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El amor es como un elefante

Autor/autores: Pedro Moreno Gea
Fecha Publicación: 27/04/2024
Área temática: Salud mental .

editor de psiquiatria.com

El número de hoy del periódico la conversación está dedicado de forma monográfica al tema del amor, siempre un tema de interés para todos nosotros como personas y profesionales, a través de una serie de artículos, analiza la evolución del amor, su papel evolutivo y la bioquímica cerebral durante el enamoramiento y la ruptura. Veamos algunos de los comentarios que me han llamado la atención:


Comencemos por la definición del mismo como un estado motivacional típicamente asociado al deseo de apareamiento prolongado con un individuo en concreto.


Aborda el mismo, como los ciegos que se acercan al elefante: Convengamos que científicamente es un elefante, el primero que según la parábola llegó a una aldea y quedó a cargo de seis sabios ciegos. El que tocó su trompa lo describió como una gruesa serpiente; el que abrazó su pata, como un árbol; el que palpó su oreja, como un abanico… Y así es el amor.


Habla de las rupturas de pareja, que para algunas cohortes de matrimonios occidentales, el porcentaje de los que acaban en divorcio al cabo de 25 años es del 50 %, lo que ha popularizado el aserto de que “uno de cada dos matrimonios acaba en divorcio”.


Un punto de partida razonable es pensar que tantas rupturas no se deben a una multiplicidad de causas, sino que quizá hay un mecanismo general que subyace detrás del fracaso de las parejas. A fin de cuentas somos todos mucho más parecidos de lo que creemos –obedecemos los mismos principios psicológicos, cognitivos y conductuales, y nos desenvolvemos en el mismo entorno socio-cultural–.


Hay un principio general en la psicología del amor: para mantener una relación viva y sana es necesario aportar energía a la relación. Esto parece un lugar común, de acuerdo: con el amor no basta, es necesario poner esfuerzo. 


Las emociones aseguran la perpetuación de la especie favoreciendo la reproducción. Lo hacen a través del impulso sexual, que anhela la gratificación. En cierto modo, la atracción puede ser entendida como el aumento de energía enfocada en una posible pareja e incluye la euforia que rodea al enamoramiento. Una euforia que pronto debe convivir con el “apego” que mantiene el contacto y la unión con el ser amado.


El enamoramiento es, de alguna forma, una brusca caída en un “mundo mágico”. En ella transferimos al objeto de nuestro amor una serie de características físicas y de cualidades psíquicas más o menos imaginarias.


Donald F. Klein y Michael R. Liebowitz, del Instituto Psiquiátrico de Nueva York, descubrieron que era una molécula, la feniletilamida, la desencadenante de todo el proceso de locura, excitación y euforia que caracteriza estas primeras etapas del enamoramiento.Un intercambio de miradas, un roce o una simple caricia por parte de esa persona elegida nos inunda el cerebro, literalmente, de este neurotransmisor. Para entender un poco sus efectos, diremos que la estructura de esta sencilla amina aromática puede encontrarse también en el sistema ergolina del LSD. La feniletilamida es un precursor de nuestra segunda protagonista: la dopamina. Esta molécula, segregada por el hipotálamo y de efímera vida media, altera el cerebro originando un inmenso placer. 


Pasada la fase de enamoramiento la oxitocina la responsable de los procesos afectivos a largo plazo. Así, y con la participación de unas cuantas moléculas más, es como pasamos bioquímicamente del enamoramiento al amor, un fenómeno menos arrebatador pero más duradero y sosegado.


Siempre está la posibilidad de aceptar el hecho de que una relación quizá tiene una vida natural –nace, crece, evoluciona y se acaba desinflando– y vivir las rupturas sin amargura, como un proceso natural de maduración. Pero no parece la opción más prometedora. Otra posibilidad consiste en rebajar las expectativas de lo que una pareja debe proporcionar. La lista de necesidades y aspiraciones que la otra persona debe procurar resulta, a menudo, muy exigente: amante, amiga, compañera, confidente, cómplice, ayudante, acompañante, animadora,… Parece necesario disminuir tanta demanda, sin que eso suponga una disminución de bienestar. ¿Es posible?


Hay ya amplia evidencia de que las relaciones sociales están asociadas a una vida más sana, larga y satisfactoria. Las relaciones sociales nos hacen más felices. Si se aligera peso de lo que uno espera de su pareja y se traslada a otras personas de su red social, se debería mejorar el bienestar de la pareja y de sus miembros.


Se trata de que ser más modesto en los requerimientos que debe satisfacer la pareja y externalizar –usando un término empresarial– otras necesidades o aspiraciones. De ese modo, se mejora el bienestar emocional (y físico) de cada persona y, además, se disminuye la presión sobre la pareja, se alivia el esfuerzo de sostener la relación y se mejora su expectativa de éxito.


 

Palabras clave: amor, ruptura


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