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Pacientes y tecnología sanitaria



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Noticia | 24/09/2021

Los seres humanos somos dueños de nosotros mismos, de nuestra vida y de nuestra muerte. El hombre se mueve a lo largo de su existencia en un estado de salud, vigor y vida o bien en un estado de enfermedad, sufrimiento y muerte. El respeto a la vida es la base de cualquier civilización, y esta premisa lleva implícito el respeto a la propia muerte.


La propia dignidad incluye el desarrollo de derechos, derechos que permanecen intactos aunque el individuo esté en un desequilibrio físico por el proceso patológico que sufre.


Los usuarios de los hospitales aspiran a una atención de calidad y esa calidad en su dimensión técnica consiste en la aplicación de la ciencia y la tecnología para que les aporte el máximo beneficio. También aspiran a recibir una atención sanitaria más humana que lleve implícito el respeto a su dignidad. ello implica armonizar calidad tecnológica y calidad humana.


El progreso tecnológico sanitario ha transformado la situación de la humanidad. Gracias a la ciencia el ser humano vive más años. La cuestión básica fundamental es si ese enfermo con cáncer o cualquier otra patología, a quien se le están aplicando las últimas terapias vive mejor, más confortablemente, con mejor calidad su vida, según sus valores, según sus principios, y no según los valores y principios del profesional que le atiende y que a veces difieren de los del propio enfermo.


Existe un principio que no se puede olvidar: "no todo lo técnicamente posible es humanamente correcto y éticamente responsable". El problema se plantea ante la disyuntiva de lo que se sabe y puede hacer y lo que se debe hacer. La pregunta clave en cualquier profesional sanitario es contestar a si es lícito hacer todo aquello de lo que es capaz la medicina. El objetivo de la ciencia médica podría definirse como el cambio óptimo en la vida del propio enfermo. El resultado va a depender de los medios empleados para su consecución. Pero siempre deben estar supeditados, tanto el fin como los medios, a la razón y voluntad del enfermo.


La cuestión de si la alta tecnología mejora la calidad de vida en los últimos momentos del ciclo vital no tiene una respuesta concluyente. En algunos casos, sí. Cuando la técnica devuelve la salud o mejora considerablemente la calidad de vida no plantea dudas, salvo que su coste sea inasequible. Pero en otros casos, la tecnología solo alarga los padecimientos del enfermo.


En los hospitales de las sociedades desarrolladas, la simbiosis hombre-máquina, ya no es una metáfora ni un episodio de película de ciencia ficción. En las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) los enfermos yacen alineados en sus camas articuladas. Están conectados a múltiples aparatos que sustituyen las funciones que sus cuerpos no pueden ejecutar por sí mismos. Los enfermos terminales poco pueden intervenir personalmente en el tránsito entre su vida y su muerte, porque tras el consentimiento informado las decisiones están transferidas a los expertos.


Una vez que son conectados a los sistemas tecnológicos que asumen sus funciones vitales, como latir, respirar, filtrar, nutrición, su muerte ya no dependerá tanto de sus fuerzas naturales como de la retirada de los aportes químicos externos o la desconexión de la maquinaria, lo que desemboca en situaciones no previstas ni resueltas en el plano legal. La muerte social antecede, a veces por largo tiempo, a la muerte definitiva del cuerpo.


Muchos de los pacientes de las UCI no se repondrán nunca. Y son los que obligan a reflexionar, porque las decisiones médicas pocas veces se pueden tomar con absoluta certeza. La mayoría de estos pacientes sufren más de una patología y el pronóstico no puede ser absolutamente preciso. Las decisiones se adoptan por rango de probabilidades, fijando umbrales mínimos y máximos sobre la conveniencia de cada intervención.


El tipo de final de vida que exige reflexionar, debatir, innovar, es el de los finales previsibles, con escasas probabilidades de recuperación y altas probabilidades de empeoramiento de la calidad de vida del enfermo.

Fuente: Univadis
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