Más allá del dominio técnico, ¿es suficiente con ser competente en lo clínico, o el desarrollo personal también forma parte de ese “buen hacer”? ¿Tiene sentido hablar de una vida profesional que también sea buena en lo ético, que contribuya a la dignidad propia y ajena? ¿O debemos entender nuestro rol como una práctica meramente técnica y desapegada?