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Última actualización web: 27/11/2021

Tratamiento psicológico de las crisis de pánico: La importancia de la Psicoeducación.

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Autor/autores: Dolores Pineda Tenor , Leticia Simao Aiex, María Laura Morillas Fernández
Fecha Publicación: 11/07/2018
Área temática: Trastornos de ansiedad .
Tipo de trabajo:  Conferencia
Psicóloga Especialista en Psicología Clínica

RESUMEN

Las crisis de pánico, también conocidas como crisis de ansiedad, son una de las más frecuentes causas de demanda de asistencia en los servicios de urgencias, así como en las unidades de atención especializada en salud mental. Su elevada prevalencia y el grado de malestar psíquico generado por las mismas hace necesario un mayor esfuerzo por parte de los profesionales en ofrecer psicoeducación a la población respecto a las mismas, identificar mitos y creencias erróneas así como ofrecer información respecto a los mecanismos cognitivo- conductuales que las mantienen. En el presente trabajo abordaremos estos aspectos así como una breve descripción de los tratamientos que han mostrado evidencia clínica.

Palabras clave: crisis de pánico, ansiedad, psicoeducación, tratamiento cognitivo-conductual

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TRATAMIENTO PSICOLÓGICO DE LAS CRISIS DE PÁNICO: LA IMPORTANCIA DE LA
PSICOEDUCACIÓN
Dolores Pineda Tenor, Leticia Simao Aiex, María Laura Morillas Fernández.
loli.pineda.tenor@gmail.com
Crisis de pánico, ansiedad, psicoeducación, tratamiento cognitivo-conductual.
RESUMEN
Las crisis de pánico, también conocidas como crisis de ansiedad, son una frecuente causa de
demanda de asistencia en los servicios de urgencias, así como en las unidades de atención
especializada en salud mental. Su elevada prevalencia y el grado de malestar psíquico
generado por las mismas hace necesario un mayor esfuerzo por parte de los profesionales en
ofrecer psicoeducación a la población respecto a las mismas, identificar mitos y creencias
erróneas así como ofrecer información respecto a los mecanismos cognitivo-conductuales que
las mantienen. En el presente trabajo abordaremos estos aspectos así como una breve
descripción de los tratamientos que han mostrado evidencia clínica.
INTRODUCCIÓN
Según la Clasificación internacional de los trastornos mentales y del comportamiento (CIE-10)
los criterios para diagnosticar un trastorno de pánico serían los siguientes:
Presencia de crisis recurrentes de ansiedad grave (pánico) no limitadas a ninguna situación o
conjunto de circunstancias particulares. Son por tanto imprevisibles. Es frecuente la aparición
repentina de palpitaciones, dolor precordial, sensación de asfixia, mareo o vértigo y sensación
de irrealidad (despersonalización o desrealización). Casi constantemente hay un temor
secundario a morirse, a perder el control o a enloquecer.
Cada crisis suele durar sólo unos minutos, pero también puede persistir más tiempo. A
menudo el miedo y los síntomas vegetativos del ataque van creciendo de tal manera que los
que lo padecen terminan por salir, escapar, de donde se encuentran. Si eso tiene lugar en una
situación concreta, por ejemplo, en un autobús o en una multitud, como consecuencia el
enfermo puede en el futuro tratar de evitar esa situación. Del mismo modo, frecuentes e
imprevisibles ataques de pánico llevan a tener miedo a estar sólo o a ir a sitios públicos. Un
ataque de pánico a menudo se sigue de un miedo persistente a tener otro ataque de pánico.
Según esta clasificación, para poder hacer un diagnóstico definitivo deben de presentarse
varios ataques graves de ansiedad vegetativa al menos durante el periodo de un mes.
Como podemos observar las crisis de pánico generan un malestar significativo en la persona
que las sufre, llegando a ser muy

limitante tanto por el sufrimiento generado en forma de

ansiedad anticipatoria a sufrir nuevas crisis, también llamado "miedo al miedo", como por la

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interferencia en la vida cotidiana al evitar situaciones en las que se teme que se puedan volver
a producirse dichas crisis.
PSICOEDUCACIÓN
Un elemento fundamental en el tratamiento de cualquier trastorno en salud mental, y en este
caso los trastornos con un importante componente ansiógeno como son las crisis de pánico,
es la psicoeducación. En numerosas ocasiones los pacientes llegan a la consulta del psicólogo
clínico

refiriendo uno o varios

episodios previos de crisis de ansiedad atendidos en los

servicios de urgencias, en los cuales se le prescribió un ansiolítico informándoles de que no
tenían ningún problema a nivel físico, sino que "solo era ansiedad". La mayor parte de las
personas no entienden lo que les ha
diagnóstico de ansiedad que

ocurrido, y dicho desconocimiento hace que ese

previamente pudo suponer un alivio al descartar el vínculo de

los síntomas a una enfermedad física, se torna en miedo cuando la crisis inesperadamente
vuelve a repetirse.
La comprensión por parte del paciente de los mecanismos que rigen los síntomas que
experimenta, cómo se mantienen, y en especial entender por qué las intensas sensaciones de
hiperactivación que vivencia no pueden producir patologías orgánicas como un infarto o poner
en riesgo su vida como parece indicar la sensación de asfixia, van a favorecer un primer paso
para la mejoría clínica.
En la experiencia clínica en consulta se puede observar la fuerza de este elemento terapéutico
ya desde las primeras sesiones, dado que ante una disminución de la percepción de amenaza
vital se reduce significativamente

la ansiedad anticipatoria, así como la interpretación

catastrófica de los peligros que se cree que van a derivar de las sensaciones experimentadas,
favoreciendo la percepción de control del paciente sobre las mismas y la incorporación de otras
técnicas conductuales para un manejo eficaz de las mismas.
¿Qué es la ansiedad? ¿Es peligroso experimentarla?
Una primera cuestión a abordar es explicar el carácter adaptativo que tiene la respuesta de
ansiedad, cumpliendo una función específica como cualquier otra emoción humana, en
concreto para garantizar nuestra supervivencia. Se trata de un sistema de alerta primitivo,
presente desde hace miles de años, que se activa de forma automática en nuestro organismo
preparándonos para la respuesta. Si nos remontamos a épocas de la prehistoria podemos
imaginar como el ser humano convivía a diario con situaciones que fácilmente podrían poner
en peligro su vida, como eran los grandes depredadores. Ante cualquier estímulo que indicara,
por ejemplo, la presencia de un león (un rugido,

el sonido de la carrera de un animal de

grandes dimensiones, su imagen acercándose...), activaría una respuesta de intenso miedo que
a su vez pondría en marcha una serie de reacciones corporales orientadas a la huida o la
lucha.

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Andrés Martín Asuero (2017), describe este proceso poniendo como ejemplo la respuesta de
un joven que viviera hace unos treinta mil años y de repente comienza a ser perseguido por
un oso. Ante esta amenaza experimenta una serie de cambios fisiológicos: a nivel
endocrinológico

comienza

a

segregar

hormonas

como

la

adrenalina, que

activaría

simultáneamente varios dispositivos corporales. Se produce un incremento de la tensión
muscular, el corazón comienza a latir con más fuerza, la presión arterial sube y la sangre
bombea con fuerza para alimentar las demandas de la carrera. Para que la sangre esté bien
oxigenada, los alvéolos de los pulmones se abren y la respiración se vuelve más agitada. Otros
procesos que son más secundarios cuando la vida está siendo amenazada se interrumpirían
para orientar la sangre a los músculos, como son los digestivos o los dirigidos a la
reproducción.
Como puede observarse esta hiperactivación fisiológica es vital, pues sin ella ante un peligro
de estas características podríamos fallecer. En la actualidad este tipo de situaciones es
altamente improbable dado nuestra vida en la civilización, sin embargo, este sistema aún hoy
nos protege y nos permite una reacción muy rápida, instintiva, ante situaciones que aunque de
forma más excepcional,
estruendo que te incita a

pueden ser amenazantes (ser víctima de un ataque, escuchar un
huir y buscar refugio, ante

un intenso

frenazo del coche que

tenemos delante se activa nuestro cuerpo a reaccionar y evitar la colisión...etc).

Por

consiguiente, ante una situación de emergencia real, la ansiedad será el motor que impulse
una respuesta orientada a salvar nuestras vidas, lo cual hace de ella una emoción muy
necesaria. Sin embargo, a pesar de que en la actualidad este tipo de amenaza se produce de
forma muy ocasional, viviendo en sociedades cada vez más seguras, los trastornos de
ansiedad son cada vez más frecuentes, ¿por qué ocurre esto?
Como explica Sapolsky, en una entrevista realizada a Punset (2006, pp. 127-128) para su libro
El viaje a la felicidad. Las nuevas claves científicas: "Si te persigue un león, escoges otro día
para ovular, retrasas la pubertad, ni se te ocurre crecer, ya digerirás más tarde, pospones la
fabricación de anticuerpos para la noche, si todavía estás vivo... Se trata de eliminar todo lo
que no sea esencial. Y claro, el problema es que nosotros, como primates muy sofisticados que
somos, podemos iniciar exactamente el mismo proceso de respuesta al estrés a raíz de un
estado psicológico, de un recuerdo, una experiencia, una emoción, pensando en algo que
puede ocurrir dentro de treinta años o que tal vez no ocurra nunca, pero iniciamos la misma
respuesta de estrés.
Las amenazas a las que el ser humano se expone hoy en día son mayoritariamente de origen
psicológico, estamos sometidos a presiones de tipo social, en las que juegan un papel
importante las expectativas, deseos,
demás...apareciendo temores a

el miedo al fracaso, a no ser aceptado por los

no disponer de los recursos necesarios para cumplir las

exigencias que nos impone el entorno. Sin embargo, la reacción a estos estresores activa los

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mismos mecanismos fisiológicos que si se produjera un riesgo vital, en este caso tratándose de
una "falsa alarma", por lo que la persona, al no encontrar en el entorno un peligro

que lo

justifique, centrará su atención en sus respuestas corporales (miedo a morir, volverse loco,
tener una enfermedad...), y / o en el contexto en que se producen, apareciendo temores
secundarios (miedo a viajar en autobús, conducir, ir al supermercado... si la crisis de ansiedad
se produjo en estos lugares
Una vez el paciente comprende que las respuestas de ansiedad constituyen un sistema natural
de alerta y no son

un indicativo de patología física, ni el precursor de un colapso a nivel

orgánico, se le ofrece información acerca de las sensaciones que experimenta y los motivos
por los cuales no pueden cumplirse los miedos que temen.
Lo que NO puede ocurrir
Como describen Pedro Moreno y Julio C. Martín en su libro: Dominar las crisis de ansiedad,
existen una serie de creencias disfuncionales en la base de la interpretación de los síntomas
que van a potenciar el miedo a la crisis cuando esta se produce, acrecentándolo, así como
generando un temor a su repetición por las consecuencias amenazantes que se anticipan. El
recibir información sobre los mecanismos implicados en la ansiedad y cómo actúa en el
organismo, así

como las consecuencias físicas que no pueden producirse, ayuda a

desdramatizar el episodio y a vivenciarlo de una forma menos aversiva en sucesivas ocasiones.
Asfixia
La sensación de ahogo característica de las crisis de ansiedad, lejos de producirse por falta de
oxígeno responde al mecanismo contrario. Ante el estrés los músculos intercostales se
contraen, dificultando la espiración, siendo éste un mecanismo fundamental dado que para que
entre el aire (inspiración), es necesario que anteriormente haya salido el

que hay dentro

(espiración). La dificultad para inspirar es interpretada por la persona como asfixia, lo cual
genera una mayor tensión muscular que dificulta la respiración, produciendo a su vez miedo y
más tensión llevando a la persona a acelerar sus

inspiraciones, dando lugar a

una

hiperventilación. Este desequilibrio en el proceso respiratorio y el exceso de oxígeno ante un
incremento de las inspiraciones, puede provocar a su vez otras sensaciones que se vinculan
frecuentemente a las crisis de ansiedad, como mareo o taquicardia. Por tanto, lo que ocurre
no es una falta de oxígeno en el organismo, sino los efectos del mecanismo opuesto.
Infarto
Ante una crisis de ansiedad se pueden producir sensaciones de opresión precordial y/o
taquicardia, que hace que quien las sufre sienta miedo de estar sufriendo un ataque al
corazón. Por ello es muy importante transmitir al paciente que los mecanismos fisiológicos que
se producen difieren significativamente: en el ataque al corazón se produce por un proceso
obstructivo en una arteria coronaria que impide el suficiente riego sanguíneo, lo que da lugar
a una necrosis de las células del músculo cardíaco. Sin embargo ante la ansiedad se activa un

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sistema de alerta en nuestro organismo ante una amenaza percibida que entre otros cambios
físicos, acelera el ritmo cardíaco para incrementar la capacidad de respuesta de los músculos.
La sensación de opresión torácica se relaciona con el apartado anterior, estando vinculada a la
tensión de los músculos que controlan la respiración.
Volverse loco o perder el control
Si bien es cierto que el estrés está en la base de los primeros brotes psicóticos de la
esquizofrenia, éste no los causa, siendo sólo un factor precipitante siempre y cuando la
persona tenga una vulnerabilidad biológica previa, es decir, una predisposición genética latente
en su organismo sin la cual la situación estresante no desembocaría en una psicosis. Se ha
observado por ejemplo en estudios sobre catástrofes, donde el estrés es muy intenso, que no
aumentan los casos de esquizofrenia respecto a poblaciones que no han sufrido estos eventos
vitales estresantes.
Por otro lado, ante el miedo se pueden producir respuestas de escape de la situación, como
por ejemplo salir deprisa de un lugar concurrido pensando que de este modo vamos a respirar
mejor o estar a salvo, o ser mejor atendidos si necesitamos ayuda médica. Estas respuestas
son coherentes al miedo que sentimos, no siendo interpretaciones delirantes o fuera de la
realidad. Del mismo modo la ansiedad también se asocia a percepciones de extrañeza respecto
a uno mismo o la realidad (despersonalización y desrealización), que son fruto de los cambios
físicos que correlacionan con la crisis, en concreto con la hiperventilación.
Miedo a lugares cerrados y abiertos
Las personas que sufren ansiedad tienden a evitar determinadas situaciones que relacionan
con episodios en los que han sufrido una crisis. Pueden darse ambos casos, que a pesar de
parecer contradictorios (lugares cerrados y abiertos), tienen en común la interpretación de la
persona de que en caso de necesitar ayuda van a encontrar dificultades para obtenerla,
buscando con la evitación y /o escape de ellos una sensación de seguridad. Los lugares que
pueden generar temor son muy variados (supermercados, el cine, una clase, ascensores,
transportes públicos...). Pueden activarse conductas para garantizar el escape ante una crisis
como por ejemplo colocarse cerca de la puerta en el aula o localizar las salidas de emergencia
en un centro comercial, otra estrategia de seguridad es ir acompañados a estos lugares para
cerciorarnos de que nos asistirán en caso de necesidad.
CONCLUSIONES
Dado que las creencias disfuncionales en

relación a la ansiedad producen un miedo

anticipatorio que puede llegar a desencandenarlas, así como influir en su mantenimiento al
incrementar la atención en las sensaciones temidas y evitar lugares que se han asociado a su
aparición, la psicoeducación supone un primer elemento imprescindible que debe
incluido en la intervención psicológica de los trastornos de pánico.

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estar

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Este primer elemento terapéutico de corte cognitivo permite una desdramatización de los
síntomas que facilita la intervención conductual dirigida a disminuir la hiperactivación
fisiológica. Se ha establecido como eficaz el tratamiento psicológico cognitivo-conductual, que
incluye estrategias como serían la respiración diafragmática, la relajación muscular progresiva
de Jacobson,

la exposición interoceptiva y la exposición a situaciones agorafóbicas. En los

últimos años se están introduciendo con éxito técnicas de meditación conocidas como
mindfulness,

que

también

están

demostrando

resultados

positivos

en

los

trastornos

relacionados con el estrés y la regulación emocional.
BIBLIOGRAFÍA
1. CIE-10. Trastornos Mentales y del Comportamiento. Décima Revisión de la Clasificación
Internacional de las Enfermedades. Descripciones Clínicas y pautas para el diagnóstico.
Organización Mundial de la Salud, Ginebra, 1992.
2. Martín Asuero, A. (2017) Con rumbo propio. Disfruta de la vida sin estrés (20 Ed).
Barcelona: Plataforma Editorial.
3. Moreno, P., Martín J.C. (2008).Tratamiento psicológico del trastorno de pánico y la
agorafobia. Manual para terapeutas. Bilbao: Ed Desclée de Brouwer.
4. Moreno, P., Martín J.C. (2010). Dominar las crisis de ansiedad. Una guía para pacientes.
Bilbao: Ed Desclée de Brouwer.
5. Punset, (2006). E. El viaje a la felicidad. Las nuevas claves científicas. Barcelona: Destino.
6. Robles Ortega, H., Peralta Ramírez, M. I (2009). Programa para el control del estrés.
Madrid: Editorial Pirámide.

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