Cuando trabajamos acompañando a otras personas en sus momentos más difíciles, absorber ese dolor ajeno tiene un costo emocional que raramente es visibilizado o reconocido. Terapeutas, enfermeras, trabajadoras sociales, psicólogos, voluntarios de emergencias y cuidadores profesionales enfrentan a diario una realidad: el sufrimiento que escuchan y sostienen termina dejando huella en ellos mismos.
A este fenómeno se le denomina estrés traumático secundario o trauma vicario, y es mucho más común de lo que pensamos. Se trata de una respuesta psicológica natural ante la exposición continuada al dolor humano, pero también es un síntoma de que algo en el sistema de apoyo y autocuidado está fallando.
El estrés traumático secundario es un estado de agotamiento emocional y psicológico que desarrollan profesionales y voluntarios que trabajan regularmente con personas que han vivido o están viviendo situaciones traumáticas, violentas o de gran sufrimiento.
Según investigaciones del ámbito de la salud mental, este estado surge cuando una persona que no ha experimentado directamente un trauma se expone de forma repetida a las historias, emociones y sufrimiento de otros. El cerebro y el cuerpo responden como si hubieran vivido la experiencia en primera persona.
Características principales:
No todos los profesionales desarrollan estrés traumático secundario con la misma intensidad. Algunos colectivos son especialmente vulnerables:
En el ámbito sanitario: Enfermeras de UCI, servicios de urgencias, oncología, cuidados paliativos y profesionales de salud mental que atienden víctimas de abuso.
En servicios de emergencia: Bomberos, policías, personal de rescate y coordinadores de crisis.
En protección social: Trabajadores sociales, educadores de menores en riesgo, personal de centros de acogida y voluntarios en zonas de desastre.
En apoyo psicológico: Psicólogos, terapeutas y consejeros que trabajan con trauma, abuso o duelo.
El estrés traumático secundario no siempre es evidente. Los síntomas pueden aparecer gradualmente o manifestarse de forma repentina, y suelen afectar tres dimensiones:
A nivel emocional:
A nivel cognitivo:
A nivel físico:
A nivel conductual:
Caso 1: Laura, Psicóloga en Centro de Salud Mental
Laura lleva 12 años atendiendo a víctimas de violencia de género. Es una profesional altamente empática y comprometida. Tras varios años oyendo historias de abuso extremo, Laura comenzó a experimentar pesadillas recurrentes donde revivía los relatos de sus pacientes. Empezó a evitar ciertos tipos de consultas, se volvió más irritable con su familia y desarrolló una tensión cervical crónica.
Lo preocupante era que no reconocía estos síntomas como trauma secundario, sino que los atribuía a debilidad personal. Solo cuando su directora le sugirió una evaluación psicológica, Laura se dio cuenta de que necesitaba apoyo profesional.
Resultado tras intervención: Terapia individual, supervisión clínica grupal y reducción temporal de carga de trabajo. Después de 6 meses, Laura recuperó su estabilidad emocional y ajustó sus límites profesionales de forma permanente.
Caso 2: Juan, Enfermero en Unidad de Cuidados Intensivos
Juan trabajaba en la UCI de un hospital durante la pandemia de COVID-19. Tras meses de acompañar la muerte de decenas de pacientes, Juan desarrolló una forma particular de estrés traumático: la disociación. Llegaba al trabajo en piloto automático, atendía a los pacientes sin sentir casi nada, y luego en casa se derrumbaba con ataques de pánico.
La falta de reconocimiento institucional de su experiencia y la presión continua agravaron el cuadro. Finalmente, Juan se vio obligado a tomar licencia médica.
Resultado tras intervención: Licencia de 3 meses, terapia cognitivo-conductual especializada en trauma, meditación de atención plena y reinserción laboral gradual. Actualmente Juan trabaja 4 días a la semana en lugar de 5, y participa en grupos de apoyo con otros enfermeros.
Caso 3: Marta, Trabajadora Social en Centro de Menores
Marta atiende a menores víctimas de negligencia y abuso. Tras acompañar el caso de una niña de 6 años cuya situación no mejoró a pesar de sus esfuerzos, Marta experimentó un colapso emocional: sensación de inutilidad, culpa y la convicción de que "no puedo ayudar a nadie".
Comenzó a comer compulsivamente como forma de autocalmarse, a consumir información obsesivamente sobre casos de abuso, y desarrolló un círculo vicioso de culpa y agotamiento.
Resultado tras intervención: Supervisión clínica especializada enfocada en aceptar los límites del rol profesional, terapia de grupo con compañeros en situación similar, y establecimiento de límites claros entre carga de trabajo y descanso. Marta aprendió que "cuidar de ti no es egoísmo, es profesionalismo".
Aunque a menudo se usan como sinónimos, existen matices importantes:
Fatiga por compasión: Es el agotamiento emocional derivado del cuidado continuado de otros. Está más relacionada con el síndrome del cuidador y el burnout. Es reversible con descanso y apoyo.
Trauma vicario: Implica una transformación más profunda en la forma de ver el mundo. La persona desarrolla síntomas similares a un trauma directo (hipervigilancia, re-experimentación, disociación). Requiere intervención terapéutica especializada.
La distinción importa porque el tratamiento es diferente. Un profesional con fatiga por compasión puede recuperarse con cambios organizacionales y autocuidado. Quien sufre trauma vicario necesita psicoterapia específica.
No todas las personas expuestas al sufrimiento ajeno desarrollan síntomas con la misma intensidad. Algunos factores aumentan la vulnerabilidad:
A nivel individual:
Establece límites claros: El trabajo no debe invadir tu vida personal. Desconectar no es irresponsabilidad.
Práctica regular de autocuidado: Ejercicio físico, meditación, actividades en la naturaleza, hobbies. Estos no son lujos, son herramientas de prevención.
Busca apoyo profesional preventivamente: No esperes a un colapso. La terapia durante momentos de estrés evita crisis mayores.
Cultiva relaciones significativas: Las conexiones auténticas fuera del trabajo son protectoras.
Procesa regularmente: Mantén un diario, habla con amigos de confianza, expresa emociones de forma segura.
A nivel profesional y organizacional:
Supervisión clínica regular: Los espacios de reflexión grupal con supervisores especializados son esenciales.
Rotación de casos: No asignar sistemáticamente los casos más complejos o traumáticos a las mismas personas.
Ratios paciente-profesional realistas: El agotamiento es inevitable con cargas imposibles.
Capacitación en trauma secundario: Que todos los profesionales comprendan qué es, sus síntomas y cómo prevenirlo.
Cultura de autocuidado: Los líderes deben modelar límites saludables, no heroísmo laboral.
Acceso a recursos de salud mental: Terapia disponible, sin estigma, para el personal.
El estrés traumático secundario no es debilidad ni fracaso personal. Es una respuesta humana legítima a la exposición continuada a sufrimiento extremo. Las personas que experimentan este desgaste no son menos resistentes; son personas que tienen la capacidad de sentir empatía profunda, y esa es precisamente su fortaleza.
Sin embargo, la empatía sin protección es insostenible. Reconocer y atender el trauma secundario es una responsabilidad compartida entre el profesional, la organización y la sociedad.
Como dijo el filósofo Schopenhauer, "la compasión es la base de la moral". Pero si queremos que quienes tienen compasión como profesión sigan siendo capaces de ofrecerla, debemos aprender a cuidar a quien cuida.
El autocuidado no es egoísmo. Es la base para poder seguir siendo efectivo en ayudar a otros.
Recuerda: Si reconoces en ti misma alguno de estos síntomas, buscar ayuda profesional no es un signo de debilidad. Es un acto de amor hacia ti misma y hacia quienes dependen de tu bienestar. Porque al final, solo podemos cuidar bien a otros cuando antes nos hemos cuidado a nosotras mismas.
Universidad de Psicología de Salamanca
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