Nos encontramos inmersos en un mundo marcado por la complejidad, donde confluyen factores climáticos, geológicos, tecnológicos y productivos que transforman nuestra manera de vivir. La delegación creciente de funciones humanas a las máquinas ha generado una relación en la que los objetos parecen haber tomado posesión de nuestras vidas, incluída la de los niños.Esta complejidad implica reconocer la existencia de múltiples vectores —humanos y no humanos— y replantear cómo habitar el planeta y cómo maternar desde una lógica de cohabitación y apego sensible. El problema surge cuando actuamos como si el ecosistema fuera un simple decorado, olvidando que el mundo, antes concebido como promesa, hoy se presenta como amenaza.En este contexto, la empatía se vuelve un recurso fundamental para la vida social. Permite resolver conflictos, fortalecer los lazos comunitarios y reconocer el sufrimiento del otro. Se trata de una capacidad con base neurobiológica que se desarrolla en interacción con el entorno. Sin embargo, la erosión de la empatía es un fenómeno global que debilita las relaciones, favorece el conflicto y habilita formas de daño, dando lugar a un cinismo ético que niega la dignidad del Otro.Frente a este “apagón de la sensibilidad”, surgen interrogantes clave: ¿cuál es el rol del psiquiatra?, ¿cómo se construye la empatía y qué dimensiones intervienen en ese proceso? El objetivo de este trabajo es generar un espacio de reflexión e intercambio sobre los niveles de empatía y su impacto en el compromiso social y profesional frente al sufrimiento y los conflictos contemporáneos.