Última actualización web: 23/04/2019

INCIDENCIA DE LAS DISFUNCIONES DEL HEMISFERIO DERECHO EN LA ESTRUCTURACIÓN NEUROPSICOCOGNITIVA

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Autor/autores: Alicia Elena Risueño
Fecha Publicación: 04/04/2019
Área temática: Psicología general , Trastornos infantiles y de la adolescencia , Neuropsiquiatria .

Universidad Argentina John F. Kennedy

RESUMEN

Las investigaciones científicas han comprobado que el hemisferio derecho (HD) tiene más que ver con las relaciones espaciales que con las lógicas, ocupándose además de la intuición, lo estético y lo religioso. Su captación de los hechos es gestáltica, simultánea, lo que permite la construcción comparada con nuestros semejantes interviniendo activamente en la posibilidad de comprender los componentes no verbales de las interacciones sociales.La clínica permite observar que si en el desarrollo se establecen procesos mórbidos de estatuto disfuncional las manifestaciones dependen tanto de los antecedentes bióticos del niño (pre, peri y postnatal), como de la historia vivencial y de la organización de la realidad que resulta de la dinámica de los factores citados. La forma particular en la que dichos factores se combinan da como resultado diferentes síndromes que, en muchos casos, por presentar características parcialmente similares, conducen a diagnósticos equívocos. Se explicitarán las características signosintomatológicas de los cuadros sindrómicos de la infancia, postulando la incidencia de las disfunciones del HD en la estructuración neuropsicocognitiva. Sin duda, esto posibilitará realizar diagnósticos más precisos que conduzcan a una planificación terapéutica eficiente.

Palabras clave: Hemisferio Derecho. Estructuración neuropsicocognitiva. Síndromes. Diagnóstico Diferencial


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Psicología.com. 2019 VOL 23

Artículo para difusión

Incidencia de las disfunciones del hemisferio derecho en la
estructuración neuropsicocognitiva
Alicia E. Risueño1 ­ Iris M. Motta2
Congreso Internacional de Neuropsicología Costa Rica 2018 Universidad Argentina John. F. Kennedy

Resumen
Las investigaciones científicas han comprobado que el hemisferio derecho (HD) tiene más que ver
con las relaciones espaciales que con las lógicas, ocupándose además de la intuición, lo estético y lo
religioso. Su captación de los hechos es gestáltica, simultánea, lo que permite la construcción
comparada con nuestros semejantes interviniendo activamente en la posibilidad de comprender los
componentes no verbales de las interacciones sociales.
La clínica permite observar que si en el desarrollo se establecen procesos mórbidos de estatuto
disfuncional las manifestaciones dependen tanto de los antecedentes bióticos del niño (pre, peri y
postnatal), como de la historia vivencial y de la organización de la realidad que resulta de la dinámica
de los factores citados. La forma particular en la que dichos factores se combinan da como resultado
diferentes síndromes que, en muchos casos, por presentar características parcialmente similares,
conducen a diagnósticos equívocos.
Se explicitarán las características signosintomatológicas de los cuadros sindrómicos de la infancia,
postulando la incidencia de las disfunciones del HD en la

1 Dra. En Psicología. Prof. Lic. en Psicología. Docente Titular en Neuropsicología. Universidad
Kennedy. Universidad Aconcagua aliciamas@fibertel.com.ar

arisueno@kennedy.edu.ar

2 Prof. Lic. en Psicopedagogía. Docente Asociada en Neuropsicología. Universidad Kennedy.
Universidad Aconcagua

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estructuración neuropsicocognitiva. Sin duda, esto posibilitará realizar diagnósticos más precisos
que conduzcan a una planificación terapéutica eficiente.

Palabras clave: Hemisferio derecho, estructuración neuropsicocognitiva, síndromes, diagnóstico
diferencial

Abstract
Scientific research has proved that the right hemisphere (RH) has more to do with spatial
relationships than logical, intuition, aesthetic and religious. It has a gestaltic, simultaneous way of
trapping facts.
This allows construction compared with our peers and actively intervening in the possibility of
understanding the non-verbal components of social interactions.
Clinic experience allows to observe that if in development morbid processes of dysfunctional status
are established, the manifestations depend both on the biotic antecedents of the child (pre, peri
and postnatal), as well as on the experiential history and the organization of the reality that results
from the dynamics of the factors cited. The particular way in which these factors combine results in
different syndromes that, in many cases, due to their partially similar characteristics, lead to
equivocal diagnoses.
The symptomatological characteristics of the syndromic charts of childhood will be explained,
postulating the incidence of RH dysfunctions in the neuropsychological structure. Undoubtedly, this
will make it possible to make more precise diagnoses that lead to an efficient therapeutic planning.

Key Words: Right hemisphere. Neuropsychognitive structure. Syndromes. Differential Diagnosis

Introducción
Son en general bien conocidas las funciones inherentes al hemisferio derecho [HD]. Se ha podido
comprobar que tiene más que ver con las relaciones espaciales, la intuición, la fantasía, los
sentimientos estéticos y religiosos que con las relaciones lógicas. También se sabe que participa de
manera indirecta en el ordenamiento temporal, aportando al hemisferio izquierdo [HI] de recuerdos
sensitivo sensoriales no verbales.

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Esta posibilidad de organización temporal de la experiencia en el contexto permite reconstruir el
pasado y proyectar el futuro, al mismo tiempo que se llevan a cabo comportamientos dotados de
sentido existenciario que tienden a él. Pero, además, su captación de los hechos es simultánea,
gestáltica, lo que permite la construcción del "extracuerpo" o imagen comparada de nuestros
semejantes. Así, su participación, indiscutiblemente ligada a las funciones del hemisferio izquierdo,
en la construcción de la conciencia de espacialidad y temporalidad, lo hacen indispensable en la
construcción de la Conciencia de Sí Mismo (Mas Colombo et al., 2011). Pero a partir de esto se
convierte en indispensable para la posibilidad de interacción social pues permite comprender los
componentes no verbales de la situación de interacción.
Sus funciones han sido clásicamente estudiadas a partir de las consecuencias de lesiones y así se
han podido describir las alteraciones ligadas a determinadas localizaciones. Por ejemplo, una lesión
prefrontal derecha puede provocar falsos reconocimientos de caras sin prosopoagnosia (Síndrome
de Capgras) (Madoz-Gúrpide, Hillers-Rodríguez, 2010), prosopoagnosia si la lesión es posterior
(Bobes, Lopera, 2015), hemisomatoagnosia por lesiones parietales en particular si es del área 40,
apraxias construccionales, del vestir e ideomotoras (Ardila, 2015), heminegligencia, etc. Aparece así
la descripción de síndromes cuyas manifestaciones globales se corresponden con las funciones del
HD (Ardila, Ostrosky, 2012).
Sin embargo, son menos los estudios realizados en niños, siendo la mayoría descriptivos de
situaciones concretas, pero con pocas posibilidades de determinar la influencia real de los factores
madurativos intervinientes. En el caso de las disfunciones del desarrollo, en las cuales la mayoría de
las veces no es posible encontrar una localización lesional precisa, las manifestaciones suelen ser
equívocas y se corresponden parcialmente con algunos síndromes claramente descriptos en la
actualidad. Esto suele conducir a diagnósticos erróneos que no pocas veces atribuyen unívocamente
los indicadores semiológicos a fallas en el desarrollo del niño.

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Desarrollo
El hombre, cuando nace, es el animal más indefenso de todos los seres del planeta; pero más allá
de su indefensión biótica, no es posible considerar la existencia humana sin otro que acompañe
ese tránsito, sobre todo en los primeros pasos. Ese mundo propio y con los otros, en tanto
ordenado y organizado, le posibilita ir desarrollándose y construyéndose; la conducta humana
como existencia, es abierta al mundo y del mundo depende; no podemos pensar al hombre fuera
de él. Dejamos asentado, entonces, que desde nuestra óptica, el humano es un siendo en el
mundo con otros y la existencia cobra sentido en ese modo singular de ir siendo.
Es así como, para que pueda darse esta relación dialéctica debe existir un mecanismo de
adaptación o de autorregulación que ponga en marcha procesos ajustados a la propia realidad
del humano, como a las exigencias de su siendo en el mundo.
Desde el punto de vista evolutivo, los niños van progresivamente incrementando sus
capacidades, pasando de controles rígidos y rudimentarios a mecanismos flexibles que favorecen
el ejercicio de controles voluntarios e intencionales (Risueño, 2010b). Es indudable, entonces,
que para que este proceso de adaptación o autorregulación pueda darse, deben transitarse
diversas etapas en un constante y continuo dinamismo que entretejen la coexistencia normada.
Estos mecanismos de autorregulación son los que posibilitarán luego, en el humano adulto,
conductas acordes con sus proyectos previo análisis de posibilidades y limitaciones.
Es por esta vulnerabilidad, que los humanos nacen con un repertorio de acciones, necesario para
establecer las primeras relaciones con quienes los cuidan, de
manera tal que indicadores elementales sirvan para que ellos tomen nota de sus necesidades y
arbitren los medios para satisfacerlas, facilitando así la comunicación y la construcción con y del
mundo, respectivamente, creando un fluido intercambio. (Motta, Risueño, 2011)
En las primeras experiencias predominarán aspectos relacionados con conductas reflejas,
cargadas de necesidades disposicionales derivadas de lo vital profundo y derivadas directamente
de la percepción de la existencia concreta. Así, los cambios en el tono muscular (diálogo tónico
de Ajuriaguerra, 1996), los reflejos arcaicos, el llanto, sirven para dar a conocer la necesidad de
atención. Por ser reflejos, son manifestaciones estereotipadas, rígidas y se irán flexibilizando
paulatinamente, merced a los efectos que las respuestas del medio produzcan en la potenciación
de la plasticidad neuronal. (Motta, Risueño, 2011) Pero al mismo tiempo, los objetos del mundo
provocan reacciones que lo llevan a orientar su mirada hacia ellos.

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Sin embargo, este arousal, teñido de lo reflejo-emocional que caracterizará las conductas del
bebé, por momentos sobrepasará sus propios niveles de autorregulación, haciéndose necesaria
la intervención de terceros que regulen los estímulos desde el mundo, tanto placenteros como
displacenteros (Risueño, 2010a) Por lo tanto, a los componentes temperamentales del bebé se
suma la creación de patrones de intercambio cuya estabilidad depende en gran parte, al menos
al principio, de la habilidad de los cuidadores. La recurrencia de estos patrones irá generando
registros que se generalizarán e incluirán las pequeñas variaciones situacionales que pueden
darse dentro de un mismo tipo de intercambio.
Así, las pequeñas modificaciones de contenido dentro de estructuras complejas, permitirán la
flexibilización de la percepción y la asignación de significados cada vez más sutiles, con el
consecuente aprendizaje de un repertorio de respuestas cada vez más variado y, por tanto, más
ajustado. Esta presencia del otro acude al proceso
autoeducativo corporal, al orden y sistematización de ritmos bióticos, a la posibilidad de la
espera y a la institucionalización de la norma. También puede darse que los adultos decodifiquen
las señales del bebé pero que no hagan lo necesario para ordenar la manifestación de esos
deseos dentro de un marco progresivo de aceptación de ritmos sociales, relacionados con la
construcción de la conciencia de temporalidad, que no es sólo el reconocimiento de los ritmos
biofísicos, sino que se extiende al tiempo vivencial y al simbólico (Mas Colombo, 2011). Algunos
autores han señalado que en los niños con conductas disruptivas se encuentran antecedentes
de fallas en el control de los ritmos de sueño-vigilia y alimentación (Wynchank, Bijlenga, Lamers
et.al, 2016; Charrier, Olliac, Roubertoux and Tordjman, 2017). Nuestra experiencia clínica aporta
datos en dicho sentido (Risueño, Motta, 2015).
Pero aún si los cuidadores fueran suficientemente capaces de decodificar las necesidades del
niño satisfaciendo sus necesidades básicas, puede ser que no sean capaces de brindarle variedad
de experiencias que despierten en él la necesidad de ampliar la gama de estrategias de
decodificación. Esto es común en madres de características hipertímicas, ya sea hacia el polo
placentero (hipomaníacas) o hacia el displacentero (depresivas). En otros casos, cuando las
madres son inestables no brindan experiencias consistentes como para generar los patrones de
decodificación y respuesta necesarios.
Tenemos, entonces, varios elementos a tener en cuenta: por un lado, tenemos todo el montaje
hereditario que sólo se podrá manifestar si el sistema nervioso central funciona plenamente y,

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por otro, está la necesidad de otro capaz de decodificar adecuadamente esas señales. De ese
juego de intercambios surgirán modificaciones duraderas en ambos que darán marcas
particulares a la relación. Pero esta primera relación con la madre (como función y no como
persona física que la ejerce) será el
andamiaje para construcción de las futuras relaciones sociales. Por lo tanto, las fallas en las bases
neurofuncionales que permiten estas relaciones, tanto como fallas en la decodificación por parte
del adulto, imprimirán en ese cerebro inmaduro huellas que marcarán su futuro desempeño
social.
Pero deberíamos aclarar que las posibles alteraciones en la decodificación parental de las
distintas señales emitidas por el bebé no siempre se deben a incompetencia de los primeros; en
algunos casos, más bien tienen que ver con las particularidades temperamentales del bebé que
se manifiestan de una manera anómala, diferente de la habitual, coincidentemente con hallazgos
posteriores de alteraciones anatómicas o funcionales que, a veces, no se expresan más que por
signos blandos.
El primer modo de comunicación del bebé debería ser no verbal, pero ¿qué es lo que sucede
cuando el montaje hereditario con el que debería estar provisto para lograrlo no está en su plena
funcionalidad? En estas circunstancias, no dan resultado las estrategias de decodificación con las
que cuentan los padres sólo por haber nacido humanos. Estos padres suelen relatar en las
entrevistas de anamnesis que no podían entender qué querían sus hijos, que eran niños
extremadamente irritables y no atinaban a encontrar qué los calmaba o, al revés, que eran tan
tranquilos que nunca demandaban nada. De no mediar intervenciones tempranas que brinden a
los padres herramientas decodificadoras, y a la vez, estrategias que ayuden a ese niño a codificar
adecuadamente, el camino es hacia la patología.
De esta manera, las características temperamentales de los niños juegan un papel tan
importante en la regulación de los primeros intercambios como la capacidad de los padres de
"atemperarlas", tanto sean éstas excesivamente activas como excesivamente pasivas, para
ponerlas en "sintonía" con los requerimientos del medio físico y social. Dichas características
temperamentales están profundamente enraizadas en lo biótico:

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Durante los primeros meses y de acuerdo al proceso de mielinización del sistema nervioso en
esta etapa, se conforma en primer lugar una red de alerta; estas conexiones, que encuentran en
el sistema reticular sus bases neurofuncionales, facilitarán las reacciones de orientación
automática. Estos primeros estados de alerta son escasos, generalmente se reducen al 20% del
ciclo circadiano; pasadas las 15 semanas estos períodos se prolongan facilitando la comunicación
y la construcción con y del mundo; se ha caracterizado la atención de este período como
"reactiva", los objetos del mundo provocan reacciones que lo llevan a orientar su atención hacia
ellos. Sin embargo, los objetos privilegiados son las personas: debido a la indefensión que ya
nombramos, parecen estar dotados de un patrón orientador innato hacia ellas. La continua
interacción del niño con su mundo permite nuevas conexiones (plasticidad), de este modo, la
sencilla reacción de alerta se va convirtiendo en relación de orientación voluntaria. No es
accidental que este mecanismo orientador esté ausente en niños con trastornos del espectro
autista, siendo un indicador que no siempre es tenido en cuenta a tiempo. (Risueño, 2010a)
El eje hipotálamo-hipofisiario hace al tono basal del humor desde la regulación hormonal
teniendo intensa participación en el desencadenamiento de reacciones emocionales defensivas
y autoconservadoras (Hospital de San Diego, 2015)
Estas reacciones defensivas y autoconservadoras se relacionan con el sistema límbico, en
particular el complejo amigdaloide, reservorio tanto de lo instintivo motivacional como de la
memoria emocional; ésta se relaciona con la impresionabilidad emocional ligada a los
acontecimientos. Esta memoria es la que predomina en los primeros tiempos de vida, siendo por
ello que los
recuerdos de esta época, además de la gran carga afectiva que poseen, no pueden ser puestos
en palabras. Es indiscutible el estatuto emocional y social de la amígdala. Lo psíquico requiere de
lo amigdalar para su estructuración, la que se posibilita a través de la mirada del otro. Esta mirada
se constituye en el primer eslabón en el reconocimiento de rostros, indispensable para las
futuras relaciones sociales, ya que no es mero saber quién es, sino qué está queriendo decir, qué
siente, qué le pasa, etc.; está demostrada cuál es la participación de la amígdala en este proceso.
Las funciones autoconservadoras de la amígdala se relacionan por varias vías con la corteza
cingular subcallosa. El así llamado cíngulo, integrante del circuito emocional de Papez, tiene dos
regiones funcionalmente diferenciadas: la región posterior sería la que, por así decirlo, "sentiría"
la emoción, en tanto que la anterior participaría activamente por sus conexiones con toda la

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corteza, pero fundamentalmente con la prefrontal, de las actividades de prevención y
anticipación para defensa (Risueño, 2010b).
El hipocampo es una estructura polifacética. Por un lado, el giro hipocámpico guarda la memoria
macromolecular genética, y por otro, conserva la memoria biográfica, de manera episódica
declarativa (Risueño, 2010b). De este modo, la relación made-hijo, constituyente de la "urdimbre
afectiva" (Rof Carballo, 1961), se va modelando a partir del sistema límbico que, a su vez, se
construye a sí mismo (en sentido anátomo-funcional), a lo largo de toda la vida de acuerdo a las
sucesivas integraciones emocionales en las que va participando.
El Lóbulo Prefrontal [LPF] es el que analiza la ubicuidad de la conducta. Las conexiones córticosubcorticales que establece con otras áreas de corteza y con el sistema límbico, le permiten
construir a través del tiempo la significación y el sentido de la conducta.
La información que llega al LPF se debe a las proyecciones reticulares que, a su vez, de manera
reverberante, retroproyecta a formaciones subcoticales. Las áreas secundarias de corteza
posterior brindan el almacenamiento de la información percibida sensorialmente, en tanto que
el sistema límbico carga afectiva y pulsionalmente esa información almacenada con relación a
las experiencias vividas. Pero estas regiones cerebrales son de maduración tardía, dependiendo
de elementos como la plasticidad, la mielinización, el establecimiento de nuevas rutas sinápticas,
la función de ciertos neurotransmisores, el aprendizaje, etc. Tanto la plasticidad como la
mielinización y las nuevas conexiones están sometidas a la particular relación que se establezca
con el medio, por eso en la infancia el autocontrol depende de otro que se encargue de la tarea
ordenadora de la conducta hasta tanto se desarrollen las bases neurofuncionales necesarias. La
existencia de ese otro es lo que facilita que esas bases neurofuncionales se desarrollen (Mas
Colombo, Risueño, Motta, 2003). Como diría Vigotsky (1929-1934/2012), los procesos corticales
superiores son en primera instancia interpsicológicos para luego convertirse en intrapsicológicos.
En tanto lo antedicho se cumpla satisfactoriamente, se acepta que el HD es el que comanda el
procesamiento visoespacial, dando una imagen gestáltica de la situación, siendo además el que
permite la construcción de la imagen comparada de nuestros semejantes. De esta manera,
participa en la interacción con otros brindando los elementos necesarios para el análisis de los
componentes no verbales de la comunicación. Cuando estas regiones no se desarrollan
adecuadamente, sea por la razón que fuera, parecería darse una ruptura en la integración
funcional interhemisférica.

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De este modo, se desarrollan en un sentido las funciones del HI (lenguaje, lógica, procesos
secuenciales, etc.) en tanto se detienen las que correspondan a la ponderación global de las
situaciones, la comprensión gestáltica visoespacial de los gestos con su consecuente falta de
comprensión de los hechos comunicativos no verbales, de los cuales está plagada la
comunicación cotidiana, y el manejo del espacio. Aparecen así todas las características de los
Síndromes de afectación del HD, siendo que, muchas veces, por poseer características en común,
son de difícil diagnóstico diferencial. Enumeraremos algunos de los síndromes que se
caracterizan por presentar alteraciones del HD de neto corte disfuncional. No descartamos, tanto
en el niño como en el adulto, otras manifestaciones sindrómicas, pero ellos ya corresponderían
a cuadros que escapan a la definición de trastornos disfuncionales.
Los pacientes con síndrome atencional con hiperactividad desarrollan una elevada tasa de habla,
dificultades para comprender los indicadores de intercambio social (turno de conversación,
turno de juego, esperar el final de la pregunta para responderla, etc.), falla en la captación
gestáltica de las situaciones focalizando en detalles irrelevantes y dejando de lado los aspectos
importantes, etc. La hiperactividad y la impulsividad que los caracterizan manifiestan la dificultad
de la organización espacial, dando como resultado acciones torpes, sin mesura y alterando la
conciencia temporoespacial, necesaria para construcción de la conciencia de sí mismo (Risueño,
2011a).
Los pacientes con síndrome de Asperger son hiperléxicos, utilizan el lenguaje de manera casi
exquisita, pero suenan fingidos y petulantes, carecen de habilidades empáticas, no son capaces
de comprender el doble sentido como aspecto no lingüístico de lo dicho, etc. (Martino, 2017)
El niño con síndrome de aprendizaje no verbal no reconoce ni interpreta la expresión emocional,
no puede contextualizar la información percibida y por ello, sus modos de respuesta son
inconsecuentes. No tienen manejo del espacio por lo que suelen ser invasivos (el padre de un
paciente decía: "No se da cuenta de dónde empieza el otro, lo tenés siempre encima, como si se
te quisiera meter en el bolsillo"). Desarrollan habilidades lingüísticas compensatorias que
intentan obtener datos exploratorios del medio que no pueden obtener por otras vías, etc.
Todos ellos tienen, como denominador común, la ansiedad; frente al caos que representa para
ellos la experiencia cargada de elementos convencionales que no son capaces de decodificar y
que hace que los demás los vean como "desconectados de la realidad" compartida.

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Esto es cierto hasta cierto punto: si la percepción e interpretación de la realidad está basada en
procesos psicocognitivos anómalos se altera la producción de afectos acordes al contexto, con
lo que los datos con los que cuentan los LPF para monitorizar la conducta no son apropiados,
dando como resultado modos de respuesta que no están en consonancia con los requerimientos
del medio. En muchos casos, estos altos montos de ansiedad llevan al cumplimiento de actos
rituales de tipo obsesivo- compulsivo en un intento de mantener la experiencia dentro de los
parámetros predictibles (Park et al., 2016). Por otro lado, este tipo de decodificación concluye
en una modalidad de aprendizaje hiperasimilativa que se manifiesta tanto en el bajo rendimiento
académico (aunque tengan inteligencia normal y, a veces, superior) como en la imposibilidad de
aprender de la experiencia. Esta última característica es la que hace que, frecuentemente, padres
y educadores señalen que ya no tienen recursos para modificar la "mala conducta" pues no
funcionan con ellos los métodos más habitualmente utilizados (premios-castigos, etc.)
En el caso del Síndrome de Gerstmann del desarrollo, si bien los rasgos están más marcadamente
ligados a la dislexia-disgrafía, la discalculia, la disgnosia digital y alteraciones del reconocimiento
derecha-izquierda, nuestra experiencia clínica reporta que también presentan dificultades de
diferente graduación en el desempeño social, que van de la extrema introversión a la franca
conducta desafiante. Estas variaciones suelen depender de la estructura familiar a la que están
ligados.

Conclusiones
Es claro que las disfunciones del desarrollo del HD repercuten ampliamente en la percepción
que estos niños tienen de la realidad compartida, condicionando de esta manera su
estructuración psíquica y dificultando sus relaciones sociales. Cabe señalar, que, en los primeros
años de vida, si existieran alteraciones en el funcionamiento cortical, sumados a estructuras
familiares disfuncionales, llevarían a construcciones personales viciadas de falta de
correspondencia social. Para que el niño sea capaz de actuar de manera apropiada en el mundo,
debe apropiarse de él; en tanto esa apropiación sea deficitaria, nos encontraríamos con personas
que no han podido estructurarse como unidad biopsicosocial. De este modo, la integridad de la
conciencia de Sí mismo no llega a lograrse en toda su plenitud, en tanto ésta es el resultado de
la sistematización ordenada del siendo en el mundo con otros.

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No olvidemos pues, que el hombre es el resultado de la conjunción de la identidad del yo
corporal, la identidad del yo psíquico y la identidad el yo social (Mas Colombo, 2011). Para la
conformación de esta unidad, el HD aporta su impronta de trascendencia, que conjuntamente
con el HI y sus interconexiones callosas, dan configuración integrativa a la existencia.

Bibliografía
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