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Última actualización web: 06/07/2022

La categoría clínica de la perversión en el psicoanálisis.

Autor/autores: Roberto Mazzuca
Fecha Publicación: 01/01/2002
Área temática: Trastornos de la Personalidad .
Tipo de trabajo:  Conferencia

RESUMEN

Palabras clave: psicoanálisis

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La categoría clínica de la perversión en el psicoanálisis.

Roberto Mazzuca.

Psicoanalista
Profesor Titular Segunda Cátedra de Psicopatología Facultad de Psicología
Universidad de Buenos Aires

 

Participo en esta mesa sobre el tema de las psicopatías por la amable invitación del Dr. Hugo Marietán. Esta mesa tiene la característica atractiva y poco común de abordar el tema desde tres enfoques o perspectivas bien diferentes: la biología, la psiquiatría y el psicoanálisis. Mi función es presentar la perspectiva del psicoanálisis.

Seguramente no todos los presentes han participado en las dos oportunidades anteriores. Como mi contribución de este año se ubica en continuidad con ellas -y también dentro del diálogo que de hecho se ha establecido con los doctores Mata y Marietán- voy a comenzar con una breve síntesis del recorrido realizado.

Ante todo, las cinco conclusiones a las que arribamos:
Primera, que la cuestión de las psicopatías constituye un tema que ha padecido de muchas confusiones y preconceptos y que todavía hoy no se puede considerar completamente esclarecido ni, mucho menos, cerrado. Esto es válido también para la categoría clínica de la perversión en la perspectiva psicoanalítica.

Segunda, que, aunque las cuestiones que estudia cada uno de los tres enfoques de esta mesa bajo el nombre de psicopatías no coinciden plenamente, es decir, que sus objetos de referencia difieren y se superponen solo parcialmente, sin embargo, esto no impide que surjan algunas propuestas convergentes.

Tercera, que lo que tradicionalmente se ha llamado psicopatías constituye un campo heterogéneo que, desde la perspectiva del psicoanálisis, no se puede abordar como una categoría unitaria. De aquí que sea necesario distinguir, entre otras cosas, la categoría del antisocial -que utiliza la violencia y la coerción contra la voluntad del otro-, de la verdadera psicopatía en que, aún los actos delictivos se producen estimulando la intervención del otro hasta obtener su complicidad y, por lo tanto, el consentimiento de su voluntad. Este punto vale también como ejemplo de la segunda conclusión ya que constituye una de las notables convergencias entre los tres enfoques.

Cuarta, las orientaciones freudiana y lacaniana del psicoanálisis -que distribuyen el campo de la psicopatología en la tripartición neurosis, psicosis y perversión- carecen del concepto de psicopatía que solo ha sido considerado de manera explícita por algunas corrientes anglosajonas del psicoanálisis. De aquí se desprende el interrogante acerca de cuál es el concepto freudiano que resulta adecuado para abordar el campo de las psicopatías.

Como respuesta a este problema, y esta es la quinta conclusión, hemos terminado en coincidir con la propuesta que formulara inicialmente el Dr. Marietán en el sentido de que ese campo corresponde a lo que Freud abordó con el concepto de perversión.

A partir de estas conclusiones, mi primera intervención presentó una comparación entre la neurosis y la psicopatía sobre los ejes de la culpabilidad y la acción. De este modo se destacó la ausencia de culpabilidad en el psicópata como diametralmente opuesta a la conciencia moral rígida del neurótico, especialmente del obsesivo, que Freud caracteriza por la intensidad de los reproches del superyó, de los remordimientos y los arrepentimientos que determinan las oscilaciones de su conducta. En cuanto a la acción, se subrayó la celeridad y seguridad con que el psicópata actúa y hace actuar al otro, tan opuesta a la lentitud, torpeza, postergaciones e idas y vueltas del actuar del obsesivo. Esta comparación mostró entonces que la oposición entre psicopatía y neurosis no era sino una variante de la fórmula freudiana que define la neurosis como el negativo de la perversión, es decir, los mismos rasgos orientados de modo inverso.

El segundo trabajo, el del año pasado, siguió explorando esa oposición a lo largo de otros ejes, entre ellos la demanda y la angustia, para terminar centrándose en la importancia de la dimensión del goce en la psicopatía. Del goce propio, el del psicópata, pero también del goce del otro, de su partener, que tan hábilmente el psicópata suele captar y utilizar.


En la intervención que hoy estoy presentando quiero volver sobre la primera conclusión para examinar las distintas acepciones del término perversión en el psicoanálisis y mostrar que este término recubre por lo menos tres conceptos diferentes. Efectivamente, cuando decimos perversión en psicoanálisis nos referimos a tres cosas muy distintas:

1. a las patologías de la sexualidad,
2. a las características estructurales de la sexualidad humana, y
3. a una de las formas de la subjetividad.

De allí que se produzcan una serie de confusiones cuando no se delimitan con claridad estas distinciones, o si no se las aplica de la manera pertinente,

Como suele ser habitual, estas tres acepciones resultan de la evolución del concepto de perversión a lo largo de las profundas transformaciones a que ha estado sujeto en las elaboraciones de la psiquiatría y el psicoanálisis. Por eso, para delimitarlas conviene hacer una referencia sucinta a la historia de este término en esas dos disciplinas, subrayando los tres hitos que señalan el surgimiento de un nuevo concepto que conserva, sin embargo, el mismo nombre del anterior.


El primer hito

es decir, el que marca el punto de partida del concepto de perversión, debe ubicarse, sin duda, en la gran obra civilizadora de Krafft-Ebing. De una generación anterior a Freud y a Kraepelin, Krafft-Ebing ocupaba la titularidad de la cátedra de psiquiatría en la Viena imperial. Las categorías psiquiátricas de sus tratados constituyen los antecedentes fundamentales en la nosología de esos dos grandes creadores. Krafft-Ebing es el más eminente representante de un grupo de psiquiatras y médicos legistas que se propusieron abordar en una perspectiva científica el estudio de la sexualidad humana y sus perturbaciones. Es decir, que persiguieron el objetivo de hacer entrar la consideración de los problemas sexuales en el discurso médico y legal para, de esa manera, tomar distancia de una posición moralista destinada fundamentalmente a enjuiciarlos y condenarlos.

Este propósito de pasar de la perspectiva del juicio moral a la neutralidad científica se manifiesta claramente en la terminología que utilizó, inventándola en la mayoría de los casos, y que reemplazó a la vigente hasta mediados del siglo XIX. Antes de su obra era muy común el uso de términos tales como degenerados, sodomitas, depravados, pederastas, cenedos. El uso del latín, no solo en el título de su obra principal en estos temas, su Psychopathia Sexualis, sino también en el interior de su extenso desarrollo, estaba destinado a introducir una cierta neutralidad y distancia científica por comparación con el discurso vulgar.

Además estableció una clasificación de las desviaciones sexuales que perdura hasta nuestro días y, de este modo, contribuyó a estabilizar el uso de términos descriptivos según la metodología empirista predominante en la psiquiatría de la época, y neutros desde el punto de vista de un juicio de valor, tales como perversión e inversión -el primero, para designar formas patológicas de la sexualidad que se ubican alrededor de la genitalidad, pero que constituyen manifestaciones que habitualmente acompañan la sexualidad normal, parasexuales; el último, para designar la orientación contraria a la considerada normal, es decir, heterosexual-. También el de fetichismo, exhibicionismo, voyeurismo. En algunos casos tuvo la osadía de usar referencias literarias que eran nombres propios, como el que tomó del marqués de Sade para establecer el término sadismo que se ha vuelto ahora un término común.

Si bien el marqués no tuvo oportunidad de enterarse, porque en el momento de la publicación de la Psychopathia Sexualis hacía ya varias décadas que estaba muerto, fue diferente en cambio la posición de Sacher Masoch porque Krafft Ebing usó el término masoquismo mientras este vivía, lo cual, de todos modos, no debe haberle molestado mucho en la medida en que contribuía a la difusión de la fama de sus escritos.

En síntesis, lo que tenemos que retener para el propósito de este trabajo es que Krafft-Ebing estabilizó el concepto de perversión para referirse a las distintas formas de desviaciones sexuales -cuyo repertorio acaba de enumerarse- con el método descriptivo empirista de la psiquiatría clásica. Debemos también hacer notar que, a pesar de la enorme empresa realizada para despojar a esas formas de consideraciones de valor y darle un tratamiento científico, el concepto de perversión, tal cual lo forjó Krafft-Ebing, conserva un núcleo irreductible de juicio moral. Para que una conducta pueda definirse como desviada es necesario su comparación con un modelo ideal considerado normal. Y este modelo no es nunca ajeno a los valores morales y culturales de la época. Es como dice Lacan: el empirismo es siempre un moralismo encubierto.

Es suficiente señalar como ejemplo la cuestión de la homosexualidad que en nuestra época es considerada cada vez más simplemente como una de las formas posibles en la orientación sexual, es decir, en la elección de objeto, y tiende poco a poco a quedar definitivamente excluida del campo de la psicopatología y de los sistemas psiquiátricos de clasificación de los trastornos.

Sin embargo, a pesar de este resto de moralidad de su época, la influencia de la obra de Krafft-Ebing en la transformación de los viejos preconceptos ha sido enorme. Constituyó una base firme para los ulteriores estudios y elaboraciones sobre la sexualidad y ha desbordado el campo de los especialistas. Su Psychopathia Sexualis alcanzó más de treinta ediciones y un efecto de divulgación de una amplitud llamativa. Esta obra está compuesta y se desarrolla alrededor de la exposición de un conjunto significativo de casos singulares que el autor comenta: las llama observaciones y superan la centena.

Algunas de estas observaciones son casos clínicos tomados por Krafft-Ebing de su propia práctica médica. Otras, cuando las formas de perversión constituyen delito, están extraídas de casos judiciales (por ejemplo, los cortadores de trenzas, frecuentes en esa época). Pero hay un tercer grupo, muy numeroso, en que estas observaciones consisten en los relatos escritos que Krafft-Ebing recibía de sus lectores contándole sus propias prácticas perversas y que contribuyeron significativamente a engrosar las sucesivas ediciones.


El segundo hito

Sin duda la obra de Krafft-Ebing proporcionó la base firme sobre la que se construyó la elaboración de Freud. Su principal trabajo en relación con el establecimiento del concepto psicoanalítico de pulsión sexual y de la hipótesis de la sexualidad infantil, los Tres ensayos sobre una teoría sexual, tienen como punto de partida exactamente los estudios y la clasificación de Krafft-Ebing. De allí que su primer capítulo lleve por título "Las aberraciones sexuales" y que las clasifique distribuyéndolas en dos grandes grupos: el primero, las desviaciones en relación con el objeto (es decir, la homosexualidad, la paidofilia y el animalismo), el segundo, las desviaciones con respecto al fin sexual (sean las transgresiones anatómicas o las fijaciones a fines sexuales preliminares). Este punto de partida no es invento de Freud, es una deuda con la obra de su predecesor.

Lo que, en cambio, resulta específicamente freudiano es el deslizamiento que se va produciendo gradualmente en el texto hasta forjar un concepto propio de perversión, diferente del Krafft-Ebing: la perversión, no como una forma patológica, sino como la característica esencial de la sexualidad humana. Esta transformación se obtiene a través de varios pasos.

El primero -en realidad también tomado de Krafft-Ebing-, que destaca que la sexualidad llamada normal tiene como elementos los mismos componentes de la sexualidad perversa: "Pero aún el acto sexual más normal integra visiblemente aquellos elementos cuyo desarrollo conduce a las aberraciones que hemos descripto como perversiones". De allí surge el concepto de pulsiones parciales como componentes de una pulsión sexual que no es homogénea sino siempre conformada por ese conjunto heterogéneo de pulsiones parciales llamadas también pulsiones perversas.

El segundo, el señalamiento de la falta de una frontera definida entre las llamadas perversiones y la llamada sexualidad normal: "La experiencia cotidiana muestra que la mayoría de estas extralimitaciones, o por lo menos la más importantes entre ellas, constituyen parte integrante de la vida sexual del hombre normal y son juzgadas por éste del mismo modo que otras de sus intimidades".

Finalmente, en este apretado resumen del concepto de perversión forjado por Freud, el concepto de sexualidad infantil que implica una noción ampliada de la noción de sexualidad y arriba a la conocida fórmula freudiana del niño como un perverso polimorfo. Esta hipótesis establece que no existe una forma natural de la sexualidad sino que ésta, incluida la adquisición de una identidad en la sexuación, está sujeta a un proceso de formación que atraviesa diversas vicisitudes desde el niño hasta el adulto. Estas vicisitudes, en la concepción freudiana, están gobernadas por el dispositivo simbólico del Edipo: según la forma en que se lo atraviese y se lo concluya se obtendrá una cierta forma de sexualidad y de identidad sexual. Es decir, que el Edipo es un dispositivo de sexuación.

 

Lo que en Freud está planteado como infantil, en Lacan equivale a la noción de estructura. No se trata tanto de la evolución de una sexualidad perversa infantil hasta una sexualidad genital adulta, sino que la sexualidad humana es estructuralmente perversa y es con esa sexualidad perversa que hombres y mujeres se las tienen que arreglar para llegar a obtener y a elegir, o no, los rasgos que definen el viejo concepto ideal de sexualidad normal, es decir, la heterosexualidad y la paternidad: en palabras de Lacan, "...una posición sin la cual no podría identificarse con el tipo ideal de su sexo, ni tampoco responder sin grave riesgo a las necesidades de su pareja en la relación sexual y, más todavía, aceptar con justeza las del niño que en ellas se haya procreado" .

En síntesis, Freud produce un concepto de perversión que no se refiere a una patología -como el concepto original de Krafft-Ebing-, sino que constituye la característica estructural -por lo tanto esencial y universal- de la sexualidad humana. Sin embargo, el concepto de perversión sigue teniendo como referencia la vida sexual y por lo tanto su aplicación queda restringida al campo de la sexualidad.

 


El tercer hito

Arribamos finalmente al concepto de perversión que Lacan produce cuando distribuye la psicopatología freudiana en la tripartición neurosis, psicosis, perversión. En esta tripartición ya se ha producido una generalización porque, para Lacan, neurosis, psicosis y perversión, no constituyen solamente una patología sino que definen distintas modalidades de constitución de la subjetividad.

Esto es, las leyes del funcionamiento psíquico no son las mismas para todo sujeto humano sino que se distribuyen en esas tres estructuras que son efectivas tanto para un sujeto enfermo mental como para aquellos que psíquicamente no han llegado a enfermar. En el primer caso, se tratará de un neurótico o un psicótico en el sentido tradicional de esos términos, es decir, como una forma patológica. En el segundo, de una estructura subjetiva neurótica o psicótica como modalidad de funcionamiento psíquico.

Pero lo decisivo para nuestro tema es que, en cualquiera de ambos casos, el concepto de perversión como estructura subjetiva difiere de los dos conceptos expuestos anteriormente. Es decir que no es asimilable ni con el concepto de perversión de Krafft-Ebing como desviación patológica de la sexualidad, ni con el concepto freudiano de perversión como estructura universal de la sexualidad.

La verificación clínica, tanto en las neurosis como en las psicosis, es de una contundencia incontrovertible. Que los neuróticos gozan con sus fantasías perversas y que se verifica en su vida sexual la existencia de actos perversos, no es a esta altura de nuestras disciplinas solamente una conquista de la teoría y de la clínica freudiana, es un hecho aceptado generalmente. Que encontramos perversiones en las psicosis, muchas veces cumpliendo una función de estabilización en su estructura, también es un hecho no discutido.

De este modo, en la tríada neurosis, psicosis, perversión, esta última no coincide con el concepto freudiano, es decir, que la perversión como estructura de la sexualidad humana, por ser universal, es un concepto que se aplica tanto a la neurosis, como a la psicosis y a la perversión. Pero tampoco consiste en el concepto de Krafft-Ebing ya que, en este sentido, como conductas desviadas, hay perversiones en los neuróticos, hay perversiones en los psicóticos y, debemos agregar, hay perversiones en los perversos. Aquí se ve bien que el concepto lacaniano de perversión como una modalidad subjetiva no se confunde con los anteriores.

Se requiere entonces construir una distinción entre el sujeto perverso, el neurótico y el psicótico que vaya más allá de la psiquiatría clásica y del psicoanálisis de Freud. Esta caracterización es obtenida por Lacan tardíamente en el desarrollo de su obra, después de la construcción de la teoría del objeto (a), y se despliega en distintos registros. Ante todo en una forma particular de relación con el otro -tanto el otro, semejante, como el Otro. Implica, por cierto, una forma particular del superyó, ya que esta instancia no es, desde que Freud la definió, sino la internalización de la relación con el Otro.

Pero implica sobre todo un manejo de la angustia -la habilidad para encontrar y activar en el otro los puntos que despiertan su angustia-, y una posición ante el goce que se caracteriza por el deseo y la voluntad de hacer gozar al otro (Otro) más allá del límite de sus deseos reconocidos, es decir, traspasando la inhibición de sus represiones inconscientes. El perverso es como un hombre de fe, un cruzado, llega a decir Lacan: cree fervientemente en el goce del Otro y se dedica con ahínco a producirlo.

Es este tercer concepto de perversión, como estructura subjetiva, el que, al generalizarse más allá de las prácticas de la sexualidad, puede constituir una contribución del psicoanálisis al conocimiento de las psicopatías.

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