CONTINUIDAD DE LOS TRASTORNOS DE PERSONALIDAD DE LA INFANCIA A LA EDAD ADULTA Con la precisión que le confería su incontestable autoridad en el tema Millon, en el año 2005, en una entrevista concedida al diario The National Psychologist, mostraba ya su preocupación porque hubiera tantos niños que en edades preadolescentes (7, 8 y 9 añ...
CONTINUIDAD DE LOS TRASTORNOS DE PERSONALIDAD DE LA INFANCIA A LA EDAD ADULTA Con la precisión que le confería su incontestable autoridad en el tema Millon, en el año 2005, en una entrevista concedida al diario The National Psychologist, mostraba ya su preocupación porque hubiera tantos niños que en edades preadolescentes (7, 8 y 9 años) mostraran signos de como “de encontrarse enfadados con el mundo”, “no sentirse amados por sus padres e iguales” y manifestarse con frases como “esta vida no es digna de ser vivida”, “quiero escapar de todo esto”. Para él, aunque la volatilidad personal y la reversibilidad propia de las condiciones clínicas a estas edades es lo regular y habitual, resultaba preocupante al considerar encontrarse ante el comienzo de una personalidad alterada.
Esto viene a colación porque, aunque incluso en nuestros propios medios científicos y especializados, no se le presta la atención debida, lo cierto es que estamos asistiendo al repunte de una serie de problemas clínicos tempranos cuyo discurrir a la vida adulta es la regla. Las estadísticas nos hablan que el 50 % de las situaciones clínicas adultas tienen su inicio en la infancia o juventud, y de ello no se salvan los trastornos de personalidad.
Alguno de los temas de más amplia investigación, en las dos últimas décadas, es el relativo al planteamiento de dos cuestiones que, han dado lugar a trabajos variados y en distintos países por diversos equipos y metodologías: uno, el relacionado con la existencia o no de rasgos de personalidad en la infancia y adolescencia que tengan continuidad en la etapa adulta. El otro, de especial interés para esta publicación y vinculado a la anterior cuestión, es el relacionado con la posibilidad de que los trastornos de personalidad adulta hayan tenido su inicio en las etapas tempranas del desarrollo, infancia/adolescencia.