El uso de cigarrillos electrónicos se ha extendido entre adolescentes y adultos jóvenes, favorecido por la variedad de sabores, la facilidad de acceso y la percepción de que estos dispositivos resultan menos perjudiciales que el tabaco combustible. Esta normalización también alcanza al alumnado universitario y, en particular, a quienes cursan titulaciones sanitarias.
El consumo entre estudiantes de medicina plantea una doble preocupación. Por una parte, se produce durante una etapa marcada por una elevada carga académica, alteraciones del sueño y exposición frecuente al estrés. Por otra, estos estudiantes serán futuros profesionales encargados de promover hábitos saludables y ofrecer consejo preventivo a sus pacientes.
Una investigación realizada en estudiantes de la licenciatura de Médico Cirujano de la Universidad Anáhuac Oaxaca examinó los patrones de uso de vapeadores, el conocimiento sobre sus componentes y su posible relación con diferentes indicadores de salud mental. Aunque el estudio no encontró una asociación estadísticamente significativa entre el vapeo y el malestar psicológico, sus resultados muestran un escenario relevante para la prevención universitaria.
Cómo se evaluó el consumo de vapeadores
La investigación siguió un diseño observacional, descriptivo y transversal con enfoque cuantitativo. La población de referencia estaba formada por 220 estudiantes y se calculó inicialmente una muestra mínima de 139 participantes, con un nivel de confianza del 95 %. Finalmente, se analizaron las respuestas de 150 alumnos.
La recogida de información se realizó mediante tres instrumentos:
- Una encuesta de 20 preguntas sobre el uso de vapeadores.
- Una evaluación de 15 preguntas sobre conocimientos relacionados con el vapeo.
- El cuestionario de salud general GHQ-12.
El GHQ-12 es un instrumento breve de cribado utilizado para identificar posibles situaciones de malestar psicológico. No establece por sí solo un diagnóstico psiquiátrico, pero permite detectar cambios en el funcionamiento emocional y orientar evaluaciones posteriores cuando las puntuaciones resultan elevadas.
Las variables analizadas incluyeron el uso de cigarrillos electrónicos, la presencia de síntomas relacionados con ansiedad, depresión o sueño, los conocimientos sobre las sustancias inhaladas y diferentes características sociodemográficas.
Uno de cada cuatro estudiantes había vapeado
De los 150 estudiantes encuestados, el 26,7 % declaró haber utilizado un vapeador al menos una vez, mientras que el 73,3 % afirmó no haber consumido estos productos.
La expresión «haber vapeado alguna vez» debe interpretarse con cautela, ya que agrupa experiencias muy diferentes. Puede incluir desde una prueba aislada hasta un consumo frecuente. Esta falta de diferenciación limita la posibilidad de analizar una relación dosis-respuesta entre la exposición a la nicotina y el estado psicológico.
La muestra estuvo compuesta mayoritariamente por mujeres, que representaron el 64 % de los participantes. No se encontró una asociación estadísticamente significativa entre el sexo y el consumo de vapeadores. Sin embargo, las mujeres tendieron a atribuir un mayor nivel de riesgo al vapeo, mientras que los hombres mostraron una mayor propensión a subestimar sus posibles consecuencias.
Otros estudios realizados en estudiantes de titulaciones médicas también han identificado diferencias entre el conocimiento general de los riesgos y la percepción personal de vulnerabilidad. Incluso entre alumnos sanitarios, una parte de los usuarios considera que los cigarrillos electrónicos son menos perjudiciales o pueden utilizarse sin consecuencias relevantes.
Qué mostró la evaluación de salud mental
Los resultados del GHQ-12 indicaron que el 80 % de los estudiantes se encontraba dentro del rango considerado de bienestar psicológico. Un 16,7 % presentó malestar leve o moderado y el 3,3 % obtuvo puntuaciones compatibles con un malestar psicológico significativo.
Entre quienes habían utilizado vapeadores, el 15,8 % mostró síntomas psicológicos relevantes. En el grupo que no había vapeado, el porcentaje fue del 21,6 %. Por tanto, los datos no mostraron una mayor proporción de malestar entre los consumidores ni permitieron establecer una relación estadísticamente significativa entre ambas variables.
Este resultado no demuestra que el vapeo proteja frente al malestar psicológico. La naturaleza transversal del estudio solo permite observar las variables en un momento determinado y no establecer relaciones causales. Además, el consumo ocasional y el consumo frecuente pueden tener implicaciones distintas, y el bienestar emocional del alumnado depende de numerosos factores.
La carga académica, la presión por el rendimiento, las dificultades económicas, los problemas de sueño, el consumo de otras sustancias y los antecedentes personales de salud mental pueden influir tanto en el uso de nicotina como en las puntuaciones del GHQ-12.
La literatura científica describe una relación compleja y posiblemente bidireccional. Algunas personas pueden recurrir al vapeo para afrontar el estrés o regular emociones desagradables, mientras que la dependencia de nicotina, la abstinencia y las alteraciones del sueño podrían contribuir posteriormente al malestar emocional. Los estudios transversales no permiten determinar cuál de estos procesos aparece primero.
Síntomas físicos asociados al consumo
Los estudiantes que habían vapeado también comunicaron diferentes síntomas físicos. Los más frecuentes fueron tos, referida por el 18,4 %; mareo, por el 15,8 %; dolor torácico, por el 10,5 %; y fatiga, por el 7,9 %.
Algunos participantes describieron además ansiedad aguda, pérdida de apetito o taquicardia después del consumo. Estos síntomas fueron autoinformados y no se verificaron mediante una evaluación clínica, por lo que no puede afirmarse que estuvieran causados exclusivamente por el vapeo.
No obstante, su presencia resulta clínicamente relevante. En estudiantes que consultan por palpitaciones, insomnio, mareo o episodios de ansiedad, la anamnesis debería incluir preguntas neutrales sobre nicotina, cigarrillos electrónicos, bebidas energéticas y otras sustancias.
Persisten lagunas de conocimiento sobre los componentes
El 83 % de los participantes sabía que los vapeadores podían contener nicotina. Sin embargo, menos del 45 % identificó otros compuestos potencialmente perjudiciales, como el formaldehído, o la posibilidad de que algunos productos contengan derivados del cannabis, como el THC.
Estos resultados muestran que conocer la presencia de nicotina no implica comprender completamente la composición del aerosol, el potencial adictivo de los dispositivos o las diferencias entre líquidos y productos disponibles en el mercado.
Las intervenciones universitarias deberían superar los mensajes generales sobre la peligrosidad del vapeo. Resulta más útil explicar cómo influyen la concentración de nicotina, la frecuencia de consumo, la inhalación repetida y el uso simultáneo de cigarrillos convencionales u otras sustancias.
Implicaciones para las facultades de ciencias de la salud
Los resultados respaldan la conveniencia de integrar la prevención del vapeo dentro de las estrategias de bienestar universitario. Estas actuaciones no deberían centrarse únicamente en transmitir información, sino también en evaluar los motivos del consumo y los factores emocionales asociados.
El cribado mediante herramientas breves como el GHQ-12 puede ayudar a detectar alumnado con malestar psicológico, aunque sus resultados deben interpretarse junto con una entrevista clínica y otros datos relevantes. Una puntuación elevada constituye una señal de posible riesgo, no un diagnóstico.
También sería conveniente diferenciar entre experimentación, consumo actual, frecuencia de uso, dependencia de nicotina y consumo dual. Estas categorías permitirían diseñar investigaciones más precisas y evitar que experiencias de exposición muy distintas se analicen como un único comportamiento.
Conclusiones prácticas
El estudio identificó que aproximadamente uno de cada cuatro estudiantes había utilizado vapeadores alguna vez. También detectó síntomas físicos, lagunas de conocimiento sobre los componentes inhalados y una proporción de alumnado con malestar psicológico.
Sin embargo, no se demostró una asociación estadísticamente significativa entre el uso de vapeadores y las puntuaciones del GHQ-12. Los resultados deben entenderse como una aproximación inicial y no como una prueba de causalidad.
Para avanzar en este campo son necesarios estudios longitudinales que analicen frecuencia, concentración de nicotina, dependencia, consumo de otras sustancias, calidad del sueño y evolución de los síntomas emocionales. Mientras tanto, las universidades pueden incorporar el vapeo a sus programas de prevención, promoción de la salud mental y detección temprana de conductas de riesgo.
Resumen y adaptación editorial: María Dolores Asensio Moreno (Cibermedicina / Psiquiatria.com)
Fuente original: Aljohani FA, Alzubaidi BY, Al-Rafdan RH, et al. (2024). E-cigarette use, psychological distress, and daily activity participation among adults in Riyadh. Frontiers in Psychiatry, 15:1362233. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2024.1362233
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