Última actualización web: 21/06/2021

Teoría de la evolución darwiniana: Una hipótesis en receso. VII Psiquiatría evolucionaria.

Autor/autores: Fernando Ruiz Rey
Fecha Publicación: 26/07/2010
Área temática: .
Tipo de trabajo: 

RESUMEN

Palabras clave: Psiquiatría evolucionaria; Función natural; Anomalía psíquica; Teoría de la evolución; Darwinismo.

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Teoría de la evolución darwiniana: Una hipótesis en receso. VII Psiquiatría
evolucionaria.
FUENTE: PSIQUIATRIA.COM. 2008; 12(3)

Fernando Ruiz Rey.
Médico psiquiatra. Raleigh, NC. USA.

Recibido el 03/10/2008
PALABRAS CLAVE: Psiquiatría evolucionaria, Función natural, Anomalía psíquica, Teoría de la evolución, Darwinismo.

Algunos sectores de la psiquiatría han recibido con gran entusiasmo la aplicación de los principios de la teoría de la
evolución darwiniana a los fundamentos teóricos y prácticos de la disciplina. La situación fragmentada y confusa de
los conceptos básicos de la especialidad, la insuficiencia de la nosología y el reduccionismo biológico imperante
incapaz de resolver satisfactoriamente los problemas diagnósticos y terapéuticos, encuentran en el paradigma
evolutivo la esperanza de un marco de referencia conceptual que integre y cohesione la teoría y la práctica de la
psiquiatría. Si el hombre es producto de la evolución de los seres orgánicos, si el hombre es meramente uno más
dentro de la totalidad de los organismos vivientes en evolución, entonces ­argumentan los psiquiatras
evolucionarios-- los conceptos darwinianos (o neo-darwinianos) ofrecen la mejor, por no decir la única, avenida
científica para estudiar y entender biológicamente el desarrollo del cerebro humano y el comportamiento normal y
patológico del hombre.

Desorden mental desde la perspectiva evolucionaria
La definición de los desórdenes mentales en el DSM IV toma muy seriamente el problema de la confiabilidad del
diagnóstico (concordancia de los diagnósticos), un valor que se considera fundamental y perentorio para evitar
caos y elucubraciones teóricas, y permitir la realización de estudios e investigaciones posibles de ser comparadas.
Para lograr esta confiabilidad se recurre a la simple y cruda descripción ­observacional--, del número, severidad y
duración de síntomas y signos, ignorando el contexto en que se presentan; aunque la aproximación bíopsicosocial
al diagnóstico intenta, en la práctica imperfectamente, relacionar el cuadro sintomático con la situación psicosocial
que enfrenta el paciente. Las deficiencias de la nomenclatura psiquiátrica sirven como un punto de partida a
argumentos críticos de los psiquiatras evolucionarios. Jerome Wakefield (1) por ejemplo, critica la clasificación
presente señalando que, si bien es cierto que con esta nosología se gana en confiabilidad, se pierde en validez
conceptual (el concepto incluye sólo lo que se intenta incluir), ya que con esta descripción empírica, los
desórdenes mentales se desvinculan del contexto en que surgen, lo que no permite determinar si el cuadro
sintomático es una reacción `normal' a las circunstancias --siguiendo mecanismos aprendidos para tal fin--, o,
estos síntomas son el reflejo de una verdadera alteración funcional natural del organismo. Además, este tipo de
clasificación `descriptiva empírica' desvincula el cuadro sintomático de sus bases biológicas, lo que aleja a la
psiquiatría del resto de la medicina; un efecto contrario a la intención del DSM IV (2:160)
Para resolver los problemas y superar las insuficiencias de la clasificación de los desórdenes mentales, Wakefield
(1:149) propone que la definición de un desorden mental esté basado en dos dimensiones básicas: función -naturalmente seleccionada-- alterada, y un juicio negativo de valor en base al estándar sociocultural imperante; de
esta manera, un desorden mental es una alteración dañina de una función natural ("harmful dysfuction"); las
funciones mentales están basadas en mecanismos internos aún no claramente identificados. Así definido el
desorden mental queda firmemente anclado en lo biológico, que de acuerdo a la teoría de la evolución darwiniana,
es lisa y llanamente, producto evolutivo. De este modo, sostiene Wakefield, la psiquiatría se sitúa primariamente
dentro de la esfera médico-biológica y ya no caben las críticas de la antipsiquiatría que la tildan de ser un
instrumento meramente político-social de control y dominio. El fundamento biológico permite a la psiquiatría
delimitar legítimamente lo patológico de lo que es simplemente una reacción normal del ser humano; las
clasificaciones descriptivas empíricas, de acuerdo a este autor, no tienen fundamento para este diagnóstico
diferencial. Es importante notar que Wakefield habla de dos aspectos no claramente diferenciados: función y
mecanismos internos.

Análisis de alteración dañina de la función natural
Wakefield (1:150) aplica el `análisis de alteración dañina de una función natural' (y sus mecanismos básicos) tanto
a la medicina física como a la psiquiatría; este autor explica: "Uso [los vocablos] "mecanismos internos" como un
término general para referirme, tanto a estructuras físicas y órganos, como a estructuras mentales y disposiciones,
tales como mecanismos motivacionales, cognitivos, afectivos, y perceptuales." (1:150) Wakefield no hace
distinciones entre estructuras orgánicas/físicas y mentales, para evitar caer en un dualismo cartesiano; para sus
fines, ambos aspectos, el físico y mental, son equivalentes. Una estrategia sobre la que no hay acuerdo,
particularmente con respecto a la subjetividad de la experiencia humana de tan particular importancia en la
práctica de la psiquiatría, y que es imposible hacerla equivalente con lo físico.

Valoración social
La dimensión valorativa que define un desorden mental está dada por los valores sociales que califican el trastorno
como un cuadro patológico que requiere atención profesional. Wakefield (1:151) menciona lo que suele
denominarse anomalías menores, como angiomas, corazón en posición revertida, albinismo simple, son
considerados no dañinos, y por tanto no constituyen un desorden médico, aunque en estos casos existan
`alteraciones funcionales' de un sistema seleccionado en el proceso de la evolución. Tampoco es lícito, de acuerdo
a este autor, denominar como desorden mental a un cuadro o conducta considerado dañino por el consenso social,
en la ausencia de una alteración de una función natural ­de un hecho biológico--, aunque cause pesar y
sufrimiento, como es la situación del duelo y muchos otras (secundarias a ignorancia, falta de talento, insuficiente
entrenamiento, criminalidad, debilidad moral, infidelidad, poligamia, etc.).

Función natural
Para dilucidar una función, Wakefield (1:151) señala que hay tener presente que se trata de un fenómeno natural
--biológico--, no dependiente de las intenciones del ser humano; las funciones naturales son propias de todos los
hombres. Las alteraciones interpersonales, como las de pareja o las de jerarquías social, son perturbaciones
psicosociales, y no son por tanto para Wakefield, alteraciones de una función natural.
Las funciones naturales, escribe Wakefield: "son atribuidas frecuentemente a mecanismos mentales inferidos que
pueden ser aún no identificados..." (1:151); Esto es, no se conocen las bases neuroquímicas ni neurogenéticas de
las funciones mentales, lo que para algunos críticos de la psiquiatría evolucionaria constituye una deficiencia seria,
aún desde el punto de vista evolucionario mismo, porque al carecer de asiento cerebral concreto no se pueden
comparar sus proposiciones con la biología de otros mamíferos. (3:777)
Wakefield ejemplifica una función natural alterada con la alucinación, un fenómeno que corresponde para el autor,
a una perturbación del sistema perceptual, cuya función es captar y entregar al organismo, información del medio
ambiente. Pero se puede argumentar con respecto a este ejemplo de Wakefield que es posible imaginar un
paciente con alucinaciones auditivas que tenga los instrumentos perceptuales perfectamente intactos, y la
alucinación no sea más que un fenómeno mental, más que propiamente perceptual como sería el caso de un
paciente que alucina por alteraciones del sistema perceptual (problemas neurológicos o de intoxicación), y tenga
conciencia de la anormalidad del fenómeno. Consideraciones similares se pueden hacer al otro ejemplo que
presenta Wakefield con respecto a la racionalidad, que la caracteriza como la capacidad de inducir y deducir, y que
se quiebra en un estado psicótico; en este caso se trataría de una alteración de la función racional. Pero podemos
imaginar un paciente paranoide que sea un buen matemático, y sufrir un delirio de persecución, celotipia por
ejemplo; el trastorno no radica en el función racional de inferencia y deducción, sino en el significado de lo que
percibe o imagina el enfermo en algunas áreas de su vida. Lo que intento mostrar con estos comentarios es que
determinar y precisar la función mental alterada en muchas enfermedades mentales no resulta fácil, porque
afirmar ­como se hace en los ejemplos anteriores- que las alucinaciones y los delirios son meras alteraciones de la
función perceptual y de la función racional (capacidad de inferir y deducir) respectivamente es, o un truismo tosco
si no se hace un examen fino de la psicopatología, o envuelve una imprecisión que no permite basar la definición
de desorden mental en una conceptualización sólida que haga justicia a la complejidad de la psicopatología, y
pueda guiar productivamente las investigaciones. Naturalmente esto no significa que un desorden mental no
implique la alteración de lo que se considera en términos generales, funcionamiento normal del ser humano.
Definir un desorden mental particular en base a alteraciones de funciones naturales específicas resulta difícil por la
complejidad de la mayoría de las perturbaciones mentales, e implica ineludiblemente consideraciones teóricas
acerca de la arquitectura funcional mental. Además, hay que tener presente que para dilucidar las funciones
alteradas de un desorden mental hay que comenzar identificando la conducta manifiesta que se considera
patológica; en otras palabras, se requiere un acuerdo en lo que constituye un desorden mental para luego precisar
las funciones que se consideran alteradas, lo que exige una aproximación teórica particular. De modo que esta

proposición básicamente constituye un paso atrás con respecto al simple acercamiento `empírico' del DSM que
define el desorden mental en base a sus manifestaciones observables, limitando en lo posible la elucubración
teórica.

Analogía de función y órgano
Wakefield, como los psicólogos evolucionarios, recurre a la analogía con los órganos corporales para ilustrar y, sin
duda, para fortalecer el concepto de función en el difícil terreno de lo psicológico-mental. El autor ofrece el
siguiente modo de analizar la `función natural' (cuidadosamente expresado, italizado en el original): "...una función
natural de un órgano u otro mecanismo es un efecto del órgano o mecanismo que entra en la explicación de la
existencia, estructura o actividad del órgano o mecanismo." (1:152) Esta es una definición ambigua y confusa, ya
que se colocan epistemologicamente (y también ontológicamente, lo que implica una concepción metafísica) a un
mismo nivel, lo físico y lo mental. En medicina física los órganos son partes anatómicas funcionando, son
observables, fácilmente medibles, empíricamente verificables y susceptibles de investigación experimental
controlada, con lo que se puede determinar su función. Pero esta no es la situación de las `funciones mentales',
estas funciones no son todas fáciles de caracterizar, y menos aún los "órganos' o mecanismos desconocidos que
supuestamente las soportan.
En fisiología la función de un órgano se infiere más bien de su observación, de la observación del corazón se
desprende su función: movilizar la sangre. Tampoco se puede desprender la existencia concreta del corazón del
simple movimiento sanguíneo, sólo se podría inferir de la existencia de una causa de este fenómeno, pero no un
órgano concreto. En psiquiatría no tenemos `órganos' ni mecanismos que se observen directamente para
desprender sus funciones; y las funciones mentales, en muchos trastornos psiquiátricos, son difíciles de dilucidar y
de precisar en forma pertinente, para aplicarlas a la complejidad de la psicopatología. En esta situaci¬ón, no se
pueden inferir mecanismos ­`órganos'-- mentales, biológicos concretos, salvo en forma hipotética e imprecisa, por
lo que no se pueden presentar funciones específicas, ni mecanismos desconocidos o hipotéticos, como hechos
dados y fundacionales para una nosología psiquiátrica objetiva. Las funciones en salud mental, en su mayoría,
parecen ser más bien hipótesis elaboradas para comprender un estado de cosas compleja, no palpable, ni fácil de
manipular experimentalmente. Si una función y el mecanismo desconocido o pobremente conocido que expresa,
terminan siendo más bien hipotéticos, ya no se les puede considerar como hechos evidentes, nítidos, discretos y
perfectamente objetivos de evidencia incontestable, en los que se pueda fundamentar en forma firme y
convincente la definición de los desórdenes mentales; lo hipotético se formula desde concepciones teóricas y
procedimientos determinados.

Función normal y función alterada
Tanto la medicina física como la psiquiatría han señalado las dificultades en el deslinde de lo funcional y de lo no
funcional (lo normal y lo anormal), concentrándose más bien en un continuo entre lo plenamente funcional y lo
claramente alterado, entre los cuales queda una zona borrosa de transición (4:165. 5:157); basta recordar la
distinción de duelo como reacción normal y el duelo patológico. Wakefield reconoce estas dificultades cuando
comenta: "...descubrir lo que es de hecho natural o no-funcional....puede ser difícil y puede estar sujeto a
controversia científica, especialmente con respecto a mecanismos mentales, acerca de los cuales somos todavía
muy ignorantes." (1:152) Sin embargo, el autor sostiene que a pesar de estas dificultades, el concepto puede ser
útil, y ejemplifica con el dormir, del cual poco sabemos de sus funciones y de sus mecanismos subyacentes. Pero,
resulta difícil negar que el sueño ­escribe--, no sea: "...un fenómeno normal, biológicamente diseñado y no un
desorden; la evidencia circunstancial nos permite distinguir algunas condiciones normales versus anormales
relacionadas al dormir a pesar de nuestra ignorancia." (1:152). En verdad podemos aceptar que hay funciones
básicas específicas de los seres humanos como son el dormir, el comer, el copular, etc., y que pueden alterarse;
en estos casos dudo que exista oposición a descripciones de este tipo en medicina, pero al extenderlas a toda la
psicopatología como se propone, se entra ineludiblemente en dificultades conceptuales e hipótesis muy
cuestionables, sobre todo cuando se intenta darles un origen evolutivo de carácter darwiniano.
Es importante señalar que función y conducta manifiesta no son sinónimos, puesto que con distintas conductas se
puede satisfacer una misma función. De modo que se deben distinguir distintos niveles en esta conceptualización
de Wakefield: conducta manifiesta (que sería la manifestación clínica del desorden mental), función, mecanismos
internos (físico-mentales) y por último el plano genético, dado que la propuesta es evolucionaria. Las distinciones
conceptuales y las relaciones de estos niveles complican enormemente la aparentemente sencilla tesis de
funciones mentales. La función natural mental como la presenta Wakefield viene a corresponder al `módulo
cognitivo' de la Psicología evolucionaria (ver módulo cognitivo y sus problemas en artículo sobre Psicología
evolucionaria).

Conducta normal y conducta patológica
Wakefield señala que en psiquiatría se distinguen conductas como: el duelo normal de la depresión patológica, la
conducta delincuente normal del desorden de la conducta, la criminalidad normal del desorden de personalidad
antisocial; el autor señala que todas estas conductas `normales', son también valoradas como dañinas y negativas
por los sujetos y la sociedad, pero a éstas, la clasificación de desórdenes mentales las considera normales, y a las
otras se las clasifica como patológicas, o anormales; Wakefield afirma que: "El criterio natural-de-función explica
estas distinciones." (1:153) Lo patológico es una alteración de una función natural, las conductas dañinas
normales, no lo son, aunque causen sufrimiento y pesar.
Para Wakefield, aún las funciones naturales diseñadas por la evolución pueden ser también negativas en el
ambiente del hombre actual, como son por ejemplo: la preferencia por las comidas ricas en grasas diseñada por la
evolución para asegurar calorías al hombre ancestral, que hoy en día puede conducir a la obesidad y a la muerte;
y la agresividad masculina, también diseñada por la evolución, y ahora considerada tal vez dañina. Pero para
Wakefield las funciones naturales son indispensables para distinguir la conducta normal de la patológica. Según
Wakefield, la teoría de la evolución darwiniana da el fundamento de las funciones naturales; escribe: "...esos
mecanismos que tuvieron efecto en el organismo, y que contribuyeron al éxito reproductivo del organismo
suficiente número de generaciones, aumentando su frecuencia, fueron `seleccionados naturalmente', y existen en
los organismos actuales." (1:152) Esto es, lo que se altera en los trastornos mentales son las funciones naturales
y los mecanismos que las sostienen --cualquiera que sean--que permitieron la sobrevida al hombre ancestral.
Paradójicamente gracias a la teoría de la evolución podemos saber lo que verdaderamente se perturba en los
desórdenes mentales, aunque las funciones propuestas sean en su mayoría pobremente dilucidadas y basadas en
distintos acercamientos teóricos, y los mecanismos subyacentes prácticamente desconocidos. La Psiquiatría
evolucionaria no aporta claridad ni solidez a la situación actual de la psiquiatría, presenta hipótesis como
evidencias y pretende fundamentarlos en otra hipótesis, la teoría de la evolución darwiniana. Es importante
recordar que el DSM trata precisamente de distanciarse de las elucubraciones teóricas reduccionistas de los
desórdenes mentales parar evitar el estrangulamiento teórico de la compleja especialidad de psiquiatría.

Normalidad mental
Cuando revisamos la lista de diagnósticos del DSM ­dice Wakefield-- encontramos que la mayoría reflejan una falla
de una función; así escribe el autor: "...los desórdenes psicóticos envuelven fallas en los procesos del pensamiento,
no trabajan como diseñados; los desórdenes de ansiedad envuelven fallas en la angustia y mecanismos
generadores del miedo, de trabajar como diseñados; los desórdenes depresivos envuelven fallas en los
mecanismos reguladores de la respuesta a una pérdida y de la tristeza..." (1:152) ....."la vasta mayoría de las
categorías [diagnósticas] están inspiradas por condiciones que aún una persona lega reconocería correctamente
como falla del funcionamiento diseñado, [etc.]."(1:152) En otras palabras, los desórdenes mentales indican que el
enfermo no está funcionando normalmente ­lo que no es ninguna novedad. Lo único nuevo que propone Wakefield
es que lo alterado ha sido diseñado por la evolución, por la ocurrencia de variaciones cernidas por la selección
natural para maximizar el potencial reproductivo del Homo sapiens, pero esta tesis no es una evidencia, es
simplemente una teoría, una teoría que como veremos más adelante enfrenta serios desafíos.
Depositar la normalidad del comportamiento del hombre en los principios de la evolución darwiniana genera serias
dificultades --además de estar dicha teoría en cuestión--, el problema más obvio es el determinismo evolutivo que
elimina la autentica libertad del ser humano y su responsabilidad frente a su conducta que son sin duda, muy
significativos en la teoría y en la práctica de la psiquiatría. Desde un punto de vista más simple y pragmático, si
aceptásemos la estrecha perspectiva darwiniana ­centrada en la reproducción (replicación), tendríamos que
reconocer que es complejo determinar y justificar con precisión las funciones naturales universales que han hecho
posible la reproductividad del hombre, sin caer en argumentos tautológicos, que nada agregan a lo ya sabido y a lo
por conocer. Argumentar que la investigación (particularmente los estudios transculturales) podrá identificar esas
funciones naturales evolutivas, tan necesarias para anclar en lo biológico la patología psiquiátrica y defender la
especialidad de los insensatos ataques de la antipsiquiatría, encuentra muchas dificultades, teóricas y prácticas,
como ya hemos visto en el artículo acerca de la Psicología evolucionaria; entre otras, una cierta circularidad,
puesto que las hipótesis de situaciones ancestrales son configuradas desde el funcionamiento del hombre actual,
una proyección del presente al pasado, y vuelta al presente con hipótesis explicativas (nótese, ya dos hipótesis
sucesivas) y señalar que el hombre no está funcionando bien, lo que ya es sabido de partida, como también, es
sabido y aceptado que algunas alteraciones médicas, incluyendo las psiquiátricas, son resultado, en parte, de las
condiciones de vida de la sociedad contemporánea. Recordamos una vez más, excluir del campo de la psiquiatría
las influencias de la cultura en la emergencia y modelación de la psicopatología, no hace justicia, ni a la realidad
de la especialidad, ni tampoco a la teoría de la evolución que no se limita a lo meramente biológico, sino que

también incluye lo cultural.
Sin embargo, la proposición de fijar el desorden mental en lo natural del funcionamiento del ser humano tiene
atractivo para aquellos profesionales que se incomodan con la flexibilidad necesaria e inevitable del trabajo con el
comportamiento humano, normal y anormal. El acercamiento evolucionario presenta un criterio aparentemente
seductor para resolver este problema, lo natural, lo normal, es aquel funcionamiento natural que ha sido
ineludiblemente cernido por la selección natural por maximizar la reproductividad de los individuos. Pero este
criterio propuesto por la perspectiva evolucionaria enfrenta, muchos supuestos e hipótesis, y, por sobre todo, una
estrechez en la concepción de la vida humana que constriñe indebidamente el desarrollo teórico y la práctica de la
psiquiatría. No obstante, este acercamiento evolucionario puede contribuir a la práctica de la especialidad,
señalando ciertas conductas propias del ser humano en su condición más primaria, aunque no sean interpretados
necesariamente como de origen evolutivo, según lo propone la tesis evolucionaria, ni se hayan gestado por
mecanismos darwinianos como se especula.
La definición de la normalidad en medicina es reconocida como compleja y multifactorial, y siempre implica, como
Wakefield mismo lo reconoce, un juicio de valores. Un reflejo de esta situación es el uso en la práctica clínica de la
psiquiatría, de la idea de enfermedad como un concepto abierto, sin pretensión de lograr una definición precisa y
definitiva. (9) Limitar el concepto de normalidad del hombre a una sola perspectiva teórica, como es la teoría de la
evolución darwiniana, restringe indebidamente la comprensión de la situación humana y del comportamiento de los
hombres, y no facilita la dinámica de la nosología psiquiátrica.

La psicopatología vista de la perspectiva evolucionaria
La perspectiva evolucionaria se ha aplicado a numerosas patologías de la clínica médica y psiquiátrica; pero no
todos los autores proponen un acercamiento unitario. Así tenemos a algunos psiquiatras evolucionarios que
piensan que patología psiquiátrica es el producto de funciones normales ancestrales no ajustadas ­no adaptadasa las condiciones ambientales contemporáneas, porque el medio ha cambiado aceleradamente por la influencia de
la cultura para que el trabajo evolutivo adapte al organismo a estos cambios. Por ejemplo, Randolph Nesse explica
que: "Las emociones evolucionaron porque ajustan al cuerpo a manejar situaciones que han ocurrido una y otra
vez por millones de años." Para Nesse las emociones del ser humano son producto de la evolución, adaptaciones
necesarias que ocurrieron una y otra vez por millones de años; para este autor "...ninguna emoción en general es
buena o mala, las emociones negativas como la angustia y la tristeza son tan útiles como las emociones positivas.
Las emociones son útiles si son expresadas en la situación para la que evolucionaron, de otro modo son
anormales." (2:160) Las emociones son entonces un mecanismo adaptativo, son necesarias y adecuadas en
relación a la situación específica que intentan resolver (básicamente las situaciones ancestrales). Nesse
ejemplifica: "Un ataque de pánico salva la vida si te persigue un león, pero en una situación romántica, el pánico
puede reducir severamente el éxito reproductivo." (2:160) Cabe comentar que si el ataque de pánico es realmente
un ataque de pánico con alteración del funcionamiento personal, y no sólo un susto proporcionado a la situación
sin pérdida de control funcional, el ataque de pánico puede ser una reacción nefasta frente a un león. Una
situación similar ocurre con otros estados de ansiedad. La angustia es según este autor, una emoción adaptativa
que se generó en los grupos humanos primitivos --fundamentalmente familias-- para fomentar los contactos
interpersonales, pero en el mundo actual, las condiciones de vida social han cambiado dramáticamente, las
personas trabajan y viven más bien aisladas, la sociedad tiende a apartar y quebrar los lazos interpersonales, por
lo que se hace comprensible ­desde el punto de vista evolutivo--la gran prevalencia de desórdenes de ansiedad en
la sociedad contemporánea; la ansiedad como resultado del alejamiento de las relaciones interpersonales.
Otros autores como Stevens & Price, no coinciden con la perspectiva de Wakefield, pero no se alejan radicalmente
de élla. Estos autores son de la opinión que la selección natural nos ha dotado de predisposiciones arquetípicas
que en los contextos apropiados van a generar conductas que promoverán el potencial inclusivo (inclusive fitness),
esto es, la transmisión de genes del propio grupo, aunque el individuo pueda perder potencial reproductivo
(reproductive fitness), realizando conductas autodestructivas en servicio de los demás. Estos autores subscriben a
la idea que este principio de potencial inclusivo es la fuente del desarrollo de la conducta social del ser humano, de
modo que: "La búsqueda de metas biosociales tiene la consecuencia inconsciente de facilitar el potencial inclusivo,
mientras que el fracaso en el logro de estas metas puede ciertamente resultar en alteración mental" (4:14) Es
oportuno recordar lo que ya se ha comentado en artículos anteriores, en esta interpretación del principio
darwiniano de la selección natural, el `objeto' de selección son los genes que operan ciegamente en la prosecución
de replicación; difícilmente se puede sostener que esta aproximación evolutiva genere principios éticos con los
valores fundamentales de nuestra civilización para constituir la sociedad humana como la conocemos.
Las guías (arquetipos, módulos, funciones) o mentalidades como las denomina Stevens & Price, para la realización
de estas metas biosociales han sido inscritas en el cerebro del hombre por la selección natural. El número y las
características de estas guías no han sido aún determinadas, pero, según estos autores, involucran percepción de
sentido, elección de estrategias adaptativas e implementación de roles sociales apropiados; el individuo adopta los

"temas innatos e improvisa variaciones.... "de estas predisposiciones arquetípicas (4:26-29). (Ya vimos en el
artículo de Psicología evolucionaria las dificultades conceptuales y científicas que implica esta proposición de
módulos o arquetipos.)
Para Stevens & Price: "Todos los síndromes psiquiátricos mayores pueden ser concebidos como expresiones
inapropiadas de predisposiciones referentes a conducta adaptativa en los dominios de membresía en el grupo,
exclusión del grupo y apareamiento." (4:29) Los síntomas psiquiátricos son reacciones exageradas y persistentes
al ocurrir la frustración de los arquetipos. Sin embargo, no todo el mundo experimenta patología psiquiátrica en el
ambiente contemporáneo, diferente al ambiente ancestral. Esta dificultad la aborda esta perspectiva de la
psiquiatría evolucionaria, recurriendo a la tesis que propone múltiples variaciones genéticas de estrategias
adaptativas, rasgos de personalidad, uso de estrategias defensivas para evitar o minimizar las frustraciones de los
arquetipos, mantención de la homeostasis social, etc. Stevens & Price sostienen que la teoría que engloba todas
estas variaciones es la teoría de la selección sexual: "...que mantiene en cada generación por los últimos 300
millones de años, la población estratificada por la competencia social en aquellos que son exitosos y los que no lo
son. Examinando las estrategias conductuales de los que fallan nos movemos al reino de la psicopatología." (4:43)
El grado de complejidad que agregan estas variaciones para acomodar los problemas psicopatológicos a la teoría
propuesta es mayúsculo; un abundante menú de posibilidades evolucionarias para escoger explicaciones que
calcen a los casos psiquiátricos particulares. Esta situación recuerda los epiciclos creados por Ptolomeo para
sostener una tesis errada. El recurso a la selección sexual como mecanismo central que ilumine y controle el
proceso biosocial desde la distancia, no sólo reduce y empobrece la expresión psicosocial humana, sino que no
ayuda a esclarecer los específicos de la clínica psiquiátrica con conexión convincente con la teoría de la evolución.
Para el propósito de este trabajo sólo nos limitaremos a revisar muy someramente dos patologías centrales en la
práctica de la psiquiatría: la esquizofrenia y la depresión.

Esquizofrenia
La esquizofrenia es una enfermedad que desbasta dramáticamente el funcionamiento personal y social del paciente
con evidente disminución de su sobrevivencia y de su capacidad reproductiva (7). Estas características debieran
haber conducido a la desaparición de la enfermedad, según la ley de selección natural. Sin embargo, la
esquizofrenia ha acompañado indómita a la humanidad por un largo periodo de tiempo, constituyendo un
verdadero desafío a la teoría evolutiva darwiniana.
Se han intentado numerosas explicaciones para resolver la dificultad que presenta la esquizofrenia a los principios
evolutivos. Una corriente de pensamiento evolucionista propone que la persistencia de la enfermedad refleja la
presencia de un genoma, que no sólo condiciona el desencadenamiento de la esquizofrenia, sino que también
otorga beneficios de sobrevivencia a sus portadores. Entre estos beneficios se han propuesto: resistencia a
alergias e infecciones para los pacientes, e inteligencia elevada, creatividad, habilidades lingüísticas para los
parientes de esquizofrénicos, lo que supuestamente incrementa la `atracción' (sexual) de los beneficiados, con
incremento de su potencial reproductivo. (Beneficios producto de una heterozigoticidad de los genes responsables
de la esquizofrenia.) Pero las investigaciones han fallado en confirmar las ventajas evolutivas para los enfermos, y
tampoco son claras las bondades artísticas para sus parientes. (8:3-5. 9. 10. 11)
Pero los esfuerzos de los evolucionistas por encontrar ventajas evolutivas a la devastadora enfermedad no ceden
fácilmente. Hay otras hipótesis, y en este sentido debe mencionarse a Stevens y Price (4:147-151) que proponen
la hipótesis de la `división de grupos de la esquizofrenia'. Para estos autores el carácter esquizoide (esquizotípico),
considerado una expresión heterozigótica del genoma esquizofrénico, tendría especial relevancia en los líderes
políticos y religiosos (Adolfo Hitler, Juana de Arco, etc.); estos autores opinan que: "...La personalidad
esquizotípica tiene la capacidad de crear una nueva comunidad, con una nueva visión del mundo..." (4:158) Estos
líderes esquizoide provocarían la división de los grandes grupos humanos que han agotado sus recursos,
favoreciendo ­evolutivamente-- la sobrevivencia de grupos menores, además de esparcir a los seres humanos en
regiones más amplias y con nuevas posibilidades de subsistencia. El fundamento de esta hipótesis es, en el mejor
de los casos, particularmente especulativo.
Una dirección distinta en las explicaciones de la problemática que presenta la esquizofrenia para la evolución
darwiniana, es simplemente considerar la enfermedad como un producto colateral desventajoso del proceso
evolutivo del ser humano. Las hipótesis presentadas en este sentido varían, unas postulan variaciones en las
conexiones cerebrales, que serían el fundamento de las habilidades sociales del ser humano; otras hipótesis
proponen alteraciones secundarias de la lateralidad cerebral (detención del desarrollo), que es la base del
desenvolvimiento de la inteligencia y del lenguaje del hombre; esta lateralización aparece con la especiación del
Homo sapiens. (12) Estas hipótesis enfrentan dificultades, o en la genética que soporta las variaciones
interconectivas cerebrales, o simplemente en la falta de evidencia apropiada en los problemas de la lateralidad
cerebral, ya que los problemas más notorios del paciente esquizofrénico son en la conducta social y el

funcionamiento ejecutivo, más que en la sintaxis del lenguaje. La hipótesis de la esquizofrenia como alteraciones
de la lateralidad cerebral tropieza además, con dificultades con la teoría de la evolución que no acepta la aparición
brusca de la especiación humana, sino la gradación evolutiva del lenguaje y del hombre en su totalidad. (Incluso
pareciera que los primates presentan conductas protopsicóticas). (8:6-7. 13)
Las hipótesis evolucionarias no sólo son poco plausibles, sino que no cuentan con la evidencia para explicar la
resistencia de la esquizofrenia a la presión de la selección natural. En general se tiende a aceptar la enfermedad
como subproducto negativo del proceso evolutivo que ha permitido el progresivo funcionamiento social del ser
humano. En otras palabras, la selección natural ha escogido una adaptación con muchas ventajas para el ser
humano, pero no una adaptación perfecta, sino que con serias fallas como es la esquizofrenia; al parecer fue la
única variación espontánea (mutación genética) ofrecida por la naturaleza a la selección natural. (14)

Depresión
Hagen (5) piensa que la hipótesis evolucionaria de la `depresión menor' mejor aceptada y supuestamente
empíricamente apoyada es la que la caracteriza como una señal a circunstancias que, en las condiciones
ancestrales de nuestros antepasados, imponían un costo en la capacidad de sobrevivencia y reproducción; una
reacción análoga al dolor físico. Hagen lo explica así: "...el dolor psicológico informa a los individuos que su
estrategia social actual o circunstancias están imponiéndole un costo en su capacidad reproductiva [fitness],
motivándoles a cesar las actividades que exacerban este costo, como también evitar situaciones similares en el
futuro..."... "tales actividades incluyen, muerte de hijos y parientes, pérdida de status, perdida de pareja." (5:102)

Hagen considera que la depresión mayor con síntomas que impactan seriamente el interés y la actividad
productiva del individuo, con suicidalidad y con un curso prolongado no puede ser entendida adecuadamente con
la hipótesis de dolor psicológico. Para Hagen, la `depresión mayor' se puede interpretar como una estrategia -sancionada por la selección natural-- que permite a los miembros más débiles de las comunidades humanas
ancestrales (mujeres, por ejemplo), conseguir beneficios que de otra manera les son negados por los miembros
más fuertes, abusivos o indiferentes del grupo; la depresión mayor con la pérdida de productividad y, por tanto de
beneficios para otros, puede considerarse como una "huelga laboral", como una estrategia de `regateo': "...
suspender beneficios para obligar cambios en otros." (5:97) Hagen explica su hipótesis: "Argumento que los
síntomas costosos de la depresión tienen una función, y que esa función es imponer costos eficientemente sobre
otros miembros del grupo, suspendiendo beneficios importantes, indicándoles claramente que se está, sufriendo
costos, y obligándoles a proveer asistencia o realizar cambios."......."de acuerdo a esta perspectiva, la depresión es
una estrategia (inconsciente) de manipulación social." (5:100) De acuerdo a Hagen, esta hipótesis explica hasta la
suicidalidad del depresivo; el suicidio significa la eliminación total de los beneficios que aporta el depresivo al
grupo, una pérdida considerable para la sobrevivencia y reproductividad de la comunidad primitiva. Las amenazas
de suicidio, y los intentos de suicidio son advertencias a las que responden los demás, y el suicidio completo es el
precio pagado para mantener la credibilidad de estas amenazas; Hagen explica: "Una estrategia de señal/regateo
pudo evolucionar si envolvió advertencias de antemano a los otros (permitiendo responder a las necesidades de la
persona suicida), si la tasa de amenazas es más alta que la tasa de intentos, y si la tasa de intentos fueron
mayores que la tasa de suicidio completo. Y, en estas circunstancias, el promedio de beneficios recibidos en
muchas generaciones por esta estrategia, por los genes codificadores --cuando los miembros del grupo fueron
influidos exitosamente--, pudo exceder el término medio del costo sufrido por esos genes cuando los intentos de
suicidio fueron exitosos." (5:113).

En esta hipótesis del regateo el elemento que determina la dinámica del proceso evolutivo es el costo envuelto, un
costo que se mide en términos de capacidad de reproducción [fitness] de los individuos, pero en última instancia ­
como lo explicita Hagen en la situación del suicidio se trata de la persistencia y reproductividad de los genes; en
otras palabras, el regateo no envuelve a los individuos que inconscientemente expresan sus necesidades, sino que
son los genes expresándose en conductas concretas de los seres humanos; una perspectiva nada de alentadora
para los que piensan que el hombre es una criatura que goza de libertad y de responsabilidad de su pensar y sus
acciones.
Hagen considera que las condiciones que se suponen existieron en las comunidades primitivas, con estrecha
interrelación y fuertes estructuras de poder jerárquico en familias y grupos, con imposición de contratos sociales
(arreglos matrimoniales, por ejemplo) y conflictos de intereses, fueron propicias para el desarrollo de esta
estrategia indirecta de reivindicación. Esta visión del ambiente ancestral de Hagen no parece corresponder con la

visión presentada por Stevens & Price, más propicia para posibilitar la evoluci¬ón de funciones o arquetipos
básicos de la mejor convivencia y funcionamiento humano.
Hagen piensa que los conocimientos que se tienen acerca de las depresiones mayores, y las investigaciones
pertinentes realizadas, confirman que la depresión es una adaptación desencadenada por costos sociales para
movilizar el interés de otros y gestar cambios beneficiosos para los miembros afectados, que por sus condiciones
de debilidad de poder social, no pueden recurrir a la persuasión, ni a la agresividad para lograr lo que necesitan
(por ejemplo el estado de ansiedad persistente que acompaña a la depresión mayor es para este autor, muestra
de conflicto entre el deprimido y los miembros poderosos del grupo que coartan al débil). Sin embargo, Hagen
termina este capítulo, reconociendo que: "...se requerirán estudios longitudinales detallados para determinar
adecuadamente si la depresión puede, en efecto, causar finalmente cambios de circunstancias sociales
significativamente beneficiosas, o podría haberlo hecho en el EEA [ambiente ancestral]." (5:119) La confirmación a
la que Hagen se refiere se debe tomar con cautela, ya que en su mayoría envuelve trabajos y estudios realizados
en el presente, lo que inevitablemente implica influencia cultural (incluyendo creencias míticas y religiosas de los
distintos pueblos en los que se realicen las investigaciones) en los valores y en el estilo de las relaciones
interpersonales, por lo que la situación de los pueblos actuales no es la misma que la del pleistoceno. De manera
que cualquier proyección de resultados de investigaciones actuales, a situaciones sociales ancestrales es muy difícil
y limitada como para probar la hipótesis del regateo en la depresión mayor. Esta hipótesis es considerablemente
especulativa, además de envolver un mayúsculo reduccionismo etiológico de la depresión mayor.
Es interesante y paradójico notar que para Hagen la depresión mayor es una adaptación sancionada positivamente
por la selección natural y, por tanto, no se trata de una enfermedad mental propiamente tal, sino de un proceso
evolutivo `normal'; el autor afirma explícitamente: "...la conceptualización Occidental de la depresión como una
enfermedad mental es claramente errónea." (5:119) Esta concepción evolucionaria de la depresión mayor ­una
enfermedad mental indiscutible en el DSM y en la práctica de la psiquiatría--es opuesta a la concepción
evolucionaria de Wakefield (1), para quien los desórdenes mentales son alteraciones de funciones naturales, esto
es, de adaptaciones evolutivas de resolución de problemas.

Conclusión
Como en otras áreas de la vida humana en las que se intentan aplicar los principios de la evolución darwiniana, en
psiquiatría nos encontramos también, con teorías evolucionarias dispares y, a veces incluso incompatibles entre sí.
Estas disparidades las hemos notado claramente en la exposición anterior, pero se hacen aún más intensas y con
gran potencial de controversia en las explicaciones evolucionarias de la homosexualidad, violación, agresión
masculina, etc., temas fuertemente cargados de valores contrastantes y polémicos. Las limitaciones que muestran
estos acercamientos evolutivos a la conducta normal y anormal del ser humano, no permite considerarlos como
una solución teórica significativa en el campo de la psicología y psiquiatría, teórica y práctica. Esto no significa que
la teoría evolucionaria no ofrezca algunas observaciones y perspectivas interesantes que aporten elementos para
enriquecer la comprensión de la complejidad de la conducta del hombre; se podría agregar, que la psiquiatría
evolucionaria nos recuerda que no se debe medicalizar excesivamente la vida humana, hay emociones y
reacciones que no son necesariamente patológicas, sino simplemente reacciones adecuadas a situaciones difíciles.
La teoría de la evolución darwiniana no encuentra apoyo especial en estas tesis evolucionarias de la psicología y
psiquiatría, para afirmar la capacidad de explicar las distintas expresiones de la conducta del hombre; sino más
bien, todas estas teorías evolucionarias que hemos revisado en este artículo y en los anteriores, ganan una
aparente firmeza, utilizando el prestigio de la teoría de la evolución darwiniana que se presenta ­como ya lo
hemos indicado repetidamente- como un hecho dado, como una verdad científica incontestable en la que se
pueden, y deben, fundamentar la ciencia biológica y los estudios de la conducta de los seres humanos.
Es necesario aclarar que los seres humanos están sin duda dotados de ciertas características básicas morfológicas,
funcionales y psicológicas similares (digo similares, para dar cabida a variaciones no esenciales) que son
importantes intentar dilucidar, para una mejor comprensión de sus pulsiones y capacidades, y evaluar
apropiadamente los efectos de su evolución cultural. También resulta evidente que el hombre ha, y está sometido
a diferentes medios físico/culturales que imponen diferentes requerimientos a su constitución, lo que es importante
conocer para estudiar los efectos de estas circunstancias ambientales en su comportamiento normal y patológico
(físico y psicosocial). Ahora, agregar a las `funciones mentales' del hombre actual, estudiadas por la medicina y
psicología (explicaciones próximas), un origen evolutivo de carácter darwiniano (explicaciones distantes o
evolucionarias) o, intentar definir estas funciones mentales en base a argumentos evolutivos es un paso teórico
especulativo y controversial, más ahora en la actualidad que se señalan, de distintos ángulos, las limitaciones del
darwinismo. Sin embargo, algunas proposiciones de la psiquiatría evolucionaria son de interés y pueden ser
sometidas a investigación para comprobar su relevancia.
Pensar que nuestros antepasados del pleistoceno estaban genéticamente adaptados ­o muy adaptados- al medio

natural, constituye una afirmación abierta a controversia y es un supuesto difícil de comprobar. Además, implica
un curioso estado de armonía biológica del hombre con el medio en los albores de la especie homo sapiens ­, una
situación que puede considerarse casi idílica--, sin enfermedades secundarias a noxas químicas, sin alteraciones
metabólicas desencadenadas por alimentación aberrante, sin ataques de pánico, ni fobias, productos todas, como
muchas de las enfermedades modernas particularmente las psiquiátricas, del desfase ambiental/genético generado
por el acelerado avance cultural y tecnológico;. Una época en la que la biología del hombre estaba en concordancia
con el ambiente ancestral, perturbado sólo por las infecciones, los traumas y tal vez la desnutrición; un periodo en
los que la selección natural seleccionó arquetipos básicos (funciones, módulos) de la condición humana, entre los
que se encuentran las que impulsan los lazos familiares y el amor, la culpa y la vergüenza por quebrar las normas
del grupo, etc., módulos que si se frustran por las circunstancias del hombre actual conducen a perturbaciones
mentales. (4:21-24) Lo curioso e irónico es que los proponentes de esta tesis reconocen que la vida ancestral era
dura, brutal y corta, pero al mismo tiempo, como lo explica Stevens & Price: "El estudio del EEA [ambiente
ancestral] no es importante por proveer un ejemplo de Paraíso Perdido, sino porque establece el tipo de medio
social que nuestras predisposiciones evolucionadas nos han equipado para habitar. " (4:38) Esto implica que, si
bien es cierto el medio natural era brutal e inclemente, las condiciones de vida social paleolítica fueron propicias
para seleccionar esos módulos básicos del ser humano; pero francamente resulta extremadamente difícil imaginar
que esas comunidades primitivas funcionaron socialmente de tal modo que permitieron el desarrollo de las
funciones (arquetipos, módulos, mentalidades) básicas ideales de la normalidad psíquica que propone la psiquiatría
evolucionaria. Me parece imposible concebir comunidades humanas, de cualquier tamaño, en cualquier parte y en
cualquier tiempo, sin envidia, abuso, celos, injusticia; en una palabra, sin los vicios que acompañan al hombre
desde que el hombre es hombre, en su peregrinaci¬ón histórica; vicios que son fuente de desarmonía, stress y
sufrimiento.
La armonía biológica (y mental) del hombre ancestral con su ambiente juega un papel central para una buena
parte de la psiquiatría evolucionaria. El conocimiento de condiciones del ambiente evolucionario adaptativo
(ambiente ancestral), escriben Steven & Price: "...servirá para generar hipótesis referentes a las características
ambientales necesarias para el desarrollo normal, y la prevención y tratamiento de los desórdenes
mentales." (4:10) Estos mismos autores sostienen que un modelo, y principio, de la psicopatología es:... "la salud
mental depende de la disponibilidad de ambientes físicos y sociales capaces de satisfacer las necesidades
arquetípicas del individuo en desarrollo; la psicopatología puede emerger cuando estas necesidades son
frustradas." (4:31,34-35). Ilustra este modo de pensar en medicina la cita de Eaton y cols.: "A través de casi toda
la evolución humana, la adaptación genética estuvo estrechamente acoplada con las alteraciones ambientales.
Ahora, sin embargo, los cambios culturales suceden muy rápidamente como para que la acomodación genética
siga sus pasos. Todavía portamos genes que fueron seleccionados por su utilidad en el pasado, pero en las nuevas
circunstancias de la vida contemporánea confieren aumento de la susceptibilidad a las enfermedades
crónicas." (15:115) Este cuadro de hombre-adaptado-en-el-pleistoceno como modelo de `normalidad' biológica,
incluyendo la mental, es una proposición teórica con muchas interrogantes; adoptar este modelo en medicina
puede perturbar el análisis y la investigación de la patología.

Precipitarse en adoptar el paradigma darwiniano para salvar la débil posición `científica' de la psiquiatría, además
de incurrir en un reduccionismo inaceptable, genera la proliferación de constructos, de `arquetipos de
conducta' (funciones, arquetipos, módulos), sancionados positivamente por la selección natural, que funcionarían
como unidades naturales expresando la normalidad evolutiva y `científica' del hombre, presentados con
pretensiones de objetividad normativa cuando s¬ólo son productos de la especulación teórica inspirada en el
paradigma darwiniano.
Reconocer la situación básica de la condición del ser humano en la tierra, no obliga a adscribir automática y
necesariamente a las explicaciones de la Teoría de la evolución darwiniana, así se introduce una perspectiva
teórica que puede distorsionar el estudio y la comprensión de los fenómenos observados. Como ejemplo de esta
situación se puede citar la afirmación evolucionista que los osos polares son blancos, porque cazan más focas que
los marrones (16:4) y eso ha favorecido su potencial reproductivo y ha sido sancionado positivamente por la
selección natural. Esta afirmación, además de ser un reduccionismo flagrante, impregna de sentido evolutivo una
observación actual; en otras palabras, se carga la observación de un estado de hecho, con una interpretación
teórica acerca de su origen, utilizando la teoría de la evolución darwiniana. Hay que tener presente que el
pensamiento evolucionario es en buenas cuentas, una `historia de creación', y para algunas perspectivas de la
psiquiatría evolucionaria, con incluso un jardín casi paradisíaco (las sabanas del África del pleistoceno) --si no
fuera por la brutalidad del ambiente natural--, una narración que intenta explicar el mundo fenoménico, el mundo
que se nos presenta integrado y funcionando.
Como ya hemos visto en el curso de estos artículos, la teoría de la evolución darwiniana propone una concepción
evolutiva total de los seres orgánicos, siguiendo los principios básicos de: ocurrencia de variaciones espontáneas
(mutaciones genéticas), y selección natural. Cuando se invocan estos principios para comprender la conducta
humana en general y en psicología y psiquiatría en particular, aparecen variadas incongruencias e inconsistencias

conceptuales en las explicaciones, y la estrechez de la teoría se hace notoria frente a la riqueza y la complejidad
de la conducta del hombre en su interacción consigo mismo y con su ambiente. Además, la teoría no deja cabida a
dimensiones esencialmente humanas, como son la libertad y la responsabilidad de la conducta voluntaria, y no
puede justificar valores éticos fundamentales respetados por nuestra civilización, sin los cuales no se puede
comprender apropiadamente el comportamiento humano, `normal', ni `anormal' como lo hacemos en nuestras
sociedades.
Las aplicaciones de los principios básicos de la Teoría de la evolución a la conducta del hombre, muestran las
limitaciones de un enfoque mecanicista y reduccionista, incapaces de dar cuenta satisfactoria de la vida humana.
Para una teoría que se presenta como global para todos los seres orgánicos, incluido el ser humano, esta
deficiencia reduce dramáticamente su poder explicativo científico basado en evidencias, y si se usan y fuerzan sus
argumentos para estos fines, la teoría abandona el terreno científico y se transforma en una ideología, en una
filosofía evolucionista. Estas limitaciones de la teoría de la evolución indican la necesidad de recurrir a otros
acercamientos teóricos, y a perspectivas de entendimiento diferentes de los orígenes del hombre.

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