Última actualización web: 15/06/2019

El maltrato institucional al mayor: Historia de un tabú

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Autor/autores: María Valiente
Fecha Publicación: 01/09/2018
Área temática: Psicología general , Psicogeriatría y Trastornos Mentales Orgánicos .

Universidad Católica San Antonio de Murcia. UCAM

RESUMEN

El presente trabajo forma parte de otro trabajo mayor relacionado con el maltrato institucional en ancianos. Mediante este artículo se pretende ofrecer una visión de cómo se ha tratado la vejez a lo largo de la historia. La andadura que ha seguido el término maltrato etario y maltrato institucional etario, la prevalencia de este último y la situación actual de los malos tratos institucionales a personas mayores, una de las formas de violencia más desconocida y tabú de nuestra sociedad.

Palabras clave: Maltrato; anciano; vejez; institucional; residencias


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Artículo de revisión

El maltrato institucional al mayor: Historia de un tabú.
Institutional elder abuse: History of a taboo.
María Valiente. Universidad Católica San Antonio de Murcia. UCAM

Resumen
El presente trabajo forma parte de otro trabajo mayor relacionado con el maltrato
institucional en ancianos. Mediante este artículo se pretende ofrecer una visión de cómo se
ha tratado la vejez a lo largo de la historia. La andadura que ha seguido el término maltrato
etario y maltrato institucional etario, la prevalencia de este último y la situación actual de los
malos tratos institucionales a personas mayores, una de las formas de violencia más
desconocida y tabú de nuestra sociedad.

Palabras clave: Maltrato; anciano; vejez; institucional; residencias

Abstract
This work is part of another major work related to institutional abuse in the elderly. This article
aims to offer a vision of how old age has been treated throughout history. The journey that
the terms age abuse and institutinal abuse have followed, the prevalence of the latter and the
current situation of institutional abuse to the elderly, one of the most unknown and taboo
ways of violence in our society.

Key words: Elder abuse; elder, old age; institutional; residences

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"No venerar a un anciano es demoler la casa en la que tendremos que albergarnos algún día".
J. Vásquez Florido.

Introducción
La vejez, el envejecimiento y el trato dado a los ancianos son temas que no siempre han
suscitado interés pero de los que sí tenemos constancia histórica. La figura del mayor, ha
seguido un movimiento arrítmico y pendular según la civilización o período de la historia al
que haya pertenecido. El ser humano, en la última etapa de la vida, unas veces ha sido
respetado y reverenciado; sin embargo en otros períodos los mayores fueron discriminados,
abandonados, relegados e incluso aniquilados.
Cada sociedad en su contexto y momento histórico ha otorgado un papel a la vejez, positiva
o negativamente, dependiendo del modelo de hombre ideal imperante en cada momento, de
manera que los ancianos unas veces ha sido devaluados y otras revalorizados (Manrique,
1999;10(4):57).
La Organización Mundial de la Salud (OMS), calcula que para el año 2050 la población mundial
de mayores de 60 años se habrá duplicado, de 900 millones en 2015 a unos 2000 millones,
con este rápido envejecimiento demográfico prevé que el número de casos de maltrato (entre
el 4% y el 6% de los mayores de todo el mundo) aumente ya que existe una alta probabilidad
de que sus necesidades no puedan ser atendidas por falta de recursos, con las secuelas físicas
y psicológicas que esto conlleva. Estamos pues tratando con un problema social que afecta la
salud y los Derechos Humanos de millones de personas mayores en todo el mundo, por lo que
merece la atención de toda la comunidad internacional.
Según datos de la Unidad de Análisis de la Fundación General del Consejo Superior de
Investigaciones Científicas (CSIC) en España, en menos de 30 años se ha duplicado el número
de personas mayores de 65 años. Este proceso se va acentuando por la baja tasa de natalidad
que se viene registrando desde hace décadas. Las proyecciones demográficas del Instituto
Nacional de Estadística (INE) señalan que para el año 2050 España será uno de los países con
más personas mayores del mundo (Blasco, 2015 y González, 2005).
Hoy en día es normal llegar a los 80-90 años; en otras épocas, sólo una minoría alcanzaba una
edad considerada longeva. Históricamente hablando, la vejez de nuestros días, es un
"fenómeno" relativamente nuevo que ha provocado un aumento en la conciencia social y
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científica, una mayor atención en el estudio de sus necesidades y problemas; de entre ellos,
el maltrato.
Los malos tratos hacia las personas mayores han sido reconocidos por la II Asamblea Mundial
del envejecimiento (Madrid, 2002) como uno de los problemas centrales en la atención a las
personas mayores, generando en el ámbito internacional múltiples iniciativas investigadoras,
europeas y mundiales, así como planes de actuación con el fin de erradicar este tipo de
conductas (Barbero, 2005).

Un breve repaso: la vejez a lo largo de la historia
No es pretensión del presente artículo centrar el tema en una revisión exhaustiva de la vejez
en la historia pues las concepciones, imágenes y significados que nos anteceden son muchas.
Como herederos que somos, la mayoría de ellas han llegado hasta nuestros días
proporcionándonos referentes del trato y consideración que han tenido los mayores en la
historia de la humanidad; por este motivo hemos creído importante hacer un breve repaso
de en ésta, nuestra historia.
En las culturas prehistóricas las personas que superaban la esperanza de vida (alrededor de
los 30 años) eran un número muy reducido y los más fuertes del grupo, por lo que se les
atribuía salvaguardas sobrenaturales y por consiguiente un trato de privilegio. Los longevos
de entre 50-60 años eran considerados por el clan como una "hazaña" otorgada por los dioses
a unos pocos elegidos, haciéndoles depositarios de sabiduría y del contacto con los
antepasados. Según, Polo y Martínez (2001) muchos de ellos se constituían en verdaderos
intermediarios entre el presente y el más allá, no siendo extraño que los brujos y chamanes
fuesen ancianos y ejerciesen labores de sanación, jueces y educadores.
Las obras del Antiguo testamento (siglos VIII y VI antes de nuestra era) nos dejaron constancia
escrita de cómo la sociedad hebrea fue cambiando de una concepción del anciano como figura
de sabiduría -a la que se le otorgaba cualidades excepcionales - a una consideración
decadente de la vejez.

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En las sociedades sedentarias, la subsistencia estaba más o menos asegurada lo que les
permitía realizar tareas adaptadas a sus fuerzas y colaborar con la supervivencia del grupo.
Según Polo y Martínez, cuando la propiedad de las tierras y rebaños era privada, los ancianos
ocupaban un estatus dominante asegurándose de esta forma su poder económico; en éstas
agrupaciones más avanzadas y organizadas, el Consejo de Ancianos era una de las
instituciones más reverenciadas (Polo y Martínez, 2001)
En las sociedades nómadas, también cumplieron una significativa función: la de conducir al
clan cuando transitaba de un lugar a otro. Sin embargo, en la naturaleza de estas sociedades,
la supervivencia del grupo era más importante que la individual. Cuando llegaba la vejez, y
con ella la improductividad, el anciano representaba una carga. Si las condiciones de
supervivencia eran precarias, no era suficiente el bagaje de conocimientos, sabiduría o el
prestigio de las canas ni excepcional el gerontocidio activo o pasivo. En ocasiones, la muerte
del anciano se llevaba a cabo mediante una ceremonia en presencia de toda la comunidad,
en otros casos se les abandonaba o era, incluso, el propio anciano el que lo hacía de forma
voluntaria.
Hacia el año 935 a.C., con la muerte del Rey Salomón, comenzarían las discrepancias entre el
nuevo soberano y el Consejo de Ancianos. Su hijo y sucesor rechazó sus consejos, motivo por
el cual la imagen social de éstos comenzaría a deteriorarse perdiendo, con el tiempo, su papel
de guía y su influencia en el mundo social y político.
En la antigua Grecia, la postura ante la vejez era un tanto ambivalente; por un lado, los
ancianos seguirían bendecidos por las mieles de la sabiduría otorgándoseles la misión de
educar, aconsejar y guiar a los jóvenes ocupando un lugar destacado socialmente pero por
otro no se ocultaba la inevitable pérdida de vitalidad. Minois (1987) nos relata cómo los
propios filósofos griegos, ancianos y en activo en su mayoría hasta el final de sus días, dejaron
escritas sus impresiones sobre la vejez. El mismo autor lo resume con estas palabras "Vejez
maldita y patética de las tragedias, vejez ridícula y repulsiva de las comedias; vejez
contradictoria y ambigua de los filósofos" (Minois, 1987).
En la sociedad griega, destacamos las figuras de Platón y Aristóteles como representaciones
antagónicas en cuanto a la visión de la senectud. En "La República", Platón se referirá a los
ancianos con sumo respeto. Para él, ésta es una etapa de la vida en la que se alcanza la cumbre

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en valores como la prudencia, la discreción, la sagacidad o el juicio, y es en la senectud cuando
las puede transmitir a la comunidad.
El buen juez no debe ser joven, sino un anciano que, no por tenerla arraigada en su alma como
algo propio, sino por haberla observado durante largo tiempo como cosa ajena en almas
también ajenas, haya aprendido tardíamente lo que es la injusticia y llegado a conocer bien,
por medio del estudio, pero no de la experiencia personal, de qué clase de mal se trata (La
República, III, XVI, 409c).
Aristóteles, representa la otra cara de la moneda dándonos una imagen más negativa del
anciano. En "Ars Rhetorica" nos habla de la compasión como una debilidad y de la senectud
como una etapa de deterioro y ruina.
A pesar de estas controversias y diferentes visiones sobre la vejez, será en Grecia dónde por
primera vez se crearon instituciones de caridad cuya función fue velar por el cuidado de los
más necesitados, entre ellos los ancianos. "Vitruvio relata sobre la casa de Creso, destinada
por los sardianos a los habitantes de la ciudad que, por su edad avanzada, han adquirido el
privilegio de vivir en paz en una comunidad de ancianos a los que llaman Gerusía" (Minois,
1987).
En la sociedad romana, hubieron muchas fluctuaciones, ganancias y pérdidas, en la población
que nos ocupa pero en general, se mantuvo vigente el respeto y la dignidad hacia los ancianos;
se les dedicó atención desde todas las áreas: sociales, familiares, políticas, psicológicas,
médicas, demográficas, etc. Resaltamos de esta etapa de la historia, la figura de Cicerón con
su diálogo, "Cato Maior de Senectute", donde manifiesta una visión claramente positiva de la
vejez. En este diálogo, nos aconseja acercarnos a los ancianos con consideración y respeto;
también les recomienda a ellos dedicarse al cultivo de cualquier actividad que les resulte
placentera, manifiesta los beneficios que proporciona una vejez sana y las ventajas que
reporta su experiencia y sabiduría a la comunidad (López, 2013).
A excepción de San Gregorio Magno, los primeros cristianos fueron duros con los ancianos,
las reglas monásticas no les concedieron muchos privilegios. Fue a partir del siglo III cuando
los hospitales cristianos empezaron a ocuparse; la iglesia se preocuparía de los desheredados
y pobres, entre los cuales, los ancianos abundaban (Trejo, 2001).
La Edad Media (siglos V al XV), será una etapa de grandes contrastes y una amalgama formada
por las leyes de la sociedad romana y la bárbara. Mientras los cristianos permanecieron, el
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trato al anciano fue de refugio, pero esta situación no se mantendría cuando fueron
desterrados por los bárbaros y el trato a la vejez, como parte de los desvalidos, se agravó. Fue
una etapa de vaivenes en la que los ancianos pasaron de ser cobijados en los monasterios a
encontrarse albergados en asilos donde poco se diferenciaron de menesterosos, lisiados o
enfermos.
En Grecia, a partir del siglo VII, es el primer lugar donde se habla de instituciones caritativas
destinadas al cuidado de ancianos necesitados siendo su origen asociado a prácticas de
carácter religioso (Olguín, 2000).
Entre los siglos XI al XIII, volvieron a tener una nueva oportunidad en el mundo de los negocios.
Su actividad no sólo dependía de su capacidad física y no fueron apartados socialmente por
su senectud.
Entre 1350 y 1450, debido a la peste negra y a la plaga de viruela ­que afectó básicamente a
los niños y jóvenes- la población de ancianos aumentó significativamente y favoreció su
recuperación social, política y económica.
La época renacentista (XV-XVI), fue seguramente la más dura y cruel con los ancianos: Se
rechaza todo lo "feo" "decrépito" y "viejo", se eluden temas como la muerte, se da una
imagen melancólica de la senilidad e incluso se les atribuyen argucias, hechicerías y artimañas.
Estamos ante una figura que dista mucho de ser la del anciano sabio y transmisor de
conocimientos.
Durante el barroco, que abarcó todo el siglo XVII y principios del XVIII, los ancianos volvieron
a adquirir popularidad. A grandes rasgos, fue una época donde se trataron temas como los
vicios y las pasiones, el perfeccionamiento a lo largo de la vida y la vejez y el tema de la muerte.
En el siglo XIX, se da una revalorización de la vejez, sobre todo entre los mayores acaudalados,
exaltándolos como ejemplo de virtud; al anciano se le asignan atributos de autoridad y
prestigio por su modelo de familia patriarcal y extensa. En la población perteneciente a
estratos sociales más bajos, la situación sería mucho menos grata.
Y llegamos al mundo moderno caracterizado por una alta complejidad y pluralismo. Con
revoluciones políticas, económicas, sociales e industriales, hallazgos científicos y tecnológicos,
la emancipación de la mujer, el culto a la moda donde impera lo efímero y la belleza de la
juventud, la aparición de la familia reducida, la sexualidad desligada de la procreación con el
consiguiente descenso de natalidad en muchos países y envejecimiento de las ciudades, etc.
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Todos los cambios acontecidos en este siglo han tenido "consecuencias" en la construcción
de las relaciones inter e intrafamiliares y que inevitablemente desembocarán en nuevas
condiciones en la concepción de la vida misma y para la población de mayores.
Como sucintamente hemos visto, cada sociedad tiene una relación diferente con la vejez, en
concordancia con sus valores. Esta relación, ha ido fluctuado entre dos posturas
contrapuestas: la que relaciona la vejez con la experiencia y el conocimiento y la que la
interpreta como una etapa de decadencia y deterioro. Todos estos vaivenes, cambios sociales
y miradas antagónicas sobre la vejez, coexisten en la actualidad como herencia de nuestros
ancestros y han impregnado nuestro inconsciente colectivo siendo recreadas por numerosos
autores a lo largo de la historia, además de ser las responsables de los estereotipos,
existentes, de la vejez en la sociedad actual.
Este siglo no está siendo un medio favorable para los ancianos y nos encontramos frente a
una tendencia poblacional progresivamente envejecida. El diseño de las ciudades actuales de
espacios habitables reducidos o familias nucleares de nexos laxos, dejan en desamparo a los
ancianos que viven en solos. Estas nuevas condiciones de vida, creadas por la tecnociencia no
sólo ha envejecido a los pueblos, sino que ahora el grupo etario de mayor velocidad de
crecimiento entre las sociedades democráticas neotecnológicas la constituyen la población
sobre los 85 años (Jecker, 1997). Ante estos cambios, la percepción sobre la vejez ya no sólo
se relaciona con deterioro cognitivo o pérdida de capacidades físicas y mentales sino que
están en juego otras realidades como las condiciones de vida y el trato que se está dando a
los mayores.

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Si el siglo XIX se distinguió por altas tasas de natalidad y mortalidad, el siglo XX ha encarnado
la finalización de esa transición demográfica y el inicio de

una transformación del

envejecimiento. Como herencia, el siglo XXI albergará esta amalgama de cambios acontecidos
junto a un acrecentamiento, nunca visto, de la población de mayores y su esperanza de vida;
el resultado será el que ya comienza a entreverse: un aumento de la soledad y dependencia
de los ancianos y con ello diversas formas de vulnerabilidad que irán en detrimento del trato.
A modo de resumen y si diésemos una puntuación de 0 a 10 (donde 0 sería una consideración
del anciano totalmente negativa y 10 totalmente positiva) sobre la evolución que ha sufrido
la mirada social de la vejez a lo largo de la historia de la humanidad, tendríamos una gráfica
similar a esta:

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El maltrato etario
Como hemos visto en la historia de la vejez las situaciones de maltrato a los ancianos han
existido siempre. La vulnerabilidad de las personas por razón de edad, género, circunstancia
física y/o mental, por condiciones sociales, económicas, étnicas y/o culturales, han estado
presentes en diversidad de culturas, desde la antigüedad hasta nuestros días. No estamos
ante un fenómeno nuevo, pero sí desconocido, poco explorado y oculto entre paredes,
situación que nos pone frente al reto de investigarlo y abordarlo de forma tanto teórica como
práctica. El primer paso de esta andadura podemos situarlo el 10 de diciembre de 1948,
cuando la Asamblea General de Naciones Unidas (ONU) aprobó la Declaración Universal de
Los Derechos Humanos en cuyo artículo I establece que "Todos los seres humanos nacen
libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben
comportarse fraternalmente los unos con los otros". A lo largo de los 30 artículos que
componen esta Declaración se establecen los derechos fundamentales para todos los seres
humanos, sin distinciones ni discriminaciones. La violencia contra los mayores significa la
vulneración de los derechos humanos universales, especialmente los recogidos en los
artículos 3 y 5: "todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su
persona" y "nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o
degradantes" (Asamblea General de la ONU, 1948).
En 1975, la revista The British Medical Journal, publicó una carta de Burston en cuyo título se
hace, por primera vez, referencia al término "granny battering" (abuela golpeada); en esta
carta se denunció el maltrato a personas mayores, concretamente el maltrato físico a mujeres
ancianas. También en 1975, apareció un artículo de Robert N. Butter´s titulado, "¿Por qué
sobrevivir? Ser anciano en América", en el que se describe, también por primera vez, el
síndrome de la anciana apaleada.
En los años ochenta, Eastman publicó en Gran Bretaña "Old Age Abuse"; con el que avanzaría
un pomo más hacia el reconocimiento de la existencia de malos tratos a los ancianos y
promovió la sustitución de los términos «abuela golpeada» y «abuela apaleada» por el de
«abuso a la tercera edad». (Decalmer, 2000. cit. en Giraldo, 2010, 86). Fue en la II Asamblea
Mundial de Envejecimiento celebrada en Madrid en Abril de 2002, cuando se ha habló de
forma oficial del maltrato a las personas mayores.

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Una de las primeras definiciones, elaborada por la experta en maltrato al mayor Rosalie Wolf,
lo determina como:
Una conducta destructiva, la cual va dirigida a una persona mayor; ocurre en el contexto de
una relación de confianza y es de suficiente intensidad y frecuencia para producir daño físico,
psicológico, social y efectos financieros de innecesario sufrimiento, heridas, dolor, pérdida y
violación de los derechos humanos y disminución de la calidad de vida del adulto mayor (Wolf,
1988 cit. en Jiménez, 1998).
A partir de estas primeras denominaciones, muchos han sido los intentos por hallar una
definición consensuada sobre qué son los malos tratos a los ancianos. La dificultad estriba en
el hecho de que son muchas las acepciones a las que hace referencia el término (abuso,
violencia, negligencia, abandono, etc.), variada su tipología (física, psíquica, económica,
sexual, etc.) donde pueden operar, además, diversas figuras (los propios ancianos, familiares,
cuidadores formales e informales, profesionales de la salud, instituciones, voluntariado, etc.)
y su potencial desarrollo en diversos escenarios (social, institucional, hospitalario, doméstico,
etc.). Esta situación ha dificultado la creación de una base de conocimientos que permita
desarrollar intervenciones y programas preventivos favoreciendo que los profesionales
puedan tener dudas a la hora de determinar si existe o no una situación de maltrato o que
lleguen a conclusiones diferentes, viéndose perjudicada en este sentido la propia víctima
(Barbero et al., 2005; Pérez-Rojo y Chulián, 2013, cit. en Pérez-Rojo, 2017, 3).
Aunque no exista consenso sobre cuál es la definición más apropiada para precisar qué es el
maltrato al mayor, gracias al esfuerzo realizado por organismos oficiales como la Red
Internacional para la Prevención del Maltrato hacia las Personas Mayores (INPEA) y la
Organización Mundial de la Salud (OMS), se han promovido diversos encuentros
internacionales recogidos en 2002 en la "Declaración de Toronto" donde queda recogida la
definición, de maltrato al mayor, mundialmente más reconocida y que la define como "La
acción única o repetida, o a la falta de respuesta apropiada, que ocurre dentro de cualquier
relación donde haya una expectativa de confianza y la cual produzca daño o angustia a un
mayor" (OMS, 2002, 2).
En España se celebró en Almería la Primera Conferencia Nacional de Consenso sobre el
anciano maltratado en 1995 y en la que se fraguaría la llamada "Declaración de Almería sobre
el anciano maltratado" y que lo define como:
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Todo acto u omisión sufrido por persona de años o más, que vulnera la integridad física,
psíquica, sexual y económica, el principio de autonomía, o un derecho fundamental del
individuo, que es percibido por éste o constatado objetivamente, con independencia de la
intencionalidad y del medio donde ocurra ya sea familiar, comunitario, institucional, etc.
(Kessel, 1996).
Otras definiciones, usadas por comunidad científica, determinan el maltrato al mayor como:
Cualquier acto u omisión que produzca daño, intencionado o no, practicado sobre personas
de 65 años o más, que ocurra en el medio familiar, comunitario o institucional, que vulnere o
ponga en peligro la integridad física, psíquica, así como el principio de autonomía o el resto
de derechos fundamentales del individuo, constatable objetivamente o percibido
subjetivamente (Kessler et al., 1996, 369).
Todo acto u omisión cometido contra una persona mayor, en el cuadro de la vida familiar o
institucional, y que atente contra su vida, seguridad económica, integridad física-psíquica,
libertad o comprometa gravemente el desarrollo de su personalidad (Conseil de l´Europe,
1992, cit. en Muñoz, 2004, 20).
Es una conducta destructiva que está dirigida a una persona mayor, ocurre en el contexto de
una relación que denota confianza y reviste suficiente intensidad o frecuencia para producir
efectos nocivos de carácter físico, psicológico, social y/o financiero de innecesario
sufrimiento, lesión, dolor, pérdida o violación de los derechos humanos y disminución en la
calidad de vida de la persona mayor (Hudson, cit. en Bover, 2003, 543).
Toda acción voluntaria, accidental y fortuita que conduzca a una ofensa o descuido físico,
psicológico, emocional, social o económico, infringido a una persona mayor de 60 años por
los hijos, sobrinos, hermanos, familiares, terceros, la sociedad o por el medio en el cual se
desenvuelve (Álvarez, 1997 cit. Adams, 2012).

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El maltrato etario institucional
A finales de los años noventa, Glendening señaló que los malos tratos institucionales llegarían
a ser una de las formas más comunes de malos tratos hacia las personas mayores donde el
ambiente, las prácticas y las normas se convertirían en abusivas en sí mismas (Glendening,
1999 cit. en Sancho, 2011).
Si el maltrato al mayor ha sido un fenómeno poco estudiado, dándosele prioridad a la
investigación del maltrato en la infancia y a la violencia a la mujer, el maltrato en el medio
institucional, está todavía más inexplorado ya se ha venido centrando en escenarios familiares
y domésticos, lo que lo convierte en una problemática de longeva existencia e incipiente
estudio.
Podemos entender el maltrato institucional al anciano como:
Aquel que se produce en organizaciones, centros geriátricos, centros de salud en los que
fundamentalmente son los profesionales, por falta de preparación y/o cualificación, por
estrés laboral (síndrome del quemado), por sobrecarga laboral, los que incurren en conductas
abusivas o de maltrato tanto físico como de índole psicológico; comportamientos que se ven
favorecidos por la falta de recursos económicos, hacinamiento, edad avanzada de los
usuarios, preparación deficiente del personal, incorrecta dirección del centro, actitud negativa
del usuario, conflictividad personal o una mala racionalización del trabajo (Rueda, 2011).
El National Center on Elder Abuse (NCEA) lo define como: "toda acción u omisión relativa a un
residente en una institución que causa perjuicio a esta persona o que la priva injustamente
de su independencia" (NCEA, 1998).
En 2005 Ramona Rubio lo definió como "cualquier legislación programa, procedimiento,
actuación u omisión, procedente de los poderes públicos o derivada de la actuación individual
del profesional o funcionario que conlleve abuso, negligencia o detrimento de la salud y
seguridad o que viole los derechos básicos..." (Rubio, 2005).
Entendemos que el maltrato institucional al mayor es cualquier acción, procedimiento u
omisión -activa o pasiva, única o reiterada, intencionada o no (no accidental) derivada de los
poderes públicos (burocracia excesiva, exploraciones médicas innecesarias o repetidas, etc.)
o individualmente de los profesionales que comporte daño, aflicción, abuso, negligencia,
abandono, etc., que vaya en detrimento de la salud, la seguridad, el bienestar físico,
psicológico y/o emocional o que viole los derechos legales del mayor. Cuando hablamos de
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maltrato institucional, nos referimos a prácticas inadecuadas o insuficientes llevadas a cabo
en diversidad de esferas como la sanitaria, judicial, servicios sociales, asociaciones, ONGs, etc.
Incluye tanto las formas más conocidas de malos tratos (físicos, psicológicos, emocionales,
sexuales, económicos o financieros, abandono, negligencias, auto negligencia, etc.) así como
las provenientes de programas de salud, protección, seguridad, etc. o de organizaciones
políticas, públicas y/o sociales inadecuadas.

Prevalencia del maltrato al anciano en las instituciones
Ya en 1999, Glendening señaló que los malos tratos institucionales llegarían a ser una de las
formas más comunes de malos tratos hacia las personas mayores donde el ambiente, las
prácticas y las normas se convertirán en abusivas en sí mismas.
La afirmación de que la incidencia del maltrato etario es mayor en el ámbito doméstico, no
puede esconder en ningún caso, los problemas, que presenta la investigación sobre el
maltrato etario en ámbitos institucionales, sociales o sanitarios. Es una realidad que son
escasísimas y en algunos países, como el nuestro, inexistentes; "las investigaciones
disponibles sobre este tema en residencias u hospitales, por lo que parece cuando menos
arriesgado, afirmar con total certeza que la incidencia es mayor en el único ámbito en el que
se ha investigado. Lo que sí parece claro, es que la incidencia de los malos tratos y de
conductas inadecuadas en ámbitos institucionales está directamente relacionada con el grado
de desarrollo del modelo de servicios para las personas mayores vigente en nuestro país"
(Sancho, 2011).
La prevalencia de los malos tratos a mayores en instituciones, como residencias, resulta difícil
de estimar (McDonald et al., 2012; Phillips, Guo y Kim, 2013. cit. en Pérez-Rojo, 2017). Existen
muy pocos estudios sobre la prevalencia de malos tratos en ámbitos institucionales y todos
realizados internacionalmente (tabla 1); en España todavía no se ha realizado ninguno (PérezRojo, 2017). La mayor parte de los trabajos de investigación relevantes provienen de
información proporcionada por profesionales, a nivel de observadores o como agentes de los
propios malos tratos. En este sentido, un trabajo pionero fue el realizado por Pillemer y Moore
en 1990, investigación llevada a cabo con personal que trabajaba en 31 residencias de
ancianos de Estados Unidos (577 enfermeras y auxiliares seleccionadas aleatoriamente). En
el estudio concluyeron que un 36% de los profesionales habían observado casos de maltrato
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físico y un 10% confiesa haberlos cometido en el último año. En cuanto al maltrato de tipo
psicológico, un 81% de los profesionales afirma haberlo observado y un 40% dice haberlo
cometido (De Paul, 2009, cit. en Jiménez, 2011 y Adams, 2012).
Las formas más comunes de abuso físico al que se referían los profesionales eran los
relacionados con la seguridad de los usuarios, sujeción indebida, empujar, coger, golpear al
con un objeto o con el pie, o lanzarles objetos. Las formas más comunes de abuso psicológico
eran los enfados, gritos, juramentos, insultos y el aislamiento. Estudios posteriores (Hudson,
1992, Braun 1997 y Saveman 1999) también demostraron este tipo de resultados (De la
Cuesta-Arzamendi, 2006).

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Tabla 1. Primeros datos de prevalencia de malos tratos en instituciones (internacional).
Elaboración propia. Extraído de Gema Pérez Rojo, 2013 y Ana Pía López, 2003.

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Al tratarse las instituciones de sistemas complejos, el origen de un posible maltrato es tan
diverso como actores estén en contacto con la persona mayor. Los agentes potenciales del
maltrato en las instituciones puede estar en todas las categorías (dirección/ administración o
gerencia del centro, profesionales en contacto directo con el usuario, visitantes de los
residentes (familiares o no), voluntarios y hasta los propios residentes. Habjanic y Lahe
compararon la frecuencia de tres tipos de maltrato (psicológico, físico y económico) en una
residencia, según la relación entre víctima y un posible agresor. Además de los trabajadores,
cualquier familiar (pareja, hijos, nuera o yerno o nietos) podía ser un maltratador potencial,
lo que complica su detección ante una sospecha de maltrato. El mismo estudio concluyó que
en comparación, los trabajadores y la pareja de la persona eran más proclives de realizar algún
abuso físico, mientras que los hijos varones y las nueras eran los más proclives a realizar abuso
económico (Habjanic y Lahe, 2012. cit. en Tabueña, 2009). Según estos estudios el abuso en
residencias incluye también prácticas instauradas que pueden dar lugar a una negligencia
crónica como: cuidados deficitarios e insuficientes, prácticas rígidas y autoritarias o poca
protección a los residentes de trabajadores inexpertos, de otros residentes o de visitas
abusivas, etc. Formas más sutiles de abuso y que entran en conflicto con las normas de la
institución, también se han explorado e incluyen: negar a los residentes decisiones relativas a
su alimentación, cuándo levantarse o acostarse o ejercer presión para participar en las
actividades del centro.

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La invisibilidad
La forma más fácil y directa de identificar cualquier tipo de maltrato, sea institucional o no, es
alertar y manifestar su existencia (por parte de la víctima, profesional, familiar o de cualquier
otra persona) sobre lo que se ha presenciado o vivido. El caso del maltrato etario institucional
se trata de una realidad bajo las aguas, que permanece oculta en la sombra, tornándose
invisible, velada y bajo una profunda oscuridad. ¿Qué razones están impidiendo que se haga
visible y vea la luz?
Es un hecho que el maltrato institucional etario es, y ha sido, sido el menos estudiado,
exceptuando en Inglaterra, llegando a infravalorar, de forma alarmante, su importancia. El
maltrato institucional existe, lo que sucede es que resulta "invisible" (Griffin y Aitken, 1999:
29-32 cit. en Bazo, 2006). Algunas de las causas de este silente oscurantismo están
relacionadas con las responsabilidades de los diversos actores que comparten un mismo
escenario: el institucional (Tabla 2).

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Tabla 2: Los actores y un mismo escenario. Elaboración propia. Extraído de López, 2003.

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El maltrato etario institucional, es una tema difícil de probar (el cuidador puede ser también
agresor) complicado de investigar (corporativismo), de difícil incardinación penal, donde el
maltratador/cuidador en ocasiones es también una víctima del sistema o de la propia
institución (conflictos, estrés, ansiedad, depresión, agotamiento, etc.) y donde el agresor
puede ser también otro anciano residente. La mayoría de los estudios consideran que los
trabajadores abusivos no están actuando deliberadamente y que están respondiendo a la
naturaleza altamente agotadora y estresante del trabajo, como puede ser la sobrecarga por
falta de personal, la existencia de conflictos interpersonales no tratados y sin resolver, la
amenaza de agresión verbal y física de los residentes, la presión de los supervisores y la de
familiares (García, 2016). Las administraciones locales, autonómicas o estatales, de las que
dependen estas instituciones, se ocupan muy poco en solucionar estas cuestiones que
repercuten indirectamente, y de forma arriesgada, en el anciano.
El maltrato institucional, "parece ser más frecuente entre quienes tienen una mayor
insatisfacción profesional, entre aquellos que padecen más situaciones estresantes
personales y entre aquellos que perciben a los ancianos como personas infantiles y
necesitadas de disciplina" (García, 2016).
El maltrato institucional de las personas mayores es un problema de graves consecuencias y
de profundas repercusiones psicológicas, sociales, médicas, jurídicas y éticas que aún está
oculto en nuestra sociedad. Para que "exista un verdadero reconocimiento social del mismo,
como paso previo para toda solución, es necesario que los medios para evitarlos sean menos
escasos y más eficaces y que la sociedad actual se haga eco de las verdaderas dimensiones del
problema"...."El maltrato institucional puede estar dirigido hacia la persona mayor como
individuo o hacia la ancianidad como grupo" (Rubio, 2005).

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Conclusiones
Como en otros países, el envejecimiento de la población española va en aumento y las
consecuencias no sólo van a ser demográficas, ya que estamos en la antesala de profundos
cambios sociales. Con este nuevo escenario a la vista, será preciso atender los cuidados y
necesidades físicas, psicológicas y sociales de las personas mayores donde la conciencia social
y el papel de las instituciones, la comunidad científica y el gobierno, van a ser determinantes
para el maltrato al anciano institucionalizado ya que se presenta, de forma incipiente, como
un problema de salud pública. En España, no existe ninguna investigación específica que
aborde este tema, por ende, tampoco existen Programas de prevención del maltrato al adulto
mayor en las instituciones, ni un marco legal específico al que acogerse. El tema de maltrato
institucional etario es un gran reto social, político, científico, económico e institucional. Hacer
visible este grave problema es el primer paso para reconocerlo, prevenirlo y buscar soluciones
en una sociedad que envejece a marchas forzadas.
Todavía falta sensibilización social sobre este tipo de maltrato institucional, siendo ahora
cuando los profesionales de la Geriatría y Gerontología, están percibiendo la responsabilidad
de investigar en profundidad este grave problema, promover estudios científicos y ser
conscientes de la necesidad de formación de los profesionales que tienen competencia en la
atención con las personas mayores. Sigue siendo fundamental continuar su estudio con más
investigaciones, conocer bien la naturaleza del maltrato al mayor en nuestra sociedad, poner
en marcha los recursos necesarios para la prevención y refuerzo científico a los profesionales,
las instituciones y los gobiernos, de este tema tan lamentable y que tanto nos preocupa a
todos.
Las soluciones debieran hacernos reflexionar primero acerca de la dignidad de nuestros
ancianos, el rol que tienen las instituciones dedicadas a su cuidado y la responsabilidad social
de todos quienes estamos relacionados directa o indirectamente relacionados con su cuidado.

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