La reducción de los síntomas suele ser uno de los principales objetivos de cualquier intervención psicológica. Sin embargo, alcanzar la remisión no significa necesariamente que el proceso de recuperación haya terminado.Una persona puede dejar de cumplir criterios clínicos para un determinado problema y, aun así, continuar sintiéndose vulnerable, insegura ante posibles recaídas o con dificultades para reconstruir áreas de su vida que quedaron afectadas durante el periodo de mayor malestar.Por ello, una fase relevante del trabajo terapéutico consiste en ayudar al paciente a pasar de la simple ausencia de síntomas a un funcionamiento más autónomo y sostenible. En este punto, el reconocimiento y desarrollo de las fortalezas personales puede complementar las estrategias tradicionales de prevención de recaídas.
El alta no debería ser únicamente «ya no tengo síntomas»
Una mejoría clínica significativa puede expresarse de distintas maneras: reducción de ansiedad, mejor estado de ánimo, recuperación de rutinas, mayor regulación emocional o disminución de determinadas conductas problemáticas.
Pero después aparece una pregunta igualmente importante: ¿qué recursos tiene ahora la persona para mantener esos cambios cuando vuelva a enfrentarse a dificultades?
Si el proceso se centra exclusivamente en aquello que funciona mal, el paciente puede aprender a identificar síntomas, desencadenantes y vulnerabilidades, pero conocer menos aquello que le ayuda a funcionar bien.
En la fase final de una intervención resulta útil ampliar la perspectiva. Además de valorar qué problemas han disminuido, conviene explorar qué capacidades ha desarrollado la persona, qué estrategias le han resultado eficaces y qué aspectos de su funcionamiento desea seguir fortaleciendo.
De prevenir una recaída a construir autonomía
La prevención de recaídas suele incluir la identificación de señales tempranas, situaciones de riesgo y estrategias para responder ante ellas. Este trabajo sigue siendo fundamental, pero puede complementarse con otra pregunta: ¿qué necesita mantener la persona para seguir funcionando adecuadamente incluso cuando atraviese periodos de dificultad?
Aquí adquieren importancia aspectos como reconocer los recursos personales que ya utiliza, mantener vínculos sociales significativos, desarrollar estrategias de regulación emocional, aprender a pedir ayuda antes de que el deterioro sea importante y establecer objetivos realistas más allá del tratamiento.
La finalidad no es transmitir al paciente que debe sentirse permanentemente bien, sino ayudarle a desarrollar una relación más flexible con sus dificultades y una mayor confianza en su capacidad para afrontarlas.
Identificar fortalezas sin caer en un optimismo simplista
Trabajar con fortalezas personales no consiste en decirle al paciente que piense en positivo ni en minimizar aquello que le preocupa.Una intervención basada en fortalezas debería mantener la misma rigurosidad clínica que cualquier otro componente del tratamiento.
Una persona puede haber desarrollado perseverancia durante una etapa difícil, capacidad para solicitar apoyo, curiosidad para probar nuevas estrategias o habilidades de autocuidado que antes no tenía.
El terapeuta puede ayudar a hacer explícitos estos recursos y explorar en qué contextos pueden volver a utilizarse.
La pregunta deja de ser únicamente «¿qué debo evitar para no volver a estar mal?» y empieza a incorporar otra perspectiva: «¿qué puedo seguir haciendo para mantener aquello que ahora funciona?».
Convertir los aprendizajes terapéuticos en recursos propios
Uno de los objetivos de las últimas fases de una intervención debería ser reducir progresivamente la dependencia respecto del terapeuta.
Para ello, puede ser útil revisar con el paciente qué ha cambiado desde el inicio del tratamiento y, especialmente, qué responsabilidad ha tenido él mismo en esos cambios.
Existe una diferencia importante entre pensar «la terapia me ha hecho estar mejor» y reconocer «he aprendido determinadas habilidades que puedo seguir utilizando».
Puede trabajarse mediante preguntas concretas: ¿qué hace ahora de manera diferente?, ¿qué situaciones puede manejar mejor?, ¿qué decisiones han contribuido a la mejoría?, ¿qué características propias le han ayudado?, ¿quiénes forman parte de su red de apoyo? o ¿qué señales le indicarían que necesita volver a pedir ayuda?
Este tipo de revisión permite transformar la experiencia terapéutica en conocimientos y herramientas que el paciente puede llevar consigo después del alta.
Diseñar un plan de mantenimiento
El cierre terapéutico también puede incluir un plan de mantenimiento individualizado.
No necesita ser complejo. Puede recoger las principales señales de alerta, estrategias eficaces, personas de referencia y actividades que favorecen el equilibrio psicológico. También puede incorporar objetivos relacionados con bienestar y funcionamiento: recuperar intereses, cuidar relaciones importantes, desarrollar nuevos proyectos o continuar trabajando determinadas fortalezas.
Esto ayuda a que el final de la terapia no se viva simplemente como la retirada de un apoyo, sino como una transición hacia una etapa de mayor autonomía.
Psicología positiva como complemento de la práctica clínica
La psicología positiva puede aportar herramientas para explorar fortalezas, bienestar, emociones positivas, sentido vital y otros aspectos relacionados con el funcionamiento psicológico saludable.
Su aplicación clínica debe entenderse como un complemento y no como un sustituto de los tratamientos basados en la evidencia para los diferentes trastornos psicológicos.
Para los profesionales interesados en incorporar estas perspectivas a su práctica, IEPP desarrolla diferentes programas de formación en psicología positiva orientados al trabajo aplicado con bienestar, fortalezas, autoestima, mindfulness e inteligencia emocional.
Entre sus propuestas se encuentran formación de posgrado y cursos universitarios especializados en Psicología Positiva Aplicada, mindfulness, inteligencia emocional, bienestar, autoestima e identidad personal y potenciación de fortalezas mediante el Método FORTE.
Del control de síntomas a una recuperación sostenible
Un buen cierre terapéutico no consiste únicamente en comprobar que los síntomas han disminuido.
También implica ayudar a la persona a reconocer qué ha aprendido, cuáles son sus recursos, cómo puede detectar futuras dificultades y qué elementos desea mantener para continuar construyendo una vida satisfactoria fuera de consulta.
La prevención de recaídas sigue siendo esencial, pero puede adquirir mayor profundidad cuando se combina con el desarrollo de autonomía, fortalezas y recursos personales.
El objetivo final no es garantizar que nunca vuelva a aparecer el malestar, sino que el paciente disponga de más herramientas para reconocerlo, comprenderlo y responder ante él.