En estas fechas, cada año empieza simbólicamente un nuevo ciclo que siempre llega cargado con la mochila de asuntos pendientes que el año viejo ha dejado. Y empieza con una puerta que da a un pasadizo cuesta arriba; no en vano ese es el significado originario y profundo de la palabra enero, que viene del dios latino Janus, y este de januarius, que en su origen
significaba puerta y pasadizo que nos conduce (del PIE ei-) hacia algo: una entrada, un inicio, un país.
Cuando percibimos ese tipo de coyuntura en cualquier situación vacilante, en las encrucijadas indecisas de nuestras vidas, cuando el momento es bifronte —de nuevo acudimos a januarius, que también significa eso: las dos caras antagónicas de una situación—, cuando el pasado nos lastra con una mochila y el futuro nos reta con una cuesta empinada, nos sentimos
fatigados solo de pensarlo. El simple hecho de decidir qué hacer nos abruma, angustia y paraliza.
Pero ¿qué podemos hacer?, ¿cómo salvar el barranco y trepar pendiente arriba con éxito?
En ese momento aparece la palabra mágica, la frase milagrosa: “intentar”, ¡lo voy a intentar!
Las buenas intenciones en momentos de cambio, en disyuntivas comprometidas de la vida, cuando la cabeza se nos llena con la palabra debería —debería hacer deporte, debería estudiar inglés, debería dejar de…— están muy bien, pero casi nunca funcionan; casi siempre fracasan.
Pero —segundo pero— ¿por qué fracasa tanto ese método tan aparentemente razonable?
Veamos: la intención es un propósito de acción que dirigimos hacia nosotros mismos, pero es, literalmente, un pensamiento extendido, estirado en el tiempo, que enlaza pensar con hacer sin agenda ni fecha de cumplimiento. Intentar es proponerse algo, una tarea, una obligación, un objetivo, lo que siempre genera algo de ansiedad y tensión antes de ponerse
a ello. Requiere reclutamiento de esfuerzo, de voluntad, para llevarlo a cabo, y concita un sentimiento de fatiga si se hace o de culpa si no se hace,que es lo que, habitualmente, sucede. Por eso fracasan tanto las buenas intenciones: porque siempre conllevan algo de mochila a la espalda y algo de cuesta arriba al frente.
Ahí es donde viene a salvarnos la palabra alternativa, la frase clave que suelo proponer a las personas que, en fechas señaladas o en momentos simbólicos, se plantean tan voluntariosas como inútiles intenciones: ¿por qué no sustituir el verbo intentar por tentar?; ¿o el concepto intención por el de tentación?
Veámoslo.
Tentación, aunque pueda parecer simple, no es solo un impulso para tentar en el sentido de palpar con ánimo lujurioso; es también un intento ambiguo, una prueba lúdica, una tentativa imprecisa, un tender o dirigirse hacia algo que conlleva una tensión, una emoción. Y emoción significa lo que nos mueve a ponernos en marcha, a movilizarnos hacia un objetivo —de nuevo el dios Jano acude en nuestra ayuda—.
Por otra parte, sabemos que tentar y contentar comparten origen etimológico y mecanismo neurobiológico —llamémosle dopamina—.
Luego, si unimos en un solo concepto, en un acto propositivo, los tres elementos del trilema de la tentación —intención, emoción, contento—, puede que de ello resulte una acción real, una ejecución efectiva del propósito. A continuación, de cada uno depende que esa acción sea buena o mala para su vida.
Pero —otro más— ¿cómo se hace para que sea buena?
Para que una tentación dé lugar a una acción buena tiene que cumplir los tres criterios del trilema de la eficacia.
Primero, ser auténtica, es decir, que sea realmente tuya, no copiada de otros, ni influida por la publicidad o la mercadotecnia, ni una reiteración de los lugares comunes de la felicidad ñoña y la moralina ramplona.
En segundo lugar, tiene que ser factible, es decir, realista, que esté a tu alcance, que te haga ilusión, pero que no sea ilusa. La ilusión es buena; el ilusionismo es falso, una burbuja efímera henchida de vacío.
Finalmente, para que una acción realmente modifique la vida, tiene que ser repetible: no intensa y efímera, sino moderada, reiterativa y perfectible. Loshumanos somos torpes y lentos al aprender; por eso repetir, mejorar, perfeccionar lo que hacemos nos lleva a sentir más placer y menos dolor en el esfuerzo, y concita más satisfacción y contento por el resultado de la acción.
Somos lo que repetimos, dijo un sabio.
La tríada auténtica/factible/repetible aplicada a una actividad derivada de un propósito, de una intención, logra que la acción sea benéfica para la vida. Además, este sistema, al estar cargado de afectividad, de emotividad, de ilusión, conlleva la sensación de que la mochila pesa menos y la cuesta es menos empinada.
Luego, aunque parezca irreverente, creo que en los momentos difíciles de la vida, en las coyunturas y encrucijadas que obligan a cambiar, en las fechas simbólicas que nos retan con propósitos de enmienda, plantearse menos intenciones y tratar de identificar —dejarse guiar un poco más— por las propias tentaciones es más útil para modificar la vida en una dirección buena y efectiva, hacia lo que realmente deseemos, podamos y debamos hacer.