer, resistencia a la fatiga y al sueño. Sin embargo el interés fisiológico de esta vía no procede de la posibilidad de ser estimulada por un neurotransmisor concreto sino de la facultad de resumir en si misma las estimulaciones placenteras que proceden de otros sistemas de recompensa que aunque en sí mismos resulten placenteros no podría explicarse su tendencia a la repetición. Por ejemplo, la nicotina del tabaco estimula la neurotransmisión colinérgica, que no es placentera en sí misma, sólo a través de conexiones entre ambos sistemas colinérgico-dopaminérgico la estimulación de la acetilcolina puede resultar placentera y adictiva al estimular el sistema mesolímbico de recompensa.

Lo mismo sucede con el alcohol, una substancia que interactúa con el sistema GABA que es un sistema inhibidor. El alcohol provoca según la dosis y la velocidad de su consumo distintos estados emocionales que van desde la euforia y la desihinbición hasta la sedación, el torpor, la confusión y el coma. Si el alcohol resulta adictivo es por la misma razón que la nicotina, porque interactúa en última instancia con la via dopaminérgica mesolímbica, por la vía indirecta de la fijación al GABA.

Dicho de una manera resumida la vía mesolímbica dopaminérgica es un metasistema de recompensa que regula a todos los demás y de cuya estimulación dependen en gran parte los estímulos de refuerzo que proceden de sistemas ajenos a la propia dopamina. Las vías dopaminérgicas son inhibidoras en contraste con las noradrenérgicas que son estimuladoras.

Sin embargo, la estimulación de dopamina por vía farmacológica no procura ni placer, ni felicidad, ni nada parecido sino una activación estimulada, dificultades para conciliar el sueño y perdida de peso, la dopamina puede ser representada por la percusión de una orquesta. La llave que conocemos con el nombre de bupropion –un antidepresivo que se utiliza para la deshabituación a la nicotina- nos ha enseñado qué podemos y qué no podemos esperar de la estimulación directa de la síntesis de dopamina, en este caso por inhibición de su bomba de transporte. Todo lo cual apunta en la dirección de que el placer que procuran algunas drogas, placer efímero y peligroso, es un placer que deriva de la explosión en las sinapsis adecuadas de determinados neurotransmisores, mientras que el placer que se obtiene a través de fármacos diseñados para tratar enfermedades no puede suplantar dichas recompensas: fumar cigarrillos siempre resultará más placentero que mascar chicles de nicotina o tomarse bupropion, por razones que van desde la vía de administración (administración pulsátil) hasta de dosis. Pero sobre todo de otra variable a la que no se le da la suficiente importancia: las asociaciones mnésticas placenteras que el propio hábito ha ido configurando en su propia historia natural adictiva.

De manera que aunque los fármacos o las drogas de síntesis representen verdaderas herramientas para averiguar qué sistemas o mecanismos son estimulados o inhibidos mediante su administración, lo cierto es que no pueden reemplazar a los mecanismos naturales de recompensa que la propia naturaleza ha diseñado para alcanzar la felicidad o la eutimia tal y como Democrito teorizara.


Sexo y amor

Uno de los mecanismos no farmacológicos más conocidos y al alcance de cualquier persona para explorar los sistemas de placer y recompensa cerebrales son el sexo y el amor, un ejemplo de orquesta bien compensada, que sigue fascinando a los usuarios desde algún lugar de nuestro imaginario.

La evolución sólo se ha preocupado de que el sexo sea continuo, placentero, preservando y favoreciendo sobre todo la eyaculación en tanto que el propósito del sexo es la reproducción. El Sapiens mediante su continua elaboración de símbolos ha conseguido no obstante disociar el sexo del amor, pero antes tuvo que inventarlo ¿Qué es el amor? ¿Cuál es su función evolutiva? ¿Cómo se instaló en nuestro cerebro? ¿Qué relación mantiene con el sexo puro y duro?
El amor es un subproducto del instinto sexual, y es además una creencia, entendiendo como subproducto a aquel material que se produce necesariamente en la fabricación de algo y como creencia, (Ortega y Gasset) a algo que nos posee en distinción con las ideas que poseemos. El agua es un subproducto de casi todas las reacciones químicas del organismo y las virutas son un subproducto de la elaboración industrial de la madera, como la basura es un subproducto del consumo industrial. Estar enamorado es una creencia, o se está en ella o no se está.

En este sentido el amor es un invento bastante reciente –evolutivamente hablando- ningún animal se enamora (ningún animal tiene creencias), aunque existen parejas inseparables entre algunas especies que pueden ser correlatos etológicos de lo que nosotros entendemos como amor. Estas parejas inseparables entre los animales son un adelanto zoológico de lo que nosotros entendemos como monogamia: una estrategia evolutivamente estable en el sentido de Trivers que viene a representar algo así como un contrato reproductivo a largo plazo. A pesar de que mucha gente cree que la monogamia es más ventajosa para la mujer – atada por sus tareas de nursing a sus crías- que para el hombre, hay que saber que la competencia espermática impediría a muchos hombres – con bajos índices de testosterona- procrear si no tuvieran parejas en exclusiva que respetaran el contrato de fidelidad y asistencia mutuas y para con las crías de ambos. Dicho de un modo más claro, la promiscuidad beneficiaría los genes de los “machos viriles” en oposición a los machos más dotados para ser buenos padres, de manera que la evolución en un momento determinado hizo un viraje y no seleccionó tan sólo a los más fuertes sino también y sobre todo a aquellos que eran capaces de hacer buenas madrigueras, tenían dotes de seducción o se mostraban más hábiles a la hora de cuidar de sus propios hijos. La selección sexual evolucionó desde la horda primitiva donde los machos alfa eran los que demostraban ser más agresivos, buenos cazadores o más competitivos desparramando al mismo tiempo los genes de “buenos padres” y los genes de los “buenos cazadores”.

El amor en este sentido es un subproducto evolutivo que procede del invento de la monogamia, dado que si la pareja a largo plazo era un bien social a preservar evolutivamente, la naturaleza tuvo que ingeniárselas para inventar un sistema de recompensa a largo plazo que sustituyera al coctail de endorfinas, dopamina, noradrenalina y feniletilamina que se establece en las primeras fases del enamoramiento y del sexo físico. Lo que ingenió fue un refuerzo a largo plazo que reemplazara a esta explosión sináptica que tiene similitudes con un “chute” farmacológico y que naturalmente se caracteriza por su brevedad y por ser poco fiable para el establecimiento de una relación duradera, siempre amenazada por la posibilidad del engaño, la infidelidad y por tanto de su anticipación celosa.

Cognitivamente el amor representa el establecimiento de un metasistema desiderativo individual que puede o no regular armónicamente la conducta pero no por ello deja de constituir una experiencia metareguladora. El que estuvo enamorado siempre guarda la huella de aquel amor en sus vias dopaminérgicas y en su memoria a largo plazo, pero no como un evento cualquiera sino como un metaevento en tanto que el amor es probablemente el sentimiento más elevado idealmente hablando del que puede dar cuenta el Sapiens y del que cuelgan las preferencias que a veces son congruentes con la propia conducta y a veces no.

Esa congruencia o incongruencia tienen relación con los sentimientos de vergüenza y culpa. En tanto que el Sapiens es capaz de construir un metasistema desiderativo, es decir un ideal del yo cuya función es dirigir y moldear la conducta individual, las divergencias reales contra este sistema siempre se vivirán con un resto de inquietud e incomodidad.

Para Freud el ideal del yo es un rastro narcisista, es decir un resto de una relación placentera ya perdida, que se ha constituido –en espejo- como un edén particular que moldea las preferencias y los gustos individuales y dirige nuestra conducta, más allá del tiempo. A diferencia del Superyó que es la parte punitiva de nuestra conciencia y al que acatamos por temor al castigo, sí observamos las reglas que dicta nuestro ideal del yo es por amor o al menos por lealtad con algo.

 

Este acatamiento nos hace como a Ulises algunas veces perder el rumbo, sobre todo cuando nos encontramos tristes, solos o infraestimulados, podemos entonces iniciar un viaje de vuelta hacia los placeres conocidos, aquellos que nos procuraron en un cierto tiempo y lugar una armoniosa estimulación. Por eso el sexo puede resultar igualmente adictivo que las drogas, y en realidad cualquier cosa que nos aleje de esa deuda que mantenemos continuamente con nuestros metasistemas desiderativos.

Adictivo es el sexo, como adictiva es la conducta de morderse las uñas o el vómito de una bulímica o la condición romántica o sensual del amor ¿Qué tiene el vómito de adictivo? ¿Cómo podemos explicar que el vómito pueda resolver siquiera una pequeña inquietud en una persona cualquiera?

En realidad cualquier cosa que resuelva una tensión previa –una paleoemoción- genera un estimulo condicionado que si se vive con temor constituirá una fobia y se vive con alivio se constituirá en una conducta compensadora y adictiva.

Pero no cualquier estímulo puede provocar fobias y probablemente no todos los estímulos pueden provocar placer. La condición para el placer es el alivio y la habituación al alivio de alguna tensión inefable, indiferenciada e inaccesible a la conciencia a través de determinada conducta. Si el vómito en la bulímica es un hábito casi adictivo y además “contagioso” es porque procura y procuró alguna vez alivio y se aprendió algo acerca de este alivio, se trata de una alarma preformada en nuestro cerebro. Naturalmente para sentir este alivio hay que estar habituado, pero también para sentir el placer de la nicotina hay que estar habituado a ella. Lo usual es que las primeras veces que fumamos el humo nos dé nauseas o desagrado, es solamente el hábito lo que convierte el estimulo de displacentero en placentero. Lo mismo sucede con los vómitos de las bulímicas, y aunque nos resulte difícil de entender a los no vomitadores, el vómito es un estimulo condicionado que si resulta reforzado es a través de la ganancia de alivio o placer. De esto se ocupa casi continuamente la vía dopaminérgica mesolímbica, que como ven no trabaja con estímulos específicos sino muy inespecíficos, discriminando tan sólo lo placentero que refuerza, de lo displacentero que pasa por alto, sean sustancias químicas, conductas o tareaspensamientos.

Otro estimulo cuyo contenido placentero ha sido minimizado por nuestra manera occidental de ver las cosas, es el ayuno. Si el ayuno resulta ser un refuerzo a largo plazo – a veces dando como resultado una enfermedad anoréxica- es porque el ayuno resulta muy gratificante para nuestra vía dopaminérgica. Ella lo reconoce como un estimulo positivo, placentero y lo refuerza, y lo hace porque el ayuno es uno de los más potentes y baratos antidepresivos que existen en la naturaleza. No sólo aumenta nuestra capacidad de controlar nuestras propias necesidades físicas sino que a medida que va progresando en intensidad incluso llega a hacer desaparecer las necesidades, es el ideal nirvánico que propugnara Epicuro de felicidad. Además, el ayuno tiene algo de espiritual y de acercamiento congruente con altos ideales que duermevelan en nuestro metasistema desiderativo. Lo difícil como en todo es la moderación, hay que ser moderado hasta para el autodominio.

Un autodominio que también podemos contemplar en los deportistas de élite cuyo metasistema ideal es la consecución de algún tipo de marca, una búsqueda de limites propios, algo que suele coincidir en muchas anoréxicas o anoréxicos y que obedece a una extrema configuración de ese metasistema desiderativo que nombraba más arriba y que pone patas arriba el paradigma de búsqueda de placer y/o evitación del dolor: una configuración que a veces no puede llegar a conseguirse, simplemente porque la naturaleza no nos ha dotado genéticamente para ello y la voluntad en estos casos no sirve. Si el deporte puede llegar a convertirse en una adicción es porque estimula nuestro sistema opioide y envía a la via dopaminérgica mesolimbica el correspondiente mensaje de placer que después de ciertas repeticiones y refuerzos pasa a constituirse en un nuevo estimulo condicionado para la obtención de placer.


La soberbia racionalista de nuestro tiempo refuerza este tipo de errores cognitivos: no podemos tener el cuerpo que deseamos, ni podemos ser cualquier cosa o alcanzar cualquier marca, porque la vida no es un despliegue de menús donde poder elegir cualquier alternativa. La voluntad puede ser útil para conseguir metas alcanzables, pero resulta una fuerza tiránica cuando esas mismas metas son inalcanzables. Discriminar lo alcanzable de lo inalcanzable es el trabajo existencial más sutil y que requiere un mayor gasto de energía de todos los que ocupan a los jóvenes de nuestro tiempo, sobre todo a los más ambiciosos y perfeccionistas. Retirar esta energía de empresas inalcanzables es un signo de buen entendimiento y quizá una receta de felicidad.

La mayor parte de las discrepancias entre metasistemas desiderativos y conducta individual proceden de dos clases de hechos: existen personas que tienen altas expectativas desiderativas, como existen personas que no poseen en absoluto metas desiderativas de ninguna clase (como los psicópatas) aunque son conocedoras de los consensos morales sociales. Otros sin embargo presentan una seria discrepancia entre conducta y sistema desiderativo, quizá sea este el caso más común entre los malestares del hombre: aquel que conoce hacia donde debe dirigir sus pasos y no lo hace por cobardía o falta de voluntad, regresando una y otra vez hacia el placer fácil, inmediato, la recompensa de bajo nivel.

Elegir una recompensa fácil e inmediata siempre es una tentación al alcance de cualquiera. Aplazar la gratificación de algo fácil e inmediato, resistir la frustración e impulsar la conducta hacia metas congruentes con nuestro equipaje genético supone un esfuerzo suplementario de voluntad en el que muchos, quizá los más ambiciosos y perfeccionistas sucumben por el otro lado de la trinchera. Mientras que algunos, - los más indolentes o autoindulgentes- acaban abrazando los fáciles placeres que comportan recompensas inmediatas e intensas pero fútiles y esquivas como el placer que algunas drogas psicoactivas procuran, otros se convierten en una caricatura de un sacrificio inútil e imposible.

Ni felicidad es una cosa ni otra, esto es algo que el lector ya comenzará a intuir, pero tómese un tiempo porque no lo hemos dicho todo todavía acerca de la neuropsicofarmacología de la felicidad.


Serotonina y felicidad

Si existe una sustancia endógena en nuestro cerebro que puede enseñarnos algo acerca de las diferencias entre placer y felicidad, esta es sin duda la serotonina, tan es así, que podemos adelantar que sin serotonina no hay felicidad posible, aunque el placer inmediato e intenso siga siendo posible.

Imagínese usted viviendo en un entorno continuo de hambre, miedo o necesidad sexual. Ninguna felicidad sería posible encontrar en un mundo presidido por tales emociones o necesidades que por definición quedarían siempre insatisfechas. La evolución procuró a tal fin la aparición de un sistema autónomo de la vía de las catecolaminas (dopamina y noradrenalina) que suponen una vía adecuada para conformar la conducta del hombre hacia la autoconservación y el aprendizaje.

Contrariamente a ellas, la serotonina parece tener una función reguladora, de ambos sistemas. Una especie de sistema amortiguador de las presiones que el sexo, el hambre y el miedo pueden llegar a ejercer sobre un organismo vivo e inteligente, que es capaz no sólo de escapar, sino de anticipar los riesgos de su conducta, que es capaz de estimularse sexualmente, pero también de aplazar su satisfacción inmediata, que es capaz de alimentarse pero también de resistir la inanición y las hambrunas.

Mucho se sabe acerca del papel de la serotonina en la depresión y en las conductas violentas y agresivas. Parece que un sistema deficitario en serotonina, bien a causa de un déficit de su síntesis o una disminución de los receptores que procesan su neuroransmisión, correlaciona con un amplio número de trastornos psiquiátricos o con conductas de falta de apego o de empatía hacia el prójimo.

Probablemente el sistema serotoninérgico se moldea después del nacimiento a través de la relación entre la madre y el hijo, un precursor psicológico de cualquier tipo de aprendizaje de apego. Sabemos desde los experimentos con simios de Harlow que los monos prefieren un felpudo que proporcione contacto físico y texturas a una madre impersonal que proporcione sólo alimento. Este hallazgo contradice las iniciales hipótesis freudianas de que el vinculo entre madre e hijo se establece sobre todo a partir del aporte alimentario, todo parece indicar que el alimento es sólo un subproducto del cuidado, en realidad lo importante es el cariño, la ternura o dicho de un modo más científico alguien que aporte certidumbres y sincronías y establezca una secuencia temporal a partir de su presencia o ausencia.

Todo parece indicar que este tipo de crianza, mediante el estimulo del apego correlaciona con un buen pulso serotoninérgico y que por el contrario aquellos tipos de crianza presididas por el desinterés, el escaso afecto, la imposibilidad de crecer en un orden de certidumbres relativas y en medio de una familia generadora de carencias afectivas provoca un sistema serotoninérgico desequilibrado que será incapaz de mediar entre los instrumentos de una orquesta tomada por instrumentos de viento y percusión.

Imagínese ahora una orquesta donde se hubieran suprimido los violines, las violas, los chelos, y los bajos ¿qué quedaría, en esa orquesta? ¿qué oiríamos?. Quedaría el metal (la noradrenalina), y la percusión (la dopamina). Por muy bueno que fuera el director (la vía mesolimbica dopaminérgica) la audición sería estridente, metálica, y pasaría desapercibida en los pianos o en los fragmentos con matices. Sin embargo podríamos oírla perfectamente en los pasajes épicos, estruendosos o fortísimos.


Una orquesta así carecería de la modulación que aporta la cuerda a todo el conjunto orquestal, carecería de matices, del color que la versatilidad que la cuerda puede ofrecer, del colchón de seguridad que ofrecen los violines a los contrapuntos de pasión que el metal puede aportar de forma natural. No habría bajos y por tanto tampoco carriles por donde las melodías pudieran fluir sin miedo a extraviarse.
Si usted es capaz de imaginarse una orquesta sin cuerda, seguro que ahora puede imaginarse un cerebro sin serotonina, se trataría de un cerebro sin matices, sin sutilidades, sin sentido de la ternura, sin compasión y sin empatía.

Sin embargo un cerebro conformado de ese modo, de ninguna manera sería incapaz de autoestimularse placenteramente dado que sus vías de captación de placer siguen integras, tampoco se encontraría averiada sus vías de aprendizaje, ni sus vías dopaminérgicas, de modo que lo que daría por resultado un cerebro así concebido, sería una falta de sentimientos sociales, de afiliación, de apego o del sentimiento de pertenencia, un aumento de la impulsividad y de la agresividad por la imposibilidad de inhibiciones biológicas al sistema puramente depredador que representan las catecolaminas (lucha-huida).

Pero no todo aquel que tiene averiado el sistema serotoninérgico es un criminal en potencia, ya que en la criminalidad hay mucho de aprendizaje social de pautas imitadas y un sin fin de variables que no son de ningún modo biológicas. Lo cierto es que el 5-HIIA, un metabolito de la serotonina se encuentra disminuido en algunos casos de suicidas u homicidas violentos, lo que parece indicar que la serotonina se encuentra patológicamente disminuida en pacientes de este tipo.

Lo más común - sin embargo - es que las personas que tienen un bajo pulso serotoninérgico sufran depresiones, atracones, fobias sociales o ataques de pánico. Lo sabemos de forma indirecta, a través de una llave psicofarmacológica: los ISRS (inhibidores de la recaptación de serotonina), un grupo de fármacos nuevos que tienen acción frente al estado de ánimo deprimido, pero también frente a un grupo de síntomas que a veces acompañan a la depresión propiamente dicha.

Pero la cosas no son tan sencillas porque el sistema serotoninérgico es sobre todo un sistema regulador. Si estimulamos mediante un fármaco los botones postsinápticos serotoninérgicos lo que conseguiremos sin proponérnoslo es estimular tambíén el sistema noradrenérgico, dado que existen conexiones entre ambos sistemas. Este hallazgo nos ha hecho preguntarnos con frecuencia ¿qué sistema hay que estimular para tratar una depresión? Las ideas respecto a esta pregunta han ido cambiando con el tiempo, pero ahora estamos seguros de algo, los fármacos antidepresivos son eficaces o ineficaces sin importar cual sea la puerta de entrada. Una depresión puede responder estimulando el sistema noradrenérgico, el sistema serotoninérgico o incluso el dopaminérgico, sólo ciertos matices clínicos nos hacen decantarnos en la elección. Dicho de otro modo: no existe una respuesta especifica en clave terapéutica según el sistema estimulado.

En mi opinión esta contradicción procede del hecho de pensar que la depresión es una enfermedad que sólo tiene un correlato neurobiológico: el déficit de un neurotrasmisor, del mismo modo que se pensaba hace 10 años que la esquizofrenia era la consecuencia de una sobrestimulación del sistema dopaminérgico. Las dos cosas anteriores son verdad pero no son toda la verdad: efectivamente bajos índices de serotonina correlacionan con el estado de ánimo deprimido y una hiperactividad del sistema dopaminérgico correlaciona con los síntomas psicóticos, pero las enfermedades mentales no son sólo eso.

Desde esta antigua concepción hemos llegado a la actual convicción de que los sistemas de neurotransmisión son sólo puertas que nos permiten llegar más allá de la sinapsis, donde todavía se encuentra un mundo por explorar, el mundo de los segundos mensajeros que son los encargados de llevar la señal eléctrica al núcleo de la célula, a fin de que los genes den las oportunas órdenes de cambio en las sinapsis.

Los genes no regulan directamente las conductas, sólo se ocupan de sintetizar proteínas y no hay que olvidar que los receptores son proteínas, es decir, para conseguir cambios estructurales en dichos receptores es necesario hacer llegar al núcleo de la neurona determinadas órdenes a fin de que los genes den las instrucciones necesarias para sintetizar proteínas que terminan por configurar cambios inducidos en la sinapsis.


Estos cambios inducidos en la sinapsis tienen mucho que ver con el placer, dado que no son sino adaptaciones de los receptores al medio al que están habituados a trabajar. Para un fumador empedernido su sistema colinérgico se encuentra sobre estimulado y a la larga esta estimulación genera cambios en los receptores colinérgicos. Si yo fuera un receptor de nicotina en el cerebro de un fumador, me acostumbraría a trabajar con impermeable, dicho de una manera neurobiológicamente comprensible: me haría insensible a la nicotina o bien me regularía al alza (up regulation) es decir aumentaría el número de trabajadores en la sinapsis a fin de repartirnos entre todos las acometidas de la nicotina. El problema es que una vez reforzada la plantilla, si mi propietario deja de fumar resultaríamos demasiada gente para el escaso tráfico de la sinapsis y entonces los receptores aburridos se ponen a gritar y a sacar pancartas por miedo al despido, produciendo los síntomas de abstinencia. Además la vía dopaminérgica mesolímbica quedaría perpleja porque no sabría a qué atenerse a fin de dar las ordenes de refuerzo de determinadas conductas y enviaría mensajeros a la sinapsis colinérgica a ver qué ocurre.

Como la vía dopaminérgica es sobre todo una vía asociativa empezaría a extrañar la falta de conexión entre determinadas conductas cotidianas, - tomar el café, la charla o el aburrimiento- y la nicotina y a protestar airadamente a partir de los receptores de dopamina que se regularon a la baja (down regulation) después de adaptarse al aporte de nicotina cotidiano y ahora se ven con poco personal para permutar las antiguas ordenes de placer y recompensa por otro tipo de conductas que en cualquier caso deben ser aprendidas de nuevo.

Lo que es de prever en una persona que deja de fumar es un síndrome de abstinencia y una falta de estímulos placenteros que vengan a sustituir a los ya conocidos por la habituación al tabaco. De repente el individuo se siente vacío, sin capacidad de disfrutar y de mal humor, en tanto que las vías dopaminérgicas no se habitúen al nuevo estado estos síntomas no desparecerán. Pero no está todo hecho cuando hemos conseguido desintoxicarnos del vicio de fumar, existen otros obstáculos cognitivos que vencer. Hay que tejer de nuevo una red semántica de recompensas que sustituya a la ya conocida vía del tabaco, que siempre se recordará con nostalgia, en tanto se buscan nuevos placeres sustitutos que no resulten nocivos.

La vía serotoninérgica por si misma no tiene ningún estimulador placentero especifico, ninguna droga opera a través de ella, con la excepción del LSD, aunque personalmente no creo que el LSD sea una droga especialmente placentera, si la comparamos con la cocaína o la heroína que operan sobre receptores especializados en producir euforia y sedación o una mezcla de ambos. Sin embargo la serotonina puede mediante su manipulación intervenir en modificar determinadas condiciones patológicas o simples contrariedades de la vida. Se sabe que los ISRS pueden ser excelentes drogas antiestrés, es decir no solo modifican el estado de ánimo deprimido sino que manipulan las condiciones para que un individuo pueda llegar a presentar una depresión, operan de manera profiláctica, lo que resulta útil en los episodios depresivos recurrentes, pero también en el simple estrés crónico, en palabras de Parker parece “que los ISRS resetean el dolor moral a cero”.

Está también establecido que los ISRS en simios y de manera experimental pueden manipular el rango social de los mismos, aumentar sus índices de afiliación social disminuyendo además las infecciones respiratorias de los sujetos subordinados. Es decir desplazan a los sujetos hacia el cuadrante de la izquierda en el siguiente esquema, donde el eje de abscisas representa el apego y el eje de coordenadas representa el rango social:

 


Relaciones entre apego y rango (Stevens y Price 2000)


De manera que la serotonina tiene poco que ver con el placer fácil e inmediato y mucho que ver con los placeres a largo plazo que invoca la felicidad que se edifica sobre el apego y la afiliación social siguiendo la hipótesis de J. S, Mill para el que no hay felicidad sin un sentido ético y social, lo que es lo mismo que admitir, al menos en nuestra especie que no hay felicidad a largo plazo sin apego, sin amor.


El pulso adrenérgico

Si la serotonina es la cuerda de la orquesta , la noradrenalina es el metal. Ideal para interpretar pasajes épicos, corales con fuerza, pasionales, la música que enardece y estimula, potencia los sentidos o llama a filas a la multitud para luchar por un bien en común. Si la serotonina relaja, la noradrenalina estimula, y la podemos identificar con la alegría, pero también con la atención, el miedo y la reacción o instinto de lucha y huida que sabemos desde Cannon que ponen en marcha fenómenos fisiológicos parecidos. Hablando es términos evolutivos: la noradrenalina pertenece a un orden adaptativo anterior y es posiblemente más antigua que la serotonina y la propia dopamina, que siendo un precursor de la noradrenalina terminó constituyéndose en un neurotransmisor por derecho propio.

Como vemos en el siguiente esquema la noradrenalina es un derivado de la dopamina y pertenecen a la misma vía metabólica a partir del aminoacido tirosina, a diferencia de la serotonina que procede del aminoácido triptófano, es decir a una línea metábolica distinta.

 




Lo realmente curioso de estas dos vías que parecen a simple vista tan diferentes es que están interelacionadas entre si, algo que ya sabíamos pero que conocemos mejor gracias a un fármaco-llave, la mirtazapina.

La noradrenalina tiene dos receptores, uno postsináptico (heteroreceptor) los alfa-1 y otro presináptico (autoreceptor) los alfa-2, y al menos tres receptores postsinápticos beta (1, 2 y 3) que están representados en todo el cuerpo según la siguiente figura y funciones:

 




A diferencia del sistema dopaminérgico que emerge del cerebro medio y que se proyecta hacia delante y hacia la corteza, las vías noradrenérgicas emergen del cerebro profundo, del tallo cerebral, de un lugar ambarino llamado locus ceruleus por su aspecto parecido a la cera. No es de extrañar porque este sistema se encarga de conducir vías piramidales (rápidas) desde las vísceras y estas señales tienen que ser raudas porque tienen que ver con la huida y las reacciones defensivas al peligro o las amenazas del medio. Para sentir miedo no sólo es necesario tener una cognición anticipada del mismo y una huella mnéstica de su gradación, sino sobre todo una reacción visceral inmediata que se adelante incluso a la propia reacción cognitiva del miedo, sin taquicardia ¿cómo sabríamos que tenemos miedo?, Damasio ha llamado a esta doble vía por donde viajan estímulos necesarios para la supervivencia, “el marcador somático”, una especie de acompañamiento de la cuerda del metal que funde muy bien como los trombones, las trompetas y los saxos en la música negra.

 

Las vías puramente cerebrales de la noradrenalina tienen direcciones muy parecidas a la de la dopamina, y atraviesan el sistema límbico en direcciones similares a las vías dopaminérgicas; una de ellas va a la corteza prefrontal que está relacionada con la atención, otra a la corteza frontal relacionada con el temple afectivo y una tercera se dirige al cerebelo, por eso temblamos además de tener taquicardia cuando tenemos miedo, nuestro cuerpo se prepara para las conductas de lucha o huida. Los receptores noradrenérgicos alfa son fundamentalmente dos, alfa-1 y alfa-2 y ambos se encuentran relacionados con la depresión, la ansiedad, la memoria y la atención. No nos debe extrañar porque el locus ceruleus es una estación de paso donde se toman decisiones importantes, básicamente la decisión de dirigir la atención hacia el medio ambiente o hacia el medio interno, es decir es el lugar donde decidimos si nos ocupamos de nosotros mismos o de lo que está sucediendo en nuestro medio ambiente, una decisión muy importante porqué de ella depende el aprendizaje (aprendemos más fácilmente aquello que se encuentra enfocado por la atención), neurofisiologicamente se conoce con un estado de hiperalerta de escrutinio aprensivo o bien de su contrario: apatía y desinterés por lo que está a nuestro alrededor.

Lo que la mirtazapina nos ha enseñado acerca de las relaciones entre la via noradrenérgica y la serotoninérgica es que bloqueando los autoreceptores alfa- 2 estimulamos la producción de noradrenalina y también la de serotonina, porque en la via serotoninergica los alfa-2 se comportan como heteroreceptores. Se trata de una curiosidad teórica muy importante, porque la función presináptica de los receptores alfa-2 consiste en ahorrar gastos superfluos, son algo así como los bancos de divisas que representan los neurotransmisores, en este caso la noradrenalina. El efecto de bloquear estos receptores es como si los bancos cerraran ¿qué sucede cuando los bancos cierran? Pues en teoría hay más dinero circulante, es decir más noradrenalina circulante. Pero lo curioso es que este aumento provoca a distancia otro efecto con el que no contábamos: un aumento de serotonina en las vías pertinentes. ¿Por qué sucede esto?, sólo puede deberse a una causa: el bloqueo de los receptores presinápticos noradrenérgicos acelera la producción de serotonina, mediante una metainhibición del mecanismo, una inhibición de la inhibición, que en algunas partes acelera la producción de serotonina y en otras los frena, concretamente el bloqueo del alfa-2 la acelera, mientras que el bloqueo de los alfa-1 los frena.

Esto es lo que en síntesis sucede cuando administramos a un sujeto la mirtazapina, conseguimos aumentar los niveles de noradrenalina y de serotonina, simultáneamente sólo bloqueando (cerrando los bancos) de un sistema, un mecanismo distinto al clásico que utilizan los ISRS, que bloquean la recaptación mediante - en este caso- bloquear la bomba de transporte desde la sinapsis hacia la neurona presináptica, siguiendo con la metáfora anterior los ISRS actuarían de una forma parecida a si no hubiera gasolina en una ciudad, la gente ahorraría dinero porque no podría desplazarse en automóvil a ninguna parte.

Esta es precisamente el modo de actuar de la reboxetina, un fármaco que opera bloqueando selectivamente el transportador de noradrenalina y que carece de efecto en la bomba de transporte de la serotonina y que sorprendentemente tiene las mismas cualidades de tener un efecto antidepresivo. La pregunta que viene a continuación, es ¿qué nos induce a elegir entonces un antidepresivo serotoninérgico noradrenérgico. En la siguiente tabla observaremos que ambos tienen la cualidad de resultar útiles en el estado de ánimo deprimido pero existen unos cuantos matices o indicadores que nos ayudan a decidir:

 


Tomado de Stahl (2002)


Ante la duda siempre nos queda la opción de recurrir a los antidepresivos duales, es decir a aquellos que combinan la capacidad de inhibir ambas bombas (serotonina y noradrenalina) como por ejemplo la venlafaxina que resulta más potente y de amplio espectro que los antidepresivos que sólo cubren uno de los dos sistemas, pero es útil retener que los IRNA (inhibidores selectivos de la recaptación de noradrenalina) resultan útiles para tratar las depresiones que cursan con fatiga, retraso psicomotor y apatía, es decir a las depresiones inhibidas, mientras que los ISRS resultan en general más útiles para tratar las depresiones con fondo ansioso, trastornos alimentarios asociados y trastornos de pánico.

A estas horas el lector ya habrá advertido que la noradrenalina es un neurotransmisor vinculado a las conductas de defensa y de supervivencia y sabemos que la supervivencia es –desde luego- millones de años más antigua que la necesidad de ser feliz, que no deja de ser una abstracción bastante reciente entre las aspiraciones del Sapiens, esta es en mi opinión la brecha y el vínculo que une y separa a la serotonina de la noradrenalina, un sistema modulador asociado al apego y al altruismo, y la noradrenalina un neurotransmisor vinculado a la defensa y a la depredación, estrategias, ambas que si se conservaron y desparramaron a lo largo de la evolución es porque demostraron ser evolutivamente estables, es decir, son adecuadas para sobrevivir y ganar en el puntaje de la evolución, que no es otro sino la reproducción, pasar a la generación posterior los genes más astutos para desarrollar cerebros más aptos, no sólo para la supervivencia sino también del bienestar y la felicidad, algo que se hizo diversificando las dos estrategias, combinando las virtudes del depredador-presa (supervivencia del más fuerte) y las de la selección sexual (supervivencia del más atractivo).

Ambas tienen premio evolutivo y por eso los hombres contemporáneos compartimos conductas de atrocidad con las más sublimes conductas altruistas.


Opioides y felicidad

Pero una orquesta no se compone sólo de instrumentos, sino también de artefactos destinados a modificar el sonido, a amortiguarlo, a ensordecerlo o a hacerlo vibrar de modo que otras notas suenen al unísono con la nota emitida (los armónicos en terminología musical). Estos artefactos no son en si mismos instrumentos, pero embellecen y matizan la expresión que el músico les puede trasmitir durante su ejecución: pedal para el piano, sordina para la trompeta o arco para los violines son algunos ejemplos de artefactos modificadores del sonido.

Algo así sucede con los opioides, se trata de modificadores de determinados estímulos sensoriales, del dolor sobre todo pero también del hambre, el temple afectivo y el deseo sexual. La percepción del dolor, del deseo sexual o del hambre inhibiría una buena adaptación cuando de lo que se trata es de huir y ponerse a buen recaudo, también si de lo que se trata es de reflexionar, pararse a pensar y hacer balance. ¿Pueden ustedes imaginarse a un Sapiens tratando de huir de un depredador aquejado de artritis o muerto de hambre o a un artista del paleolítico atormentado por sus constantes deseos sexuales? La evolución diseñó un plan para amortiguar la percepción de determinados estímulos que pudieran oponerse a la supervivencia pero también a las tareas de alto interés comunitario y para ello puso a punto un sistema de amortiguación del dolor, a este sistema le conocemos como sistema opioide porque su mecanismo de acción es similar al que procura la intoxicación por opio, es decir el cerebro humano sintetiza morfínicos endógenos que al unirse a los receptores específicos logran reproducir fenómenos de analgesia, indiferencia, anorexia y falta de deseo sexual, similar al que procura la morfina o heroína sintéticas. Naturalmente con una diferencia: el pulso opioide endógeno es adaptativo, es decir se autorregula en función de las necesidades del medio, mientras que el aporte externo de mór





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