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Trastornos de la conducta alimentaria en adolescentes



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Artículo | Fecha de publicación: 09/10/2026
Artículo revisado por nuestra redacción
Contenido elaborado con apoyo de IA y supervisión editorial médica.

  El riesgo de TCA en la adolescencia, un problema que requiere detección temprana Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) constituyen un importante problema de salud mental durante la adolescencia. La anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa y el trastorno por atracón pueden asociarse con importantes consecuencias psicológicas, físicas y sociales, por lo q...

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El riesgo de TCA en la adolescencia, un problema que requiere detección temprana


Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) constituyen un importante problema de salud mental durante la adolescencia. La anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa y el trastorno por atracón pueden asociarse con importantes consecuencias psicológicas, físicas y sociales, por lo que la identificación temprana de conductas alimentarias de riesgo constituye una cuestión relevante para los profesionales sanitarios.


Un estudio publicado en 2025 en Nutrients aporta nuevos datos sobre este fenómeno en Europa del Este, una región en la que la evidencia disponible es más limitada. La investigación evaluó a 423 adolescentes y jóvenes de entre 13 y 20 años de Cluj-Napoca (Rumanía) y encontró que el 26,5% alcanzaba o superaba el punto de corte del Eating Attitudes Test-26 (EAT-26) utilizado para identificar riesgo de TCA.


Este resultado debe interpretarse correctamente: un EAT-26 ≥20 no equivale a un diagnóstico de trastorno de la conducta alimentaria. Se trata de una herramienta de cribado destinada a identificar personas que pueden requerir una evaluación más detallada.


¿Cómo se realizó el estudio?


La investigación tuvo un diseño transversal e incluyó estudiantes procedentes de siete centros de educación secundaria. La edad media fue de aproximadamente 16 años y la muestra estuvo formada por un 52,7% de mujeres y un 47,3% de varones.


Los investigadores analizaron simultáneamente diferentes dimensiones potencialmente relacionadas con los TCA: IMC, hábitos alimentarios, consumo de alimentos ultraprocesados, adherencia a la dieta mediterránea, actividad física, variables sociodemográficas y antecedentes de consulta profesional por cuestiones relacionadas con el peso o la salud mental.


El riesgo de TCA se evaluó mediante el EAT-26, cuestionario ampliamente utilizado para detectar actitudes y comportamientos alimentarios problemáticos. Además de estudiar los posibles predictores, los autores analizaron las propiedades psicométricas del instrumento en esta población.


El 26,5% alcanzó el umbral de riesgo


Uno de los principales resultados fue que 112 participantes, el 26,5% de la muestra, obtuvieron una puntuación igual o superior a 20 en el EAT-26. La dimensión relacionada con la dieta presentó las puntuaciones medias más elevadas, apuntando a una presencia relevante de preocupación por el peso y conductas restrictivas.


El dato no permite afirmar que uno de cada cuatro adolescentes tuviera un TCA. Sí indica, en cambio, una proporción considerable de jóvenes con actitudes alimentarias compatibles con un nivel de riesgo que justificaría una valoración adicional.


Esta diferenciación resulta especialmente importante al trasladar los resultados de instrumentos de cribado a la práctica clínica o a estrategias preventivas en centros educativos.


El género y los antecedentes de consulta destacan entre los factores asociados


El análisis multivariable permitió identificar dos asociaciones especialmente relevantes.


Las mujeres presentaron 1,61 veces mayores odds de alcanzar el punto de corte del EAT-26 que los varones (aOR=1,61; IC 95%: 1,01–2,65; p=0,044).


Sin embargo, la asociación más intensa correspondió a haber consultado previamente con un profesional por cuestiones relacionadas con el peso o la salud mental. Estos participantes mostraron 3,76 veces mayores odds de alcanzar el umbral de riesgo (aOR=3,76; IC 95%: 2,20–6,16; p<0,001).


Este resultado no permite concluir que la consulta profesional incremente el riesgo de TCA. Debido al carácter transversal del estudio, es más plausible considerar que los adolescentes que ya presentan dificultades psicológicas, preocupación por el peso o síntomas alimentarios tienen también mayor probabilidad de haber buscado previamente ayuda profesional. Los propios investigadores plantean esta interpretación.


El IMC pierde fuerza cuando se consideran otros factores


El índice de masa corporal mostró inicialmente una asociación con el riesgo: en el análisis univariado, un IMC superior se relacionó con mayores odds de superar el punto de corte del EAT-26.


Sin embargo, esta asociación dejó de ser estadísticamente significativa al ajustar simultáneamente por otras variables (aOR=1,05; IC 95%: 0,99–1,12; p=0,097).


Este resultado resulta clínicamente interesante porque cuestiona una aproximación exclusivamente centrada en el peso corporal. El riesgo de TCA no puede reducirse al IMC, y la valoración requiere considerar las conductas alimentarias, la preocupación por el peso y la imagen corporal, así como el contexto psicológico y social del adolescente.


Ultraprocesados, dieta mediterránea y actividad física


El estudio detectó también una elevada frecuencia de consumo de determinados alimentos ultraprocesados. Más del 60% de los participantes informó de consumo frecuente de varias categorías analizadas, mientras que la mayoría presentó una adherencia moderada a la dieta mediterránea.


Sin embargo, ni el consumo de ultraprocesados ni la adherencia a la dieta mediterránea fueron predictores independientes significativos de alcanzar el umbral del EAT-26 cuando se incorporaron al modelo ajustado.


Tampoco se encontraron asociaciones independientes significativas para actividad física, edad o residencia urbana frente a rural.


Estos resultados no demuestran que alimentación o ejercicio carezcan de importancia para la salud adolescente. Indican únicamente que, en esta muestra y bajo el modelo estadístico utilizado, esas variables no permitieron explicar independientemente quién superaba el umbral de riesgo.


El EAT-26 podría necesitar adaptación cultural


Otro hallazgo relevante afecta directamente al cribado. Los investigadores comprobaron que la estructura tradicional de tres dimensiones del EAT-26 presentaba un ajuste subóptimo en esta población.


El posterior análisis factorial exploratorio identificó una estructura de dos factores más adecuada, relacionada, por una parte, con dieta, imagen corporal y culpa asociada a la alimentación y, por otra, con presión social y pérdida de control. Dos ítems fueron eliminados debido a su bajo rendimiento psicométrico.


Este resultado refuerza una cuestión metodológica importante: los instrumentos de cribado desarrollados en determinadas poblaciones no necesariamente conservan exactamente la misma estructura psicométrica al aplicarse en otros contextos culturales y lingüísticos.


Limitaciones que deben tenerse en cuenta


Los resultados deben interpretarse considerando varias limitaciones. Se trata de un estudio transversal, por lo que permite detectar asociaciones, pero no establecer relaciones causales.


Además, parte de la información —incluidos peso y talla— fue autorreportada. La muestra procede de una zona concreta de Rumanía y no puede considerarse automáticamente representativa de todos los adolescentes rumanos ni extrapolarse directamente a otros países.


Asimismo, el EAT-26 es un instrumento de cribado y no sustituye una evaluación clínica diagnóstica. Los propios autores reconocen las limitaciones derivadas del diseño transversal y de los datos autoinformados.


Conclusiones prácticas para salud mental


El estudio aporta evidencia relevante sobre una población adolescente europea poco representada hasta ahora en este ámbito. Más de una cuarta parte de los participantes alcanzó el umbral de riesgo del EAT-26, con una asociación especialmente marcada con los antecedentes de consulta por problemas relacionados con el peso o la salud mental.


Los resultados respaldan una visión del riesgo de TCA que vaya más allá del peso corporal o del IMC e incorpore dimensiones psicológicas, conductuales, familiares y socioculturales.


Para los profesionales de salud mental, el trabajo también recuerda dos aspectos fundamentales: las herramientas de cribado deben interpretarse dentro de una evaluación más amplia y su validez psicométrica debe comprobarse en las poblaciones concretas en las que se utilizan.


Resumen y adaptación editorial: María Dolores Asensio Moreno (Cibermedicina / Psiquiatria.com)


Fuente original: Ispas AG, Forray AI, Lacurezeanu A, Petreuș D, Gavrilaș LI, Cherecheș RM. Eating Disorder Risk Among Adolescents: The Influence of Dietary Patterns, Physical Activity, and BMI. Nutrients. 2025;17(6):1067. Licencia CC BY 4.0. 


Este contenido es un resumen adaptado. La autoría científica corresponde a los autores originales. Artículo distribuido bajo licencia Creative Commons según la fuente original.


 

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