La aparición de los cigarrillos electrónicos tuvo lugar hace aproximadamente una década, como posible opción menos perjudicial para la salud frente al consumo de tabaco.El consumo de cigarrillos electrónicos ha ido aumentando a lo largo de los años.
La prevalencia del consumo de cigarrillos electrónicos en algún momento de la vida en la población española es del 10.5 % (Observatorio Español de las Drogas y Adicciones, 2021).
Los hombres presentan un mayor consumo de cigarrillos electrónicos, independientemente de la frecuencia de uso, en comparación con las mujeres.
Asimismo, aunque estos dispositivos desprenden una cantidad menor de sustancias tóxicas cancerígenas en comparación con los cigarrillos de tabaco, emiten una gran cantidad de partículas tóxicas que afectan a nivel cardiovascular y pulmonar, pudiéndose alcanzar a largo plazo consecuencias cardiovasculares y pulmonares comparables a la de los cigarrillos tradicionales (Glantz y Bareham, 2018).
Más específicamente, el consumo de cigarrillos electrónicos se ha asociado con la posibilidad de experimentar enfermedades respiratorias como lesiones pulmonares asociadas al uso de cigarrillos electrónicos o vapeo (EVALI), cursando con tos, disnea, hipoxemia, dolores abdominales (Kalininski et al., 2019) e incluso en ocasiones provocando la muerte (Centros para el Control y Prevención de Enfermedades, 2020).
A su vez, el consumo de cigarrillos electrónicos también se ha relacionado con la probabilidad de padecer otras enfermedades respiratorias como asma, enfermedad pulmonar obstructiva crónica (Wills et al., 2021), problemas cardíacos como el incremento de la frecuencia cardíaca, aumento de la presión arterial sistólica y diastólica (Larue et al., 2021), infarto de miocardio (Alzahrani et al., 2018) y efectos adversos por su exposición pasiva en espacios cerrados, entre otros (Avino et al., 2018).
Asimismo, el consumo de estos dispositivos se ha relacionado con una mayor probabilidad de consumo posterior de otras sustancias, como marihuana (Evans-Polce et al., 2020) y tabaco (Khouja et al., 2020). Este rápido aumento del consumo de cigarrillos electrónicos en los últimos años puede deberse a la eficacia de los mensajes publicitarios acerca de la seguridad y aceptabilidad social de los mismos (Berg et al., 2015), unido al desconocimiento de las consecuencias de su consumo.
Los principales argumentos de la población para el consumo de cigarrillos electrónicos son la creencia de ser menos dañino para la salud que el tabaco, la expectativa de ser una ayuda en la disminución del estrés, así como percibir estos dispositivos de utilidad para cesar el consumo de tabaco (Romijnders et al., 2018).
Por otro lado, la utilidad de los cigarrillos electrónicos como ayuda para el proceso de cesación tabáquica no ha sido demostrada (Hartmann-Boyce et al., 2018), a pesar de los mensajes transmitidos a través de las estrategias de marketing acerca de su efectividad para lograr este fin (Popova y Ling, 2013).
Por otra parte, la literatura muestra una mayor prevalencia del consumo de cigarrillos electrónicos en personas que presentan problemas psicológicos (Hefner et al., 2016).La depresión es uno de los trastornos psicológicosmás predominantes a nivel mundial, con aproximadamente 250 millones de personas que la sufren (OMS, 2021b).
A pesar de que las investigaciones muestran una clara asociación entre el consumo de tabaco y la sintomatología depresiva, existiendo en la actualidad una inconsistencia con respecto a la misma(Laal., 2017), la asociación del consumo de cigarrillos electrónicos y esta sintomatología afectivano es tan conocida (Wiernik et al., 2019).
https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/38268117/
Fuente:
Universidad de Sevilla