Última actualización web: 19/10/2019

El hombre que trasladaba a los dementes

Autor/autores: Jose Luis Mediavilla
Fecha Publicación: 01/01/2015
Área temática: Psiquiatría general .
Tipo de trabajo: 

Libro exclusivamente disponible en formato digital - PDF descargable

RESUMEN

Narra el desalojo inmisericorde  de un manicomio para construir en sus terrenos  lujosos edificios y un casino,  mientras los enfermos abandonados deambulan o fallecen por las calles.

Palabras clave: demente


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Autor: José Luis Mediavilla
Ilustración de cubierta: Francisco de Goya
Edición: HiFer Editor
Impresión: HiFer Artes Gráficas - www.hifer.com
Dep. Legal: AS - 00333 - 2015

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José Luis Mediavilla

El hombre
que trasladaba
a los dementes

Prólogo
Manuel Bousoño

Prólogo
Comentar este relato de José Luis Mediavilla, constituye un honor que he aceptado por cuanto me siento identificado con su temática. Lo que aquí se describe en forma de historia novelada, ha acontecido a
muchos enfermos.
Llevados del entusiasmo "revolucionario" y del desconocimiento profundo de la naturaleza humana, no
pocos políticos se dejaron llevar por las tendencias
más extremas del momento, cerrando hospitales psiquiátricos sin tener en cuenta que abocaban a muchos
de sus inquilinos a la desprotección en que vivían antes de la meritoria obra del Padre Joan Gilabert Jofré,
fundador en Valencia del primer asilo para dementes
en el mundo occidental. La novela narra la realidad

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más cruda de la reforma (revolución) psiquiátrica y
algunas de sus consecuencias.
Llena de fina ironía, describe con lenguaje llano,
varios casos floridos de enfermos mentales, primero
privados de su libertad para ser ingresados en un manicomio y luego lanzados a la calle en un proceso de
"trasformación" (reinserción), que en muchos casos
suponía acabar formando parte de la clientela forzosa
de la funeraria "El Tránsito Feliz".
Su autor es un viejo conocido de la psiquiatría española y también de la literatura habiendo recibido
varios premios por sus obras creativas. Deja entrever en el lenguaje, entre otros, a Quevedo y Delibes.
Fino, agudo, preciso, lleno de imaginación, ternura,
y compasión. Denota su larga y variada experiencia,
habiéndose formado como hombre, como escritor y
como psiquiatra en tierras tan dispares como su provincia natal Burgos, Barcelona, Granada, Santiago de
Compostela, Madrid y Oviedo donde vive y ejerce con
reconocido prestigio,
La novela se sirve de casos reales como la vida misma, con un lenguaje directo, clásico y al tiempo, popular, eligiendo de forma precisa los nombres de los
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personajes (Aquiles Civetta, Bonifacio Posada, Pepe
Chevrolet, Cayetano Guevara...)
El texto novela resulta un entramado con dos discursos que se van alternando, uno el delirante propio de los dementes, en los que cada uno de ellos va
describiendo su historia, y el discurso real, de lo que
sucede en la vida cotidiana y que en ciertos pasajes
resulta una locura mayor ,tal es la negación de enfermedad contra toda evidencia, por simple obcecación
revolucionaria,
Para el ilustre psiquiatra, Manuel Valdès, se trata de
"la narración de una crueldad, perpetrada en nombre
de los ideales que han emancipado al hombre de las
servidumbres de la historia". Sintetiza en este comentario el drama humano repetido tantas veces a lo largo
de la historia de la humanidad: Aquellos que con los
mejores ideales proponen cambios revolucionarios en
la sociedad, acaban siendo dictadores que someten a
los pueblos a un yugo peor del que pretendían liberarlo.
Los casos que se describen son además, increíblemente bellos dentro de la anomalía que siempre
genera la locura, delirios que se veían clásicamente
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en los manicomios, donde se hacían mas evidentes.
El ejemplo más lúcido es el de Desiderio Colasanto ,
quien pretende nada menos que una revolución social para "eliminar las dificultades de relación entre
los hombres y el analfabetismo existente", modificando el lenguaje y proponiendo un lenguaje universal...
Al tiempo que cuenta este caso de delirio lingüístico, Mediavilla revela de manera indirecta y magistral,
la perversión del lenguaje que ha servido de instrumento a la reforma (revolución) psiquiátrica: la locura melancólica de una paciente se trasforma de esta
forma en una "distorsión ... en la intercomunicación
del grupo alienígeno", la petición de ingreso hospitalario para su tratamiento en "motivo de la demanda",
y expresa como consecuencia en boca de uno de los
psiquiatras identificados con el proceso de cambio
que "La enfermedad psiquiátrica, cualquiera que sea,
no es sino la consecuencia de un equivocado manejo
del poder: ¡siempre hay un doble vínculo que es menester desanudar!. Esta ciudadana solo está enferma
para ustedes porque así la designan, pero no para nosotros, los autores de la trasformación".
Esta trasposición del delirio en realidad y la realidad en delirio, provoca reiteradas situaciones dramá8

ticas reflejo de lo que aconteció en muchos hospitales
psiquiátricos a partir de los años 80 del pasado siglo;
por lo tanto, una lectura deliciosa pero al tiempo estremecedora, que de considerarse escrita en forma de
crónica , nos obligaría a todos a sentirnos culpables,
unos por acción como el teórico Aquiles Civetta y
otros por omisión como el viejo director del Hospital de la novela ( "bien quisiera que mi silencio ante
las eficaces medidas implantadas para la erradicación
de la locura, no quedara exento de sentido", porque
"así como en el silencio se han tejido las más grandes
obras de la humanidad, también en el silencio se han
urdido las mayores traiciones y los más aberrantes
crímenes".)
Animo al lector a adentrarse en estas páginas, a
deleitarse con la ironía inagotable y la imaginación
portentosa de su autor. Se trata de una obra que puede leerse en un tranquilo fin de semana, en cualquier
momento del día. Pero les advierto: ¡No lo hagan jamás de noche como preludio del descanso nocturno!,
no podrían conciliar el sueño, porque, repito, la realidad que describe la novela no es ajena a los tiempos
actuales, pues a diario , somos testigos silenciosos de
cómo los dementes deambulan desgreñados y hara-

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pientos por nuestros calles y jardines, hablando solos
y pidiendo ayuda, imágenes llenas de patetismo, para
solaz de necios, vergüenza de bien nacidos e indiferencia de la mayor parte de los políticos responsables.

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Cerrar los hospitales psiquiátricos me parece una
solemne imbecilidad. Lo que hay que hacer es mejorarlos, porque, evidentemente, a nadie le gusta estar
hospitalizado y, además, no lo podemos permitir porque es caro tener una persona allí, sin que le sea indispensable. Pero de esto a sacrificar el bienestar, la
salud y muchas veces la vida de los enfermos, que han
sido víctimas de este proceso, hay mucha distancia.
J. A. Vallejo Nájera

INTRODUCCIÓN ESCRITA POR GOG
EXPRESAMENTE PARA ESTE LIBRO

Sólo el exceso de imaginación y una incontenible
vehemencia puede hacer comprensible que Giovanni
Papini publicara su libro Gog atribuyéndolo a un manuscrito que le di a leer algunos días después de conocerle personalmente.
Antes de nada, deseo dejar claro que, a pesar de las
divagaciones poco felices y las descripciones a veces
insultantes acerca de mi persona que contiene el libro, soy consciente del carácter literario del mismo y,
en consecuencia, disculpo de buen grado todas estas
licencias y evito valoraciones de muchos de sus errores.
Aunque el texto confiesa ser fiel a mi diario, la realidad es que sólo puedo reconocer como propias algunas páginas, dando por supuesto que muchas otras
fueron capricho de su ágil intriga.

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Cualquiera que se asome a una obra de Giovanni
Papini, pronto podrá percatarse no sólo de su amplia cultura, sino también y, sobre todo, de su pujante e incontenible capacidad de fabulación. Un detalle
mínimo aunque suficientemente demostrativo es la
presentación que hace de mí: "un monstruo de medio siglo vestido de verde claro, alopécico, un informe
bulbo de piel desnuda, con excrecencias coralinas, un
ojo azul y otro casi verde con estrías de amarillo tortuga". Me hizo nacer en Hawaii, hijo de una indígena y
padre desconocido, "un semisalvaje, un descendiente
de caníbales, etc." y me asignó una biografía urdida en
el desamor y en la falta de escrúpulos morales, que
hizo posible que "al terminar la guerra fuera uno de
los hombres más ricos de los Estados Unidos"
Bajo pretexto de mi utilización de medicamentos o
sustancias siempre bajo un experto, no tuvo empacho de someterme a un juicio sumarísimo lleno de
arbitrariedad y desprecio: "siendo un perfecto ignorante, quiso iniciarse en las más refinadas drogas de
una cultura en putrefacción. Ya casi sedentario, deseó conocer todas las patrias -él, que no tenía patria
verdadera-. Animalesco por origen y vocación, quiso
proporcionarse todas las formas de epicureísmo cerebral de nuestros tiempos". Y, llevado de un afán de
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José Luis Mediavilla

provocar asombro en los lectores, utilizando medias
verdades, resaltó mis recurrentes estancias en Centros de Reposo, Hospitales Psiquiátricos, Balnearios,
Hospederías de conventos y demás establecimientos
destinados a proporcionar alguna forma de sosiego
interior, afirmando que "ningún alienista pudo definir su enfermedad", lo que es rigurosamente falso, ya
que todos y cada uno de los médicos que visité, tanto
entonces como en la actualidad, raramente me despidieron sin darme un diagnóstico. Que éste fuera o
no acertado, era y sigue siendo cuestión que nunca
me inquietó, pues, dentro de mi ignorancia, mantuve
el sentimiento de que mi tratamiento transcendía los
remedios que con la mejor voluntad me dispensaban.
Recuerdo, si, las conversaciones que mantuve con
Giovanni en el manicomio del que habla en su libro .
Desde el principio me llamó la atención que un hombre celebre, como él, pasara tanto tiempo con un poeta dálmata lloroso y ensimismado, y, llevado por cierta curiosidad, busqué la forma de poder gozar de su
compañía.
La conversación entre el poeta albano y Giovanni
resultaba excitante, era una mezcla de citas literarias,
e incoherentes lamentaciones que terminaban en un
gimoteo inconsolable del poeta. Esto, naturalmente
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hacía que , cansado de asentir en silencio, tratara, a
veces, de imponer cordura con expresiones vulgares y
hasta obscenas.
Lleno de admiración hacia Papini, uno de los últimos días, le hice entrega, según él, de "un envoltorio
de seda verde", " Lea, -cuenta que le dije- son hojas
que he salvado del último naufragio. Aquí hay algo del
viejo Gog. Por fin ha llegado para mí el día en que
nace más de un sol, y cedo con la máxima despreocupación los harapos de la noche"
Un respeto reverencial me empujo a entregarle aquellos escritos, con absoluta confianza. Pero él,
quizá llevado de un inconsciente orgullo, quiso verlos ambiguos y temerarios: "hojas sueltas, escritas en
tinta verde, con una caligrafía inexperta y pesada de
muchacho. Las leí todas, unas veces con una sonrisa,
otras disgustado, a veces con horror, pero siempre, lo
confieso, con avidez"
Sin menoscabo de su indudable genialidad, el tiempo trascurrido ha moderado mi entusiasmo y puedo
confesar sin que pretenda restar mérito alguno a su
memoria, que en lo que al libro Gog concierne, Papini
incurrió de forma repetida en la impostura: mis pa18

José Luis Mediavilla

peles nada tuvieron que ver con un naufragio del que
nunca fui víctima, ni estaban envueltos en seda verde,
ni las páginas escritas en letra de tinta verde. Por lo
demás, resulta sospechosa su insistencia con atribuir
el color verde a cuanto le rodea, ya que era un grave
miope y seguramente daltónico.
No me considero un "monstruo, inmoral y arruinado", como se me califica en el libro. En cuanto a mi salud, he procurado no caer en excesos, no escatimando
los medios de mantener mi fortaleza aspirando a prolongar mis existencia: en 1930, por consejo de Anatole
France, me sometì en París con Serge Voronoff, a una
intervención de injerto de testículos de babuino; cuatro años más tarde, siguiendo el ejemplo de Yeats, me
intervino Steinach en Viena, como supe despues lo hicieran Knuth Hansum y el mismo Freud. Décadas más
tarde, me recibió en Rumanía la Dra Aslan y fuí uno de
sus muchos pacientes a los que trató con GH3. Todo
esto demuestra mi deseo de vivir. Bien por naturaleza, o por todos los cuidados he sobrevivido con creces
a cinco generaciones. Mi curiosidad aumenta con los
años. Recientemente, fiel a los hallazgos en biología
molecular, estoy dentro de un grupo experimental aspirante a alargar la vida, o dicho en otras palabras, a
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postponer la muerte celular, la apoptosis, mediante la
regeneración con células madre.
Como digo, mi restablecimiento viene acompañado, si se me permite, de una especie de resurección,
con renovados impulsos para lanzarme a aventuras
humanas y empresas económicas, a viajes inacabables, a visitas a las más singulares personalidades, a
fomentar las obras más insólitas.
Nunca he negado que he sufrido y aún padezco épocas de insomnio y alteraciones emocionales lo que, ya
lo he dicho, me ha llevado a pasar temporadas en sanatorios psiquiátricos. Pocas gentes conocen como yo,
los detalles, los ambientes y los personajes que pululan por dichos establecimientos.
De esto, puede deducirse que a lo largo de mi existencia me he visto obligado a mentener contacto frecuente con los más eminentes psiquiatras: conocí a
Kraepelin, Bleuler, Freud, Jung, Adler, Erick Fromm, y
he sido tratado por Cerletti, Alexander, Ajuriaguerra,
Ey. Incluso, influido por Huxley, ilusionado con un
estado de ampliación de conciencia, mantuve contacto en México con Timoty Leary, pero ni la mescalina
ni el LSD lograron otros efectos que una distorsión de
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José Luis Mediavilla

la percepción, coloreando las palabras o tornando las
paredes en un panorama viscoso e inestable.
Mi fortuna personal, al contrario de lo que aseguró
Papini, ha crecido de forma que en la actualidad gano
más durmiendo que trabajando: soy uno de los cuatro mayores accionistas de farmaindustria, gracias a
mi contribución en la investigación se pudo ofrecer al
mercado el Memento, un fármaco que ha demostrado
su eficacia en todas las formas de demencia, he costeado la celebración de congresos dedicados a debatir
los últimos avances terapéuticos y las distintas estrategias asistenciales; gozo de la confianza con los líderes políticos mundiales, mantengo amistad con los
banqueros, poseo canales de televisión y prensa en
la mayor parte del mundo civilizado, he sido distinguido como benefactor universal en reconocimiento
a la labor llevada a cabo por las oneges que patrocino,
he sido nombrado doctor honoris causa por más de
quince universidades de prestigio, asisto como invitado con voz y voto a las reuniones internacionales en
donde se analizan y deciden operaciones económicas,
bélicas o pacifistas, algunos plumillas se empeñan en
presentarme como miembro del grupo Bilderberg, y

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otros no se resignan en no hallarme dentro de algún
partido político o alguna logia masónica...
Coincidiendo con la clausura de la Convención Internacional Biosanitaria, tras unas palabras de clausura en las hice votos por el progreso y por llegar a hacer realidad los tratamientos personalizados, cuando
se estaba dando todo por finalizado, en esos momentos de felicitaciones y despedidas, alguien puso en
mis manos un manuscrito que yo atribuí a algún trabajo de investigación o simplemente de propaganda.
Había abandonado la tribuna, cuando su enigmático título excitó mi curiosidad. por lo que decidí conservarlo.
Ya en el hotel, entre el escepticismo y la curiosidad,
me dispuse a hojearlo.
Después de leerlo, tuve la sensación de estar atrapado entre aquellas páginas, cuyo contenido merecería, no la usual advertencia: "cualquier parecido
con la realidad es pura coincidencia", sino "cualquier
coincidencia con la realidad es absolutamente real".
Imaginé al autor peregrino ya de regreso en su andadura, y ,dada mi experiencia personal, sentí la necesidad de trasmitirle ciertas advertencias y objeciones:
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Su mensaje no está libre de ingenuidad. Por ejemplo, en el libro se insinúa que los hospitales psiquiátricos fueron derribados por la especulación urbanística
de las hectáreas ocupadas por gentes improductivas.
Esto es una verdad de perogrullo que no se le escapa
a nadie que conozca la dinámica de los mercados actuales.
Culpa de dichas maniobras a la corriente antipsiquiátrica. Nada más fuera de la realidad. Conocí a
Laing y Basaglia, que pueden considerarse los promotores de dicho movimiento, y puedo asegurar que en
general eran personajes románticos, inofensivos, seguramente con problemas de identidad, empujados
por anhelos contraculturales, y, sobre todo, poco bregados en la clínica, aunque también es cierto que la
"bondad" libertaria de sus ideas, como no podía ser
de otro modo, estaba destinada a calar en una mayoría, puesto que el común de los mortales, se comporta
como una masa amorfa obsesionada por ver realizados sus vanas ilusiones. La vida es así y por ello nos
depara tantas sorpresas, lo que por fortuna hace posible el asombro.

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Cuando los jóvenes titulados, encaminaron sus pasos por estos derroteros antipsiquiátricos, los políticos
no tardaron en designarles "timoneles públicos" de la
salud mental; pero pronto la realidad clínica vino a
hacerles patente su impotencia, y entonces, haciendo
caso omiso de sus prédicas, no vacilaron en recurrir
al uso de los fármacos que antes abominaban, ni, lavándose las manos, en encomendar los enfermos a
las clínicas privadas costeando los tratamientos por
electroshock, oscuro objeto de sus públicas condenas.
Lo que parece ignorar el autor, repito, es que tanto
la creación de la llamada "burbuja inmobiliaria" como
"el pinchazo" de la misma estaba ya planificado por
una trama organizada, y que ambos fenómenos son
elementos altamente lucrativos para los intereses
bancarios internacionales.
Por lo demás, el libro me ha permitido momentos
de reflexión y estremecimiento, aunque tengo razonables dudas de que, dados el desinterés y la actitud
acrítica general, haya merecido el esfuerzo de escribirlo.
Goggins
Ginebra. Otoño, 2013.
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VÍSPERA DEL VIAJE
Sòlo puedo contarles como ha sido mi propia vida.
Ha sido un viaje muy agitado. Y ciertamente no lo
propondría como modelo para nadie.
R.D.Laing

I
Donde se da a conocer la existencia del director de
un hospital psiquiátrico y los sentimientos que en él
despierta la lectura de algunas de las historias clínicas
Don Bonifacio Posada solía levantarse con el amanecer. Se aseaba y desayunaba con calma, abría la
puerta y recogía la prensa que le gustaba leer antes
de marchar.
Tomaba el autobús número cinco, que tenía la parada casi una calle más abajo de donde él vivía y que
le acercaba hasta la misma puerta del hospital psiquiátrico. Sentado dentro del autobús, don Bonifacio
transcurría por cada una de las paradas, distraído en
la entrada y salida de los viajeros. Desde el mismo
asiento, a lo largo de casi los últimos diez años, había ido viendo también cómo los brazos de la ciudad
se habían ido alargando de forma lenta e implacable.

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Palas excavadoras, martillos, hormigoneras, grúas, un
ejército imparable y frenético horadando las entrañas de la tierra, haciendo crecer módulos de cemento,
hierro y cristal como un gigante insaciable deglutiendo los prados, pequeñas casas con huerto, diminutas
chabolas apiñadas. Recordaba que antes la finca amurallada se perdía en la gran extensión verde de los
arrabales. Ahora los muros parecían servir solamente
para contener el impulso invasivo del cemento.
Veía, en el altozano el verde que aún sobrevivía al
cemento, la finca de ochocientos mil metros cuadrados con los ocho pabellones, el hospital psiquiátrico,
fundado en 1950, construido por el ilustre arquitecto
don Lorenzo Jaramillo Quemado, al que don Bonifacio recordaba con grandes bigotes y un abrigo largo
que le llegaba hasta los tobillos, cargado de planos,
vigilando las obras, y muchos años después yendo
y viniendo a ver a su mujer Agripina, que acabó sus
días después de largos internamientos. Era difícil en
ocasiones precisar un diagnóstico, sobre todo en casos como el de doña Agripina, en los que la sintomatología concluía por instalarse sin apenas solución
de continuidad, sin intervalos de mejoría valorables.
Este afán de búsqueda, esta curiosidad por la locura,
esta precariedad de medios, esta indigencia hacían de
la psiquiatría una actividad tan desprotegida como
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José Luis Mediavilla

apasionante. Rememorando al arquitecto Lorenzo
Jaramillo y su mujer Agripina, llegó don Bonifacio al
hospital y se adentró en su despacho dispuesto a recoger la documentación y los billetes de viaje para el
congreso mundial de psiquiatría próximo a celebrarse en México y cuyo programa, ordenado en pósters,
comunicaciones libres, simposios y ponencias, anunciaba una amplia y variada presencia de colegas de
diferentes orientaciones, biologicistas, behavioristas,
genetistas, psicoanalistas, psicoterapeutas, farmacólogos y farmacoeconomistas, aunque el grueso de las
participaciones se centraba en los trastornos afectivos
y las disfunciones serotonínicas; además, el programa
incluía cuestiones que excitaban la curiosidad, tales
como la psiquiatría en la URSS, y ponencias avaladas
por nombres generalmente polémicos, Maxwell Jones,
Erwin Goffman, Thomas Szasz, Roger Gentis, Bateson,
Maud Mannoni, Franco Basaglia. Don Bonifacio leía el
programa y se decía a sí mismo: «un parlamento en
ebullición».
Desde su asiento, embargado por la curiosidad del
polvorín que se le antojaba el inminente congreso, distraía su mirada en las dos pinturas que adornaban la
pared del despacho: una de ellas dedicada a Gilaberto
Jofré, el frailecillo mercedario que un día de febrero
de 1409, yendo por las calles de Valencia, vio cómo un
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loco era maltratado, lo que le movió a predicar aquella
misma mañana la necesidad de un hospital para dar
acogida «a los inocentes y furiosos, porque muchos de
estos pobres vagan por la ciudad sin que nadie socorra su hambre», y, conmovidos por sus palabras, doce
valencianos fundaron el que habría de ser el primer
hospital psiquiátrico del mundo; la otra pintura representaba a Felipe Pinel liberando a los enfermos en el
patio de la Salpetriere: el centro de la escena lo llenaba la imagen de una mujer joven en lánguida actitud, el cabello suelto, con las ropas caídas, dejando los
hombros al descubierto y las medias enrolladas por
los tobillos. A su lado podía distinguirse a Felipe Pinel,
vestido como un ilustrado, empuñando el bastón de
mando con la mano izquierda y dando órdenes al enfermero para liberar a la mujer durante tantos siglos
encadenada, sometida, estigmatizada, extenuada, víctima del desaliento, haciéndola renacer en la Marianne revolucionaria, madre guerrera, pacífica, alimentadora y protectora, allons enfants de la Patrie, el fin de
la tiranía y el oscurantismo. Después, don Bonifacio
repasó las estanterías de la biblioteca repletas de libros, revistas y carpetas en las que celosamente había ido seleccionando y guardando historias clínicas y
acontecimientos y personajes vinculados a la vida del

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José Luis Mediavilla

hospital, y se dispuso a releer, sin prisa, las andanzas
de Cayetano Guevara, el conquistador de Busgandali,
las desventuras del inválido Oscarín Montoya, el nuevo lenguaje de Desiderio Colasanto, la ingenua astucia de Pepe Chevrolet y tantos más.

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II
Noticia de las andanzas y desventuras de
Cayetano Guevara, «el Conquistador de
Busgandali»
Llegaron ellos con sus notificaciones. Cayetano Guevara ni siquiera llegó a balbucir algunas frases. Derecho, desde la barandilla del vagón, había recogido la
hoja, mientras percibía el molesto temblor de las piernas, y de pronto sintió miedo: el corazón le comenzó
a batir en el pecho desordenadamente, desbocado, rebelde a las pastillas que el médico le mandara para
mantenerlo en calma. Era la misma sensación opresiva, la misma zozobra que le invadía siempre en los interrogatorios. (Lo sabemos todo, amigo, no te esfuerces; lo sabemos con pelos y señales, no te creas tan
listo... Pero queremos oírtelo decir a ti, así nos ahorrarás el trabajo de tener que recordártelo... Callas, ¿eh?,
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callas sólo por calentarnos la sangre... No escarmientas...) Cuando se fueron, llegó hasta él el olor de la
tierra, con reminiscencias de pequeño cementerio (la
rueda de la infancia, los amigos corriendo entre figuras blancas y violetas, la vieja de siempre --trozo de
noche con luna de cera moviéndose con densa lentitud--, los ciruelos pobres sosteniendo el cielo con sus
ramas grises donde tantas veces escondía el viento su
flauta llorona, el olor, otra vez el olor confuso de pisadas, de velas, de vivos, de muertos...). Cerró la puerta
y, sentado a la mesa, se colocó las gafas. Guiñando el
ojo derecho, se adentró con la mirada del izquierdo
por las letras de la hoja que con inequívoco gesto militar le habían entregado. Allí estaba su nombre empequeñecido. Unos renglones a máquina y, al pie de
la hoja, venían estampados una firma en ampulosa
espiral y un sello elíptico: el vagón debía ser evacuado
en el plazo improrrogable de cuarenta y ocho horas...
Dejó hundir su cuerpo en el sillón y miró otra vez la
hoja sobre la mesa. No comprendía nada. ¿Destruir el
vagón después de los siete años que habían transcurrido desde que lo rescató del desguace? Todo lo que
entonces tenía ahorrado en la cartilla para ir arreglándolo por dentro, transformándolo, adornándolo, siempre pendiente de que no le faltase ninguno de los detalles que a lo largo de su andadura fue perdiendo...
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José Luis Mediavilla

Pero no, lo que menos le dolía era el dinero trabajosamente ahorrado para poder reconstruirlo, sino el que
su existencia y cuidado habían pasado a ser ya el único sentido que restaba a los años de su vida. Dentro
de él había conseguido encontrar un lugar seguro.
No, su obstinación no era fruto de un desvarío, sino
que venía empujada por una oscura fuerza interior
que se perdía en su infancia. (El padre llegando o saliendo de madrugada. El ruido de las botas sobre la
escalera. La lluvia en la ventana. Los trenes, a lo lejos.
«Señores viajeros: el tren tiene su entrada dentro de
quince minutos.» El padre con la luz de la linterna en
la mano. El tableteo de las ruedas sobre las vías, la gente agrupada en los departamentos, bajo la luz interior,
siempre de paso, o los grandes vagones metálicos,
como cajas fuertes, con los laterales rotulados con doradas y casi sagradas palabras: COMPAÑÍA INTERNACIONAL DE LOS COCHES CAMAS Y DE LOS GRANDES
EXPRESOS). Siempre había querido ser como su padre,
al que no volvió a ver tras uno de sus viajes de madrugada. Lo trajeron en una caja con su linterna de mano
y su visera. Marcharon de aquel pueblo, creció y así le
sorprendió la busca de trabajo, primero, y la muerte
de su madre, después. Ya sólo pudo ser para el tren
un ocasional y anónimo viajero de tercera: al lado de
las ventanillas, en las salas de espera, en los andenes,
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se miraban los unos a los otros, hombres solitarios,
arrastrando una maleta de pesada madera. ¿Quién
les convocaba a aquella hora, con la maleta y el viejo
periódico envolviendo el pan y la fruta entre las manos? Un rumor de destierro y nostalgia olfateaba los
cuerpos como un perro vagabundo. Llegaba el tren:
huracán de hierro chispeante y vaporoso rugiendo sobre las vías, gigantesco ciempiés que intentaba levantarse escarbando polvo de fuego. Al fin, bufando, se
paraba, se agachaba extenuado, abarrotado hasta los
topes... Subían. Entraban. Se confundían en una fiesta
al ritmo de las ruedas. Transcurrían las noches en un
sueño sólo interrumpido por gritos de sirenas, llantos de niños, el eco de las voces de los vendedores de
bocadillos y gaseosas. Noches largas, profundas como
un océano que habría de abandonarle en las riberas
de un mundo donde luego encontraría la lucha por
sobrevivir, la explotación, la rebeldía... (Lo sabemos
todo , amigo, tenemos informaciones muy precisas,
pero queremos oírtelo a ti, por tu propia boca. Te gusta
repartir octavillas y pegar carteles, ¿eh? ¿Quién te los
dio? ¡Te lo advertimos la última vez! Siempre volvéis a
las mismas, no escarmentáis... Pero si no hablas, vas
a acabar con nuestra paciencia... Si no hablas esta noche, óyelo bien, te vamos a retorcer los huevos hasta
que te queden hechos puré. ¿Te gusta el puré?)
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Los años cayeron como la nieve (el afán de resistencia, las detenciones, la cárcel, la libertad vigilada)
y su cerviz se fue inclinando, lenta pero segura (deberías evitar el frío y las emociones fuertes, solía decirle
la Juana, abusan de ti, Cayetano, siempre lo hicieron,
¿no te das cuenta?, se lo decía la difunta cuando aún
aguantaba firme).
Con la llegada de su jubilación, creyó que su nombre habría sido borrado de todas las listas. Fue cuando se encontró el vagón abandonado, sin nombre ya,
destinado a la chatarra, viejo hermano suyo, acaso él
mismo. Lo haré caminar de nuevo, se dijo, e inventó
una tierra para él, Busgandali: un universo sembrado
de blancas estaciones que esperen su llegada y anuncien sus salidas, una red de vías que atraviesen llanuras y largos túneles, pinares y playas. Lo plantó en
su pequeño huerto y desde entonces puso febrilmente su actividad al servicio de la puntualidad de sus
viajes. Vigilando su vagón, Cayetano Guevara llegó a
serlo todo: ingeniero jefe, maquinista, fogonero, revisor, camarero, coronel de mando del convoy, monje
benedictino, opositor de la adminstración del estado,
soldado de permiso en navidad, feriante de ganado,
detective, novio en luna de miel, enfermo del estómago camino de un curandero que echa las aguas, turista inglés, ladrón fugado del presidio, vendedor de rifas
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¡para el juguete que entusiasma a niños y grandes, no
dejen de comprar un numerito!, representante comercial de bebidas espirituosas, peatón desde el andén
en una noche de invierno viendo pasar los grandes
vagones, la gente acomodada en su interior, jóvenes
rubias con lazos rojos y señores con sombreros, mujeres de abundantes pecheras y carnes blancas que
sonreían mostrando unos dientes que por su blancura
hacía más perceptible el rojo de sus labios, destellos
seriados de imágenes desde el hermetismo metálico
del vagón. LOS COCHES CAMAS Y LOS GRANDES EXPRESOS... Carne blanca en instantáneas fulgurantes
dentro de la densa y cálida oscuridad del vagón que
al pasar empujaba brevemente con su vientecillo la
sombra del peatón absorto en el andén... Con los días,
fue mayor su certeza de que la procedencia y el destino de aquellos trenes no podía ser otro que Busgandali. Algún día conquistaría Busgandali...
Hundido en el sillón, con la hoja encima de la mesa,
Cayetano Guevara no sabría decir qué tiempo había
transcurrido desde que la recibió: cinco, diez, veinticuatro, cuarenta y ocho horas, meses, quizá años.
Pensó que ya no había solución, que ya habría finalizado el plazo que le habían impuesto. No tardarían en
llegar...

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José Luis Mediavilla

Dejaron el coche aparcado y con paso lento se fueron acercando por el camino de la finca de al lado.
¿Qué buscaban? ¿Qué querían hacerle? ¿Por qué no
le dejaban en paz? Sabía que eran ellos, los de siempre, otra vez infiltrados, dirigidos hasta este pequeño
rincón. Era difícil que no dieran con él. Ellos tenían
medios superpotentes para no dejarse burlar. Controlaban la luz, el sonido, la radioactividad. De poco iba a
servirle refugiarse en este rincón perdido de la tierra.
También ellos controlaban, sabían hasta de sus más
profundas sensaciones. Le habían visto esconderse en
este viejo vagón de ferrocarril camuflado entre las ramas de los árboles. Lo tenían todo registrado, sus pasos, sus pensamientos, sus recuerdos de infancia, esta
sinfonía del zumbido de los insectos, las voces de los
labradores en la lejanía, el chirrido de los carros, los
relinchos, los ladridos. Conocían su memoria como si
estuvieran pasando una película que detuvieran a su
antojo: los días de su adolescencia cuando pretendía
mirar su destino en el vuelo de los pájaros, en las velas
de los barcos o en el vaporoso alejarse de los trenes y
se tumbaba sobre la hierba florida mirando el cielo y
calculando, a su modo, la velocidad de las nubes impelidas por el viento o adivinando las fantásticas figuras que a su paso caprichosamente formaban. Ellos
sabían también cómo la película de sus recuerdos fue
El hombre que trasladaba a los dementes

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interrumpida aquí, cómo aquel espectáculo idílico y
rural fue un día roto por tiros de fusil, gritos desgarradores, resplandores de llamas asomándose entre
las ruinas de las casas. Muertos, hombres, mujeres,
niños, perros, pájaros y también muñecos muertos.
Muertos en las zanjas, en medio de los campos, boca
abajo o sentados o con los brazos y las piernas extendidas en aspas. La gente amontonada dentro de
los vagones de mercancías. Filas humanas y silencio.
Silencio en la calle, silencio en las fábricas, silencio. Y
ahora, ¿por qué le buscaban? ¿Qué querían que dijese
en realidad? ¿Cómo podían esperar que hablara, después de tantos años? Si hubiese sabido hablar, habría
sabido utilizar en otro tiempo el doble sentido de las
palabras, habría sabido huir del horror y del hambre
poniendo por medio esa distancia salvadora donde el
humo y la sangre se transforman a los ojos en un paisaje discretamente melancólico de niebla y rosas...
Después, fue después cuando hicieron que su retratro empapelara todas las paredes de las aldeas, los
zócalos de los edificios públicos, los salones en cuyo
escenario se alzaba una mesa enfaldada de banderas.
Nadie podía ignorar ya su irrevocable condición de general de los ejércitos, el verdadero, el único conquistador de Busgandali. Sentado en medio de la mesa,
allá subido en la plataforma del salón del cine Capitol,
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José Luis Mediavilla

rodeado de retratos colgados en las paredes, apenas
fue capaz de leer la cuartilla que le dio Policarpo, escrita con grandes letras de notario, porque ya, por entonces, se le olvidaban las palabras, el nombre de las
cosas, los pasos que tenía que dar para volver a casa.
Aclamaban su nombre, invicto General, y le llevaron
a un sastre de la Gran Vïa que le probó sin descanso
seis uniformes diferentes, y le acompañaron después
a una zapatería, también de la Gran Vía, y en unos
momentos, se vio rodeado de botas de montar, espuelas de oro y delicados zapatos, y sin salir siquiera de la
Gran Vía, le metieron en una peluquería, se esculpe el
pelo a navaja, masajes, manicura, donde le subieron
sobre un cómodo sillón giratorio mientras un individuo se acercaba y distanciaba, mirándole el cogote.
Cuando, tenso y fatigado, creía que todo aquello había
concluido, le empujaron a un estudio fotográfico, donde una señorita estuvo dándole una crema por la cara
y por el cuello y pasándole una barra por las cejas.
Mire hacia aquí. Ahora mire hacia allá. Así, así, no se
mueva, muy bien, ahora esta otra, no baje demasiado
la mirada. Sonría un poco, un poco más, eso, eso es,
gracias, ya hemos terminado, con su permiso...
Volvió Cayetano Guevara sobre su cuerpo y su rostro y recordó su retrato repetido hasta el infinito en
los carteles pegados por las calles. Le aclamaban. PoEl hombre que trasladaba a los dementes

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día oírlos con toda claridad. Fue cuando se le presentó el señor Chevrolet, coronel del Estado Mayor, que
rodeando el vagón había logrado llegar hasta él, y sin
mediar palabra le acompañó respetuosamente hasta
el coche que esperaba en el camino, un coche blindado reservado a las más alta autoridad. Comprendió
entonces que había comenzado, por fin, su entrada
triunfal en Busgandali.

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José Luis Mediavilla

III
De la existencia de Pepe Chevrolet y del porqué
de su apodo
Pepe Chevrolet accionó el mando de la sirena y dejó
que la ambulancia se hiciese al tráfico como un gigantesco perro aullador. Con el volante en las manos
observaba los transeúntes volviendo sus rostros sobresaltados. Los destellos de luz se reflejaban en la
carretera y los ruidos de la sirena hacían trepidar de
forma intermitente la estructura metálica de la carrocería. Se movía menos el viejo Cayetano Guevara
echado en la camilla.
Pepe Chevrolet se complacía manejando el volante.
El sopor de los enfermos y la obligada disposición de
los peatones y automovilistas a cederle el paso hacían
que se sintiera protagonista de no sabía qué aventura.
Los días, sus días, se transformaban entonces en algo
El hombre que trasladaba a los dementes

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durmiente y se le agolpaban los recuerdos: la orfandad adolescente corriendo tras el rebaño, bajo el sol y
los árboles, la carretera alejándose, la plaza del mercado, cargando y descargando camiones, la mili después en el cuartel de caballería, los años de vigilante
del garaje Orly y de empleado en el Acapulco, el tiempo que le llevó construir la casa, frente al hospital.
Chófer, camillero, transportista, enfermero, confidente; siempre diligente para cualquier encargo. Cuando
tuvo que cubrir aquella hoja con sus datos, don Francisco Quiñones, el gerente, le dijo riéndose: «Qué coño
anda haciendo; déselo a Verónica y no se preocupe,
hombre, que los hay mucho más ignorantes que usted en puestos altos». Le conocía bien desde cuando
trabajaba como vigilante del garaje Orly y don Francisco era todavía Paquito, un estudiante que andaba
siempre a la cuarta pregunta, al que le dio una llave
del garaje para que pudiera entrar y dormir dentro del
chrevrolet que estaba aparcado en uno de los rincones. Era un chevrolet de color azul celeste, tapizado
en cuero, con asientos reclinables, aparato de radio,
tocadiscos y bar. Al abrir las puertas, la luz interior
se encendía. Cuando le emplearon en el garaje Orly
ya estaba allí aparcado el chevrolet. Le explicaron una
historia que no llegó a entender. El dueño del coche
lo había traído de las Américas, como todos los años,
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José Luis Mediavilla

pero que si una revuelta en su país, que si estaba enfermo, que si había muerto, la cosa es que no se supo
más de él. Así que el coche no era de nadie. Cuando se
encontraba solo lo abría y permanecía sentado, cogido al volante, como conduciéndolo en su fantasía por
anchas carreteras. A medida que fueron pasando los
días, fue aprendiendo a reclinar los asientos, manejar
los dispositivos del aparato de radio...

El hombre que trasladaba a los dementes

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IV
Donde se cuenta el modo y manera en que
Oscarín Montoya llegó al hospital psiquiátrico
Se levantaron de amanecida. La Matea, su madre, le
trajo la ropa de los domingos, le ayudó a ponerse los
pantalones y a abrocharse los botones de la camisa.
--Oscarín, será mejor que hoy no desayunes, por si
tienen que hacerte algún análisis.
Toda la mañana, hasta casi el mediodía, estuvieron
en aquel coche que paraba en los pueblos por los que
pasaba.
Llegaban, ahora, a la ciudad, en busca de una paga o el reconocimiento de una invalidez. Venían desde los cuatro puntos
cardinales. Desembarcaban en viejas estaciones de suburbio.
Saltaban desde los coches de viajeros, entre ruidos de puertas
desajustadas que golpeaban contra el marco inútilmente. Rodaban por los andenes, desvelados, deslizándose por entre las
El hombre que trasladaba a los dementes

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oscuras vértebras del tren de la mañana enfundados en sus
trajes de fiesta, a los que no terminaban de acostumbrarse,
cabalgando sobre sus zapatos de bodas o domingos, como si
llevaran una traba de hierro en sus tobillos. (Hubo un tiempo,
sí, en que a falta de otras pruebas se miraban las palmas de
las manos...)
(Un rumor de martillos y máquinas.) Brotaban, desde el
fondo de la tierra, venían desde más allá del último poblado
que figuraba en los mapas de los ministerios, allá donde las
vacas mugían abandonadas en los establos y las ovejas se
desorientaban en la agonía de los bosques. Y venían también
del mar, desde el borde mismo del mar, donde el océano se
punteaba con metralletas conviertiéndose en aguas jurisdiccionales... (Todavía se contaban historias llenas de horror y
de tragedia, donde unas manos blancas y suaves eran causa
de muerte segura.)
Con frecuencia sucedía que estas gentes, rebasados los cincuenta años de edad, no podían con su cuerpo y, como los viejos barcos, se acercaban renqueantes a las costas del desguace. Tenían las manos encallecidas de tanto aferrarse a la vida
sin descanso. Manos ásperas, duras, fibrosas, como la corteza
de los viejos árboles. Y después de un viaje de tres días y tres
noches por el desierto de las salas de espera y los transbordos, llegaban por fin hasta las oficinas del Estado y colocaban
mansamente sus cabezas debajo de las guillotinas de cristal,
y sus oídos se llenaban de cifras y de horarios, mientras el
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José Luis Mediavilla

aire les penetraba los pulmones con el olor a café y humo de
puros habanos que se escapaba de la cercana y eterna reunión de secretarios y subsecretarios.
Ebrios de números, los distribuían por salas sembradas de
hierbas y flores de plástico. Y los miraban, los palpaban, los
medían, los percutían, los sondaban, los sometían a carreras
por rampas movedizas que no conducían a ninguna parte...
Y su cansancio y su ceguera se iban traduciendo lentamente
en frases cabalísticas (hiperqueratosis, cardiopatías, cirrosis,
amaurosis, epilepsias, depresiones).
Una vez en el hospital, como su madre le había dicho, le sacaron sangre del brazo, apretándole con una
goma alrededor del codo. Después tuvieron que esperar en una sala, sentados junto a unas treinta y cuatro
personas. Oscarín comprendió que la mayor parte de
los que allí esperaban eran inútiles y tontos, seres deformes, unos con la cabeza excesivamente grande, y
otros por el contrario con la cabeza llamativamente
reducida. Algunos andaban de pie, pero otros, cuando
venían a por ellos para llevarlos por una de las puertas, tenían que ser arrastrados por el suelo. Gritaban,
no lloraban.
Oscarín Montoya entró en uno de los despachos. Había una mesa repleta de papeles y libros. Le tumbaron
desnudo en una camilla y con un pequeño martillo de

El hombre que trasladaba a los dementes

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goma le fueron dando suaves golpes por las rodillas,
por los brazos. Después, ya de pie, le pidieron, inútilmente, que paseara por la habitación, que se quedara inmóvil, con los pies juntos, que cerrara los ojos,
que llevara un dedo a la nariz, que lo hiciera otra vez,
que caminara con los ojos cerrados. En cada intento,
tenían que sujetarlo para que no cayera. Más tarde,
comenzaron a hacerle preguntas simples, el nombre
de tres ciudades, el valor de las monedas, contar hasta diez. Oscarín, tan acostumbrado al silencio, apenas
abrió la boca. Por fin, le invitaron a colocar unos cubos
de colores, como un rompecabezas, algo parecido a un
juego, pero las sacudidas de sus brazos hicieron que
todas aquellas piezas rodaran por el suelo...
Cierto que los había que tenían «demasiado grande
el corazón para la caja», llenas de nudos sus articulaciones, nublados ya los ojos de tanto mirar al sol desde la tierra o de no ver la luz desde la mina; aunque
para seguir viviendo se habían visto obligados a caminar, a golpear el martillo, o a arrastrar las redes hasta
dejar las manos y los pies curtidos como el cuero; por
eso se habían encontrado callosidades en sus manos,
signo inequívoco de un trabajo reciente, ¡prueba fehaciente de una manifiesta voluntad de fraude! «Hay
que dar tiempo al tiempo», transcribían los telefax y

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José Luis Mediavilla

los ordenadores más allá de un horizonte de curpiel y
metacrilato.
Su madre, la Matea, volvió al pueblo y Oscarín quedó en el hospital para «observación y estudio». A medida que transcurrían los días, la extrañeza y el miedo
de Oscarín dentro del pabellón fueron aminorando. La
aparente monstruosidad de los rostros que encontró
a su llegada fue transformándose en algo rutinario y
familiar. Alguno de los internos se le acercaba de improviso gritando y azotando los brazos en el aire, pero
ni estos acontecimientos, que al principio le sobresaltaban, dejaban ahora en él el menor rastro de emoción o rechazo. Algunos se mordían o se golpeaban
con la cabeza en la pared hasta caer aturdidos, otros
se revolcaban por el suelo. Nada de todo esto conseguía alterar sus pensamientos constantes: la oscura
razón por la que estaba allí, y el recuerdo de su casa,
sus padres y su perro, Troski.

El hombre que trasladaba a los dementes

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V
De la carta que un inventor de lenguas escribió
al rey, y de cómo terminó recluido
Majestad:
Le escribo como máximo dirigente y representante de la
nación para manifestarle que las anomalías del alfabeto y de
la lengua son la causa principal de las dificultades de relación
entre los hombres, así como del analfabetismo existente, ofreciéndome a llevar a cabo una reforma urgente de la misma,
habida cuenta de los beneficios sociales que esto traería consigo, tal es la creación de una humanidad nueva.
Aun cuando vengo efectuando múltiples solicitudes a los
organismos competentes, no he sido comprendido, ni siquiera
escuchado, lo que significará un perjuicio irreparable a la humanidad por lo que ello supone de freno a la mayor obra que
nunca se haya emprendido. Ni el señor ministro de educación,
ni la Academia de la Lengua pueden considerarse interlocuEl hombre que trasladaba a los dementes

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tores válidos en una cuestión como ésta, tan trascendente. El
trato exquisito entre personas es siempre más fructífero y superior al que puede darse de institución a institución, el cual,
como su majestad comprende, no deja de estar mediatizado
por sus estatutos. El pueblo pide una nueva forma de entendimiento y el pueblo no puede ser traicionado.
Majestad, ni usted ni yo podemos dejarnos seducir por los
argumentos que suelen emplear las gentes interesadas en
mantener un estado de incomunicación humana. Debemos
luchar por la implantación de una lengua de fuerte arraigo
popular aunque en principio choque frontalmente con los libros que ya existen escritos o contra aquellas personas que
ahora hablan una lengua envejecida y decrépita, tal es la que
utilizamos.
Como deseo y debo ser en esta ocasión absolutamente sincero, he de confesarle, majestad, que mis trabajos tienen una
trayectoria que arranca de la emoción que produjo en mí un
escrito firmado por el doctor Jolungo, creador del idioma junglo, en el que quedan suprimidas las letras H, V, C, CH, K, X,
W, Y, así como las irregularidades gramaticales, casi todas las
interjecciones y modificando las palabras de difícil pronunciación y malsonantes, tales ventajas filológicas hacen posible
un lenguaje propio de un país rústico y pacífico, ajeno a las
enfermedades y la guerra.
A la aldea me boi
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José Luis Mediavilla

a leer i a dormir
porque sólo en ella
se puede vivir
todo lujo es
una complicazión
i ai que azerle
qonstante oposizion
bibiz en grupo de amigos
qultibando la tierra
i el zerebro
protejez un grupo de amigas
que os den niños listos
dejando a ellas las niñas.
Reconozco, pues, al doctor Jolungo como mi maestro, y me
atrevo a pedir a su majestad se digne prestar la atención que
nuestro esfuerzo merece.
¡En marcha la renovación de la lengua, a ella han de sumarse todos los pueblos del mundo!
¡Aspiramos a un lenguaje universal!
¡En nombre del progreso y del futuro del pueblo que tanto
os ama, os ruego, majestad, me contestéis diciéndome si está
en vuestro ánimo el sumarse a esta empresa para el bien del
universo!
Entre las cartas que llegaron al hospital había una
que destacaba por la gruesa cartulina del sobre y la
El hombre que trasladaba a los dementes

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corona del reverso debajo de la que podía leerse «Casa
de su majestad el rey». Venía escrita impecablemente
a máquina y dirigida a Desiderio Colasanto, aunque
habían anotado en los distintos márgenes blancos palabras apenas legibles: «ausente», «en paradero desconocido», «el cartero», «trasladado al hospital», «el
oficial de Correos».
La carta fue entregada abierta a don Bonifacio, el
viejo director médico, que no pudo evitar un gesto de
desagrado ante la reiterada transgresión del personal
de su orden de respetar la correspondencia de los internados. La carta decía: «Su majestad ha recibido la
generosa oferta de sus descubrimientos y agradece la
exposición de los mismos. Tendrá mucho gusto en remitirla para su estudio a los asesores correspondientes».
El médico director incluyó la carta en la historia clínica de Desiderio Colasanto y se detuvo en releer con
más atención algunos datos que figuraban consignados en la misma.
A los tres años Desiderio quedó huérfano de padre.
Le dijeron después, cuando pudo entenderlo, que su
padre había muerto del pulmón. Su infancia transcurrió en casa de su abuelo, al que siempre recordó
sentado en un sillón de mimbre, atendido por su tía
Leonor y por su madre. Para moverlo arrastraban por
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José Luis Mediavilla

la casa el sillón desde la ventana a la mesa o la cama.
Y cuando lo lavaban, un día a la semana, se encerraban con él en la cocina y el abuelo chillaba entre el
chapoteo del agua en el balde.
Desiderio fue un niño ensimismado que antes de
cumplir los cuatro años y sin que apenas nadie se
ocupara de enseñarle las letras, comenzó a leer de corrido. Este acontecimiento paralizó de asombro a los
escasos habitantes de Castrolvido y en especial al padre Gabriel y al maestro. Don Gabriel, el misionero, se
apresuró a proclamar en el niño una inteligencia no
menos grande que la de santo Tomás y habló a su madre de la conveniencia de que aquella vocación no se
perdiese, argumentando su propuesta con la parábola
de los talentos; el maestro, don Sindulfo, habló con
Desiderio durante tres días seguidos, le invitó a dibujar personas, casas y arbolitos y después de meditarlo
mucho llamó a Sira, la madre, y le dijo: mire, mujer,
este hijo suyo es raro, tal vez un genio, no digo que no,
pero raro. Es como un reloj cuya máquina tiene una
marcha imprevista y desajustada. Mi consejo es que
lo eche a jugar con los demás niños de su edad y que
se deje ahora de libros, que ya tendrá tiempo. Pero la
madre no alcanzaba a ver en su hijo rareza alguna, lo
que veía solamente era que Desiderio apenas un mes

El hombre que trasladaba a los dementes

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después de haber comenzado a leer, sin que nadie le
enseñara, componía versos que rimaban con musical
acento y que además estaban llenos de bellas y sonoras palabras, que parecían oraciones de los novenarios. Cada día se hacía más claro que el padre Gabriel
había sabido descubrir, casi a primer golpe de vista, la
llama mística que ardía en el alma del niño.
Apenas iniciada la pubertad, entró sin dificultades
en el convento de los padres escolapios. La piedad y
el estudio fueron las verdaderas pasiones de su adolescencia, y desde muy temprano el Flos Sanctorum su
mejor compañía. Siempre llevaba el libro consigo, y
por las noches lo dejaba en la cabecera de su cama
como confiándole sus sueños. Se veía en san Juan de
Sahagún, que siendo todavía de tierna edad solía juntar a los otros muchachos y subido en lo alto de una
piedra predicaba con tanto celo y discreción que todos decían que aquel admirable niño había de ser un
apóstolico orador, o se veía en san Abraham, el solitario que el mismo día de su boda, al tiempo que toda
la casa estaba ocupada en convites, músicas, bailes y
danzas, saliose secretamente de ella y fue a encerrarse en una gruta, o en san Justino, filósofo y mártir, o
en san Hospicio, o en san Efrén, o en tantos y tantos...
Las vacaciones perturbaban su sosiego interior.
Castrolvido era ya otro pueblo tras la muerte del mi58

José Luis Mediavilla

sionero padre Gabriel. La casa del misionero había
sido convertida en lugar de escándalo y pecado al que
acudían gentes bulliciosas alejadas de todo decoro.
Por eso prefería encerrarse en la habitación, y pasaba
los días leyendo y escribiendo. A veces en la noche se
le oía hablar solo. La madre y su tía le decían, como
riñéndole cariñosamente, tienes que salir, pasear por
el campo, a tus años no es bueno que lleves esa vida,
pero Desiderio les escuchaba absorto, sin decir ni que
sí ni que no, sin parpadear apenas, como leyendo frases o letras escritas a la altura de sus ojos. Desiderio
perdió el sueño, abandonó sus oraciones y también
todo interés por lo que no fuera la renovación de la
lengua. Un día el padre superior le llamó al despacho:
Desiderio, qué te pasa, te encontramos más extraño
que nunca, no asistes al comedor, ni a la capilla, qué
te pasa, así no puedes continuar. Desiderio contestó padre, si el pensamiento es el lenguaje, haré una
lengua que por su uso modifique el pensamiento del
mundo. Ya no habrá más pecados, ni crímenes, ni robos, con sólo hablar el lenguaje que yo busco, el hombre se transformará en un ser bueno, y casto, y este
mundo pecador volverá a ser el paraíso...
Abandonó el convento, y vagó de un lugar a otro llevado de su febril lucha por la renovación de la lengua.
Discursos, conferencias, polémicas, asiduo escritor de
El hombre que trasladaba a los dementes

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cartas a los periódicos, mostrándose incomprendido,
perseguido, asediado, calumniado, él, que había venido a este mundo para salvarlo de la incomunicación y
de la corrupción de la lengua. Por fin, cuando no pudo
contenerse entre el espacio de los periódicos o de los
ateneos provincianos, se echó a la calle como un mesías tronante. Hablaba, gritaba por las plazas, pegaba
carteles en las puertas, su figura se fue cargando de
patetismo. Los que en un principio le escuchaban con
curiosidad, con el paso de los días cayeron en la indiferencia, y al final no pudieron evitar sentir al verle
temor y lástima.
Cuando Pepe Chevrolet llegó con la intención de recogerlo, Desiderio no hablaba, sólo gesticulaba o pronunciaba palabras incoherentes, riéndose y llorando
a un tiempo.

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José Luis Mediavilla

VI
De la verdadera historia de la casa rural donde
los señoritos celebraban las fiestas y días de
guardar
Diríase que Castrolvido era un pueblo deshabitado
si no fuese por el deslizarse de alguna cortina blanca a
través de una ventana o un balcón. No había nadie en
sus calles. Balcones silenciosos, ventanas silenciosas
al fondo de los cuales contemplaban el transcurrir del
día insospechados habitantes.
Dos eran los edificios más característicos: la colegiata y la casa del misionero. La historia de la colegiata se remontaba al siglo VII, con la construcción de un
monasterio cuyo emplazamiento no se conocía con
exactitud. Los documentos de la colegiata acreditaban
sobradamente la protección que dicho monasterio
gozó desde la fundación por reyes y nobles. Sus reglas,
El hombre que trasladaba a los dementes

61

muy influidas por la disciplina monástica redactada
por el monje copto san Pacomio, guardaban grandes
semejanzas con las conservadas por los cenobios de
oriente. El otro edificio de Castrolvido era la casa del
misionero, una preciosa villa rodeada de un exótico
jardín, donde vivió sus últimos días un hombre que
habría de disfrutar del respeto y la veneración de la
comarca, el misionero padre Gabriel Lago, y al que
la casa le fue legada en herencia por sus verdaderos
dueños, una rancia familia de indianos que murieron
sin dejar descendientes.
El misionero Gabriel Lago vino de las Antillas y habitó la villa durante unos nueve años. Hombre modesto y generoso, se limitó a ocupar una pequeña habitación en el piso alto, cediendo el resto del inmueble
a los necesitados, ancianos y pobres ambulantes: un
patio central, con una escalinata que ascendía a dos
plantas con un total de dieciocho habitaciones entre
las que se intercalaban amplios salones.
El misionero Gabriel Lago vestía una sotana negra
sin alzacuello, así como el bonete con el que mantenía su cabeza cubierta. Todos los días se desplazaba
hasta la colegiata

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