En la actualidad, son numerosos los estudios dedicados a explorar las consecuencias económicas, sociales y psicológicas de la pandemia del COVID-19 en la sociedad. Entre las posibles esferas afectadas, las consecuencias neuropsicológicas asociadas con el confinamiento son especialmente visibles. El encierro de las personas en sus propias casas durante más de dos meses en algunas zonas geográficas ha ocasionado un incremento desajustado en los niveles de ansiedad, estrés y depresión de la población; llevando al organismo a un estado de estrés poco funcional.Este estado de alerta mantenido de las personas afecta directamente a su función cognitiva como ya ha sido demostrado desde investigaciones cualitativas y cuantitativas. Por un lado, los profesionales de salud primaria reportan un incremento en las quejas subjetivas sobre atención, memoria y velocidad de pensamiento entre sus pacientes debidas al confinamiento. Y por otro lado, existe evidencia científica que indica que este aislamiento social ha afectado de forma casi generalizada a la toma de decisiones, y la velocidad de procesamiento de la población sometida al confinamiento. Estos datos suponen un reto para la comunidad clínico-investigadora que ha de centrar el foco en los planes de prevención de este deterioro cognitivo para futuras pandemias y también en la neurorrehabilitación de estas capacidades.