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Última actualización web: 19/05/2022

Metáforas que curan

Autor/autores: José Pinto Campos
Fecha Publicación: 21/03/2011
Área temática: Psicología general .
Tipo de trabajo:  Artículo original

RESUMEN

Este artículo estudia el problema de cómo ?poner límites?, un tema que despierta debates ideológicos entre partidarios de estrategias ?duras? o ?blandas?. Para ello, se analizan cuatro casos, sobre la base de cuatro experiencias ?tipo? de resolución de conflictos, que se utilizan como metáforas: guerra, maternaje, negociación y democracia. Los resultados muestran la necesidad de emplear un sistema de metáforas interconectado. El uso de una sola metáfora es insuficiente, ya que resalta un campo de experiencias, al tiempo que oculta otros aspectos muy relevantes. La conclusión final es paradójica. ?Poner límites? es realmente limitado. Necesitamos ir más allá: crear límites interactivos en un marco     que venimos definiendo como democrático. Pero por otra parte, el psicoterapeuta necesita reaprender a ?poner límites? en un sentido conservador (?oposición constructiva? que resta y suma sobre la subjetividad del paciente) y a la vez en un sentido innovador: el terapeuta debe proponer acciones explícitas al paciente (construcciones) para poner límites a situaciones de maltrato.

Palabras clave: límites; guerra; maternaje; negociación; democracia; metáforas; construcciones.

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Pinto Campos J M. Psicologia.com. 2010; 14:9.
http://hdl.handle.net/10401/2813

Artículo original
Metáforas que curan: Construcciones en psicoterapia
psicoanalítica
Metaphors that cure: Constructions in psychoanalytic psychotherapy

José Manuel Pinto Campos1*
Resumen
Este artículo estudia el problema de cómo "poner límites", un tema que despierta debates
ideológicos entre partidarios de estrategias "duras" o "blandas". Para ello, se analizan cuatro
casos, sobre la base de cuatro experiencias "tipo" de resolución de conflictos, que se utilizan
como metáforas: guerra, maternaje, negociación y democracia. Los resultados muestran la
necesidad de emplear un sistema de metáforas interconectado. El uso de una sola metáfora es
insuficiente, ya que resalta un campo de experiencias, al tiempo que oculta otros aspectos muy
relevantes. La conclusión final es paradójica. "Poner límites" es realmente limitado.
Necesitamos ir más allá: crear límites interactivos en un marco que venimos definiendo como
democrático. Pero por otra parte, el psicoterapeuta necesita reaprender a "poner límites" en un
sentido conservador ("oposición constructiva" que resta y suma sobre la subjetividad del
paciente) y a la vez en un sentido innovador: el terapeuta debe proponer acciones explícitas al
paciente (construcciones) para poner límites a situaciones de maltrato.
Palabras claves:
construcciones.

Límites,

guerra,

maternaje,

negociación,

democracia,

metáforas,

Abstract
This article studies the problem of how to "set limits", a topic which provokes strong ideological
debates among supporters of "hard" or "soft" strategies. In order to do this, four cases are
analyzed, based on four "types" of experiences of solving conflicts that are used as metaphors:
war, motherhood, negotiation and democracy. The results show the necessity of using a system
of interconnecting metaphors. The use of just one metaphor is insufficient as it highlights one
area of experience but, at the same time, hides other relevant aspects. One may conclude that
"setting limits" is truly limiting. We need to go further: To create interactive limits in a
democratic framework. But on the other hand, the psychotherapist needs to relearn how to "set
limits" in a conservative sense ("constructive opposition" which subtracts and adds to the
subjectivity of the patient) and at the same time in an innovative sense: the therapist must
propose explicit actions to the patient (constructions) in order to set limits to situations of
mistreatment.
Keywords: Limits, war, motherhood, negotiation, democracy, metaphors, constructions.

Recibido: 19/10/2010 ­ Aceptado: 07/11/2010 ­ Publicado: 20/12/2010

* Correspondencia: jmpinto@arrakis.es
1 Miembro de IARPP-España y del Instituto de Psicoanálisis Relacional, Director del curso "La creatividad
en Psicoterapia"

Psicologia.com ­ ISSN: 1137-8492
© 2011 Pinto Campos J M.

Pinto Campos J M. Psicologia.com. 2010; 14:9.
http://hdl.handle.net/10401/2813

Reconozco que "poner límites" tiene una connotación muy negativa para mí. Y, si la
expresión surge de una persona autoritaria o prepotente, el efecto se potencia y me revuelve por
dentro. Me rebelo ante el significado emocional de "poner límites" equivalente a "taparle la boca
a uno". Ya en la adolescencia temprana mi madre me llamaba "abogado de pleitos pobres",
expresión que refleja una tendencia natural que me ha impulsado a luchar a favor de personas
maltratadas.
También reconozco que, al evaluar algunos de estos tratamientos ya terminados, tiendo a
rebajarme la nota debido a un error personal sistemático: la dificultad de "poner límites" en el
sentido de "oposición constructiva" al mundo subjetivo del paciente.
La expresión "poner límites" tiene dos significados contundentes y contradictorios:
1. Abuso, resta. Las necesidades del otro se imponen en perjuicio propio.
2. Oposición constructiva, suma. La visión opuesta y alternativa del otro enriquece la visión
propia.
Ahora bien, tolerar la paradoja de convivir con límites que unas veces restan y otras,
suman, o que restan y suman a la vez, puede resultar una tarea psicológica muy complicada si no se
dispone de un contexto adecuado (Pizer S.; 1998). Por ejemplo, una parte importante de la actual
dificultad de mi generación para poner límites tiene raíces sociales: la vida bajo la dictadura
franquista y el autoritarismo familiar y social nos ha constreñido a ver los límites como sinónimo de
represión intolerable.
Por eso, la mentalidad progresista es "maternal", sensible al maltrato contra los más débiles
(trabajadores, niños, alumnos, etc.) y pone, efectivamente, límites al contexto social para crear un
entorno facilitador: proveer al individuo de un nuevo habitat que facilite su crecimiento. Por el
contrario, la mentalidad conservadora utiliza la metáfora de la guerra para proteger a las
autoridades (propietarios, padres, profesores, etc.) y pone límites a la invasión de los "bárbaros": se
trata de no permitir que se pasen de la raya, ganar la batalla, no ceder terreno, ni abandonar las
posiciones, etc.
Hoy en día, aparecen nuevos fenómenos sociales que nos conducen a la reflexión y reabren
el debate entre partidarios de estrategias duras o blandas. Tenemos un ejemplo en los llamados
"hijos tiranos" que maltratan físicamente a sus propios padres, sin haber sido previamente
maltratados (Garrido V., 2005). Estos casos producen una gran repulsión social y funcionan como
anomalía de la concepción del hombre como "buen salvaje". Los terapeutas que provenimos de una
tradición progresista nos vemos obligados a reconocer aspectos positivos de la tradición
conservadora para entrenarnos en la guerra contra el maltrato y asumir el papel de coordinación
de un ejército, en cuyas filas se sitúan, en esta ocasión, padres, trabajadores sociales y tutores de
institutos o de centros especiales que acogen a menores con medidas judiciales.
Sin embargo, quedarse anclado en posiciones conservadoras también resulta ineficaz.
Inmersos en una lógica exclusiva de guerra, tendemos a caer en lo que Benjamin (1998, 2004) ha
llamado "dualidad complementaria": el enredo en la dialéctica entre el dominante y el dominado
que aumenta así la espiral de violencia. Esta dinámica pasa desapercibida en la explicación de
Garrido sobre el fenómeno de los "hijos tiranos", al absolver a los padres (víctimas) y focalizarse en
el comportamiento de los hijos (verdugos) y prescinde, de esta forma, de la mitad del problema
aunque, por otra parte, critique acertadamente el surgimiento de nuevos códigos violentos y la falta
de solidez de la ética social.

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La mitad oculta del problema reside en el modelo incoherente y disociado de poner límites
que habitualmente muestran las familias de los "hijos tiranos". Se parte de una relación de pareja
muy deteriorada, donde uno de los padres suele funcionar con un exceso de tolerancia o de
pasividad, o con una ideología progresista radical, mientras que el otro progenitor se polariza hacia
el extremo opuesto, reaccionando con furia guerrera a situaciones de impotencia, o imponiendo
una ideología conservadora llevada a extremos. Al final, la lucha ideológica, relacional y crispada
entre los padres crea el modelo de funcionamiento del hijo, que oscila entre la demanda de total
tolerancia y el recurso a la guerra sucia de intimidación hacia su entorno social más cercano.
Hay que recordar que, con otras formas civilizadas, la guerra ideológica aparece en todos
los ámbitos sociales. Tanto en la reeducación como en la psicoterapia, los casos de maltratados y
maltratadores suelen resolverse con métodos "duros" (Klein M., Kernberg O., 1984, 2003) o
"blandos" (Winnicott, Kohut), que centran el problema en el ambiente o en el individuo. Así, las
ideologías, tanto las conservadoras como las progresistas, elevan los conceptos a la categoría de
ideales cerrados y autosuficientes, que iluminan una parte de la realidad al tiempo que oscurecen
otros aspectos igualmente importantes de la misma.
Reaprender a poner límites significa aflojar las limitaciones del pensamiento ideológico. Y
para ir más allá de estas limitaciones, para pensar mejor, se requiere, paradójicamente, aceptar las
limitaciones de nuestra capacidad de pensar, que es siempre ideológica: pensamos inevitablemente
a través de modelos idealizados.
Nietzche (1990) nos descubrió que bajo todo concepto hay una metáfora y que la realidad
"pura y dura" está compuesta por metáforas fosilizadas de las cuales ya hemos olvidado su origen. Y
el lingüista cognitivo Lakoff (1980) ha demostrado cómo pensamos, sentimos y actuamos a través
de metáforas: nos enfrentamos a experiencias nuevas, ambiguas y estresantes, con la ayuda de
otras experiencias antiguas mucho mejor conocidas, a las que tomamos por modelos analógicos. En
consecuencia, si cambiamos las metáforas a través de las que pensamos, cambiarán nuestros
sentimientos, pensamientos y acciones. Esto es evidente cuando, partiendo de la consideración de
un drogadicto como "delincuente", empezamos a tratarle como a un "enfermo" (González J.M.,
1998). Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones no somos conscientes de las metáforas
implícitas que determinan nuestro pensamiento. Por eso Lakoff habla de "inconsciente cognitivo".
Lizcano (2006) ha realizado una tarea de desenmascaramiento de metáforas implícitas en
el lugar en donde menos se esperaría encontrarlas, en las matemáticas, la base del conocimiento
científico. Y al igual que Lakoff (2004), nos muestra cómo al alterar estas metáforas, nuestra mente
se abre a un nuevo mundo. Así, por ejemplo, Lizcano demuestra que la dificultad y el retraso de las
matemáticas occidentales para concebir el número negativo se debe a que, en el contexto de una
cultura agrícola, la operación de la resta se ha pensado a través de la metáfora de la extracción.
Pretender sustraer 3 manzanas de una cesta en la que sólo hay 2 manzanas nos resulta absurdo y
antinatural (-1), problema que no aparecía en las matemáticas chinas, al concebir la operación de la
resta bajo otra metáfora, la guerra entre dos ejércitos, simbolizados por palillos rojos y negros.
"Enfrentados, se van aniquilando mutuamente, cada combatiente rojo se aniquila con uno
negro. El número de los supervivientes arroja el desenlace de la batalla, el resultado de la
operación. Si es el ejército rojo el más numeroso, el resultado será una cierta cantidad de números
rojos (o positivos); si era el negro el que contaba con más combatientes, el resultado será -con la
misma naturalidad- el número de soldados negros supervivientes (números negativos). Lo que bajo
la metáfora de la sustracción era una aporía insalvable, bajo la de la guerra no presenta la menor
dificultad". (Lizcano E., 2006; Metáforas que nos piensan. Pág.118)

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Objetividad de los límites: la guerra
Hace bastantes años, mi mujer y yo vivíamos en un edificio cuyas plazas de garaje eran muy
estrechas, así como el espacio común de maniobra. A esto se añadía la mala suerte de habernos
tocado un vecino de aparcamiento que imponía sus propias leyes. Dejaba casi siempre su coche
pisando o traspasando la línea lateral común. Además, el morro de su vehículo sobrepasaba
cuarenta centímetros la línea de fondo, debido al gran tamaño del coche, y a la colocación de una
rueda gruesa junto a la pared que servía de tope para evitar roces. Así, para que él estuviera a sus
anchas, nosotros teníamos que sudar y estresarnos para poder aparcar.
Durante dos o tres años fuimos víctimas sin conciencia, sin asertividad, ni capacidad de
mentalización. Sufríamos al vecino calladamente y, excepcionalmente, nos quejábamos e
intentábamos apelar a su empatía, presuponiendo que se trataba de una persona razonable. Sus
reacciones eran siempre las mismas: negaba la realidad ("aparco como todo el mundo"), durante
una pequeña temporada dejaba de invadir el límite lateral, y enseguida, volvía a las andadas. Era
como tener un dolor crónico que sólo desaparecía intermitentemente.
Un buen día nos saltamos nuestras propias reglas de educación, y dejamos el coche mal
aparcado, como nos cayó de primeras. Casualmente, mientras salíamos del garaje, llegó el vecino.
Para aparcar su cochazo necesitó hacer muchas maniobras, al tiempo que otro coche detrás de él le
urgía a ceder el paso: parecía muy agobiado. Al verlo así, a mi mujer y a mí nos dio un ataque de
risa histérica. Nos resultaba deliciosa esta situación invertida: ahora era él quien tenía que sudar
para aparcar.
Esta escena nos abrió los ojos de repente: nos dimos cuenta de la gran cantidad de rabia
que habíamos acumulado. La reacción vengativa nos sirvió para recuperar una posición activa
después de mucho tiempo de pasividad. Y para entender que lo patológico no es la venganza en sí,
sino la ceguera vengativa que pasa por encima de la ley.
A la mañana siguiente, mi mujer telefoneó para contarme un nuevo encontronazo con el
vecino. Le había esperado a la salida del portal y le recriminó con gesto agrio: "Yo también sé
reírme de ti". Se asustó y aceleró el paso, pero él siguió persiguiéndola mientras repetía la misma
frase como una letanía: "Yo también sé reírme de ti". Por la noche, movido por el suceso, fui a ver al
vecino al regresar a casa. Y sin contenerme apenas, le amenacé, como un perro furioso: "No voy a
consentir que vuelva a asustar a mi mujer".
Ya estábamos en guerra declarada: ataques y contraataques mediante los cuales
asumíamos los roles de víctima y de vengador. Antes, sufríamos sumisamente a un vecino que nos
chuleaba, mientras que, ahora, éramos las víctimas concienciadas de un abuso. Antes, teníamos las
manos limpias, ahora, habíamos perdido la contención.
Era evidente que, para no eternizarnos en este círculo vicioso y poder vencer al
maltratador, necesitábamos una nueva estrategia: seguir la guerra, pero por medios legales. Nos
animó el hecho de saber, a través de un conocido que había padecido exactamente el mismo
problema, que la actuación del vecino era ilegal. Así, decidimos llamar por teléfono al presidente de
la comunidad para que ejerciera de mediador.
Dos o tres días después encontré al enemigo en la calle y le pregunté si había hablado con el
presidente. No respondió a la pregunta. En cambio, con gesto amargo y crispado, me amenazó con
"hablar mal de mí a todos los vecinos".
Esta fanfarronada irracional me hizo reflexionar. Era una amenaza irrealizable, porque yo
tenía buena relación con los vecinos más próximos y, por otra parte, ¡éramos más de cien familias!

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Por primera vez pude olfatear su miedo proyectado. Debía de haberse sentido humillado por la
llamada del presidente. Debía de tener pánico a ser objeto de la crítica masiva del vecindario. Tuve
una intuición. Bajé al garaje. Y ¡victoria! ¡Por fin, había quitado la rueda ancha! ¡Tenía su coche
aparcado de forma impecable! ¡Habíamos ganado la guerra y podíamos descansar tranquilos!
En efecto, habíamos ganado la batalla decisiva, pero la guerra no terminó ahí. Ahora
teníamos un enemigo declarado. Al pasear por el parque del barrio, girábamos la cabeza
periódicamente, no fuera a oírnos nuestro fantasma. Y en este ambiente persecutorio, el azar vino a
traer una nueva complicación. El segundo coche del vecino, aparcado en la calle, apareció con el
espejo retrovisor roto. Inmediatamente supuse que pensaría que se lo habría roto yo. Y
efectivamente, dos días después, también apareció nuestro segundo coche con una rotura, la del
cristal de una ventanilla. Entonces, no lo dudamos: pusimos una denuncia en la comisaría, y envié
al vecino una copia por correo. Ahora, por fin, gracias a esta segunda fuente de protección, se
restableció definitivamente la paz y nuestro antiguo enemigo adquirió la sana costumbre de
aparcar correctísimamente.
La resolución de este conflicto ilustra la necesidad de entrar en guerra contra el maltrato.
Este pequeño tirano ya estaba instalado en una posición paranoide y agresiva, de manera que la
empatía y las buenas formas eran codificadas como debilidad, como licencia para seguir
imponiendo "su ley".
El lector podrá recordar muchas guerras de fronteras dentro de la familia, el grupo de
amigos o las instituciones de pertenencia. En todas ellas necesitamos manejarnos con una
concepción de los límites como algo físico, material y objetivo: la línea exacta y precisa de
separación entre tu espacio y el mío.

Subjetividad de los límites: el maternaje
La relación con Lucía era el polo opuesto a la barbarie y chulería del vecino. Lucía era una
mujer de algo más de treinta que practicaba un trato extremadamente cortés. Resultaba una delicia
dialogar con ella: tan educada en las formas, muy culta, excelente narradora, y capaz de escuchar a
los otros.
Después de un año de psicoterapia pudo recuperarse del estado depresivo que arrastraba
en los últimos años. Aunque lo sustituyó por un entusiasmo que me parecía peligroso por varios
motivos. En primer lugar, se había apartado completamente de su brillante trayectoria académica.
Tras licenciarse en Historia, consiguió trabajo en universidades extranjeras durante cinco o seis
años. Pero a la vuelta sólo encontró puertas cerradas en la universidad española. Una frustración
que se trasformaba en resignación, no en una redefinición de sus metas profesionales.
En segundo lugar, se volcó intensamente en el trabajo que desarrollaba como voluntaria de
una asociación benéfica dedicada al cuidado de enfermos terminales, al punto de pensar en trabajar
a tiempo completo en ella como auxiliar. El hecho de que Lucía se comportara como una excelente
cuidadora y fuera reconocida por ello, resultaba previsible. Pero estaba más allá de mi capacidad
empática el comprender su alegría en el trabajo con moribundos. Parecía estar repitiendo una
nueva versión de su historia familiar. Su hermana pequeña tuvo un accidente a los dos años y
quedó tetrapléjica. Y a partir de entonces, la madre abandonó su trabajo para dedicarse en
exclusividad, día y noche, al cuidado de la niña, hasta que pasados unos años, cayó en una larga
depresión. A Lucía le tocó recibir los golpes culpabilizantes por no atender abnegadamente a la
madre encamada, paradójicamente, después de haber sido descuidada por ella, mientras le duró la
fiebre del "cuidado infinito" a la hija minusválida.

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En tercer lugar, Lucía se enamoró del director de la asociación, un hombre mucho mayor
que ella y casado. Y esta nueva intimidad y reconocimiento mutuo la tenía embelesada. Por último,
propuso reducir el ritmo de sesiones a la mitad y venir cada dos semanas. Propuesta que yo
rechazaba.
Todo esto me alarmó y pensé que había que combatirlo: poner un techo al viaje en globo de
Lucía por la estratosfera del "cuidado infinito". Durante varias sesiones, fuimos confrontando
nuestras posiciones. Y finalmente, decidí utilizar todas mis armas. Le interpreté esta situación
como un atajo para conseguir el reconocimiento que necesitaba como mujer y como profesional.
Trataba de convencerla de que, en vez de construir un nuevo ideal profesional que guiara sus
esfuerzos, se estaba identificando con una madre idealizada, repitiendo así la historia familiar.
Lucía defendió un punto de vista radicalmente distinto. No creía identificarse tanto con su
madre como yo decía: ni era sobreprotectora, ni vivía la adversidad como algo "que no tendría que
haber pasado". Y en medio de su decepción, sin perder su buena educación, me lanzó una frase
contundente y sencilla que recibí como una pedrada: Este no es el diálogo que yo necesito.
A la sesión siguiente hubo un cese de hostilidades. Me pidió perdón por haber sido brusca.
Y yo le pedí perdón por haber ofrecido una interpretación demasiado parcial. Así, la terapia se
prorrogó durante dos meses más, en los que pudimos aclarar algunos malentendidos. Pero la
alianza de trabajo había quedado muy dañada y Lucía se retiró del tratamiento.
¿Por qué no funcionó aquí la metáfora de la guerra para poner límites a la evidente
identificación patológica con la madre? Porque, como ocurre con todas las metáforas, sólo pueden
cubrir una parte de la realidad, al tiempo que ocultan o desatienden otros aspectos esenciales:
- La lucha contra el abandono profesional. En realidad, era una visión alarmista,
como si Lucía fuera una hija joven que hubiera tomado un camino irreversible y dañino,
cuando se trataba de un experimento juvenil, intenso, pero transitorio.
- La resistencia contra el trabajo de la asociación. Es verdad que suponía una
identificación con la madre y una repetición de la historia. Pero también era una superación
del estilo materno: poder cuidar sin deprimirse, sin añorar demasiado otra realidad más
favorable.
- Mantenerse firme en el encuadre. Poder reducir a la mitad el número de sesiones
constituye una propuesta aceptable que aprendí gracias a Lucía. Desde hace unos años la
pongo en práctica, con aquellos pacientes que pasan fases en las que necesitan mayor
autonomía.
El uso de la metáfora de la guerra era útil para poner barreras, fronteras a la ética del
cuidado infinito. Sin embargo, Lucía tenía razón en quejarse porque "no era este el diálogo que
necesitaba". Se requería poder acoger la subjetividad del paciente y superar las propias
limitaciones del terapeuta. Una nueva metáfora que resaltara la necesidad de ampliar y
flexibilizar los límites del terapeuta para crear un ambiente que permitiera el crecimiento del
paciente, de acuerdo a su nivel de desarrollo. Para este fin, la metáfora del maternaje, desarrollada
principalmente por Winnicott, parece muy adecuada:
- Un útero para concebir un bebé. Los límites del terapeuta se dilatan como
el cuerpo de la madre para que pueda crecer el otro.
- Maternaje. El terapeuta, como la madre, se presta a proveer al paciente
de funciones que no tiene desarrolladas.

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Interactividad de los límites: la negociación
En medio del impasse con Lucía disfruté de unas vacaciones de Semana Santa en el campo.
Durante uno de los paseos, me vino a la cabeza la comparación de este caso con la época hippy de
mi juventud. Por entonces, abandoné la universidad y vivía de trabajos esporádicos: descargar
camiones, la venta ambulante, y vendimiar y recoger fruta en verano. En realidad me sentía muy
confuso, pero defendía la ideología de la libertad frente al modo de vida burgués. En completa
oposición, mi padre me recriminaba que estuviera echando por la borda una brillante trayectoria
académica, lo que produjo un gran distanciamiento con la familia.
Por entonces, disfrutaba de charlar con vagabundos y con la gente que me encontraba por
la calle: una fórmula mixta de conocer a otros y encontrarme a mí mismo. Pensar en esto y en Lucía
me ayudó a darme cuenta de que el proyecto de ser psicoterapeuta surgió gracias a esa época
caótica. La psicoterapia no ha dejado de ser para mí una forma ordenada de disfrutar del antiguo
placer de conocer a otros y a uno mismo.
Una vez que pude asumir mi propio caos, ya pude conectarme emocionalmente con la rara
sensación que me provocaba el trabajo que Lucía ejercía. A la vuelta de vacaciones, reconocí a Lucía
mi error. Había repetido la historia, representando con ella el mismo papel que mi padre hiciera
conmigo: alarmarme demasiado por los desórdenes de la juventud, creyendo que estas aventuras
fueran irreversibles y completamente negativas. Ahora ya podía hacer maternaje con Lucía, dilatar
algunas de las propias limitaciones para poder contener y legitimar experiencias con aspectos
similares.
Si pude rectificar parte de mis errores, ¿por qué se interrumpió la terapia? En primer lugar,
porque Lucía no pudo recuperar la pérdida de confianza en mí, no creía ya que su terapeuta fuera
capaz de entender y legitimar su mundo emocional. En segundo lugar, porque yo no quería
renunciar completamente a la guerra contra el "atajo" para obtener de ella un concepto valioso de sí
misma. De hecho, esta guerra también resultó útil, aunque más a largo plazo. Un año después de
haber terminado la psicoterapia, Lucía telefoneó para tener una sesión suelta, y me informó de que
había abandonado ­decepcionada- la asociación y que había encontrado un nuevo trabajo más
acorde con su preparación. En definitiva, la psicoterapia se acabó porque no pudimos negociar:
crear un marco adecuado para resolver nuestras diferencias.
¿Estamos ante una nueva metáfora, o bien la negociación sólo sería una mezcla de guerra y
maternaje? En parte, se trata de esto último: negociar es una combinación de cesión ante las
posiciones del otro y defensa de las propias. Aunque no podemos olvidar que la alternancia entre
guerra y maternaje podría producir una actitud del palo y la zanahoria y vivirse como una relación
inconsistente, a expensas del humor variable del educador/terapeuta.
En realidad, negociar es algo más. Requiere una desdramatización de la confrontación de
las posiciones divergentes, y una aceptación de nuevas reglas del juego: la interacción. El resultado
de la interacción es incierto (1+1= menos que 2) si se cae en una relación de sometimiento. Por
tanto, hace falta arriesgarse y confiar en que el resultado de la interacción pueda ser positivo (1+1=
más que 2).
Además, las metáforas de la guerra y el maternaje resuelven mal las situaciones de impasse
debido a que funcionan con un modelo sujeto-objeto, de manera que la subjetividad de una de las
partes en conflicto queda en suspenso. Cuando yo atacaba los atajos de Lucía no legitimaba su
vivencia de superación del estilo materno. Y cuando yo reconocía mi error al repetir un modelo

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paterno, sólo contaba para Lucía su propia subjetividad. Es decir, sólo había un sujeto en un
momento dado.
En un giro radical, Stolorow y Atwood (1992) muestran cómo el análisis del impasse puede
ser la "via regia" hacia la intersubjetividad, ya que aparece en primer plano la vivencia de una
misma situación de dos formas absolutamente contrarias, debido a la diferente organización de los
mundos de experiencia subjetiva del paciente y el terapeuta. La teoría de la intersubjetividad y el
psicoanálisis relacional han creado un cambio de paradigma que supera la polaridad sujeto/objeto
para tomar como objeto de estudio a dos o más sujetos en continua interacción recíproca. Ya no
se analiza al paciente, sino al sistema paciente-terapeuta. Los otros ya no son sólo objetos sino
sujetos que nos influyen a lo largo de toda la vida y que co-determinan nuestra identidad, nuestros
deseos y nuestro comportamiento (Mitchell S., 1988, 1993; Benjamín J., 1988, 2004).
Todos los campos de estudio progresan a partir de cambios de paradigmas que constituyen
nuevas Gestalts más enriquecedoras (Khun T., 1962; Pinto JM., 2006). Al aplicar este nuevo
modelo al problema de la creación de límites, aparece inevitablemente la necesidad de negociación.
Una vez que se otorga al otro el estatus de sujeto sólo cabe negociar, puesto que admitimos estar en
una situación de dependencia e interacción recíproca.
Es interesante observar que, incluso si no puede alcanzarse una situación de negociación
plena, siempre se producen interacciones parciales. En el caso de Lucía hubo una fuerte y positiva
interacción. Su golpe contundente "este no es el diálogo que necesito" me incitó a pensar en mis
errores. Y mi combate por el objetivo de redefinir un proyecto profesional dio frutos un año
después del fin de la terapia. También en el caso del vecino salvaje hubo una interacción positiva.
Por ejemplo, podría haber seguido peleando más y más. De hecho, se me ocurrió la posibilidad de
denunciar este maltrato en la junta de vecinos. Pero al sopesarlo lo terminé descartando, al tener en
cuenta su amenaza de malmeterme en contra del vecindario. Entendí que se trataba de un gran
miedo proyectado y que no era necesario guerrear más: ya se había conseguido la paz y ya no se
pasaba de la raya.

Ley de los límites: la democracia
En el ideal de negociación se acepta la dependencia recíproca y se alcanzan consensos que
recogen las necesidades de ambas partes. Esto requiere dos capacidades paradójicas. Por una parte,
se necesita la valentía de poner en juego las propias necesidades resistiendo toda clase de
miedos a la reacción vengativa del otro. Y por otra parte, es preciso aprender a ceder en el sentido
que da Ghent (1990) al término "surrender": abandonarse en los brazos del otro. Este autor explica
brillantemente la diferencia entre ceder y someterse. Mientras que someterse es una perversión,
ceder implica una ampliación de nuestra conciencia y una apertura a la alteridad, gracias a la
experiencia de vivir una situación desde la subjetividad del otro.
Estos ideales ­como todos- nacen de la insatisfacción con lo real, sirven para resistir y
reaccionar ante la realidad (Sartori G., 2003). La realidad que debemos combatir es el abuso, las
situaciones de dominio y sometimiento (Benjamín J., 1988, 2004). Y para evitar el abuso se
requiere un marco de protección: un mediador, la ley, etc. En el caso del vecino que se pasaba de la
raya ya existía esta protección disponible para ser usada (el presidente de la comunidad o la policía
misma). Sin embargo, en otras ocasiones, no hay una ley que permita negociar sin abuso: hace falta
primero negociar la ley.
Este era el caso de Isidro, todo un prototipo de paciente límite, intenso y polarizado
emocionalmente. Hablaba por los codos y, a pesar de salpicar su charla de un exceso de verdades

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nada diplomáticas, resultaba simpático y muy cariñoso. Simultáneamente, era un hombre de
armas tomar. Todas sus relaciones terminaban en "grandes pollos": unas veces por sobrepasarse
con comentarios hirientes y, otras, como reacción a injusticias, en donde no era correspondido en la
medida en la que él se había entregado. Ahora bien, pobre del que intentara humillarle, pues
respondía con "la ley del Oeste". En una ocasión, se negó a pagar indefinidamente una gran deuda a
un proveedor que le había maltratado, llevando una pistola durante años para defenderse en caso
necesario. Verse maltratado -real o imaginariamente- le daba derecho a maltratar. Estaba
identificado con una madre brutal que le daba palizas cada vez que traía malas notas a casa. Estos
fracasos debían resultarle insoportables a la madre: tenía obsesión por adquirir prestigio social,
como compensación de una historia de madre soltera muy vergonzante.
El encuadre de la terapia era de una frecuencia semanal, algo que nunca cumplía por mil
motivos diferentes. Luego, la realidad estadística era que sólo conseguía venir una media de dos
veces al mes. Pero cuando al fin llegaba, conseguía aprovechar las sesiones y vincularse a su
manera. Por mi parte, intentaba ceder a sus necesidades realistas y patológicas. Las realistas eran
los viajes de trabajo que tenía con frecuencia. Y las patológicas, su miedo a vincularse y a depender
de mí. Aunque era un vendedor eficaz que trataba con muchos clientes, estaba muy sólo y no sabía
construir nuevas relaciones, a pesar de desearlo intensamente.
Me iba encontrando en una zona ambigua entre ceder y ser maltratado. Se hacía evidente
en qué consistía ser objeto del trato con Isidro: tener encuentros intensos, para luego quedar
borrado del mapa ante su entusiasmo absorbente por nuevos proyectos de trabajo. Con el paso del
tiempo, sus necesidades se fueron imponiendo de manera más evidente a las mías y al tiempo de
dedicación a la terapia. Me estaba convirtiendo en su satélite. En la práctica, ya no se comprometía
a venir un día de la semana a una hora concreta, aunque hubiera flexibilidad para cambiar la cita.
Maniobraba para deshacer esta atadura y conseguía anular citas y dejar en el aire el próximo
encuentro. Así eludía la responsabilidad de pagar las sesiones sin previo aviso, algo que no toleraba
y vivenciaba como un maltrato. Llegado a este punto y dado que mis interpretaciones no daban
resultado alguno, dije ¡Basta ya!
Le expliqué que necesitábamos una "constitución democrática", una ley por la que nos
rigiéramos, que protegiera simultáneamente sus necesidades y las mías, y que si no llegábamos a
un acuerdo, tendríamos que terminar la psicoterapia. Para este fin, le propuse un periodo de
negociaciones que se alargó durante cuatro o cinco sesiones y que resultó muy estresante para los
dos. Pero finalmente, pudimos llegar a un acuerdo de mínimos para continuar la terapia: una
frecuencia semanal con tolerancia a un fallo de una sesión al mes, y una hora fija de referencia para
las sesiones.
Conseguimos así un consenso procedimental sobre las reglas del juego, que recogía los
intereses de ambas partes: las dificultades realistas y patológicas de Isidro para vincularse (un
mínimo de tres sesiones mensuales, pudiendo fallar una al mes) y mis propias necesidades de
organización del tiempo de trabajo (fijación de un día y una hora). Esto que parece una victoria
pírrica, resulta un logro importantísimo con pacientes que funcionan fuera de la ley. Además, se
trata de una ley democrática que protege al demos (la parte inferior, literalmente). En la
microsociedad paciente-terapeuta, el demos puede alternarse. Unas veces lo representa el terapeuta
que necesita protección frente al maltrato, y otras, el paciente, que necesita ser protegido de leyes
externas y frías que prescinden de sus propias necesidades.
Hace falta aclarar que uso la metáfora de la democracia en un sentido moderno. Es verdad
que nunca en la historia ha habido una democracia tan directa y participativa como la que tuvieron
sus inventores, los griegos (Forrest W.G., 1978). Sin embargo, la democracia clásica terminó

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fracasando porque los griegos no "alcanzaron una concepción del derecho como límite" (Sartori G.,
1987), de manera que hacían y deshacían las leyes según intereses cambiantes.
"Cuando se declara que libertad y legalidad son indisolubles, se entiende que sólo hay un modo
para construir un orden político no opresor: el de despersonalizar y vincular lo más posible el poder
político. Lo que tenemos en mente es, en suma, el constitucionalismo y el Estado de derecho que
somete al productor de leyes a las leyes que hace. Es en este contexto en el que se sostiene
que la libertad en la ley, y no la autonomía, constituye la cárcel de las sociedades libres" (Sartori
G., 1987, pág. 246)

Actividad de las metáforas
Hasta ahora he utilizado cuatro metáforas (guerra, maternaje, negociación y democracia).
¿Por qué usar metáforas para comprender y resolver conflictos de límites? ¿Se trata de una simple
forma de ilustración de los problemas tratados?
En la concepción clásica, las metáforas son meros recursos lingüísticos, que consisten en
encajar términos ajenos al contexto del que estamos tratando con el objetivo de resaltar un rasgo
común. Así en la expresión "Juan es un águila para los negocios" se asocia una imagen ajena
(águila) al contexto del mundo de los negocios, para subrayar una cualidad común: la agudeza
(capacidad de visión a distancia del águila y anticipación y previsión de Juan).
A partir del libro "Metáforas de la vida cotidiana", dos lingüistas, Lakoff y Johnson (1980),
han revolucionado la comprensión que teníamos sobre las metáforas. Estos autores definen la
función principal de la metáfora como un medio de conceptualizar "lo que no es físico en términos
de lo físico, lo menos claramente delineado en términos de lo más claramente delineado" (pág.
99). Y demuestran cómo nuestro sistema conceptual está basado principalmente en metáforas
mediante las que vivimos: estructuran nuestro lenguaje, nuestro pensamiento y nuestras acciones.
Efectivamente, las metáforas estructuran nuestro lenguaje, el marco conceptual que
manejamos. A partir de un concepto concreto como "modelar" (formar de cera, barro u otra
materia blanda una figura o adorno) se crea un significado nuevo figurado y abstracto ("modelar",
configurar o conformar algo no material). Esta estructura metafórica del lenguaje implica una
estructura metafórica del pensamiento. Si, por ejemplo, un escultor nos comenta que "todavía tiene
que modelar su viaje de vacaciones" está utilizando un campo de experiencia personal, la escultura,
para organizar una experiencia nueva, el viaje. Hará varios bocetos para elegir cuál es el destino
más atractivo para poder elegir el mejor tema, pasar un tiempo modelando, y terminar puliendo el
proyecto. Es decir, ha trasladado la estructura de la actividad más conocida a un nuevo contexto.
Por tanto, no se trata sólo de que la metáfora haya organizado su pensamiento sino de que la
metáfora ha producido una clase de actividad.
Millán y Narotzky (1986) definen la raíz de los mecanismos metafóricos como
isomorfismo: el reconocimiento de un conjunto de relaciones comunes en el seno de entidades
diferentes, como las que se dan entre un mapa y el territorio que representa o entre una escultura y
el modelo que imita. Estas operaciones configuran un mapa de la actividad del pensamiento y de la
acción que no existirían de no ser por estas metáforas. En nuestro ejemplo, la planificación del viaje
se compondría de los mismos elementos que la realización de una escultura: bosquejar, elegir el
tema, modelar y pulir. De esta forma, la experiencia cotidiana de esculpir se ha convertido en el
modelo para realizar (y no sólo expresar lingüísticamente) otra actividad completamente diferente.

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Por estas mismas razones, la negociación con Isidro modelaba mi actividad de una forma
que no hubiera existido de no ser por esta metáfora. En primer lugar, creé un marco para la
negociación. Propuse un periodo de negociación de cuatro o cinco sesiones, para que ambos
tuviéramos tiempo para reflexionar sobre las ofertas y contraofertas. Abandoné la asociación libre
de la psicoterapia para sustituirla por turnos de palabra alternantes de diez minutos para cada uno,
que sirvieran para que los argumentos de ambas partes pudieran escucharse sin interrupciones. Y
al final, llegamos a un acuerdo de tres sesiones al mes como resultado de las mutuas presiones y
cesiones. Es decir, un regateo: Isidro venía dos veces al mes, yo quería que viniera cuatro veces, y
logramos quedar en un punto intermedio, tres.
La metáfora de la democracia producía una ley constitucional que sometería en el futuro a
los "productores de la ley a las leyes que producen". No sólo tenía que someterse Isidro a cumplir el
mínimo estipulado de sesiones, sino que el terapeuta también estaba obligado a interrumpir la
psicoterapia si en el plazo de dos meses no se habían recuperado el número mínimo de sesiones, y
aceptar por tanto, un fracaso y la pérdida económica de tener un paciente menos.
La metáfora de la guerra desencadenó la decisión de no tolerar que se pasara más de la
raya. Y la metáfora del maternaje produjo el perdón de una deuda de una sesión a la que faltó sin
avisar. Al final, durante este periodo de negociación utilicé cuatro metáforas. ¿Por qué hacen falta
tantas metáforas para resolver un conflicto de límites? ¿Se trata de problemas que tienen
soluciones relativas a la ideología utilizada pero sin bases objetivas? Precisamente, porque se busca
una mayor objetividad y una mayor adecuación a la prueba de realidad es necesario el uso de
varias metáforas.
Pensar un problema bajo una única metáfora implica iluminar y estructurar una parte de la
realidad a costa de oscurecer otras zonas de esa misma realidad. Resulta muy corriente que los
padres de adolescentes borderline graves terminen adoptando una actitud de guerra que llega a
impregnar toda la relación, de manera que el vínculo entre padres e hijos queda muy dañado.
Llegado a este punto se encuentran en la paradoja de querer influir en alguien sobre quien se ha
perdido la capacidad de influencia. Recuperar entonces la metáfora del maternaje nos cura del
exceso de conflictos bélicos. Una nueva metáfora cura las limitaciones de otra.
Estos mismos padres de adolescentes conflictivos suelen decir que no sirve de nada
negociar porque el adolescente se crece y atribuye el logro alcanzado a las presiones que ha
ejercido. Ahora bien, se puede y se debe negociar con adolescentes. En primer lugar, negociar es un
juego de mutuas presiones y promesas. Por tanto, es lógico que cada participante se sienta
orgulloso de su firmeza. Y en segundo lugar, el agotamiento de la negociación continua ­una
especie de política italiana donde todo es objeto de regateo- se cura con más democracia: la
obtención de leyes "marco" que obligan a ambas partes y que no hay que volver a discutir una y otra
vez.

Limitación de las metáforas
Daniel era un adolescente de trece años que fue traído a consulta por maltrato a los padres.
Había sido denunciado a la policía por amenazas con cuchillos e internado, acto seguido, en un
reformatorio durante un par de meses. Tenía un lema que cumplía a rajatabla: "Si me fastidian, yo
les fastidio". Así, ante una negativa de los padres a uno de sus deseos, reaccionaba con un estallido
de insultos graves sin control alguno, y si la furia era muy intensa, destrozaba los objetos que le
cayeran a mano.

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Al final del primer curso de psicoterapia, mostró el deseo de ir con sus amigos a comprarse
la ropa de estilo "rapero" que le gustaba. Esperaba que le dejaran ir porque había planeado pedir
tickets de compra para evitar que desconfiaran. A mí me pareció una buena idea y le animé a que lo
negociara. Pero no resultó tan fácil como parecía, y necesitamos una sesión conjunta -con Daniel y
el padre- para acercar las dos posiciones antagónicas que habían surgido:
- Padre: No vas a ir al pueblo de al lado solo, tienes que coger un autobús y sólo tienes trece años.
No puedes salir del pueblo, ese es el límite. Tu madre y yo tenemos claro que necesitas que te
pongamos límites, y así lo piensan todos los profesionales que te han visto. Para ir al otro pueblo
tienes que venir conmigo.
- Daniel: No, no. He ido en autobús muchas veces con mis amigos, no pasa nada y tú no te
has
enterado. No voy contigo. No. No te enteras de nada. ¿Pero tú sabes qué gente hay en esas calles?
¡Te iban a machacar! ¡Payaso! ¡Hay bakalas que son unos "armarios"! ¡Te iban a dar!... A veces, me
dan ganas de matarte.
Afortunadamente, el padre no caía en estas provocaciones. Entre él y yo parábamos los
insultos y volvíamos a la negociación. Les propuse una idea intermedia: que el padre llevara a
Daniel y algún amigo suyo en el coche, que los chicos realizaran la compra a solas, y que el padre les
recogiera más tarde en un punto de encuentro. Esto le parecía bien al padre pero le resultaba
inaceptable al hijo. Daniel volvía a la carga: explicó con detalle sus posiciones, y se atrevió a
describir algo de su ambiente pandillero. Pero ya al final de la sesión, viendo que no conseguía su
objetivo, tuvo un ataque de ansiedad. Se le caían las lágrimas, se le puso la cara roja como el
tomate, y empezó a respirar con dificultad haciendo mucho ruido. A mí también se me ponían los
ojos acuosos y le dije que me daba mucha pena que lo estuviera pasando tan mal pero que estaban
aproximando sus posiciones y podían encontrar un acuerdo.
En la siguiente sesión, felicité a Daniel por haberse explicado tan bien. Gracias a ello había
podido entender por qué no podía aceptar mi propuesta. Ir con su padre a comprar era exponerse a
las burlas de sus colegas "raperos", era ser un "niñito" que necesita ser acompañado por sus
"papis": algo incompatible con su imagen de "duro". Daniel confirmó esta interpretación.
Y en la siguiente entrevista con los padres, les volví a animar a continuar negociando. Les
expliqué un nuevo sentido que encontraba en todo esto. No era una simple compra de ropa: se
trataba subjetivamente de militar como rapero, de un verdadero rito de iniciación adolescente, que
le producía mucha excitación y, al mismo tiempo, le despertaba nuevos miedos. Ahora, con su
nuevo uniforme, quedaría identificado como blanco de ataque de las bandas rivales de bakalas.
Este miedo estaba negado, aunque reaparecía en la proyección hacia el padre: si iba a esas tiendas,
le darían una paliza los "armarios" enemigos. Desde luego, un temor exagerado e irracional.
Además, "pidió permiso", cuando hubiera podido engañar como hacía habitualmente.
Dos semanas después, los padres encontraron por sí mismos una fórmula de acuerdo que sí
pudo aceptar Daniel. Le dejarían ir a comprar un sábado por la mañana, acompañado por el que
consideraban el menos "malote" de su pandilla.
Vemos cómo el conflicto de límites pudo resolverse precisamente por aceptar la
interactividad. Si los padres se hubieran anclado en la lógica de la guerra y de la objetividad de los
límites (no salir del término municipal) no habrían podido contener los miedos de Daniel, ni
legitimarle en su rito de iniciación. Además, le habrían devuelto una imagen de "niñito" a la que
Daniel hubiera respondido con hacerse más el "duro" y ampliar aún más su clandestinidad.
Compraría la misma ropa en el mismo sitio, según fuera teniendo dinero, sin reconocer que salía
del pueblo.

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En resumen, el conflicto de Daniel era ser simultáneamente un "duro" y un "niño" que tiene
miedo y llora. Si los padres sólo usan la metáfora de la guerra sólo acogen una parte de la realidad,
que es un niño. Y por tanto, Daniel se polarizaría exclusivamente hacia la otra parte de su realidad
de "duro".
Las metáforas nos permiten entender lo nuevo en términos de otras experiencias más
concretas y conocidas. De esta forma destacan unos aspectos de la realidad al tiempo que dejan de
lado otros aspectos que pueden ser muy relevantes. Por eso, aceptar las limitaciones de las
metáforas con las que vivimos puede resultar muy difícil, pues implica enfrentarse al miedo a que
se desmorone nuestra sólida visión del mundo.
Por ejemplo, en la polémica sobre la negociación con ETA, el PSOE utilizaba la metáfora de
la negociación, y el PP y las víctimas del terrorismo, la guerra y la democracia. Probablemente, la
mayoría de la población hubiera aceptado ­como en otros procesos similares- el uso de la metáfora
del maternaje: cierto grado de perdón a cambio del abandono de las armas. Sin embargo, la
negociación fracasó: ni ETA, ni el gobierno, ni un sector de la sociedad estaban todavía preparados.
Pensemos en la resistencia de las víctimas a asumir esta negociación ("no en mi nombre").
En primer lugar la sociedad vasca y española ha tardado mucho tiempo en darles pleno
reconocimiento, e identificarlos como "víctimas". Y en segundo lugar, qué difícil tiene que ser ahora
abandonar parcialmente esta visión, sin temer que se aniquile la parte de la realidad de ETA como
organización criminal.

Creación de límites interactivos dentro de un marco democrático
Si una sola metáfora no puede cubrir todo el campo de estudio, salvo que se reduzca el nivel
de complejidad, la consecuencia obvia es la necesidad de establecer un sistema de metáforas
interconectadas. El conjunto de metáforas podrá abarcar gran parte de la amplitud del campo, y
la interconexión producirá un mínimo aceptable de coherencia interna. En el estudio de los
conflictos de límites, se ha utilizado un sistema de cuatro metáforas (guerra, maternaje,
negociación y democracia), de manera que las limitaciones de cada una de ellas puedan curarse
mediante el uso de las otras metáforas alternativas. Así, para salir del círculo vicioso de la guerra
contra el vecino que se pasaba de la raya, se necesitó introducir la ley democrática. Por el contrario,
el caso de Lucía nos mostró la limitación de la ley-encuadre de la psicoterapia y cómo se curaba con
la incorporación de una mentalidad "maternal". En el caso de Isidro se necesitó llegar a una
"constitución democrática" para poder salir del laberinto del "todo es negociable". Y, finalmente, el
caso de Daniel muestra cómo salir de la lógica de la guerra y de la rigidez de la ley de los padres a
través del maternaje y la negociación.
¿Se trata de un modelo de metáforas jerarquizadas, de manera que las más complejas
engloban a otras e implican un nivel superior de funcionamiento psíquico? En parte, sí. La
democracia ­una creación social de los griegos para combatir el abuso de poder­ destaca como la
metáfora más amplia, compleja y útil, al englobar en sí misma la necesidad de negociación entre
partidarios rivales, el maternaje con los derechos de las minorías, y la legitimación de la guerra
contra el maltrato.
Aunque, habría que añadir que las leyes democráticas también son limitadas. Casos como
los de Lucía y Daniel muestran la necesidad de superar las limitaciones de la ley actual mediante un
combinado de maternaje y negociación: se requieren nuevas leyes para acomodarse mejor a la
realidad de un sujeto en crecimiento. Además, estas cuatro metáforas no son las únicas posibles
para resolver problemas de límites. Bodnar S. (2005) ha demostrado la utilidad del contacto con la

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vida en la naturaleza, una vivencia primitiva de interconexión, que puede ser usada como metáfora
para tratar los problemas de límites de jóvenes "urbanitas" de vida excesiva (bebida, sexo, trabajo,
etc.)
Para ser justos, un sistema de metáforas crea desorden y orden simultáneamente, a la
manera del funcionamiento de los sistemas dinámicos complejos (Seligman, 2005). Hay que tener
en cuenta que la operación metafórica es asimétrica (Lizcano E., 1999). Si denominamos "punto de
partida" al campo semántico del que se extrae el significado (guerra), y "punto de llegada" al que
recibe el transporte de significado (límites), podemos llegar a la metáfora "una batalla de límites".
Pero al operar en sentido contrario, desde los límites como punto de partida hasta la guerra,
producimos nuevas metáforas ("un tope de la guerra") cuyo significado resulta ser completamente
diferente.
Además, el hecho de que se puedan crear tantas metáforas como correspondencias
matemáticas posibles, entre cada una de las palabras del conjunto de un campo semántico de
partida con cada una de las palabras del campo semántico de llegada, hace incontrolable la
descripción ordenada de la dinámica puesta en acción cuando se usa un sistema de metáforas.
Aunque el efecto indeseado del pensamiento complejo es la aparición de cierto nivel de
caos, incertidumbre y desorden, ya no podemos regresar a la tiranía del pensamiento reduccionista
que concibe los problemas de límites bajo una sola metáfora dominante, ya sea la "guerra", para las
personas de mentalidad conservadora, o el "maternaje", para los progresistas.
Así, el concepto clásico conservador de "poner límites" se basa en el prototipo de la acción
de una persona madura que prohíbe o limita una acción peligrosa a otra persona inconsciente o
inmadura. Un ejemplo de esto sería la madre que prohíbe al niño meter los dedos en un enchufe.
Ahora bien, generalizar este prototipo equivaldría a pensar todos los conflictos de límites como
situaciones de clara obediencia a una autoridad indiscutible, lo que no responde a la realidad, pues
la mayoría de los conflictos de límites necesitan pensarse como un proceso interactivo, en el que los
sujetos enfrentados defienden una parte y desconocen las motivaciones del oponente. Esto implica
un prototipo diferente al del sujeto que "pone límites" al otro, pues los dos son sujetos de la acción,
y se influencian mutuamente. El resultado no es una "puesta de límites", sino una "creación" de un
límite nuevo y emergente. Y para que esta creación de límites interactivos pueda ejercerse, se
necesita un marco democrático de reglas del juego que impida la tiranía o el abuso de una de las
partes.

Implicaciones teóricas: construcciones en psicoterapia
Probablemente, esta forma de teorizar mediante metáforas pueda producir cierta
reticencia. ¿Por qué utilizar términos "ajenos" al campo de estudio, en vez de los conceptos técnicos
o psicopatológicos habituales? ¿No estamos retrocediendo así a un funcionamiento propio del
proceso primario?
Como se sabe, Freud (1900) distinguió el proceso primario del proceso secundario. El
proceso primario es propio del funcionamiento del inconsciente, los sueños y la psicosis, se basa en
los mecanismos de condensación y desplazamiento (la función metafórica), y puede producir
generalizaciones sin fundamento (el pensamiento paranoico, por ejemplo). Por el contrario, el
proceso secundario crea sistemas conceptuales de categorías precisas y claramente diferenciadas: el
lenguaje, la ciencia, etc.

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María Moliner (1966) explicaba cómo definir un concepto de forma precisa: requiere
relacionarlo con otros dos, el término "genérico" o familia de pertenencia y el término "distintivo"
que lo singulariza. Así, "cuchara" se define por su pertenencia a lo que los lingüistas denominan
"campo semántico" de los instrumentos para llevar comida a la boca (término genérico), y se
diferencia por la superficie cóncava que lo caracteriza en uno de sus extremos (término distintivo).
Sin embargo, para Lakoff y otros lingüistas, un concepto se define principalmente por el
parecido familiar a un prototipo gracias a propiedades interaccionales, más que por sus
propiedades inherentes. Por ejemplo, si pasamos un día en el monte, podremos construir una
cuchara a partir de una simple hoja de una planta. Esto es el resultado de encontrar un parecido
con el prototipo (el sistema antebrazo-mano, origen metafórico de la cuchara) y de propiedades
interaccionales (ahuecar la hoja para crear una superficie cóncava).
El sistema de definición de conceptos de María Moliner (proceso secundario) es un
procedimiento deductivo, que puede aplicarse con toda propiedad cuando ya disponemos de un
concepto primario (cuchara), y queremos definir los miembros de su campo semántico: cucharilla,
cucharón, tenedor, cuchillo, etc. Entonces, podemos definir con precisión un concepto (cucharilla)
porque disponemos de un nítido término genérico (cuchara) y de una característica distintiva
(pequeña). Por el contrario, el sistema más general de Lakoff (proceso primario) resulta
imprescindible para poder definir las categorías primarias, las más básicas, aquellas que "fundan"
las familias conceptuales (cuchara, narcisismo, transferencia, etc.).
No tenemos que escoger entre el proceso primario (metáfora, prototipo, propiedades
interaccionales) y el proceso secundario (concepto, término genérico y término distintivo) ya que
ambos son limitados y también complementarios. El proceso primario acentúa los parecidos y el
proceso secundario acentúa las diferencias. Por eso, el proceso primario resulta patológico al
exagerar los parecidos a partir de pequeñas coincidencias (como sucede en el pensamiento
paranoide). Y el proceso secundario también acaba por ser patológico cuando sigue y sigue
estableciendo diferencias para alcanzar un orden perfecto (como ocurre en el pensamiento
obsesivo). Mitchell (2000) coincide con Loewald en reconocer que ha resultado un "error fatídico"
del psicoanálisis confundir la racionalidad del neurótico obsesivo con la realidad objetiva.
De ahí, que necesitemos dejarnos guiar por la utopía de la ciencia (esto es, la búsqueda de
precisión conceptual) pero aceptando simultáneamente el desencanto (Magris C., 1999) de que
todos nuestros conceptos primarios son inevitablemente imprecisos, ya que se generan por medios
metafóricos.
Este objetivo implica la negociación de una paradoja. Pizer (1998) plantea la diferencia
entre negociar conflictos y paradojas. En el primer caso, se pueden buscar soluciones intermedias a
partir de intereses contradictorios. Sin embargo, las paradojas no admiten estas mezclas y
requieren la aceptación simultánea de polaridades. Muchas relaciones personales comienzan por
una época de idealización y encantamiento, para pasar, tiempo después, al desencanto, cuando se
perciben graves defectos que nos dañan. Entonces, resulta muy difícil asumir que lo negativo que
ahora percibimos es absolutamente cierto, y que lo positivo también es igualmente cierto. Así
mismo, necesitamos tolerar la paradoja de no poder elegir entre la precisión conceptual y la
creación de conceptos a través de nuevas metáforas. No podemos prescindir de ninguna de estas
dos necesidades antagónicas, si queremos desarrollar un sistema conceptual riguroso y abierto.
Cuando no se puede tolerar esta paradoja, se producen movimientos disociativos que
acogen un solo polo: o la búsqueda de la creatividad y de la innovación a través de nuevas teoríasmetáforas, o bien la defensa de la coherencia y la tradición. Dos procesos divergentes, que se han

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convertido en enfermedades endémicas de la historia del psicoanálisis cuando han actuado
separadamente.
Una forma de encontrar un antídoto que nos cure es la búsq

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