Los pacientes utilizan cada vez más herramientas de inteligencia artificial para interpretar síntomas, buscar diagnósticos, consultar tratamientos o mantener conversaciones sobre su malestar emocional. Sin embargo, este uso suele quedar fuera de la entrevista psiquiátrica y de la historia clínica.Un artículo de Kelila Kahane y John Torous, publicado en el número de julio de 2026 de Journal of Psychiatric Practice, plantea que esta situación requiere una nueva competencia profesional. Los clínicos deberían comprender los fundamentos de la inteligencia artificial generativa, preguntar de forma sistemática cómo la utilizan sus pacientes, valorar las posibles interacciones de riesgo e integrar esa información en la formulación biopsicosocial.La propuesta no constituye una guía de práctica clínica validada ni se basa en un ensayo.
Es un marco educativo y conceptual. Su valor reside en trasladar el debate sobre la seguridad de la IA desde los laboratorios y las empresas tecnológicas hasta una situación cotidiana: el paciente que llega a consulta después de haber hablado con un chatbot.
Qué ha cambiado en la consulta psiquiátrica
Hasta hace poco, la información digital del paciente procedía principalmente de búsquedas en internet, redes sociales, vídeos o comunidades en línea. Los chatbots introducen una diferencia importante: no se limitan a mostrar información, sino que generan respuestas personalizadas y mantienen conversaciones que pueden parecer comprensivas, coherentes y adaptadas al usuario.Una persona puede pedir a un sistema que interprete sus síntomas, cuestione un diagnóstico, explique una medicación o le ayude durante una crisis. También puede compartir información íntima que todavía no ha comunicado a su profesional o a su familia.El chatbot puede ofrecer información útil, pero también cometer errores, confirmar una interpretación distorsionada, proporcionar un exceso de reaseguro o no reconocer una situación de riesgo.
Además, diferentes modelos pueden comportarse de manera muy distinta y sus respuestas pueden cambiar tras una actualización.Kahane y Torous consideran que el uso de IA debe contemplarse como una influencia relevante dentro del entorno digital del paciente. Ignorarlo puede dejar fuera de la evaluación una fuente que ya está interviniendo en su comprensión del problema y en sus decisiones.
Una competencia que comienza por entender cómo funciona la IA
El primer componente del marco propuesto es formativo. El clínico no necesita convertirse en ingeniero, pero sí comprender algunos fundamentos.Los grandes modelos de lenguaje aprenden patrones a partir de enormes conjuntos de textos y generan cada respuesta prediciendo qué contenido resulta más probable en función de la conversación. No consultan necesariamente una base de conocimiento clínico verificada ni razonan como lo hace un profesional.
Esta forma de funcionamiento ayuda a explicar por qué pueden redactar respuestas convincentes que contienen errores, referencias inexistentes o afirmaciones injustificadas. También explica que una misma pregunta pueda recibir contestaciones diferentes dependiendo del modelo, su versión, las instrucciones previas o la formulación utilizada.Comprender estas limitaciones permite evitar dos extremos: considerar que toda respuesta generada por IA carece de valor o asumir que un texto fluido y empático es clínicamente fiable.
Cómo preguntar al paciente por su uso de chatbots
La propuesta más directamente aplicable es incorporar preguntas sobre inteligencia artificial a la entrevista. No bastaría con preguntar si el paciente “usa IA”, porque bajo esa expresión pueden encontrarse actividades muy diferentes.
Una exploración clínica podría abordar:
- Qué chatbot, aplicación o modelo utiliza.
- Con qué frecuencia y en qué momentos recurre a él.
- Si busca información, apoyo emocional, orientación diagnóstica o recomendaciones.
- Qué datos personales o clínicos ha compartido.
- Si las respuestas influyeron en su estado emocional o comportamiento.
- Si modificó, interrumpió o rechazó algún tratamiento por lo que le indicó el sistema.
- Si el chatbot reforzó temores, sospechas, compulsiones o interpretaciones inusuales.
- Si favoreció o retrasó la búsqueda de ayuda profesional.
Estas preguntas deberían formularse con curiosidad y sin culpabilizar. Un tono despectivo podría hacer que el paciente oculte su uso, especialmente si considera que el chatbot le escucha mejor o le resulta más accesible que otras fuentes de apoyo.Cuando una conversación haya tenido una influencia importante, puede ser útil pedir al paciente que explique o muestre voluntariamente qué respuesta recibió. Debe recordarse, no obstante, que ese contenido puede incluir información íntima y que su revisión requiere el mismo respeto por la privacidad que cualquier otro material clínico.
Cuándo puede existir una interacción de riesgo
El riesgo no depende únicamente del producto utilizado. Surge de la interacción entre las características del sistema, la finalidad de uso, el momento clínico y la vulnerabilidad de la persona.Una respuesta genérica podría resultar inocua para un usuario y perjudicial para otro. Por ejemplo, la confirmación reiterada de preocupaciones puede alimentar la búsqueda compulsiva de reaseguro en el trastorno obsesivo-compulsivo. Una explicación aparentemente coherente también podría reforzar una interpretación delirante o aumentar la desconfianza hacia el tratamiento.
Otros indicadores que justificarían una exploración más cuidadosa serían:
- uso del chatbot durante una crisis o ante ideación suicida;
- sustitución progresiva del contacto humano por conversaciones con IA;
- dependencia emocional o dificultad para tomar decisiones sin consultarla;
- cambios terapéuticos no supervisados;
- exposición de información clínica identificable;
- atribución al sistema de conciencia, autoridad profesional o capacidades que no posee.
La finalidad no es establecer que el chatbot sea la causa del problema, sino determinar qué función está desempeñando en el contexto clínico concreto.
Integrar la IA en la formulación biopsicosocial
Uno de los elementos más interesantes del artículo es la propuesta de no tratar el uso de IA como una curiosidad tecnológica aislada. Debería incorporarse, cuando sea relevante, a la formulación biopsicosocial.En la dimensión psicológica puede actuar como fuente de reaseguro, validación, evitación, regulación emocional o construcción de explicaciones sobre los síntomas. En la dimensión social puede complementar o desplazar relaciones, facilitar apoyo o aumentar el aislamiento. En la dimensión asistencial puede influir en la percepción del diagnóstico, la adherencia y la relación terapéutica.
Su significado también dependerá de las circunstancias. Para una persona con dificultades de acceso a la atención, el chatbot puede funcionar como primer punto de información. Para otra, puede convertirse en una fuente repetitiva de respuestas que agraven la incertidumbre.
Por tanto, la formulación debería describir no solo qué herramienta utiliza el paciente, sino qué necesidad satisface, qué efecto produce y cómo interactúa con sus síntomas, apoyos y tratamiento.
Qué debería quedar documentado
Kahane y Torous también llaman la atención sobre la documentación clínica. Según los autores, la litigación relacionada con la IA está avanzando con mayor rapidez que el consenso profesional, lo que incrementa la necesidad de criterios claros.
No se trata de registrar cualquier contacto ocasional con un chatbot. La documentación resulta especialmente pertinente cuando su uso afecta a la evaluación del riesgo, al tratamiento o a una decisión clínica.
Una nota podría recoger de forma neutral:
- la herramienta mencionada por el paciente;
- la finalidad y frecuencia de uso;
- la respuesta o recomendación clínicamente relevante;
- el posible efecto sobre síntomas o conducta;
- la valoración profesional realizada;
- la información proporcionada al paciente;
- y el plan acordado para reducir riesgos o mantener seguimiento.
Documentar no significa validar el contenido del chatbot ni asumir responsabilidad por su funcionamiento. Permite mostrar que se ha identificado una influencia potencialmente relevante y se ha incorporado al razonamiento clínico.
Limitaciones de la propuesta
El trabajo es un artículo conceptual y educativo, no una investigación empírica. No demuestra que preguntar sistemáticamente por la IA mejore los resultados clínicos ni ofrece una escala validada para medir el riesgo.
Tampoco existe todavía consenso sobre qué pacientes deberían ser evaluados de manera rutinaria, qué información debe registrarse o cómo adaptar estas recomendaciones a diferentes sistemas sanitarios y marcos jurídicos.
Además, la afirmación sobre el avance de la litigación se refiere principalmente al contexto estadounidense. Su traslación a España requiere considerar la normativa europea, la protección de datos, la responsabilidad profesional y la regulación de productos sanitarios.
Una pregunta nueva para una práctica que ya existe
La principal aportación de Kahane y Torous es sencilla: la utilización de chatbots por los pacientes ya forma parte de la realidad clínica, aunque todavía no aparezca habitualmente en la anamnesis.
Preguntar qué herramienta utiliza el paciente, para qué recurre a ella y cómo influyen sus respuestas puede revelar información relevante sobre sus síntomas, decisiones y formas de afrontamiento. Integrar estos datos en la formulación biopsicosocial y documentarlos cuando tengan consecuencias clínicas representa una propuesta prudente mientras se desarrolla una evidencia más sólida.
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Fuente principal
Kahane y Torous, Journal of Psychiatric Practice. DOI: 10.1097/PRA.0000000000000939
Kahane, Shumate y Torous: regulación de la IA en los servicios de salud mental
Torous: por qué el riesgo depende de la herramienta, el contexto y la vulnerabilidad del paciente
Noticia original elaborada por psiquiatria.com a partir del artículo de Kahane y Torous publicado en Journal of Psychiatric Practice: https://doi.org/10.1097/PRA.0000000000000939.
Artículo elaborado por Marc Moreno, editor de psiquiatria.com