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Psicología general
Leila Gurriero y Mercedes Navío: Los suicidas del fin del mundo

Fecha Publicación: 15/05/2026

Autor/autores: Literariamente: Libros y salud mental
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La librería Librería Alberti volvió a convertirse en ese “claro del bosque” del que habló Lola Larumbe al abrir el encuentro. Un espacio donde, dijo, “la palabra tiene su sitio y no nos la pueden quitar”. Con esa idea —la de la palabra como refugio y
también como resistencia— comenzó una conversación sobre literatura, salud mental y la dificultad de hablar del suicidio sin caer ni en el morbo ni en el silencio.

Raúl Gómez, uno de los coordinadores del ciclo, recordó enseguida el sentido del mismo: un diálogo “suficientemente científico, pero a la vez suficientemente humanista”. Agradeció a las instituciones implicadas —Hospital Ramón y Cajal,
Johnson & Johnson y Fundación Manantial— y definió la finalidad de estos encuentros: “Literatura y salud mental unidas en la posibilidad de desear, en la posibilidad de fracasar, en la posibilidad de rompernos, en la posibilidad de levantarnos”.

La conversación reunía a dos mujeres que llegaron a la temática de suicidio desde lugares distintos pero convergentes. Por un lado, Leila Guerriero, autora de Los suicidas del fin del mundo, publicado en 2005 tras una investigación en Las Heras, un
pueblo de la Patagonia argentina donde doce personas se suicidaron en apenas un año y medio. Por otro, Mercedes Navío, pionera en la puesta en marcha del primer programa de prevención del suicidio en Madrid, en el Hospital 12 de Octubre, en una época en la que hablar del tema resultaba casi imposible.

Leila Guerriero confesó que aceptó la invitación sin dudarlo porque el tema le parecía “interesantísimo” y porque, dijo, “tengo el sí fácil cuando las cosas me interesan”. Admitió que le sigue resultando incomprensible que el suicidio continúe
rodeado de tabú y vergüenza. “Hablar siempre es mejor que no hablar, sea cual sea el tema”, afirmó. Entiende la culpa de quienes sobreviven —“si lo hubiera llevado a otro hospital, si hubiera hecho otra cosa”—, pero no esa imposibilidad colectiva de nombrar ese dolor.

Mercedes Navío recogió esa idea y la llevó al terreno clínico y simbólico.
Agradeció a la librería Alberti por ser “un refugio que nos protege de la intemperie” y reconoció que leer Los suicidas del fin del mundo le produjo la sensación de que alguien estaba devolviendo palabras a quienes habían quedado privados de ellas. “Poder
expresar el sufrimiento”, dijo, “también para los que se quedan”, para las familias y supervivientes del duelo, cuyo dolor comparó con el impacto traumático de experiencias extremas, como la de estar en un campo de concentración. Recordó además que el estigma en torno al suicidio tiene raíces profundas. En España, señaló, hasta hace relativamente poco quienes intentaban suicidarse podían terminar en un calabozo y quienes morían por suicidio ni siquiera eran enterrados. “Esa herencia simbólica sigue pesando”, explicó. Por eso valoró especialmente la austeridad del libro de Guerriero: una escritura sin melodrama ni exhibición sentimental, donde precisamente la contención hacía más visible la gravedad de lo ocurrido.
Guerriero contó entonces cómo construyó esa distancia narrativa. Dijo que, cuando trabaja con historias duras, procura no escribir desde la emoción inmediata:“Miro de cerca, pero escribo muy lejos”. Si no, explicó, “el dolor se transforma en sensiblería”. En un libro lleno de muertos, insistió, pero quienes hablan son los vivos: los padres, las hermanas, el enterrador del pueblo. Incluso se impuso reglas formales: la palabra “suicidio” solo aparecería si la pronunciaban los familiares; “sangre”,
únicamente si alguien la nombraba. “La historia ya era lo suficientemente trágica”, dijo.

En Las Heras encontró una comunidad devastada y silenciosa. Cada persona ocupaba un lugar reconocible dentro del pueblo: “la chica rara”, “el mejor jinete de la provincia”, “el huérfano”. Personas con un rol social fuerte que murieron de maneras distintas y en lugares significativos. Pero lo más inquietante no era solo la sucesión de muertes, sino la ausencia absoluta de escucha comunitaria. La gente hablaba con ella, una periodista llegada de fuera, pero no con sus vecinos. “No había una red comunitaria de conversación sobre lo que había pasado”, recordó. Nunca intentó responder de manera lineal a la pregunta de por qué se habían suicidado. “La respuesta es el libro entero”, dijo.

Habló del dolor psíquico insoportable, de una cabeza intervenida por “un ruido muy fuerte”, de la imposibilidad de reducir el suicidio a una única causa. “Incluso si pudiéramos resucitar a esas personas y preguntarles por qué, probablemente no habría
una respuesta simple”.
Mercedes Navío coincidió. Desde la psiquiatría, explicó, el suicidio se entiende como un fenómeno multifactorial, imposible de reducir a una lógica única. Muchas personas que sobreviven a intentos graves ni siquiera saben explicar lo que hicieron.
Hablan, dijo, de un sufrimiento “invivible”, de una imposibilidad de proyectarse hacia el futuro, de una experiencia de aislamiento radical. La prevención, explicó, debe ser necesariamente multinivel. No basta con los hospitales. Hace falta atención primaria, trabajadores sociales, policías, profesores, campañas y espacios donde expresar el sufrimiento no implique quedar expulsado de la comunidad. “El mejor factor protector”, afirmó, “es una red social y familiar efectiva”. Un tejido de vínculos reales.
Guerriero recordó las dificultades que encontró para publicar Los suicidas del fin del mundo. Varias editoriales rechazaron el libro porque creían que los lectores “se iban a espantar”. Finalmente apareció en Tusquets y se agotó en una semana. Esa experiencia le confirmó que el problema no era hablar del suicidio, sino cómo hacerlo. “Si las cosas están bien hechas”, dijo, “sirven para exactamente lo contrario: para poner en la conversación social algo que alguien esconde en lo más profundo de su cabeza”.
La conversación fue derivando hacia las barreras concretas de acceso a la salud mental. Guerriero habló de la única psicóloga del pueblo de Las Heras, una profesional llena de prejuicios hacia sus propios pacientes. “Una buena virtud de un psicólogo es no tener prejuicios”, ironizó. También insistió en la necesidad de que el acceso sea fácil.

“Tiene que ser fácil”, repitió varias veces. Fácil llegar a un profesional, fácil pedir ayuda, fácil no quedar estigmatizado. Navío recogió esa palabra —facilidad— y la trasladó a la organización sanitaria. Los programas de prevención deben garantizar
atención rápida y continuada, especialmente en los primeros días y meses tras una crisis.
A veces, aseguró, “ganar tiempo es suficiente”. Dar tiempo para que alguien pueda volver a “pensarse”.

Ambas coincidieron en señalar el peso de los determinantes sociales. Las Heras aparecía en el relato de Guerriero como un paisaje de desarraigo: desempleo tras las privatizaciones petroleras, alcoholismo, embarazos adolescentes, familias fragmentadas, enormes brechas generacionales y una sensación permanente de no pertenecer a ningunaparte. “Aquí no sos nadie”, repetían los jóvenes. Y esa frase, escuchada desde la infancia, terminaba por instalarse como destino. El paisaje físico también parecía formar parte del relato: temperaturas extremas, viento feroz, aislamiento geográfico. Pero

Mercedes Navío advirtió contra las explicaciones simplistas. Hay países ricos con tasas elevadas de suicidio y sociedades muy desarrolladas donde el problema persiste. “No hay un factor único”, insistió.
En uno de los momentos más luminosos de la conversación apareció la figura de un peluquero del libro de Guerriero. Un hombre pobre, rodeado de precariedad, pero lleno de una “alegría de estar vivo” que funcionaba como contraste frente a la
melancolía del resto del pueblo. Navío lo relacionó con el llamado “efecto Papageno”, el reverso protector del efecto Werther: relatos y figuras que muestran que existen salidas posibles, vínculos posibles, modos de seguir viviendo.

Hacia el final, ambas regresaron una y otra vez a la idea de escucha. Guerriero observó que la falta de escucha comunitaria replicaba muchas veces la falta de escucha íntima dentro de las familias. Pero también reconoció que no todas las familias pueden sostener esa escucha amorosa. Navío añadió que esa escucha puede venir de otros lugares: un profesor, una librera, alguien fuera de la familia. Pero para eso, las instituciones deben facilitar un acceso inmediato y desestigmatizado.

En el turno de preguntas, Guerriero volvió sobre las múltiples capas de la tragedia de Las Heras: la privatización de Repsol, el desarraigo petrolero, el aislamiento extremo, el alcoholismo, las familias rotas, la ausencia de futuro. “No hay una sola
causa. Hay muchas”, resumió. Y antes de cerrar, quedó flotando otra idea: la imposibilidad de resolver completamente el misterio. Guerriero dijo que el suicidio le sigue pareciendo tan enigmático “como el Big Bang”. Aun así, celebró que tanta gente
hubiera acudido a escuchar una conversación sobre algo que durante demasiado tiempo sólo pudo existir en silencio.


Palabras clave: Libros y salud mental
Tipo de trabajo: Post/Entrada de Blog
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