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Última actualización web: 26/05/2022

Trastornos de la alimentación: anorexia y bulimia nerviosas.

Autor/autores: Ana Mateos-Parra , Natalia Solano-Pinto
Fecha Publicación: 15/07/2010
Área temática: Psicología general , Trastornos de alimentación .
Tipo de trabajo:  Artículo original

RESUMEN

Este artículo revisa los temas relacionados con anorexia y bulimia nerviosas, prestando especial atención a la descripción clínica de ambos trastornos, su etiología, criterios diagnósticos, evaluación y tratamiento, aspectos todos ellos relevantes para el clínico que está tratando con sujetos que tienen alguno de estos problemas. Los trastornos de la alimentación se caracterizan por intenso miedo al sobrepeso, preocupaciones relacionadas con el alimento y la comida, distorsiones cognitivas relacionadas con el peso y la imagen corporal, y uso excesivo de métodos de pérdida de peso (p.ej.: dieta restrictiva, vómito autoinducido) para prevenir la ganancia de peso. También hay que tener en cuenta la psicopatología asociada comúmente a estos trastornos, tales como trastornos de ansiedad, depresión, abuso de sustancias y trastornos de la personalidad. Diferentes modelos teóricos han enfatizado la importancia de factores biológicos, psicológicos y sociales en la etiología y mantenimiento de los trastornos de la alimentación.La terapia cognitivo-conductual es la intervención psicoterapéutica más estudiada en los trastornos de la alimentación y se considera generalmente como el tratamiento de elección (Agras, 1993; Fairburn, Marcus & Wilson, 1993).

Palabras clave: Trastornos de la alimentación; Anorexia nerviosa; Bulimia nerviosa; Distorsiones cognitivas; Imagen corporal; Trastornos de ansiedad.

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REVISTA ELECTRÓNICA DE PSICOLOGÍA
Vol. 1, No. 1, Julio 1997
ISSN 1137-8492

Trastornos de la alimentación: anorexia y bulimia nerviosas.
Ana Mateos-Parra y Natalia Solano-Pinto
Facultad de Psicología. Universidad Complutense de Madrid.
Correspondencia:
Ana Mateos Parra - C/. Maqueda, 103, 41-C
28024 Madrid (España).

ORIGINALES
[Resumen] [Abstract]
Descripción clínica
Criterios diagnósticos
Evaluación
Modelos explicativos
Modelos explicativos
Eficacia diferencial de
los procedimientos
terapéuticos
Pronóstico
Conclusiones

Los trastornos de la alimentación constituyen actualmente un foco de gran interés para
la investigación clínica y básica. Dicho interés surge como necesidad de dar respuesta a
la problemática que presenta actualmente un gran sector de la población caracterizado
básicamente por ser mujeres adolescentes y pertenecer o haberse desarrollado en una
cultura de tipo occidental. No obstante, dicho interés por el tema es muy reciente, ya
que, aunque la enfermedad no es nueva no comienza a estudiarse con rigor hasta hace
unas décadas.
La anorexia nerviosa era un trastorno conocido en épocas antiguas. Así se describe en la
edad media en la vida de algunas santas como Liduina de Shiedam, una santa del siglo
XIV, o la santa Wilgefortis, hija del rey de Portugal, que ayunó y rezó a Dios rogándole
le arrebatara su belleza para así ahuyentar la atención de los hombres, siendo adoptada
en algunos países de Europa como santa patrona por aquellas mujeres que deseaban
verse libradas de la atención masculina. En 1694, Morton describió la "consunción
nerviosa", considerándose ésta la primera descripción clínica de dicho trastorno. Pero
fue Gull quien utilizó por primera vez la expresión anorexia nerviosa en una conferencia
pronunciada en Oxford (Gull, 1874). En la misma época, y de modo casi simultáneo, se
produce la descripción de la enfermedad a cargo de Laségue (1873), calificándola de
inanición histérica y considerándola, al igual que Gull, una enfermedad psicógena (Toro,
1996). A finales del siglo XIX, en el año 1893, Freud describe un caso de anorexia
tratado con hipnosis, un año más tarde describe dicha enfermedad como una
psiconeurosis de defensa o neurosis de la alimentación con melancolía. A principios del
siglo XX, la anorexia nerviosa empieza a tratarse desde un punto de vista
endocrinológico, así en 1914 Simonds patólogo alemán, describe una paciente
caquéctica a quien al hacerle la autopsia se le encontró una destrucción pituitaria y
durante los siguientes 30 años reinó la confusión entre insuficiencia pituitaria
(enfermedad de Simonds) y anorexia nerviosa. A partir de los años 30, la anorexia
nerviosa pasa a estudiarse principalmente desde el punto de vista psicológico, quedando
en olvido las antiguas discusiones acerca del origen endocrino o psicológico del

trastorno. Las explicaciones de esta época se encuentran muy influenciadas por los
modelos psicoanalíticos que predominaban en ese momento.
La prevalencia de la anorexia nerviosa está situada entre el 0.5-1% (Garfinkel y Garner,
1982; A.P.A., 1993), con una mortalidad terriblemente alarmante, aproximadamente un
10% de los casos (Silber, 1984). Durante los últimos quince años, los índices de
prevalencia para los trastornos de la alimentación parece que no han variado ya que la
investigación sobre este tema indica que se mantiene constante la tasa de pacientes que
son remitidos a especialistas (Fairburn, Hay y Welch, 1993).
La anorexia nerviosa generalmente aparece en la adolescencia, entre los 14 y 19 años
(aunque también se describen casos en otras edades), y básicamente en el sexo femenino
(Halmi, 1974; Jones, Fox, Babigan y Hutton, 1980). Aunque años atrás se hablaba de
una mayor prevalencia en niveles socioeconómicos medios y superiores, en los últimos
años el trastorno afecta a todos los niveles (Toro y Vilardell, 1987).
De acuerdo con Chinchilla (1994), Galeno describió ya la "kynos orexia" o hambre
canina como sinónimo de bulimia, considerándola como consecuencia de un estado de
ánimo anormal y posteriomente, apareció reflejada en los diccionarios médicos de los
siglos XVIII y XIX como curiosidad médica. A finales de los años 70 fue descrita y
traducida como el síndrome de purga y atracones o bulimarexia (Bosking-Lodahl,
1976), y en 1979 fue acuñada por Russell. Aparece por primera vez en el DSM-III
(A.P.A.,1980) con la denominación de bulimia y, finalmente se adopta el término de
bulimia nerviosa en el DSM-III-R (A.P.A., 1987).
Según el DSM-IV (A.P.A., 1993), la prevalencia de la bulimia nerviosa entre las
adolescentes y jóvenes adultas es aproximadamente del 1-3%, siendo entre los varones
diez veces menor.
Con el fin de realizar una conceptualización de los trastornos de la alimentación que
implique una aproximación a la realidad clínica, creemos necesario comenzar
recordando la hipótesis del contínuo que proponen numerosos autores (Perpiña, 1989;
Calvo, 1992; Scarano, Kalodner, 1994; Lowe et al.,1996). Esta hipótesis propone una
continuidad en los trastornos de la alimentación en lugar de su clasificación por
categorías aisladas. Es decir, todos estos trastornos compartirían dos ideas centrales: a)
la preocupación por el peso y, b) la idea sobrevalorada de adelgazar, distribuyéndose a
lo largo de un contínuo en función de que esta sintomatología vaya o no acompañada de
un determinado peso, de seguimiento de dietas más o menos restrictivas, de conductas
purgativas, y de la mayor o menor alteración que se produce en la imagen corporal.
De esta manera en un extremo estaría la anorexia nerviosa restrictiva, seguida de la
anorexia bulímica, y la bulimia nerviosa tendría una posición intermedia seguida de la
sobreingesta compulsiva. En el otro extremo estarían los obesos que presentan pautas de
conducta alimentaria alteradas.

Descripción clínica
Los pacientes con trastornos de la alimentación presentan características comunes que
pueden agruparse en los tres sistemas de respuesta (cognitivo, fisiológico y motor), así
como diferentes problemas asociados a su diagnóstico principal que en numerosos casos
cobran también relevancia clínica y que deben ser motivo de atención y tratamiento
especializado.

En cuanto a las manifestaciones cognitivas, la anorexia y bulimia nerviosas coinciden
en un miedo obsesivo e irracional ante la posibilidad de engordar, así como una
preocupación excesiva por el cuerpo, peso y alimentos.
Numerosos autores coinciden en señalar la aparición y reiteración de una serie de
cogniciones relacionadas con el aspecto del cuerpo y la valoración estética que se hace
del mismo y que, en un principio, no se consideran patológicas como tampoco son
exclusivos de este tipo de trastornos. Sin embargo, su reiteración y persistencia las
convierten en patológicas, constituyendo la temática casi exclusiva de estas pacientes.
Una vez que se ha instaurado la enfermedad, se consideran distorsiones cognitivas y
coinciden con las señaladas por Beck (1976) en relación con las anomalías cognitivas
presentes en la depresión. Garner y Bermis (1982) sistematizan y clasifican dichas
cogniciones al hablar de las irregularidades del pensamiento de la anoréxica. De forma
similiar, Cash y Brown (1987) hablan de las distorsiones cognitivas relacionadas con el
peso y la figura, denominándolas la "docena sucia".
Estas distorsiones son, entre otras variables, las responsables de que estas personas
inicien una dieta restrictiva, y poco tiempo después van a ser también las responsables
en gran medida del mantenimiento del trastorno.
Las alteraciones de la imagen corporal constituyen otra variable cognitiva a tener en
cuenta y se encuentran implicadas en el hecho de que estas personas aun estando
extremadamente delgadas, niegen su delgadez así como niegan su enfermedad. De esta
manera, a medida que el cuadro progresa va haciéndose cada vez mayor el miedo a
engordar, buscando la delgadez como forma de vida, no dándose cuenta, o no sintiendo,
que ellas ya no están delgadas sino desnutridas. En este estado aún se sienten gordas, lo
que les lleva a restringir más su ingesta alimentaria, convirtiéndose en un círculo vicioso
del que resulta difícil salir (Raich, 1994; Toro y Vilardell, 1987; Hsu, 1990a).
Slade (1985), tras realizar una revisión de diferentes estudios sobre imagen corporal
llega a la conclusión de que la sobreestimación del tamaño, sobre todo a lo ancho, es una
característica de la anorexia nerviosa aunque esta tendencia no es exclusiva de dicho
trastorno, sino que también está presente en otros grupos.
Taylor y Cooper (1992), relacionan el estado de ánimo con la imagen corporal, de tal
manera que, según estos autores, si inducimos un estado de ánimo negativo a sujetos con
preocupación por la figura corporal, tienden a sobreestimar su tamaño mostrando en
dicho estado de ánimo una mayor tendencia a la insatisfacción en relación con su
tamaño corporal.
A partir de los diferentes estudios sobre imagen corporal y trastornos de la alimentación
se pueden extraer las siguientes conclusiones:
a) La tendencia a la sobreestimación del tamaño corporal no es debida a fallos
perceptivos, sino que la insatisfacción corporal es la causa principal de la percepción
alterada (Raich, 1994; Gardner y Bokenkamp, 1996).
b) Esta misma tendencia conlleva una mayor gravedad del cuadro y peor pronóstico
(Slade, 1985; Toro y Vilardell, 1987).
c) La sobreestimación del tamaño corporal no es propia únicamente de los trastornos
alimentarios, sino que también aparece en otro colectivos como en personas obesas y en
adolescentes (Leon, 1983) mujeres de la población general (Caspers, Halmi, Goldberg,
Eckert y Davis, 1979) y en accidentados con desfiguraciones físicas (Damlouji y

Ferguson 1985), entre otros grupos. No obstante, lo que diferencia a estos grupos de las
personas con trastornos alimentarios son las intensas reacciones emocionales y la
evaluación negativa que hacen sobre su imagen corporal (Toro, 1990).
Por otro lado, los datos extraídos de observaciones clínicas y experimentales parecen
apoyar la existencia de alteraciones interoceptivas en la anorexia nerviosa. No se sabe
muy bien si es que no perciben determinados estímulos interoceptivos, principalmente
aquellos relacionados con el hambre y la saciedad, o bien si es que los perciben de modo
anómalo. Tampoco resulta claro si esto se debe a una característica previa al inicio del
trastorno, o bien es una consecuencia del mismo. En cualquier caso, lo que sí parece
cierto es que existen alteraciones interoceptivas en estos pacientes (Toro y Vilardell,
1987).
Más recientemente, Leon, Fulkerson, Perry y Early (1995) han propuesto que el escaso
conocimiento de las sensaciones interoceptivas podría ser un factor de vulnerabilidad
para el desarrollo de un trastorno alimentario.
Respecto a las manifestaciones fisiológicas, en un primer examen físico, en el caso de
la anorexia nerviosa, se encuentra un bajo peso, emaciación, hipotensión y bradicardia.
El peso extremadamente bajo da lugar a que la piel presente una apariencia seca y
agrietada, en ocasiones recubiertas de lanugo especialmente en mejillas, cuello, espalda,
antebrazos y muslos (Schwabe, Lippe, Chang, Pops y Yager, 1981). Las extremidades,
manos y pies, están fríos, probablemente por una vasoconstricción generalizada. Las
uñas se vuelven quebradizas y se produce una caída de pelo y un aspecto pajizo del
mismo (Toro y Vilardell, 1987).
Otras manifestaciones son las cardiovasculares, entre las que destacan la disminución
del volumen cardiaco, el pulso anormalmente lento y/o arritmias. En cuanto a los
síntomas gastrointestinales son frecuentes la sensación de hinchazón, el estreñimiento y
los dolores abdominales. Como manifestaciones renales puede aparecer la formación de
cálculos, y, finalmente, son muy características como alteraciones endocrinas las
irregularidades menstruales y la presencia de amenorrea.
Garfinkel y Garner (1982), señalan que entre un 10-34% de las anoréxicas utilizan
conductas purgativas aunque las bulímicas lo hacen en mayor medida. El empleo de
dichas conductas constituye un índice de mal pronóstico, y puede llegar a ser la causa de
la muerte de estas pacientes, ya que pueden presentar muerte súbita atribuible a arritmias
secundarias por alteraciones electrolíticas debidas a los vómitos o abuso de laxantes.
Como se puede observar los trastornos de la alimentación constituyen uno de los
cuadros psicopatológicos que conllevan una mayor cantidad de alteraciones a nivel
orgánico. A pesar de ello, pueden pasar bastantes años desde el inicio de la enfermedad
hasta que es detectado, lo que tiene evidentes repercursiones pronósticas. En el caso de
los pacientes bulímicos, éstos rara vez se encuentran desnutridos, su aspecto externo
suele ser o bien el de una persona más o menos obesa, o bien presentan un peso normal.
Por esta razón, y debido a que la vida de estas personas se encuentra marcada por el
temor y la vergüenza a ser descubiertos durante uno de los episodios de sobreingesta que
normalmente se llevan a cabo por la noche, y en secreto, suele ser bastante difícil
detectar este tipo de problemas. Ahora bien, en el caso de los pacientes con anorexia, los
síntomas físicos pueden llegar a ser claramente visibles para el observador externo,
principalmente, debido a la pérdida de peso y al deterioro físico considerable que se
produce y, sin embargo, el tiempo que pasa desde el inicio de la sintomatología hasta
que pasan por consulta, suele ser bastante largo.

Finalmente, como manifestaciones conductuales aparecen en primer lugar, cambios en
el patrón normal de la ingesta. Con frecuencia comienzan con una restricción de los
glúcidos o hidratos de carbono que suelen ser considerados como alimentos altamente
calóricos, y, por lo tanto, prohibidos. Posteriormente, la restricción de alimentos se
generaliza a los lípidos o grasas y, finalmente a las proteínas. Algunos pacientes llegan a
restringir incluso el consumo de agua, con el consiguiente peligro de deshidratación.
Generalmente si alguien les pregunta el por qué de la dieta que llevan a cabo, responden
con evasivas o argumentan llevar a cabo un tipo de dieta sana. Sin embargo, pronto
comienzan los engaños y las mentiras a la hora de la comida. Suelen evitar comer tanto
con los demás miembros de su familia como en cualquier situación social que implique
sentarse alrededor de la mesa. Dado que la mayor parte de las relaciones sociales
conllevan el típico "vamos a comer o a beber algo", pronto comienza un deterioro en las
relaciones sociales que a lo largo del tiempo, puede llegar a ser un aspecto muy
deficitario en la vida de estas personas.
Aparecen frecuentemente conductas alimentarias de ocultación y manipulación de la
comida (tiran, esconden, seleccionan, trocean los alimentos, etc...). Se preocupan por
aprender el contenido calórico exacto de cada alimento, que normalmente llegan a
saberse de memoria. Pesan cada ración de comida que van a ingerir, se pesan
prácticamente a diario o ante la más mínima sospecha de aumento de peso, o bien,
evitan la báscula.
La anorexia bulímica y la bulimia nerviosa se caracterizan además por frecuentes
episodios de hiperfagia en los que la paciente describe la sensación de pérdida de
control. En dichos episodios se produce la ingestión incontrolada de bastante cantidad
de comida que generalmente suele ser muy rica en calorías y, durante un período de
tiempo que varía de minutos a horas. En ocasiones se puede hablar de la ingesta de gran
cantidad de alimentos, pero lo importante no es que el atracón sea real, sino que la
paciente lo viva como tal (Mora y Raich, 1993).
Tras el episodio de hiperfagia se produce sensación de hinchazón y fuertes sentimientos
de culpa (Chinchilla, 1994), lo que da lugar a que la paciente recurra a métodos
purgativos tales como el vómito y/o abuso de laxantes y diuréticos. El cuadro suele
instaurarse de forma lenta y progresiva, de forma que cada vez se suceden con más
frecuencia los atracones y los vómitos varias veces al día. Como consecuencia de ello, el
paciente comienza a percibir una falta de control en su conducta que hace que, poco a
poco, se vea envuelta en un círculo vicioso del que resulta difícil salir (Mora y Raich,
1993).
Hsu (1990b) estudia los precipitantes del episodio de sobreingesta, encontrando que la
variable más importante es el hambre.
En cuanto a la apariencia personal de una joven que sufre anorexia, éstas suelen ir
vestidas con ropas amplias y superpuestas cuya función es en un principio, disimular los
supuestos defectos físicos (caderas anchas, abdomen, gluteos, etc...) y, finalmente, su
función es doble. Por un lado, no pasar frío (padecen de hipotermia) y, por otro lado,
disimular su delgadez extrema.
Es más propio de la anorexia nerviosa la búsqueda de la reducción de peso, a través del
incremento del consumo energético, así realizan ejercicio de forma compulsiva, comen
de pie, duermen poco, etc... Según Davis, Kennedy, Ravelski y Dionne (1994), la
actividad física es una variable fundamental en la génesis y mantenimiento del
problema.

Por otro lado, como ya se dijo anteriomente, los trastornos de la alimentación no suelen
aparecer de forma aislada, sino que frecuentemente se asocian a otras patologías. En este
sentido, Braun, Sunday y Halmi (1994), utilizando los criterios del DSM-III-R (A.P.A.,
1987) en 105 pacientes con trastornos de la alimentación, encontraron que el 81'9% de
los sujetos tenían además del trastorno de alimentación, otro diagnóstico en el Eje I de
dicho manual. Los diagnósticos más comunes eran: trastornos de ansiedad, depresión,
alteraciones de la personalidad, y abuso de sustancias (principalmente drogas
inhibidoras del apetito y ansiolíticos). Además encontraron que las anoréxicas
restrictivas, en general, desarrollaban primero el trastorno de la alimentación y
posteriormente otro de los trastornos anteriormente citados.
En cuanto a la ansiedad se refiere, ésta constituye un fenómeno central en los trastornos
de la alimentación. En este sentido, es posible que dichos sujetos tengan altos niveles de
ansiedad antes incluso de desarrollar el trastorno y que éstos sean un factor más, entre
otros muchos, precipitantes de dichos trastornos. En un principio, las preocupaciones
principales de estas personas, se centran en la anticipación de consecuencias negativas
derivadas, por un lado, de la situación real o imaginada de sobrepeso, y, por otro lado,
de la valoración que ellas mismas hacen acerca de su imagen corporal. Como
consecuencia de ello, el individuo toma la decisión de llevar a cabo una dieta que de
acuerdo con su filosofía será la encargada de poner fin a todos sus problemas
personales. Sin embargo, el largo y tortuoso camino hacia el infierno no ha hecho nada
más que empezar. A partir de este momento, todos sus pensamientos y comportamientos
girarán alrededor de un único objetivo: bajar de peso. La consecución de dicho objetivo
es la fuente principal que da origen a los sentimientos de ansiedad y depresión que
caracterizan a la enfermedad.
Por otro lado, diferentes estudios ponen de manifiesto la importancia de las situaciones
estresantes como factores etiológicos de los trastornos de la alimentación. Entre estos
acontecimientos estresantes destacan: padres alcohólicos, abuso sexual, trastornos
afectivos en padres, muerte de personas significativas (Ronan-Woodburn, 1989; Rosen,
Compas y Tacy, 1993; Strober y Humphrey, 1987; Meyer,1997).
En esta misma línea, Mintz, Kashubeck y Tracy (1995) informan que un gran número de
mujeres que habían sufrido experiencias estresantes durante la infancia tenían
sintomatología propia de los trastornos de la alimentación.
Piran, Kennedy, Garfinkel y Owens (1985), llevaron a cabo un interesante estudio
partiendo de los criterios diagnósticos del DSM-III (A.P.A., 1980) para los trastornos de
ansiedad, evaluando a un grupo de 47 pacientes con trastornos de la alimentación
encontrando en muchas ocasiones la relación entre éstos y otros trastornos de ansiedad
como el ataque de pánico, fobia social, trastorno obsesivo-compulsivo (T.O.C.), aunque
respecto a las bulímicas ninguna de ellas había padecido el T.O.C. según dicho autor.
Schwalberg, Barlow, Alger, y Howard (1992), encontraron que en pacientes bulímicos y
personas obesas con episodios de hiperfagia los diagnósticos más frecuentes en el DSMIII-R (A.P.A., 1987), eran la ansiedad generalizada y la fobia social. Más recientemente,
Hollander (1993), afirma que los trastornos de la alimentación se relacionan con el
T.O.C., con el trastorno dismórfico, la falta de control de los impulsos y la personalidad
bordeline.
A partir de la revisión de estos y otros estudios sobre el tema se puede extraer como
conclusión que no existen datos concluyentes acerca de la presencia de determinados
trastornos de ansiedad en los pacientes con trastornos de la alimentación.

Por otro lado, la presencia de trastornos afectivos, principalmente de depresión, en los
trastornos de la alimentación ha sido bastante más estudiada que la coexistencia de
trastornos de ansiedad en dichos trastornos. En cuanto a la presencia de depresión en
anorexia nerviosa, la frecuencia varía del 20 al 100 % de los casos según los diferentes
estudios. No obstante, diferencias tan acusadas probablemente se deben a
inconsistencias en lo que se refiere a calidad y método utilizado en la obtención de
datos, en cuanto al criterio sintomático, así como el grado de atención prestado a los
efectos posibles de las anomalías alimentarias y el grado de inanición (Herscovici y Bay,
1990).
En la literatura sobre el tema, la mayor parte de las investigaciones se centran en intentar
determinar si la depresión es un trastorno que aparece de forma concomitante al
trastorno de la alimentación y, de alguna forma independiente de éste, o bien, si la
depresión aparece de forma secundaria y como consecuencia de la situación anoréxica
y/o bulímica.
Son muchos los estudios que se han dedicado a estudiar las variables biológicas
asociadas a los trastornos de la alimentación y a la depresión, investigando las
disfunciones del eje hipotálamo-hipófiso-suprarrenal. A partir de la revisión de dichos
estudios Toro y Vilardell (1987), concluyen que los indicios de patología biológica
probablemente pueden estar determinados por la inanición pero que no todo puede
explicarse a través del estado nutritivo de estos pacientes.
Por último, puede decirse que no está establecido el papel de los antidepresivos en el
tratamiento de la anorexia nerviosa. La mayor parte de autores están de acuerdo en
señalar que los síntomas depresivos se alivian cuando mejora el estado de desnutrición
presente en la mayor parte de las pacientes. Por ello, dichos autores (Vandereycken y
Meerman, 1984; Andersen, 1985) recomiendan reestablecer un estado nutricional
adecuado y, posteriormente administrar medicación antidepresiva sólo en aquellos casos
en los que el paciente cumple todos los criterios para ser diagnosticado de trastorno
depresivo. Por otro lado, en el caso de la bulimia nerviosa, parece que sí existen
diferentes estudios que verifican la utilidad de los antidepresivos en el tratamiento de
dicho trastorno (Toro y Vilardell, 1987; Herscovici y Bay, 1990; Hoffman y Halmi,
1993). La estrecha relación existente entre ambos trastornos, anorexia y bulimia
nerviosa, no hace más que añadir confusión al asunto, tal y como señalan Toro y
Vilardell (1987).
Respecto al consumo de drogas, diferentes estudios confirman una alta prevalencia de
abuso de sustancias en pacientes con trastornos de la alimentación (Newman y Gold,
1992; Hudson, Weiss y Pope, 1992; Krahn, 1991; Das, 1990; Peveler y Fairburn, 1990).
Peveler y Fairburn (1990), relacionan trastornos de la alimentación y consumo de
alcohol. Hudson et al. (1992) realizaron un estudio con 386 pacientes hospitalizados por
abuso de sustancias, encontrando que un 15 % de las mujeres, habían padecido un
trastorno de la alimentación. Das (1990), propone que algunas conductas adictivas
(exceso de bebida, exceso de comida y juego compulsivo), comparten entre sí algunos
aspectos: la conducta adictiva genera momentos de placer a corto plazo, alivia
sentimientos negativos y dicha conducta tiene elementos compulsivos.
Li, Lumeng, McBride y Murphy (1987) presentan un modelo animal de alcoholismo y
sugieren la posibilidad de que exista un mecanismo común entre depresión, trastorno de
la alimentación y alcoholismo.
Krahn (1991) propone que aunque existan muchas similitudes entre trastornos de la

alimentación y el abuso de sustancias, no se ha podido demostrar un mecanismo común.
Por otro lado, Wonderlich, Stephen, Swift, Slotnick y Goodman (1990) y Smith,
Burkey, Nawn y Reif (1991), han puesto de manifiesto la coexistencia de trastornos de
la alimentación y trastornos de la personalidad. Así, Wonderlich y Swift (1990),
estudian la relación entre los trastornos de la alimentación y los trastornos de la
personalidad siguiendo los criterios DSM-III-R (A.P.A., 1987). Dicho autor obtuvo los
siguientes resultados: El trastorno de personalidad obsesivo-compulsivo estaba presente
en la anorexia restrictiva, pero no en la anorexia bulímica; la bulimia con peso normal
estaba asociada con personalidad histriónica; e independientemente del subtipo de
trastorno de la alimentación, la depresión era mayor en sujetos que cumplían los
criterios de personalidad bordeline y dependiente.

Criterios diagnósticos
Los primeros criterios diagnósticos que se propusieron para la anorexia nerviosa fueron
los Criterios de Feighner (Feighner, Robins y Guze, 1972). Estos, fueron ampliamente
aceptados e inspiraron los criterios del diagnóstico de la anorexia nerviosa de la tercera
versión de la A.P.A. (1980). Hasta la actualidad numerosos aspectos han evolucionado,
destacando la desaparición de la edad de inicio como criterio diagnóstico, y el
porcentaje de la pérdida de peso, que ha pasado del 25 % de la clasificación de Feighner
y del DSM-III (A.P.A., 1980), al 15% en el DSM-III-R (A.P.A., 1987) y en los criterios
propuestos para el DSM-IV (A.P.A., 1993). A partir del DSM-III (A.P.A.,1980) se
incorporan aspectos evolutivos a la pérdida de peso, es decir, en personas menores de 18
años se calcula el peso que debía haber ganado por crecimiento. El aspecto que más
destaca en el DSM-IV (A.P.A., 1993), respecto al DSM-III-R (A.P.A., 1987) es la
clasificación de dos subtipos: restrictivo y bulímico (ver tabla 1).

Tabla 1. Criterios para el diagnóstico de la anorexia
DSM-IV (A.P.A., 1993)

A. Rechazo a mantener el peso corporal por encima de un peso mínimo para
su edad y talla; por ejemplo, pérdida de peso o mantenimiento de éste por
debajo del 15 por 100 esperado. En casos de crecimiento, fracaso en alcanzar
el que le correspondería en un 155 inferior al esperado.
B. Miedo intenso a aumentar de peso o a engordar, aun estando emaciada.
C. Alteración en la manera como se experimenta el peso corporal y la silueta.
Influencia exagerada de la silueta o el peso en la autoevaluación, o negación
de la seriedad de su bajo peso corporal actual.
D. En mujeres posmenárquicas ausencia de tres ciclos menstruales
consecutivos (amenorrea). Se considera que una mujer tiene amenorrea si sus
períodos únicamente ocurren tras la administración de hormonas (ejemplo,
estrógenos).
- Subtipo bulímico: durante el período de anorexia, la persona presenta
episodios recurrentes de sobreingesta.

- Subtipo restrictivo: durante el período de anorexia, la persona no presenta
episodios recurrentes de sobreingesta.
La décima revisión del manual de la Organización Mundial de la Salud (ICD-10, OMS,
1992) destaca el miedo a engordar como variable fundamental del trastorno, haciendo
especial hincapié en que el trastorno involucra al eje hipotálamo-hipofisiario-gonadal, lo
que da lugar a la amenorrea en la mujer y a la pérdida de interés sexual en el varón. En
cuanto al peso propone como indicador un índice de masa corporal o de Quetelet igual o
menor a 17'5 para el diagnóstico de anorexia nerviosa. En contraste con el DSM-IV
(A.P.A., 1993), no contempla varios subtipos, sino que considera que la pérdida de peso
puede ser inducida por la evitación de "alimentos que engordan" y que puede ir
acompañada de uno o más de los siguientes métodos para perder peso: vómitos y/o
purgas autoinducidas, ejercicio físico o consumo de fármacos anorexígenos o diuréticos.
Anteriormente la bulimia nerviosa era considerada como un trastorno secundario a la
anorexia nerviosa, pero las fuertes diferencias encontradas entre anoréxicas y bulímicas,
hicieron que ésta haya sido considerada como una entidad psicopatológicamente
distinta, presentándose con el término bulimia en el DSM-III (A.P.A. (1980)) y
adoptándose el término de bulimia nerviosa en el DSM-III-R (A.P.A., 1987) y DSM-IV
(A.P.A., 1993), como ya señalamos anteriormente.
En este último, el criterio del promedio mínimo de atracones se mantiene, pero no sólo
los atracones, sino las conductas inapropiadas. También especifica el criterio de
preocupación persistente por la silueta y el peso, ya que habla de que es la
autoevaluación la que está exageradamente influida por el peso y la silueta corporal. Por
último, enfatiza que la aparición de la bulimia nerviosa no aparezca exclusivamente en
el transcurso de la anorexia nerviosa (ver tabla 2).

Tabla 2. Criterios para el diagnóstico de la bulimia nerviosa
DSM-IV (A.P.A., 1993)
A. Presencia de atracones recurrentes. Un atracón se caracteriza por:
(1) ingesta de alimento en un corto espacio de tiempo (p.ej., en un período de
2 horas) en cantidad superior a la que la mayoría de las personas ingerirían en
un período de tiempo similar y en las mismas circunstancias.
(2) sensación de pérdida de control sobre la ingesta del alimento (p. ej.,
sensación de no poder parar de comer o no poder controlar el tipo o la
cantidad de comida que se está ingiriendo).
B. Conductas compensatorias inapropiadas, de manera repetida, con el fin de
no ganar peso, como son provocación del vómito; uso excesivo de laxantes,
diuréticos, enemas u otros fármacos; ayuno, y ejercicio excesivo.
C. Los atracones y las conductas compensatorias inapropiadas tienen lugar,
como promedio, al menos dos veces a la semana durante un período de tres
meses.
D. La autoevaluación está exageradamente influida por el peso y la silueta
corporales.

E. La alteración no aparece exclusivamente en el transcurso de la anorexia
nerviosa.
Especificar tipo:
Tipo purgativo: durante el episodio de bulimia nerviosa, el individuo se
provoca regularmente el vómito o usa laxantes o enemas en exceso.
Tipo no purgativo: durante el episodio de bulimia nerviosa, el individuo
emplea otras conductas compensatorias inapropiadas, como el ayuno o el
ejercicio intenso, pero no recurre regularmente a provocarse el vómito ni usa
laxantes, diuréticos o enemas en exceso.
El ICD-10 (OMS, 1992), propone criterios diagnósticos prácticamente iguales al DSMIV (A.P.A., 1993), excepto en lo que hace referencia a la relación entre la anorexia
nerivosa y la bulimia nerviosa. A diferencia de la clasificación del APA, que excluye el
diagnóstico de bulimia nerviosa si esta conducta tiene lugar exclusivamente en el
transcurso de una anorexia nerviosa, la ICD-10 (OMS, 1992), excluye el diagnóstico de
anorexia nerviosa si se han dado atracones de forma regular.
Por otro lado, algunos de los síntomas propios de los trastornos alimentarios (pérdida de
peso, rechazo de determinados alimentos, etc...) pueden aparecer también en otros
trastornos psicopatológicos. Por ello, resulta imprescindible saber que aunque existan
rasgos comunes como pérdida de peso, alteraciones del sueño y estado de ánimo
deprimido, coincidiendo con el trastorno del estado de ánimo; o ideas obsesivas, como
en el trastorno obsesivo-compulsivo; negación de ingerir alimentos, como en la
esquizofrenia; o rasgos similares al trastorno por somatización; las características que
diferencian al trastorno de la alimentación con los trastornos anteriormente citados son
principalmente que, no se produce un temor fóbico a engordar ni existen distorsiones en
la imagen corporal en el TOC; en los depresivos se produce una pérdida de apetito pero
no aparece la preocupación por el contenido calórico; en la esquizofrenia, el paciente
puede negarse a comer, pero los delirios no se centran en el contenido calórico de los
alimentos, ni hay miedo a engordar, como tampoco ocurre en el trastorno por
somatización.
Quizás el diagnóstico diferencial más difícil de realizar en la práctica clínica sea entre
anorexia y bulimia nerviosa, posiblemente debido al continuo que se produce en los
trastornos de la alimentación, ya comentado anteriormente. De acuerdo con Chinchilla
(1994), vamos a destacar los aspectos que más diferencian a ambos trastornos; respecto
a la bulimia nerviosa, el inicio es más tardío, el peso, y el aspecto general es más
normal, suelen tener un menor control de impulsos, menor hiperactividad, mayor
psicopatología asociada, mayor consumo de drogas y, el método preferido para controlar
el peso son los vómitos, laxantes y diuréticos. En las pacientes que sufren anorexia
nerviosa es más frecuente encontrar hipotensión, bradicardia e hipotermia. Las
bulímicas rara vez evolucionan hacia la anorexia nerviosa típica, pero sí es frecuente
encontrar una anorexia previa.

Evaluación
El primer aspecto que se debe evaluar es su deterioro físico y su peso actual. Una vez
recogida la historia general y médica, se debe evaluar la topografía de las dietas, los
hábitos alimentarios de la paciente, y las conductas purgativas. Igualmente resulta

necesario evaluar las distorsiones de la imagen corporal; las cogniciones relacionadas
con la comida, el peso, la figura y la valoración estética de la misma; y finalmente, la
existencia de otros posibles trastornos asociados y que ya comentamos anteriormente.
Para la evaluación de estos trastornos se utilizan autorregistros, autoobservación,
observación conductual, autoinformes y entrevistas. En la Tabla 3 se incluye una
relación de las entrevistas y autoinformes más frecuentemente utilizados en la
evaluación de los trastornos de la alimentación. Por motivos didácticos, los instrumentos
se han dividido en; entrevistas diagnósticas, entrevistas para evaluar la psicopatología
asociada al trastorno, autoinformes sobre actitudes y síntomas de los trastornos
alimentarios y autoinformes que evalúan la percepción que tiene el sujeto sobre su
imagen corporal.

Tabla 3. Instrumentos de evaluación
TIPO DE
INSTRUMENTO

OBJETIVOS

NOMBRE Y AUTOR
- Interview for Diagnostic of
Eating Disorders (IDED),
Williamson et al., (1990).

Entrevistas diagnósticas

Detectar conductas para
facilitar el diagnóstico del
trastorno.

- Eating Disorder
Examination (EDE),
Fainburn y Wilson, (1993).
- Stanford Eating Disorders
Clinic, Agras (1987).

Especialmente para detectar
Entrevistas para evaluar la la presencia de depresión,
psicopatología asociada
ansiedad, obsesiones,
psicosis.

- Brief Interview of
Secondary Psychopathology
(BISP), Williamson et al.,
(1990).
- Clinical Eating Disorder
Eating Instrument (CEDRI),
Palmer, Christie, Cordle,
Davis y Kendrik (1987).
- Eating Attitudes Test
(EAT), Garner y Garfinkel
(1979).

Autoinformes de actitudes
y síntomas de trastornos
alimentarios

- Eating Disorder Inventory
(EDI), Garner y Olmestead
(1984).

Detectar sintomatología
propia de los trastornos de la
alimentación.
- Bulimia Test (BULIT),
Smith y Thelen (1984).

- Binge Eating and Cognitive
Factors Scale, Gormally,
Black, Daston y Rardin

(1982).
- The Body Esteem Scale
(BES), Franzoi y Shields
(1984).
- The Body Self-Relations
Questionnaire (BSRQ),
Cash, Winstead y Janda,
(1986).
- Body Shape Questionnaire
(BSQ), Cooper, Taylor,
Cooper y Fairburn (1987).

Autoinformes sobre la
imagen corporal.

Detectar actitudes,
comportamientos e
influencias respecto a la
imagen corporal.

- Escala de siluetas o de
figuras, Williamson, Kelley,
Davis, Ruggiero, y Veitia
(1985).
- Subescala del EDI, Garner
y Olmestead (1984).
- Cuestionario de Influencia
del Modelo Estético
Corporal, Toro, Salamero, y
Martínez (1994).
- Body Image Avoidance
Questionnaire (BIAQ),
Rosen, Salzberg, y Srebnik
(1990).
- Cuestionario de burlas,
Thompson, Fabian, y
Moulton (1990).

Modelos explicativos
El psicoanálisis clásico consideraba la anorexia nerviosa como una forma de histeria de
conversión que simbólicamente expresaba el repudio a la sexualidad, unido a fantasías
de embarazo oral. Posteriormente, los modelos neopsicodinámicos, proponen como
causa de este tipo de trastornos, la interacción íntima de la relación temprana entre el
niño y sus padres. De modo análogo, el modelo sistémico, señala como relevantes las
alianzas encubiertas, la alternancia de la culpabilización, la falta en la resolución del
conflicto y distorsiones en la comunicación como factores predisponentes de patología
familiar en las familias con alguna hija anoréxica. No obstante, estos modelos han sido
extensamente criticados, por un lado, por la falta de rigor científico en sus
interpretaciones, y, por otro lado, por la carencia de estudios controlados que verifiquen
sus postulados.
El enfoque conductual, propone que los trastornos alimentarios forman un complejo

patrón conductual caracterizado por conductas que se adquieren y se mantienen en el
tiempo como consecuencia de reforzadores y castigos (externos y/o internos). No
obstante, este enfoque ha dedicado poca atención al estudio de la etiología del trastorno,
y tampoco ha habido un desarrollo excesivo de instrumentos de evaluación específicos,
centrándose especialmente en el desarrollo de técnicas de tratamiento. Por otro lado,
aunque en un primer momento ya se observaron buenos resultados con los principios del
condicionamiento operante en el tratamiento de los trastornos de la alimentación, dichos
procedimientos fueron duramente criticados por su utilización simplista y peligrosa. No
obstante, en la actualidad se encuentran apoyadas tanto las leyes del aprendizaje en que
se basan estas técnicas terapéuticas como la utilidad clínica de dichos procedimientos.
Ahora bien, también es preciso señalar que el enfoque conductual por sí solo resulta
también insuficiente para dar cuenta de toda la complejidad que entrañan estos
trastornos.
Los planteamientos cognitivo-conductuales proponen que entre las variables estímulo y
respuesta, median los pensamientos de los sujetos. Es decir, que las conductas
características de los sujetos con trastornos alimentarios son de alguna manera la
consecuencia de las distorsiones cognitivas y las alteraciones de la imagen corporal
anteriormente citadas. No obstante, al igual que ocurría con otros modelos vistos
anteriormente, por sí solo el enfoque cognitivo-conductual no puede dar cuenta de todos
los aspectos implicados en los trastornos de la alimentación.
La mayor parte de estos enfoques proponen factores causales únicos, sin embargo, los
trastornos alimentarios constituyen un cuadro imposible de reducir a un único factor que
dé cuenta de toda la complejidad que los caracteriza. Por esta razón, la tendencia de los
últimos años es considerar este tipo de trastornos como fenómenos heterogéneos y
multifactoriales surgiendo de la interacción de diferentes factores psicológicos,
familiares, socioculturales y biológicos. Asimismo, las descripciones actuales subrayan
el papel de la maduración y de la vulnerabilidad psicológica para iniciar el desarrollo de
síntomas. De esta manera, aparecen los primeros modelos biopsicosociales para dar
cuenta de este tipo de trastornos. El primer modelo conocido que trata de poner en
evidencia todo este conjunto de factores es el modelo multifactorial de la anorexia
propuesto por Lucas (1981) y posteriormente ampliado y modificado por Pirke y Ploog
(1984, 1987). Dicho modelo parte de tres factores (predisposición biológica,
predisposición psicológica y entorno social) que interactuarían entre sí para dar lugar al
trastorno anoréxico.
En esta misma línea, Toro y Vilardell (1987), consideran el trastorno anoréxico como
una patología multidimensional (engloba y obedece a diferentes dimensiones de la
persona - biológica, psicológica, y social, principalmente -) y que obedece al modelo
multicausal de la enfermedad (es decir, para que aparezca el trastorno anoréxico sería
necesario que varios factores interactuaran entre sí para dar origen a dicha patología).
Así, establecen la existencia de factores predisponentes, precipitantes y mantenedores
del trastorno anoréxico.
Williamson, David, Duchman, McKenzie y Watkins (1990) proponen diferentes
modelos integradores que tratan de explicar el origen y mantenimiento de diferentes
trastornos alimentarios: anorexia, bulimia y sobreingesta compulsiva. Estos autores
enfatizan además el importante papel que juega la psicopatología secundaria a este tipo
de trastornos.
Striegel-Moore (1993) elabora un modelo evolutivo que trata de dar cuenta
principalmente de la aparición del trastorno en la adolescencia y su mayor incidencia en
mujeres. Señala que el conjunto de factores socioambientales, la interiorización del rol

sexual, unido a la presión estresante de la adolescencia y la creencia y adopción del mito
de la "superwoman" podrían explicar la aparición de un trastorno de la alimentación.

Tratamiento
En primer lugar, cabe señalar que en algunas ocasiones se hace urgente la
hospitalización. Esto ocurre principalmente en aquellos casos en los que la salud del
paciente se ve seriamente en peligro como consecuencia del estado de desnutrición al
que han llegado, o bien, cuando la psicopatología secundaria al trastorno es grave y la
persona ha intentado incluso quitarse la vida. En estos casos resulta prioritario el
tratamiento de los trastornos biológicos, atendiendo siempre con especial cuidado a las
complicaciones médicas que pueden surgir en la realimentación del paciente, antes de
comenzar cualquier otro tipo de tratamiento psicológico.
La psicoterapia basada en el modelo neo-psicodinámico se orienta a lo que se denomina
los antecedentes de la enfermedad, que tendrían como corolario un trastorno del
desarrollo. De esta manera, el objetivo último de la psicoterapia será el desarrollo de una
nueva personalidad. Asimismo, se enfatiza la necesidad de terapia familiar no sólo para
apoyar a la familia y aliviar su ansiedad, sino también para evaluar las interacciones y
experiencias familiares. Minuchin, Rosman y Baker (1978), proponen la terapia familiar
estructural para el tratamiento de la anorexia nerviosa. El objetivo terapéutico será
modificar la estructura familiar disfuncional que organiza las transacciones de sus
miembros. A lo largo del tratamiento, se utilizarán intervenciones estratégicas y
conductuales que son auxiliares del objetivo principal, es decir, la modificación de la
estructura con el fin de permitir el desarrollo de cada uno de sus integrantes.
Por otro lado, la mayor parte de los programas conductuales se basan en la utilización
del refuerzo positivo contingente al aumento de peso (normalmente se le permite a la
paciente hospitalizada una mayor actividad física o social). También se utiliza el castigo
negativo (u omisión) contingente al mantenimiento de un bajo peso o a la disminución
del mismo, y que suele consistir en la privación o retirada de situaciones agradables para
la paciente como la actividad física (se le obliga a permanecer en reposo) y/o
aislamiento en el dormitorio. Asimismo, se utilizan con relativa frecuencia los sistemas
de economía de fichas y, la desensibilización sistemática normalmente aplicada a la
situación de comer y a las sensaciones corporales (molestias gástricas, sensación de
hinchazón, etc...) que ocurren después de la ingestión de alimentos.
Los programas cognitivo-conductuales añaden a los anteriores, técnicas específicamente
cognitivas. Hsu (1990a), divide en cinco categorías las técnicas cognitivas más
utilizadas en el tratamiento de los trastornos de la alimentación: reestructuración
cognitiva, autoobservación, identificación de los antecedentes a los episodios de
sobreingesta, educación nutricional y planificación de las dietas.
Las técnicas cognitivo-conductuales constituyen la aproximación terapéutica más
estudiada en la bulimia nerviosa y son consideradas por muchos autores como el
tratamiento de elección (Kettlewell, Mizes y Wasylyshyn, 1992; Agras, 1993; Fairburn,
Marcus y Wilson, 1993; Mitchell, Raymond y Specker 1993; Thackwray, Smith,
Bodfish y Meyers,1993; Smith, Marcus y Eldredge, 1994). El lector interesado en este
tema puede acudir a la detallada descripción de un programa cognitivo-conductual
publicado por Fairburn, et. al. (1993).

Eficacia diferencial de los procedimientos terapéuticos

Algunos investigadores han revisado la eficacia de los procedimientos psicoanalíticos en
el tratamiento de la anorexia nerviosa. Hsu (1986) recoge la opinión y los argumentos de
autores de diferentes posiciones teóricas y llega a la conclusión de que dichos
procedimientos son ineficaces en el tratamiento de la anorexia nerviosa. Otros autores
que se muestran de acuerdo con dicha afirmación son por ejemplo, Vandereycken y
Meerman (1984), Toro y Vilardell (1987) y Herscovici y Bay (1990). Las principales
críticas que hacen dichos autores se basan en argumentos similares a los que se hacen al
enfoque psicoanalítico: la excesiva generalización de sus postulados, la escasa
contrastabilidad de los mismos, el hecho de basar la psicoterapia en la percepción actual
que tiene el paciente de su pasado, y el hecho de que el tratamiento de los trastornos
alimentarios requiere de un enfoque directivo que no es compatible con el enfoque
psicodinámico clásico.
En cuanto a la terapia familiar, parece existir bastante consenso entre diferentes autores
en cuanto a lo siguiente: En pacientes jóvenes, se hace necesaria la participación activa
de la familia en la intervención terapéutica como modo de reorganizar el sistema de
contingencias del medio y las pautas de interacción entre los diferentes miembros de la
familia. Ahora bien, en pacientes mayores parece resultar más eficaz orientar el
tratamiento haciendo que éstos organicen su vida de forma progresivamente más
autónoma e independiente del medio familiar.
Por otro lado, la eficacia de los procedimientos conductuales para el tratamiento de los
trastornos de la alimentación parece bastante probada. Agras y Werne (1978)
encontraron que el reforzamiento positivo y negativo, la retroalimentación informativa y
la incorporación progresiva de dietas de mayor contenido calórico, eran los
procedimientos más eficaces para regular la ingesta calórica y el peso en anorexia
nerviosa.
Yates (1990) señala que no se ha encontrado ninguna medicación que sea efectiva para
todos los pacientes con anorexia nerviosa. Además propone que la terapia farmacológica
debe utilizarse en combinación con otras formas de terapia psicológica, pero nunca de
forma aislada. En esta misma línea, Hoffman y Halmi (1993) afirman que hasta el
momento actual ninguna medicación, por sí sola, se ha mostrado útil en la ganancia y
mantenimiento del peso, constituyendo, hoy en día, la terapia cognitivo-conductual la
piedra angular del tratamiento de la anorexia nerviosa. No obstante, dichos autores
señalan que la terapia farmacológica puede ser útil en el tratamiento de la psicopatología
asociada a dicho trastorno.
En resumen, la terapia farmacológica por sí sola no parece resultar útil en el tratamiento
de la anorexia nerviosa. Ahora bien, una vez que el paciente ha recuperado un estado
nutricional adecuado puede combinarse la terapia farmacológica y la terapia cognitivoconductual si el paciente sigue presentando grave psicopatología secundaria asociada al
trastorno (ansiedad y/o depresión principalmente) .
Channon, De Silva, Hemsley y Perkins (1989) estudiaron la eficacia diferencial de los
tratamientos cognitivo-conductuales (TCC) frente a los tratamientos conductuales
clásicos (TC) en 24 pacientes con anorexia nerviosa. Encontraron que había diferencias
significativas en algunas de las medidas que se analizaron y sugirieron la TCC como el
tratamiento de elección en la anorexia nerviosa. No obstante, hay que señalar la
necesidad de realizar más estudios controlados al respecto y con seguimientos a más
largo plazo.
En cuanto a la bulimia nerviosa, como ya comentamos anteriormente, numerosos
investigadores han propuesto la terapia cognitivo-conductual como el método trapéutico

que ha conseguido hasta el momento mejores resultados en el tratamiento de la bulimia
nerviosa. Ahora bien, lo que no resulta tan claro es si la combinación de terapia
cognitivo-conductual más prevención de respuesta produce mejores resultados que sólo
la terapia cognitivo-conductual, ya que los resultados obtenidos son contradictorios. De
esta manera, mientras que algunos autores encuentran que la combinación de ambas
técnicas es más eficaz (Garner, Garfinkel, Rockert y Olmstead, 1987; Johnson, Corrigan
y Mayo, 1987; Leitenberg y Rosen, 1988; Rosen, 1987), otros autores (Agras,
Schneider, Arnow, Raeburn y Telch (1989a, 1989b); Wilson, Eldredge, Smith y Niles,
1991) encuentran que la terapia cognitivo-conductual es eficaz por sí sola para reducir
los síntomas bulímicos y que la prevención de respuesta sólo debe utilizarse de forma
limitada y con precaución.
Frente a lo que se comentó respecto a la anorexia nerviosa, la terapia farmacológica sí se
ha mostrado útil en el tratamiento de la bulimia nerviosa. En este sentido, Hoffman y
Halmi (1993), señalan que algunos antidepresivos, el carbonato de litio, diferentes
anticonvulsivos, antagonistas de los opiáceos y otros fármacos que promueven la
actividad serotoninérgica han sido utilizados con éxito en pacientes con bulimia
nerviosa.
Recientemente, Agras, Rossiter, Arnow, Scheneider, Telch, Raeburn, Bruce, Perl y
Koran (1992) han comparado la eficacia diferencial del tratamiento farmacológico
(medicación antidepresiva), la terapia cognitivo-conductual y la combinación de ambos
tipos de tratamientos. Estos autores concluyen que tanto la terapia cognitivo-conductual
de modo aislado como la combinación de ambas técnicas (siendo aplicada la medicación
antidepresiva durante 24 semanas) son más eficaces que el tratamiento farmacológico
por sí solo cuando éste es administrado durante 16 semanas. Parece ser que la clave del
éxito se encuentra en combinar la medicación antidepresiva y terapia cognitivoconductual durante 24 semanas para asegurar resultados más sólidos y prevenir posibles
recaídas en los pacientes.
Finalmente, en relación con la eficacia de la terapia grupal (Grupos para Padres de
Anoréxicos y/o Bulímicas), Lewis y Mac Guire (1985) llegan a la conclusión de que el
grupo parece ofrecer un marco de seguridad para que los padres se descarguen, para
incrementar los sentimientos de autoestima, efectividad y esperanza en los padres, así
como para que obtengan guía y consejos tanto de otros padres como de los terapeutas.
Sin embargo, estos autores concluyen que el grupo de padres no ofrece una solución a
este tipo de problemas, aunque puede ser considerado como un componente útil si se
añade al tratamiento.

Pronóstico
No existe acuerdo entre los diferentes autores en cuanto al porcentaje de pacientes que
se recuperan. No obstante, según los datos ofrecidos por Chinchilla (1994), el 50-75%
evolucionan hacia la remisión o mejoría, no siempre duradera, pero sí de buen
pronóstico a largo plazo, sobre todo si fueron tratadas muy precozmente en el inicio de
la enfermedad. Se acepta que hay remisión total en el 50%, que el 20% tiene pobre
evolución. Después de los siete años de evolución, según este autor, es difícil, pero no
imposible, que mejoren, sobre todo si tienen un peso bajo, marcadas distorsiones
cognitivas y en el caso de la anorexia, períodos de bulimia.
Por otro lado, en cuanto a los criterios que parecen predecir la evolución y pronóstico de
este tipo de trastornos, tampoco existen datos concluyentes al respecto. Toro y Vilardell
(1987) después de hacer una exhaustiva revisión de los factores de mejor y peor

pronóstico en anorexia nerviosa proponen que los factores que se han relacionado más
claramente con un peor pronóstico son la obesidad previa, la cronicidad del trastorno y
un número elevado de hospitalizaciones. Asimismo señalan otras variables que también
se han mostrado relevantes al respecto:
La obesidad previa y la presencia de trastornos de la ingesta previos, son factores de mal
pronóstico tanto en la anorexia como en la bulimia nerviosa (Garfinkel y Garner, 1982;
Steinhausen y Glanville, 1983). Por otro lado, la presencia de trastornos de la
personalidad previos (sin especificar) es un factor asociado a un peor pronóstico
(Morgan, Purgold y Welbourne, 1983).
Son también factores a tener en cuenta, la insatisfacción corporal permanente y la mayor
sobreestimación de su imagen corporal (Slade,1985) así como los desajustes sociales
serios. El mayor uso de conductas purgativas (vómitos y/o abusos de laxantes y
diuréticos) se encuentra asociado a una mayor cronicidad del trastorno (Garfinkel y
Garner, 1982). Por otro lado, estos últimos autores señalan que la respuesta precoz al
tratamiento es también un factor de buen pronóstico.

Conclusiones
Los trastornos de la alimentación se caracterizan básicamentepor el temor casi fóbico a
engordar, las distorsiones de la imagen corporal, y por todo el amplio arsenal de
conductas que despliegan con el único objetivo de intentar adelgazar y, así, conseguir
estar más a gusto consigo mismas. Su valoración como personas, su éxito social, así
como cualquier otro objetivo o logro personal que se propongan penden de un finísimo
hilo: la delgadez como forma de vida. Sin embargo una vez que se ha iniciado un
trastorno de este tipo y a medida que se va avanzando estas personas consiguen justo lo
contrario de lo que se proponían en un principio: su autoestima que ya era baja, se va
deteriorando cada vez más con el paso del tiempo, crece su aislamiento social, y lo que
es peor aún, lejos de conseguir ser felices cuando consigan la tan deseada delgadez, cada
vez se encuentran más tristes, solas y angustiadas.
Aunque encontramos en la revisión de la literatura que la anorexia y la bulimia
nerviosas no son trastornos nuevos, la investigación sobre estas patologías es
relativamente reciente. Esto se ve reflejado en la evolución de los criterios diagnósticos,
la falta de consenso para decidir que requisitos son necesarios para diagnosticar el
cuadro y el hecho de que en la mayor parte de los casos se solapen los criterios
diagnósticos de un trastorno con el otro. Todo ello hace que en muchas ocasiones los
profesionales opten por centrarse en las conductas, tanto de patrón de ingesta como en
las conductas purgativas y peso del paciente, dejando en un plano secundario un
diagnóstico "claro" tipo DSM-IV (A.P.A., 1993) o ICD-10 (O.M.S., 1992). Como efecto
de esta confusión encontramos que un buen número de personas con conductas de alto
riesgo quedan sin diagnosticar y lo que es más grave, sin tratar (Shisslak, Crago y
Estes,1995).
Como ya se ha señalado en ocasiones anteriores, en el caso de los trastornos de la
alimentación pueden pasar varios años desde el inicio de la enfermedad hasta que el
paciente recibe tratamiento y ayuda especializada. En el caso de la anorexia nerviosa, el
paciente no suele ir a consulta hasta que los signos externos del trastorno se hacen
visibles a la familia o a alguna persona cercana a la paciente. Generalmente, este tipo de
pacientes no suelen acudir por sí solos a consulta, dado que la negación de la
enfermedad es una característica propia del trastorno. Por otra parte, los pacientes con
bulimia nerviosa, suelen vivir con el temor y la vergüenza a ser descubiertos en uno de

sus episodios de sobreingesta, que normalmente se llevan a cabo en secreto y por la
noche. Por esta razón y dado que su aspecto externo resulta con frecuencia más normal
que el de las pacientes anoréxicas, suele retrasarse la visita al especialista.
Sin embargo, es relativamente frecuente que estas personas acudan a otros diferentes
especialistas para intentar paliar los síntomas orgánicos originados como consecuencia
de la enfermedad. Por ejemplo, acuden al ginecólogo debido a las irregularidades
menstruales que presentan, al médico general para que le prescriba laxantes para el
estreñimiento, al odontólogo por problemas dentales, etc... Por esta razón, resulta de
especial importancia que los distintos especialistas conozcan los síntomas de la
enfermedad. De esta manera se evitaría, por un lado, que los pacientes "rueden" por el
sistema sanitario, y, por otro lado, se facilitaría una intervención más precoz, lo que sin
duda mejoraría el pronóstico de estos pacientes.
Son muchas las variables que contribuyen a la aparición de estos trastornos pero se hace
evidente que los factores socioculturales cobran una especial relevancia. La presión
hacia la delgadez ha influido hasta ahora en mayor medida sobre la mujer, pero durante
los últimos años esta presión se está generalizando al sexo masculino. Como
consecuencia de ello, los hombres también se ven envueltos en el culto al cuerpo
delgado y musculoso que fomentan los diferentes medios de comunicación y que son el
resultado de muchas restricciones dietéticas y muchas horas de gimnasio. Este hecho
podría hacer que en los próximos años disminuyera la diferencia entre las proporciones
de casos entre hombres y mujeres.
En el caso de la mujer la presión es, sin duda alguna, mucho mayor. La sociedad exige
la delgadez para triunfar, pero es una delgadez caracterizada por un cuerpo asexual,

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