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Última actualización web: 16/10/2021

Los Apellidos de la Libertad

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Autor/autores: Jesús de la Gándara Martín
Fecha Publicación: 22/05/2006
Área temática: Psiquiatría general .
Tipo de trabajo:  Ebook

Código: L0014
Código (num libro/año): L1/05
Autor: Jesús J. de la Gándara Martín
Título del libro: LOS APELLIDOS DE LA LIBERTAD
isbn: 978-84-611-1461-2

Libro exclusivamente disponible en formato digital - PDF descargable

RESUMEN

La libertad o su ausencia, su posesión y su uso, su quebranto o su abuso, todo lo que la rodea es pretexto más que suficiente para pensar, hablar, escribir o leer.

En este caso, he de confesar que el móvil inicial era escribir un libro sobre algo así como las “prisiones mentales”, o las “cárceles psicológicas” que cada uno de nosotros llevamos dentro de nuestras cabezas sapientes. La idea inicial era orquestar un índice sobre el cual organizar un libro. La cuestión estuvo rondando por mi mente más de un año, hasta que al fin descubrí que lo que realmente quería no era escribir sobre las “prisiones”, sino sobre la carencia de libertad, e inmediatamente la brújula giró desde la esclavitud a la liberación. La libertad y sus limitaciones, la mente libre y sus condicionamientos: ese era el tema, por fin había encontrado el móvil y el camino.

Así pues, espero que esta prisión que es la “libertad” acabe atrapándole a usted como de hecho ya lo hizo conmigo.

ÍNDICE

A modo de prólogo. Por: Pedro Gómez Bosque
Pretextos
1.- Buscando un título.

2.- Buscando un índice.

3.- En nombre de la libertad.
3.1 La libertad de Sam
3.2 ¿Existe la libertad?
3.3 El síndrome del gladiador
3.4 La libertad vive en el sur
3.5 Palabra y libertad
3.6 Lemas, dilemas, trilemas
3.7 Educación, psicoanálisis, religión y libertad

4.- Cerebro, mente y libertad
4.1 La libertad y su cerebro
4.2 Neuroanatomía de la libertad
4.3 Neurofisiología de la libertad
4.4 Cerebro, mente y libertad.

5.- Psico-pato-logía de la libertad.
5.1 A modo de dedicatoria
5.2 Las debilidades de la voluntad
5.3 El vigor de los instintos
5.4 El gobierno de las pasiones
5.5 Percibir es sentir en libertad.
5.6 El severo juicio de la conciencia.
5.7 La memoria de la sangre.
5.8 Libertad de pensamiento.
5.9 Libertad de palabra.
5.10 Inteligencia emocional.

6.- Libertad condicionada: Cosas y casos.
6.1 ¿Dependencias o imprudencias?
6.2 Costumbres, manías, hábitos…
6.3 Las enfermedades de la libertad

7.- Capitulaciones.
7.1 Sobre el título
7.2 Sobre los conceptos de libertad
7.3 Sobre los problemas y contenidos
7.4 Sobre el problema de la voluntad
7.5 Sobre la psicobiología de la libertad
7.6 Sobre el problema “mente-cerebro” y su relación con la libertad
7.7 Sobre las posibles soluciones
7.8 Sobre algunos hechos insólitos

8.- Reconocimientos.

Palabras clave: apellidos

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LOS APELLIDOS DE LA LIBERTAD

Reflexiones sobre la psico-socio-pato-logía de
la libertad

Jesús J. de la Gándara Martín

2
ÍNDICE
A modo de prólogo.
Por: Pedro Gómez Bosque
Pretextos
1.-

Buscando un título.

2.-

Buscando un índice.

3.-

En nombre de la libertad.
3.1

La libertad de Sam

3.2

¿Existe la libertad?

3.3

El síndrome del gladiador

3.4

La libertad vive en el sur

3.5

Palabra y libertad

3.6

Lemas, dilemas, trilemas

3.7

Educación, psicoanálisis, religión y libertad

4.- Cerebro, mente y libertad
4.1

La libertad y su cerebro

4.2

Neuroanatomía de la libertad

4.3

Neurofisiología de la libertad

4.4

Cerebro, mente y libertad.

5.- Psico-pato-logía de la libertad.
5.1 A modo de dedicatoria

3
5.2 Las debilidades de la voluntad
5.3 El vigor de los instintos
5.4 El gobierno de las pasiones
5.5 Percibir es sentir en libertad.
5.6 El severo juicio de la conciencia.
5.7 La memoria de la sangre.
5.8 Libertad de pensamiento.
5.9 Libertad de palabra.
5.10 Inteligencia emocional.
6.- Libertad condicionada: Cosas y casos.
6.1 ¿Dependencias o imprudencias?
6.2 Costumbres, manías, hábitos...
6.3 Las enfermedades de la libertad
7.- Capitulaciones.
7.1

Sobre el título

7.2

Sobre los conceptos de libertad

7.3

Sobre los problemas y contenidos

7.4

Sobre el problema de la voluntad

7.5

Sobre la psicobiología de la libertad

7.6

Sobre el problema "mente-cerebro" y su relación con la libertad

7.7

Sobre las posibles soluciones

7.8

Sobre algunos hechos insólitos

8.- Reconocimientos.

4
A MODO DE PROLOGO
por
Pedro Gomez Bosque
El Doctor Don Jesús José de la Gándara Martín ha escrito este magnífico libro
sobre "Libertad Condicional" y me pide que haga un prólogo para encabezarlo.
Tengo que confesar que comencé a leerlo como cortesía y signo de afecto
hacia su autor. Sin embargo, ya desde las primeras páginas el libro me cautivó y me
"atrapó" de tal modo que le "leí de un tirón". Dicho de otra manera: anuló mi libertad
para leerlo "a cachos" y en los intervalos dedicarme a la lectura de otros libros.
Esta especie de "hechizo" que sin duda alguna sentirán también otros
estudiosos de la obra que prologo se debe al enorme interés de los temas tratados en
ella, a la profundidad con que se abordan, a la claridad (a pesar de la profundidad) de
exposición y al lenguaje bello y no exento de gracia y buen humor, incluso cuando el
autor toca temas graves.
Todos los capítulos del libro son atractivos pero el que trata de "Palabra y
Libertad" me ha conmocionado de manera especial porque hace tiempo que me
preocupa la relación entre mente y cerebro y creo que el lenguaje arroja una importante
luz a la hora de interpretar el tipo de "casualidad" que regula la actividad del sistema
psicocerebral.
A ello se añade que el doctor de la Gándara Martín, amen de científico y filósofo
es además poeta y creador y ya se sabe que los poetas son gente que sabe jugar con
las palabras. Y que conste que utilizo este término en el sentido profundo que le supo
dar Schiller en su maravillosa obra "La Educación Estética del Hombre". En uno de los
capítulos, el insigne poeta alemán llega a decir que "el hombre sólo es auténticamente
hombre cuando juega y que solo juega en verdad cuando juega con la Belleza", en
este caso la belleza poética.
Por este motivo creo oportuno añadir a mi prólogo una breve reflexión sobre las
relaciones existentes entre la Filosofía (que también en sus aspectos especulativos es
un "noble juego" con el lenguaje") y el Arte en general y con la Poesía en particular.
Empezaré esta reflexión afirmando que el Arte es una actividad trascendente del
ser humano y que por ello muchos filósofos han meditado sobre el Arte y han escrito
importantes tratados sobre "Filosofía del Arte" o Estética". Baste recordar aquí, a modo
de ejemplo la "Filosofía del Arte" de Hegel. Por cierto, el insigne metafísico considera a
la Poesía (arte romántico por excelencia, según él) como la culminación de la actividad
artística. Y ya se sabe que según el autor de la "Fenomenología del Espíritu", la
Filosofía, el Arte y la Religión son otras tantas revelaciones del Espíritu Absoluto.

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También es importante recordar a este respecto que el encuentro con el Arte
ha inspirado a otros filósofos a crear lo que yo llamo una Metafísica Poética. Tal es el
caso de Martin Heidegger, quien influído por poetas de tan altos vuelos como Hölderlin
y Rike, ha culminado su pensamiento metafísico sobre el "Ser" realizando una profunda
reflexión sobre la "Palabra". El Hombre, afirma Heidegger, es el Pastor del Ser", la
"Mansión del Ser" y tal "función pastoral" está vinculada precisamente al hecho de que
el Hombre habla (en el sentido más amplio del término). Pero, continúa Heidegger, no
se puede afirmar que el Hombre tenga la Palabra sino al contrario, es la "Palabra"
(primordial) la que tiene al Hombre y exige de él que utilice su Palabra Derivada para
"Descubrir", "Patentizar", "Iluminar" y "Sacar a la Luz" los entes particulares que forman
parte de los "Cuatro Reinos de la Realidad": La Tierra, el Cielo, los Mortales (Los Seres
Humanos) y el Dios o los Dioses. Tal es precisamente, la función ontológica de la
Palabra Poética Verdadera
A propósito de esto debo decir que la Palabra Poética de Jesús José de la
Gándara, expresada en sus libros "Signos Secretos" y "Psico-tropos", es una
emocionante revelación de los sufrimientos o alegrías de la felicidad o infelicidad de los
seres humanos y en cuanto tal revelación es Poesía Metafísica. Entre sus poesías hay
una que me ha conmocionado de manera especial. Lleva por título "Al lucerito del cielo"
(en "Signos Secretos"). En ella se desvelan la pena, la tristeza y la compasión
provocadas por la muerte de un niño, pero también están patentes la ternura y el amor
que el poeta siente por el niño y la esperanza de que Lucerito siga existiendo
esencialmente aunque haya abandonado su existir aparencial. Pues lucerito, dice el
poeta, "vive lejos / viaja cerca / como un cachito de cielo que en la noche se desvela".
Jesús de la Gándara es plenamente consciente de la función iluminadora de la
Poesía y por ello en la página 45 de la obra que nos ocupa nos dice: "La poesía, desde
David a Machado, no es mas que una revelación de la intimidad, en la que la verdad y
la belleza se aúnan para comunicar, para hacer existente lo inefable".
Si ahora resumo lo que llevo escrito sobre la relación entre Filosofía y Arte se
saca la consecuencia de que en este ámbito de relación hay que distinguir tres
modalidades fundamentales, a saber: Filosofía de la poesía, Metafísica Poética y
Poesía Metafísica.
Paso ahora a mostrar como la Palabra (en general y la palabra poética en
particular) "libera" al sistema psicocerebral de su servidumbre a leyes causales físicoquímicas, permitiéndole actuar como un sistema obediente a normas espirituales.
Ante todo debo decir que según mi modo de concebir la relación entre mente y
cerebro los eventos psíquicos, dados en la conciencia, y los eventos físico-químicos,
que ocurren en el cerebro, no son dos series paralelas de acontecimientos distintos
sino un sólo y único acaecer que tiene una doble vertiente: la vertiente mental, que se
puede estudiar por introspección (ese estudio es el fundamento de la Psicología
Introspectiva) y una vertiente físicoquímica que es accesible a la observación externa
ayudada o no por instrumentos especiales (de este modo se constituye la Fisiología
Cerebral).

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Pues bien, este sistema único psicocerebral, en cuanto ingenio gramatical (que
es capaz de generar y entender palabras sueltas, frases y oraciones) funciona de
acuerdo a normas fonológicas, morfológicas y sintácticas que pertenecen al ámbito del
Espíritu Objetivado y que por tanto trascienden el ámbito de la Naturaleza. Por eso los
efectos producidos por la audición de los monemas y sintagmas son efectos que
dependen de los significados vehiculados por los acontecimientos materiales y no de
las propiedades físico-químicas o energéticas de tales "transportadores materiales". Lo
mismo sucede cuando el sistema psicocerebral funciona como ingenio gramatical
generador de expresiones verbales. En este caso su funcionamiento tiene que tener en
cuenta las citadas normas provistas de sentido capaces de modificar la realidad
exterior al sistema. En ambos casos la significatividad de los sucesos (su
semanticidad) domina su mera y simple cualidad hilética (energético-material).
A lo dicho hay que añadir que el sistema psicocerebral del hombre (y por
supuesto el de la mujer) es un instrumento de posible expresión ontológica de una
entidad metafísica que subyace (o mejor dicho "supra-yace") a su psicofisis. Me estoy
refiriendo al Espíritu Subjetivo que es, en último término, la entidad supraespacial,
supratemporal y supraconsciente que entiende y crea los signos, los símbolos
(lingüísticos o de otro tipo), así como las reglas de su correcta utilización.
En resumen: El sistema psicocerebral fenoménico existe como algo encajado
entre la Naturaleza y la realidad espiritual, a saber: la realidad del Espíritu Objetivado
(p.e.: la Lengua) y la realidad del Espíritu Subjetivo, que utiliza la Lengua de su
comunidad para Hablar de sus deseos, de sus alegrías, de sus sentimientos o expresar
sus pensamientos. Y para que sus "producciones verbales" sean efectivas, el Espíritu
Subjetivo tiene que atenerse a las normas lingüísticas. Pero las normas sólo son
eficaces si son asumidas por el individuo y tal asunción se fundamenta en un acto de
libertad. No en vano, nos dice de la Gándara, "para hablar de "hablar" los hombres
tenemos las palabras, las palabras expresan mejor que nada lo que somos los seres
humanos. Las palabras son el lugar donde mejor se expresa la libertad, todo lo demás
es geografía".
Y en un párrafo suyo que ya he citado parcialmente con anterioridad continua
con la siguiente afirmación: "He aquí otra vez la palabra como creadora, como
potencialidad genérica, como liberadora, en tanto en cuanto que cultivadora de la
cultura que hace del animal de nombre "sapiens" un "sapiens con apellido sapiens"
propietario de reflexividad, de autoconsciencia, de albedrío y de bibliotecas".
Para terminar estas reflexiones sobre la "libertad ontológica" del sistema
psicocerebral, en cuanto ingenio gramátical, esto es, sobre como éxplicar su
desvinculación de la necesidad causal y su sobredeterminación por normas poéticas
espirituales, creo oportuno comentar brevísimamente las ideas metafísicas
fundamentales de Schelling.
Es sabido que según Schelling lo Absoluto se manifiesta en la Naturaleza, cuyo
carácter dinámico fundamental es la Necesidad, y en el Espíritu, cuya cualidad esencial
es la Libertad. Pues bien, el Arte es la culminación de este doble proceso de
manifestación, pues en la Obra de Arte se produce la síntesis de la Libertad y de la

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Necesidad. En efecto, para ilustrar esta idea con un ejemplo concreto, el Poeta al
crear "Obra Poética Objetivada" puede escoger libremente los temas y el estilo de sus
producciones poéticas, pero a la hora de objetivar sus emociones e intuiciones tiene
que escribirlas y en el acto de escritura el poeta entra en contacto con la Naturaleza,
esto es, con el reino de la Necesidad, y está obligado a tener en cuenta las
propiedades físicas del soporte de su escritura y del instrumento material que utiliza
para escribir. En resumen, una Poesía escrita en un Papel es algo que participa de la
Libertad del Espíritu Creador y de la Necesidad Natural.
Ahora, volviendo al libro escrito por Jesús José de la Gándara, debo decir que
está destinado a ser leído por un amplio círculo de personas: psicólogos, psiquiatras,
filósofos, sociólogos, educadores y por toda persona que se interese en los "lemas",
"dilemas" y "trilemas" que marcan indeleblemente el "existir humano".
Auguro que alcanzará altas cotas de éxito y no digo la palabra inglesa tan de
moda ahora porque yo he elegido libremente expresarme en castellano y luchar contra
la contaminación de nuestra bellísima lengua por extranjerismos innecesarios.
Enhorabuena a de la Gándara y gracias por haber escrito un libro tan hermoso,
tan profundo y tan ingenioso. Los que le conocemos y sabemos de su capacidad
creadora abrigamos la esperanza de que continuará deleitándonos y enseñándonos
con futuras publicaciones científico-filosóficas y poéticas.

Pedro Gómez Bosque
Profesor Emérito de la Facultad de Medicina
de la Universidad de Valladolid.

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PRETEXTOS
No hacen falta otras razones. La libertad es suficiente motivo. El pretexto para
escribir uno y cien libros. Al fin y al cabo, la libertad y los libros siempre mantendrán
negocios carnales. La libertad es causa y consecuencia. La libertad puede que tenga
principio, pero no tiene fin. La libertad o su ausencia, su posesión y su uso, su
quebranto o su abuso, todo lo que la rodea es pretexto más que suficiente para pensar,
hablar, escribir o leer.
En este caso, he de confesar que el móvil inicial era escribir un libro sobre algo
así como las "prisiones mentales", o las "cárceles psicológicas" que cada uno de
nosotros llevamos dentro de nuestras cabezas sapientes. La idea inicial era orquestar
un índice sobre el cual organizar un libro. La cuestión estuvo rondando por mi mente
más de un año, hasta que al fin descubrí que lo que realmente quería no era escribir
sobre las "prisiones", sino sobre la carencia de libertad, e inmediatamente la brújula
giró desde la esclavitud a la liberación. La libertad y sus limitaciones, la mente libre y
sus condicionamientos: ese era el tema, por fin había encontrado el móvil y el camino.
Por eso, a los posibles lectores les contaré en los dos primeros capítulos el
cómo y el porqué se gestó este libro. Si después de leer al menos parte de ellos le
sigue interesando el tema y el planteamiento, estaré muy contento de sentirme
acompañado a lo largo del resto de este fatigoso empeño. Al fin y al cabo escribir un
libro y leerle es siempre la misma historia. Empieza uno siendo libre de caer o no caer
en las tentaciones y los trabajos de la escritura y la lectura, y acaba uno atrapado en
las sutiles redes que se esconden en las páginas. A la postre, los lectores adictos, esos
que sienten - sentimos - la fascinación de las estanterías llenas de libros, y el
remordimiento de no poder leerlos todos, somos también escritores en ciernes. Cada
vez que leemos algo lo hacemos con papel y lápiz en la mano, y a cada instante de
lectura se nos ocurre que también nosotros podríamos escribir algo sobre lo que
leemos. Somos seres paradójicamente atrapados en la libertad de la lectura, que
también sucumbimos a la libertad de la escritura, a esas ansias, altaneras y soberbias,
de dejar algo escrito que sobreviva al óxido del tiempo.
Así pues, espero que esta prisión que es la "libertad" acabe atrapándole a usted
como de hecho ya lo hizo conmigo.

9
1.

BUSCANDO UN TITULO

Todo empezó un día que sentí que la cabeza me volvía a bullir. De nuevo, sin
causa aparente, burbujeaban las ideas en mi cerebro. De vez en cuando la mente me
gasta estas bromas. Es como el renacer de un ciclo que se cumple con cadencia
misteriosa. Es como si hubiera un extraño resorte que acelera a un motor que ha
permanecido durante meses al ralentí, invernando a un ritmo de mínimos, sin consumir
demasiado, sin rendir apenas. Y de repente siento que el cerebro vuelve a funcionar,
se activa, toma impulso, se rebulle, entra en fase creativa, produce ideas y
asociaciones, siente ganas de escribir. De este modo sé, o mejor lo sabe la parte
consciente de mi cerebro, que la otra, la de las pasiones y la pereza, pero también la
que se esfuerza y trabaja, la que siente y sufre, la que bulle inquieta, necesita decir
algo, tal vez quiera crear algo - ¿crear? -.
Sea como fuere, lo cierto es que parece que hay un "uno" y un "otro" en mi
cerebro, que luchan entre si mientras "yo" - el que da a la tecla - soy el que obedece, el
que lo padece o lo disfruta. Este "yo" es el que ha de ponerse a trabajar, a partirse el
codo llano y liso contra la pantalla, lo cual implica que ha de pensar, vencer obstáculos,
coordinar movimientos, organizar tareas, sentarse horas y horas, pelearse contra el
ordenador, purgar archivos, llenar de garabatos las agendas, recordar libros olvidados,
rebuscar citas pertinentes, desechar las impertinentes, saquear ficheros, atracar las
obras de los sabios, etc.
Al fondo de este complejo entramado de tareas, y procurando aunar todas estas
dimensiones de lo humano, es la "mente" inquieta, magnífica y admirable, toda ella
completa y compleja, la que entra en fase de productividad, la que se sienta y soporta
el esfuerzo, la que se siente bien o mal haciéndolo, la que razona, la que echa las
cuentas cabales y las otras. Es ella la que está produciendo un nuevo libro. ¿Es ella, o
es sólo y únicamente mi cerebro?.
Sea él o ella, ambos saben que para lograrlo, basta con tener un buen título y
un buen índice. El resto lo tomaremos prestado de las bibliotecas o robado, sin más
zarandajas, de todas las fuentes posibles, que van desde las charlas y discusiones con
los demás, hasta el Internet, pasando por las bibliotecas. En la tarea me ayudarán
todos, incluso los periódicos, la televisión, el cine y las revistas del corazón.
Como sé que la tarea puede ser ardua y la longitud desmesurada, y por si
acaso vienen mal dadas, me preparo una "aspirina inmensa", ¡que quien la cata se
cura!, como diría Gloria Fuertes, y contemplo como bulle en el fondo del vaso, cómo se
agita inquieta, cómo se deshace luchando entre su deber de aspirina efervescente,
eficaz y efímera, y su deseo de seguir siendo una aspirina inmensa llena de
potencialidades. Poco a poco la terca constancia del tiempo va ganando la batalla, se
consuma el hecho cierto: la aspirina ha nacido para ser efímera y eficaz. Me la tomo, y
de forma paulatina, pero sensible, "siento" cómo sus burbujas van haciendo efecto en
mi cabeza, que ahora gracias a ella bulle con igual efervescencia, pero con más orden.
Ahora la cabeza se siente un poco más liberada gracias a la entrega generosa de los
efectos salutíferos de la poción mágica: las burbujas comienzan a convertirse en libro.

10
Resumiendo: Hoy es uno de esos días en los que, al fin, después de tanta
lucha entre la pereza y el deber, he comenzado a escribir un nuevo libro. La aspirina
me ha enseñado a tener paciencia, al tiempo que generosidad. Ella sabe guarecerse
en la espera fructífera, sabe entregarse con total dadivosidad, sabe desaparecer en un
gesto efímero y cabal, sabe hacer lo que le es propio, sin pararse en las cuentas
tacañas del miedo y el egoísmo. Sabe liberarse y liberar, es perfectamente soberana
cuando se entrega a su tarea. Nada ni nadie la puede detener.
La aspirina también me ha enseñado que cuando escribes un libro, es como si
te entregases a ti mismo: tiempo, arrugas, deseos, placeres,... tiempo, insomnio,
desasosiegos, dudas... tiempo - de ese que no te pertenece - libros, ansias, ganas de
acabar... Cuando al fin vences al miedo, cuando superas la comezón de la
inseguridad, cuando matas al gusanillo del desconcierto, cuando la pantalla en blanco
se llena de negro... entonces, entonces, muchas veces seguidas, te entran ganas de
dejarlo,... Y aun así, cuando de verdad quieres y puedes, y lo deseas y te sientes
capaz, y lo buscas y te gusta, y además debes, aun así y pese a quien pese sigues, y
sigues, aunque te entren muchas ganas de dejarlo... ¡Déjalo!, te dices a ti mismo, pero
tu, erre que erre, hasta que veas el fin, y hayas dejado tantas aspirinas por el camino, y
tantas ganas de abandonar, y tanta lucha entre el deber y el miedo, entre el placer y la
pereza, entre el impulso apasionante y el terror del riesgo, entre el gusto y la
necesidad.
Para aliviar algo la tensión, me formulo una pregunta capciosa: ¿veamos, en
realidad, que te da más placer, seguir o dejarlo...?: Y nadie me contesta. Por que
estando en estas y sin apenas percatarte de ello, se te vienen encima otro montón de
minucias, y se ordenan de acuerdo con otras tantas argucias mentales, que entre ellas
luchan y bullen, como la aspirina, enredadas en el laberinto de las neuronas de este
mínimo pedazo de universo que es uno, este ingenuo ser que siempre anda perdido
entre trajines y molinos, y sin ninguna necesidad de perderse...
Pero en fin, dejemos en paz a la aspirina etérea, y pasemos a la tangible
realidad del grano. Para ello dejaré escrito que lo que realmente quería en este libro
era hablar de las prisiones, de los calabozos mentales, de las culpas y de las
penitencias. Pensé que "La prisión de la pasión", podría ser un buen título para un libro.
Al fin y al cabo, pasiones y prisiones son dos breves asesinas, que no por limitadas
dejan de ser inmensas y poderosas. El título lo abandoné por cursi, mucho antes de
empezar.
Luego pensé que sería mejor hablar de las prisiones de la mente: "Atrapado en
tu propio cerebro". La idea no progresó. El título, en este caso, me pareció más propio
de un telefilme, que de una obra seria. Y además, dar con la estructura del índice de
tamaña empresa podría ser toda una aventura.
Para resolver el estancamiento del dilema traté de plasmarlo más explícitamente
con la siguiente idea: "Cómo puede pasar una persona desde sus propias prisiones, de
esas que cada uno lleva dentro de su cabeza, a su propia libertad". Eso ya me pareció
más fácil. Ese era realmente el tema que quería abordar. Cómo liberarte de tus propias
limitaciones. Pero para mi desgracia tampoco logré dar con el título adecuado y me

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desanimé. Me sentía verdaderamente preso de mis propias ideas y de mi ineficacia.
Así pues me deslice lento (tarde meses en hacerlo) desde la vertiente carcelaria hacia
el lado libertino del asunto. Egoístamente me dije a mi mismo: "De tu prisión a tu
libertad", y que vengan las aspirinas en mi auxilio, y esa me pareció, a primera vista,
una buena manera de continuar.
A cualquiera que lo piense el giro le parecerá obvio, simple, casi vulgar. Sin
embargo, lo confieso, el dar con este mínimo cariz salvador me costó meses, y la
clave, como casi siempre, se la debo a la casualidad, y puedo confesar que la tomé por
asalto y sin ninguna consideración. Bien es verdad que ya lo decía Heráclito, - o quizá
no fuera él - que "...si no esperamos lo inesperado no lo reconoceremos cuando
llegue". La clave que me abrió la puerta - ¡no se lo pierda! - fue escuchar, en una
película china, una bella frase de un pastor mongol: ¡Si se te escapa un reno, siempre
podrás recupelarle, si se te escapa una palabra, jamás la recuperarás! - ahí queda eso.
Al instante recordé lo que oí a un árbitro de fútbol, que al fin y al cabo de todos hay
que aprender, el cual, en un partido conflictivo, le aplicó a un futbolista protestón una
tarjeta roja, diciéndole al tiempo, a modo de justificación de su dura decisión, aquello
de: ¡cada uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice!, y, tan fresco, le
expulsó.
El pastor era naturalmente libre: como el viento de la estepa, el árbitro era un
imperfecto condicionado. El pastor disponía de un espíritu sosegado, pues había
logrado establecer una especie de acuerdo de vida con su medio ambiente para así
estar en paz con los espíritus de la pradera. Era un hombre con el ánimo en calma,
aunque no calmoso, pues vivía manteniéndose de la quietud del cielo y de la fuerza
constante de la brisa. Seguro de si mismo, fuerte y capaz, pues se sentía arropado en
su vida sencilla por el manto de la tradición. Con la libertad como máximo logro, aun
incluso sin saberlo, pues la poseía siempre, y persistía con constancia en su uso y
disfrute, como si ello fuese una pauta de vida. Sabía lo que debía. Hacía lo que sabía.
Sentía como suyo lo que debía y lo que sabia, y por eso poseía realmente lo que
hacía, y todas las demás cosas de su vida las hacía suyas, las gozaba y las entregaba,
las devolvía a la madre naturaleza, a la memoria de sus antepasados, a los miembros
de su tribu, a su familia y a su rebaño.
Este sencillo y feliz pastor de renos me desveló el misterio que enlaza la prisión
con la libertad, y pensé que ésta era mejor, más agradecida, más sublime, más
admirable, que aquella. Así pues me deslicé hacia ella, con alguna incierta
preocupación, pero con bastante euforia, ya que en el fondo de cualquiera de los
hombres, en el meollo de sus corazones, en el más íntimo reducto de sus cerebros,
siempre hay una prisión llena de libertad, y ambas están unidas con el miedo y con la
angustia, con la felicidad y con el amor, con los atributos y la naturaleza propia del ser
hombre.
La clave de toda existencia radica, justamente, en encontrar la cerradura de la
prisión, dar con la llave, atreverse a abrirla, y salir..., ninguna otra cosa define mejor lo
que es ser hombre. Algunos salen despavoridos, otros prefieren quedarse encerrados,
los hay que entran y salen, también existen los que salen y ya nunca quieren entrar,
aun los hay que salen con presunción de inocencia, pero son culpables, incluso hay

12
algunos que no necesitan salir para ser libres, y otros que les da igual si entran o si
salen por que nunca entenderán nada.
La "Libertad", con mayúsculas: he aquí la gran cuestión. La libertad de las
cadenas, la desunción del yugo al que se nos ata y nos atamos, la larga marcha de los
esclavos, la sombra de Espartaco, la pavorosa "Lista de "Schindler"... y vuelta a
empezar el giro. Y para empezar lo mejor es hacerlo por el título, que es lo primero.
Los que escribimos sabemos, ya lo dije, que el título es determinante. Si atinas
con el apropiado, el que traduce bien tus jeroglíficos mentales, habrás encarrilado el
libro. Al fin y al cabo, cada libro no es otra cosa que un acertado - o desacertado esfuerzo por desenredar un gran embrollo de ideas, recuerdos, restos de lecturas,
rastros de sentimientos, citas, fechas, copias, robos, encuentros, desencuentros,
casualidades,... Al fin y al cabo cada hombre lleva en sí un libro. Todos los libros leídos
por un hombre se resumen en uno sólo. Todos los libros escritos por un hombre son un
solo libro, y de todos ellos sólo un poco le pertenece. Cada hombre es un libro, cada
hombre un título. Así pues busquemos el título.
En lo tocante a la libertad, y tratándose de un psiquiatra, lo primero que se me
vino encima - desde lo más alto de la estantería, por cierto - fue el libro de Fromm, el
suyo por antonomasia: "El miedo a la libertad". Y el recuerdo de su lectura, siendo poco
más que un adolescente, junto con la implacable constatación del tomo caído literalmente - sobre mi consciencia, a punto estuvo de dar con mis neuronas en la
quiebra: "todo está escrito". A estas alturas del negocio no queda nada nuevo para
componer otro libro, y menos después del sonado acierto de Fromm, al menos en lo
tocante al título. Si a esto le unimos - ¿casualidad o causalidad? - el fax que en ese
instante justo me llega desde mi Editorial - y no es metáfora - constatando que los
libros se venden poco, y generan aun menos beneficios, ¿para qué darle más vueltas?:
mejor dejarlo ahora mismo, que aún estamos a tiempo. Nada de fatigar bibliotecas,
como decía Borges, nada de cansar a los impresores, ni pelear con los editores, ni
aburrir a los lectores. Dejémoslo aquí y que sea lo que los demás quieran.
Pero enseguida Gracián sale en mi defensa - ¿defensa? - y se empeña en
recordarme que "no hay perfección, donde no hay elección", y puesto que por algún
desconocido artilugio de mi cerebro forma parte de mi modo de ser la búsqueda
constante de la dignidad "humana" - ¡ahí queda eso! - no me queda otra elección que
seguir. Al fin y al cabo el ser humano está hecho para los retos, y uno, que "aprecia sin
miedo la extensión de la inocencia" que late en vidas como la de Arthur Rimbaud, no
acaba de acostumbrarse a esa parte cómoda de la vida humana, en la que el goce de
lo animal se adelanta y vence sobre todas las demás opciones. Seamos pues dignos,
con Baltasar Gracían y Jorge Luis Borges, superemos el complejo de discípulo de
Erich Fromm, y busquemos el título para nuestro libro infatigablemente,
peripatéticamente si hace falta, como Jean Arthur Rimbaud, aunque sólo sea a modo
de opción salutífera para esta desasosegada inconsciencia de escritor.
Enseguida me asalta - me asesora - el cine, y se me ocurre una paráfrasis: "La
libertad tenía un precio" (¿no le recuerda a una peli, amable lector?). Bello lema para
un libro. Una pena que alguien tuviera la magnífica ocurrencia de emplear este tropo

13
para titular una famosa película del oeste. Bien es verdad que el tema no era la
libertad, sino "La muerte...", y que el precio de ésta no se pagaba con la libertad, sino
con la sangre de las balas. No obstante, dudé un momento. Al fin y al cabo entre una
(la libertad) y otra (la muerte) no hay tanta distancia. Así pues me dije para mí que
aquella hubiera sido una gran película y éste un gran guión, si ambos autores
hubiésemos coincidido en el tiempo.
Solución, rotar de nuevo el giro: "El precio de la libertad". En este título se
notaba menos el plagio, y además es de eso, exactamente de eso, de lo que deseo
escribir. Sé que en ello soy bastante experto. Sé que la libertad me ha costado un alto
precio. Lo que no sé es si esto es algo que le pasa a todo el mundo, o si es un
problema que atañe sólo a algunos pocos. Por lo tanto no sé si en ello voy a sintonizar
con muchos lectores, o si, por el contrario, cada cual tiene su propio negocio con la
libertad, y no hay ningún posible acuerdo en la plata que tasa los costes y beneficios.
Como puede apreciar, el lema se ha tornado en dilema, lo cual, por otra parte,
no es un mal comienzo. Al fin y a la postre, el dilema es un buen camino, puesto que
está lleno de preguntas, y de eso se trata. Lo más difícil es encontrar las preguntas
adecuadas, después basta con atinar con otros que ya antes se las hubiesen
planteado y copiar sin duelo lo que ellos han respondido. Lema, dilema y libro son todo
uno. ¡Buen comienzo!.
Está visto que en esto de darme ánimos no hay quien me gane. Pero he aquí
que en este preciso instante del trance, cuando más aliviado estaba de la carga del
título, entra en la habitación mi hijo Pablo. Es un niño de seis años, curioso y cálido,
ingenuo e ingenioso, y me pregunta por lo que hago, y me pide que le atienda, y yo le
digo que me deje tranquilo, que no me interrumpa, que estoy empezando un libro, y el
me pregunta - ¡maldita pregunta de niño! - lo que cualquier niño lleno de preguntas
debía preguntar, y preguntó: ¿cómo se titula?. Y yo, atrapado, no se qué decirle. Me ha
pillado, me siento como en una red mientras escribo esto que ahora usted, lector, lee,
ha dado en el clavo de lleno. ¿Cómo le explico yo ahora a este mocoso - sufre un
catarro de padre y muy señor mío - lo que significa eso del "precio" de la libertad?.
Imposible, me rindo, y ya van dos en una sola tarde. Me ha devuelto al miedo, a la
prisión, me ha dejado sin libertad, sin precio y sin título.
Así pues vuelta a buscar. Cine, películas, libros, poemas... busco donde sea con
tal de encontrar las palabras mágicas. Recuerdo una película que vi siendo estudiante.
De aquellas de "cine-forum", incomprensible e insoportable, pero "muy culta". Era
sobre una ciudad, tal vez una isla o algo así, que sus habitantes llamaban "Libertad":
"La llamaron libertad", este será el título, ya está aquí el lema anhelado. Suena bien, es
rápido, concreto, alude a todos los devenires y avatares de la historia de los hombre
que dieron con sus huesos contra las tapias de la "libertad", y además deja abierto un
resquicio para que entre la duda y airee los argumentos. Solo una pega. Hay otra
película que suena parecido. Es del oeste y más bien mala, con poco seso y menos
tino. Y es una pena, porque las películas del oeste me encantan y casi todas tratan de
la libertad, por mucho que las pistolas se empeñen en disfrazarla de violencia,
ambición, sangre, heroicidad o muerte. Así pues este título, con ser bueno, no acaba
de darme el estribo que necesito para subir a este caballo sin domar.

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Vamos que estoy preso de nuevo y sin la condicional. Atrapado en mis
ocurrencias puesto que todas ellas lo han sido de otros previamente, y por lo tanto no
le dejan resquicio alguno a mi ingenio. Diría que estoy literalmente "aprisionado por la
mente de otros hombres". Pero no se preocupe, no lo diré, como mucho dejaré escrito
para que casi nadie lo lea, porque suena cursi. Tal vez Ortega en sus buenos tiempos
se hubiera atrevido con ello, pero en estos tiempos que nos han dejado vivir, una
cursilada de tal magnitud no hay quien la soporte. Así pues, punto y aparte, y a buscar
de nuevo.
Pienso, luego dudo,... que tal vez sería bueno recapitular. Veamos. Primero fue:
"La libertad tenía un precio". Justo y cabal. De eso quería y quiero hablar, del precio
que la libertad tenía y tiene y tendrá, para que cada cual alcance el uso y disfrute de
sus dignidades. El precio que no es otra cosa que el miedo, el dolor, la obligación, el
deber, la duda, la angustia, el miedo, más miedo, la felicidad, la muerte, y no se
cuantas otras cosas de signo semejante o contrario. En otras, y según mi amigo Emilio,
experto en libertades y soledades, el verdadero precio de la libertad es la soledad.
Desde nuestra sociedad occidental la libertad se aprecia como algo tan admirable y
deseado que dedicamos demasiada energía en conquistarla, incluso a costa de los
altos precios que ello conlleva, como, por ejemplo, la incomunicación, la soledad, la
incomprensión, la agresividad o la muerte. Eso son los aranceles que todos hemos de
pagar. Pero "casi" me temo que sobre casi todo eso, casi todo está escrito y casi bien
escrito.
Segundo: "La llamaron libertad". Atinado y justo, feliz destino para un libro,
loable encuentro. Encierra - acoge - en sus tres palabras la cartelera de la historia.
Tanto sufrimiento por pasado, tanta ansia por devenir, tantas cosas hasta su
descubrimiento, y tanta libertad por descubrir, tanto, tanto... que más bien parece un
anuncio de "coca-cola con ginebra" que el lema y tema de un libro. Así pues reniego,
me vuelvo al trullo, y que sean otros los que se atrevan. Yo de momento cierro, apago
y mañana dios - con minúsculas, que el otro está muy ocupado - dirá, si es que tiene
algo que decir.
En este instante oigo por la radio que hay un señor que lleva "400" días
secuestrado por la organización separatista vasca ETA, en sabe Dios - si es que el
buen hombre lo sabe - qué tugurio de mala vida y peor muerte. ¡Eso si que es saber de
libertad!. Ese si que es un gran precio y duele,... duele tanto como un mordisco en el
centro mismo del corazón. Valla para él y sus amados este brindis, que aquí quede
escrito con mi tinta, y con mi sangre si hace falta, perenne contra el tiempo. Espero que
antes de acabar este libro pueda volver a hablar de su caso con algo más de "libertad".
Este mínimo -¿mínimo? - quiebro del espíritu, este sutil pero potentísimo aviso,
es el que me indica que la libertad es una cosa muy seria, que con ella no se juega, y
que después de tanta miseria humana, cuando al fin todos los "ortegas" del mundo y
de la historia salgan de sus zulos, y nos miren con los ojos opacos y temerosos,
entonces ellos se preguntarán - nos preguntarán-: ¿Pero... la libertad era eso?. Y
nadie, nadie, sabrá qué contestar.

15
Triste, ¿verdad?, pero cierto. Cosas de los seres humanos, que se empeñan
en señalar sus sombras sobre el tiempo con perfiles de fuego y de dolor, hasta hacer
abominables los designios más elevados de la especie. De este ser capaz de
atrocidades semejantes, tanto como de alcanzar las cumbres más admirables del
espíritu, sólo cabe esperar que mejore, como los buenos vinos, mientras se encuentre
limitado - que no preso - para que luego, cuando se libere de todas las cadenas
posibles, sepa vivir mejor, convivir mejor, perpetuarse y morir con dignidad.
Dignidad humana, de eso también se trata y trataremos, puesto que entre los
componentes esenciales de esta característica del ser hombre se encuentra la
libertad, como bien ha señalado Pedro Gómez Bosque, de quien tanto hemos
aprendido tantos, y a quien dedico este libro "libremente", antes y después de que
escribiera el magnífico prólogo que le precede. Sobre él volveremos muchas más
veces, con la mirada aviesa, la atención atinada y dispuestos a seguir aprendiendo.
Pero en fin. Quede la cosa como está, que de seguir así de triste, la editorial va
a tener que regalar con cada libro un paquete de "clines" para enjugar las lágrimas y
pejigueras de los lectores. Sepa usted que mi intención era llevarle por una ruta menos
espinosa, menos laberíntica, más soleada, aliviándonos juntos en cada posta con la
compañía de sabios maestros, de bellas palabras, de alguna que otra chanza, y de
buenas noticias, pues es un hecho cierto que la libertad es cosa buena, repleta de
esperanzas, de buenos alimentos para el hambre del espíritu, y que ha alegrado
muchas jornadas de los hombres, aunque, también es cierto, haya costado lo suyo. Por
eso mismo, por lo mucho que ha costado, bien podemos alegrarnos con ella, danzar al
abrigo de sus ritmos, solazarnos en sus descansos y disfrutar de sus encantos... (Pido
perdón, señor, señora, por el ripio, pero es que con Quevedo, y con Ramón, y con
tantos otros como ellos, da gusto sestear con el pan y el vino de la libertad, y punto...).
En suma, volviendo al seno del cauce, para no extraviarnos: la cuestión radica
en la extremada dificultad de ponerle nombre y precio a la libertad. Puede que incluso
sea una tarea inalcanzable, un peregrino empeño. Quizá debamos contentarnos con
ponerle apellidos, con limitarla, lo cual no puede ni debe hacerse sin sentir agudo dolor:
¡mira que limitar la libertad, a estas alturas!. Por cierto, he aquí una nueva senda: "Los
límites de la libertad", que no son otra cosa que las prisiones, o lo que es lo mismo,
volver al punto inicial y otra vez atrapados en el laberinto. ¡Qué pesadumbre!, si sigo
así voy a acabar creyendo que de la libertad no hay quien escape. Lo cual es otra
buena idea para un título: "Cómo librarse de la libertad"..., a ver quien se atreve con el.
Retos y más retos. Retos que son agujeros que alguien tiene que remendar. La
historia de la libertad está llena de retos, de rotos, y también de remendones, de
chapuzas, de miserias y de alcantarillas. "Los nombres de la libertad" son tan sólo los
de los sastres y sastrecillos que han remendado sus "sietes" y sus descosidos. La
libertad no es una hija de padre desconocido: tiene nombre y apellidos. No es una hija
de madre despreocupada: ha sido criada a pecho descubierto, con sangre, sudor y
lágrimas, y sus llagas están en carne viva,...
...y usted perdone y siéntase libre de seguir leyendo, ya que de seguir así esto
va a acabar siendo un "muero por que no muero" al más puro estilo teresiano, y con

16
1
ello me refiero a la influencia de la de Avila, pero también a la de Teresa de Calcuta ,
dos mujeres señeras en lo tocante a las libertades, de las que tiempo tendré de tomar
prestadas sus enseñazas. Como también lo haré de esa "LLama de amor viva", del de
Fontiveros, pues, a mi parecer, la libertad es eso, una llama que abrasa y mata y
vivifica, y a pesar de todos los pesares, todos la amamos, la deseamos y la buscamos,
aun en el caso de que ni tan siquiera la hallamos conocido, ni deseado, ni necesitado...
Esos son sus nombres secretos, ese es el mensaje que los grandes hombres y
mujeres han encontrado en la libertad, y por eso ahora, y siempre, cada uno y todos,
tenemos que seguir buscando hasta encontrarle los apellidos. La libertad de cada uno
tiene sus propios apellidos. Esos son los que la identifican y la describen, esos son los
que la hacen propia de cada uno al tiempo que la universalizan y la reparten entre
todos. La libertad tiene un único nombre, pero infinitos apellidos: "Los apellidos de la
libertad".
Que los tiene, y bien conocidos. No debemos creer que la libertad es una
entelequia abstracta, ni un sofisma engañoso, ni una retórica decadente. Es algo
concreto, a pesar de su extensión casi ilimitable; es algo tangible, a pesar de su
complejidad casi inabarcable. Y son muchos los ojos y las manos y los corazones y las
cadenas y las rejas y los ríos y los montes que nos enseñan los caminos de la libertad,
y también los desfiladeros que la amenazan, y las trampas en las que cae de continuo,
y... tiene nombre y apellidos, vaya que si tiene nombres y apellidos la libertad. Si los
tendrá que, en tiempos, para denotar que alguien había alcanzado la gracia de la
libertad, es decir para dejar bien claro que alguien se había "librado" de la esclavitud, a
dicho acto se decía "apellidar libertad".
Y yo los conozco, y usted también. Los leo cada día en la lista de nombres que
figuran en mi agenda de trabajo. Y usted también los conoce, porque son sus
compañeros de trabajo, o sus vecinos, o es usted, usted mismo... cada uno de los
"ustedes mismos" que nunca se preocupan - nos preocupamos - de la libertad, por que
creen - creemos - que nunca la vamos a perder, porque no nos percatamos de que a la
libertad - a la de usted y a la mía - la amenace nada, ni nadie. Pero no se confié, la
libertad es frágil, tiene un alto precio, y es cara de mantenimiento, y al menor descuido
se avería, y uno se queda atrapado, sin salida, en cualquier carreterucha de tercera o
en la más lujosa autopista.
Jornada tercera: Los caminos de la libertad, los recodos de la libertad, los
rostros de la libertad, los ojos de la libertad, los ensayos, artículos, poemas, canciones,
pinturas... los lugares de-por-para... la libertad. Todo esto, así expuesto, como un
telegrama urgente, viene a ser una especie de esbozo o diseño imperioso de los temas
que podría incluir en el índice de un teórico y voluminoso tratado sobre la libertad. Y
todo ello no es otra cosa que un punto y seguido para calmar el desasosiego que me
produce un hecho tan cierto como insoportable. Me ocurre que he retomado la
escritura en el tercer día, sin haber podido resolver, ni siquiera en sueños, el problema
del nombre de la libertad. Como sé bien que los niños son pozos de sabiduría, y
1

Durante la escritura del libro se ha producido el fallecimiento de la Madre Teresa
de Calcuta, a las que muchos consideran una gran luchadora por la libertad de los más
oprimidos.

17
aprovechando que anda mi otro hijo Jesús Manuel con ganas de preguntar, le
devuelvo la pelota, y le pregunto, sobre qué cree él que es la libertad. Sus ojos de
nueve añitos "alucinan" con el percal, pero, para mi sorpresa, se queda pensando,
como un matador avezado que parara ese morlaco que le he echado encima, le
mandase con maestría y saliese airoso del lance: "la libertad es una cosa que se tiene
o no se tiene", responde el chaval. Al poco vuelve a citar al bicho: "mira papá, la
libertad es algo que todos tenemos, incluso los esclavos son libres, sólo que a ellos no
les dejan serlo". Y por si no bastase con lo anterior, responde a mi silencio atónito, con
otra andanada: "la libertad es una cosa que no se puede llamar de otra manera, porque
lo único que se puede decir es que es lo contrario de la esclavitud". Le pido, por favor
que calle, que no me complique más el día, que ya me sobran las pistas, y que ya sé
como se vé desde su metro cuarenta la "estatua" gigantesca de la libertad.
Sigo sin nombre, sin título y con un montón de capítulos por ordenar, aunque
estas últimas pistas me han servido para recordar a Sartre. Busco en "El ser y la
2
nada" , y encuentro el capítulo sobre "Ser y Hacer: La libertad", en el que el autor
señala: "Indefinible e innombrable, la libertad ¿no será también indescriptible?. Buen
susto me he llevado, pues si así fuese tal vez debería volver a dejarlo - una vez más y no agotar mis energías en tamaño esfuerzo. Con algún que otro desasosiego, paso
hojas y me percato que el Sr. Jean-Paul se despachó a su gusto con unas ciento y pico
páginas de complejas - a veces enrevesadas - disgresiones sobre la libertad, pero que
al menos el capítulo concluye con cierto optimismo. ¡Algo es algo!, lo cual me da
ánimos para seguir, amenazando a Sartre con volver como un sabueso sobre sus
fecundas pisadas.
Así pues tenemos el tema en el mismo lugar donde lo dejé el segundo día, que
fué precisamente en algunos de los párrafos anteriores, escritos en la sobremesa, lo
cual conllevó que fueran más bien poco lúcidos puesto que en realidad no se me
ocurría nada inteligente que decir. Ya se sabe, "después de comer, ni un sobre has de
leer", que decían los antiguos.
Sin embargo, hoy la consulta de Sartre me ha ayudado a seguir, por lo que,
contraviniendo la norma que me había trazado, de no dedicarme a copiar lo que otros
han dicho sobre la libertad, me he vuelto hacia las estanterías llenas de libros, y he
empezado a buscar la palabra libertad en los índices capitulares y temáticos de los
libros más señalados de mi biblioteca. Para mi desazón he comprobado lo que ya
intuía: que es casi imposible encontrar un libro interesante que no se planteé el tema
de la libertad.
Desde los diccionarios de la lengua a los de filosofía, de los cuales habré de
ayudarme, hasta los textos de psiquiatría, en los cuales comprobaré que el móvil del
libro se plasma en entidades de limitación y sufrimiento reales, todos, a lo largo y ancho
de la historia y el mundo, tratan de la libertad. Desde los clásicos griegos, cuya lista
sería interminable, pasando por Ortega, Russell, Gracián, Eccles y Popper, Foucault, o
mi querido y admirado Don Pedro Gómez Bosque, y un etcétera tan largo como
queramos hacerlo, todos los autores en los que he aprendido algo se me han
2

J. P. Sartre: El ser y la nada. Alianza Ed., Madrid, 1984.

18
adelantado. Así pues no se si desanimarme de nuevo y dejarlo aquí mismo,
aprovechando la certidumbre del hecho para salir airoso justificando mi pereza en lo
inabarcable de la tarea, o no hacer caso de nadie y seguir buscando "los nombres y
apellidos de la libertad".
Al principio eso fue lo que pensé: Siempre hay un paisaje de duda y de lucha al
fondo del escenario de la libertad. Luego me dije que puesto que el tema es eterno y
ubicuo, no hace falta que consulte a nadie, mejor inventar, crear en libertad, hacer
poesía más que prosa sesuda. Luego, un poco más sosegado, me acomodé a una
negociación de compromiso con los temas y autores de mi querencia: releeré sólo a los
que me han enseñado más. Más tarde comprobé que incluso haciendo sólo esto, la
tarea podría ser una verdadera desventura bibliófila, y ahora, un poco más animado,
me reconozco escribiendo a mi libre - ¿libre? - albedrío, lleno de incertidumbres, pero
también con más emoción.
Para este último lingotazo anímico, de pura quina contra la pereza, me ha
bastado recordar que la clase que más me gusta explicar a mis alumnas de enfermería
- valla por ustedes, Señoritas - es la que trata de la psicopatología de la voluntad, en la
cual me explayo a gusto pasando de puntillas por la susodicha y dándome la licencia
de escapárme de "excursión" por las curvas de esa dama llamada "Libertad". La
primera me parece odiosa: eso de "la fuerza de la voluntad"; con ella no hay quien
mantenga asuntos verdaderamente carnales. La segunda, por el contrario, es como
una amante gloriosa, de ojos de miel, de piel de sándalo, de pies ligeros, de suelta
cabellera, y como tal exige que mantengas con ella negocios íntimos a diario, nada de
veleidades de mero compromiso, la libertad - recuerdo a Felix Grande y al bretón
Helías, es uno de los pocos lugares que merece el nombre de patria, lo demás es
geografía...
...vale poeta, calla y sigue que se te van las cabras al monte, con tanta lírica,
con tanta imaginación, que esa si que es una mala enfermedad - o buena, según se
mire - como dejó escrito Don Ramiro de Maeztu, uno de los más ilustres desconocidos
y olvidados de nuestra literatura, de quien aprendí que la "imaginación" es una de las
pocas patrias que merecen el nombre de libertad. Esa "loca de la casa", esa "juguetona
del espíritu", que basa su grandeza en que jamás pretende ser real, ni edificante, ni
didáctica, sino sólo - ¿sólo? - libre. De la imaginación y sus espíritus veleros también
tendremos ocasión de ocuparnos.
¡Insondables son los caminos de la libertad!.
De todas estas cuestiones habremos de tomar buena nota, pues pretendemos
aprender de la imaginación de los muchos "quijotes" que trataremos en los sucesivos
capítulos. La imaginación de los que ni siquiera poseen la libertad de imaginar, pues en
ellos - tal vez en todos - la imaginación es el fruto condicionado de sus temores y
deseos, de tal manera que ni siquiera en el juego de la imaginación son libres, aunque
a ellos - inocentes - así les parezca, y que lo disfruten...
De la libertad a la imaginación y de ésta a la literatura, la cual a su vez soporta
los pilares ocultos de la libertad. De ella también tomaremos prestado muchos

19
argumentos. De hecho la literatura es la principal fuente de inspiración al tiempo que
el principal producto del ejercicio de la imaginación libre, o al menos de la imaginación
empeñada en la busqueda de su liberación. En ella las figuras se iluminan
mágicamente para expresar sus conflictos y sus ambiciones, sus temores y sus
voluntades, y sobre el fondo de la fantasía luchan la memoria esclava contra la
imaginación libre. En las figuras de la imaginación nos reconocemos y haciéndolo nos
sentimos libres, aunque sólo sea en la ficción. Lo malo es que después de figurar como
actores de alcurnia en estas escenas, corramos el riesgo de caer, como quijotes, en los
brazos del delirio o en las aspas de la realidad. Así la figuración de la libertad nos lleva
a la realidad de las prisiones, cerrando otra vez el círculo endemoniado. Ya se sabe
que, los sueños, sueños son... y todo es vana ilusión... por que a la postre nadie sueña
con otras cosas que las que componen su realidad, si bien ésta se oculta tras
insondables combinaciones y extrafalarios efectos especiales - otra vez el cine -. La
libertad y la ficción, deben estar parejas, cuando de continuo una a otra se remiten
mutuamente cartas de amor y desamor, y el cine siempre al fondo, como en la canción
de Aute, poeta y cantor de la libertad, de la sensualidad y de la belleza.
Libertad e imaginación, "libertad: vana ilusión", son otras dos ventanas que se
3
abren y aparecen en ellas Espronceda y Calderón, acompañados de Julián Marías ,
quien se encargó de recordarnos que la ilusión es una palabra señera en nuestro
lenguaje, que lo mismo vale para un roto que para un descosido, para el amor, que
para el deseo, para vivir que para desvivirse: "La ilusión de la libertad", o mejor "La
libertad de la ilusión", o ambas. Nuevos caminos para complicar más el laberinto de la
libertad. Nuevas pistas, y en ellas me detengo, que ya he aprendido que por esta ruta
nunca llegaré a final alguno: No hay palabras, ni nombres, ni apellidos, ni títulos
posibles. O al revés: Todas las palabras y los nombres y los títulos son posibles en
esta comedia. Así de grande y sufrida es la libertad.
Que cada uno siga las pistas que quiera. Cada cual es libre de imaginar, sobre
estas señales, el paisaje de fondo que desee, y bien dirigirse con pie firme por el
sendero que elija - ¿elija? - o vagar y perderse por entre ellos sin otra brújula que su
propia ilusión de libertad.
Al fin y al cabo, para lo que me propongo hacer en este libro ya hay bastantes
señuelos, que bien visto a las personas inteligentes, les sobran las palabras, y la
insistencia puede resultar insultante. Sobre todo, porque, como dice Carmen Martín
Gaite, los escritores no sabemos bien lo que hacemos, y además lo hacemos sin que
nadie nos lo mande, y no tenemos otra cosa que la necesidad de resolver una especie
de urgencia interior, de la que somos esclavos, y esa esclavitud es la que nos lleva paradojas de la libertad - a ser libres de escribir lo que queramos, y los lectores libres
son de leerlas o de despreciarlas. Así pues, y dado que, según parece, no busco otra
cosa que apaciguar mis ansias de escribiente aparentemente libre de escribir o de
callar, me he parapetado en el pretexto de contar a un reducido grupo de interesados lo
que he aprendido sobre la libertad a fuerza de observar la conducta de algunos
semejantes. El pretexto es contar esas conductas que encierran, al tiempo que
desvelan, los secretos de la libertad y de la esclavitud. Los comportamientos que
3

J. Marias: Breve tratado de la ilusión. Alianza Editorial, Madrid, 1984.

20
reflejan los hábitos, costumbres, manías, pendencias y dependencias de los
hombres de a pie y de los de a caballo, y sobre los cuales resulta fácil discernir el
compromiso que suponen para el ejercicio y disfrute de la libertad.

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21
2.

BUSCANDO UN INDICE

Pues bien, ya que parece que habremos de acostumbrarnos a no disponer de
un título, al menos trataremos de contar con un índice que nos guíe. Y digo "nos guíe"
porque realmente ha de guiarnos a ambos, a usted y a mi. En primer lugar a mí, a lo
largo del trabajo de escritura, ayudándome a decidir, a elegir en cada cruce, el camino
más apropiado para llegar a usted. Y después ha de ayudarle a usted, caminante con
camino pero sin brújula, para que esté algo orientado en mi laberinto, y consiga seguir
hasta el final sin aburrirse y sin dejarlo, cosa por lo demás perfectamente comprensible
y disculpable, habida cuenta de que incluso yo mismo he tenido, y sigo teniendo,
muchas ganas de abandonar y evitarnos a ambos los esfuerzos de escribir y de leer.
Si la búsqueda del título pretendía ser un ejercicio de expresión pública de los
móviles del libro, la búsqueda del índice puede entenderse como la exploración de los
senderos que nos permitan salir del laberinto. Si aquella era compleja, ésta puede ser
inabarcable. Recordemos que lo que tenemos entre manos es niebla, bruma, ilusión, y
es fácil perderse en ella. Aún más si tenemos en cuenta que estas nebulosidades
pueden pertenecer a lo interior y a lo exterior del ser humano, y confundirse ambas sin
límites precisos. La libertad interior, y la libertad exterior, son otros móviles que me
sugiere Olga Sanz, reconoc

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