Introducción
El trastorno de identidad disociativo (TID) es un trastorno complejo caracterizado por una alteración de la identidad asociada a la presencia de dos o más estados de personalidad, junto con discontinuidades en el sentido del yo, la conducta, la memoria, la percepción, la cognición o el funcionamiento sensoriomotor. Uno de los elementos clínicos especialmente relevantes es la aparición de lagunas recurrentes de memoria que exceden el olvido cotidiano.
Aunque sigue siendo una entidad controvertida en algunos ámbitos clínicos y académicos, el TID está reconocido en las clasificaciones diagnósticas actuales. Algunas estimaciones sitúan su prevalencia alrededor del 1-1,5% de la población, si bien las cifras dependen de la metodología y del contexto asistencial.
Uno de los principales problemas es su reconocimiento tardío. Los pacientes pueden consultar inicialmente por depresión, ansiedad, crisis de pánico, síntomas postraumáticos, alteraciones perceptivas o problemas interpersonales. Esta superposición favorece diagnósticos previos diversos antes de que los síntomas disociativos se exploren específicamente. La literatura describe retrasos de varios años entre el primer contacto con salud mental y la identificación del trastorno.
Un caso publicado en Cureus en 2025 ilustra esta dificultad y subraya una cuestión de utilidad práctica: ante cuadros persistentes, heterogéneos y con respuesta insuficiente a intervenciones dirigidas únicamente a diagnósticos afectivos o ansiosos, puede ser necesario explorar de forma específica la presencia de fenómenos disociativos.
Un caso marcado por años de diagnósticos diferentes
El artículo describe a una mujer de 28 años con dificultades de salud mental desde la infancia. Su historia incluía experiencias de bullying y violencia doméstica, además de problemas emocionales y sociales que se hicieron progresivamente más complejos durante la adolescencia.
Durante años recibió diagnósticos de trastorno depresivo mayor, trastorno de ansiedad generalizada y trastorno de pánico, junto con diferentes tratamientos farmacológicos. Sin embargo, esta conceptualización inicial no explicaba completamente el patrón clínico ni producía una mejoría suficiente.
El punto de inflexión se produjo alrededor de los 16 años, cuando un médico identificó que determinadas manifestaciones eran atípicas y facilitó una valoración multidisciplinar. La exploración permitió detectar fenómenos más específicos: amnesia disociativa, periodos de “tiempo perdido”, discontinuidad de la experiencia subjetiva y sensación de coexistencia de otra identidad.
El caso pone de manifiesto que el problema no es únicamente que el TID pueda confundirse con otros trastornos, sino que la depresión, la ansiedad y otros síntomas pueden coexistir y convertirse en el motivo principal de consulta, ocultando una organización psicopatológica más compleja.
Qué señales pueden justificar una evaluación específica de disociación
Amnesia que no encaja con el olvido habitual
Un elemento especialmente informativo es la presencia de lagunas en el recuerdo de acontecimientos cotidianos, conversaciones o conductas realizadas por la propia persona.
El paciente puede describir periodos de los que no conserva recuerdos completos, descubrir objetos o acciones que no recuerda haber realizado o recibir información de terceros sobre conductas que no reconoce como propias.
Discontinuidades de identidad y experiencia
Las alteraciones de identidad no siempre aparecen como cambios espectaculares observables durante una entrevista. Pueden expresarse mediante cambios bruscos en preferencias, conducta, percepción de uno mismo o sensación de control sobre las propias acciones.
Por ello, limitar la sospecha diagnóstica a la observación directa de “personalidades diferentes” puede contribuir al infradiagnóstico.
Presentaciones psiquiátricas complejas
Depresión, ansiedad, síntomas postraumáticos, autolesiones, alteraciones perceptivas o dificultades interpersonales pueden aparecer asociadas al TID. Esto obliga a distinguir entre comorbilidad y diagnóstico diferencial.
El caso presentado por Lim y Lim muestra precisamente cómo una aproximación centrada inicialmente en categorías diagnósticas frecuentes puede retrasar la identificación de la disociación.
Trauma infantil: una asociación relevante, pero no un criterio diagnóstico aislado
La literatura clínica ha descrito una fuerte asociación entre TID y experiencias traumáticas graves y repetidas durante etapas tempranas del desarrollo. Algunas series históricas de pacientes diagnosticados han comunicado antecedentes de abuso físico o sexual infantil en aproximadamente el 95-97% de los casos estudiados.
Sin embargo, estas cifras deben interpretarse con prudencia. La presencia de trauma no demuestra por sí misma un TID, del mismo modo que su ausencia declarada no permite descartarlo automáticamente.
Desde la práctica clínica, el antecedente traumático forma parte de una evaluación más amplia que debe integrar características de la disociación, memoria, identidad, funcionamiento, evolución longitudinal, comorbilidades y diagnósticos alternativos.
Qué sabemos de la neurobiología del TID
El creciente interés por la neuroimagen ha identificado diferencias estructurales y funcionales asociadas a los trastornos disociativos.
Los estudios disponibles han descrito alteraciones en regiones implicadas en memoria, procesamiento emocional, regulación del miedo, autorreferencia y control ejecutivo, incluyendo el hipocampo, la amígdala y diferentes áreas prefrontales. Algunas investigaciones realizadas específicamente en TID han observado menores volúmenes hipocampales y amigdalares y patrones de activación cerebral dependientes del estado disociativo.
Estos hallazgos son relevantes porque indican que la disociación presenta correlatos neurobiológicos susceptibles de estudio objetivo. Sin embargo, todavía no existe un biomarcador cerebral capaz de diagnosticar individualmente el TID.
Por tanto, sería excesivo afirmar que una determinada anomalía cerebral “demuestra” el diagnóstico o permite excluir por sí misma simulación, trastornos facticios u otras explicaciones. La neuroimagen continúa siendo fundamentalmente una herramienta de investigación en este ámbito, no una prueba diagnóstica rutinaria.
Tratamiento prolongado y recuperación funcional
Tras establecerse el diagnóstico, la paciente descrita recibió psicoterapia especializada durante aproximadamente 12 años, aunque con cambios de terapeuta a lo largo del seguimiento. El artículo informa de una evolución funcional favorable: alcanzó una mayor comprensión de sus dificultades, completó estudios universitarios y consiguió incorporarse al mercado laboral.
El caso apoya la relevancia de entender el tratamiento como un proceso longitudinal, especialmente en personas con trauma complejo, elevada comorbilidad y dificultades funcionales acumuladas.
Los modelos contemporáneos suelen organizar la intervención especializada por fases, priorizando inicialmente seguridad, estabilización y regulación, antes del trabajo específico sobre recuerdos traumáticos y de objetivos posteriores relacionados con integración, rehabilitación y funcionamiento cotidiano. El ritmo y los objetivos requieren individualización clínica.
Implicaciones para la práctica clínica
La principal enseñanza del caso no consiste en aumentar indiscriminadamente los diagnósticos de TID, sino en mejorar la calidad del diagnóstico diferencial.
Ante pacientes con trayectorias asistenciales prolongadas y cuadros difíciles de integrar, puede resultar especialmente relevante explorar:
- episodios de amnesia o “tiempo perdido”;
- discontinuidades en identidad, comportamiento o sensación de agencia;
- síntomas disociativos persistentes;
- antecedentes de trauma y adversidad temprana;
- discordancias importantes entre diferentes momentos clínicos;
- comorbilidades y diagnósticos alternativos que expliquen mejor los síntomas.
La evaluación especializada y multidisciplinar puede ser particularmente útil cuando la presentación clínica supera los límites explicativos de un único trastorno.
Conclusiones
El trastorno de identidad disociativo representa un reto diagnóstico por su complejidad, elevada comorbilidad y solapamiento con otros cuadros psiquiátricos. El caso analizado muestra cómo una paciente puede permanecer durante años bajo diagnósticos parciales antes de que la exploración de fenómenos disociativos permita reformular el cuadro.
Para el profesional sanitario, el mensaje práctico es claro: la amnesia disociativa, las discontinuidades de identidad y los episodios de pérdida de tiempo merecen una exploración específica cuando aparecen en historias clínicas complejas.
Al mismo tiempo, los avances en neuroimagen aportan información sobre los mecanismos cerebrales relacionados con la disociación, pero todavía no sustituyen la evaluación clínica ni proporcionan biomarcadores diagnósticos individuales.
Un diagnóstico diferencial cuidadoso, una visión longitudinal del caso y la colaboración entre profesionales pueden contribuir a reducir trayectorias de atención fragmentadas y favorecer una atención más ajustada a las necesidades clínicas de estos pacientes.
Resumen y adaptación editorial: María Dolores Asensio Moreno (Cibermedicina / Psiquiatria.com)
Fuente original: Lim ECN, Lim CED. The Diagnostic Odyssey of Dissociative Identity Disorder: A Case Report of Prolonged Misrecognition. Cureus. 2025. DOI: 10.7759/cureus.86278. Licencia CC BY 4.0.
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