Las redes sociales también son entornos de aprendizaje
Instagram, TikTok, YouTube y otras plataformas digitales no funcionan únicamente como espacios de entretenimiento. Para millones de personas constituyen también entornos informales en los que se adquiere información, se observan las reacciones de otros usuarios y se construyen creencias sobre lo que es verdadero, relevante o socialmente aceptable.
Un estudio reciente aborda este fenómeno desde la psicología educativa y de los medios, preguntándose qué sucede cuando los criterios que determinan la visibilidad de un contenido —interacción, emoción, humor o espectacularidad— adquieren más importancia que su veracidad.
Los autores analizan un caso concreto de contenido viral y plantean una cuestión especialmente relevante para la alfabetización mediática: la exposición repetida a contenidos manipulados no solo puede transmitir información falsa, sino también modificar los criterios con los que aprendemos a evaluar la información.
De la desinformación a la normalización del engaño
El trabajo analiza un vídeo viral publicado en Instagram en 2021 por el canal turco Show TV bajo el título Virtual World, Fake World.
El contenido mostraba cómo un hombre de mediana edad había utilizado FaceApp para presentarse digitalmente como una joven motorista. El caso adquirió amplia difusión y posteriormente apareció en medios internacionales.
Sin embargo, el interés de los investigadores no se centra únicamente en determinar si el contenido era verdadero o falso.
La pregunta es diferente:
¿Cómo reaccionan los usuarios cuando descubren que aquello que están viendo ha sido manipulado?
Para responderla, los investigadores analizaron 581 comentarios de usuarios, estudiando las estrategias retóricas, respuestas emocionales e interpretaciones ideológicas que aparecían en la conversación.
Tres mecanismos que pueden transformar nuestra relación con la verdad
El análisis identificó tres patrones principales que ayudan a comprender cómo determinados contenidos engañosos pueden terminar socialmente normalizados.
1. La autenticidad pierde importancia frente al entretenimiento
El primer patrón es especialmente significativo.
Los usuarios podían reconocer que existía manipulación y, al mismo tiempo, continuar valorando positivamente el contenido porque resultaba entretenido.
Se produce así un desplazamiento del criterio de evaluación:
“¿Es verdadero?” puede ser sustituido por “¿Es divertido, sorprendente o interesante?”.
Desde una perspectiva psicológica, esto resulta relevante porque implica que la desinformación no necesita necesariamente convencer al usuario de que algo es cierto para ejercer influencia.
Puede bastar con que el contenido resulte suficientemente atractivo como para ser consumido, comentado y compartido.
2. El humor puede reducir la evaluación crítica
El segundo patrón observado fue el papel del humor.
Las respuestas humorísticas tendían a reducir la importancia de las implicaciones éticas de la manipulación. El engaño podía reinterpretarse como una anécdota divertida y dejar en segundo plano preguntas relacionadas con autenticidad, responsabilidad o consecuencias.
Esto no significa que el humor produzca necesariamente desinformación.
La cuestión es más específica: en determinados contextos, una respuesta emocional positiva puede modificar la forma en que evaluamos críticamente un contenido engañoso.
El procesamiento deja de estar centrado exclusivamente en la precisión y pasa a estar condicionado por la experiencia emocional que proporciona la publicación.
3. Participamos más por emoción y visibilidad que por deliberación
El tercer hallazgo afecta al funcionamiento de la conversación pública.
Los comentarios analizados mostraban una participación impulsada principalmente por visibilidad, reacción emocional y espectáculo, más que por una discusión deliberativa sobre la información presentada.
Este comportamiento encaja con la arquitectura de muchas redes sociales.
Los algoritmos de recomendación suelen utilizar señales de interacción —comentarios, reproducciones, compartidos o tiempo de visualización— para decidir qué contenidos adquieren mayor difusión.
El problema es que:
interacción no equivale a calidad informativa.
Un contenido puede generar una enorme participación precisamente porque provoca indignación, sorpresa, miedo o diversión.
Los algoritmos no solo seleccionan información
Desde la psicología educativa, una de las aportaciones más interesantes del estudio consiste en interpretar las plataformas como entornos de aprendizaje social.
Un algoritmo no necesita decir explícitamente al usuario qué debe creer.
Al seleccionar repetidamente qué aparece, qué se viraliza y qué recibe mayor reconocimiento social, puede contribuir indirectamente a establecer qué información parece importante y qué formas de participación parecen normales.
De este modo, los usuarios aprenden observando:
- qué contenidos reciben atención;
- qué mensajes generan reacciones;
- qué opiniones son recompensadas socialmente;
- qué comportamientos aumentan la visibilidad.
La preocupación planteada por los autores es que estos mecanismos puedan favorecer criterios heurísticos de evaluación frente a procesos más deliberativos.
La emoción no es enemiga del pensamiento crítico
Conviene evitar una interpretación excesivamente simple de estos resultados.
Procesamiento emocional y pensamiento crítico no son procesos incompatibles.
Las emociones pueden ayudar a dirigir la atención, recordar información o identificar cuestiones relevantes.
El problema aparece cuando indicadores como familiaridad, popularidad, espectacularidad o respuesta emocional sustituyen sistemáticamente la evaluación de la fuente, la evidencia y la coherencia del contenido.
Aquí adquiere especial relevancia el concepto de vigilancia epistémica: nuestra capacidad para evaluar críticamente la información recibida antes de incorporarla a nuestras creencias.
¿Qué significa para la alfabetización mediática?
Tradicionalmente, la alfabetización mediática se ha centrado en enseñar a comprobar fuentes, reconocer información falsa o identificar intereses detrás de determinados mensajes.
El nuevo entorno digital obliga a ampliar esa perspectiva.
No basta con preguntar:
“¿Es verdadera esta información?”
También resulta relevante preguntarse:
“¿Por qué estoy viendo esta información?”
“¿Qué emoción intenta provocar?”
“¿Por qué quiero compartirla?”
“¿Su popularidad modifica mi percepción de su credibilidad?”
“¿Estoy evaluando la evidencia o reaccionando a señales sociales de popularidad?”
Este componente metacognitivo puede ser especialmente importante para comprender cómo interactúan psicología y arquitectura tecnológica.
Una cuestión relevante para salud mental
Aunque el estudio no analiza directamente trastornos psiquiátricos, sus planteamientos tienen interés para los profesionales de salud mental.
Las redes sociales son espacios donde circulan continuamente contenidos sobre depresión, ansiedad, TDAH, autismo, trauma, psicofármacos y autodiagnóstico.
Los mismos mecanismos de visibilidad y emocionalidad podrían contribuir a determinar qué explicaciones psicológicas alcanzan mayor difusión.
Un mensaje sobre salud mental puede parecer convincente porque acumula millones de visualizaciones o porque genera una intensa identificación emocional, sin que ninguno de esos indicadores demuestre su validez científica.
Por ello, comprender los mecanismos psicológicos de la desinformación digital forma parte cada vez más de la alfabetización en salud mental.
Limitaciones: un caso no representa todo internet
Los propios autores establecen una limitación fundamental: se trata de un estudio de caso único.
Las conclusiones proceden de un contenido específico, publicado en una plataforma concreta y dentro de un contexto cultural determinado.
Además, el análisis de comentarios permite estudiar discursos y patrones de participación, pero no permite demostrar directamente que la exposición al vídeo haya reducido el pensamiento crítico de los usuarios.
Tampoco demuestra causalmente que el algoritmo de Instagram haya producido las respuestas observadas.
Por ello, conceptos como debilitamiento de la vigilancia epistémica o sustitución de la deliberación deben entenderse como interpretaciones teóricas de los patrones observados, no como efectos psicológicos causalmente demostrados.
Conclusiones prácticas
El estudio deja cinco ideas especialmente relevantes:
1. Las redes sociales pueden funcionar como entornos informales de aprendizaje en los que no solo consumimos información, sino que aprendemos qué contenidos merecen atención.
2. La desinformación puede normalizarse incluso cuando los usuarios reconocen cierto grado de manipulación, especialmente si el contenido ofrece suficiente entretenimiento.
3. El humor y otras respuestas emocionales pueden modificar los criterios utilizados para evaluar críticamente determinados contenidos.
4. La popularidad y la visibilidad algorítmica no deben confundirse con credibilidad, calidad o evidencia.
5. La alfabetización mediática necesita incorporar una dimensión metacognitiva: comprender no solo el contenido, sino también cómo las plataformas y nuestras propias emociones condicionan su evaluación.
La principal aportación del trabajo es, por tanto, desplazar la pregunta desde “¿por qué creemos información falsa?” hacia otra más amplia: “¿cómo están cambiando las plataformas digitales nuestra manera de decidir qué información merece ser creída, compartida o simplemente aceptada?”
Resumen y adaptación editorial: Virginia Candelas García (Cibermedicina / Psiquiatria.com)
Fuente original: The psychology of manipulative visibility in the digital public sphere: a discourse analysis of audience reactions to deceptive Instagram content - Front. Psychol., 18 August 2026Sec. Media Psychology Volume 17 - 2026
Texto completo disponible en: https://www.frontiersin.org/journals/psychology/articles/10.3389/fpsyg.2026.1848882/full
Este contenido es un resumen adaptado. La autoría científica corresponde a los autores originales.
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