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Ejercicio físico y trastornos de ansiedad



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Artículo | Fecha de publicación: 02/10/2026
Artículo revisado por nuestra redacción
Contenido elaborado con apoyo de IA y supervisión editorial médica.

Introducción Los trastornos de ansiedad se encuentran entre los problemas de salud mental más frecuentes y pueden producir un deterioro relevante del funcionamiento social, laboral y personal. Aunque la psicoterapia y la farmacoterapia constituyen pilares del abordaje clínico, existe un interés creciente por intervenciones complementarias que puedan incorporarse a prog...

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Introducción


Los trastornos de ansiedad se encuentran entre los problemas de salud mental más frecuentes y pueden producir un deterioro relevante del funcionamiento social, laboral y personal. Aunque la psicoterapia y la farmacoterapia constituyen pilares del abordaje clínico, existe un interés creciente por intervenciones complementarias que puedan incorporarse a programas de prevención, tratamiento y rehabilitación.


Entre ellas, el ejercicio físico ocupa una posición especialmente interesante. La literatura disponible indica que diferentes modalidades de actividad física pueden asociarse con una disminución de los síntomas de ansiedad, aunque la magnitud del efecto y la pauta óptima todavía no están claramente establecidas. Una revisión sistemática centrada en pacientes con ansiedad clínica encontró resultados favorables para el ejercicio, pero también señaló importantes limitaciones metodológicas y heterogeneidad entre los estudios.


La investigación más reciente intenta ir un paso más allá: no solo determinar si el ejercicio funciona, sino comprender qué mecanismos neurobiológicos, inmunitarios y psicológicos podrían explicar sus efectos sobre la ansiedad.


¿Qué dice la evidencia sobre ejercicio y ansiedad?


La relación entre actividad física y ansiedad no parece depender de una única modalidad o pauta de entrenamiento. El ejercicio aeróbico es el más estudiado, pero también se han investigado entrenamiento de resistencia y actividades que combinan movimiento, respiración y regulación atencional.


Los resultados aconsejan cierta prudencia frente a la idea de una «dosis ansiolítica» universal. Una revisión sistemática sobre ejercicio agudo encontró reducciones de la ansiedad de estado en algunas condiciones experimentales, pero no identificó una combinación inequívocamente superior de intensidad, duración y modalidad.


Esta heterogeneidad también aparece en poblaciones específicas. En adultos mayores, un metaanálisis encontró un efecto favorable de la actividad física sobre los síntomas de ansiedad en ensayos controlados aleatorizados, aunque los autores señalaron que continúa sin estar claro qué intensidad y modalidad maximizan el beneficio.


Por tanto, desde una perspectiva clínica, parece más apropiado considerar el ejercicio como una intervención potencialmente útil y adaptable, evitando presentar una frecuencia, intensidad o duración concreta como universalmente eficaz para todos los pacientes.


Neuroplasticidad: una de las principales hipótesis


Una de las líneas de investigación más relevantes se centra en la capacidad del ejercicio para modificar procesos relacionados con la plasticidad cerebral.


El factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF) ocupa un lugar destacado. Esta proteína interviene en procesos relacionados con la supervivencia neuronal, la plasticidad sináptica y la adaptación del sistema nervioso. Diferentes investigaciones relacionan la actividad física con cambios en las vías que regulan su expresión.


El lactato generado durante el ejercicio, por ejemplo, no debe interpretarse únicamente como un producto metabólico. Puede atravesar la barrera hematoencefálica y participar en mecanismos de señalización relacionados con SIRT1, PGC-1α y FNDC5, que a su vez pueden modular la expresión de BDNF.


Esta interacción músculo-cerebro ayuda a explicar por qué actualmente se estudian moléculas como la irisina, la catepsina B y otros factores derivados del músculo como posibles mediadores de los efectos cerebrales del ejercicio.


Neurotransmisores y regulación de los circuitos de ansiedad


Otro mecanismo propuesto implica los sistemas de neurotransmisión.


La actividad física puede influir sobre sistemas relacionados con la serotonina, el GABA y la noradrenalina, todos ellos implicados en la regulación de la respuesta emocional, la excitabilidad neuronal y la adaptación al estrés.


Sin embargo, buena parte del conocimiento mecanístico procede de modelos experimentales y estudios fisiológicos. Esto obliga a diferenciar entre dos niveles de evidencia: por una parte, existen datos clínicos que relacionan el ejercicio con mejorías en síntomas de ansiedad; por otra, los mecanismos moleculares concretos que explicarían esa mejoría todavía están siendo investigados y no deben interpretarse como relaciones causales definitivamente establecidas en humanos.


Inflamación y eje hipotálamo-hipófisis-adrenal


El ejercicio también podría actuar sobre sistemas relacionados con la respuesta al estrés.


El eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HPA) participa en la regulación de los glucocorticoides y constituye una de las principales vías fisiológicas de respuesta ante situaciones estresantes. Paralelamente, los trastornos relacionados con el estrés se han vinculado con alteraciones de procesos inmunitarios e inflamatorios.


La investigación estudia actualmente cómo la actividad física puede modificar la respuesta del cortisol y favorecer adaptaciones inmunitarias y antiinflamatorias. En este contexto se investigan proteínas reguladoras como FKBP5, así como la actividad microglial y diferentes citocinas.


Estas vías son especialmente interesantes para la psiquiatría de precisión, pero permanecen en gran medida en el terreno mecanístico. Su utilidad como biomarcadores capaces de predecir qué pacientes responderán al ejercicio todavía necesita validación clínica.


El ejercicio como exposición a las sensaciones corporales


Los posibles efectos del ejercicio no son exclusivamente biológicos. Existe además una explicación psicológica particularmente relevante para los trastornos de ansiedad: la exposición interoceptiva.


Durante el ejercicio aparecen taquicardia, aumento de la frecuencia respiratoria, sudoración y otras sensaciones corporales que también pueden producirse durante una respuesta de ansiedad.


Experimentarlas repetidamente en un contexto controlado puede facilitar un aprendizaje diferente: las sensaciones de activación fisiológica no implican necesariamente peligro.


Este mecanismo resulta conceptualmente próximo a procedimientos utilizados en intervenciones cognitivo-conductuales para reducir el miedo a determinadas sensaciones corporales. El ejercicio también puede favorecer percepción de autoeficacia, regulación emocional y tolerancia al malestar.


¿Existe una pauta óptima de ejercicio?


Uno de los principales retos de la literatura actual es precisamente establecer la dosis adecuada.


Los estudios difieren considerablemente en duración de las sesiones, frecuencia semanal, intensidad, modalidad y características de los participantes. Esta variabilidad dificulta trasladar los resultados a una pauta clínica única.


Las revisiones disponibles sugieren que diferentes formas de actividad física pueden resultar beneficiosas, y que variables como edad, condición física, comorbilidades, preferencias personales y adherencia probablemente sean importantes para determinar la viabilidad de cada intervención.


Esto también implica distinguir las recomendaciones generales de actividad física destinadas a promover la salud de una verdadera prescripción terapéutica específica para un trastorno de ansiedad, cuya dosis óptima continúa investigándose.


Hacia intervenciones más personalizadas


La siguiente etapa de investigación probablemente se centre menos en preguntar si «el ejercicio reduce la ansiedad» y más en identificar qué ejercicio, para qué paciente y mediante qué mecanismos.


La combinación de ensayos clínicos con biomarcadores, neuroimagen y análisis moleculares podría ayudar a identificar perfiles de respuesta. También existe interés por mecanismos epigenéticos y por vías relacionadas con BDNF, metabolismo energético, inflamación y regulación del estrés.


Para ello serán necesarios ensayos aleatorizados con muestras amplias, comparaciones directas entre modalidades de ejercicio y seguimientos suficientemente prolongados.


Conclusiones prácticas


La evidencia disponible respalda el ejercicio físico como una intervención no farmacológica de interés para reducir síntomas de ansiedad, aunque persisten incertidumbres importantes sobre la modalidad, intensidad y duración óptimas.


Sus efectos podrían estar mediados por múltiples procesos que actúan de forma simultánea: neuroplasticidad, señalización BDNF, neurotransmisión, regulación del estrés, mecanismos inmunitarios y aprendizaje interoceptivo.


Para los profesionales de salud mental, el punto más relevante es que la actividad física puede contemplarse dentro de un abordaje multimodal y adaptado a las características de cada persona. No obstante, la evidencia actual no justifica sustituir automáticamente intervenciones psicológicas o farmacológicas indicadas por ejercicio, ni permite establecer una pauta terapéutica universal.


Resumen y adaptación editorial: María Dolores Asensio Moreno (Cibermedicina / Psiquiatria.com)


Fuente original: Aderinto N. et al. (2024). A review of exercise interventions for reducing anxiety symptoms: Insights and implications. Publicado bajo licencia CC BY 4.0. Adaptado y traducido al español.


Este contenido es un resumen adaptado. La autoría científica corresponde a los autores originales. Artículo distribuido bajo licencia Creative Commons según la fuente original.

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