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Última actualización web: 28/11/2021

Violencia de Género: Su impacto en el Psiquismo Infanto Juvenil. Teoría del Apego y Neurociencias

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Autor/autores: Ana María Martorella
Fecha Publicación: 01/04/2019
Área temática: Salud mental .
Tipo de trabajo:  Conferencia

Profesionales Latinoamericanos/as contra el Abuso de Poder y Hospital Interzonal Especializado Materno Infantil- Mar del Plata

RESUMEN

La Violencia de Género se ha transformado en un síntoma social alarmante para la sociedad toda. Los hijos se convierten así en testigos obligados de estos episodios aterrorizantes, impactando en su psiquismo y afectando, no sólo su proceso de identificación con estos modelos aberrantes de vinculación, sino además su biología (eje hipotálamo-hipófiso-adrenal), lo cual determina el desarrollo de psicopatologías asociadas a trastorno de estrés postraumático como ser el Trastorno Explosivo Intermitente y del Control de los Impulsos.

Se plantean una serie de casos de pacientes menores de edad (5 varones, 3 mujeres) que consultan por sintomatología compatible, cuyas familias presentan este tipo de disfuncionalidades violentas. Se utilizan herramientas de medición de riesgo para ofrecer sus resultados cuantitativos (cuestionario de maltrato psicológico, escala de autoestima, escala de inadaptación, escala de gravedad de síntomas de estrés post-traumático, subescala de ansiedad de la escala de depresión de Beck) estimativos para la visualización del debilitamiento del rol materno como figura de apego seguro, y las conclusiones de la entrevista semiestructurada de recolección de datos de la anamnesis.

Se proponen modelos de intervención asistencial y preventivas tendientes a fortalecer grupos de apoyo social y lazos solidarios, a partir de los aportes antropológicos basados en la teoría del apego, y asesoramiento a los dispositivos de protección de la niñez y de la mujer, con el objeto de orientarlos en el reconocimiento de riesgos y la necesidad de decisiones adecuadas en cuanto a acciones de protección de los miembros de dichas familias.

Palabras clave: Violencia de género, teoría del apego, neurociencias

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VIOLENCIA DE GÉNERO:SU IMPACTO EN EL PSIQUISMO INFANTO JUVENIL.TEORÍA DEL APEGO Y NEUROCIENCIAS
Ana María Martorella
amartor@intramed.net.ar
Violencia de género, teoría del apego, neurociencias.

RESUMEN
La Violencia de Género se ha transformado en un síntoma social alarmante para la
sociedad toda. Los hijos se convierten así en testigos obligados de estos episodios
aterrorizantes, impactando en su psiquismo y afectando, no sólo su proceso de
identificación con estos modelos aberrantes de vinculación, sino además su biología
(eje hipotálamo-hipófiso-adrenal), lo cual determina el desarrollo de psicopatologías
asociadas a trastorno de estrés postraumático como ser el Trastorno Explosivo
Intermitente y del Control de los Impulsos. Se plantean una serie de casos de
pacientes menores de edad (5 varones, 3 mujeres) que consultan por sintomatología
compatible, cuyas familias presentan este tipo de disfuncionalidades violentas. Se
utilizan herramientas de medición de riesgo para ofrecer sus resultados cuantitativos
(cuestionario de maltrato psicológico, escala de autoestima, escala de inadaptación,
escala de gravedad de síntomas de estrés post-traumático, subescala de ansiedad
de la escala de depresión de Beck) estimativos para la visualización del debilitamiento
del rol materno como figura de apego seguro, y las conclusiones de la entrevista
semiestructurada de recolección de datos de la anamnesis. Se proponen modelos de
intervención asistencial y preventivas tendientes a fortalecer grupos de apoyo social
y lazos solidarios, a partir de los aportes antropológicos basados en la teoría del
apego, y asesoramiento a los dispositivos de protección de la niñez y de la mujer,
con el objeto de orientarlos en el reconocimiento de riesgos y la necesidad de
decisiones adecuadas en cuanto a acciones de protección de los miembros de dichas
familias.

INTRODUCCIÓN
Ante la necesidad de conocer las causas del aumento de consultas de psicopatologías
infanto juveniles por trastornos de conducta y si existe relación con violencia
interparental, se ha realizado una revisión bibliográfica mediante la consulta de varias
bases de datos, con mejores resultados en obtención de material adecuado y fiable
en Google, PubMed, Dialnet y EBSCO. Los autores seleccionados han focalizado sus
investigaciones sobre la problemática de la violencia doméstica asistida por los hijos,
a través de diversos marcos teóricos como son la teoría del apego, el estrés
postraumático, las psicopatologías infanto juveniles y la disfuncionalidad en las
relaciones parentales. Se han observado coincidencias que respaldan la perturbación
del psiquismo inmaduro a partir de la convivencia con la victimización de la madre
por parte de la figura paterna, que promueve dificultades de ajuste adaptativo
socioemocional junto a reproducción de conductas agresivas externalizadas y/o
autolesivas, y a identificaciones por modelado de la figura paterna violenta, en los
hijos varones, y de pasividad y sumisión en las muchachas. Además, se observan
trastornos de personalidad basados en apego desorganizado. Finalmente, se
recomienda la evaluación de indicadores de la pareja parental ante cualquier
psicopatología infanto juvenil. Se sabe que "las relaciones parento-filiales han sido
halladas como mediadoras y moderadoras del vínculo existente entre los conflictos
maritales y las desregulaciones emocionales infantiles manifiestas a través de la
externalización de su comportamiento". (Davies et al., 2002, en Johnson &
Lieberman, 2007). Existe, por lo tanto, "la necesidad de dar visibilidad a estos niños
y niñas que, a pesar de verse inmersos en el proceso que implica una situación de
violencia de género, no son considerados legal ni socialmente como víctimas directas,
dificultando así el proceso de intervención y de recuperación" (Monsalve, 2014). Si
bien existen trabajos publicados al respecto en la bibliografía internacional y española
actual, en Argentina se comprueba escaso material destinado a guiar a los
dispositivos sanitarios para que se impliquen en la resolución de esta problemática
en forma integral, como así tampoco la existencia de trabajos nacionales
comprometidos con este tema y de autoría confiable, pese a que uno de los estudios
encontrados refiere que "el 40 a 60% de las mujeres entrevistadas (en la maternidad
del Hospital Álvarez de la Ciudad de Buenos Aires) refirieron haber sufrido alguna
forma de violencia conyugal o familiar" (Ministerio de Salud de la Ciudad de Buenos
Aires, 2010).

Olaya, Tarragona, de la Osa & Ezpeleta, (2008) afirman: "La violencia doméstica se
refiere a un patrón de comportamientos agresivos y coercitivos que presentan los
adultos hacia su compañero/a íntimo/a (Jouriles, McDonald, Norwood, & Ezell, 2001).
Actualmente, este es uno de los problemas más importantes en nuestra sociedad.
(...) Las estadísticas disponibles no informan de cuántos niños en esos hogares han
sido testigos de esa violencia. Por cada millón de mujeres, 4 fueron asesinadas por
su pareja en 2006; en este caso las estadísticas indican que en al menos 10.14% de
los asesinatos el agresor mató a su pareja en presencia de los hijos (Centro Reina
Sofía para el estudio de la Violencia, 2007). Se estima a la baja que alrededor de 3.3
millones de niños al año son testigos de la violencia física y verbal entre esposos
(Farnós & Sanmartín, 2005). En población general de edad escolar entre un 20 y un
25% de los niños han visto a sus padres pegarse (McCloskey & Walker, 2000). Entre
el 30 y el 60% de los casos en los que la mujer es maltratada, los niños también lo
son (Edleson, 1999). (...) Mientras la sociedad está tomando conciencia de la
gravedad del problema de las mujeres maltratadas, la problemática de los niños, que
también viven día a día el conflicto, pero con menos recursos para afrontarlo, es un
tema ignorado" (p.123). Basan su investigación en una revisión de instrumentos para
el cribado y el diagnóstico del abuso físico, psicológico y sexual y el patrón de
violencia hacia la mujer del Observatorio de la Salud de la Mujer de la Escuela
Andaluza de Salud Pública (2005). "Sin embargo, cuando hay niños en el círculo de
la violencia doméstica, existen algunas cuestiones específicas sobre la exposición que
se deben conocer y evaluar desde su perspectiva. A pesar de la importancia de la
información proporcionada por el niño, la mayoría de los estudios sobre maltrato
infantil en general, y de exposición a violencia doméstica en particular, no lo incluyen
en el proceso evaluativo. Con poca frecuencia las investigaciones estudian el contexto
familiar desde los ojos del niño (...). Tanto los organismos que atienden a las mujeres
víctimas de maltrato por su pareja y los servicios de protección al menor suelen dejar
de lado la evaluación de la violencia doméstica en los niños, a pesar de que la
presencia de esta circunstancia dificulta las intervenciones. El resultado es que los
niños testigos de violencia doméstica se convierten, como señala Osofsky (1995), en
las víctimas invisibles" (p. 124). Parafraseando a estas autoras, coincido en que la
violencia doméstica se establece en relación a la ley de silencio social, dejando
además a los menores desprotegidos debido a la falta de instrumentos adecuados
para medir el nivel cognitivo de los niños y consideraciones éticas en relación al
abordaje de este tema directamente con las víctimas infantiles y adolescentes, ya
que la disponibilidad de sistemas de evaluación de violencia doméstica que se centren
tanto en la madre como en el niño y que evalúen directamente la violencia de género
es escasa.

También Serrano, Moreno & Galán (2014) ponen de relieve "la importancia de las
relaciones familiares, ya sean parento-filiales o interparentales, en la aparición de
psicopatología en la infancia y adolescencia" y consideran de "suma importancia
identificar y explicar la influencia que aporta la familia, y qué dinámicas conyugales
se establecen en factores de riesgo para los problemas de salud mental de los
menores", ya que, "son los padres los que garantizan la adaptación y el desarrollo
de los hijos al ofrecer una relación interactiva estable, que se constituirá en una base
emocional segura para que los hijos exploren su ambiente" (p. 7).
Existen varios autores, de diversos marcos teóricos, dedicados a investigar los
efectos de la violencia interparental en el psiquismo infanto juvenil, que se
manifiestan a través de diversos tipos de conductas. Zhang, Finy, Bresin, & Verona,
(2015) establecen que "la investigación sobre las relaciones ante agresión familiar
(ej. agresión interparental, abuso parental de hijos) y regulación en los jóvenes
sugiere que los niños/as y adolescentes que crecen en familias violentas y
desarmoniosas presentan elevado riesgo para un amplio rango de internalización y
externalización psicopatológica, incluyendo agresividad y pensamientos y conductas
suicidas. Sin embargo, las relaciones entre los problemas de conducta infantil y los
patrones específicos de conflicto en el hogar no han sido explorados en forma
completa. Son necesarias más investigaciones sobre si el conflicto ocurre entre los
padres o en el vínculo parento-filial, o si el conflicto toma la forma de agresión física
o psicológica (...) La mayoría de los estudios han utilizado medidas de banda ancha
de psicopatología infantil en oposición al examen de formas específicas de mala
adaptación tal como autolesión versus daño dirigido a otros (...) A pesar de
investigaciones sustanciales sobre riesgo temperamental para la psicopatología
juvenil, pocos estudios han examinado los rasgos de la personalidad juvenil como
factores protectores o de riesgo para la mala adaptación relacionada con exposición
a agresividad familiar" (p.161).

Violencia Intrafamiliar: Relaciones Parentales disfuncionales
Serrano et al. (2014) analizan la relación existente entre la psicopatología infantojuvenil y el vínculo conyugal, donde refieren: que los conflictos en el vínculo conyugal
podrían provocar en los hijos un sufrimiento traducido, en muchos casos, en
problemas conductuales que vislumbran una falta de adaptación del niño a su
ambiente; que son las disputas maritales las que dan lugar a los problemas de
adaptación del niño y no a la inversa, en coincidencia con Cortés (2002); y que no
es precisamente el divorcio, sino las divergencias conyugales lo que mejor puede
predecir los problemas adaptativos en la infancia. Existen numerosos estudios que
relacionan la presencia tanto de los problemas externalizados como de los conflictos
internalizados en los niños con el vínculo conyugal disfuncional, por lo que
correlacionan la desarmonía conyugal con la conducta agresiva en los hijos como una
herramienta apropiada para resolver los problemas con los demás, lo cual los conduce
a más probabilidades de desarrollar conductas delictivas y antisociales. Así mismo,
hallaron "varios estudios que postulan que, a mayor percepción de hostilidad entre
los padres, los hijos tienen más probabilidades de presentar síntomas ansiosos y
depresivos" (p. 9).
Los resultados de su trabajo, con respecto a las dimensiones psicopatológicas de los
niños y adolescentes (Tabla 1) concluyen que las parejas que presentan vínculo
conyugal desajustado tienen hijos que evidencian mayor grado de síntomas
psicopatológicos, menor nivel de competencia y más conductas de aislamiento
depresivo; mientras que en aquellas parejas que alcanzan mayor grado de acuerdo
en aspectos importantes de la relación, los hijos manifiestan menos somatizaciones,
menor tendencia a externalizar los conflictos y a desarrollar psicopatología en
general, si se tiene en cuenta el consenso marital percibido por la madre. También,
han hallado "mayor puntuación en problemas internalizados cuando hay desarmonía
en las dimensiones satisfacción conyugal, expresión del afecto y ajuste global, y
mayor puntuación en problemas externalizados cuando el desajuste se produce en el
consenso marital" (p. 20). La sintomatología externalizante y el grado de
psicopatología general de los niños depende de la vivencia y percepción que tiene la
madre de su relación de pareja. "En efecto, a excepción de la "cohesión", todas las
dimensiones analizadas del vínculo conyugal informadas por la madre se relacionan
con problemas externalizados y con la puntuación global de psicopatología. Esto solo
ocurre en el caso de la madre y no del padre, con lo que la vivencia placentera de la
madre con respecto a su relación de pareja va a suponer un factor protector contra
la manifestación de problemas externalizados en los hijos y con el grado de
psicopatología en general" (p. 20). Mientras que, la ausencia de problemas somáticos
y/o problemas internalizados en los hijos se asocia a la percepción de ajuste en tres
de las dimensiones conyugales analizadas (consenso, expresión de afecto y ajuste
total), lo cual sugiere que el sentimiento de bienestar materno en su relación de
pareja representa una variable preventiva de estos síntomas en la descendencia
(Serrano et al., 2014).

Tabla 1. Dimensiones psicopatológicas de los niños y adolescentes (Serrano et
al., 2014, p. 14).
Teoría del Apego: su clasificación.
Bowlby elaboró la teoría del apego en el infante humano entre 1969 y 1980, a partir
de conceptos aportados por la etología y el psicoanálisis, para describir los efectos
que producen las experiencias tempranas con respecto a la relación de la primera
figura vincular en el desarrollo del niño, para luego investigar sus influencias en la
capacidad de resiliencia frente a eventos estresantes que ocurren en el niño durante
el primer año de vida con el cuidador, generalmente la madre, dependiendo de su
grado de disponibilidad (Moneta, 2014). Clasifica al apego en dos tipos: seguro e
inseguro (Tabla 2), siendo este último subclasificado en evitativo y ambivalente, y
caracterizado por inestabilidad, dependencia y temor al abandono de la figura
significativa de apego (Ippolito, S., 2014).
Para Zeanah et al. (2008), "la teoría del apego es actualmente aceptada como un
componente vital del desarrollo social y emocional en edades tempranas de la vida
(...) y ha sido muy útil debido a que ha inspirado considerables investigaciones que
han incrementado nuestra comprensión de los principios de la misma" (p. 221).

Lyons-Ruth, (2008) pone de manifiesto que cuando se interrumpe la comunicación
afectiva en edades tempranas, en torno a los 18 meses del niño, es un predictor
significativo de sintomatología patológica y otras conductas disruptivas en el futuro.
Por otra parte, un apego desorganizado va a influir en los procesos de desarrollo, al
ser interrumpidos de forma temprana en la infancia, y también en otros procesos en
el futuro (Figuras 1 y 2, y Tabla 3).
Por su lado, Zeanah et al. (2008) han revisado la construcción de los desórdenes del
apego, poniendo especial atención en el trastorno del apego reactivo (RAD),
descriptos formalmente en la literatura psicológica desde 1980, en la tercera edición
del Manual de Diagnóstico y Estadísticas de Desórdenes Mentales (DSM III), cuyos
criterios han sido revisados tanto en los DSM IV y V como en el CIE-10 de la OMS en
1992; recogen información de otros investigadores, quienes establecieron su validez
de constructo para la evaluación de la calidad del apego parento-filial en niños
pequeños, y describen el apego desorganizado extendiendo el valor de la clasificación
del Procedimiento de Situación Extraña (SSP) a las poblaciones clínicas de niños
pequeños.
Se ha dado especial importancia a la clasificación del SSP, tipificando el apego como
seguro, evitativo, resistente y desorganizado respectivamente, que son considerados
factores de riesgos o de protección para los diferentes desórdenes psicopatológicos
y no como entidades diagnósticas en sí mismas (Zeanah et al, 2008). La existencia
de problemas de apego en la infancia, especialmente los apegos inseguros como el
desorganizado, son un indicador de alto riesgo de trastornos de ansiedad,
disociativos, conductas disruptivas, abuso de sustancias, delincuencia y trastornos
de personalidad. Existe una asociación, según señala Zeanah et al. (2008), entre los
problemas de apego tempranos y un mayor riesgo de trastornos psiquiátricos más
allá de los asociados con los patrones de apego y los tipos de trastornos, y, por otro
lado, acuerdan con Sroufe, (2005) en que "parece cada vez más claro que, (...) las
clasificaciones de apego (...) cuando son consideradas con otras variables, parecen
ser ponderaciones más importantes y vitales" (p. 222).

TIPOS DE APEGO
Seguro

Inseguro

Inseguro evitativo

Inseguro ambivalente

Inseguro desorganizado

CARACTERÍSITCAS
Niño educado a contar con el apoyo de la figura de
referencia, percibiendo seguridad, protección y afecto,
que en caso de alejamiento, no suscitará crisis de angustia.
Inestabilidad
Dependencia
Temor al abandono
En caso de separación conduce a la desesperación.
El niño que ha experimentado situaciones de abandono o
rechazo materno, no mostrará signos de angustia durante su
alejamiento y en el reencuentro mantendrá la actitud de
evitación hacia ella.
La madre se muestra propuesta a ignorar o rechazar solicitudes de
acercamiento del hijo, genera reacciones de independencia y
autosuficiencia afectiva.
Contempla la experiencia de inestabilidad y contradicciones que
confunden al niño, quien en el momento de separación de la
figura de referencia, expresará su angustia/ira sin lograr
consolarse en el momento del acercamiento.
Se configura con un progenitor de estilo fuertemente inseguro
e imprevisible, que a menudo se impone como
hipercontrolador, generando confusión y fuerte dependencia en
el hijo, a quien parece faltarle una base segura en que confiar.
Marcada desorientación del niño en el ambiente y en la
organización de las situaciones.
En algunos momentos, parece carente de estrategias para
relacionarse con la figura de referencia.
Durante la separación de la madre, el hijo se desespera, pero a su
regreso es él mismo quien se aleja o se contradice en sus
comportamientos o sus actitudes.
El estilo de los cuidados está influenciado por un sufrimiento
dependiente de la figura de apego derivado de eventos
traumáticos, ausencia de elaboración de un duelo, ausencia de
lazos significativos, a partir de experiencias de abuso o
dependencia de sustancias, maltrato interparental, en que el otro
cuidador disponible (el padre) es activamente aterrador y
amenazante, y genera ulteriores dificultades, que repercuten
en los comportamientos confusos y contradictorios que lo
conducen a mostrarse excesivamente autónomo o demasiado
depedendiente, y con representaciones mentales deficitarias e
incoherentes respecto a la comprensión del funcionamiento
psicológico propio y de los otros.


Tabla 2. Clasificación de Tipos de Apego según Bowlby, Ainsworth, Main y Solomon
(basado en Ippolito, 2014, p. 51).

Figura 1. Modelo hipotético de desarrollo de ambiente familiar temprano y
posteriores rasgos psicopatológicos (Lyons-Ruth, 2008, p. 205).

Figura 2. Comunicación materna perturbada, desorganización infantil, y estado
mental materno irresuelto: Resultados Metanalíticos (Madigan et al, 2006, en LyonsRuth, 2008, p. 209).

Errores de comunicación afectiva (ej., hablar con voz invitante, pero bloqueando
físicamente el acceso del infante)
Confusión de roles: (ej., dirige la atención a sí misma cuando el bebé la necesita)
Desorientación: (ej., parece confundida, vacilante o asustada con el bebé; afecto
incongruente)
Comportamiento Intrusivo -Negativo: (ej., se mofa o se burla del bebé)
Comportamiento de Retirada: (ej., no inicia la interacción, no saluda al bebé después
de la separación)
Tabla 3. Dimensiones de la Comunicación Afectiva Maternal Distorsionada o
Interrumpida (Lyons-Ruth, 2008, p. 207).


A su vez, basados en estudios descriptivos sobre niños pequeños criados en
ambientes de cuidado extremo y maltratados, según los criterios del DSM-IV, se
incluyen los subtipos inhibido/ emocionalmente retraído y desinhibido/
indiscriminadamente social, mientras que los criterios del CIE-10 definen el tipo
inhibido como Desorden de Apego Reactivo (RAD) y al tipo desinhibido como
Desorden del Apego Desinhibido (DAD). Se considera que, sumado a los
comportamientos perturbadores sociales de los trastornos del apego, la etiología del
desorden es el cuidado extremadamente pobre. Los criterios del DSM-IV requieren
"cuidado patogénico", y la descripción del CIE-10 advierte contra la realización de
diagnóstico en ausencia de maltrato; a la vez que ambos apuntan que los signos y
síntomas del desorden no son debidos al retraso del desarrollo o al trastorno
generalizado del desarrollo. La esencia de los patrones de RAD (Tabla 4), se
sustentan en el "Proyecto de Intervención Temprana de Bucarest (BEIP), sobre los
puntajes de comportamiento de apego observado con los cuidadores y el informe de
signos de RAD emocionalmente retraído/inhibido" (Zeanah et al, 2008, p. 224).

RAD

emocionalmente retraído/inhibido indiscriminado/desinhibido

Patrón

Niño pequeño
comportamiento de apego mínimo o no discriminado

fracaso para exhibir reticencia
esperable en términos de desarrollo
en relación a adultos desconocidos
niños a quienes les faltan y no
les faltan figuras de apego preferidas

fenomenológico

Ausencia de comportamientos de
apego
organizado,
compromiso y reciprocidad social
deficitarios,
dificultades en la regulación emocional
(por ejemplo, bajos niveles de
afecto positivo,
arranques de irritabilidad, temor e
hipervigilancia inexplicables),
no buscar el consuelo
consistentemente
o en absoluto cuando están
angustiados y no se calman
fácilmente cuando se angustian.

falta de reticencia del niño/a sobre
la participación social con ellos,
fracaso del niño/a para comprobar
de nuevo con el cuidador en escenarios
desconocidos y en lugar de
tender a alejarse, y
en el deseo del niño/a a acercarse,
interactuar, e "irse" con un extraño.
consciencia en relación a los extraños
está ausente o sustancialmente disminuida

Apego

El grado de generalización de la falta
de respuesta en el contexto de
comportamientos de apego mínimo o
de su ausencia aquello que distingue
al RAD

Relación de apego seriamente
perturbada con un cuidador
discriminado,
distorsiones de base segura"

Apego a sus cuidadores que eran
calificados como incompletamente
desarrollado

patrones
"autolesivo",
"vigilante/hipersumiso",
"inversión de roles"

Tabla 4. Desorden de Apego Reactivo (RAD) (basado en Zeanah et al., 2008, p. 222
- 228).
La "falta de lenguaje para describir lo que Stern (2006) expresó como una psicología
de dos personas se constituye en un desafío sustancial para validar tales desórdenes
relacionales" (Zeanah et al., 2008, p. 229). El DC: 0-3R (Zero to Three, 2005) incluyó
un eje de trastornos relacionales, sin embargo, en más de una década, ha inspirado
pocos esfuerzos de validación. En niños pequeños maltratados aumenta el riesgo de
serias perturbaciones del apego, y los "apegos deberían formarse fácilmente si los
pequeños poseen una fuerte propensión a formar apegos, en condiciones de crianza
típicas de especie (es decir, en familias), lo cual explica que el RAD haya sido
descripto sólo en niños pequeños en ambientes de extremo cuidado adverso, y no en
niños que han sido retirados y ubicados en ambientes de cuidado más óptimo"
(Zeanah et al., 2008, p. 229). Similares condiciones de riesgo dan lugar a los muy
diversos cuadros clínicos de RAD inhibido y desinhibido, aunque no se han logrado
determinar cuáles aspectos de cuidado son más cruciales para los signos de
remediación de la perturbación (Zeanah et al., 2008).

Psicopatologías Infanto Juveniles:
El estudio de las psicopatologías infanto juveniles se ha iniciado más recientemente
con respecto a las psicopatologías del adulto. Se ha comprobado que la infancia
constituye una etapa de mayor vulnerabilidad frente a las experiencias traumáticas
tempranas que facilitan el desarrollo de diversos cuadros nosológicos. Es por ello que
el desarrollo de los niños/as y adolescentes dependerá de la calidad de las
interacciones de su ambiente familiar y de los hechos traumáticos que repercutirán
inclusive en las psicopatologías de su vida adulta (Weil et al., 2004).
Olaya et al. (2008) sintetizan "las áreas principales de evaluación psicológica en niños
y adolescentes expuestos a violencia doméstica" (p. 123) y consideran como objetos
de atención, en el proceso de evaluación, a las características de la situación vivida
(violencia doméstica), los efectos de la misma sobre la salud mental y el
funcionamiento cotidiano de los niños y adolescentes, y las variables mediadoras de
carácter individual, familiar y social, a la vez que remarcan la importancia de
intervención psicológica para los niños expuestos a violencia doméstica. Para ello, se
proponen diferentes instrumentos apropiados evaluar las variables
intervinientes en la determinación del impacto emocional y/o la psicopatología en
estos niños y adolescentes víctimas, a pesar de las diversas dificultades para realizar
este tipo de estudios, como ser la privacidad y la intimidad en la que tiene lugar este
tipo de violencia, junto al "sesgo y la distorsión que puede presentar la información
que dan las personas afectadas, que pueden y suelen vivir la violencia intrafamiliar
con secretismo, miedos y sentimientos de culpa y vergüenza" (Olaya et al., 2008, p.
123). Esto dificulta la obtención de indicadores precisos acerca de su prevalencia,
características y consecuencias. Además, se postula como dificultad la ausencia de
disponibilidad de instrumentos de medida adecuados, aptos para el contexto español
y validados por la comunidad científica, y se hace necesario evaluar las distintas
variables que intervienen en el contexto de la violencia doméstica para poder
comprender a las personas afectadas, y contar con la perspectiva del niño ante la
estimación de más del 70% de los casos de violencia doméstica no detectados.
Llama la atención que otros autores defiendan la conveniencia de no incluir la
exposición a la Violencia Doméstica dentro de la categoría de maltrato porque
aumentaría de manera dramática la información sobre abuso infantil y porque la
definición que existe sobre ser testigo de violencia doméstica es aún hoy día
demasiado ambigua.

Mientras algunos autores como Wolfe defendían su inclusión en
el maltrato infantil, debido a su asociación con problemas psicológicos y conductuales
en los niños, otros como Osofsky, planteaban que, en los hogares de Estados Unidos
donde hay violencia doméstica, los niños sufren abuso o negligencia 15 veces más
que la media nacional, y que la gravedad de la violencia parental predice la gravedad
del maltrato que sufre el niño. Además, existen evidencias, de mayor probabilidad
de abuso de sus hijos por parte de hombres que abusan de sus esposas, como así
también que el niño aprende que la violencia es un instrumento normalizado para la
resolución de conflictos, facilitando la perpetuación del ciclo de la violencia en la edad
adulta, cuando el maltratador es el padre. Algo diferente ocurre cuando se trata de
la madre, en que aparecen dificultades en la vinculación y seguridad emocional del
niño, así como problemas de ansiedad, depresión y culpa. Se han observado mayores
proporciones de problemas de adaptación en los niños que son testigos de la violencia
de sus padres y que a la vez sufren abuso, que en los niños que no lo han sufrido,
como así también sus efectos negativos en su desarrollo: problemas interiorizados y
exteriorizados, dificultades en las relaciones sociales, utilización de estrategias
agresivas de solución de problemas o disminución del rendimiento escolar y de la
capacidad empática (Olaya et al., 2008).
Se considera entonces que "Cuando un niño está expuesto a violencia es necesario
evaluar: 1) las características de la exposición; 2) los efectos de la exposición a la
violencia en su salud mental y en su funcionamiento cotidiano, y 3) los factores
mediadores y protectores entre la exposición y las consecuencias, que pueden
provenir tanto del propio niño (características individuales) como del ambiente
familiar; y que la detección del niño expuesto a violencia doméstica puede llegar por
diversos caminos, el más común de ellos es que la madre haya hecho una consulta
y revele la situación. El problema también puede salir a la luz porque otro profesional,
como el pediatra o profesor lo haya detectado, o porque el propio niño lo verbalice.
La información sobre la exposición la proporcionará en gran medida la madre" (Olaya
et al., 2008, p. 124). En otro párrafo, mencionan a los modelos de Davies &
Cummings (1994), quienes subrayan la importancia del contexto familiar en relación
a la influencia de la violencia en las reacciones infantiles a la misma a partir del
significado e implicancia que los niños le atribuyan, como así también a la
contribución de dicha violencia a la adaptación psicológica del niño según sus
características, el tipo, la severidad, la frecuencia, la cronicidad y la edad de inicio,
la relación con el agresor, el número de éstos, o la concurrencia de diversos tipos de
violencia.

Siguiendo con las investigaciones de Olaya et al., (2008), se explica el impedimento
en el desarrollo normal a lo largo de la infancia y el alto riesgo de desarrollar
psicopatología asociados a situaciones de maltrato, como la violencia de género,
cuyas consecuencias psicológicas hacen necesaria la evaluación de su estado
cognoscitivo, emocional y conductual. El desarrollo cognitivo del niño puede verse
afectado, existiendo una correlación negativa con la violencia doméstica: presencia
de puntuaciones descendidas de cociente intelectual en 8 puntos, déficit en el autoconcepto y baja autoestima asociados a problemas de adaptación, como ansiedad,
depresión y problemas de conducta. Se comprueba que la autoestima media el
impacto de la calidad de la relación madre-hijo en el funcionamiento del niño. Por lo
tanto, "la presencia de sintomatología psicopatológica en los hijos de mujeres
maltratadas produce una serie de dificultades en diversas áreas de la vida cotidiana
del niño" (Olaya et al., 2008, p. 127), y la resistencia o capacidad del niño para
adaptarse correctamente a su entorno, a pesar de la presencia de serias amenazas
para su desarrollo, debe ser evaluada junto con los factores protectores cruciales,
ante la exposición a violencia, como tener un cuidador adulto, refugio comunitario y
las características individuales del niño. Se considera que la buena capacidad
intelectual, la autoestima, los talentos individuales, las afiliaciones religiosas, una
buena situación socioeconómica y una red social suficientemente cálida ayudan al
niño a desarrollar esta resistencia ante acontecimientos adversos, y que la ausencia
de características protectoras puede afectar las habilidades sociales. "Los niños
expuestos a diversas situaciones abusivas, entre las que se encuentra el ser testigo
de violencia doméstica, presentan estrategias de afrontamiento desadaptativas en
edades posteriores (pensamiento ilusorio, evitación de problemas, retraimiento social
y comportamiento auto-crítico) y tienden a utilizar en general estrategias
caracterizadas por falta de compromiso en oposición a estrategias orientadas al
problema. En situaciones escolares, estos niños utilizan estrategias agresivas con los
compañeros y agresión verbal con profesores (...) El estudio de las consecuencias de
la violencia doméstica sobre los niños implica entender el problema de la violencia
como algo más que un acontecimiento entre dos personas. A pesar del fuerte vínculo
entre el hecho de testimoniar violencia doméstica y la aparición de problemas en los
niños, el impacto de esta experiencia varía ampliamente" (Olaya et al., 2008, p. 127).
Esto es así en función de características personales, tanto del niño como de la madre,
de la estructura y las características del entorno en el cual la violencia tiene lugar, y
de las características del acto violento en sí.

Se puede ayudar a conocer y mejorar la
habilidad del niño para afrontar el problema, si se conoce la situación familiar en su
más amplio sentido, el entorno comunitario en el cual el niño se desarrolla y las
particularidades del hecho violento. El riesgo de violencia doméstica se ve
incrementado por la pobreza, la pertenencia a familias monoparentales y el nivel
educativo de los padres, mientras que se puede explicar la convivencia prolongada
de la víctima y el agresor debido a dependencia económica y la existencia de hijos
pequeños. Las consecuencias de la violencia pueden llevar a estos niños a vivir
pérdidas y situaciones de cambio frecuentes e indeseadas, separación, muerte o
encarcelamiento de sus padres, cambios de domicilio, de ciudad, de amigos, o
penuria económica. Los factores de riesgo acumulados predicen mejor los desenlaces
evolutivos, y "las reacciones psicológicas al trauma de la violencia doméstica son más
o menos intensas en función del apoyo social disponible y en especial de la percepción
que del mismo tienen los niños" (Olaya et al., 2008, p. 128).
Si bien el factor protector más importante en presencia de dificultades está
representado por una figura adulta competente y una fuerte relación con ella, "en
este caso, los padres, que son por lo general el principal soporte de los niños a la
hora de proporcionarles protección, seguridad y cuidados, pueden no estar en
disposición de hacerlo cuando están expuestos o son víctimas de la violencia" (Olaya
et al., 2008, p. 128). Se comprueba que estos niños viven el impacto directo e
indirecto de la violencia, debido al estrés: la presencia de psicopatología materna o
la poca comunicación que afecta la calidad de la disponibilidad emocional de las
madres hacia sus hijos, debido a que las mujeres víctimas de violencia de género
pueden llegar a pensar que son incapaces de cuidar a sus hijos y que esa misma
sensación pueden tener los hijos, que no llegan a comprender por qué no son
protegidos en sus propias casas. Dicha percepción acerca de la "capacidad" de sus
cuidadores para proporcionarles apoyo debería evaluarse. Como la violencia
doméstica suele ocultarse tras pactos implícitos o explícitos de silencio, entonces los
niños viven su situación como algo que debe ser mantenido en secreto y con
vergüenza, bajo la constante de la negación y la ocultación, dificultando así la
posibilidad de poder expresar, compartir y buscar ayuda en los iguales. El estilo
disfuncional interpersonal de los perpetradores impide también la implicación de sus
hijos en redes sociales, para conocer su capacidad de comunicar y de implicarse
socialmente en redes más amplias que la familia, quedando los niños maltratados en
situación de aislamiento y restricciones en el contacto social con otros niños y, por
tanto, de riesgo de que existan problemas con sus iguales (Olaya et al., 2008).

"La calidad de la relación madre-hijo es un mediador en la aparición de problemas de
conducta de aquellos niños que testimonian violencia doméstica. Las madres que han
experimentado violencia marital tienen más tendencia a ser impulsivas, utilizando
estrategias más punitivas con sus hijos o exhibiendo hacia ellos mayor agresividad.
Asimismo, el estilo educativo de los padres maltratadores los hace menos accesibles
a sus hijos, menos implicados en conversaciones con ellos y menos afectuosos. Las
prácticas parentales basadas en el calor y el respeto a la autonomía parecen ser las
que ofrecen menos correlación con altos índices de mal funcionamiento" (Olaya et
al., 2008, p. 129). Las situaciones de abuso en las que se ve involucrada la madre
afectan el grado de supervisión familiar, junto al bloqueo emocional y al consumo de
tiempo en la búsqueda de recursos y soluciones, que pueden mermar su
conocimiento acerca de las actividades y emociones de sus hijos. Además, viven bajo
una situación de estrés continuado, que las conduce a padecer un problema de salud
mental que afecta su "emoción expresada", referida a actitudes y conductas
afectivas, que se relaciona con la calidad del clima emocional y que puede
incrementar el riesgo de que ellas maltraten también a sus hijos, ya sea de forma
física o de manera psicológica (Olaya et al, 2008)."La forma en que se expresa la
emoción de las relaciones materno-filiales puede incluir las críticas o quejas hacia
una persona (afectividad negativa), o su contrario, aprobación y cumplidos hacia
alguien (afectividad positiva)" (Olaya et al, 2008, p. 131). Pero también, el
modelamiento de comportamientos violentos y misóginos considerados como
normales afecta a los niños, y se convierte en violencia psicológica que reproducirán
en la vida adulta. La exposición a violencia doméstica es un tipo de abuso
(psicológico) que suele co-ocurrir con otros tipos de maltrato del niño (por ej. físico,
otras formas de abuso psicológico y/o negligencia). En la Tabla 5, se han listado las
recomendaciones de Hamby & Finkelhor (2000) para la evaluación de niños víctimas.
En la Tabla 6 se muestran todos los instrumentos disponibles para la evaluación de
la violencia familiar y sus efectos, mientras que en la Tabla 7 se describen las variadas
alteraciones presentes en el menor según las diferentes etapas evolutivas.

Tabla

5. Recomendaciones para la evaluación y el desarrollo de
instrumentos para niños víctimas de diferentes tipos de abusos y agresiones. Una
parte de estas recomendaciones circunscribiría el contenido de las preguntas que se
deben hacer; otra parte tiene relación con cuestiones generales sobre la formulación
de los contenidos en el caso de la evaluación infantil, y consejos éticos (Olaya et al.,
2008, p. 131).

Tabla 6. Protocolo de evaluación de violencia doméstica para niños y adolescentes
(Olaya et al., 2008, p. 129-130).

VIOLENCIA DE GÉNERO. SU IMPACTO EN EL PSIQUISMO INGFANTO JUVENIL.
TEORÍA DEL APEGO Y NEUROCIENCIAS

ETAPAS EVOLUTIVAS

Preescolares

Edad escolar

Adolescentes

Alteraciones por exposición a Violencia Doméstica
irritabilidad excesiva,
regresión en el lenguaje y control de esfínteres,
problemas de sueño (insomnio, sonambulismo),
ansiedad de separación,
dificultades en el desarrollo normal de la autoconfianza
y de posteriores conductas de exploración, relacionadas
con la autonomía
síntomas de Trastorno por Estrés Postraumático
contar con la información de la madre o de otros adultos significativos
síntomas de ansiedad,
depresión,
conducta agresiva y
estrés postraumático,
otros problemas asociados como dificultades para dormir,
concentrarse y
para afrontar las peculiaridades de su entorno.
Sus actitudes, competencia social y
su funcionamiento escolar se ven afectados y,
a medida que crecen, tienen mayor riesgo de
presentar fracaso escolar,
cometer actos vandálicos y
presentar psicopatología,
incluyendo abuso de sustancias
mayores índices de implicación en actos criminales
tienden a justificar el uso de la violencia en sus relaciones amorosas

Tabla 7. Alteraciones Psicopatológicas Infanto Juveniles según las diferentes etapas
evolutivas (basado en Olaya et al., 2008, p. 126).


Trastorno del control de los impulsos
El DSM-5 define los criterios para el diagnóstico de este trastorno (Tabla 8)
(«PSICOMED - DSM IV. Trastornos del control de los impulsos», s. f.), incluyendo el
Trastorno por déficit de atención con hiperactividad; el Trastorno negativista
desafiante (agrupado en tres categorías: enfado/irritabilidad, discusiones/actitud
desafiante, y vengativo); el Trastorno de la conducta, anteriormente denominado
Trastorno Disocial, caracterizado por presencia de emociones prosociales
limitadas, falta de remordimientos o culpabilidad, insensibilidad, carencia de
empatía, despreocupación por su rendimiento, o afectividad superficial o
deficiente (Iborra, I., s. f.); y especifica mejor los síntomas y condicionantes para
el diagnóstico de Trastorno explosivo intermitente (TEI) precisando la edad
mínima de 6 años. Es decir que la agresividad representa el rasgo predominante
de todos ellos, y se verá que está relacionada con el clima familiar hostil.
Trastorno
F63.8 explosivo intermitente (312.34)
Cleptomanía
F63.2
(312.32)
Piromanía
F63.1
(312.33)
Juego
F63.0patológico (312.31)
Tricotilomanía
F63.3
(312.39)
Trastorno
F63.9 del control de los impulsos no especificado (312.30)

Tabla 8. Trastornos de control de los impulsos («PSICOMED - DSM IV.
Trastornos del control de los impulsos», s. f.).

Corresponde dedicar especial atención al TEI, por presentarse cada vez con mayor
frecuencia entre los niños, niñas, prepúberes y adolescentes. Este cuadro se
caracteriza por presentar episodios aislados de dificultad para controlar los impulsos
agresivos, que dan lugar a violencia o a destrucción de la propiedad, con grado
desproporcionado de agresividad con respecto a la intensidad de cualquier estresante
psicosocial precipitante, que no se explican mejor por la presencia de otro trastorno
mental (p. ej., trastorno antisocial de la personalidad, trastorno límite de la
personalidad, trastorno psicótico, episodio maníaco, trastorno disocial o trastorno por
déficit de atención con hiperactividad) y no son debidos a los efectos fisiológicos
directos de una sustancia (p. ej., drogas, medicamentos) o a una enfermedad médica

(p. ej., traumatismo craneal) («PSICOMED - DSM IV. Trastornos del control de los
impulsos», s.f.).
Con respecto a estas psicopatologías, Kennedy, Edmonds, Dann, & Burnett, (2010)
opinan que "cuanto más disfuncional es la relación familiar, más probablemente los
jóvenes desarrollarán problemas psicológicos y participarán en comportamientos de
alto riesgo y será más difícil para ellos desarrollarse en jóvenes adultos sanos" (p.
509), y en ellos se pueden observar rasgos clínicos y adaptativos correspondientes a
agresores y delincuentes con antecedentes de violencia filio-parental, según datos
obtenidos del Federal Bureau of Investigation en 2007 (por ej., 16 % de arrestos por
crímenes en niños y adolescentes menores de 18 años de edad). Entre sus víctimas,
los miembros familiares representaron 28% para asaltos sexuales y 24% para asalto
simple según datos estadísticos proveídos por el U.S. Department of Justice en 2009.
Por otro lado, Zhang et al., (2015) basan sus estudios en las clasificaciones de
patrones de agresión familiar llevadas a cabo a partir de los registros de los Servicios
de Protección Infantil (CPS) y de los informes familiares de la Escala de Tácticas de
Conflicto (CTS), "utilizados para atribuir a los jóvenes a uno de los grupos de agresión
familiar: víctimas, testigos, testigos abusados, o sin violencia" (p. 162), cuya
desventaja está relacionada con la desconsideración del tipo de violencia (ej.
psicológica, física) a la cual el adolescente ha sido expuesto. El número de patrones
diferentes de violencia familiar identificados y la relación entre violencia familiar y
mala adaptación juvenil dependen de factores tales como la exposición a diferentes
formas de agresión, específicamente violencia psicológica (dolor psicológico o temor
causado por acciones verbales y simbólicas) o la violencia física (actos que pueden
causar daño físico o dolor). Se observó mayor comportamiento agresivo en los niños
expuestos o victimizados por cualquier forma de agresión (psicológica o física),
comparados con aquellos que mostraron comportamiento ansioso/depresivo
asociado sólo a victimización psicológica o contemplación de violencia física, mientras
que otros hallazgos respaldaron la "hipótesis de doble golpe" en términos de
problemas internalizados (Tabla 9).

Los jóvenes que habían sido abusados y habían sido testigos de violencia
interparental desplegaron más problemas internalizados y mayor modelado
de la agresión que quienes fueron solamente o víctimas de agresión o
solamente testigos de violencia interparental;

Los jóvenes que solamente presenciaron violencia interparental exhibieron
más problemas externalizados que los otros grupos de violencia familiar,
posiblemente como una función del aprendizaje social, no mostraron niveles
elevados de pensamientos o conductas autodestructivas, probablemente
debido a que los jóvenes que solo presencian violencia entre padres no
necesariamente experimentan una sensación de carga o aislamiento que se
correlaciona con riesgo de suicidio;

Los niños expuestos a violencia interparental frecuente son más propensos a
manifestar comportamiento antisocial que otros niños.

Tabla 9. Hipótesis de doble golpe en términos de problemas internalizados (basado
en Zhang et al., 2015, p. 162).

Basados en los principios expresados por Bowlby (1973), estos autores sostienen que
las interacciones familiares dan lugar a modelos de trabajo interno que condicionan
cómo los individuos interactúan con otros, y que estas representaciones poseen
importante implicancia para la internalización y externalización de los problemas. Por
ello, las autolesiones versus el daño dirigido a otros pueden depender de los modelos
de violencia familiar experimentada; y, de acuerdo a la teoría del aprendizaje social,
tanto los adolescentes convivientes con familias donde presencian (pueden no ser
víctimas de) violencia parental como los adolescentes víctimas directas de sus padres
podrían tener niveles elevados de daño dirigido a otros en comparación con aquellos
adolescentes expuestos a bajos niveles de violencia familiar. Esto demuestra que el
contexto y los estímulos ambientales moderan la personalidad y la existencia de
varios modelos de personalidad, con conceptualizaciones contrastantes y
compartidas, como el Modelo de Cinco Factores y el Modelo de Tres Factores de
Tellegen, que evalúa tres dimensiones de orden superior de la personalidad (Tabla
10): Emocionalidad Positiva (PEM), Emocionalidad Negativa (NEM), y la Restricción
(CON) (Zhang et al., 2015).

Estos autores, muestran diferentes tipos de conductas en los jóvenes que fueron víctimas y/o testigos de la agresión interparental (Tabla
11) e interpretan que de estos datos transversales se debe descartar que "(a) los
jóvenes que participan en más agresiones pueden ser más propensos a inculcar
conflictos entre los padres, y / o (b) estos jóvenes heredan tendencias agresivas de
padres agresivos" (p.168), y entonces, la personalidad sirve como factor moderador
estable a través del cual se interpretan las situaciones. En la Tabla 12, sus resultados
se expresan según los niveles de las dimensiones de rasgo, en apoyo de los puntos
de vista prevalecientes sobre la diátesis y el estrés de la psicopatología.

Dimensiones
Emocionalidad Positiva (PEM)

Incorpora disposiciones para el lanzamiento
de emociones positivas y
se vincula con los sistemas de motivación cerebral
que subyacen a las conductas de apetito

Emocionalidad Negativa (NEM)

Incorpora disposiciones hacia la emoción negativa y
está vinculada a los sistemas de motivos cerebrales
subyacentes a los comportamientos de retirada defensiva

Restricción (CON),

Abarca los aspectos relacionados con
la construcción de la impulsividad invertida y
la restricción del comportamiento.

Tabla 10. Dimensiones del Modelo de Tres Factores de Tellegen (basado en Zhang
et al., 2015, p.163).

TIPOS DE VICTIMIZACIÓN

TIPOS DE CONDUCTAS

Víctimas de la
agresión de los padres
y
testigos de la agresión interparental

Más probabilidades de cometer ambos tipos
de daño autoinfligido y dirigido a otros
Experimentan aún más exposición y modelado de la agresión.

Testigos
no son víctimas directas de
violencia familiar

Manifiestan conductas agresivas hacia los demás,
posiblemente como una función del aprendizaje social,
pero no en la misma medida que los jóvenes
que son a la vez víctimas y testigos
No mostraron niveles elevados de pensamientos
o conductas autodestructivas,
probablemente debido a que
no necesariamente experimentan una sensación
de carga o aislamiento que
se correlaciona con riesgo de suicidio


Tabla 11. Efectos y combinaciones de victimización directa y atestiguación de
Violencia Doméstica (basado en Zhang et al., 2015, p. 167).

Dimensiones de rasgo

Asociaciones Conductuales

Emocionalidad Positiva (PEM)

Está negativa
Asociada con una amplia gama de problemas de
internalización y externalización en los jóvenes

Emocionalidad Negativa (NEM)

Modera los efectos de la agresión familiar
en el daño dirigido a otros
Importante para identificar a los jóvenes
que son más vulnerables a la influencia
de la agresión familiar.
Efecto de dosis de exposición elevada a
la agresión familiar entre los jóvenes
en los hogares con mayor conflicto
exhibiendo mayor daño dirigido a otros.
NEM alta es una diátesis para el posterior
desarrollo de daño dirigido a otros cuando
se combina con experiencias de estrés
Jóvenes con alto NEM pueden ser
más propensos a causar daño a los demás
cuando están expuestos a la agresión familiar,
independientemente de si son testigos o víctimas.
Exposición a la agresión familiar puede provocar
que los jóvenes con NEM altos experimenten
cogniciones agresivas más extensas a bajo estrés
Está positivamente asociada a una amplia gama de
problemas de internalización y externalización
en los jóvenes

Restricción (CON),

Un bajo CON representa un
factor de riesgo longitudinal para la
conducta antisocial en los jóvenes
CON baja está asociada con:
la impulsividad,
el uso de sustancias y
los comportamientos oposicionistas

Tabla 12. Dimensiones de rasgo según el Modelo de Tres Factores de Tellegen
(basado en Zhang et al., 2015, p.163, 167, 168).


Psicodiagnóstico
-Trastorno Explosivo Intermitente (TEI) y el
-Trastorno de Control de los Impulsos
son cuadros nosológicos que forman parte de los psicodiagnósticos que se ven en
aumento en la población infanto juvenil, durante el proceso de evaluación, y se
evidencia su asociación con el estrés postraumático (TEPT).

Figura 3.
Factores Predictivos y Posibles Causas
La predisposición a la agresión impulsiva podría tener relación con:
-Un bajo umbral para la activación de sentimientos negativos (enojo, agitación,
angustia)

-Una falla para responder anticipadamente y de forma adecuada ante las
consecuencias negativas de la conducta agresiva.

Los sentimientos negativos pueden precipitar y acentuar conductas agresivas.

Formas de agresión que son relativamente espontáneas y no planificadas, que

integran lo que se denomina agresión impulsiva, la cual difiere de la agresión
premeditada.


Estudios neurobiológicos sobre violencia no realizan esta distinción.

Hay autores que la consideran relevante para la comprensión de:

las bases neuroanatómicas funcionales,neuroquímicas y genéticas de la violencia.

Maquiavelismo
Se define al "maquiavelismo como un rasgo de personalidad caracterizado por
tácticas interpersonales manipuladoras y engañosas, una visión cínica del mundo y
los seres humanos, y normas morales pragmáticas" (Láng, & Abell, 2018, p. 213).
Su investigación se centra principalmente en las interacciones entre padres e hijos y
procesos familiares generales, y en la relación entre el nivel de maquiavelismo de los
adolescentes y la calidad del funcionamiento diádico de los padres. Una parte
importante de la varianza entre los sujetos con maquiavelismo, basada en los
estudios genéticos conductuales, demuestra que los factores ambientales y
especialmente los factores ambientales compartidos, incluyendo las experiencias en
la familia de origen, están relacionados con este cuadro nosológico.
"Un estudio reciente sobre la relación entre el maquiavelismo de niños mayores y sus
padres mostró que la fuerza de esta asociación se debilitó a medida que los niños
crecían" (Láng, et al., 2018, p. 213), lo cual fortalece el argumento de los efectos
ambientales en la transmisión transgeneracional, y la relación existente entre la
crianza de los hijos y el funcionamiento familiar con el maquiavelismo en
adolescentes y adultos.
El maquiavelismo se asocia significativamente con los recuerdos o las percepciones
concurrentes de rechazo parental, y con recuerdos más frecuentes de la atmósfera
hogareña negativa de la infancia y la negligencia, lo cual puede explicar la posesión
por los adolescentes maquiavélicos de esquemas que expresan expectativas de
privación emocional, desconfianza y abuso. Desde una perspectiva de sistemas
familiares, se comprueba una correlación significativa
y positiva con el maquiavelismo entre la percepción de los adolescentes, el informe de los docentes
sobre la desconexión familiar, y las características familiares de funcionamiento
caótico y de familias disueltas o estresantes -donde los padres no se involucran, son
inconsistentes o ausentes-,cuyos hijos adoptarán una estrategia rápida de vida, que
incluye relaciones interpersonales oportunistas y de explotación en general, poco
compromiso con parejas románticas y baja investidura parental, siendo los varones
quienes muestran niveles más altos de maquiavelismo (Láng, et al., 2018).
Por otro lado, el "género podría moderar significativamente la relación entre el
maquiavelismo y las variables de resultado en niños y adultos también" (Láng, et al.,
2018, p. 214). En la edad escolar, para los niños el maquiavelismo se correlaciona
más con una agresión directa e indirecta, y para las niñas se relaciona con una
agresión menos indirecta.
Con respecto al funcionamiento de la diada pa

Comentarios de los usuarios


Gracias, Ana María por leer mi trabajo y coincidir en la necesidad de abordarlo en forma interdisciplinaria por su complejidad familiar y social. Mi intención ha sido la de focalizar en ello y en la necesidad de alertar a los profesionales, que trabajan con menores de edad, en la interpretación de los síntomas como expresión de la conflictiva parental y evitar así la estigmatización y desvalorización del niño/a o adolescente, teniendo en cuenta que ellos son sólo la punta del iceberg y que ya han sido lesionados en su neurobiología por tornarse el clima de violencia a un nivel intolerable. Saludos desde Argentina!

Ana María Martorella
Psiquiatría - Argentina
Fecha: 11/04/2019


Enhorabuena por el trabajo presentado, es un gran trabajo, muy completo y con aportaciones muy útiles e interesantes. La problemática que acompaña a estas situaciones es muy compleja y efectivamente requiere una intervención interdisciplinaria e interinstitucional que por desgracia no siempre está disponible. El tratar estos temas puede abrir puertas a intervenciones preventivas que son totalmente necesarias, dada la gravedad que conllevan.

Ana Mª Bastida de Miguel
Psicólogo - España
Fecha: 10/04/2019



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