El tercer encuentro de Literariamente tuvo como objetivo acercarse al delirio desde el cruce entre la literatura y la salud mental. Bajo el título «El delirio como práctica no normativa del pensamiento», la escritora y poeta Sara Torres, la autora Nuria Labari y el psiquiatra David Fraguas exploraron un territorio común en el que la vulnerabilidad, la creación y el sufrimiento psíquico se entrelazaron.
El punto de partida llegó de la mano de David Fraguas. Desde su experiencia clínica, planteó una primera objeción: para él, el delirio es siempre una experiencia no normativa, pero también profundamente ligada a la soledad. De hecho, lo describió como un intento de remediar una soledad desgarradora y, al mismo tiempo, como una de sus expresiones más extremas. Aquella observación abrió desde el primer momento uno de los puntos que atravesaría toda la conversación: ¿puede el delirio compartirse o es, por definición, una experiencia radicalmente solitaria?
Sara Torres asumió con humor la responsabilidad del título. Explicó que había querido alejarse deliberadamente de una lectura exclusivamente clínica del delirio para pensar el concepto desde la filosofía y la poesía. Recurrió entonces a referencias como María Zambrano y a las propuestas de Deleuze y Guattari, distinguiendo entre un delirio reaccionario, que se aferra a las estructuras y fabrica enemigos para mantener el orden, y un delirio revolucionario, orientado a desafiar los límites que restringen la vida, el deseo y las posibilidades de relación con el mundo.
Fue entonces cuando Nuria Labari introdujo una dimensión más personal.
Recordó una etapa propia de gran vulnerabilidad en la que había recurrido precisamente a David Fraguas como psiquiatra y reconoció que los escritores han convivido históricamente con experiencias próximas a aquello que llamamos locura o delirio. Desde ahí recuperó la tradición clásica, desde Platón hasta las figuras de escritoras atravesadas por la enfermedad mental, para preguntarse cómo distinguir el delirio creativo del delirio clínico.
La respuesta de Sara Torres desplazó la conversación hacia otro lugar. Más que contraponer dos tipos de delirio, propuso pensar en dos experiencias distintas de la soledad. Por un lado, situó la angustia como experiencia del cuerpo aislado, del cuerpo sin tacto. Por otro, habló del delirio amoroso, vinculado a una abundancia que desborda los códigos habituales del lenguaje. Allí apareció una de las ideas centrales del encuentro: la posibilidad de que ciertas formas de delirio produzcan comunidad en lugar de aislamiento. Cuando una experiencia logra transmitirse y compartirse, argumentó, puede generar nuevos sistemas de significado capaces de cuestionar el orden establecido.
David Fraguas, aunque reconoció la belleza de la propuesta poética, defendió que, desde la perspectiva clínica, el delirio sigue estando ligado a una experiencia radical de soledad que no puede compartirse plenamente. A su juicio, incluso cuando parece ofrecer compañía, lo hace desde una lógica profundamente solitaria.
A partir de ahí emergió otro tema que terminó ocupando el centro de la sesión: el cuerpo. Fue Nuria Labari quien lo introdujo de forma explícita al cuestionar la propia expresión “salud mental”. Señaló que muchas veces se habla de la mente como si estuviera separada del cuerpo y compartió incluso una experiencia personal de terapia marcada por la sensación de falta de tacto, tanto literal como simbólico. La pregunta quedó lanzada a ambos interlocutores: ¿es posible abordar el sufrimiento psíquico dejando el cuerpo al margen?
La cuestión resonó especialmente en Sara Torres, que recordó cómo años atrás había imaginado formas de terapia en las que el relato traumático pudiera elaborarse mientras el cuerpo recibe una experiencia de cuidado y seguridad. Evocó sus antiguas inquietudes sobre el trauma y señaló que la mera verbalización de ciertas experiencias puede resultar insuficiente cuando aquello que ha sido dañado es también el cuerpo. Al mismo tiempo, reconoció el temor que existe ante la posibilidad de quedar absorbidos por la experiencia del otro, un miedo que, según sugirió, contribuye muchas veces a mantener las distancias.
En ese punto, David Fraguas admitió que la clínica ha tendido durante años a olvidar el cuerpo, llegando incluso a convertirlo en algo sospechoso o prohibido. “El trauma es un cuerpo olvidado”, resumió, defendiendo la necesidad de recuperar formas de acompañamiento que no excluyan la dimensión corporal de la experiencia humana.
La conversación avanzó después hacia la propia obra poética de Sara Torres. A propósito de El ritual del baño, Nuria Labari describió el libro como una celebración de los sentidos y de la presencia corporal. La poeta respondió estableciendo una relación entre aquel poemario y Fantasmagoría, una obra anterior marcada por la velocidad mental, el duelo y la proliferación de imágenes involuntarias. Entre ambos libros aparecía, según explicó, un movimiento constante entre la abstracción y el regreso al cuerpo, entre el exceso de pensamiento y la recuperación de una experiencia concreta de la vida.
Ya en la parte final, el debate se desplazó hacia el presente digital. Nuria Labari planteó si vivimos un momento especialmente atraído por el delirio, tanto en determinadas expresiones artísticas como en las redes sociales, donde proliferan autodiagnósticos y narrativas sobre la salud mental. Sara Torres respondió con una reflexión sobre nuestra relación contemporánea con lo real. A su juicio, muchas veces las palabras ya no nacen de la experiencia directa, sino de una cadena de simulacros, imágenes y citas que remiten unas a otras. Incluso llegó a sugerir que, de algún modo, nos habíamos convertido en una versión de ChatGPT antes de la existencia de la propia inteligencia artificial.
David Fraguas retomó nuevamente el hilo corporal para expresar una preocupación similar. Frente a una cultura cada vez más mediada por pantallas e interacciones desmaterializadas, defendió la necesidad de recuperar la presencia, el contacto, el olor y todas aquellas formas de experiencia que solo existen cuando el cuerpo está realmente implicado.
La sesión concluyó sin resolver definitivamente qué es el delirio. Tampoco parecía ser ese el objetivo. Más bien dejó abierta una pregunta compartida: cómo seguir pensando experiencias que desbordan los límites de lo normativo sin reducirlas únicamente a categorías clínicas ni romantizarlas desde la creación artística.
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