Última actualización web: 13/07/2020

Modelo Cognitivo Procesal Sistémico: De la Dimensión Emocional Humana al Sentido de Identidad Personal.

Autor/autores: Rodolfo Sepúlveda Morice
Fecha Publicación: 24/10/2013
Área temática: .
Tipo de trabajo: 

RESUMEN

En este artículo se aborda el desarrollo y evolución de la Terapia Cognitiva Procesal Sistémica a partir de la explicación de algunos aportes de la Psicología experimental, la teoría del apego, los enfoque de la Intersubjetividad y la Teoría de la Mente (mentalización), para dar cuenta de un modelo que concibe la mente como un sistema funcional dinámico, complejo y auto-organizado, que se construye activamente en una matriz dialéctica entre procesos afectivos y la emergencia de un sentido de identidad personal. Se propone a este modelo como una alternativa integradora para comprender las dinámicas psicobiológicas del desarrollo de la mente personal. Créditos de la imagen: light and shadow, por rosmary, en Flickr.

Palabras clave: apego; intersubjetividad; identidad personal; disociación; narrativa.


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Sepúlveda Morice R. Psicologia.com. 2013; 17:13.
http://hdl.handle.net/10401/6209

Artículo original
Modelo Cognitivo Procesal Sistémico: De la Dimensión
Emocional Humana al Sentido de Identidad Personal
Systemic Cognitive Procedural Model: From Human Emotional Dimension to the Sense of Personal Identity

Rodolfo Sepúlveda Morice1*
Resumen
En este artículo se aborda el desarrollo y evolución de la Terapia Cognitiva Procesal Sistémica a
partir de la explicación de algunos aportes de la Psicología experimental, la teoría del apego, los
enfoque de la Intersubjetividad y la Teoría de la Mente (mentalización), para dar cuenta de un
modelo que concibe la mente como un sistema funcional dinámico, complejo y auto-organizado,
que se construye activamente en una matriz dialéctica entre procesos afectivos y la emergencia
de un sentido de identidad personal. Se propone a este modelo como una alternativa
integradora para comprender las dinámicas psicobiológicas del desarrollo de la mente personal.
Palabras claves: Apego, intersubjetividad, identidad personal, disociación, narrativa.
Abstract
This article discusses the development and evolution of the Systemic Cognitive Procedural
Therapy from the explanation of some contributions from experimental Psychology, attachment
theory, the approach of inter-subjectivity and the theory of mind (Mentalizing) to give account
of a model that conceives the mind as a complex, dynamic and self-organized functional system,
which is actively constructed in a dialectic matrix between affective processes and the
emergence of a sense of personal identity. This model is proposed as an alternative framework
for understanding the psychobiological dynamics of the development of personal mind.
Keywords: Attachment, intersubjectivity, personal identity, dissociation, narrative.

Recibido: 18/07/2012 ­ Aceptado: 05/08/2012 ­ Publicado: 24/40/2013

* Correspondencia: rodolfosepulveda@santotomas.cl
1 Psicólogo Clínico, Magister en Psicología Clínica. Postitulo en Terapia Cognitiva Posracionalista.
Acreditado como Psicólogo Clínico especialista en Psicoterapia por la Comisión Nacional de Psicólogos
Clínicos de Chile. Docente Universidad Santo Tomás, sede Iquique

Psicologia.com ­ ISSN: 1137-8492
© 2013 Sepúlveda Morice R.

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Desarrollo
La enorme cantidad de teorías, enfoques y reflexiones respecto a una determinada disciplina
que existen en la actualidad, dificultan de algún modo construir marcos conceptuales y/o
empíricos integrados acerca de determinados fenómenos, lo que perece haber ido generando
una tendencia permanente hacia la especialización y el reduccionismo. Dentro de la psicología,
las consecuencias de este fenómeno es que cada vez parece hacerse más lejana la idea de hacer
una gran teoría explicativa o un solo modelo integrador (Lecannelier, 2010).
La tendencia ha sido más bien acumular determinadas evidencias empíricas sin una estructura
teórica que le proporcione orden, significado y coherencia a este cúmulo de datos o, por otro
lado, generar propuestas conceptuales que carecen de sustento investigativo (Lecannelier,
2009). Siguiendo esta idea, la tendencia que aparece como más apropiada, sería la búsqueda de
la construcción de modelos teórico-conceptuales integrados en diferentes niveles de
entendimiento disciplinar y los datos emanados de la investigación científica en un marco
teórico coherente y unificado. En este tema, el psicólogo Allan Schore (2009) ha planteado que
una comprensión más profunda de las cuestiones fundamentales de la ciencia, no provendrá de
un único o de múltiples descubrimientos en el interior de alguna disciplina en particular, sino
que una integración de campos relacionados es esencial para la creación de un modelo
comprensivo del desarrollo humano que permita acomodar e interpretar los datos de diversas
disciplinas biológicas y psicológicas en sus diferentes niveles de análisis.
En el presente trabajo, se considera que en la actualidad existe un abundante cúmulo de
investigaciones y propuestas teóricas emanadas de diferentes disciplinas y áreas del
conocimiento (teoría del apego, enfoques de la intersubjetividad, neurociencias cognitivas y
afectivas, psicología evolutiva, clínica y experimental, etc.) que parecen respaldar los supuestos
fundamentales desarrollados ya hace décadas por el psiquiatra y psicoterapeuta italiano Vittorio
Guidano en su modelo Cognitivo Procesal Sistémico. De la misma forma, se propone a este
modelo como una alternativa (y no la única) en el establecimiento de un marco epistemológico o
metateórico integrador que guíe la comprensión de la teoría clínica, la investigación y la
aplicación práctica (praxis clínica), fundamentalmente en el entendimiento de los fenómenos
mentales, su desarrollo y sus consecuencias en el malestar o bienestar biopsicosocial de las
personas.
Se parte explicando los fundamentos epistemológicos del modelo cognitivo procesal sistémico
en el contexto de la crisis del paradigma asociacionista que comienza a manifestarse en
diferentes ciencias desde principios del siglo XX. Para sustentar estos cambios epistemológicos,
se asume la perspectiva comprensiva de la epistemología evolutiva, el concepto de primacía de
lo abstracto, la diferenciación entre procesos tácitos y explícito, así como de los nuevos avances
de la psicología experimental, con el objetivo de articular una forma diferente de entender la
construcción del conocimiento humano como un proceso complejo y dinámico de
autoorganización sistémica.
En un segundo momento, se explican como los procesos vinculares tempranos permiten
entender la matriz afectiva e interpersonal fundamental desde donde emerge un sentido de
identidad personal en los primeros años de vida. Se presenta una descripción de como las
complejas relaciones del infante con los cuidadores (procesos de apego e intersubjetividad) va
configurando una unidad organizacional de dominio emocional que es la estructura de base para
la emergencia de un sentido de unidad y continuidad personal. En este punto, se enfatiza la
relevancia de considerar que esta matriz afectiva temprana es la base en la formación de
mecanismos y capacidades de inferencia mental (o mentalización) que son fundamentales para

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la normal adaptación al mundo social en que habita el ser humano. Se incorpora en esta
reflexión, el concepto de intencionalidad recursiva (metarrepresentación), como una de las
características distintivas de estas capacidades.
Posteriormente, se abordará la forma en que esta unidad organizativa emocional se urde
intrincadamente y en co-evolución a una estructura o trama narrativa que permite
autorreferirse, explicarse y diferenciar la experiencia emocional en curso y, por lo tanto, regular
y modular las oscilaciones del sistema personal a partir de un peculiar estilo de funcionamiento
organizativo que proporciona un sentido coherente y unitario de si mismo a cada individuo
(estilo de personalidad).
Por último, se desarrolla una breve propuesta sobre el funcionamiento del sistema de
conocimiento que da cuenta de los procesos psicopatológicos que emerge desde esta perspectiva
evolutiva, procesal y sistémica de la organización de la mente humana y se desarrollan algunas
conclusiones relativas al texto.

Premisas Epistemológicas del Modelo Cognitivo Procesal Sistémico
Para entender el contexto específico en que surge y evoluciona el modelo cognitivo procesal
sistémico, es necesario hacer referencia general a los cuestionamientos fundamentales de orden
epistemológico que se estaban formulando en diferentes disciplinas científicas en el transcurso
del siglo XX. Hasta los años 60 y 70, las perspectivas epistemológicas empiristasasociacionistas, que dominaban las ciencias cognitivas, entendían que la realidad era un orden
externo y objetivo, que existe en forma independiente a nuestro acto de conocimiento. Esta idea
hace referencia a una consideración del conocimiento en que la representación de la realidad es
una copia sensorial de aquello a lo cual se refiere.
A partir de la convergencia interdisciplinaria que tiene lugar en los años 80 y 90, se comienzan a
generar una serie de cambios epistemológicos que plantean una forma radicalmente diferente
de entender conceptos como "realidad", "observador" y "conocimiento", comenzando a
cuestionar cualquier presunción de una teoría de la validez del conocimiento que excluya la
influencia del sujeto que conoce en el orden de la realidad conocida (Hayek, 1952; Gadamer,
1984; Maturana y Varela, 1990; Weimer, 1977).
La realidad pasa a ser entendida como una red de procesos complejos articulados
simultáneamente en múltiples niveles de interacción (Guidano, 1994), lo que hace imposible la
aprensión e integración simultanea de todas sus dimensiones de entendimiento en forma
objetiva. Se comienza a comprender el papel que tienen las propias operaciones de distinción
para ordenar diferentes realidades personales posibles, proceso que permite otorgar cierta
coherencia a las posibles ambigüedades percibidas.
Desde esta perspectiva, todo conocimiento, lejos de ser objetivo y referente a algo externo a
nuestra experiencia, es siempre autorreferencial, es decir, responde a los propios procesos de
ordenamiento y organización del sistema (Guidano, 1994). La realidad entonces, es construida
en la interacción entre el medio que circunda a un sujeto dado y la discriminación o distinción
de este mismo organismo entre sus propias operaciones o estados internos, lo que se denomina
también como "clausura operacional" del sistema nervioso (Balbi, 1994; Maturana 1997;
Maturana y Varela, 1979, 1997, 1984). El medio y sus estímulos se transforman, de esta manera,
sólo en agentes gatilladores que perturban el dominio de acción del sistema nervioso humano.

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Así, la respuesta de cada organismo no está dada por el estímulo en sí, sino por la perturbación o
activación que éste provoca, dadas las características estructurales y organizacionales propias
del organismo.
El modelo Cognitivo Procesal Sistémico de Guidano, va a asumir este cuestionamiento
epistemológico y a partir de una metateoría Constructivista va a plantear que la mente personal
es activa y constructiva en la percepción y organización del conocimiento del sí mismo y del
mundo, considerándola como un sistema autoorganizado, proactivo/intencional y personal, en
el sentido de que el conocimiento está restringido a mantener la continuidad existencial del
sistema individual que conoce. Esta es una mente motora1 que en su actividad es una
constructora de realidades y significados más que un reflejo de un orden externo predefinido.
Para sustentar estos planteamientos, Guidano va a asumir la perspectiva explicativa de la
Epistemología Evolutiva (Campbell, 1974; Popper y Eccles, 1977; Lorenz, 1972; Weimer, 1982;
Piaget, 1977, 1984), entendiendo que el conocimiento es parte esencial de la evolución de la vida
en el planeta y que, por lo tanto, debe ser entendido según las leyes de los sistemas biológicos. El
estudio de la evolución filogenética y ontogenética del conocimiento, se instala entonces en la
necesidad de considerar el tipo de animales que somos y de la senda evolutiva que ha llevado a
generar los procesos de conocimiento que son característicos de nuestra especie y de la función
adaptativa que les ha hecho viables.
Una explicación evolutiva del origen de la mente personal, implica buscar una perspectiva
psicobiológica de los procesos de desarrollo de la especie y de sus individuos en su relación
funcional y adaptativa con las circunstancias específicas en las cuales operan. Por lo tanto para
estudiar la evolución hay que estudiar el desarrollo, y para estudiar el desarrollo hay que
estudiar la evolución (Lecannelier, 2006).
Otra referencia metateórica que incorpora Guidano, va a ser el concepto de primacía de lo
abstracto del premio novel de economía del año 1974 Friedrich von Hayek (1952), quien plantea
que el orden sensorial en el cual vivimos no nos es dado de afuera como nos dice el sentido
común sino que es consecuencia de reglas abstractas que nosotros le imponemos a la realidad.
Hayek (1952, 1978), al igual que las teorías motoras de la mente, cuestiona la primacía del orden
sensorial, en el sentido de plantear que la mente es una estructura clasificadora muy compleja
que proyecta su orden, en continua modificación, en el flujo continuo de la experiencia. Este
modelo supone la existencia de procesos abstractos tácitos o inconscientes, que no son iguales al
inconsciente freudiano, ya que plantea que más que procesos subconscientes comandados por la
búsqueda de descarga pulsional, serían procesos supraconscientes, por que gobiernan los
procesos conscientes sin aparecer en ellos (Hayek, 1978).
Esta propuesta de un supraconsciente, implica la distinción de dos niveles de conocimiento en
relación funcional reciproca, uno profundo o tácito y otro más superficial o explícito (Polanyi,

Las teorías motoras (o motrices) de la mente, término acuñado por Weimer (1977), plantean que el conocimiento (y la
mente) aparece como un sistema activo y constructivo, capaz de producir no sólo sus salidas (outputs) sino también en
gran medida sus entrada (inputs), incluyendo las sensaciones básicas que subyacen en su propia construcción. Es decir,
la mente busca y crea activamente los propios datos sensoriales. A este respecto, neurofisiólogos como Pribram (1971),
plantean que la mente se basa en procesos de feedback y feedforward, por los cuales una información para ser eficaz, y
por lo tanto recibida, debe ser confrontada y verificada con la actividad neural central, con lo que concluye que las
percepciones son más "un reflejo de patrones de respuesta evocados en el cerebro por un input, que una resultante de
patrones de estimulación" (Pribram, 1971, pág., 116).En cambio, las Teorías sensoriales de la mente, van a plantear que
el conocimiento viene desde fuera del organismo, en el que la mente es un sistema pasivo de recepción y jerarquización
sensorial.
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1958, 1966). El principio de Hayek de primacía de lo abstracto otorga al nivel tácito el papel
principal.
Se reconoce así la primacía funcional y estructural de los procesos abstractos (tácitos) sobre los
concretos (explícitos) en toda experiencia emocional y consciente. Entonces, la experiencia
humana está compuesta por dos niveles de procesamiento entretejidos y en interacción
constante: "Un nivel de ordenamiento holístico en términos de intuiciones perceptivas de
configuraciones espacio-temporales, predominantemente tácito o inconsciente" (Balbi, 1994,
página 57), que es el nivel que Guidano llama "nivel de la experiencia inmediata". El otro nivel
de la experiencia humana es de "ordenamiento en términos de procesos secuenciales,
semánticos y analíticos, predominantemente explícito o consciente" (ibídem), al que Guidano
llama nivel explícito o de la explicación.
Al alero de la reflexión anterior, parecen importantes los trabajos actuales que desde la
psicología experimental han desarrollado autores como Manuel Froufe (1997, 2000) utilizando
el Paradigma de la Disociación, en los cuales se respalda con evidencia empírica la existencia de
cognición sin conciencia. La conciencia es la excepción, más que la regla dirá Froufe, pues la
mayoría de la actividad y representaciones mentales proceden al margen de la conciencia.
Estas investigaciones han permitido sustentar los supuestos acerca de la capacidad de la mente
humana para percibir, aprender y recordar información de la cual parecemos no darnos cuenta.
Como ejemplo, podemos decir que en el nivel explícito, se procesaría sólo un significado de una
palabra a la vez, en tanto que esa misma palabra recibe un procesamiento automático
simultáneo de todos sus significados semánticos, lo que da cuenta de que el procesamiento
automático inconsciente, anterior a cualquier proceso conciente, activa operaciones
autonómicas y afectivas relacionadas a una variada gama de significados de cada palabra
(Marcel, 1980; Swinney, 1979).
Por su lado, el sistema de procesamiento consciente, aunque puede operar de forma bastante
flexible en cuanto a sus contenidos, dada su propensión a la integración, consistencia interna y
su capacidad atencional limitada, tiende a operar de forma serial. Por ejemplo, dada la
característica selectiva y el modo operativo lineal de la consciencia, la cristalización de un
contenido explícito implica siempre la exclusión selectiva de cualquier otro de significado
alternativo.
La conciencia, desde este paradigma, es un fenómeno emergente de la actividad cerebral,
aunque no reductible a ella, que tiene una labor o función constructiva, selectiva, organizadora y
de control estratégico (Johnson-Laird, 1983) llevada a cabo mediante operaciones de inclusión e
inhibición selectivas de ciertos niveles o módulos experienciales, contribuyendo de esta forma a
que el sistema humano no se vea sobrepasado por la gran cantidad de información y estímulos
existentes en su entorno y en su experiencia personal, muchas veces irrelevantes para la eficacia
de los planes contingentes del momento. Por ejemplo, acciones tan cotidianas como escribir,
caminar o hablar, son procesos de una enorme dificultad pero que nosotros efectuamos sin
esfuerzo y sin consciencia más que del resultado final.
Uno de los hallazgo más importante de estas investigaciones puede ser el hecho de que se ha
podido corroborar que los contenidos mentales inconscientes son, al igual que los conscientes,
activos, relacionales e intrínsecamente intencionales (Balbi, 2009). Es decir, "tanto los estados
mentales conscientes como los inconscientes, implican una connotación semántica o cognitiva,
capaz de afectar a la conducta" (Froufe, 1997, pág. 39). Aunque tanto los procesos tácitos como
los explícitos son intencionales en su esencia, la influencia de los contenidos inconscientes sobre

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la conducta es mayor que la que tienen los contenidos conscientes, posiblemente porque sobre
estos últimos la persona tiene una percepción y, por lo tanto, posibilidades de utilizar
mecanismos y estrategias de regulación y afrontamiento (Balbi, 2009).
Estos dos niveles de conocimiento, el tácito y el explícito, poseen cada uno una modalidad
funcional propia, por lo cual el conocimiento explícito no puede ser una traducción directa del
tácito, aunque le provea de una andamiaje organizacional de base para su desarrollo. Uno de los
objetivos fundamentales de la indagación del modelo procesal sistémico es estudiar y
comprender las interrelaciones entre las modalidades tácitas y explícitas del conocimiento en las
diferentes fases de su desarrollo que va a permitir el surgimiento de un sentido de identidad
personal consistente e integrado (Reda, 1986).
A partir de las referencias epistemológicas descritas anteriormente, Guidano va a buscar la
construcción de una teoría ontológica sobre la Organización de la Personalidad, es decir, de
una teoría que haga comprensible el modo en que los humanos construyen y organizan su
propio significado personal (Balbi, 2004). En este sentido, otorga un énfasis fundamental a
describir y explicar la categoría sí mismo (Self) y le confiere suma importancia al proceso
constructivo de la identidad personal integrado en ese sistema. Recalca la necesidad intrínseca
de autoorganización del sistema personal, caracterizado por el desarrollo y el mantenimiento de
una unidad y continuidad histórica (Guidano, 1994).
La importancia evolutiva de la mantención de una organización autónoma, tanto a nivel
biológico como psicológico, puede explicarse a partir de la emergencia de los organismos vivos
en el planeta, lo que se caracterizó por la generación de una membrana que los diferenció de lo
externo (Maturana y Varela, 1984). El mantenimiento del orden relacional autoorganizado de
este sistema biológico autónomo paso a igualarse al mantenimiento de la propia vida del
organismo. En este sentido, el primer desafío evolutivo fue el mantener un cierto orden y
estabilidad para que los cambios ambientales no destruyeran el sistema, lo cual parece haber
tenido una solución viable en la mantención de una dinámica autoorganizativa interna que parte
del establecimiento de estados homeostáticos compatibles con la vida (Lecannelier, 2006).
De la interacción recíproca entre el ser humano y su ecosistema, se extraen indicaciones sobre la
modalidad con la cual organizar el propio desorden percibido en forma gradual durante su
desarrollo ontogenético (Reda, 1986). La autoorganización, de este modo, dirige y restringe la
acción, desarrollo y posibilidades de cada especie (Edelman, 1989, 1992, 1995; Damasio, 1994,
1999, 2000). En el caso del ser humano, las sendas filo y ontogenéticas pueden comprenderse
como un camino evolutivo propio de los mamíferos que fueron aumentando de complejidad su
ambiente social como estrategia de supervivencia básica (Humphrey, 1986; Plotkin, 1994;
Lecannelier, 2006).
Desde esta perspectiva, el ser humano es un sistema vivo que se autoorganiza, como resultado
de una imposición evolutiva, para preservar su identidad como sistema. Según Guidano, "la
propiedad clave que subyace a la autonomía de cualquier forma de autoorganización radica en la
habilidad del sistema para convertir en un orden auto-referente las perturbaciones aleatorias
que provienen ya sea del ambiente o de las oscilaciones internas" (Guidano, 1987, pág. 10). De
este modo se explica que en la formación de la mente personal, sean las pautas de
autoorganización las que regulan que tipo de construcciones son posibles y, por lo tanto, que
información de la experiencia será excluida o integrada de forma selectiva al sistema de
significados de la realidad y de uno mismo (Balbi, 2004; Guidano, 1994). En este sentido, es
importante aclarar que un sistema de este tipo no es cerrado a los cambios, sino que los cambios
son los que permite ese sistema psicobiológico.

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La búsqueda de consistencia (continuidad) constituye el proceso básico para estabilizar el orden
de autopercepción y autoconciencia disponible. Por otro lado, las alteraciones emocionales que
surgen por la percepción de discrepancias constituyen los principales reguladores que permiten
la restructuración de la autopercepción y la autoconciencia en niveles de mayor integración
(cambio) (Guidano, 1995).
Este proceso de autoorganización individual de regularidades, en términos de disposiciones a
actuar y sentir (Arciero, 2009), es fundamental en la configuración de un paulatino sentido de
identidad personal, estructurándose a través de procesos de organización de reglas abstractas
de percepción y de conducta en el curso del tiempo y en relación con los otros, es decir, como
una forma de condensación de la historia individual, biológica y social.
Otro concepto fundamental de este modelo, va a ser la forma de entender los procesos
emocionales-afectivos. Desde la perspectiva cognitiva procesal sistémica, se entiende que las
emociones son constitutivas de nuestra estructura, estando siempre presentes en cada actividad
humana y, por lo tanto, no se verifica ninguna actividad humana cuyo dominio de acción no esté
determinado por una emoción. Aún pensar y razonar son actividades que, para ser llevadas a
cabo, requieren un cierto estado emocional.
Las emociones otorgan un sentido inmediato y global del mundo y de nuestra situación en él. En
comparación con la cognición, la emoción constituye un sistema biológicamente más antiguo, de
acción rápida y adaptativa, un sistema destinado a mejorar la supervivencia. Las emociones
pasan a ser consideradas importantes formas de conocimiento, que otorgan el significado a cada
acción y a cada proceso humano, es decir, que la matriz de los significados que procesa el
pensamiento es siempre afectivo-emocional (Balbi, 1994, 2004). Investigadores y teóricos de las
neurociencias (Damasio 1994, 1999, 2000; LeDeux, 1999, 2000a, 2000b; Davison, 2003,
2004), han encontrado abundante evidencia empírica sobre la estrecha coordinación entre los
procesos afectivos y el pensamiento, mostrando el rol fundamental de las emociones en la
organización de los procesos psicológicos superiores.
Realizada una breve aproximación a los principales fundamentos epistemológicos del modelo
cognitivo procesal sistémico, se procederá en los siguientes párrafos a desarrollar una propuesta
explicativa de la dinámica evolutiva de la identidad personal y de la forma singular en que se va
conformando lo que denominamos como Estilo u Organización de Personalidad, para lo cual
será útil tener siempre presente los dos niveles diferentes, aunque estrechamente entrelazados,
de este proceso: Por un lado, a) el modo en que las interacciones estructuradas con otros
específicos (procesos de apego e intersubjetividad) están implicadas en la aparición paulatina de
un dominio o estilo emocional (nivel de la experiencia, Yo) que ejerce de base para la
construcción de un sentido personal de diferenciación e individualización y, por otro lado, b) los
procesos emocionales y cognitivos que se articulan en una estructura temporal-narrativa
(pasado, presente y futuro) de complejidad creciente, que permite autorreferirse, explicarse y
diferenciar la experiencia en curso de forma viable y coherente con la imagen conciente de sí
mismo (nivel de la explicación, Mi), permitiendo otorgar un sentido particular al proceso de la
identidad personal.

La organización de la Dimensión Emocional: apego, intersubjetividad e individuación
La matriz fundamental de la dimensión afectivo-emocional, ha logrado ser mejor entendida en
la actualidad a partir de los aportes teóricos y empíricos de la Teoría del Apego y los Enfoques de

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la Intersubjetividad. Se plantea, desde estos modelos, una motivación evolutiva innata y
embrionaria a relacionarse y vincularse a otros seres humanos, que es anterior al desarrollo de
capacidades de comunicación simbólica de fases posteriores.
En el fondo es como que el "envoltorio vincular" lo entregara el apego y el contenido lo
proporcionaran los procesos intersubjetivos no-verbales, siendo la interfaz entre vínculo de
apego y procesos intersubjetivos la característica fundamental para el proceso gradual de
individualización y autorreconocimiento personal. Por ende, parece adecuado plantear que es la
unión entre ambos programas de investigación lo que entrega un modelo más complejo del
vínculo temprano y sus funciones psicobiológicas durante el desarrollo de los primeros años de
vida (Lecannelier, 2010).
Al parecer un rasgo distintivo del primate humano, ha sido que la mantención de un orden
autoorganizado sea casi enteramente dependiente del establecimiento de relaciones afectivas e
intersubjetivas de cooperación con otras personas (Trevarthen, 1988). Esto quiere decir que el
ser humano necesita de la vinculación con los otros para poder regular sus estados
psicobiológicos, siendo esto lo que restringe y motiva todo lo que realiza ese organismo. La
matriz desde la cual el ser humano logra establecer esta modalidad organizacional de
regulación, es el apego y la intersubjetividad (Stern, 2004; Lecannelier, 2006), que así, se
constituyen en el contexto y mecanismo imprescindible para el desarrollo de la mente personal.
De este modo, los procesos de intersubjetividad (lectura de mentes y coordinación afectiva) y los
de apego (búsqueda de protección y regulación), pueden ser comprendidos como sistemas
motivacionales que restringen, regulan, organizan y modelan los procesos vitales y de
conocimiento. En sus inicios, estos proceso implican siempre: "un componente inter-afectivo de
relacionamiento pre-verbal entre el cuidador y la cría, así como un componente interintencional, de referencia a estados mentales en los miembros de la diada" (Lecannelier, 2006,
pág. 84).
Cabe destacar que en base a los últimos avances de los estudios con neonatos de diferentes
disciplinas, Lecannelier (2010) plantea algunos postulados generales a los que se ha podido
llegar en la comprensión epistemológica del ser humano, generando un modo diferente de
comprender las competencias del infante. Este psicólogo e investigador va a sostener que a
diferencia de lo que se pensaba anteriormente en relación a que los infantes nacen como seres
pasivos, autistas y/o asociales, ahora los estudios han demostrado que los niños son seres
esencialmente sociales (no egocéntricos ni autistas), vinculares (activos en desarrollar
estrategias para apegarse de un modo estable y coherente con los otros significativos),
intersubjetivos (altamente sintonizados a los estados afectivos y mentales de los otros) y
autorregulados/autoorganizados (buscando modos adaptativos de continuar la dinámica de
sus propios procesos).
En síntesis, se puede plantear el conocimiento del infante como un proceso que implica ir
avanzando en estadios cada vez más organizados, flexibles y complejos de los propios procesos
del desarrollo ontogenético y de las fluctuaciones específicas en sus trayectorias, en un espacio
vincular que se constituye en el espacio vital de organización de estos procesos y que operan
bajo las reglas evolutivas de búsqueda de continuidad y predictibilidad (Lecannelier, 2010),
propuestas teóricas y empíricas asumidas por el modelo procesal sistémico.

La matriz afectiva del apego

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Comprendiendo que la mente es un sistema construido en la relación con los otros, Guidano
encuentra uno de sus pilares conceptuales fundamentales en la Teoría del Apego de John
Bowlby (1969; 1973; 1980; 1989) para sustentar una explicación de como organizamos un orden
experiencial particular durante todo nuestro desarrollo ontogenético. Esta teoría ha sido
definida como un programa de investigación más que como un modelo psicológico particular
(Bowlby, 1989; Lecannelier, 2009), generando en la actualidad un sin número de
investigaciones y modelos explicativos del desarrollo psicológico, social y biológico del ser
humano durante todo el ciclo vital.
La teoría del apego constituye un paradigma integrador del desarrollo humano que facilita una
visión comprensiva y organizada de todos los factores que contribuyen a la estructuración del
autoconocimiento. Por otro lado, gracias a que la percepción de las otras personas es un
regulador de tanta importancia para la autopercepción, el apego puede considerarse un proceso
autorreferencial necesario para la construcción gradual de un sentido de sí mismo unitario y
continuo en el tiempo (Balbi, 2004).
El apego es considerado un sistema motivacional que permite una sincronía psicobiológica entre
el bebé y su cuidador. El bebé se encuentra genéticamente predispuesto a querer acceso
selectivo a una figura vincular mas experimentada y busca confort particularmente cuando está
asustado o requiere protección. Es decir se busca seguridad/protección y regulación del estrés
en esta relación. (Crittenden, 2002; Lecannelier, 2009).
En términos evolutivos, se puede apreciar que el primate humano nace en un estado de
inmadurez neurobiológica, probablemente debido al tamaño cerebral que impide que este
espere hasta su maduración para nacer, por lo que esta maduración debe ser completada en la
interacción con el ambiente, que fundamentalmente se estructura en el contexto de la relación
vincular con la madre.
Esta inmadurez neonatal, que por un lado genera una enorme vulnerabilidad del bebé, por otro
lado, parece implicar un enorme potencial de aprendizaje cognitivo y social, en la medida que
los procesos de maduración psicofísicos son modelados a partir de las particularidades
ambientales con las que interactúa el infante en su medio, otorgando una enorme flexibilidad,
adaptabilidad y creatividad frente a los cambios (Tomassello, 1999; Lecannelier, 2006). Ahora
bien, para un animal que depende en forma absoluta de la protección de un adulto, parece ser
que es el ambiente relacional el que entregaría el contexto decodificador sobre que tipo de
información parece más relevante para la mantención del vínculo con ese cuidador.
En la dialéctica entre procesos de apego del infante y sistemas de cuidado de los padres
(parenting2), se establece una estructura relacional recursiva que posibilita el establecimiento de
ciertas regularidades en la interacción, lo que ha podido ser confirmado en estudios que
muestran que ya al finalizar el primer año de vida del neonato, se puede observar la
manifestación de ciertos "patrones u organizaciones centrales de apego" en la relación críacuidador (Ainsworth, Blehar, Waters & Wall, 1978; Main, Kaplan y Cassidy, 1985; Crittenden,
2002).
Mary Ainsworth, una cercana colaboradora de Bowlby, sería la primera en proponer que las
díadas madre-hijo difieren en la calidad de sus relaciones de apego y que es posible medir y
2 Desde su nacimiento, el sistema de apego del neonato entrará en interacción con el de los padres, fenómeno que
Bowlby (1980) denominó "sistema de cuidado" (parenting). El parenting, es un sistema preprogramado biológicamente
igual que el apego y que se manifiesta de un modo individual según las experiencias que un cuidador haya tenido en sus
propias relaciones vinculares.

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clasificar estas diferencias. En 1964, Ainsworth y sus colaboradores diseñaron la llamada
"situación extraña", un procedimiento de laboratorio para estudiar la relación madre-hijo en el
primer año de vida. A partir de estas investigaciones se desarrollaron las primeras
clasificaciones del apego en niños, describiendo tres patrones generales de apego (Ainsworth y
otros, 1978): Seguro, Evitativo y Ambivalente o resistente.
Siguiendo a los estudios de Ainsworth, Crittenden (2002) afirma que durante el primer año de
vida, la sensibilidad materna es el determinante primario de la calidad de apego. Las madres
sensibles tienen hijos seguros (apego tipo B); las madres inconsistentes tienen hijos
ambivalentes (apego tipo C) y; las madres que interfieren y rechazan tienen hijos que evitan
(apego tipo A). La presencia de organizaciones centrales de apego desde las primeras etapas del
desarrollo demuestra claramente las aptitudes reguladoras y organizadoras del sí mismo que
presentan los procesos del apego.
El otro aspecto fundamental del apego es que modula o regula la frecuencia, la duración y la
intensidad de las emociones. De esta forma, el modo de sentirse del niño y la manera como se
relaciona, pertenece a la clase de emociones básicas primarias que han sido más activadas en su
ambiente familiar (Sroufe, 2000), lo que da cuenta del desarrollo paulatino desde una temprana
organización del dominio emocional a la construcción de un estilo afectivo particular
característico de ese sistema personal en fases más avanzadas de autonomía y autorregulación
que aparecen en la adolescencia.
De esta forma, la característica básica del apego es la unicidad y la exclusividad del vínculo que
construye y organiza lo que es el dominio emotivo. Esto significa que el apego es constitutivo al
mismo tiempo de la identidad personal. El cómo uno establece la identidad está vinculado a la
persona significativa y a la persona con la cual mantiene un comportamiento recíproco en las
primeras etapas de la vida.

La Unidad Organizativa del Dominio Emocional
El apego en general tiene que ver con un sistema que regula la proximidad/alejamiento de la
persona en relación a otra/s personas, en momentos de estrés y peligro. En este continuo
relacional de acercamiento-alejamiento (apego-exploración) dependiente de la accesibilidad o
inaccesibilidad del cuidador, se van configurando patrones de anticipación en la interacción de
la diada que gatillan estados de activación emotivos y fisiológicos que serán recurrentes.
En los primeros momentos luego del nacimiento, el reconocimiento facial y la imitación por
parte del recién nacido son en realidad actividades ordenadoras autorreferenciales. Mediante la
coordinación multimodal de orden sensorio-motor, se conectan los datos perceptuales del
sistema visual con otras modalidades perceptivas (por ejemplo, realimentación propioceptiva,
actividad motora, etc.) y se ordena en pautas afectivo-motrices de respuesta (Meltzoff y Borton,
1979; Meltzoff y Moore, 1985), las que son organizadas activamente por el niño en unidades
recurrentes de autopercepción.
Mientras la sintonía con una fuente sincrónica de estímulos regulares (generalmente las figuras
vinculares significativas) organiza el flujo sensorial en una corriente de ritmos psicofisiológicos
recurrentes, los aspectos emocionales del apego transforman las tonalidades afectivas básicas e
indiferenciadas en módulos emocionales específicos. Por medio de estímulos regulares
derivados de la conducta y de las motivaciones de los cuidadores, el niño puede empezar a

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vincular ciertas emociones básicas difusas con percepciones, acciones y recuerdos,
convirtiéndolos en esquemas emocionales del si mismo y los otros específicos (Guidano, 1994).
A partir de esta dinámica estructural del patrón de vinculación, se comienza a establecer un
dominio emocional característico, donde ciertas emociones básicas3 tendrán mayor posibilidad
de ser activadas y percibidas, dando paso a una unidad organizacional de dominio emocional
(Guidano 1987).
Esta organización emocional, pasa a ser un estilo perceptivo-motor y afectivo que configura y
ordena a todas las demás tonalidades emocionales, las cuales se tienden a experimentar a partir
de esta unidad emocional de base, dando paso en etapas posteriores, por medio de la
adquisición de niveles más autónomos de autorregulación de las oscilaciones emocionales, a un
estilo afectivo que será característico en ese sistema individual por el resto de su vida.
En este proceso, la oscilación entre piezas básicas de esquemas emocionales prototípicos
opuestos y la autorregulación por medio de la activación/desactivación rítmica de sus
tonalidades emocionales, proporciona el contexto decodificador para la diferenciación posterior
de todo un conjunto de emociones discretas (Solomon, 1980). Es decir, la diferenciación
emocional aparece como un proceso de ensamblaje entre el patrón entre esquemas emocionales
preformados y sentimientos activos. La búsqueda de coherencia interna del sistema infante, que
sesga sobre todo posible patrón decodificador, actúa como el principal regulador, dando unidad
y continuidad funcional en el tiempo a la totalidad del desarrollo emocional, mientras la
percepción de la discrepancia actúa como desencadenante esencial para la diferenciación de
nuevas tonalidades emocionales (Guidano, 1987).
Así, la actividad evitativa que presentan los hijos de progenitores que los rechazan es la
dinámica que equilibra (regula) a cada momento la oscilación de estados emocionales opuestos,
como emociones de desamparo/tristeza e ira/rabia, en una dinámica dirigida a preservar como
prioridad el nivel de reciprocidad emocional compatible con la inaccesibilidad percibida en la
relación.
En este sentido, el procesamiento autorreferencial de las emociones que se disparan como
procesos vinculares tempranos en términos de acercamiento-alejamiento de las figuras
significativas, constituirá el principio organizador básico del desarrollo de la identidad en los
primeros años de vida, a partir de la emergencia de un sentido de diferenciación,
autorreconocimiento y unicidad personal (Balbi, 1994; Guidano, 1987, 1991, 2001). Así, la
semejanza percibida de los otros es el requisito necesario para experimentar un sentido de ser
persona, pero, al mismo tiempo, la diferenciación sobre esa similitud percibida es la condición
necesaria para experimentar un sentido de sí mismo.
Los estudios de la "reparación interactiva" que sigue al desentonamiento diádico (Tronick, 1989)
apoyan la idea respecto de que la figura cuidadora actuaría para regular el desequilibrio
homeostático del infante. En este patrón de "disrupción y reparación" (Beebe & Lachmann,
1994), el cuidador "sensible" (coordinado y sintonizado afectivamente) que induce una

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Por emociones básicas, se entienden una serie de estados emocionales innatos y universales en los seres humanos
que han sido estudiados por diferentes autores (Tomkins, 1962; Ekman y Friesen, 1971; Izard, 1971) y que suelen
diferenciarse de las emociones secundarias o sociales. Estas emociones tiene una importancia funcional, tanto filo
como ontogenéticamente para la supervivencia de la especie. Aunque hay diferentes opiniones al respecto, algunas
de las emociones básicas mayormente reconocidas son la rabia, pena, alegría, asco, sorpresa y miedo. La diferencia
con las emociones sociales, tiene que ver con que estas últimas necesitan de la diferenciación de un otro para ser
activadas.

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respuesta de estrés mediante el desentonamiento, de manera oportuna invoca un
reentonamiento, una regulación de la activación negativamente cargada del infante.
En consecuencia, los cuidadores son reguladores psicobiológicos externos que facilitan la
estabilización de experiencias afectivas y actúan en niveles no-verbales por debajo de la
conciencia en la regulación de las emociones y el mantenimiento de la integración del self
(Schore, 1994, 2002). Entonces, el sistema de apego, puede ser entendido como un sistema
evolutivo de regulación psicobiológica que equipa al individuo para insertarse en el mundo
social e intersubjetivo propio de los seres humanos, constituyéndose en una estructura
organizadora de la personalidad.

La Intersubjetividad y el surgimiento de las capacidades de Mentalización
La existencia de lo biológico, de lo genético, es condición necesaria pero no suficiente para la
formación de los procesos psicológicos específicamente humanos, ya que es indispensable la
existencia de un "otro" para que se puedan desarrollar. La biología nos hace homínidos, pero
sólo la interacción con nuestros semejantes nos da la condición humana (Álvarez y Trápaga,
2005), tal como se puede inferir de algunas personas criadas desde pequeños por animales
salvajes, como el caso de los niños lobo de la India de 1920.
El concepto de intersubjetividad, aunque desarrollado por una serie de disciplinas de las
ciencias sociales a través de la historia, es replanteado desde la psicología como una tendencia o
motivación (sea innata o aprendida) a relacionarse, comunicarse, coordinarse y sintonizarse
afectiva y mentalmente con los otros (Stern, 1985; Tronick, 1989; Trevarthen, 1979, 1993, 1997a,
1997b; Meltzoff, 1990; Lecannelier, 2006).
Si se asume que es dentro de la matriz relacional del apego entre cuidador y cría donde se
producen los procesos intersubjetivos cruciales para el desarrollo de la mente humana, la
construcción de un sentido de la propia identidad implica el desarrollo de un proceso afectivointersubjetivo complejo de identificación y diferenciación, en que el niño construye
internamente modelos operantes4 de la figura significativa y de sí mismo en relación con ésta.
Para Guidano (1991) este proceso implicaría la organización de un sistema para transformar la
experiencia intersubjetiva en conocimiento personal.
Es probable que estas capacidades mentales de sintonización, hayan emergido históricamente a
partir de la presión evolutiva producida por el aumento progresivo de la cantidad de individuos
en los grupos humanos y de la complejidad creciente en la organización social que esto implicó.
En este contexto, se hizo necesario generar proceso de coordinación, individuación y
comunicación social más refinados que permitieran adaptarse a las nuevas demandas
relacionales del grupo (Lecannelier, 2004).
En contraste con otros primates, el infante humano no tiene que adquirir autónomamente todo
el conocimiento y experiencias necesarias para sobrevivir. En cambio, el infante necesita
4 Según Bowlby (1969, 1979, 1980), en base a repetidas experiencias del bebé con sus figuras de apego, los niños
desarrollan expectativas en relación a la naturaleza de estas interacciones. Estas expectativas se convierten en
representaciones mentales o "modelos operantes" como los llamó Bowlby (1980) que tienen la capacidad de integrar
experiencias pasadas y presentes, como también esquemas cognitivos y emocionales relacionados con tales experiencias.
Este autor platea que: "estos modelos operantes son un sistema interno de expectativas y creencias acerca del self y de
los otros que les permiten a los niños predecir e interpretar la conducta de sus figuras de apego. Estos modelos se
integran a la estructura de la personalidad y proveen un prototipo para futuras relaciones sociales..." (Bowlby,
1979, p.70).

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desarrollar las habilidades para compartir con otras personas evaluaciones afectivas y estados
intencionales, lo que es una condición de supervivencia tanto psicológica como biológica de
nuestra especie.
Autores como Trevarthen (1979a, 1979b, 1982), ponen un especial énfasis en la relevancia que
pueden tener las emociones y los afectos en las actividades mentalistas. Este autor plantea que
los bebés humanos nacen con una disposición biológica para establecer contacto interpersonal
de tipo afectivo. Por medio de la experiencia de contacto interpersonal y afectivo recíproco, el
niño pequeño llega a captar la naturaleza de las personas como seres dotados de mente.
Lo interesante de la postura de Trevarthen, es que sitúa los fundamentos de la teoría de la mente
y la intersubjetividad en una fase muy anterior al desarrollo de la capacidad de
conceptualización. En este sentido, la mente del bebé parece responder a una forma de sentir
(se) a través de la relación, una vivencia que aún no operaría en las dimensiones reflexivas y
autoconscientes de etapas posteriores, pero que sería crucial para su configuración (Balbi,
2004).
Uno de los componentes de la intersubjetividad que más ha llamado la atención de teóricos e
investigadores en los últimos años, ha sido el desarrollo del mecanismo de inferencia de estados
mentales conocido como "Teoría de la Mente". Científicos de diferentes disciplinas coinciden en
que estas habilidades mentalistas humanas, y el lenguaje, que aquellas facilitan, constituyen el
fundamento del surgimiento de la autoconciencia humana, y del extraordinario desarrollo del
conocimiento de nuestra especie (Premack y Woodruff, 1978; Rivière y Núñez, 1996; Balbi,
2004).
Según Rivière, Sarriá y Núñez (1994, pág. 2) la habilidad humana para la intersubjetividad
denominada teoría de la mente es: "un sistema que atribuye mente a los congéneres y al propio
sujeto que lo emplea, y permite definir la vida propia y ajena como vida mental y conceptualizar
las acciones humanas significativas como acciones intencionales".
En este sentido, una Teoría de la Mente es un subsistema cognitivo, adaptativo y profundo,
dedicado a atribuir, inferir, predecir, comprender y anticipar estados mentales en el curso de las
interacciones dinámicas, lo que le confiere la condición de un subsistema mental muy eficaz,
precoz y complejo, específicamente dedicado al razonamiento interpersonal y a la coordinación
conductual de un enorme valor evolutivo y adaptativo (Rivière, Sarriá y Núñez, 1994).
Si se sigue este planteamiento, parece poco adecuado utilizar la denominación de "Teoría de la
Mente" al surgimiento de estas capacidades intersubjetivas, pues no es necesario que el bebé
tenga realmente una teoría de las mentes ajenas y la propia pues su utilidad no es "explicar" la
mente, sino manipularla y coordinarse (es un instrumento pragmático desarrollado a lo largo de
la evolución humana basado en mecanismos especializados de inferencia tanto tácitos como
explícitos). El concepto de "Mentalización" (ToM) propuesto por Peter Fonagy y su equipo
(1991, 1995b, 2002) parece reunir mayor consideración a la dimensión emocional-afectiva de
estas habilidades mentales. Por otro lado, el concepto de mentalización hace referencia al papel
central de esta operación intersubjetiva tanto en el modo en que se organiza y desarrolla el Self
de forma coherente e integrada, como en la articulación y regulación emocional que permiten,
aspectos compartidos por el modelo cognitivo procesal sistémico.
El concepto de mentalización, como un mecanismo evolutivo complejo, ha sido definido como la
capacidad cognitiva que permite "leer o inferir" estados mentales en uno mismo y los otros y que
implica tanto un componente auto-reflexivo como interpersonal. Así mismo, promueve y

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mantiene la seguridad del apego y como permite explicar nuestra conducta y la de los otros,
crea continuidad de la experiencia, la cuál es el fundamento de una estructura mental coherente
(Fonagy & Bateman, 2007, Pág. 2-3).
Para explicar el desarrollo evolutivo ontogenético de las capacidades de mentalización, se pasará
a describir algunas de sus fases descritas y estudiadas por los teóricos e investigadores de los
enfoques de la intersubjetividad. Al mismo tiempo, se incluye e integra el concepto de
intencionalidad recursiva (o metarrepresentación) como un mecanismo necesario para el total
desarrollo y conformación de las capacidades mentalistas, concepto integrado al modelo
cognitivo procesal sistémico por el psicólogo y psicoterapeuta Juan Balbi (2004, 2009) a partir
de los planteamientos teóricos de Ángel Rivière (Rivière y Núñez, 1996; Rivière y Sotillo, 2002)
sobre el desarrollo evolutivo de la mente del niño.
Siguiendo el desarrollo del infante, desde su nacimiento extrauterino hasta los 7-8 meses de
vida se comienzan a desarrollar los precursores afectivos e intersubjetivos de la ToM,
considerados como ciertas capacidades innatas del bebe para coordinarse afectivamente a los
otros (Gergely y Watson, 1999; Stern, 1985; Trevarthen, 1993; Tronick, 1989).
Según Trevarthen (1979b, 1982, 1984), en este período se manifiesta muy tempranamente lo
que denominó "intersubjetividad primaria", que puede observarse en las sutiles adaptaciones
expresivo-motoras de los bebés desde el segundo y tercer mes de vida, cuando éstos se
coordinan con sus cuidadores en las relaciones cara a cara. En esta fase, aún no existe una
modalidad de subjetividad individualizada, ni una diferenciación entre lo mental o lo corporal.
El bebé aún no experimenta al otro como un ser autónomo, permanente y con intenciones,
aunque si establece y comparte con claridad sistemas básicos e innatos de coordinación
expresiva y emocional, que posibilitan una vivencia recurrente de estar en relación con el adulto.
Ya entre los 8 y los 12 meses de edad, a la vez que se desarrolla lo que Piaget (1969, 1977)
denominó "constancia objetal", se desarrolla la capacidad que Trevarthen a denominado
"intersubjetividad secundaria" y que se caracteriza por la vivencia subjetiva del niño de su
propia participación en la relación. En términos relacionales, en este período ocurre una
estabilización del comportamiento de apego hacia la figura significativa, apareciendo el "miedo
al extraño" y las reacciones de sorpresa frente a lo novedoso.
Esta fase está marcada por lo que algunos autores (Lewis y Brooks-Gunn, 1979; Lecannelier,
2004, 2009) han denominado la "revolución mental de los 9 meses", en donde ya se puede
apreciar en los niños los rudimentos mentales para captar y percibir que los otros tienen mente
e intenciones, una de las condiciones necesarias para el total desarrollo de las capacidades de
mentalización y que puede ser observado a través de la presencia de habilidades tales como la
atención conjunta (Carpenter, Nagell y Tomassello, 1998; Tomassello, 1999), la referencia social
(Campos y Sternberg, 1981) y la capacidad de bromear (Reddy, 1991).
Es aquí, donde emerge un nuevo nivel de conocimiento que facilita la organización de un
incipiente si mismo subjetivo cuyo principal contenido es la experiencia concreta y factual
(contingente) del niño acerca de su capacidad para mantenerse vinculado y en buena
coordinación con los otros significativos (Balbi, 2009). A los signos presentacionales del primer
año de vida, se agregan los signos representacionales o símbolos. En otras palabras el infante en
esta etapa opera con representaciones de segundo orden, es decir con representaciones de
representaciones o metarrepresentaciones. De este modo, antes del desarrollo del lenguaje
simbólico, el niño hace su temprano ingreso al mundo propiamente humano de la recursividad
metarrepresentacional (Rivière y Sotillo, 2002; Balbi, 2009).

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A los 18 meses se observan los procesos de simulación de escenarios hipotéticos (Leslie, 1987;
Perner, 1994), entendidos como la habilidad del niño de sopesar alternativas mentales para
resolver determinados juegos y tareas. Ya a los 24 meses, se desarrollan las capacidades de
atribución de emociones y deseos en los otros y en uno mismo (Repacholi y Gopnik, 1997). A
esta edad, el conocimiento sobre sí mismo se formaliza mediante representaciones verbales
posibilitadas por el desarrollo lingüístico, apareciendo el uso de los pronombres personales (yo,
mío, tu, mí, etc.). En este momento, ya se puede apreciar un conocimiento conciente de sí
mismo en el infante, que es indicativo de que un nivel recursivo de segundo orden en que existe
un conocimiento del conocimiento de sí mismo, con lo cual se opera en una dimensión más
permanente y continua del self (Lewis y Brooks-Gunn, 1979). Se aprecia también a esta edad, el
desarrollo de la capacidad del "hacer como si" (pretending), lo que según Leslie (1988) implica
también capacidades metarrepresentacionales.
A los 36 meses, aparece la inferencia de las características de la mente (Baron-Cohen y Cross,
1992), comprendido como la habilidad del niño de distinguir que existen cosas reales que se
pueden tocar, comer, jugar, etc. Y cosas mentales e internas, pero que no se pueden tocar (pero
si pensar, imaginar, sentir).
Desde los 48 meses, se ha planteado el desarrollo cuasi-completo del equipo de la ToM
(Wellman, 1990), inferido a través de la capacidad de superar con éxito la prueba de la falsa
creencia5, una prueba que los niños autistas no pueden superar con éxito (Baron-Cohen, Leslie y
Frith, 1985; Rivière y Núñez, 1996; Baron Cohen, 1995). En este período, el desarrollo de nuevas
capacidades lingüísticas y cognitivas, permiten la emergencia de la operación cognitiva que
constituye el fundamento estructural del conjunto de habilidades mentalistas de la especie
humana que se denomina "teoría de la mente" (o mentalización): la "intencionalidad recursiva",
o de tercer orden (como mínimo). Ésta es la capacidad humana de tener procesos mentales
acerca de procesos mentales, mientras se tiene la noción de que éstos pueden, a su vez, tener
como contenidos otros procesos mentales (Balbi, 2009). Así, se disparan niveles de conciencia
más altos en el niño como el "darse cuenta de que se da cuenta de estar sintiendo con"
(Trevarthen, 1979b, 1982, 1984; Balbi, 2004, 2009; Rivière y Núñez, 1996). Se puede plantear,
que el periodo comprendido entre los 2-3 a los 5 años, marca el pasaje de una actividad
representacional a una actividad de tipo metarrepresentacional que es esencial en el desarrollo
de un funcionamiento interpersonal que permita operar en un ecosistema social como el del ser
humano.
Consecuentemente con lo anterior, aparece un aumento de la complejidad de los niveles de
autorreconocimiento afectivo, al mismo tiempo que se consolida la permanencia de ciertos
modelos operantes, que, espontáneamente, se revelan eficaces para el mantenimiento de una
coordinación viable con los cuidadores significativos.
Para explicar este proceso, Rivière va a retomar el concepto de metarrepresentación del
influyente teórico cognitivo Zenón Pylyshyn (1978), según el cual las metarrepresentaciones no
son simplemente "representaciones de representaciones", sino más bien, "las
metarrepresentaciones son representaciones de relaciones representacionales, como tales
relaciones".

5 Paradigma de la falsa creencia (por ejemplo la prueba de Sally y Ann: este lo pueden resolver niños/as normales de 4
años y ½ pero no los niños autistas) consiste en pruebas de caricaturas, donde se requiere en el niño la capacidad de
representarse una representación, en su calidad de representación (y sobre todo una creencia que puede ser verdadera o
falsa) como el supuesto básico de la Teoría de la Mente. El niño debe pensar que el otro piensa cosas desde el punto de
vista del otro y su propia perspectiva.

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Para Rivière (1994), decir que un sistema formal posee una intencionalidad recursiva (IR)
quiere decir que puede incluir activamente un elemento de cierta naturaleza dentro de otro de la
misma naturaleza. Un sistema recursivo de este tipo es potencialmente infinito. En este sentido
la autoconciencia humana sería un sistema recursivo, potencialmente infinito, de
metarrepresentaciones (MT) de estados intencionales de sí mismo y de los otros (Balbi, 2004).
La intencionalidad recursiva, sería entonces la capacidad para tener estados mentales
intencionales (I) sobre estados mentales (I), de uno mismo o de los otros, que se refieren, a su
vez, a estados mentales (I), lo que define estructuras de tipo (I {I (I)}), necesarias para realizar
funciones lingüísticas declarativas u ostensivas (de transmisión de conocimiento proposicional
entre mentes, lo que aparece en el segundo año de vida).
Una vez que se han establecido e internalizado las pautas y los modelos operantes del self y los<

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