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Trabajo de duelo o trastorno por trauma: un modelo para la actuación en situaciones de guerra y violencia política

  • Autor/autores: Alberto Fernández Liria*; Beatriz Rodríguez Vega**.

    ,Artículo,Estrés,


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Artículo | Fecha de publicación: 07/02/2001
Artículo revisado por nuestra redacción | Estrés

Introducción:La guerra afecta de algún modo a la salud mental. En las clasificaciones psiquiátricas se describen trastornos mas o menos específicos en personas sometidas a las condiciones propias de las principales guerras habidas a lo largo del siglo veinte. El último de estos trastornos descritos, el trastorno de estrés postraumático, provee del modelo sobre el que se articulan la mayor p...

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Introducción:

La guerra afecta de algún modo a la salud mental. En las clasificaciones psiquiátricas se describen trastornos mas o menos específicos en personas sometidas a las condiciones propias de las principales guerras habidas a lo largo del siglo veinte. El último de estos trastornos descritos, el trastorno de estrés postraumático, provee del modelo sobre el que se articulan la mayor parte de las intervenciones psicosociales que hoy se proponen para este tipo de situaciones. Según este modelo, lo que hemos de afrontar es un trastorno que resulta del impacto de un estresor que, por sus características, adquiere esa condición de ser traumático. Es un trastorno porque tiene una causa identificable que actúa sobre el lecho de una vulnerabilidad de los sujetos, presenta unos síntomas, (hiperalerta, entumecimiento afectivo, intrusiones y evitación) determinados cuadros de estado, (que combinan estos síntomas), sigue una evolución previsible y responde a unos tratamientos específicos (1). Es un modelo construido sobre la situación frecuente entre los soldados americanos combatientes en Vietnam. La idea de que estos ex combatientes sufren un trastorno, una enfermedad con sus síntomas, tiene la ventaja para los veteranos afectos, de conferirles el estatuto de enfermos, siempre preferible al de cobardes, farsantes o traidores con que tiende a obsequiarles le implacable lógica militar. Gracias a ese diagnóstico el ex-combatiente se convierte en una víctima.

El modelo que sustenta este diagnóstico tiene la ventaja para nosotros, que tratamos de ayudar a las personas que sufren como consecuencia de la guerra, de permitirnos entender nuestra actuación sobre el confortable esquema del médico que atiende a un enfermo que lo es porque sufre un trastorno sobre el que el médico sabe.

Sin negar estas ventajas, este modelo de trastorno postraumático tiene serios inconvenientes. En primer lugar se refiere a una situación que no sólo no es la mas común, sino que es excepcional en las situaciones de guerra como la que trabajamos en Bosnia, donde no abundan las personas que han sufrido una experiencia brutal pero puntual (como el combatiente americano de nuestro ejemplo anterior) y fracasan en su intento de reintegrarse - con una biografía que ha de incorporar esa experiencia - a un medio normalizado , sino personas que permanecen durante meses o años en una situación de amenaza continua en la que la experiencia etiquetable como traumática se repite o amenaza con repetirse en cualquier momento y que deben adaptarse a esa situación (muy alejada de lo que entenderíamos como normalizada) y en un contexto en el que todo el mundo ha vivido experiencias semejantes. Puede ser de ayuda para transmitir lo que queremos decir, la anécdota de un psiquiatra bosnio que participaba en un seminario dirigído por un canadiense sobre la importancia de hacer grupos de debriefing con las víctimas, inmediatamente después de ocurrido el trauma. Al finalizar el seminario, el psiquiatra se dirigió a él, le agradeció que se hubiera tomado la molestia de venir a su ciudad. Le dijo que entendía la filosofía de tales grupos, pero que en tres años de guerra no sabría elegir ese periodo inmediato después del trauma en el que hubiera sido más indicado hacer el grupo. Se señala así un concepto de fondo: la guerra no es un acontecimiento (que produce un impacto), sino un proceso (que exige un trabajo de adaptación).

En segundo lugar, en esta situación, los síntomas que configuran el hipotético trastorno (hiperalerta, vivencias de intrusión, evitación y entumecimiento afectivo) constituyen en buena medida defensas adaptativas ante esta situación y, en cualquier caso, se dan en un porcentaje tan alto de la población (son tan estadísticamente normales) que no parece que tenga sentido calificarlas de patológicas o trastornadas .

Además, si bien algunos de los síntomas que constituyen el síndrome parecen respuestas mas o menos universales a adversidades importantes (como las vivencias de intrusión y la hiperalerta) otros (como la evitación o el entumecimiento afectivo) parecen estar sometidos a importantes variaciones de una a otra cultura (2).

Por último este modelo mas medicalizado aúna con la ventaja de autorizar actuaciones reparadoras a nivel individual el inconveniente de ignorar la importancia de los procesos colectivos en la operación de resignificación que supone la superación del la experiencia traumática.

Por todos estos motivos frente a un modelo que contempla un trastorno como respuesta a una noxa, hemos preferido organizar nuestras actuaciones según un modelo que contempla un trabajo (y, en concreto un trabajo de otorgamiento de significado) frente a una experiencia. Trabajo y experienca que se entienden mal desde una consideración reducida al individuo. Para ello nos ha sido de utilidad el modelo del duelo. Estamos de acuerdo con los autores (3) que señalan lo artificial de la división de dos campos que están tan íntimamente interrelacionados: la traumatología, que utiliza el modelo dele strés post traumético y la tanatología. que utiliza el modelo del duelo

Por todos estos motivos frente a un modelo que contempla un trastorno como respuesta a una noxa, hemos preferido organizar nuestras actuaciones según un modelo basado en el duelo que contempla un trabajo (y, en concreto un trabajo de otorgamiento de significado) frente a una experiencia

El esquema del duelo ofrece varias ventajas. En primer lugar se refiere a una experiencia normal que cualquier sujeto sufre ante el acontecimiento doloroso de la pérdida de un ser querido. Se trata de una tarea que ha de realizarse siempre que existen pérdidas y que, en la guerra ha de realizarse en condiciones difíciles. Este enfoque evita la estigmatización de partida de las víctimas como enfermos que lo son en función de una especial vulnerabilidad individual. La necesidad de elaborar el duelo reclama - y posibilita - la participación de la víctima, mientras que el padecimiento de una enfermedad evoca el comportamiento del paciente (sujeto pasivo sobre el cual interviene el médico). La guerra coloca a personas normales en situaciones anormales,

En segundo lugar, el concepto de duelo nos remite a un trabajo que debe ser realizado frente a una (o muchas) pérdida(s). Tal modelo no sólo describe mejor la experiencia de la víctima de la guerra (que rara vez es circunscrita en el tiempo), sino que permite, a la vez, dar cuenta de sus dificultades para afrontarla (en la medida en la que los mecanismos individuales, interpersonales y comunitarios que intervienen en los procesos "normales" de duelo están destruidos o alterados por la misma situación de guerra).

Por último, el esquema del duelo, concebido como un trabajo de elaboración, permite situar y entender la función de distintos elementos (recursos psicológicos, entorno interpersonal, contexto cultural y social...) a lo largo de un proceso y es útil para planificar intervenciones y asignar tareas en las mismas.

EL DUELO EN LA GUERRA

En la guerra, lo mismo que en los desastres naturales, el sujeto puede sufrir en un corto periodo de tiempo multitud de pérdidas. En la situación de conflicto bélico, la tensión se prolonga, con frecuencia, durante mucho más tiempo y a la pérdida de personas se suman las de la casa, la del entorno cuando se hace necesaria la migración, la de de rol y estatus social. Pero también se produce una honda pérdida de la confianza en el mantenimiento de la seguridad básica. Porque no solo se han podido vivir situaciones de amenaza de pérdida de la propia vida o la de las personas queridas sino que además éstas se producen de forma violenta y como consecuencia de la agresión de un ser humano a otro. En tal situación ¿Es posible distinguir con las mismas dificultades que en situación de paz, el duelo normal del patológico?, ¿Es posible diferenciar estas reacciones de otros trastornos clínicos como la depresión, ansiedad o el estrés postraumático? Contestar de una forma u otra dependerá del modo en que se conceptualice la experiencia y el modo de afrontarla.

El duelo plantea cuestiones fundamentales acerca de los vínculos que las personas establecemos entre nosotras y, en consecuencia, de cómo se hace posible la sociedad. En la guerra, el proceso es de destrucción de los lazos establecidos y el método por el que se llega a ello abrupto y traumático. El duelo es, al mismo tiempo, la tarea general de la sociedad y la particular de cada individuo que atraviesa esa trágica situación.

Las clásicas teorías de comprensión del duelo, la psicoanalítica y la de la vinculación, quizás tengan que aceptar modificaciones para abarcar la reacción emocional a la pérdida en la guerra.

Como queda dicho, la patología asociada al duelo para el psicoanálisis descansa mucho en factores de predisposición personal y el mantenimiento de una relación de ambivalencia con la persona perdida. Posiblemente esto no pueda ser aplicado a la situación de pérdida masiva en una guerra.

En la teoría de la vinculación (6-8), la otra gran teoría explicativa del duelo, Bowlby integró conceptos analíticos y etológicos. El duelo se consideró como la extensión de una respuesta general a la separación.

Los modelos derivados de la teoría psicoanalítica y de la vinculación han continuado dominando las conceptualizaciones actuales, mientras que constructos sociológicos, cognitivos o etológicos tienen menos presencia en los intentos de comprensión del fenómeno.

Definir un duelo trastornado es difícil aún en tiempos de paz. Autores como Eisenbruch han discutido la legitimidad de tal intento ante la variedad de respuestas a la pérdida puestas en marcha por diferentes culturas (12). Este autor ha señalado otro hecho de importancia central. Los rituales de duelo no representan sólo un procedimiento de apoyo para el miembro de la comunidad que ha sufrido la pérdida. Según su propuesta los rituales de duelo tienen la función primordial de estructurar a una comunidad que ha sido amenazada por la muerte. En condiciones normales la muerte de un miembro da cuerpo a la familia, al grupo de amigos, al de correligionarios políticos, al de compañeros de trabajo... (12). Las dificultades para llevar a cabo estos rituales en la guerra tienen no sólo repercusión sobre el sentir de los individuos supervivientes, sino sobre la posibilidad misma de reorganizar la vida social para la paz.

Desde el punto de vista del constructivismo social (13) el duelo es un proceso emocional y cómo tal tiene que ver con cómo las personas construyen los acontecimientos que ocurren alrededor suya. Dicha construcción depende de creencias y valores propios de la cultura, ya que se asume que no existe un "programa de conducta" innato, independiente de dichos valores culturales.

El duelo es el proceso por el que quien lo realiza es capaz de reconstruir su mundo (y, por tanto a sí mismo) sin el objeto perdido. Se trata de dotar de un nuevo sentido a los elementos con los que el sujeto (en una operación que es del orden de la narración) debe construir su realidad. Este proceso integra cuatro elementos: 1) Construir un mundo sin el objeto perdido, 2) dar sentido a los sentimientos asociados a la pérdida e integrarlos en la propia biografía, 3) encontrar la forma de resolver prácticamente aquellas tareas para cuya ejecución nos valíamos del objeto perdido y 4) ser capaces de experimentar afectos semejantes a los que anteriormente se orientaban al objeto perdido hacia otros objetos, lo que, precisamente, supone no la reorientación de un afecto que queda vacante, sino la construcción de un nuevo mundo, que es un mundo sin el objeto perdido, pero que es capaz de albergar objetos dignos de ser amados.

La guerra es quizás la situación de pérdida en la que se da con más intensidad la discrepancia entre el mundo "que es" y el mundo "que debería ser". Efectivamente ese mundo interno es individual y por ello, el duelo también se experimenta como un proceso emocional individual y único. La guerra coloca a las personas que la sufren como víctimas, en la necesidad de emprender una revisión profunda y radical de sus presupuestos sobre el mundo, que sin duda afectarán a muchos aspectos de la vida: por ejemplo, asunciones sobre la persona ("he de enseñarle a mi hijo a sobrevivir", "lo más importante es que no se deje engañar"), sobre las relaciones entre las personas ("el que da primero da dos veces"), sobre la sociedad ("no hay que esperar nada bueno de ella") y en general sobre el mundo externo que se ha vuelto impredecible, en el que ya no hay nada seguro. Además, sus consecuencias tienen implicaciones a muy largo plazo y se suele producir en periodos prolongados de tiempo.

Para la comprensión del proceso de duelo hemos preferido basarnos en el modelo de Worden (15) que habla de tareas y no de fases, como ejemplo de la necesidad de una actitud más activa, por parte de la persona doliente, que la del mero pasar por distintos estadíos hasta la resolución final de la pérdida. Consideramos, en lo que sigue, el duelo y las posibles intervenciones sobre él como un trabajo de elaboración de narrativas.

Tarea 1: aceptar la pérdida del objeto

La tarea de constatación de la pérdida del objeto es condición de posibilidad del trabajo de duelo. El fracaso en la misma puede tomar formas diversas que van de la sensación de irrealidad o simple negación de las evidencias (muy frecuentes en los primeros momentos de cualquier duelo), a la producción alucinatoria del objeto perdido. En todas las culturas existen procedimientos para ayudar al doliente en esta tarea. En la nuestra se vela el cadáver, se celebran funerales de cuerpo presente en los que el oficiante se refiere al difunto en pasado al igual que los conocidos, que pasan al terminar la ceremonia a dar el pésame a los familiares etc..

En la guerra estos mecanismos pueden estar en suspenso. El cadáver de un hijo o un cónyuge puede haber quedado sepultado ente los escombros de la vivienda bombardeada que los supervivientes han tenido que abandonar para buscar refugio a muchos kilómetros. O el entierro del padre víctima de la metralla ha de celebrarse saliendo por la noche con una pala, silenciosamente para no llamar la atención de los francotiradores, en un parque o solar próximo a la casa arruinada. Además toda la energía de la persona que ha sufrido la pérdida es inmediatamente reclamada para llevar a cabo la nada fácil tarea de sobrevivir en las condiciones de guerra. A esto hay añadir que todas las otras referencias a la normalidad de la que el objeto desaparecido está ausente pueden haber desaparecido también y en esta situación se produce un sentimiento de irrealidad. Sin llegar a eso, a la llegada a Mostar de uno de nosotros el logista local que conducía el coche por el bulevar que había sido el frente de la confrontación croato-musulmana, señalaba diversos montones de escombros afirmando, en un inglés aún peor que el nuestro, "This is a hospital" o "This is a College".

Facilitar esta tarea supone proveer un entorno relativamente seguro para considerar la pérdida, una cierta normalidad con la que contrastarla y algo semejante a un rito en el poder darle existencia social (a veces una carta a familiares exilados ha cumplido este papel). Y supone, sobre todo, poder nombrar la pérdida, poder hablar de ella.

Tarea 2: experimentar las emociones vinculadas a la pérdida

La pérdida de un objeto importante conlleva siempre la eclosión de fuertes emociones. Está la tristeza, pero también, a veces, la rabia, la culpa, el despecho, el alivio, el miedo, la envidia o el resentimiento. Nuestra cultura nos proporciona en tiempos de paz instrumentos para facilitar la experiencia y la expresión de esos afectos y para hacer balance. Manifestaciones proscritas en otras situaciones son facilitadas en velatorios y funerales por la creación de un clima propicio que puede incluir hasta la contratación de plañideras

En condiciones de guerra, a veces, pararse a llorar puede significar la muerte propia y la de las personas que dependen de uno. La aparición de la ambivalencia o los sentimientos de culpa o alivio ("fue él y no yo") son tanto mas frecuentes cuanto mas lo han sido las estrategias psicológicas encaminadas a hacer que las víctimas se hayan visto forzadas a comportamientos que podrían ser calificados - por ellas mismas - como cobardes o traidores. En condiciones normales el fracaso en contactar con sentimientos genuinos en las primeras fases se considera un predictor de complicaciones en el proceso de duelo. Posponer esta tarea es, sin embargo, una estrategia de afrontamiento que puede ser válida en situaciones de gran desestructuración por la guerra. En un grupo terapéutico que lideraba un psiquiatra local y al que acudíamos como observadores dos de nosotros, una mujer bosnia que había perdido a sus hijos y a su marido en los primeros meses de la guerra y había pedido consulta por problemas somáticos abigarrados, se quejaba mostrando su enojo porque al volver a empezar a salir a la calle tras los bombardeos, la gente pasaba ante ella atenta a trivialidades y hasta contenta, sin darse cuenta de lo que ella tenía que afrontar. "Los que hemos vivido algo así deberíamos llevar un letrero en la frente, para que los demás lo supieran". Nos pareció a los españoles que aquello era una invitación a hablar de los sentimientos de soledad y desamparo que sufría aquella mujer frente al dolor por la pérdida de toda su familia. Se nos adelantó el psiquiatra local diciendo "¿Un letrero en la frente? ¿Que quiere usted? ¿Que la tomen por loca?". Nuestro colega sabía que aquella mujer que vivía sola en unas ruinas y aún bajo la amenaza de los morteros serbios carecía - a pesar del grupo - de los soportes mínimos para afrontar con garantías este trabajo. Sin un entorno de seguridad no es posible hacer este trabajo

Tarea 3: capacitarse para desenvolverse en el mundo sin el objeto perdido

Cuando nos faltan las personas queridas, con las que habitualmente compartimos tareas cotidianas, a veces, no somos capaces de afrontar problemas básicos.

En condiciones de paz las redes sociales y familiares de los afectados se modifican para ayudarles en tanto se capacitan para desempeñar nuevos roles. En ocasiones extremas mecanismos institucionales (pensiones de viudedad, asilos, orfanatos...) hacen que la sociedad en su conjunto asuma las cargas que los supervivientes no pueden soportar por sí solos. En la guerra las redes sociales pueden estar pulverizadas, la familia disgregada y los mecanismos institucionales desaparecidos. La perentoriedad de la situación, la amenaza a la supervivencia hace, sin embargo, que esta tarea, que en condiciones normales requiere un largo tiempo de adaptación, se acometa necesariamente desde el primer momento.

Es mas fácil que las redes sociales se reconstruyan en primer lugar con esta finalidad. De acuerdo con esta percepción en el Programa de Salud Mental de Médicos del Mundo en Mostar, los grupos de reconstrucción se constituyeron como grupos de actividad (idiomas, cocina, bisutería...). Cuando el grupo se ha constituido en entorno suficientemente seguro, las otras tareas (el recuerdo de los muertos, la evaluación de las pérdidas, el dolor...) pueden ser facilitadas por él.

tarea 4: recolocación de lo perdido de modo que no impida el investimiento afectivo de otros objetos

La culminación de esta fase supone, de hecho, la terminación del trabajo de duelo. Lo que culmina esta fase es la construcción de un mundo, que es un mundo que tiene sentido aunque no contiene al objeto perdido, y que puede ser habitado por objetos dignos de ser amados La guerra no facilita objetos amorosos alternativos. Pero si es pródiga en fetiches que requieren toda la energía que uno es capaz de generar. A veces es la ayuda a otras víctimas, a veces la salvación. de personas mas débiles que dependen de uno, pero sobre todo cosas como la patria, la victoria, los nuestros o la venganza son candidatos idóneos para ocupar ese lugar.

Llegado un momento de nuestro trabajo, los mandos de la Armija decidieron que era mejor que no trabajáramos con los soldados. En su lógica los soldados no tenían que sentirse bien, ni que pensar en nada. Los soldados tenían que estar listos para combatir y aniquilar al enemigo.

ELABORAR EL DUELO EN LA GUERRA

Como queda dicho la guerra puede alterar sustancialmente las condiciones en las que, en tiempos de paz, el proceso de duelo puede ser llevado a cabo. Por un lado la experiencia de la guerra puede superar el repertorio de respuestas para la que el sujeto está preparado . Puede incluso dinamitar los rasgos mas nucleares de autorreconocimiento en los que se basaba la identidad y el sentimiento de la propia dignidad . Y, por fin, puede alterar el funcionamiento de los mecanismos interpersonales y sociales que facilitan el trabajo de duelo. La disponibilidad de fuentes de apoyo social es uno de los factores claves en el pronóstico de los procesos de duelo y de los que con mas frecuencia se citan en la bibliografía (18). En la guerra se destruyen vidas individuales y el sistema de apoyo social sustentada por ellas. No hay red social a la que acudir. En Bosnia, la sociedad civil, reorganizada sobre todo por las mujeres, en ausencia de los hombres en el frente, tenía que cumplir este cometido. Diferentes ONGs, - MdM, pero, sobre todo ONGs de orientación mas o menos feminista - facilitaron el objetivo impulsando la organización de dispositivos de apoyo.

Médicos del Mundo llevó a cabo dos actuaciones diferentes con un mismo objetivo. Por un lado, con el nombre de grupos de reconstrucción, facilitó la organización de grupos de mujeres que generaron una red de apoyo flexible, cuyas tareas iban desde tejer prendas de lana a soportar los sentimientos de una madre tras la pérdida de su hijo en el frente o compartir el miedo cuando, tras un período de tranquilidad, se recrudecía la tensión y volvían a caer granadas

Por otro lado, el programa de salud mental de Medicos del Mundo se propuso como otro objetivo igualmente importante, el apoyo a las personas, con más frecuencia mujeres, que coordinaban estos grupos dependientes de diferentes ONGs locales y de otros países. Esta segunda acción se hizo con la continuidad que permitieron los avatares de la guerra y el propio programa, primero a través de los grupos de apoyo y, luego, a través de grupos de supervisión, con terapeutas desplazados desde España, y de la organización de talleres, algunos de los cuales tenían como objetivo el trabajo en situaciones de duelo.

Las mujeres que acudieron a los talleres eran al mismo tiempo coordinadoras- líderes de grupo y víctimas de las mismas situaciones que sufrían las personas a las que pretendían ayudar. Hasta aquí, compartirían la dinámica de un grupo de autoayuda, pero además todas estaban inmersas en la misma situación social de desarraigo, amenaza y pérdida en el sentido más general de la palabra. Los grupos corrían el riesgo, en ocasiones, de ser demasiado doctrinarios

Muchas de las asunciones psiquiátricas sobre el duelo no se sostienen al trabajar en situaciones excepcionales, como la guerra, o con personas de culturas y etnias diferentes, como ocurre en Bosnia y en particular en Mostar. Es preciso examinar como terapeutas nuestros presupuestos culturales y profesionales. Algunas ideas, generalmente asumidas sin cuestionamiento son (19): la creencia de que el duelo es una experiencia privada, que es necesaria la expresión abierta e inmediata de sentimientos para su resolución, que el duelo tienen un punto final específico y que una relación continua con imágenes del difunto es patológica

El énfasis en la experiencia individual y la tendencia a patologizar las reacciones de duelo que no se encajan en un marco estrecho considerado normal, pueden llevar a una falta de entendimiento de las reacciones de duelo que ocurren en culturas musulmanas, frente a las cristianas, situación frecuente en Mostar. Como terapeutas nuestro papel ahí podría resumirse en la colaboración con la persona o grupo para poner de relieve la adecuación o no del ajuste entre las necesidades individuales y las expectativas de su comunidad o cultura particular.

Después de pasar por una guerra, las personas y los grupos emprenden un proceso de duelo, donde se conjugan las pérdidas individuales con las de los referentes generales culturales y sociales. Comprender este proceso es imprescindible para el desarrollo, no solo de un programa de salud mental, sino de cualquier programa de ayuda que se intente poner en marcha. El daño sufrido es mucho, pero de la misma intensidad es la necesidad de reorganización social e individual que juega a favor de todos.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

1) Yehuda R, McFarlane AC. Conflict between current knoweledge about postraumatic stress disorder and its original conceptual basis. Am J Psychiatry 1995; 152: 1705-1713.

2) Martín Berinstain C. Reconstruir el tegido social. Un enfoque crítico de la atuda humanitaria. Barcelona: Icaria 1999

3) Figley C, Bride B, Mazza N. The traumatology of grieving.London, Taylor and Francis, 1997.

4) Freud S. Duelo y melancolía. En Freud S. Obras Completas. Madrid. Biblioteca Nueva 1948: 1087-1095.

5) ,Lindemann E. Symptomatology and management of acute grief. Am J Psychiatry 1944 (reimpreso en Am J Psychiatry 1994151;6, 155-60.

6) Bowlby J. Vínculos afectivos: Formación, desarrollo y pérdida. Madrid, Morata, 1986.(The making and breaking of affectional bonds. Tavistock, 1979)

7) Bowlby J. La pérdida afectiva. Tristeza y depresión.Buenos Aires, Paidós, 1990 (Attachment and Loss, vol 3. Loss, sadness and depression, Tavistock, 1980)

8) Bowlby J. La separación afectiva. Buenos Aires, Paidós, 1985 ( Attachment and Loss, vol 2. Separation, London, The Hogarth Press)

9) Middleton W et al. Pathological grief reactions, en Stroebe, Stroebe and Hansson Handbook of bereavement. New York, Cambridge University press, 1993, 44-62.

10) Parkes CM. Bereavement: studies of grief in adult life. London, Penguin books, 1996.

11) Horowitz MJ, Spegel B, Holen A, Bonanno GA, Milbrath C, Stinson CH. Diagnostic criteria for Complicated Grief Disorder. AJP 1997; 154: 904-910.

12) Eisenbruch M. Cross-cultural aspects of bereavement; I: a conceptual framework for comparative analysis. Culture, Medicine and Psychiatry 1984; 8: 283-309.

13) Averill JR and Nunley EP. Grief as an emotion and as a disease: a social constructivist perspective. en Stroebe, Stroebe and Hansson Handbook of bereavement. New York, Cambridge University press, 1993, 77-91.

14) Rosenblatt P.C. Grief: the social context of private feelings. en Stroebe, Stroebe and Hansson Handbook of bereavement. New York, Cambridge University press, 1993, 102-12

15) Worden J W. Grief counselling and grief therapy. New York, Routledge, 1991.

16) Parkes CM. Bereavement as a psychosocial transition: Processes of adaptation to change. en Stroebe, Stroebe and Hansson Handbook of bereavement. New York, Cambridge University press, 1993, 91-102.

17) Kübler-Ross E. Sobre la muerte y los moribundos.. Barcelona, Grijalbo, 1989.

18) Stylianos S, Vachon ML. The role of social support in bereavement, en Stroebe, Stroebe and Hansson Handbook of bereavement. New York, Cambridge University press, 1993, 397-411

19) Shapiro E. Family bereavement and culture diversity: a social development perspective. Fam Process 1996, 35: 313-32.

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