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Atención centrada en la persona en residencias de salud mental

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Noticia | Fecha de publicación: 31/03/2026
Artículo revisado por nuestra redacción

Autora del contenido: Elsa Pereda, neuropsicóloga. Directora del centro Colisée San Blas, especializado en salud mental. La Atención Centrada en la Persona en residencias de salud mental: cambio de perfil y retos en la intervención asistencial En las últimas décadas, los recursos residenciales en el ámbito de la salud mental han experimentado ...

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Autora del contenido: Elsa Pereda, neuropsicóloga. Directora del centro Colisée San Blas, especializado en salud mental.


La Atención Centrada en la Persona en residencias de salud mental: cambio de perfil y retos en la intervención asistencial



En las últimas décadas, los recursos residenciales en el ámbito de la salud mental han experimentado una transformación significativa tanto en su enfoque asistencial como en el perfil de las personas usuarias. Tradicionalmente, estos dispositivos estaban orientados principalmente a la atención de personas con trastornos mentales graves de larga evolución, con trayectorias marcadas por la institucionalización prolongada y elevados niveles de dependencia (Rodríguez, 2002).



Sin embargo, en la actualidad se observa una progresiva diversificación de los perfiles atendidos, incorporándose cada vez con mayor frecuencia personas jóvenes, con problemáticas asociadas al consumo de sustancias, trayectorias vitales interrumpidas y expectativas reales de reintegración social y laboral (Arias et al., 2013; Gómez-Sánchez-Lafuente et al., 2022; Ministerio de Sanidad, 2023).



Este cambio obliga a replantear los modelos de intervención en los recursos residenciales. Frente a enfoques centrados tradicionalmente en la contención clínica o en el mantenimiento de la estabilidad institucional, emerge la necesidad de promover intervenciones orientadas hacia la recuperación, la autonomía y la inclusión social, situando a la persona en el centro del proceso asistencial (Anthony, 1993; De León, 2000; World Health Organization, 2013).



Cambio de perfil en los recursos residenciales de salud mental



Diversos estudios evidencian una creciente complejidad en los perfiles de las personas atendidas en los dispositivos de salud mental. Uno de los fenómenos más relevantes es el aumento de los casos de patología dual, entendida como la coexistencia de un trastorno mental y un trastorno por uso de sustancias (Medina-Mora,2005).



Un estudio realizado en redes asistenciales de salud mental y drogodependencias en la Comunidad de Madrid identificó que el 61,8 % de los pacientes evaluados presentaban patología dual, lo que refleja la elevada interrelación entre trastornos mentales y consumo de sustancias en los dispositivos asistenciales (Arias et al., 2013).



Esta realidad también ha sido confirmada por investigaciones posteriores que analizan la evolución de las hospitalizaciones psiquiátricas en España, donde se observa una presencia significativa de trastornos por consumo de sustancias entre las personas con diagnóstico psiquiátrico, asociándose además a mayor complejidad clínica y dificultades en la adherencia terapéutica (Gómez-Sánchez-Lafuente et al., 2022).



Además, los datos epidemiológicos reflejan un incremento de los problemas de salud mental entre población joven. Según el Informe Anual del Sistema Nacional de Salud, los trastornos de ansiedad constituyen el problema de salud mental más frecuente en personas menores de 25 años, con una prevalencia creciente en los últimos años (Ministerio de Sanidad, 2023).



Estos datos reflejan un cambio significativo en los perfiles atendidos: personas relativamente jóvenes, con trayectorias vitales aún abiertas y con potencial de recuperación funcional, social y laboral (Proyecto Hombre, 2025; Vilsaint et al., 2025).



Implicaciones para el modelo asistencial



Este cambio de perfil tiene importantes implicaciones para la organización y el enfoque de los recursos residenciales. Mientras que los modelos tradicionales estaban orientados principalmente a la atención de personas con elevada dependencia funcional o deterioro psicosocial crónico (Rodríguez, 2002), los perfiles actuales requieren intervenciones que faciliten procesos de recuperación personal, reintegración comunitaria y desarrollo de proyectos vitales (Anthony, 1993; De León, 2000).



En este sentido, los recursos residenciales deben evolucionar desde modelos centrados en la gestión de la vida cotidiana hacia dispositivos que promuevan la reconstrucción del proyecto vital, el desarrollo de competencias personales y sociales, el acceso a formación y empleo, la participación comunitaria y el fortalecimiento de redes sociales y familiares (World Health Organization, 2013).



El concepto de recuperación en salud mental se refiere precisamente a este proceso mediante el cual las personas desarrollan una vida significativa y satisfactoria más allá de la presencia del trastorno mental (Anthony, 1993).



¿Qué pasa en recursos de Mini residencias con este tipo de perfiles?



Las mini-residencias en salud mental están concebidas como recursos residenciales de apoyo dirigidos a personas con trastorno mental grave que requieren acompañamiento en su proceso de recuperación y desarrollo de autonomía. Algunos centros de salud mental en Madrid han desarrollado modelos de intervención específicamente orientados a este perfil, combinando estructura normativa con acompañamiento terapéutico individualizado. En términos generales, estos dispositivos no están diseñados para la atención de personas con consumo activo de sustancias, ya que dicho perfil suele requerir intervenciones especializadas propias de los recursos de tratamiento de adicciones o de dispositivos específicos de patología dual (Medina-Mora, 2005).



Por este motivo, en los procesos de derivación a mini-residencias suele contemplarse la exclusión de perfiles con consumo activo o con dificultades graves de control de impulsos relacionadas con sustancias, con el objetivo de preservar un entorno residencial estable y seguro para el conjunto de las personas residentes (Rodríguez, 2002).



Sin embargo, la práctica asistencial muestra que, incluso en contextos donde el consumo está formalmente excluido, pueden aparecer conductas de consumo encubiertas o puntuales, especialmente en un contexto donde el perfil de las personas usuarias se ha diversificado y donde cada vez es más frecuente la presencia de antecedentes de consumo o situaciones de vulnerabilidad asociadas a patología dual (Arias et al., 2013; Gómez-Sánchez-Lafuente et al., 2022).



En muchos casos, estas conductas no se manifiestan de forma abierta ni continuada, sino que aparecen de manera intermitente o en contextos externos al propio recurso residencial. Esto genera una situación compleja para los equipos profesionales, que deben gestionar estas situaciones sin que ello implique normalizar o aceptar el consumo dentro del dispositivo (Proyecto Hombre, 2025).



Desde esta perspectiva, la intervención debe combinar dos dimensiones fundamentales:





  • El mantenimiento de normas claras de convivencia, que establezcan la incompatibilidad del consumo con el funcionamiento del recurso residencial (Rodríguez, 2002).





  • El acompañamiento terapéutico orientado a comprender y abordar las conductas de consumo cuando estas aparecen (Anthony, 1993; De León, 2000).





La Atención Centrada en la Persona como marco de intervención



La Atención Centrada en la Persona (ACP) se presenta como un marco teórico y metodológico adecuado para responder a las nuevas necesidades emergentes en los recursos residenciales (World Health Organization, 2013).



Este enfoque propone desplazar el foco desde la organización del servicio hacia las necesidades, preferencias y objetivos vitales de cada persona. En lugar de diseñar intervenciones estandarizadas, la ACP promueve la elaboración de planes de apoyo individualizados, construidos a partir de la historia de vida, los intereses y las aspiraciones de la persona (Anthony, 1993). Así lo aplican, por ejemplo, las residencias para personas con problemas de salud mental que trabajan bajo este modelo, donde el plan de intervención se construye con la persona y no para la persona.



Este modelo resulta especialmente relevante para las personas jóvenes que acceden a recursos residenciales, ya que su proceso de intervención no debe orientarse únicamente a la estabilidad clínica, sino también a la construcción de un proyecto vital autónomo (De León, 2000).



La implementación efectiva de modelos centrados en la persona requiere también una transformación en el rol de los profesionales que trabajan en los recursos residenciales (World Health Organization, 2013).



Los equipos profesionales deben adoptar una función orientada al acompañamiento en procesos de cambio, facilitando la participación activa de las personas usuarias en la planificación de sus objetivos personales. Asimismo, la creciente complejidad de los perfiles atendidos, marcada por la comorbilidad entre salud mental y consumo de sustancias, exige el desarrollo de competencias específicas (Medina-Mora, 2005).



En este sentido, la formación continua de los profesionales se convierte en un elemento clave para garantizar intervenciones eficaces y adaptadas a las nuevas realidades asistenciales (Proyecto Hombre, 2025; Vilsaint et al., 2025).



Uno de los principales desafíos para los equipos profesionales consiste en mantener un equilibrio entre la necesidad de preservar el marco normativo del recurso y la obligación ética de acompañar a las personas en procesos de recuperación que no siempre son lineales (Rodríguez, 2002; Anthony, 1993).



Reconocer la existencia de conductas de consumo no implica legitimarlas dentro del funcionamiento del recurso, sino asumir la complejidad de las trayectorias personales y desarrollar estrategias que permitan abordarlas de forma constructiva (Gómez-Sánchez-Lafuente et al., 2022).



En este sentido, las mini-residencias deben mantener una posición clara respecto a la incompatibilidad del consumo con la convivencia residencial, al mismo tiempo que ofrecen apoyo profesional para abordar las dificultades que puedan surgir durante el proceso de recuperación (Rodríguez, 2002; Medina-Mora, 2005).



Reconocer la existencia de conductas de consumo no implica legitimarlas dentro del funcionamiento del recurso, sino asumir la complejidad de las trayectorias personales y desarrollar estrategias que permitan abordarlas de forma constructiva.



En este sentido, las mini-residencias deben mantener una posición clara respecto a la incompatibilidad del consumo con la convivencia residencial, al mismo tiempo que ofrecen apoyo profesional para abordar las dificultades que puedan surgir durante el proceso de recuperación.



Uno de los debates emergentes en el ámbito de la salud mental comunitaria se sitúa en la tensión existente entre el marco normativo que regula el funcionamiento de los recursos residenciales y los principios del modelo de recuperación. Mientras que los dispositivos residenciales deben garantizar condiciones de convivencia seguras y estables, el modelo de recuperación plantea la necesidad de acompañar procesos personales que no siempre se desarrollan de forma lineal.



Las mini-residencias operan necesariamente bajo normas de funcionamiento que buscan preservar la seguridad del entorno, la estabilidad del grupo y el adecuado desarrollo de los procesos terapéuticos. En este sentido, la prohibición del consumo de sustancias forma parte de un marco regulador básico orientado a proteger el bienestar del conjunto de las personas residentes.



Sin embargo, el modelo contemporáneo de atención en salud mental reconoce que los procesos de recuperación implican con frecuencia trayectorias complejas, con avances, retrocesos y momentos de ambivalencia, especialmente en personas jóvenes con antecedentes de consumo o situaciones de vulnerabilidad psicosocial.



Esta realidad obliga a los equipos profesionales a desarrollar prácticas que permitan sostener simultáneamente dos dimensiones que pueden parecer contradictorias: por un lado, el mantenimiento de normas claras que estructuren la convivencia residencial y, por otro, la capacidad de acompañar procesos personales desde una perspectiva comprensiva y orientada al cambio.



La resolución de esta tensión no pasa por flexibilizar indiscriminadamente las normas del recurso ni por adoptar enfoques exclusivamente sancionadores ante situaciones de incumplimiento. Más bien requiere la construcción de modelos de intervención equilibrados, donde las normas se mantengan como elementos estructurantes del entorno residencial, pero donde las respuestas profesionales ante las dificultades de las personas residentes incorporen estrategias terapéuticas, educativas y motivacionales.



En este sentido, el papel de los equipos profesionales resulta fundamental. La capacidad para interpretar las conductas de consumo dentro de procesos personales más amplios, la coordinación con recursos especializados y la revisión continua de los planes de intervención constituyen herramientas clave para gestionar estas situaciones sin perder de vista los objetivos de recuperación y autonomía.



Desde esta perspectiva, las mini-residencias pueden consolidarse como espacios de apoyo significativo en los procesos de recuperación, siempre que sean capaces de integrar el equilibrio entre estructura normativa, acompañamiento terapéutico y promoción de proyectos de vida autónomos.



Estamos ante un debate cada vez más frecuente y necesario del que no hay una respuesta sencilla ni estandarizada. De momento, el trabajo desde un modelo individualizado y adaptado, parece ser la lógica y camino adecuado.



Los recursos residenciales en salud mental se enfrentan actualmente a un proceso de transformación derivado del cambio en el perfil de las personas atendidas. La creciente presencia de personas jóvenes, con problemáticas asociadas al consumo de sustancias y con posibilidades reales de reintegración social y laboral, exige revisar los modelos tradicionales de intervención.



En este contexto, la Atención Centrada en la Persona constituye un marco fundamental para orientar las prácticas asistenciales, al situar en el centro los proyectos de vida, las capacidades y los intereses individuales.



La adaptación de los recursos residenciales a estas nuevas realidades requiere, además, fortalecer la formación y especialización de los equipos profesionales, promoviendo intervenciones que favorezcan la autonomía, la inclusión social y el acceso a oportunidades educativas y laborales, sin olvidar la normativa del recurso y las repercusiones negativas que pueda haber hacia otros usuarios.



Un camino largo y complejo que requiere de trabajo en equipo y coordinación con otros recursos especializados en la materia.



Referencias bibliográficas



Arias, F., Szerman, N., Vega, P., Mesías, B., Basurte, I., Morant, C., Ochoa, E., Poyo, F., & Babín, F. (2013). Prevalencia y características de los pacientes con patología dual en las redes asistenciales de salud mental y drogodependencias de Madrid. Adicciones, 25(2), 118–127.



Anthony, W. A. (1993). Recovery from mental illness: The guiding vision of the mental health service system in the 1990s. Psychosocial Rehabilitation Journal, 16(4), 11–23.



De León, G. (2000). The therapeutic community: Theory, model, and method. Springer Publishing Company.



Gómez-Sánchez-Lafuente, C., Guzmán-Parra, J., Suárez-Pérez, J., Bordallo-Aragón, A., Rodríguez-de-Fonseca, F., & Mayoral-Cleries, F. (2022). Trends in psychiatric hospitalizations of patients with dual diagnosis in Spain. Journal of Dual Diagnosis, 18(2), 123–132.



Medina-Mora, M. E. (2005). Integrated treatment for dual diagnosis: A review of the evidence. Salud Mental, 28(3), 1–9.



Ministerio de Sanidad. (2023). Informe anual del Sistema Nacional de Salud 2023. Gobierno de España.



Proyecto Hombre. (2025). Informe sobre atención a personas con adicciones y perfiles sociodemográficos en programas terapéuticos. Asociación Proyecto Hombre.



Vilsaint, C., et al. (2025). Recovery housing for substance use disorder: A systematic review. Frontiers in Public Health, 13, Article 11922849.



World Health Organization. (2013). Guidelines for community mental health services. WHO Press.



 

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