Es natural sentir respeto o precaución ante una avispa que se acerca demasiado o un perro que ladra con agresividad. Es un mecanismo evolutivo de supervivencia. Sin embargo, para una parte de la población, la mera presencia, imagen o incluso la idea de un animal específico desencadena una respuesta desproporcionada de ansiedad.
Hablamos de la zoofobia, un trastorno que cae bajo la categoría de las Fobias Específicas en el manual diagnóstico DSM-5 y que va mucho más allá de un simple "no me gustan los animales".
En psicología clínica, la línea que separa la precaución de la patología es la funcionalidad. Mientras que el miedo nos protege, la fobia nos limita. La zoofobia se caracteriza por:
Aunque se puede desarrollar fobia a cualquier ser vivo, clínicamente observamos patrones recurrentes vinculados a nuestra historia evolutiva:
Para entender la dimensión del sufrimiento, es útil observar casos anonimizados basados en experiencias clínicas reales:
Marta, 32 años, diseñadora gráfica. Acude a consulta porque ha dejado de ir a terrazas y parques.
Marta no teme que una paloma le ataque físicamente; su miedo es al aleteo repentino y al contacto. Su fobia comenzó a limitar su vida social: rechazaba invitaciones a bodas al aire libre o a tomar café si no era en un interior cerrado. La anticipación ("¿y si hay palomas?") le generaba tanta ansiedad como el animal en sí. Diagnóstico: Fobia específica situacional con conductas de seguridad desadaptativas.
Roberto, 45 años. Teme a todos los perros, desde un Pastor Alemán hasta un Chihuahua.
Curiosamente, Roberto nunca fue mordido por un perro. Sin embargo, su madre tenía pánico a los perros. Durante su infancia, cada vez que veían uno, su madre le apretaba la mano con fuerza y cruzaban la calle corriendo. Roberto aprendió, por observación (vicariamente), que "perro es igual a peligro mortal". La fobia no siempre nace de un trauma directo, sino del aprendizaje heredado.
No existe una causa única, pero la evidencia científica apunta a tres factores:
La buena noticia es que las fobias específicas son uno de los trastornos con mayor tasa de recuperación en psicología. El tratamiento de elección ("Gold Standard") es la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC).
Es la técnica reina. Consiste en romper la asociación "Animal = Peligro". Se construye una jerarquía de miedos, desde lo más leve (ver una foto del animal) hasta lo más intenso (tocarlo). El paciente no avanza al siguiente paso hasta que su ansiedad no disminuye en el paso actual.
La tecnología actual nos permite introducir al paciente en entornos controlados con animales virtuales. Esto es ideal para fobias a animales difíciles de controlar en una consulta (como serpientes o murciélagos).
Se trabaja sobre los pensamientos catastrofistas. Por ejemplo, cambiar el pensamiento "Si el perro se acerca, me morderá la yugular" por "El perro está moviendo la cola y su dueño lo tiene atado, la probabilidad de ataque es mínima".
La zoofobia no es un rasgo de carácter ni una "manía" que se deba tolerar en silencio. Es un trastorno de ansiedad con nombre y apellidos que reduce la calidad de vida. Sin embargo, también es un problema con una solución clara y eficaz.
Si sientes que el miedo a los animales está dictando por dónde caminas, dónde comes o cómo vives, recuerda que el objetivo de la terapia no es que te conviertas en un amante de los animales, sino que recuperes la libertad de moverte por el mundo sin miedo.
Universidad de Psicología de Salamanca