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Actualidad y Artículos | Ansiedad, Trastornos de ansiedad y relacionados con traumas y factores de estrés   Seguir 157   Favorito

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Dolor crónico y afectivo negativo

  • Autor/autores: Mª Isabel Casado Morales* y María P. Urbano López-Nuño**.

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Artículo | Fecha de publicación: 07/02/2001
Artículo revisado por nuestra redacción

IntroducciónEl principal interés de la Psicología de la Salud se centra en la identificación de los factores psicológicos que afectan o se ven afectados por la enfermedad física. En este sentido, los modelos interactivos y bio-psico-sociales han llamado nuestra atención sobre un gran número de variables relevantes a diferentes trastornos, como enfermedades cardiovasculares, cáncer, trasto...

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Introducción

El principal interés de la Psicología de la Salud se centra en la identificación de los factores psicológicos que afectan o se ven afectados por la enfermedad física. En este sentido, los modelos interactivos y bio-psico-sociales han llamado nuestra atención sobre un gran número de variables relevantes a diferentes trastornos, como enfermedades cardiovasculares, cáncer, trastornos gastrointestinales, dolor crónico, etc., enfatizando la importancia de los componentes emocionales como variables que juegan un papel importante para la comprensión de la enfermedad.

En esta línea, el estudio del dolor ha adquirido una progresiva complejidad a medida que la investigación ha identificado diversas fuentes de varianza que es necesario tener en cuenta, tanto en la comprensión del problema como de cara a su evaluación y tratamiento. Así uno de los modelos explicativos más relevantes es el de Melzack y Casey (1968), que define el dolor como una experiencia multidimensional compuesta por tres dimensiones interrelacionadas: sensorial/discriminativa (encargada de los parámetros de localización, intensidad y duración), motivacional/afectiva (que abarca los aspectos subjetivos del dolor) y cognitivo/evaluativa (que integra la experiencia de dolor a nivel cortical).

Este trabajo se centra en el impacto emocional (las dimensiones motivacional/afectiva y cognitivo/evaluativa de Melzack y Casey) que supone padecer un trastorno de dolor para la persona. En este sentido nos hemos centrado en las tres emociones negativas que en la investigación sobre trastornos psicofisiológicos se ha considerado que afectan o son afectadas a/en estos problemas: ansiedad, tristeza/depresión e ira.

Ansiedad y dolor

Si asumimos que una condición de dolor crónico puede muy bien definirse como una situación de estrés crónico, entonces la respuesta de ansiedad puede jugar un doble papel en su relación con el dolor: a) la ansiedad puede actuar como desencadenante o agravante del dolor, y b) el dolor a su vez se constituye en un estímulo estresante que vuelve a iniciar la cadena, entrando de esta forma en un círculo vicioso de ansiedad-dolor-ansiedad-dolor.

Son diversas las vías por las cuales una reacción de ansiedad puede conducir a experimentar episodios de dolor frecuentes o a empeorar un dolor preexistente (Weissenberg, 1977). Así, por ejemplo, los episodios estresantes, disminuyen el umbral de tolerancia al dolor debido a su efecto sobre la dimensión motivacional/afectiva (Chóliz, 1994), aumentanto la experiencia de dolor. A su vez el distrés producto del dolor se traduce en un estado elevado de arousal autonómico responsable de la aparición de múltiples síntomas inespecíficos que se suman al problema principal agravándolo (McCracken, Faber y Janeck, 1998).

Entre las investigaciones que han explorado esta línea de trabajo destacaremos el estudio de Lampe, Sollner, Krismer, Rumpold, Kantner-Rumplmair, Ogon y Rathner (1998), quienes trabajando con enfermos de lumbalgia idiopática (sin causa orgánica identificable), encontraron que estos pacientes informaban de un elevado número de vivencias definidas como altamente estresantes anteriores a la última exacerbación del dolor.

Enlazando con esta idea, el círculo vicioso puede extenderse añadiendo un elemento más: dolor-ansiedad-tensión muscular. Ante el dolor agudo se produce una respuesta de activación simpática de características idénticas a la respuesta de estrés y/o estados de ansiedad (Sternbach, 1978); además la ansiedad puede incrementar el dolor mediante la liberación de catecolaminas, sensibilizando periféricamente o estimulando los nocioceptores (Chapman y Turner, 1986; Janssen, Arntz y Bouts, 1998). Diversos autores han propuesto que el estrés físico y psicológico, o el dolor mismo, pueden causar frecuentes e intensas contracciones musculares que pueden exacerbar el dolor bien provocando cambios en la sensibilidad de los mecanorreceptores (Mense y Stahnke, 1983) o bien produciendo isquemia muscular e hipoxia (Fields, 1987).

Si la ansiedad produce un aumento de la tensión muscular, esto a su vez provocará un aumento del dolor, al menos en los trastornos musculoesqueletales, lo que a su vez incrementará la ansiedad y así sucesivamente. Además, dicha tensión muscular no es de carácter difuso, sino que aparece normalmente localizada en la musculatura específica del trastorno, al menos en algunos pacientes. Por ejemplo, Flor y colaboradores (Flor y Turk 1989; Flor, Birbaumer y Turk, 1990; Flor, Birbaumer y Turk, 1991; Flor, Birbaumer, Schugens y Lutzenberg, 1992) y Burns y colaboradores (Burns, Johnson, Mahoney, Devine y Pawl, 1996; Burns, Wiegner, Derleth, Kiselica y Pawl, 1997; Burns, Johnson, Devine, Mahoney, Pawl, 1998), encontraron en los pacientes de lumbalgia una respuesta muscular inducida por estrés, anormal y específica a este trastorno, esto es, una contracción intensa de los músculos paraespinales inferiores ante situaciones provocadoras de estrés que no aparecía en los pacientes con otro tipo de dolor crónico ni en los sujetos sin dolor crónico. Los autores sugieren que los pacientes de dolor crónico con tendencia a una alta reactividad fisiológica y/o sin recursos emocionales adecuados para aliviar el impacto del estrés serán más vulnerables a mostrar reacciones musculares desadaptativas.

Depresión y dolor

El DSM-IV recoge la evidencia clínica que señala que los estados de ansiedad a menudo aparecen relacionados con el dolor agudo y los estados depresivos con el dolor crónico. No obstante, Romano y Turner (1985) puntualizaron que si bien los síntomas depresivos son más frecuentes entre los pacientes de dolor crónico, lo cierto es que en ausencia de estudios controlados no se puede concluir que la depresión sea más común entre pacientes de dolor crónico que en otras poblaciones con condiciones médicas crónicas no relacionadas con dolor o en controles sanos.

Haciéndose eco de este reto, en un completo trabajo de revisión sobre este tema, Fishbain, Cutler, Rosomoff y Steele (1997) alcanzan una serie de conclusiones sumamente interesantes:

* La depresión es más prevalente entre las personas con dolor crónico que entre otras poblaciones que no presentan dolor.

* La depresión es una consecuencia y sigue al desarrollo de la cronicidad del dolor, ya que existe una secuencia temporal entre dolor y depresión

* Gran parte de los criterios diagnósticos de depresión mayor del DSM-IV son síntomas vegetativos y somáticos comunes a la enfermedad física (alteraciones en el apetito, el sueño, cansancio o fatiga), lo cual plantea un serio problema a la hora de elegir los instrumentos diagnósticos útiles y discriminativos para esta población.

La relación entre dolor crónico y estado de ánimo deprimido ha llamado poderosamente la atención de diversos investigadores. Un hecho de partida es que no todas las personas que sufren dolor crónico llegan a desarrollar un trastorno depresivo. Por tanto, se hace prioritaria la identificación de posibles factores de vulnerabilidad. Trabajando en esta hipótesis dentro del modelo mediacional cognitivo-conductual, Turk y colaboradores (Turk, Meichenbaum y Genest, 1983; Turk y Rudy, 1990 y 1992; Turk y Meichenbaum, 1994; Turk, Okifuji y Scharff, 1995) han enfatizado la importancia de la valoración cognitiva como variable mediadora de la relación entre dolor crónico y depresión. Específicamente proponen un modelo mediante el cual la percepción de los pacientes del impacto del dolor sobre sus vidas, la discapacidad y disminución de actividades (que conllevan una pérdida de refuerzo social) y la disminución en la percepción de autocontrol y autoestima determinan el desarrollo de depresión. De nuevo aquí, al igual que en los estudios centrados en ansiedad, el dolor no es una condición suficiente para el desarrollo de depresión, sino que es determinante para mediar esta relación la valoración subjetiva negativa sobre el impacto percibido del dolor y la habilidad para controlar la propia vida.

Una segunda línea de trabajo se ha orientado hacia el estudio del procesamiento de la información y en concreto sobre los procesos de memoria en las personas que sufren dolor (Rudy, Kerns y Turk, 1988; Pearce, Isherwood, Hrouda, Richardson, Erskine, Skinner, 1990; Haythornthwaite, Sieber y Kerns, 1991; Kleinke, 1991; Edwards, Pearce, Collett y Pugh, 1992; Devins, Seland, Kelin, Edworthy y Saary, 1993). Partiendo de la importancia que en el origen y mantenimiento de los trastornos depresivos presenta el efecto de la congruencia del estado de ánimo sobre el recuerdo (Teasdale, 1983; Ingram, 1984), se ha postulado que es posible que un proceso similar tenga lugar entre las personas que sufren dolor crónico, las cuales pueden, de acuerdo al modelo de Bower (1981), presentar en adición al nodo depresivo un nodo de dolor, donde se hallen englobados tanto los recuerdos de dolor como sus características sensoriales, emocionales y conductuales.

El nivel del dolor en el momento del recuerdo va a ser una variable relevante a este respecto pues si el dolor incrementa las emociones negativas puede facilitar el incremento de recuerdos desagradables o dificultar la recuperación de recuerdos gratos. Esto es especialmente evidente entre las personas que sufren dolor crónico en lo que se refiere a los recuerdos negativos autorreferentes es decir, recuerdos de sí mismos como personas que sienten dolor (Pincus, Pearce y Mc Clelland , 1995).

Ira y dolor

Ira, hostilidad y agresión son conceptos centrales en el esfuerzo de comprender el papel de los factores psicológicos en el desarrollo de problemas de salud. El modelo psicodinámico sobre la etiología del dolor crónico ya afirmaba que los sentimientos de ira intensa son reprimidos o al menos no expresados y probablemente manifestados como dolor, sugiriendo que el dolor crónico es un síntoma de conversión en los esfuerzos de los pacientes para suprimir fuertes e inaceptables sentimientos de ira (Engel, 1959). Dentro del modelo conductual, Berkowitz (1993) ha señalado que las conductas agresivas elicitadas por el dolor vienen moduladas por una serie de variables tales como estímulos condicionados clásicamente con la fuente del dolor, responsividad a las señales de dolor, atribuciones, control percibido, expectativas y estrategias de afrontamiento. El modelo también sostiene que si bien el dolor dispara automáticamente una respuesta emocional negativa que activa tanto sentimientos de ira como pensamientos y recuerdos hostiles o conductas agresivas, sin mediar necesariamente atención consciente sobre ellas debido a la asociación existente de estos componentes con el denominado “síndrome de ira/agresión”, los mecanismos de control de alto nivel pueden entonces intervenir para regular (modificar, intensificar o suprimir) tales respuestas automáticas.

Algunos trabajos más recientes proporcionan apoyo a estas hipótesis e indican que los pacientes de dolor crónico informan de una incidencia de inhibición de ira significativamente más alta que en los grupos de comparación y además, el grado en el cual los pacientes de dolor crónico suprimen la ira aparece relacionado negativamente con su nivel de ajuste (Pilowsky y Spence, 1976; Kerns, Rosenberg y Jacob, 1994). Uniendo estos resultados con los hallazgos relativos a la comorbilidad entre dolor crónico y depresión, Beutler, Engle, Oro-Bleutler y Daldrup (1986) sugieren que la inhibición de la expresión de un afecto intenso, ira particularmente, puede producir el incremento de la sensibilidad al dolor disminuyendo los niveles de opiáceos endógenos y lanzan la hipótesis de que la constricción del sentimiento de ira puede subyacer en la relación aparente entre dolor crónico y depresión. En esta misma línea Kerns et al., (1994) también sugieren que un estilo de afrontamiento tendente a la inhibición de ira puede específicamente actuar incrementando la sensibilidad al dolor afectando al sistema central de opioides endógenos (endorfinas y encefalinas) para moderar la experiencia de dolor ante una estimulación nocioceptiva continuada. Esto puede, evidentemente, conducir a una tolerancia reducida al dolor.

Sin embargo, la asociación hipotetizada entre un incremento en la severidad del dolor y la inhibición de la expresión de los sentimientos de ira puede también estar mediatizada por el sistema de arousal nervioso periférico. Existe soporte empírico de una asociación entre la supresión de los sentimientos de ira y un incremento de la resistencia periférica (Schwartz, Weinberger y Singer, 1981), es razonable por tanto especular que, al menos en pacientes de dolor musculoesqueletal, la experiencia de ira no expresada a fin de evitar conflicto interpersonal pueda contribuir a incrementos transitorios en el dolor mediados por una elevada tensión muscular en el lugar del dolor.



A tenor del estado de la investigación en el campo, en este trabajo nos proponemos investigar sobre las relaciones que se establecen entre el afecto negativo y la experiencia de dolor, centrándonos con respecto a esta última en dos parámetros: frecuencia e intensidad del dolor. De esta forma y partiendo de la hipótesis de que ambos parámetros, intensidad y frecuencia de dolor, correlacionarán positivamente con el afecto negativo, pretendemos estudiar si ambos tienen un peso similar o alguno de ellos se revela como una variable especialmente determinante.

MÉTODO

Muestra

El criterio de selección de los sujetos que componen la muestra fue, partiendo de la clasificación propuesta por Melzack y Katz (1992) padecer un trastorno por dolor, bien crónico o agudo recurrente, por un periodo superior a seis meses. En cuanto al tipo de dolor, los sujetos padecen cefalea (tensional, migrañosa o mixta) o lumbalgia.

La muestra está compuesta por un total de 37 sujetos, 17 varones y 20 mujeres con edades comprendidas entre los 19 y los 60 años

Con respecto a las características del dolor, la frecuencia del dolor divide a la muestra en 7 sujetos que manifiestan dolor continuo (diario) y 30 personas que experimentan dolor de forma intermitente o recurrente. Con respecto a la intensidad del dolor, un 24’2% de la muestra manifiesta que su dolor es extremadamente intenso, un 37’8% de la muestra informa de que su dolor es intenso, un 19% consideran que su dolor es leve y finalmente un 19% que su dolor es moderado.



Instrumentos

En este trabajo hemos utilizado distintos instrumentos de autoinforme que recogen una información amplia y detallada acerca de las tres emociones que componen el afecto negativo (ansiedad, depresión e ira), una prueba de autoinforme ampliamente utilizada en el estudio del dolor y una valoración las características de intensidad y frecuencia del dolor que experimenta la persona de acuerdo a una escala tipo Likert de 4 puntos.

* Cuestionario de dolor de McGill (Melzack y Torgerson, 1971; Melzack,1975; Traducción al castellano W. Penzo, 1989): este cuestionario se basa en el modelo multidimensional de dolor de Melzak y Casey (1968). Consta de 20 grupos de adjetivos cuya valoración ponderada permite obtener una medida general de la intensidad de la experiencia subjetiva de dolor así como una medida de las tres dimensiones propuestas en el modelo: sensorial, afectiva y evaluativa y una medida de una subescala mixta. La corrección de esta prueba se ha realizado de acuerdo con la sugerencia de Melzack y Katz (1992) utilizando la suma de los valores ponderados de los adjetivos de evaluación.

* Inventario de Situaciones y Respuestas de Ansiedad – ISRA. (Miguel Tobal, J.J., y Cano Vindel, A., 1986,1988,1994): este cuestionario de formato interactivo consta de 22 situaciones y 24 respuestas de ansiedad que posibilitan mediante la valoración de respuestas específicas ante situaciones concretas una evaluación de la reactividad de los tres sistemas de respuesta: cognitivo, fisiológico y motor, una evaluación del rasgo general de ansiedad, así como una medida de cuatro áreas situacionales específicas: ansiedad de evaluación, ansiedad interpersonal, ansiedad fóbica y ansiedad ante situaciones cotidianas.

* Cuestionario Tridimensional de la Depresión – CTD (Jiménez García, Miguel Tobal y Cano Vindel, 1996): este cuestionario consta de 70 ítems con un formato de respuesta tipo Likert de 5 puntos y permite obtener una medida de los sentimientos de depresión en los tres sistemas de respuesta: cognitivo, fisiológico y motor, así como una puntuación total.

* Inventario de Expresión de Ira Estado-Rasgo - STAXI (Spielberger, C.D, 1988,1991; Adaptación española de Spielberger, Miguel Tobal, Casado Morales y Cano Vindel, 2001): este cuestionario consta de 49 items distribuidos en tres partes, la primera parte proporciona una medida de Estado de ira, la segunda parte proporciona una medida de Rasgo de ira y dos subescalas, Temperamento de ira y Reacción de ira, la tercera parte permite la obtención de dos medidas de estilo de expresión de la ira, Ira externa e Ira interna, dos medidas de control de la ira, Control interno y Control externo y una medida general de Expresión de ira.

* Escala de valoración de la intensidad y frecuencia de dolor. Los sujetos debían valorar ambos aspectos de acuerdo a una escala tipo Likert de 4 puntos.

ANÁLISIS DE DATOS Y RESULTADOS

Una vez recogidos los datos se realizó un análisis de correlación entre las distintas variables. Al final del documento se puede ver en la tabla 1 la matriz de correlación entre las variables de dolor analizadas (Frecuencia, Intensidad, la puntuación total del Cuestionario de dolor de McGill y las puntuaciones correspondientes a las escalas Sensorial, Afectiva, Evaluativa y Mixta de dicho cuestinario) y las variables de Ansiedad, Depresión e Ira evaluadas.



Los resultados informan de que La FRECUENCIA en que se presenta el dolor correlaciona positiva y significativamente con todas las variables de dolor (Intensidad y las 5 escalas del McGill), así como con Ansiedad (Total, Cognitiva, Fisiológica, Motora, Evaluación, Fóbica), Depresión (Total, Cognitiva, Fisiológica, Motora), e Ira (Estado y Reacción).

Esta variable es una de las que presenta más correlaciones con el resto de las variables estudiadas. Según los datos, podemos decir en primer lugar que sentir dolor frecuentemente facilita que este sea juzgado como más intenso y aversivo. En segundo lugar los datos apuntan que las personas que experimentan dolor más frecuentemente también presentan un mayor afecto negativo frente a las personas que padecen un dolor más esporádico. Estas personas presentan mayores niveles de ansiedad, tanto a nivel cognitivo, como fisiológico o conductual, se sienten tensas ante situaciones de evaluación y ante situaciones típicamente fóbicas, están más deprimidas y tienden a experimentar mas ira ante las provocaciones.

La INTENSIDAD del dolor correlaciona positiva y significativamente con las 5 escalas del McGill, Ansiedad (Total, Cognitiva, Fisiológica y Fóbica) y Depresión (Total, Fisiológica).

Como vemos, también la intensidad del dolor correlaciona con dos de las emociones negativas evaluadas, sin embargo, es de destacar que en menor grado que con la anterior de frecuencia. En este caso, destaca la correlación positiva con la ansiedad, por tanto, al igual que en el caso anterior las personas que experimentan un dolor más intenso son personas más ansiosas. Sin embargo no aparecen correlaciones significativas ni con conductas y pensamientos depresivos, ni con la emoción de ira.

El CUESTIONARIO DE DOLOR DE MCGILL presenta una elevada correlación positiva entre escalas y además:

* La escala TOTAL presenta una correlación positiva y significativa con las demás variables de dolor, con todas las escalas de Ansiedad, con tres escalas de Depresión (excepto Motora), y con dos escalas de Ira (Reacción y Rasgo).

* La dimensión SENSORIAL correlaciona positiva y significativamente con las demás variables de dolor, con todas las escalas de Ansiedad (excepto Interpersonal y Cotidiana), con Depresión (Total y Fisiológica) y con Ira (Reacción y Rasgo).

* La dimensión AFECTIVA correlaciona positiva y significativamente con las demás variables de dolor, con Ansiedad (excepto Interpersonal), las cuatro escalas de Depresión, e Ira (Reacción y Rasgo).

* La dimensión EVALUATIVA correlaciona positiva y significativamente con las demás variables de dolor, Ansiedad (excepto Interpersonal), Depresión (Total, Fisiológica, Motora), e Ira (Estado, Reacción, Rasgo, e Ira Interna).

* La subescala MIXTA, que contiene items tanto sensoriales, como afectivos y evaluativos correlaciona positiva y significativamente con las demás variables de dolor, con todas las escalas de Ansiedad, e Ira (Reacción, Rasgo y Expresión).

A la luz de este conjunto de resultados podemos señalar que las personas con más dolor también presentan mayor afecto negativo, es decir, sienten ansiedad en los tres sistemas de respuesta y especialmente en situaciones cotidianas, sienten tristeza o depresión aunque principalmente lo que ocurre es que se sienten físicamente mal y además son personas que sienten ira sobre todo como respuesta a la provocación, tendiendo a la recreación interna de esta emoción.

CONCLUSIONES

Los resultados obtenidos confirman las hipótesis planteadas al comienzo de esta investigación:

- La frecuencia con que se experimenta dolor correlaciona positivamente con el afecto negativo. A mayor frecuencia de aparición del dolor mayor afecto negativo y viceversa. De hecho la variable de dolor con mayor número de correlaciones para esta muestra es la frecuencia del dolor.

Sufrir un dolor continuo correlaciona positiva y muy significativamente con la intensidad del dolor y tiene correlaciones positivas y moderadas o elevadas con las tres emociones negativas, en concreto con la tendencia a rumiar y dar vueltas a las preocupaciones y miedos, experimentar una fuerte activación simpática cuando se siente ansiedad o realizar conductas evitativas o que pueden llegar a ser perjudiciales. Esto ocurre principalmente cuando hay posibilidad de ser evaluado negativamente y ante situaciones concretas y delimitadas de carácter fóbico (como pudiera ser el dolor mismo). Padecer dolor frecuente también correlaciona positivamente con presentar pensamientos y conductas depresivas, pero sobre todo con sentirse físicamente mal, con reacciones fisiológicas tradicionalmente ligadas a los procesos depresivos. También correlaciona positivamente con el estado de ira, principalmente con la tendencia a reaccionar con ira ante cualquier provocación.

- La intensidad del dolor correlaciona positivamente con el afecto negativo. A mayor intensidad del dolor mayor afecto negativo. La intensidad del dolor también correlaciona positiva y significativamente con la frecuencia del dolor.

Intensidad del dolor y ansiedad presentan un patrón de relaciones más bajas que frecuencia del dolor y ansiedad. La intensidad del dolor también presenta menos relaciones con Depresión si bien siguen un patrón de correlaciones similar, con la correlación más elevada a nivel fisiológico y ninguna con Ira.

Los datos procedentes del Cuestionario de dolor de Mc Gill amplían estos resultados. La escala S se considera correspondiente a la dimensión sensorial /discriminativa del modelo de dolor y da una medida de la intensidad del dolor a nivel sensorial. En esta muestra, S se relaciona principalmente con las variables de ira, seguidas de ansiedad, lo que probablemente refleja la similitud de la respuesta fisiológica de ambas emociones, tal como señalaban estudios anteriores (Watson y Tellegen, 1985; Feldman-Barret y Russell, 1998; Camuñas, Pérez Nieto, Ferrándiz, Miguel Tobal, Cano Vindel e Iruarrizaga, 1999), y además la similitud de ambas respuestas fisiológicas con la respuesta de dolor (Sternbach, 1978; Berkowitz, 1993). S también se relaciona con depresión como rasgo y en cuanto a respuestas fisiológicas, es decir, con inhibición, cansancio, fatiga, etc., y por supuesto dolor.

La subescala A del McGill, que mide la intensidad afectiva del dolor, de nuevo presenta la correlación más alta con el rasgo y la reacción de ira, así como correlaciones moderadas con ansiedad (sobre todo en situaciones estimulares ambiguas y cotidianas) y depresión (fisiológica). La subescala E, que indica la intensidad de la valoración negativa del dolor, sigue un patrón de correlaciones muy similar al anterior, si bien aumenta la significación de la correlación con ira interna, estado de ira y ansiedad. La subescala M correlaciona principalmente con ansiedad e ira, pero no con depresión.

Respecto a las variables de dolor podemos concluir que en nuestra muestra parece que los factores sensoriales, afectivos y evaluativos del dolor están estrechamente relacionados. Las personas que sienten y evalúan su dolor de forma más elevada (más intensa y aversiva) o sobre todo que sufren un dolor continuo, presentan mayor afecto negativo, con sentimientos de ansiedad tanto por lo que se refiere a más temores y preocupaciones como por percepción de respuestas fisiológicas simpáticas y ejecución de conductas potencialmente perjudiciales o de evitación. La ansiedad aparece ante situaciones ansiógenas concretas, pero también si el entorno estimular es ambiguo. La ansiedad interpersonal es la que menos relaciones presenta con las variables de dolor, probablemente esto esté relacionado con la dimensión de apoyo social, que no hemos evaluado aquí. También hay que señalar que a mayor frecuencia e intensidad del dolor las personas principalmente se encuentran físicamente mal, pero también tienen mayores sentimientos de tristeza y una autoestima más baja, se sienten airados si piensan que han sido provocados o tratados injustamente pero no suelen expresar estos sentimientos, sino que tienden a guardarlos en su interior y rumiar acerca de los mismos.

Las conclusiones obtenidas en este estudio inevitablemente nos dirigen hacia la formulación de nuevas hipótesis de trabajo: dolor y afecto negativo están directamente relacionados. Es la frecuencia del dolor, el hecho de padecer dolor continuamente, sin períodos de descanso libres de dolor, lo que correlaciona con una vivencia afectiva negativa más fuerte, seguido de intensidad del dolor. Aunque correlación no supone causación, parece razonable hipotetizar que el factor más tóxico a nivel emocional para una persona que sufre dolor sea la frecuencia de aparición del mismo, en mayor medida que sufrir un dolor intenso ocasional, si bien esto no deja de ser una suposición que requiere posterior contrastación empírica.

En suma, podemos señalar que la existencia de la relación propuesta entre dolor y afecto negativo supone asumir un complejo entramado de relaciones que requieren el desarrollo de futuros trabajos de investigación con comparación entre grupos que padecen dolor de distinta naturaleza y con una atención especial a la variable de frecuencia de aparición del dolor en su relación con el afecto negativo. Ello non permitirá poder obtener una información más completa y precisa acerca de la experiencia de dolor y gracias a ésta elaborar tratamientos más eficaces para aliviar el sufrimiento de muchas personas.

MATRIZ DE CORRELACIONES





































































































































































































































































































































































































FREC


INT


MG. T


MG. S


MG. A


MG. E


MG.M


FREC.


1


INT.


0,62***


1


MG T


0,45**


0,53***


1


MG S


0,37*


0,44**


0,90***


1


MG A


0,33*


0,48**


0,90***


0,73***


1


MG E


0,61***


0,51**


0,75***


0,55***


0,64***


1


MG M


0,39*


0,42*


0,78***


0,50**


0,66**


0,67***


1


ISRA T


0,44**


0,35*


0,50*


0,41*


0,41*


0,45**


0,50**


ISRA C


0,32*


0,36*


0,47*


0,42**


0,39*


0,39*


0,42**


ISRA F


0,43**


0,36*


0,45*


0,38**


0,36*


0,36*


0,44**


ISRA M


0,49**


0,32


0,48*


0,33*


0,41*


0,50**


0,53***


ISRA I


0,46**


0,29


0,50*


0,45**


0,37*


0,43**


0,46**


ISRA II


0,23


0,02


0,31*


0,27


0,20


0,22


0,37*


ISRA III


0,40*


0,37*


0,40*


0,34*


0,37*


0,33*


0,33*


ISRA III


0,40*


0,37*


0,40*


0,34*


0,37*


0,33*


0,33*


ISRA IV


0,31


0,27


0,43**


0,31


0,42**


0,36*


0,43**


CTD T


0,42**


0,37*


0,39*


0,33*


0,45**


0,38*


0,17


CTD C


0,34*


0,32


0,35*


0,32


0,41*


0,26


0,15


CTD F


0,54***


0,47**


0,45**


0,38*


0,48**


0,51**


0,24


CTD M


0,33*


0,24


0,29


0,24


0,39*


0,34*


0,07


STAXI E


0,34*


0,14


0,26


0,15


0,27


0,36*


0,23


STAXI T


0,05


0,03


0,25


0,17


0,26


0,14


0,26


STAXIr


0,41**


0,31


0,59***


0,59***


0,54***


0,45**


0,33*


STAXI R


0,28


0,20


0,53***


0,49**


0,51**


0,38*


0,37*


I/EX


-0,01


-0,32


0,07


0,02


0,01


0,08


0,20


I/IN


0,29


0,19


0,29


0,18


0,29


0,41**


0,27


C/EX


-0,03


0,13


-0,19


-0,15


-0,14


-0,06


-0,28


C/IN


-0,11


0,01


-0,02


0,03


-0,08


-0,04


-0,03


EXP.


0,20


-0,11


0,27


0,15


0,25


0,27


0,36*

* p < .05; ** p < .01; *** p < .001

BIBLIOGRAFIA

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