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Última actualización web: 26/09/2021

Resiliencia individual, familiar y social.

Autor/autores: Roberto Pereira
Fecha Publicación: 01/03/2007
Área temática: Tratamientos .
Tipo de trabajo:  Conferencia

RESUMEN

El concepto de resiliencia aplicado al campo socio-psicológico nace en 1982, con la publicación de Werner y Smith ?Vulnerables pero invencibles: un estudio longitudinal de niños y jóvenes resilientes?. El concepto trata de expresar la capacidad de un individuo ?o de una familia- para enfrentarse a circunstancias adversas, condiciones de vida difíciles, a situaciones potencialmente traumáticas y recuperarse saliendo fortalecido y con más recursos. Podríamos definir la Resiliencia Familiar como la capacidad de una familia para recuperarse de circunstancias adversas y salir de ellas fortalecida y con mayores recursos para afrontar otras dificultades de la vida.

Más en concreto, designaría ?los procesos de superación y adaptación que tienen lugar en la familia como unidad funcional? (Walsh, 1988). Los factores sociales se sustancian especialmente en la existencia de redes sociales protectoras que permitan sustituir la pérdida de personas significativas y apoyar y ayudar en la adversidad. La intervención favorecedora de la Resiliencia Familiar puede resumirse en tres pasos: - Creación de un contexto en el que los miembros de la familia se sientan ?seguros? para poder expresarse con libertad. - Modificaciones del funcionamiento y la organización familiar (comunicación, roles, reglas, etc. ), que permita realizar cambios adaptativos. - Creación de una narrativa común, solidaria con todos, que permita el reconocimiento del sufrimiento, dar un sentido a lo ocurrido y salir adelante con nuevos recursos para enfrentarse a la adversidad.

Palabras clave: Resiliencia individual

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Resiliencia individual, familiar y social.

Roberto Pereira.

Médico Psiquiatra
Director de la escuela Vasco-Navarra de terapia Familiar

Resumen

El concepto de resiliencia aplicado al campo socio-psicológico nace en 1982, con la publicación de Werner y Smith “Vulnerables pero invencibles: un estudio longitudinal de niños y jóvenes resilientes”. El concepto trata de expresar la capacidad de un individuo –o de una familia- para enfrentarse a circunstancias adversas, condiciones de vida difíciles, a situaciones potencialmente traumáticas y recuperarse saliendo fortalecido y con más recursos. Podríamos definir la Resiliencia Familiar como la capacidad de una familia para recuperarse de circunstancias adversas y salir de ellas fortalecida y con mayores recursos para afrontar otras dificultades de la vida. Más en concreto, designaría “los procesos de superación y adaptación que tienen lugar en la familia como unidad funcional” (Walsh, 1988). Los factores sociales se sustancian especialmente en la existencia de redes sociales protectoras que permitan sustituir la pérdida de personas significativas y apoyar y ayudar en la adversidad. La intervención favorecedora de la Resiliencia Familiar puede resumirse en tres pasos: - Creación de un contexto en el que los miembros de la familia se sientan “seguros” para poder expresarse con libertad. - Modificaciones del funcionamiento y la organización familiar (comunicación, roles, reglas, etc. ), que permita realizar cambios adaptativos. - Creación de una narrativa común, solidaria con todos, que permita el reconocimiento del sufrimiento, dar un sentido a lo ocurrido y salir adelante con nuevos recursos para enfrentarse a la adversidad.



Introducción

El objetivo de este trabajo es reflexionar sobre un concepto que está expandiéndose a gran velocidad en el campo sistémico, en la terapia Familiar, que se ajusta muy bien a la epistemología sistémica y que tienen una enorme fuerza: la Resiliencia familiar.


Resiliencia. Definición y características

El concepto de resiliencia aplicado al campo socio-psicológico nace en 1982, con la publicación de Werner y Smith “Vulnerables pero invencibles: un estudio longitudinal de niños y jóvenes resilientes”.

El concepto trata de expresar la capacidad de un individuo –o de una familia- para enfrentarse a circunstancias adversas, condiciones de vida difíciles, a situaciones potencialmente traumáticas y recuperarse saliendo fortalecido y con más recursos.

Es un concepto tomado prestado de la Física y de la Ingeniería de Materiales, donde se define como la capacidad de un material para recobrar su forma original después de someterse a una presión deformadora. Así se utiliza, por ejemplo, para valorar las capacidades de los submarinos para soportar la presión del agua al sumergirse a diferentes profundidades, recuperándose al emerger; ningún submarino tiene la misma resiliencia que otro, por similares que sean, ni su deformación y recuperación va a ser igual si la inmersión la hacen en aguas distintas, lo que sorprendentemente nos hace pensar en algunos parecidos entre los submarinos y los seres humanos.

Emmy Werner, psicóloga estadounidense unánimemente aceptada como la creadora del concepto de resiliencia humana, lo utilizó para explicar lo que ocurría con una serie de unos 700 niños y jóvenes a los que siguió en un estudio longitudinal de más de 30 años, en Kauai, una de las islas del archipiélago de las Hawai (Werner y Smith, 1982).

En su mayoría eran niños de familias emigrantes pobres y a menudo con dificultades. A una 3ª parte de estos niños (210) se les clasificó como “de riesgo” por haber estado expuestos durante los primeros años de la vida a cuatro factores de riesgo:

- Violencia familiar
- alcoholismo en un miembro significativo de la familia
- Problemas graves de salud
- Divorcio o enfermedad mental en la familia

Cuando se examinó su situación con 18 años, 2/3 partes de estos niños cumplían la predicción y había presentado numerosas dificultades: embarazos precoces, trastornos psiquiátricos, delincuencia, problemas de aprendizaje, etc.  

Sin embargo, 1/3 de estos niños habían evolucionado bien, y se les podía calificar como “normales”.

Un seguimiento posterior de este 1/3 con 40 años mostró que excepto dos, todos los demás habían tenido éxito en su desarrollo vital.

Werner trató de determinar que factores habían favorecido la buena evolución de estos chicos, por lo que empezaron a definirse los factores de resiliencia. Werner y Smith concluyeron que las primeras experiencias vitales, por adversas que sean, no dejan necesariamente marcas permanentes, y que la resiliencia puede darse en cualquier momento del ciclo Vital. Años mas tarde, Cyrulnik (2002) lo enuncia de una manera mas bella: Un buen comienzo de la vida no determina un buen final, pero tampoco, y esto es mas relevante, un mal comienzo determina un resultado vital desfavorable.

La resiliencia distingue dos componentes: la capacidad para protegerse de situaciones potencialmente destructivas (como el coping), y más allá de esa resistencia a la presión, la capacidad de desarrollar una conducta vital positiva, a pesar de las difíciles circunstancias.

La resiliencia no es sinónimo de invulnerabilidad, y como señala Tomkiewicz (2004), tiene sus límites.

Variarán dependiendo de:

- La “cantidad” de agresión que deba soportarse: si la presión es masiva, o dura el tiempo necesario, raro sería la persona que pueda resistirlo: “toda resistencia tiene un límite” es una frase común.

- La cualidad de la agresión: según produzca un mayor o menor grado de afectación vital.  

- La imprevisibilidad o previsibilidad de la situación traumática: según esté o no vinculada al ciclo vital, es decir, que estén o no dentro del “orden natural” de la vida.

Michaud (1999) señala 4 ámbitos en los que puede darse la resiliencia:

Ø Biológico: desventajas somáticas congénitas y adquiridas, enfermedades invalidantes (S. Hawkins).

Ø Familiar: maltrato, abuso, familias desorganizadas o caotizantes (Linares, 2002), ausentes, trianguladoras, deprivadoras, etc.

Ø Microsocial: miseria, desempleo, emigración, etc.

Ø Macrosocial: catástrofes naturales, guerras, deportaciones masivas, limpiezas étnicas, etc.

Ámbitos que podrían resumirse en Individual, Familiar y Social, que pueden entremezclarse y combinarse entres sí, incrementando los riesgos de sufrimiento.

La resiliencia es un proceso dinámico, que tiene lugar a lo largo del tiempo, y se sustenta en la interacción existente entre la persona y el entorno, entre la familia y el medio social. Es el resultado de un equilibrio entre factores de riesgo, factores protectores y personalidad de cada individuo, funcionalidad y estructura familiar, y puede variar con el transcurso del tiempo y con los cambios del contexto.


Ahora bien, resiliencia implica algo más que sobrevivir, más o menos indemne, al acontecimiento traumático, a las circunstancias adversas. Incluye la capacidad de ser transformado por ellas e incluso construir sobre ellas, dotándolas de sentido, y permitiendo no sólo continuar viviendo, sino tener éxito en algún aspecto vital y poder disfrutar de la vida.

La resiliencia se forja a causa de la adversidad, las dificultades a las que nos enfrentamos en la vida ayudan a que aparezca lo mejor que hay en nosotros cuando somos capaces de superarlas. Una crisis en un peligro y una oportunidad: si se superan, las personas, los sistemas, salen reforzados de la experiencia y con nuevos recursos. Confrontar a los seres humanos con circunstancias adversas, con dificultades, para que puedan encontrar en sí mismos los recursos para hacerlos frente es un proceso formativo muy utilizado y reivindicado por numerosas escuelas filosóficas y educativas. Si lo pensamos bien esta es la base de la psicoterapia: ayudar a los pacientes y a las familias a encontrar sus propios recursos para enfrentarse a sus problemas.

La resiliencia se construye en la relación. Ningún niño, joven o adulto puede volverse resiliente por sí solo, necesita a los otros. Necesita sentirse estimado y respetado, cómodo y respaldado, para que pueda valorarse y tener respeto y confianza en sí mismo y pueda respetar a los demás.

Las estrategias de fomento de la resiliencia se orientarán hacia la promoción de ventajas y aspectos positivos de la ecología del individuo y de la familia, además naturalmente, de reducir los factores de riesgo. Junto al tratamiento de la patología, resultará inevitable promover procesos de desarrollo humano y de encaje sociofamiliar.

Factores de riesgo, factores protectores

El enfoque de riesgo y el enfoque de resiliencia son enfoques distintos, pero en cierta manera complementarios. Verlos conjuntamente aporta una visión global que amplía notablemente las posibilidades de intervención.

Ambos enfoques se complementan y enriquecen, permitiendo no sólo un mejor diagnóstico de los problemas, sino la implementación de intervenciones más eficaces.

Los factores de riesgo son todas aquellas características innatas o adquiridas, individuales, familiares o sociales que incrementan la posibilidad de sufrimiento, disfunciones y desajustes.

Así aquí se incluirían las situaciones vitales estresantes –pérdidas, agresiones, traumatismos-, la manera en la que se producen –esperadas o inesperadas- y el lugar donde ocurren, lo que nos remite a los ámbitos señalados anteriormente: biológico o individual, familiar y micro o macrosocial.

Los factores protectores son aquellas características, hechos o situaciones que elevan la capacidad para enfrentarse a circunstancias adversas y disminuye la posibilidad de disfunciones y desajustes bio-psico-sociales, aún bajo el efecto de factores de riesgo.

¿Cuáles son los hasta ahora identificados Factores Protectores?

Para Cyrulnik y colaboradores, el principal es contar con un Tutor de Resiliencia. Un tutor de resiliencia es una figura con la que se crean relaciones de apego. Sería habitualmente la madre, el padre el hermano mayor, los abuelos, u otra figura adulta, que ocupe el lugar de los adultos significativos de un niño, un joven o un adulto, por desaparición de éstos o porque su comportamiento genera dolor o sufrimiento en lugar de apoyo y protección.

La relación con este tutor de resiliencia permite entretejer una relación de apego segura, dar sentido a lo ocurrido y generar esperanzas de alcanzar una vida mejor. Otros tutores pueden ser otros miembros de las familias, educadores, cuidadores, familias de acogida, profesores, psicoterapeutas, profesionales de la salud, etc. (Curiosamente, los tutores de resiliencia se han buscado en la mayor parte de las publicaciones, fuera del ámbito de la familia; no ha sido hasta hace no muchos años, que se ha comenzado a ver a la familia como fuente de resiliencia, quizá porque la mayor parte de los estudios se han hecho sobre niños abandonados, carenciados o traumatizados a menudo por la propia familia).  

Además de contar con un Tutor de Resiliencia, una serie de características individuales se describen como factores protectores:

- Habilidades relacionales: Capacidad de establecer relaciones y vínculos con otras personas, que incrementan las posibilidades de obtención de recursos. Un niño o joven simpático y sociable, dispondrá de más recursos que otro huraño y esquivo.

- Creatividad: Capacidad de traducir el dolor y el desorden en orden y belleza. La tan manida relación entre sufrimiento y creación artística subyace en este factor protector. La capacidad de sublimación del sufrimiento transformándolo en creación artística.

- Humor: Ser capaz de reírse de la propia tragedia, extraer lo que de humorístico tiene una situación que nos afecta, es un factor proyector de 1º orden para sobreponerse a la dificultad. Tener la capacidad de reírse de sí mismo.

- Autonomía: Capacidad de mantener los límites entre uno mismo y los problemas, no fundirse con las situaciones adversas de manera que resulten imposible poner distancia con ellos.

- Iniciativa: Capacidad de autoexigencia y de ponerse a prueba en tareas cada vez más complejas.

- Introspección: Capacidad de preguntarse a sí mismo y responderse.

- Sentido moral: Capacidad de comprometerse con valores.

- Confianza en uno mismo: Para muchos autores, el factor protector por excelencia es la confianza en que uno va a ser capaz de superar las adversidades, fruto de la interacción con el tutor de resiliencia.

- Capacidad de dar sentido a lo acontecido

Los factores familiares los examinaremos posteriormente, al hablar de Resiliencia Familiar.

Los factores sociales se sustancian especialmente en la existencia de redes sociales protectoras que permitan sustituir la pérdida de personas significativas y apoyar y ayudar en la adversidad.

La resiliencia no tiene relación con el nivel socioeconómico, pero sí con la densidad de las redes: tanto familias de alto nivel socioeconómico como las de más bajo nivel pueden coincidir en un aislamiento social que dificulte la resiliencia ante la adversidad. Así, si el sistema familiar falla, otros sistemas mas amplios – escuela, organización de acogimiento – pueden proveer de protección, facilitando la resiliencia.


Serían factores protectores, en la relación con el medio externo:

- Límites claros y permeables, que fomenten la autonomía, pero que permitan el acceso a fuentes de apoyo y ayuda en el medio socio-cultural

- Pertenencia a Organizaciones que proveen de un marco claro y continuo de relaciones: organizaciones religiosas o socio-políticas pueden proveer de un apoyo relacional que actúe como factor protector.  

Serían factores protectores, propios del medio externo:

- Presencia de un entorno cultural intensamente ritualizado que disminuye la sensación de estar en manos de los acontecimientos y aumento los recursos para enfrentarse a situaciones potencialmente destructivas.  

- Aprobación social: La aprobación y agradecimiento de la sociedad ante una determinada conducta (por ejemplo guerras) disminuye el impacto traumático de éstos).  

- Un nivel elevado de participación comunitaria, unido al sentimiento social de ser capaces de superar las dificultades.

Simultáneamente, la reprobación social, la humillación o la vergüenza (Sluzki, 2002) pueden agravar notablemente la repercusión que sobre los individuos, familias o grupos sociales tiene una determinada conducta o situación.

Si como hemos dicho, el enfoque de la resiliencia entiende el desarrollo humano como una interacción continua con otros seres humanos y con el medio, para entender mejor el proceso resiliente y la manera más adecuada de fomentarlo, será necesario conocer la naturaleza de las relaciones, el medio ambiente y la cultura en las que está inmerso el individuo y/o la familia, además del momento de su ciclo vital y las tareas específicas que corresponden a cada uno de los momentos de ese desarrollo. Esto pone en estrecha relación el modelo de resiliencia con el modelo sistémico, con el que comparte no sólo esta importancia decisiva de la interacción, y la situación en un contexto ecológico, sino también el poner el acento en las capacidades (de la familia, del sistema) para solucionar las crisis: los procesos de adaptación al cambio, morfogenéticos, según la terminología de Wertheim (1975).

Además, es necesario tener en cuenta una cuestión fundamental como es la construcción social de un factor estresante. Como ha señalado Kagan (1984), el efecto sobre un niño de un factor de este tipo (divorcio complicado, ausencias prolongadas, maltrato físico) depende en gran medida de la manera como éste interprete tales sucesos. Pero esta interpretación va a estar sin duda influida por lo que le transmiten los que le rodean y por cómo éstos entienden, sienten y comunican lo ocurrido. El mismo acontecimiento puede ser asumido y por tanto transmitido como un suceso desgraciado pero dentro del orden natural de la vida, o bien como un acontecimiento trágico y dramático con una extraordinaria carga emocional que crea una situación difícil de superar.

Resiliencia Familiar

Pese a que hay un consenso en considerar que la resiliencia no puede nacer, crecer ni desarrollarse más que en la relación, las investigaciones, los estudios y la mayor parte de las publicaciones se han centrado en el estudio del individuo resiliente, y en los factores protectores y de riesgo, y muy pocas en el estudio de la interacción de los individuos resilientes con su entorno más cercano o con el medio social. Como máximo, ese estudio interaccional se ha centrado en las relaciones diádicas –de apego, con el “tutor de resiliencia” (Cyrulnik, 2002)- y sólo recientemente se introduce la perspectiva triádica; merced en buena parte a las aportaciones de Corboz y Fivaz (1999), y de sus estudios sobre la relación temprana del niño con sus padres.

Por otro lado, el modelo sistémico, tras la superación del modelo inicial basado en la homeostasis, ha prestado especial atención a las fuerzas “morfogenéticas” del sistema (Werthaimer, 1975), impulsoras de cambios adaptativos. Estos cambios se producen de manera continua, por la evolución de los individuos que conforman el sistema, o del medio externo en el que está inmerso. Hay momentos de cambios de mayor intensidad, a los que tradicionalmente llamamos “crisis”. Estas “crisis” pueden producirse de manera esperada o inesperada (Caplan, 1985), según lo hagan insertas en el “ciclo vital”, o de una manera ajena el “orden natural” de la vida.

Ingente literatura sistémica y de terapia familiar ha estudiado las disfunciones que pueden aparecer en las crisis esperadas –asociadas al ciclo vital- y a la manera más eficiente de abordarlas y resolverlas, a su patología y su terapéutica.

Mas tardío ha sido el interés del campo sistémico por el estudio de las crisis inesperadas, de aquellas que por sus características a menudo se les denomina traumáticas, por sus repercusiones en el sistema familiar, y por las intervenciones más eficaces para resolverlas. Bien es verdad que aunque más tardía, la literatura sistémica sobre, por ejemplo, los efectos de la violencia intrafamiliar y los abusos sexuales ha sido importante. Menor ha sido la dedicada a otros factores de riesgo traumático como la pérdida y el duelo (Pereira, 2002) y menos aún a los factores relacionados con lo micro y macrosocial: emigración, catástrofes naturales, guerras, etc.

Tampoco se ha puesto mucha atención a los factores o fuerzas que favorecen la resiliencia familiar.

No es hasta muy recientemente, coincidiendo con el éxito y la divulgación del concepto de resiliencia, que el campo sistémico ha ido incrementando su interés por la resiliencia (Walsh, 1988; Delage, 2004) y simultáneamente se ha ido reconociendo la importancia fundamental de las aportaciones sistémicas al concepto de resiliencia (Cyrulnik 2003, 2005).

Definición

Podríamos definir la Resiliencia Familiar como la capacidad de una familia para recuperarse de circunstancias adversas y salir de ellas fortalecida y con mayores recursos para afrontar otras dificultades de la vida. Más en concreto, designaría “los procesos de superación y adaptación que tienen lugar en la familia como unidad funcional” (Walsh, 1988).

La aplicación del modelo sistémico amplía inevitablemente el foco –recordemos el “macroscopio de Rosnay (1977) - con el que examinaremos la situación, definida como traumática y los efectos que produce (más adelante examinaremos las implicaciones de éste definida como). Así, entenderemos que la exposición a una situación traumática no afecta únicamente a los individuos que eventualmente se enfrentan a ella, sino también al conjunto de los miembros del sistema relacional.  

Señala Cyrulnik cómo en ocasiones no son las personas directamente implicadas en una experiencia traumática las que resultan más afectadas, sino sus cónyuges u otros familiares cercanos, ya que, en su opinión, “no es el acontecimiento traumático lo que se transmite y altera a la persona próxima, sino su representación”. Cuando el herido tiene un entorno bien constituido, a veces supera mejor el trauma que la persona próxima, a la que consideramos protegida y por ello abandonamos al horror de lo que imagina”. (Cyrulnik, 2005. p. 112).

De la misma manera, los recursos que tiene un sistema familiar para adaptarse a las “crisis”, a los grandes “cambios de reglas” (las fuerzas morfogenéticas) inferirán determinadamente en las posibilidades de uno de sus miembros (o de toda la familia) para salir bien librado, de manera resiliente, de la situación traumática. Patterson (1983) afirma, por ejemplo, que los factores estresantes afectan a los niños en la medida que interrumpen los procesos decisivos en la familia. Añadiríamos que les afecta también en la medida que la familia considere esos factores como “traumáticos”, o el sentido que le den tenga unas implicaciones más sencillas de absorber y superar.

Podemos distinguir dos tipos distintos de abordaje de la resiliencia familiar (Anaut, 2002). En el modelo más tradicional, el objetivo es estudiar los factores familiares –estructura y funcionamiento familiar, tipos de relación, reglas comunicacionales, etc. - que facilitan la aparición de la resiliencia en los individuos que la componen. Así, el foco se proyectará sobre las características de la familia –la calidad de las relaciones, la nutrición afectiva provista o la estabilidad de la estructura familiar- y, se estudiará el efecto de estas características sobre la resiliencia de los individuos afectados.

Este es un modelo llamémosle más tradicional, que no tiene en cuenta algunas de las características del funcionamiento de los sistemas abiertos.

El segundo caso, más innovador, insertado dentro de la epistemología sistémica, es el que centra su atención en la familia resiliente, en la resiliencia de la familia en su totalidad. Se preocupa por determinar cuáles son los mecanismos del funcionamiento familiar que actúan como factores de protección de la resiliencia, y cuáles se pueden definir como factores de riesgo, de manera que pueda actuarse promoviendo los primeros y disminuyendo los segundos.

Ahora bien, debe aclararse que la R. F. no se puede determinar en un momento concreto, ante una situación singular. Cada una de ellas será distinta, y los recursos de los que dispone la familia en ese momento no serán los mismos que el mes o el año anterior. La resiliencia familiar es un proceso, que se extiende a lo largo de numerosas interacciones que se desarrollan a lo largo del tiempo.  

Es un proceso de adaptación a la nueva situación creada tras el enfrentamiento con la situación potencialmente traumática, que exigiría reorganizar el funcionamiento familiar, los canales de comunicación, redistribuir roles, movilizar los afectos y la capacidad de escuchar, empatía y reconocimiento.

A pesar de esta dificultad, hay una serie de características del funcionamiento familiar que “facilitan” el proceso de Resiliencia Familiar, y unos factores de riesgo que lo dificultan.

Los factores de riesgo no son diferentes a los ya nombrados brevemente, que hemos clasificado en factores individuales, familiares, micro y macro sociales. Examinaremos con más detenimiento los factores protectores.

Factores protectores de Resiliencia Familiar

Quizá uno de los primeros autores sistémicos que se refirió a estos factores de protección fue Bowen (1989), al hablar de la repercusión que tiene en la familia un acontecimiento grave, en concreto refiriéndose a la pérdida de un miembro significativo de la familia.

Según Bowen, este acontecimiento estresante genera una “onda de choque emocional” que constituye una red de “postconmociones” subterráneas que pueden ocurrir en cualquier lugar del sistema familiar extenso, meses o años después de producirse acontecimientos emocionales serios en una familia. Aparecen muy frecuentemente tras la muerte o amenaza de muerte de un miembro significativo de la familia, pero pueden producirse después de pérdidas de otras clases.  

Los síntomas de una “onda de choque emocional” pueden cursar con cualquier problema humano. Pueden abarcar todo el aspecto de enfermedades físicas y todo el rango de síntomas emocionales o disfunciones sociales.  

El tiempo que necesita una familia para establecer un nuevo equilibrio emocional (tras una pérdida) depende de la integración emocional de la familia y la intensidad de la alteración.

Así, la integración familiar aparece como un factor protector, al igual que una comunicación abierta entre sus miembros, y una buena adaptación de la familia al medio.

Haciendo un inciso en la exposición, Bowen señala en el mismo artículo, que la muerte, aún en circunstancias traumáticas, de un miembro “patológico” del sistema familiar, aún en el caso de suicidio, tiene mucha menos repercusión en el sistema familiar que la muerte de un miembro significativo de éste, lo que nos aporta un interesante punto de vista para entender la evolución del caso del que venimos hablando (Bowen, 1989, p. 60).

Hay bastante consenso respecto a los factores protectores de la Resiliencia Familiar que tienen que ver con la comunicación, organización y funcionalidad familiar. No lo hay tanto respecto a los factores relacionados con las creencias compartidas (Walsh, 1998) o la vida psíquica de la familia (Delage, 2004) 

Son factores protectores:

- Una comunicación clara y abierta entre los miembros del Sistema Familiar, que permita una Expresión franca de emociones y sentimientos.

- Solidaridad y colaboración en el enfrentamiento y la resolución de problemas.

- Una suficiente cohesión de la estructura familiar, que permita afrontar los problemas sin que la familia se rompa.

- Una organización familiar flexible que permita cambios adaptativos con suficiente rapidez.

- Una adecuada comunicación con el medio externo y existencia de una red social de apoyo.

En definitiva, y como diría Linares, una relación amorosa que provea de la adecuada nutrición afectiva.

El desacuerdo lo encontramos respecto al “significado” que se le da a la situación traumática y a la actitud compartida ante la adversidad.


Werner (1993) afirmó que el elemento primordial para una resiliencia eficaz es el sentimiento de confianza en las propias capacidades, “confianza en sí mismo” para enfrentarse a los problemas.

Cyrulnik cree que el dotar de significado lo ocurrido es el elemento protector más importante y que “la posibilidad de regresar a los lugares donde se hallan los afectos, las actividades y las palabras que la sociedad disponen ocasiones en torno al herido, ofrece las guías de resiliencia que habrán de permitirle proseguir un desarrollo alterado por la herida” (2002, p. 27)

Walsh (1998), cree que el sistema de creencias de la familia es clave para la R. F. Entre estas creencias compartidas incluye el dotar de sentido a la adversidad, tener una perspectiva positiva ante las dificultades, y compartir un sentido de transcendencia y de espiritualidad de la vida.

Delage, plantea que además de una buena funcionalidad familiar, la necesidad de una vida psíquica colectiva en la familia, con “una actividad narrativa que permita el trabajo de vinculación, de representación, de dar un sentido a la historia válido para todos y cada uno de los miembros de la familia (200 4, p. 343).

Efectivamente, el significado que la familia o el medio social otorga a lo ocurrido, a la conducta mantenida, a la inevitabilidad o no del trauma, al alcance que tiene en el entorno, van a ser determinantes. Hasta el punto de que Cyrulnik afirma que “La estructura de la agresión explica los daños provocados por el primer golpe, la herida o la carencia. Sin embargo, será la significación que ese golpe haya de adquirir más tarde en la historia personal del magullado y en su contexto familiar y social lo que explique los devastadores efectos del segundo golpe, el que provoca el trauma" (2002, p. 27).

Es decir, no bastaría la herida, la deprivación, la pérdida para causar el trauma. Si a esas circunstancias no se le asocia una determinada atribución de significado, de origen relacional, emitido por una persona o grupo relevante para el individuo o la familia, no se instalaría el trauma

Sluzki propone un proceso parecido, en el que la “humillación” sería la acompañante fundamental de la herida para generar el trauma. Plantea que “en toda situación traumática, la presencia o ausencia y la calidad de una experiencia agregada de humillación va a depender de variables ligadas a la intencionalidad atribuida…. lo que suele relacionarse con el comportamiento social de nuestra red personal y de las instancias sociales de apoyo”. Y más adelante, “la intensidad y calidad de los contactos sociales…. constituyen tanto señales como barómetros de de los grados de responsabilidad atribuida a nuestros actos y circunstancias. Y cuanto más seamos definidos como culpables por el comportamiento colectivo, tanto mayor será la experiencia de humillación” (2002, p. 12-13).

Es entonces el “comportamiento de nuestra red personal y de las instancias sociales de apoyo”, la que va a determinar en buena manera la conversión de un acontecimiento adverso en una situación traumática. Esta atribución de significado, inserta en una narrativa culpabilizadora, desconfirmadora o humillante, va a marcarnos la pauta de por donde debemos orientar una intervención que promueva la resiliencia familiar.

Esta intervención sobre la actividad narrativa familiar, que permita el reconocimiento del sufrimiento, que dote de un sentido a lo ocurrido, y de un significado que pueda ser aceptado por todos los miembros de la familia, y mejora aún, por la red social, se constituye en un factor esencial de la Resiliencia Familiar, y de gran importancia a la hora de establecer una intervención terapéutica que la favorezca.

La intervención para favorecer la R. F.

Ante una situación traumática, que ha producido un profundo impacto en el funcionamiento, organización, comunicación, emociones y sistema de creencia, de una familia, ésta se va a encontrar en un situación de inseguridad, de pérdida de referentes, de confusión y ansiedad, por lo que de entrada, la intervención terapéutica tiene que proveer de un contexto contenedor, que proporcione ese reaseguramiento necesario para la estabilidad del sistema, que puede proceder entonces a los cambios necesarios para adaptarse a la nueva situación.

Cuando se haya creado ese contexto “seguro” se procederá a favorecer las modificaciones necesarias en el funcionamiento y la organización familiar, mientras que simultáneamente debe fomentarse el desarrollo de una actividad narrativa que cree una historia común, que pueda ser compartida y aceptada por todos, que dé un sentido a lo ocurrido, que permita una salida positiva de la situación estresante, que permita el crecimiento de la familia y de todos y cada uno de sus miembros, es decir, que la resiliencia no sea a costa del sufrimiento, el handicap o el déficit de uno o más de las miembros del sistema familiar.

Hablamos entonces de tres pasos:

- Creación de un contexto en el que los miembros de la familia se sientan “seguros” para poder expresarse con libertad.

- Modificaciones del funcionamiento y la organización familiar (comunicación, roles, reglas, etc. ), que permita realizar cambios adaptativos.

- Creación de una narrativa común, solidaria con todos, que permita el reconocimiento del sufrimiento, dar un sentido a lo ocurrido y salir adelante con nuevos recursos para enfrentarse a la adversidad.

Este trabajo narrativo, debe permitir, como señala Delage, una actividad de unión, de conexión, de puesta en común de las representaciones de la situación traumática, un ordenamiento de las historias comunes y de lo vivido por cada uno de sus miembros, y un relanzamiento de su actividad psíquica individual (2004, p. 345).

Permitir la exposición de lo ocurrido, unido al reconocimiento del sufrimiento no sólo tiene un efecto inmediato sobre la persona que lo ha padecido, sino que puede tenerlo de manera importante sobre la familia y sus descendientes, ya que es bien conocido el efecto transgeneracional de traumatismos que para evitar el dolor, la culpabilidad o la vergüenza se han ocultado, convirtiéndose en secretos familiares que pueden desencadenar consecuencias a través de las generaciones. El relato de la agresión resulta útil desde el momento en el que el herido se sienta no sólo escuchado, sino creído, aceptado y estimado; cuando el relato no genera empatía sino rechazo, disgusto o desesperación, la resiliencia no es posible. De ahí que, a menudo, resulta más fácil encontrar factores de resiliencia fuera de la familia: si ésta está también herida, perturbada por la onda de choque emocional, probablemente no pueda prestar la ayuda, el apoyo que el herido necesita. De ello se deduce la importancia, la necesidad de modificar la narrativa familiar si ésta es insolidaria, incrédula o moralizante, ya que ésta actitud hace muy difícil la resiliencia. Ahora bien: no hay que hacer de la presencia de este relato una condición “sine qua non”. No es imprescindible buscar el relato de la situación traumática, sino que es más útil “el empoderamiento”: facilitar la asunción de recursos, la capacidad de manejarse a sí mismo y de influir sobre el contexto.


Terminaremos con un resumen tomado de Walsh (1988), que sintetiza lo que la autora llama los principios básicos de la Resiliencia Familiar:

· Todas las familias tienen posibilidades de resiliencia

· La resiliencia individual se comprende y favorece mejor en el contexto de la familia y del mundo social en general, entendiéndolo como la interacción de procesos individuales, familiares y ambientales.

· Las situaciones de crisis, puntuales o continuadas afectan a toda la familia, afectando tanto a sus miembros como el funcionamiento familiar.

· Los procesos familiares adaptados fomentan la resiliencia, amortiguando el estrés y facilitando la recuperación individual.

· Los procesos familiares inadaptados aumentan la vulnerabilidad y el riesgo de traumatismo individual y desajuste familiar.

· Según como enfrente una familia las crisis que se le plantean, los mismos factores estresantes pueden dar lugar a distintas consecuencias.


Referencias bibliográficas

Anaut, M. (2002): La Resilience. Surmonter les traumatismes. Nathan-Université. París.

Bowen, M. (1989): La terapia familiar en la práctica clínica. Desclée de Brower, Bilbao.

Caplan, G. (1985): Principios de psiquiatría preventiva. Paidós, Barcelona.

Corboz, A. y Fivaz, E. (1999): The Primary Triangle. A developmental systems view of fathers, mothers, and infants. Basic Books, N. York.

Cyrulnik, B (2002): Los patitos feos. Gedisa, Barcelona

Cyrulnik, B (2003): El murmullo de los fantasmas. Gedisa, Barcelona.

Cyrulnik, B (2005): El amor que nos cura. Gedisa, Barcelona.

Kagan, J. (1984): The nature of the Chile. Basic Books. N. York.

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