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Validación de la escala psiquiátrica para la investigación epidemiológica con adolescentes preparatorianos de la ciudad de Toluca.

  • Autor/autores: Patricia Balcázar Nava y Gloria Margarita Gurrola Peña.

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Artículo | Fecha de publicación: 04/02/2014
Artículo revisado por nuestra redacción

De acuerdo con Casullo (1998), la comprensión del comportamiento humano se puede lograr a través del empleo de pruebas o técnicas de evaluación psicológica que desde los últimos años del Siglo XIX y hasta ahora, ha tenido acogida favorable por parte de los profesionales de la salud. Este especial interés por la evaluación se justifica con base en lo siguiente: · El uso de la eval...

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De acuerdo con Casullo (1998), la comprensión del comportamiento humano se puede lograr a través del empleo de pruebas o técnicas de evaluación psicológica que desde los últimos años del Siglo XIX y hasta ahora, ha tenido acogida favorable por parte de los profesionales de la salud.



Este especial interés por la evaluación se justifica con base en lo siguiente:



· El uso de la evaluación psicológica, especialmente en el área clínica, brinda un soporte importante en la implementación de intervenciones eficaces.

· El uso de la evaluación psicológica personal se extiende no solo al área clínica, sino entre otros campos, al educativo.

· Ayuda a concretar las tareas de investigación y aplicación en el quehacer psicológico.



Los criterios psicométricos establecidos (Anastasi, 1981; Brown, 1976; Hernández, Fernández y Baptista, 1991), indican que los instrumentos o pruebas de recolección de datos para la evaluación psicológica deben reunir dos requisitos esenciales para poder generar información importante: Confiabilidad y validez. Mientras la primera indica el grado de estabilidad de los datos a través del tiempo, la validez se refiere al grado en que un instrumento realmente mide la variable que pretende medir.



Por otra parte, el conocimiento psicopatológico y epidemiológico de las alteraciones de la salud mental individual y colectiva, pueden plantear acciones de prevención y promoción con mejores fundamentos científicos. Costa y López (1986; citados por Goldberg, 1994) indican que de acuerdo con las nociones de la salud comunitaria, actualmente se apunta hacia grandes áreas:



1. Incidencia en el ecosistema físico, biológico y social en donde residen los riesgos o las oportunidades para la salud mental y que de tal forma, contribuyan en el binomio salud-enfermedad.



2. Prevención y educación para la salud como uno de los aspectos claves fundamentales tanto a nivel individual como grupal.



3. Participación activa y organizada de la comunidad en la evaluación de los problemas y necesidades de salud y en su solución.



De acuerdo con estos autores, la salud comunitaria debiera estar cimentada en la investigación, que sirva de retroalimentación y de apoyo en el desarrollo, funcionamiento y evaluación de programas de acción en los niveles preventivo, curativo, de rehabilitación y promoción de la salud. Con base en esto, puede deducirse que el surgimiento de centros de atención a la salud no es suficiente si no se cuenta con las bases de investigación que proporcionen el conocimiento suficiente acerca de las características y las necesidades de la población a la cual van dirigidos; esto es, no iniciar de manera inversa, sino a partir de la comunidad.

Según lo reportado por la Organización Mundial de la Salud (1982; citado por Casullo, 1998), es apremiante que se realicen investigaciones que promuevan comportamientos favorables de la salud y que se establezcan metodologías adecuadas para tal efecto con el fin de conocer, producir, instaurar, promover, controlar y cambiar los comportamientos. Así, la obtención de datos en un grupo o comunidad puede hacerse a través del rastreo en los lugares donde se encuentren los casos ya diagnosticados; a través de entrevistas; por la consulta en bases de datos, en estadísticas, en la búsqueda de registros o expedientes, en cifras o fuentes oficiales o bien, a través de procedimientos como las encuestas. De acuerdo con Cabildo (1991), las encuestas o escalas permiten trabajar personalmente con los miembros de un grupo, yendo a buscar a las personas afectadas o en riesgo, en vez de esperar a que acudan a los servicios de salud.



Ya sea que se trabaje con una muestra o con todo el universo, el uso de los instrumentos de investigación requieren de una elaboración ex-profeso y bajo procedimientos de validación y confiabilización de los que ya se habló al inicio de este apartado, que sean adecuados a las necesidades y características de la población con la que se trabaje.



Por otra parte, de acuerdo con estadísticas presentadas por el Instituto de Estadística, Geografía e Informática del Estado de México (1999), se indica que más de un 20% de la población mexiquense se encuentra localizada en un rango entre los 12 y los 20 años de edad, por lo cual puede decirse que es la adolescencia una etapa del ser humano en la que se concentra gran parte de la población. Lo anterior, al relacionarlo con los aspectos predominantes de la salud mental, plantea que es la adolescencia una etapa del desarrollo individual donde se consolida la personalidad y que es indispensable lograr que ésta se desarrolle en un marco adecuado si es que se desean generaciones mentalmente sanas.



Para las sociedades modernas, la adolescencia es un periodo de la vida de gran trascendencia, no solo por marcar el inicio de la edad adulta, sino también por ser depositaria de ciertas experiencias, entre ellas del desarrollo cognoscitivo, afectivo y social, que llevan al individuo a tomar por primer vez decisiones acerca de su vida y sus circunstancias (Wicks-Nelson e Israel, 1997) y le abren el camino hacia la vida adulta.



Algunos autores (Montero, 1994; Page y Cole, 1991) indican que la adolescencia representa un periodo de profundos problemas existenciales que el individuo experimenta y que las condiciones socioestructurales de una cultura en particular determinan que esta etapa sea considerada como un periodo de profunda búsqueda y de alienación; es decir, un periodo de la asunción de normas y valores ya internalizados, propuestos o introyectados por la cultura (Papalia y Wendkos, 1996), que le proporcionan al adolescente un significado existencial y que es importante por esta internalización, que la adolescencia tenga un paso adecuado para que la persona adulta pueda considerarse internamente sana (Powell, 1989).



Si bien, muchos autores (Hill, 1992; Offer y Schoner-Reich, 1992; Compas, Hinder y Gerdthardt, 1995; citados por Montero, 1994), indican que existen discrepancias respecto a si la adolescencia representa un periodo de crecimiento, de tensión y desajuste, se acepta que es una etapa que demanda esfuerzos de adaptación a nuevas necesidades internas y a demandas de tipo social. Se indica (Sebald, 1994, Citado por Montero, 1994), que la mayoría de los adolescentes pasan por este periodo sin presentar problemas importantes, pero que aproximadamente un 20% tienen un riesgo mayor de padecer alguna forma de desajuste emocional que pueden ser manifestaciones tempranas de trastornos posteriores. Esto es, que debido a la inestabilidad que caracteriza a este periodo, se espera que irrumpan en algunas ocasiones síntomas de diversos trastornos psicológicos que tienden a desaparecer con la conclusión de esta etapa, cuando existe una orientación y manejo adecuados de los mismos; o bien, que tienden a incrementarse cuando las condiciones no son propicias para ello. La presencia de trastornos diversos durante esta época, puede generar consecuencias negativas variadas, entre las que se aprecian los problemas de adaptación, desórdenes afectivos, conflictos a nivel familiar, conductas adictivas diversas, problemas de rendimiento académico, entre otras. Bajo el anterior principio, el adolescente es una persona expuesta a circunstancias que propician en ocasiones su desequilibrio, mismas que pudieran prevenirse o evitar su ulterior desarrollo (Cabildo, 1991).



De acuerdo con lo ya enunciado, la identificación y atención tempranas de los problemas de desajuste individual pueden ayudar a prevenir que éstos se tornen más graves. Para ello, es importante disponer de procedimientos eficaces y que no impliquen mucho tiempo en hacer la detección inicial y el seguimiento de los problemas de desajuste emocional durante la adolescencia.



Atendiendo además al Plan Rector de Desarrollo de la UAEM 1997-2001 (Galicia, 1997) en el apartado que corresponde al desarrollo de la salud mental, se enuncia que las circunstancias ambientales que influyen actualmente en la vida personal del estudiante universitario producen situaciones que pueden sin lugar a duda influir negativamente en la salud mental y por tanto, en el desempeño de las actividades de los alumnos, sobre todo en las relacionadas con la asimilación, dominio y creación del conocimiento; con base en esto, la UAEM indica en este sentido que es necesario realizar esfuerzos institucionales generalizados para salvaguardar el bienestar intelectual y espiritual de la comunidad universitaria; por lo cual los programas de atención personal a los alumnos son necesarios y prioritarios. Así, el objetivo de la presente investigación fue el de validar la Escala Psiquiátrica Para La Investigación Epidemiológica, utilizable para la población adolescente de la UAEM, con la finalidad de generar un instrumento útil que sirva de base para la investigación de tipo preventiva, en el diseño de programas de salud mental, acordes a las características de esta población estudiada.

Método

<B>Sujetos</B>



Considerando los criterios estadísticos para la elaboración o validación de instrumentos (Anastasi, 1981; Pick y López, 1994) que determinarán el número de sujetos participantes y que marcan por lo menos cinco sujetos por reactivo, se trabajó con una muestra propositiva de 1590 adolescentes estudiantes de entre 15 y 18 años de edad, de ambos sexos, de ambos turnos, que en el momento de la investigación cursaban el tercer semestre ciclo 1997-2000, pertenecientes a tres escuelas preparatorias dependientes de la UAEM de la Ciudad de Toluca. Se eliminaron aquellos casos en los que el sujeto no estuviera en las listas oficiales o que fuese alumno irregular.



<B>Instrumento</B>



Se utilizó la Psychiatric Epidemiological Research Interview (PERI, Escala Psiquiátrica Para la Investigación Epidemiológica), en su versión para adolescentes. Esta escala fue diseñada por B. P. Dohrenwend (1973, 1982), con base en algunos de los criterios del DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) (APA, 1996) con la finalidad de utilizarse en investigación epidemiológica de despistaje (casos posibles) de psicopatologías (Casullo, 1990). Este instrumento investiga distintas dimensiones o áreas psicopatológicas específicas y no específicas que arrojan indicadores específicos. Existen tanto la versión para adultos con 32 áreas o subescalas y la de adolescentes, utilizada en este estudio y compuesta por 29 áreas. En ambas versiones utilizables respectivamente en adultos o adolescentes, existen versiones abreviada y completa; para tal efecto, en este estudio se utilizó la completa, que contiene 202 reactivos con un rango de respuesta para cada ítem que va desde 0 (Nunca) hasta 4 (Siempre), opciones a través de las cuales se indique cómo la persona se siente en ese momento o si se ha sentido de la forma como lo indica el reactivo durante el último año de su vida, que al sumarse y ser promediados por cada área indican puntajes significativos (2.5 o más) o no significativos de psicopatología en esa área. Esta escala fue traducida y adaptada al español por Casullo (1990) y pese a su uso en México, no existen reportes de su validación para la población mexicana.



<B>Procedimiento</B>



El instrumento fue repartido a los sujetos de estudio a quienes se les leyeron las instrucciones para su contestación y una vez resuelto fue devuelto al investigador para su procesamiento estadístico.



<B>Análisis estadístico</B>



Una vez aplicados y codificados los datos en una base electrónica de datos, se efectuaron los análisis estadísticos utilizándose el programa SPSS, sometiéndose los reactivos a las rotaciones que se consideraron se ajustaban al tipo de datos obtenidos. Para tal efecto, se utilizó un análisis factorial con rotación varimax, que determinara los valores eigen, el porcentaje de varianza explicada y los pesos factoriales de cada reactivo. Además del factorial, se obtuvieron los valores alpha de cada factor y del instrumento en su totalidad.

Resultados

Con la finalidad de seleccionar e interpretar los factores integrantes, se tomó como criterio de elección a aquellos cuyos valores eigen fueran iguales o superiores a uno y que tuvieran al menos tres reactivos por factor. De igual forma, para poder elegir a un reactivo como perteneciente a un factor, se tomó como criterio de selección que su carga factorial (alpha), fuese de .40 o más y que ésta fuese positiva y mayor en caso de que apareciera este reactivo en dos o más factores. Con base en los anteriores criterios, de manera inicial el instrumento arrojó dos factores que agruparon 126 de los 202 reactivos originales y que en su conjunto explican el 23.71 % de la varianza total (ver Tabla 1).

Tabla 1. Valores eigen y varianzas del primer análisis factorial de la PERI.

Con base en el análisis de contenido detallado de los reactivos, se decidió efectuar un segundo análisis factorial (de segundo orden o de componentes secundarios) al primer factor, debido a que incluía una mezcla de indicadores pertenecientes a varias dimensiones y a que contenía la mayoría de los reactivos. Como resultado de este segundo análisis factorial y con base en los criterios indicados al inicio de la presentación de resultados, se eligieron los primeros tres factores que en su conjunto explicaron el 33.86 % de la varianza y que contenían a 46 de los 121 reactivos iniciales (ver Tabla 2).

Tabla 2. Valores eigen y varianzas del segundo análisis factorial de la PERI.

De acuerdo con los resultados de los dos análisis factoriales efectuados, se encontró que el instrumento quedó conformado finalmente por aquellos reactivos que tenían un peso factorial mayor o igual a .40, con valores eigen mayores o iguales a uno y que en total sumaron 51 reactivos de los 202 iniciales (ver Tabla 3).

Tabla 3. Análisis factorial de la PERI en su versión final.

Una vez obtenidos los factores finales, se realizó un análisis de lo que en conjunto los reactivos indicaban, con la finalidad de denominar a cada factor acorde con el contenido de los mismos; de acuerdo con este análisis, los factores se nombraron como se indica en la Tabla 4.

Tabla 4. Nombre de los factores integrantes de la PERI.

Como parte de estos resultados reportados, finalmente se presenta una muestra de los reactivos que componen la escala una vez validada (ver Tabla 5).

Tabla 5. Muestra de la PERI validada.

Discusión

Con base en los hallazgos, se indica que aún cuando se ha estudiado e investigado ampliamente con la escala PERI en otros contextos (Casullo, 1990, 1998; Fening, Levav, Kohn y Yelin, 1993; Dorehnwend, Shrout y Mendelsohn, 1980; 1986), su uso en la población adolescente de la UAEM requería del proceso de validación con la finalidad de obtener los datos de confiabilidad y validez que la sustenten teórica y estadísticamente para ser utilizada con toda confianza en posteriores investigaciones de tipo epidemiológico.



Al respecto de la epidemiología, cabe resaltar que el contar con un instrumento utilizable en investigaciones de este tipo asegura que la generación de programas de intervención o de prevención con la población adolescente se haga a partir de sus características y no de manera inversa (Costa y López, 1986; citados por Goldberg, 1994; Goldberg, 1994; Casullo, 1990, 1998; Calderón-Narváez, 1988). Así, la generación o la validación de instrumentos, como es el caso del utilizado en esta investigación, permite el quehacer epidemiológico que promueva la salud o que sirvan para implementar acciones de puesta en marcha de políticas sanitarias (Casullo, 1990; Goldberg, 1994).



Para la sustentación de investigaciones de corte epidemiológico con la población estudiantil adolescente de la UAEM, se hizo necesario previamente que se obtuviera un instrumento de medición acorde con las características de la población y que contestara a los dos requisitos básicos (confiabilidad y validez) que establece la psicometría para la elaboración de los instrumentos de evaluación psicológica.



En este sentido, basta revisar la literatura al respecto que indica los diferentes estudios de tipo epidemiológico (Lemkau y cols, 1942; Terris, 1980; Mechanic, 1970;. Levav y Zubin, 1969; Dohrenwend, 1978; citados por Casullo, 1990), y encontrar que en nuestro país es poco lo que se ha avanzado a este respecto (De la Fuente, Medina-Mora y Caraveo, 1997), debido esto en gran parte a la falta de herramientas diseñadas para tal fin.



Es importante destacar hasta este momento, que la PERI es una técnica de evaluación psicológica y no de psicodiagnóstico. Esto es, su aplicación puede generar datos que posibilitan las tareas de detección (screening) de adolescentes en riesgo, desde el marco de trabajo psicológico (Casullo, 1998)), que permite señalar los indicadores emocionales y que pueda asociarse a factores o variables concomitantes o generadores de morbilidad y mortalidad vinculados al ambiente natural, social, biológico, intelectual, afectivo y cultural (Goldberg, 1994).



En lo que respecta al primer factor integrante del instrumento, denominado <I><B>Indicadores Relacionados Con El Consumo De Alcohol</B></I>, éste demostró tener una alta carga factorial (.8333) y de acuerdo con la literatura se demuestra su importancia en la PERI debido a que algunas encuestas realizadas sobre el uso de drogas (De la Fuente, Medina-Mora y Caraveo, 1997) y de alcohol en adolescentes indican una alta prevalencia del uso de éstas y predominantemente de alcohol, existiendo con mayor frecuencia entre los hombres.

Este consumo de alcohol se asocia con regularidad (Wicks-Nelson e Israel, 1997; Papalia y Wendkos, 1996; De la Fuente, Medina-Mora y Caraveo, 1997) con conductas de tipo antisocial (violencia, robos, formación de bandas juveniles para realizar actos delictivos, reñir, dañar cosas o vender drogas). Esto es, contar con los indicadores relacionados con el consumo de alcohol puede ayudar a prevenir las conductas de riesgo ya mencionadas al detectarse de manera oportuna.



Al respecto del segundo factor, denominado <B><I>Indicadores Relacionados Con Los Trastornos Del Estado De Ánimo</I></B>, se sientan las bases para la detección de factores predisponentes de trastornos de tipo depresivo, por ejemplo (APA, 1996), ya que como lo indica Casullo (1998), los síndromes depresivos se agrupan en síntomas de tipo anímico, caracterizados por la disforia, el abatimiento, al infelicidad o los sentimientos de tristeza; se presentan también los síntomas motivacionales, indicados por apatía, indiferencia, disminución de la capacidad de disfrute; los síntomas relacionados con el sistema cognitivo, que incluyen una valoración negativa de sí mismo, de su entorno y de su futuro y una autovaloración deficiente; en cuarto lugar, los síntomas de tipo físico se refieren a categorías como cambios en los ciclos de sueño, del apetito y molestias corporales de todo tipo, que incluyen la percepción de tener pocas energías para vivir; finalmente, se incluyen en la quinta categoría los síntomas vinculares, donde la principal característica es el deterioro de las relaciones con los demás, se experimenta un rechazo de las personas que le rodean y le determinan al sujeto a que se aísle más.



Asociados a la presencia de estos indicadores del estado de ánimo puede darse la ideación suicida, fatiga, cambios constantes en el estado de humor, retardo psicomotor, desesperanza, problemas de concentración y con frecuencia, intentos suicidas, una baja considerable en las actividades cotidianas y del área escolar (Wicks-Nelson e Israel, 1997; Casullo, 1990, 1998; APA, 1996; De la Fuente, Medina-Mora y Caraveo, 1997; Villardón, 1993).



El tercer factor hace alusión a aquellos reactivos que son indicativos de distorsiones cognitivas o perceptivas y se denominó precisamente <B><I>Indicadores Relacionados Con Distorsiones Cognoscitivas O Perceptivas</I></B>. Al buscar un equivalente en los indicadores del DSM-IV, se encontró que correspondería al eje II, indicado en el grupo de esquizofrenia y otros trastornos psicóticos. Este factor incluye preguntas relacionadas con una percepción ideacional o corporal raros, a través de reactivos como "tener ideas o pensamientos raros que la gente no puede comprender", "sentir que me ponen en la cabeza pensamientos que no son míos" o "parecerme las cosas diferentes, como si no fueran reales, sin estar bebido (a) o drogado (a)".

En el cuarto factor, denominado <B><I>Indicadores Relacionados Con Funciones Cognoscitivas Y De La Memoria</I></B>, se incluyeron todos aquellos reactivos que tienen que ver con la percepción de confusión, de experimentar dificultades para pensar, para recordar información, para aprender y para concentrarse, incluyendo la concentración en el área escolar. Estos indicadores, se relacionan con el área de problemas de tipo cognoscitivo, incluidos en el DSM-IV (APA, 1996), en el segundo eje de clasificación. A este respecto, Casullo (1998) menciona que como parte complementaria de los trastornos del estado de ánimo (relacionados estrechamente con la depresión), ya catalogados en el segundo factor de la PERI, son comunes los trastornos de la memoria, las dificultades para concentrarse y se relacionan estrechamente con los problemas de tipo académico (bajo rendimiento escolar, reprobación, etc.) (Caplan, 1993, Casullo, 1998; Papalia y Wendkos, 1996; Powell, 1988).



Así, los cuatro factores que se incluyen en la PERI demuestran áreas de gran prevalencia y de importancia dentro de la dinámica y la vivencia del adolescente, que puede servir como punto de partida para indicar cómo se comportan estas áreas en la población joven y con mucha probabilidad, asociarlos a otras variables que pudieran estar relacionadas, ser predisponentes o desencadenadas por estos cuatro factores.



Finalmente, contar con un instrumento probado en una población específica, resulta valioso para las labores de investigación e intervención clínicas, pudiendo utilizarse con toda confianza en el contexto para el cual fue validado, ya que demostró tener un alto grado de validez y una confiabilidad también alta.

Referencias bibliográficas

1. American Psychiatric Association (1996) DSM-IV Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales. Masson : España.



2. Anastasi, A. (1981) Capacitación, avance de las pruebas y capacidades desarrolladas. Trillas : México.



3. Brown, W. (1976) Prácticas actuales de la evaluación psicológica. Manual Moderno : México.



4. Cabildo; H. M.(1991) Salud mental, un enfoque preventivo. Cabildo-Arellano : México.



5. Calderón-Narváez, G. (1988) Salud mental comunitaria, Un nuevo enfoque de la psiquiatría. Trillas : México.



6. Caplan, G. (1993) Aspectos preventivos en salud mental. Paidós : México.



7. Casullo, M. M. (1998) Adolescentes en Riesgo. Identificación y Orientación Psicológica. Paidós : México.



8. Casullo, M. M. (1990) Las técnicas psicométricas y el diagnóstico psicopatológico. Argentina : Lugar Editorial.



9. De la Fuente, R.; Medina-Mora, M. E.; Caraveo, J. (1997) Salud mental en México. Fondo de Cultura Económica : México.



10. Dorehnwend, B. P. Levav, I.; Shrout, P. E. (1986) Community surveys of psychiatric disorders. Rutgers University Press : E.U. A.



11. Fening, S.; Levav, I.; Kohn, R.; Yelin, N (1993) American Journal of Public Health. Telephone Vs face-to-face interviewing in a community psychiatric survey. Vol. 83, No. 6. pp. 896-898.



12. Galicia, U. (1997) Plan Rector de Desarrollo de la Universidad Autónoma del Estado de México. UAEM : México.



13. Goldberg, M. (1994). La epidemiología sin esfuerzo. Díaz de Santos : España.



14. Hernández, S.; Fernández, C.; Baptista, L. (1991) Metodología de la Investigación. Mc Graw Hill : México.



15. Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) (1999). Estadísticas Poblacionales del Estado de México. INEGI : México.



16. Montero, M. E. (1994) La psicología social en México. Soledad en la Adolescencia. vol. 5. pp. 187-193. AMEPSO : México.



17. Page, R. M.; Cole, G. E. (1991) Adolescence. Loneliness and alcoholism risk in late adolescence. A comparative study of adults and adolescents. vol. 26, No. 104. pp. 925-929.



18. Papalia, D. E.; Wendkos, S. (1996). Psicología del Desarrollo. Mc Graw Hill : México.



19. Pick, S.; López, A. L. (1994) Cómo investigar en Ciencias Sociales. Trillas : México.



20. Powell, M. E. (1988) Psicología de la adolescencia. Fondo de Cultura Económica : México.



21. Villardón, L. (1993) El pensamiento de suicidio en la adolescencia. Universidad de Deusto : España.



22. Wicks-Nelson, R.; Israel, A. C. (1997) Psicopatología del niño y del adolescente. Prentice Hall : México.

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