¿Son las redes sociales el principal problema?
Cuando se intenta explicar por qué algunas personas creen información falsa sobre conflictos políticos o militares, las redes sociales suelen aparecer como uno de los primeros responsables. Sin embargo, centrarse únicamente en el canal puede ocultar una cuestión psicológica más compleja: las mismas fuentes informativas pueden ser interpretadas de manera diferente según las creencias previas de quien las consulta.
Un estudio publicado en Frontiers in Social Psychology analizó esta cuestión durante el primer año de la invasión rusa a gran escala de Ucrania.
A través de dos encuestas realizadas en Polonia, con 397 y 1.066 participantes, los investigadores estudiaron la relación entre las principales fuentes utilizadas para informarse sobre la guerra, las creencias conspirativas, la paranoia política y la aceptación de narrativas de desinformación prorrusa.
Los resultados cuestionan una explicación exclusivamente basada en el medio: las creencias conspirativas mostraron asociaciones más consistentes con la aceptación de desinformación que el simple hecho de utilizar redes sociales, televisión, radio o portales digitales.
Dos estudios durante el primer año de la invasión
El primer estudio se realizó en mayo de 2022 e incluyó 397 adultos de entre 18 y 79 años, con una edad media de 37,3 años.
El segundo incorporó 1.066 participantes y funcionó como una extensión conceptual y una replicación parcial, ya que existían diferencias en reclutamiento, composición de la muestra, momento de recogida de datos y medidas utilizadas. Por tanto, los autores advierten que no deben considerarse dos réplicas idénticas.
Los participantes indicaron cuáles eran sus principales fuentes para obtener información sobre la guerra. Los investigadores las agruparon en tres categorías:
- redes sociales: Facebook y X/Twitter;
- medios audiovisuales: televisión y radio, incluidas sus versiones online;
- portales digitales de noticias.
Posteriormente se analizó su relación con la aceptación de diferentes narrativas prorrusas.
¿Qué entendieron los investigadores por desinformación prorrusa?
Los participantes valoraron afirmaciones relacionadas con narrativas que justificaban el ataque ruso, minimizaban la responsabilidad rusa por la destrucción de infraestructuras civiles o presentaban a ciudadanos y refugiados ucranianos como personas que no merecían apoyo o recibían privilegios injustificados.
El primer estudio utilizó siete ítems y el segundo seis. Las escalas mostraron una consistencia interna elevada, con valores alfa de 0,90 y 0,89, respectivamente.
Por tanto, el estudio no analizó toda forma imaginable de desinformación política, sino la aceptación de un conjunto concreto de narrativas relacionadas con la guerra en Ucrania.
Esta delimitación resulta importante para evitar generalizar los resultados a cualquier tipo de información falsa.
Las creencias conspirativas mostraron la asociación más consistente
El resultado más estable apareció en las variables relacionadas con pensamiento conspirativo.
En ambos estudios, una mayor aceptación de determinadas teorías conspirativas se relacionó con mayor aceptación de desinformación prorrusa.
En el primer estudio, las correlaciones simples alcanzaron:
r = 0,66 para creencias conspirativas clásicas
y
r = 0,63 para paranoia política.
En el segundo estudio, la correlación entre las teorías conspirativas clásicas y la desinformación volvió a situarse en:
r = 0,65.
Las creencias conspirativas relacionadas con la COVID-19 presentaron una asociación moderada:
r = 0,42.
En los modelos multivariables, las creencias conspirativas continuaron mostrando asociaciones positivas robustas con la aceptación de las narrativas estudiadas.
Pero no puede decirse simplemente que “las conspiraciones pesan más”
Aunque descriptivamente estas asociaciones fueron mayores que las observadas para las fuentes informativas, los propios investigadores introducen una cautela importante.
Las dos clases de variables se midieron de manera muy diferente.
La utilización de medios se redujo a indicadores amplios y binarios sobre si determinadas categorías estaban entre las principales fuentes de información. Las creencias conspirativas, en cambio, se midieron mediante varios ítems conceptualmente mucho más próximos a la variable de resultado.
Por tanto, comparar directamente la magnitud de ambos tipos de predictores puede resultar engañoso.
La interpretación adecuada es que las variables conspirativas mostraron asociaciones más consistentes dentro del diseño utilizado, no que el estudio haya demostrado de forma definitiva que sean más importantes que la exposición mediática.
Las redes sociales no aumentaron la desinformación en estos estudios
Este es probablemente el resultado más llamativo.
La hipótesis de que utilizar redes sociales como fuente principal estaría relacionado con una mayor aceptación de desinformación no recibió apoyo en ninguno de los dos estudios.
En el primero apareció inicialmente incluso una asociación negativa, pero dejó de ser significativa después de aplicar la corrección de Holm por comparaciones múltiples:
β = −0,09; p ajustada = 0,072.
En el segundo:
β = −0,03, sin asociación significativa.
Por tanto, estos datos no permiten afirmar que informarse principalmente mediante Facebook o X/Twitter aumentara la aceptación de desinformación prorrusa.
Pero tampoco demuestran que las redes sociales sean protectoras.
Saber que alguien usa redes sociales dice muy poco sobre lo que ve
La medida utilizada presenta una limitación fundamental: identificar Facebook o X/Twitter como fuente principal no informa sobre el contenido realmente consumido.
Dos personas pueden utilizar la misma plataforma y encontrarse con entornos informativos radicalmente distintos.
Una puede seguir medios periodísticos y verificadores; otra, cuentas anónimas que difunden contenidos falsos; una tercera puede encontrar correcciones realizadas por otros usuarios.
El estudio no registró exposiciones concretas y, por tanto, no permite distinguir entre desinformación, periodismo, verificación, discusión entre usuarios o contenido correctivo.
Esta limitación ayuda a entender por qué considerar una plataforma completa como una única categoría de exposición puede resultar excesivamente impreciso.
Los portales de noticias mostraron un resultado más consistente
En el segundo estudio apareció una asociación significativa entre utilizar portales online como fuente principal y una menor aceptación de desinformación:
β = −0,13; p ajustada < 0,001.
Fue el único efecto principal relacionado con las fuentes informativas que permaneció robusto después de corregir por comparaciones múltiples.
Sin embargo, tampoco puede interpretarse causalmente.
No sabemos si consultar portales informativos reduce la susceptibilidad a la desinformación o si las personas menos predispuestas a aceptar esas narrativas seleccionan con mayor frecuencia determinados portales.
La relación cambia según las creencias previas
Los investigadores analizaron además si las creencias conspirativas modificaban la relación entre fuente informativa y aceptación de desinformación.
Los resultados mostraron un patrón complejo.
En el segundo estudio, una mayor aceptación de teorías conspirativas clásicas hizo más negativa la asociación entre uso de medios audiovisuales o portales y desinformación. Sin embargo, las creencias conspirativas relacionadas con la COVID-19 modificaron en dirección contraria la asociación correspondiente a los medios audiovisuales.
No apareció una moderación significativa para las redes sociales.
Esto muestra además que hablar genéricamente de una única “mentalidad conspirativa” puede esconder diferencias entre tipos específicos de creencias.
Paranoia política no equivale a paranoia clínica
El primer estudio incluyó también una escala de paranoia política.
Este concepto se refiere a creencias como considerar que las decisiones políticas importantes se toman secretamente o que existen fuerzas ocultas que controlan los acontecimientos.
No debe confundirse con ideación paranoide clínica ni con síntomas psicóticos.
En el primer estudio, la paranoia política se relacionó positivamente con la aceptación de desinformación. En el modelo multivariable:
β = 0,29; p ajustada < 0,001.
Las teorías conspirativas clásicas presentaron simultáneamente:
β = 0,39; p ajustada < 0,001.
Sin embargo, la paranoia política no se midió en el segundo estudio, por lo que esta parte del resultado no pudo replicarse.
Qué aporta el estudio a la psicología de la desinformación
Los resultados sugieren que puede resultar insuficiente clasificar los canales informativos simplemente como “seguros” o “de riesgo”.
La vulnerabilidad a la desinformación probablemente depende de la interacción entre contenido recibido, características de la fuente, contexto político y disposiciones previas del receptor.
Desde esta perspectiva, conocer que una persona utiliza una red social aporta menos información que saber qué cuentas consulta, qué mensajes recibe, cómo evalúa su credibilidad y cuáles son sus creencias previas.
Esto tiene implicaciones para investigación y alfabetización mediática: estudiar únicamente el tiempo de uso o la plataforma puede ocultar buena parte del proceso psicológico mediante el cual una afirmación termina siendo considerada creíble.
Limitaciones: asociación no significa causalidad
Ambos estudios fueron transversales y basados en autoinforme, lo que impide establecer relaciones causales. Los propios autores señalan explícitamente la posibilidad de causalidad inversa.
No puede afirmarse, por ejemplo, que una predisposición conspirativa cause la aceptación posterior de desinformación a partir de estos datos.
Tampoco puede concluirse que determinados medios modifiquen las creencias. Es posible que las preferencias informativas sean parcialmente consecuencia de creencias que ya existían.
Además, los indicadores mediáticos fueron amplios, no midieron exposición real a contenidos concretos y los dos estudios no fueron metodológicamente idénticos.
Finalmente, la investigación se realizó en Polonia durante una fase específica de la guerra, un contexto político y social particularmente relevante que limita la generalización automática a otros países o conflictos.
Conclusiones prácticas
1. Las creencias conspirativas fueron los correlatos más consistentes de la aceptación de desinformación prorrusa dentro del diseño utilizado.
2. Utilizar redes sociales como una de las principales fuentes sobre la guerra no se asoció con mayor aceptación de desinformación en ninguno de los dos estudios.
3. Los portales digitales se asociaron con menor aceptación de desinformación en el segundo estudio, pero el diseño transversal impide atribuirles un efecto protector.
4. La relación entre fuente informativa y desinformación varió según el tipo de creencias conspirativas, lo que cuestiona explicaciones uniformes basadas exclusivamente en el canal.
5. Los resultados son asociaciones transversales y no demuestran que las creencias conspirativas o el consumo de determinados medios causen posteriormente una mayor o menor susceptibilidad a la desinformación.
La principal aportación del trabajo es desplazar la pregunta desde “¿qué medio utiliza una persona?” hacia “¿cómo interactúan sus predisposiciones con el entorno informativo que utiliza?”. La respuesta parece más compleja que atribuir la vulnerabilidad a una plataforma determinada.
Resumen y adaptación editorial: Virginia Candelas García (Cibermedicina / Psiquiatria.com)
Fuente original: When conspiracist beliefs matter: conditional associations between media-source reliance and pro-Russian disinformation beliefs during the war in Ukraine - Front. Soc. Psychol., 27 August 2026Sec. Intergroup Relations and Group Processes Volume 4 - 2026
Texto completo disponible en: https://www.frontiersin.org/journals/social-psychology/articles/10.3389/frsps.2026.1886614/full
Este contenido es un resumen adaptado. La autoría científica corresponde a los autores originales.
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