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¿Conocemos la realidad tal como es?

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Autor/autores: Pau Martínez Farrero
Fecha Publicación: 30/08/2022
Área temática: Psicología general , Salud mental .
Tipo de trabajo:  Artículo original

Centre de Salut Mental de Sant Feliu de Llobregat (Sagrat Cor Martorell-Germanes Hospitalàries)

RESUMEN

Una vivencia infantil relatada en una consulta de psicología motiva la siguiente pregunta: ¿Conocemos la realidad tal como es?

Para intentar responderla, primeramente se expone el punto de vista del Objetivismo, que considera que el conocimiento de la realidad es independiente de la subjetividad.

A continuación se presentan los criterios del racionalismo, el empirismo, el idealismo, la filosofía del lenguaje, las neurociencias, la mecánica cuántica y el psicoanálisis, que ponen en duda tal planteamiento.

Al final del artículo se responde la anterior pregunta afirmando que es difícil aceptar que pueda conocerse la realidad tal como es, pues entre el objeto y su conocimiento por parte de un sujeto existen varios mediadores que pueden ser: la estructura trascendental de la facultad de conocer, el lenguaje, los instrumentos de observación, el cerebro, así como la vida pulsional y los mecanismos inconscientes de defensa.

Palabras clave: Realidad, conocimiento, objetivismo, subjetivismo.


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Artículo Original

¿Conocemos la realidad tal como es?
Do we know reality as it is?
Pau Martínez Farrero.
Doctor en psicología y psicólogo clínico especialista. Centro de Salud Mental de Sant Feliu de
Llobregat, Barcelona (España). (Sagrat Cor de Martorell ­ Germanes Hospitalàries).
Este artículo no ha recibido ninguna financiación.
No existen conflictos de intereses.

Resumen
Una vivencia infantil relatada en una consulta de psicología motiva la siguiente pregunta:
¿Conocemos la realidad tal como es?
Para intentar responderla, primeramente se expone el punto de vista del Objetivismo, que
considera que el conocimiento de la realidad es independiente de la subjetividad. A continuación
se presentan los criterios del racionalismo, el empirismo, el idealismo, la filosofía del lenguaje,
las neurociencias, la mecánica cuántica y el psicoanálisis, que ponen en duda tal planteamiento.
Al final del artículo se responde la anterior pregunta afirmando que es difícil aceptar que pueda
conocerse la realidad tal como es, pues entre el objeto y su conocimiento por parte de un sujeto
existen varios mediadores que pueden ser: la estructura trascendental de la facultad de conocer,
el lenguaje, los instrumentos de observación, el cerebro, así como la vida pulsional y los
mecanismos inconscientes de defensa.


Palabras clave: Realidad, conocimiento, objetivismo, subjetivismo.

Abstract
A childhood experience related in a psychology consultation, motivates the question: Do we
know reality as it is?
To try to answer it, the point of view of Objectivism is first exposed, which consider that the
knowledge of reality is independent of subjectivity. Following, are the criteria of rationalism,
empiricism, idealism, philosophy of language, neurosciences, quantum mechanics and
psychoanalysis, who think otherwise. At the end of the article the previous question is answered
stating that is difficult to accept that reality can be known as it is, because between the object
and its knowledge by a subject there are several mediators that can be: the transcendental
structure of the faculty of knowing, language, observation instruments, the brain, as well as the
driver life and the unconscious defense mechanisms.

Key words: Reality, knowledge, objectivism, subjectivism.

Introducción
Una viñeta clínica
Dani, de 47 años, en el contexto de una consulta de psicología clínica relata la siguiente vivencia
infantil: "Recuerdo con mucha claridad una escena que ocurrió cuando tenía 4 años. Me
encontraba en el comedor de casa y de repente vi que mi abuelo caía de espaldas, tropezaba con
un escalón y se daba un golpe en la nuca que hizo que quedara inmóvil en el suelo. Recuerdo a
mi padre correr hacia el rellano del edificio y empezar a chillar. Tras estos hechos mi abuelo murió
y no volví a ver a mi padre durante 3 años. Me dijeron que había ido a trabajar al extranjero.


Mi padre murió cuando yo tenía 25 años y poco tiempo después mi madre me habló sobre aquel
recuerdo de mi infancia: al parecer, hubo una fuerte discusión entre mi padre y su padre (mi
abuelo). Mis padres eran muy jóvenes, ambos tenían 21 años y estaban viviendo conmigo en casa
de mis abuelos paternos desde que yo nací. Aquella discusión incrementó de intensidad hasta el
punto que mi padre empujó a mi abuelo, este cayó de espalda, tropezó con un escalón y se golpeó
la cabeza golpeó el suelo, causándole la muerte. Cuando mi padre vio que mi abuelo había
muerto salió al rellano del edificio y empezó a gritar: '¡He matado a mi padre, he matado a mi
padre, soy un asesino!'. Estuvo tres años en prisión. Pero yo no recuerdo haber visto que fuera
mi padre quien hiciera caer a mi abuelo. Solo recuerdo ver el abuelo caer, golpearse la cabeza
contra el suelo y quedar inmóvil." Así termina el relato de Dani.
Aunque la madre explicara a Dani la historia real de lo que ocurrió en casa cuando él tenía 4 años,
Dani es incapaz de recordar la escena en que su padre dio el empujón al abuelo. Es extraño que
no lo recuerde pues este hecho estuvo forzosamente encadenado a la visión de la caída del
abuelo al suelo, de la que sí es consciente. Distinto sería que Dani dijera que sólo recuerda haber
visto a su abuelo yacer inconsciente en el suelo, pues en tal caso podríamos pensar que él estaba
de espaldas o en otra sala de la casa cuando el padre dio el empujón. Pero, conviene insistir, si
Dani vio al abuelo caer, forzosamente también tuvo que haber visto el momento del empujón. A
los 25 años la madre le explicó cómo habían ocurrido los hechos pero aun así Dani no consigue
recordar la escena del empujón perpetrado por el padre.

Una pregunta
Más adelante intentaremos reflexionar por qué Dani no recuerda haber visto el empujón que
causó la muerte del abuelo, pero este olvido, de entrada, plantea la siguiente pregunta:
¿Conocemos la realidad tal como es?


El Objetivismo considera que la realidad existe con independencia de las características del sujeto
y que se puede llegar descubrir cómo es en sí misma. Es decir, se puede hablar de una Realidad
en mayúscula. En este marco de referencia, señala el filósofo del pensamiento complejo Edgar
Morin, "El sujeto es, o bien el 'ruido', es decir, la perturbación, la deformación, el error, que hace
falta eliminar a fin de conseguir el conocimiento objetivo, o bien el espejo, simple reflejo del
universo objetivo" (Morin, 2007, p. 65). El Objetivismo, por consiguiente, cree que sí existe una
Realidad en términos absolutos, una Realidad en mayúscula.
Pero diversos pensadores y científicos argumentan que no siempre es posible eliminar
completamente la influencia del sujeto cuando se desea conocer la realidad. A continuación se
expondrán algunos ejemplos.

El racionalismo
Descartes (1596-1650) descubrió uno de los axiomas que dio lugar al pensamiento moderno:
"Pienso, luego existo". Se trata de una verdad fundamental, una primera verdad a partir de la
cual empezar a construir de forma sólida el edificio del conocimiento. Pero esta primera verdad
vino precedida de otra: "No puedo dudar del hecho de estar pensando". Descartes llegó a ella
gracias a preguntarse si los sentidos le estaban transmitiendo la realidad tal como ella era o bien
le engañaban. Concluyó que Dios todopoderoso no podía haber hecho una mala jugada al ser
humano y que, por tanto, hemos de confiar que los sentidos cumplen con honestidad su función
(Descartes, 2009). Para Descartes Dios es la garantía, por consiguiente, de que somos capaces de
conocer la realidad que forma parte del mundo físico que nos rodea.


El empirismo inglés
Locke
Locke se preguntó si era posible conocer la realidad en sí misma y con ello poder responder al
enfrentamiento entre el escepticismo por un lado, y los descubrimientos de la nueva ciencia, por
otro. Locke aceptaba los postulados del escepticismo, puesto que hay cosas que no podemos
conocer, pero no es cierto que no sea posible conocer nada, ya que el ser humano es capaz de
conseguir comodidades y confort en su existencia (Defez, A., 2009).
Descartes afirmaba que los sentidos registran las características del mundo circundante, pero es
la razón, a partir de sus capacidades intrínsecas, la encargada suprema de ordenarlas y valorarlas.
Es decir, Descartes considera que la razón es una fuerza omnipotente que se impone a la
experiencia. Locke (1632-1704), en cambio, argumenta que la razón necesita de la experiencia
para existir, puesto que las ideas no son fruto de la capacidad creadora del entendimiento
humano, sino el resultado de una actitud pasiva ante la realidad. "Supongamos, pues, que la
mente sea, como se dice, un papel en blanco, limpio de toda instrucción, sin ninguna idea. ¿Cómo
llega entonces a tenerla?

¿De dónde se hace la mente con esa prodigiosa cantidad que la imaginación limitada y activa del
hombre ha grabado en ella, con una variedad casi infinita? ¿De dónde extrae todo ese material
de la razón y del entendimiento? A estas preguntas contesto con una sola palabra: de la
experiencia; he ahí el fundamento de nuestro saber." (Locke, 1980, p. 164).
Descartes había reconocido la existencia de la materia, que denominó sustancia extensa, cuyas
características son distintas a la sustancia pensante que soy yo mismo.

No obstante, Descartes admite que la sustancia extensa no posee todas las cualidades que
percibimos en ella: la magnitud, figura, movimiento, situación, duración o número sí son
cualidades propias, pero el color, olor, sabor, sonido, y todas aquellas cualidades que producen
sensaciones distintas en diferentes personas, no existen como tales en la realidad corpórea y son
creadas por la subjetividad.
Locke, como Descartes, también diferencia entre las cualidades del objeto y aquellas que la
subjetividad le atribuye. A las primeras las denomina cualidades primarias, que son originarias
de los cuerpos e inseparables de ellos. Las cualidades secundarias, en cambio, no existen en los
objetos sino que son producidas en nosotros gracias a las diversas combinaciones de las
cualidades primarias (colores, sonidos, sabores y olores). Las cualidades secundarias no se
parecen en nada a los cuerpos mismos. "Lo perciban o no los sentidos, el volumen, la forma, el
número o el movimiento particulares de las partes del fuego o de la nieve están realmente en
esos cuerpos, y por ello, pueden denominárseles cualidades reales, pues existen en realidad en
esos cuerpos. Sin embargo, la luz, el calor, la blancura o la frialdad no existen de una forma más
real en los cuerpos que la enfermedad o el dolor en el azúcar. Suprimimos la sensación de esas
cualidades; evitemos que los ojos vean la luz o los colores, que los oídos escuchen los sonidos;
hagamos que no guste el paladar, y que la nariz no huela, y todos los colores, sabores y sonidos
desde el momento que son ideas particulares, desaparecerán y se suprimirán totalmente para
quedar reducido a sus causas, o sea, volumen, forma y movimiento de las partes de los cuerpos"
(Locke, 1980, pp. 210-211).
Locke distingue a su vez entre ideas simples y complejas. Las ideas simples son aquellas que no
pueden dividirse en partes y provienen directamente de la experiencia, ya sea externa (a través
de los órganos de los sentidos) o interna (a través de la reflexión). Es decir, las ideas simples se
constituyen como reflejo directo de la realidad. Las ideas complejas, en cambio, son fruto de la
labor que realiza el entendimiento de combinar y unir ideas simples. Por ejemplo, unimos y
combinamos diferentes ideas simples para constituir la idea de "silla".

Una idea compleja es la de "sustancia". El entendimiento agrupa bajo una misma idea las ideas
simples que percibimos juntas. La sustancia no es solo la unión y combinación de diferentes ideas
simples sino también la realidad material que causa y da soporte a las ideas simples. Pero de la
sustancia solo conocemos sus accidentes (las sensaciones que despierta en nosotros), mientras
que el sustrato que produce tales accidentes es incognoscible. Debemos aceptar que tales
accidentes han sido provocados por la existencia de una realidad objetiva, ya que si no fuera así,
cada persona tendría una experiencia distinta de la misma realidad (Abbagnano, 1973, pp. 285296).

Berkeley
Descartes llegó a dudar que los sentidos informaran fidedignamente de la realidad y Locke afirmó
que solo podemos conocer los objetos por sus accidentes pero no como la sustancia que es.
Berkeley (1707-1753) creía que tal duda y desconocimiento podían conducir al escepticismo y en
consecuencia, al ateísmo. Berkeley quiso resolver este problema.
Como Descartes y Locke, Berkeley afirmaba que los únicos objetos que se pueden conocer son
las ideas y que estas solo existen en el pensamiento. Pero Berkeley negaba que las ideas sean
producidas por una sustancia material. Para Berkeley aquello que denominamos "cosa" no es
más que una colección de ideas y no provienen de ningún substrato o materia. En otras palabras,
las cosas solo son ideas, no materia. Si la materia existiera, por definición debería ser distinta de
las ideas sensibles, no tendría ninguna relación con nuestra percepción y por tanto no sería
posible demostrar su existencia. Por otro lado, tampoco se puede considerar que ese supuesto
cuerpo o sustancia material sea el causante de las ideas ya que ningún cuerpo tiene capacidad
para actuar sobre el espíritu y generar una idea. Si existiera la materia, sería inactiva y no podría
producir nada.


Para existir, las ideas tienen que estar percibidas y no pueden existir fuera de una mente que las
perciba. "Es, en verdad, una opinión que prevalece de manera sorprendentemente en los
hombres el que las casas, montañas, ríos y, en una palabra, todos los objetos sensibles poseen
una existencia natural o real, distinta de su ser percibidos por el entendimiento [pero] ¿Qué son
los mencionados objetos sino las cosas que percibimos por los sentidos?" (Berkeley, 1992, pp.
53-54).
Berkeley creía que es imposible concebir un objeto sensible separado o distinto de la percepción
correspondiente. El objeto y la percepción son la misma cosa y no pueden ser abstraídos uno de
otro, lo cual significa que no existe una sustancia corpórea o materia, como objeto inmediato de
nuestro conocimiento. El objeto es una idea y la idea no existe si no es percibida.
La causa de las ideas no puede ser la materia, insistía Berkeley. No obstante, diferenciaba las
ideas producidas por los sentidos, de las ideas que corresponden a las fantasías. Las ideas de los
sentidos han estado creadas en nosotros por Dios. Las fantasías, en cambio, son mucho menos
regulares y proceden de aquellas. Berkeley consideraba que las cosas solo lo existen en tanto que
son percibidas. Sin un sujeto que percibe, o bien Dios, no existe nada. De hecho, Dios es la "causa
inmediata" de las ideas sensibles que constituyen el mundo externo y que afectan en nuestras
mentes (López, 2020).
En consecuencia, si la materia no existe y sólo existen las ideas, Berkeley conseguía argumentar
en contra del escepticismo: podemos estar seguros de que conocemos la realidad porque la idea
es la realidad misma y no la mera representante de una sustancia material (Abbagnano, 1973,
pp. 308-313).


El idealismo trascendental
A diferencia de Berkeley, Kant (1724-1804) sí creía en la existencia de una realidad material pero,
como Locke, consideraba que no podemos llegar a conocerla tal como es. Pero si Locke
diferenciaba entre las cualidades primarias y secundarias de los objetos, es decir, entre las
cualidades propias del objeto y aquellas que subjetivamente se le atribuyen, Kant solo concebía
la existencia de estas últimas. Es decir, para Kant, todas las cualidades que podemos percibir en
un objeto son secundarias. Y esto es así porque el conocimiento está determinado por la
estructura trascendental de nuestra facultad de conocer. Trascendental significa que no es
observable empíricamente, sino que se trata de la condición de posibilidad que permite el
conocimiento. A esta teoría la denominó Idealismo trascendental (Font, 2006, p. 22).
Kant denominó "la cosa en sí" o "noúmeno" a esa cosa, ser o ente en tanto que es independiente
de su relación con el sujeto y que, por definición, es incognoscible. Sabemos de ella por nuestra
capacidad intelectiva, porque podemos razonar y comprender qué es, pero no por la experiencia
directa o intuición que podamos tener de ella.
Según Kant, el conocimiento se constituye a partir de tres secuencias. Una primera secuencia
corresponde al conocimiento sensible, denominado intuición. La intuición es siempre pasiva, se
produce cuando algo impresiona nuestros sentidos. La intuición capta la existencia de las
características de un objeto, es decir, advierte un determinado fenómeno. Por fenómeno se
entiende la forma como "la cosa en sí" se presenta ante los sentidos. Sensitivamente, solamente
podemos conocer las cosas en su manifestación como fenómenos pero no como "cosas en sí".
En la segunda secuencia interviene el entendimiento: el concepto permite reunificar las
diferentes intuiciones y tomar conocimiento del objeto. En la tercera secuencia interviene la
razón dando lugar a la idea, que es un concepto que va más allá de la posibilidad de la experiencia.
Conocer no significa crear: el entendimiento humano no crea la realidad, simplemente la unifica
(Abbagnano, 1973, p. 430).


El fenómeno es una representación mental producto de la imaginación. Se trata de una
producción, no de una reproducción o réplica del objeto que se observa, ya que si fuera así
supondría que el fenómeno ya existía con anterioridad a la imagen mental. El fenómeno es una
representación de la "cosa en sí", pero debe entenderse que entre la "cosa en sí" y el fenómeno
(la representación mental) no hay semejanza sino correspondencia. La relación entre el
fenómeno y "la cosa en sí" es parecida a la relación que hay entre una palabra y el objeto que
denomina. Entre la palabra y el objeto no hay ninguna relación natural y por eso se dice que la
palabra es un signo. Por ejemplo, entre la palabra "casa" y una casa de ladrillo no hay ninguna
semejanza, se trata de una convención acordada por un grupo de hablantes. En este sentido
podemos afirmar que el fenómeno se comporta como si fuera un signo de "la cosa en sí" (Font,
2006, p. 134).
Entre el fenómeno y la cosa en sí no hay más semejanza que la que hay entre la sensación de
encarnado y la longitud de onda que la suscita en nuestra consciencia a través del sentido de la
vista. Los fenómenos, como simples representaciones, solo existen como tales en la consciencia
humana. Pero esto no quiere decir que vivamos en un mundo fantasmático o ilusorio. Los
fenómenos, creación de la consciencia trascendental en contacto con las cosas en sí, tienen para
la consciencia empírica la misma consistencia y la misma resistencia que si fueran estas mismas
"cosas en sí". El idealismo trascendental es un idealismo empírico (Font, 2016, pp. 22-23).
¿Por qué la intuición no es capaz de captar el objeto como es en su naturaleza (como "cosa en
sí")? Cualquier objeto o situación se manifiesta inevitablemente en un lugar y/o momento
determinado. Es decir, el conocimiento sensible o intuición está ligado a un marco
espaciotemporal. Solemos creer que el sentido del espacio y del tiempo lo hemos adquirido a
partir de la experiencia sensible, por ejemplo, esperando el amanecer u observando cómo el Sol
se desplaza de un lugar a otro en el cielo.


En otras palabras, creemos que espacio y tiempo son conceptos inherentes al objeto. Pero Kant
afirmó que los conceptos de espacio y tiempo no derivan de la sensibilidad o la experiencia sino
que son intuiciones que preceden a cualquier conocimiento sensible, es decir, son
independientes de él.
El sentido común atribuye a la realidad aspectos que en verdad pertenecen a la estructura del
"recipiente". A este error, Kant lo denominó "ilusión trascendental". Espacio y tiempo no son
conceptos derivados de la experiencia sino formas apriorísticas y puras de conocimiento. Es el
sujeto quien impregna el objeto con las referencias espaciotemporales y no al revés (Font, 2016,
p. 22). "Hemos pretendido afirmar que todas nuestras intuiciones no son más que una
representación fenoménica; que las cosas que intuimos no son en sí mismas tal como las
intuimos, ni sus relaciones tienen en sí mismas el carácter con que se nos manifiestan; que si
suprimiéramos nuestro sujeto o simplemente el carácter subjetivo de los sentidos en general,
todo el carácter de los objetos, todas sus relaciones espaciales y temporales, incluso el espacio y
el tiempo mismo, desaparecerían. Como fenómenos, no pueden existir en sí mismos, sino sólo
en nosotros. Permanece para nosotros absolutamente desconocido qué sean los objetos en sí,
independientemente de toda esa receptividad de nuestra sensibilidad. Sólo conocemos nuestro
modo de percibirlos, modo que nos es peculiar y que, si bien ha de convenir a todos los humanos,
no necesariamente ha de convenir a todos los seres." (Kant, 2013, p. 82).
La creación del fenómeno y la creación de la imagen en la percepción corresponden a un mismo
y único acto de la imaginación trascendental. La imaginación es la condición de posibilidad de la
aparición de las cosas (de las "cosas en sí"). Las cosas solo pueden aparecer como fenómenos,
como imágenes, como representaciones. Lo sensible es sensible porque es imaginable (Font,
2016, p. 70).


Por tanto, podemos afirmar que conocemos las cosas una vez han sido espacializadas y
temporalizadas en forma de fenómenos. Una consecuencia de ello es que es imposible llegar a
conocer cómo es la "cosa en sí" porque siempre existirá la barrera espaciotemporal: es imposible
conocer las cosas si no es introduciéndolas en coordenadas de espacio y tiempo (Font, 2016, p.
134).

La filosofía del lenguaje
Wilhelm Von Humboldt (1767-1835) compartía con Kant la idea de que el sujeto participa
activamente en la configuración del conocimiento. Pero más allá de sus estructuras
trascendentales, Humboldt afirmaba que el lenguaje representa el paradigma de toda la
experiencia humana de la realidad: "La actividad subjetiva forma en el pensamiento un objeto.
Pues ninguna clase de representación puede concebirse como mera contemplación receptiva de
un objeto que existe previamente. La actividad de los sentidos ha de unirse con la acción interna
del espíritu en una síntesis, y de esta unión se desprende la representación. Pero para ello es
indispensable el lenguaje, traduciéndose de este modo la representación en objetividad genuina,
sin desprenderse de la subjetividad. Sólo el lenguaje puede hacer esto" (Von Humboldt, 1990,
pp. 76-77).
El conocimiento no se produce a través del lenguaje sino en el lenguaje, ya que sin el lenguaje no
habría concepto alguno y por tanto, objeto alguno. La reflexión por medio del lenguaje permite
al ser humano construir la realidad y construirse a sí mismo, y escapar así a la indiferenciación
que existiría en un mundo sin lenguaje (Garagalza, 2003).
Hans Georg Gadamer (1900-2002) consideraba que el lenguaje no es solo un instrumento para
ser utilizado por el ser humano, sino que representa la posibilidad de que los hombres tengan
mundo. Para el hombre el mundo aparece en una forma diferente a cualquier otro ser vivo.


Y esta existencia del mundo, exclusiva para el hombre, está constituida lingüísticamente
(Gadamer, 2007a, p. 531). "El conocimiento de nosotros mismos y del mundo implica siempre el
lenguaje." (Gadamer, 2007b, p. 147). Es decir, no es a través de la investigación empírica que
podemos conocer las cosas, sino a través de la dimensión comunicativa del lenguaje (Muñoz,
2007).
Hegel (1770-1831) entendía que el lenguaje es "la fuerza de poner nombre"." Gracias al lenguaje,
a la posibilidad de poner nombre a las cosas "el mundo, la naturaleza no es ya un reino de
imágenes, superadas internamente, carentes de ser, sino un reino de los nombres.

Aquel reino de las imágenes es el Espíritu en sueños, que tiene que vérselas con un contenido sin
realidad, sin existencia; su despertar es el reino de los nombres". (Hegel, 1984, pp. 156-157).
Según Hegel, el lenguaje hace posible la existencia de la conciencia, permite reconocer a los
demás y a uno mismo. Por medio del lenguaje y la capacidad de nombrar todo lo demás cobra
un sentido que no existía en la certeza sensible. Corrales, 2008).
Heidegger (1889-1976) también consideraba que las cosas adquieren realidad gracias a las
palabras. "El ser de cualquier cosa que es, reside en la palabra. De ahí la validez de la frase: el
habla es la casa del ser." (Heidegger, 2002, p. 149). La palabra es la propiedad fundamental de la
cosa, "la palabra es lo que la mantiene allí, la sostiene y, por así decirlo, la provee del sustrato
para ser cosa". No es que la palabra tenga una relación con la cosa, "sino que la palabra es
propiamente lo que tiene y retiene la cosa como cosa". (Heidegger, 2002, pp. 167-168).
Las palabras, por consiguiente, no son envoltorios de las cosas sino que las cosas solo son en las
palabras, señala Heidegger. "Las palabras y el lenguaje no son vainas en las que se envuelven las
cosas al servicio de la comunicación hablada y escrita.


Sólo en la palabra y el lenguaje las cosas devienen y son. Por ello, el abuso del lenguaje en el
mero palabreo, en los tópicos y frases hueras, nos priva de la referencia auténtica a las cosas."
(Heidegger, 1997, pp. 21-22)

Las neurociencias
A mediados del siglo XIX, el físico y médico alemán Herman von Helmholtz (1821-1894) advirtió
que el flujo de datos que van desde los ojos al cerebro es demasiado pequeño para poder explicar
la experiencia de la visión y concluyó que el cerebro debía de llevar a cabo algunas suposiciones
acerca de los datos que recibía, y que éstas se basaban en nuestras experiencias anteriores. En
otras palabras, el cerebro "ve" mucho más de lo que ven los ojos.
Tenemos la impresión de que los órganos de los sentidos reproducen de forma exacta los
estímulos de la naturaleza, ya sea visuales, táctiles, olfativos, etc., y nos los hacen conocer.

Pero no es eso lo que ocurre en realidad, afirma el neurocientífico David Eagleman (Eagleman,
2013).
Consideramos que el color es una cualidad básica del mundo que nos rodea, pero en el mundo
exterior, el color es una cualidad que no existe. Cuando la radiación electromagnética impacta
en un objeto, parte de ella rebota y es captada por nuestros ojos. Podemos distinguir entre
millones de combinaciones de longitudes de onda pero todo esto se convierte en color solo en
el cerebro. Por otro lado, una parte importante del espectro electromagnético (ondas de radio,
microondas, rayos X) fluye a través de nosotros sin que nos demos cuenta, así como las
longitudes de onda que quedan fuera del espectro que va del rojo al violeta, que producen
colores que ni siquiera podemos percibir. Es decir, la porción de realidad que vemos está limitada
por nuestra biología.


Y algo similar ocurre con el resto de los sentidos. Cada criatura capta su propia porción de
realidad. Nadie posee una experiencia de la realidad objetiva. En el entorno físico no hay ni color
ni sonido ni olor. Es decir, "el mundo no está lleno de ricos sucesos sensoriales, sino que es
nuestro cerebro el que lo ilumina con su propia sensualidad", afirma Eagleman (Eagleman, 2017,
p. 78).
El biólogo alemán Von Uwxküll diferenció entre el umwelt y el umgebung, es decir, entre lo que
podemos percibir del mundo exterior y la vasta realidad. Cada organismo posee su propio
umwelt. Por ejemplo, a diferencia de algunos animales, el ser humano no posee receptores para
poder percibir la luz ultravioleta o la infrarroja, ni para poder oír por encima de 20.000 hertzios
de frecuencia. Existe una gran diferencia entre los umwelt de los humanos y los de algunos
animales pero también puede existir bastante variabilidad entre los mismos seres humanos.
Habitualmente creemos que el umwelt es igual que el umgebung, pero en realidad el cerebro
humano solo capta una pequeña parte del mundo físico que nos rodea (Eagleman, 2013, p. 97),
Un espejismo en el desierto confirma que los sentidos no nos conectan directamente con el
mundo.
Los órganos de los sentidos detectan la información que hay en el mundo físico y la convierten
en señales electroquímicas, que cruzan a toda velocidad las redes neuronales. Es decir, lo que
experimentamos a través de los sentidos nunca es una experiencia directa sino una interpretación
electroquímica. Nuestra experiencia de la realidad es una construcción realizada por el cerebro.
Aunque se basa en el flujo de datos que provienen de nuestros sentidos, no depende
exclusivamente de ellos, lo cual puede comprobarse en la experiencia que vivió Mike May.
Mike May perdió la vista a los 3 años por un accidente que le dañó las córneas y tras 40 años de
ceguera se sometió a una innovadora operación ocular. Al retirarle las vendas Mike describió ver
un estallido de luz y un bombardeo de imágenes.


Su cerebro era incapaz de interpretar la información que recibía. Por ejemplo, al mirar a sus hijos,
no podía explicar qué aspecto tenían, ni distinguir uno de otro. Cuando se encontró en el exterior
del hospital, le costaba tanto percibir la profundidad que apenas distinguía a las personas de los
árboles, las sombras o los agujeros. De la experiencia de Mike May puede deducirse que el
sentido de la vista no actúa simplemente como el objetivo de una cámara fotográfica. Ver
requiere de todo un aprendizaje. Cuando un bebé extiende el brazo para tocar lo que tiene
delante, no solo lo hace para averiguar la textura y la forma, sino que estos gestos también son
necesarios para aprender a ver. La visión de un objeto en particular no son solo fotones
interpretados inmediatamente por la corteza visual, sino que responde a toda una experiencia
corporal. Las señales que llegan al cerebro solo se pueden descifrar a base de entrenamiento, en
el que está implicado el cuerpo y el movimiento (Eagleman, 2017, pp. 55-58).
Antes de recibir información por parte de los órganos de los sentidos, el cerebro genera su propia
realidad. Es lo que se denomina modelo interno. Pongamos de nuevo como ejemplo la
experiencia de la visión. En la parte delantera de la cabeza, entre los dos ojos, se asienta el
tálamo, y la corteza visual en la parte de atrás. La información visual se dirige a la corteza visual,
de tal manera que hay muchas conexiones que van del tálamo a la corteza visual. Pero en sentido
opuesto, es decir, de la corteza visual al tálamo, las conexiones se multiplican por diez. Este flujo
inverso de información corresponde a las expectativas que el cerebro tiene acerca de lo que los
ojos deberían ver.

Por ejemplo, "cuando gire la cabeza debería ver una silla". El tálamo se encarga de comparar la
información que recibe de los ojos con las expectativas que el modelo interno del cerebro ha
predicho. Es decir, lo que denominamos visión, no se corresponde tanto a la información que
poseen los ojos, como a la que posee el modelo interno del cerebro.


El modelo interno cerebral es el responsable de que podamos recorrer la calle de una ciudad sin
que necesitemos prestar mucha atención en ello. El modelo interno del cerebro, construido a
partir de años de experiencia de caminar por las calles, elabora conjeturas acerca de lo que
podemos encontrarnos. En lugar de utilizar los sentidos para reconstruir a cada momento la
realidad desde cero, comparamos la información sensorial con un modelo que el cerebro ya ha
construido: lo actualiza, lo refina, lo corrige. El cerebro tiene tanta experiencia en esta tarea que
normalmente la lleva a cabo sin que el sujeto se dé cuenta (Eagleman, 2017, pp. 71-72).
Durante siglos hemos creído que la realidad que percibimos es independiente del instrumento
que la observa pero, de hecho, existen dos realidades: una «ahí afuera», que nunca
conoceremos, y otra, la realidad cerebral, que es la que vivimos y la única accesible; la "realidad
cerebral", afirma el neurocientífico Francisco J. Rugia, es una reconstrucción, una simulación de
lo que ocurre en la realidad "ahí afuera". "Existe una realidad exterior, pero todo lo que vemos,
oímos, olemos, sentimos, creemos, está dentro de nosotros mismos, es el lenguaje del propio
cerebro el que nos está permanentemente hablando" (Rubia, 2006, 68-74).

La mecánica cuántica
La física de Aristóteles consideraba que una entidad física es aquella que posee movimiento o
reposo. Con Galileo y Newton se introdujeron también los conceptos de masa y posición que, a
su vez, hacen referencia al tiempo. Bajo este marco, los conceptos de masa, tiempo, posición,
velocidad, etc., adquieren un valor absoluto. Por ejemplo, si se pudiera conocer con exactitud
cuál es la posición de una bala, su velocidad y dirección, así como el resto de variables
intervinientes, la física newtoniana afirma poder predecir dónde y cuándo impactará, y el efecto
que producirá en el objetivo.

De estas premisas se desprende que la física newtoniana concibe que la naturaleza posee una
forma precisa y delimitada y que es posible conocerla y predecirla. En definitiva, podría afirmarse
que "La física clásica es realista, lo cual supone que las magnitudes físicas consideradas en una
cosa tienen un valor u otro con independencia que nosotros sepamos o no cuál es ese valor"
(Gómez Pin, 2019, p. 237).
En 1905 Einstein formuló la tesis de la relatividad restringida, en la que afirmó que la distancia
espacial o temporal no es una entidad o un valor en sí mismo, sino que es relativa al cuerpo que
se escoge como sistema de referencia. Por otro lado, también enunció que no existe ningún
sistema de referencia absoluto o privilegiado. "Sucesos que son simultáneos respecto a la vía no
lo son respecto al tren, y viceversa (relatividad de la simultaneidad). Cada cuerpo de referencia
(sistema de coordenadas) tiene su tiempo especial; una indicación temporal tiene sentido solo
cuando se indica el cuerpo de referencia al que remite." (Einstein, 2008, pp. 29-30). A partir de
estas dos premisas Einstein dedujo que dos acontecimientos que son "simultáneos" con respecto
a un sistema de referencia, no lo son con respecto a otro sistema que está en movimiento con
relación al primero. Por consiguiente, la simultaneidad y con ella la distancia espacial y temporal
pierden su objetividad y son considerados relativos a un sistema de referencia. Y también lo son
todos los conceptos que incluyen determinaciones espacio-temporales (longitud, masa,
volumen, aceleración, etc.). Es decir, Einstein convirtió en relativos conceptos y fenómenos que
la física newtoniana consideraba absolutos.
La teoría de la relatividad dio paso a la física de los procesos atómicos, denominada física
cuántica, que contribuyó aún más a poner en cuestión los conceptos de objetivo y subjetivo, así
como las teorías deterministas a las que ya se había enfrentado Bergson (Canales, 2020, pp. 285294). El mundo subatómico no puede percibirse con los sentidos. El principio de incertidumbre o
indeterminación de Heisenberg afirma que no podamos llegar a conocer el objeto tal como es, al
menos cuando se trata de partículas subatómicas.


Por ejemplo, para poder observar la trayectoria de un electrón es necesario proyectar un fotón
de luz que, al chocar contra aquel provoca un cambio en su posición y velocidad.

Esto es lo que ocurre en la escala atómica: la observación de un fenómeno modifica el fenómeno
de modo imprevisible. Por ello, la física cuántica renuncia a conocer de forma perfecta la realidad
y se limita a describir la información que se tiene de la naturaleza. En palabras de Niels Bohr: "Las
manifestaciones atómicas de la naturaleza nos han enseñado que no podemos usar la palabra
fenómeno sin precisar al mismo tiempo el dispositivo experimental o el medio de observación
que tenemos en mente. Cuando se describe un determinado dispositivo experimental y cuando
obtenemos un determinado resultado, se puede hablar de fenómenos, pero no de la
perturbación de un fenómeno por la observación. Más bien habría que hablar de que es
imposible objetivar el resultado de la observación de la manera en que se hacía en la física clásica
o se hace con las experiencias cotidianas." (Heisenberg, 2004, p. 138).
Pero la mecánica cuántica también plantea otro problema relacionado con el límite entre lo
objetivo y lo subjetivo, que hace referencia al hecho que no es posible saber con precisión si
aquella partícula subatómica que se pretende observar sea realmente una cosa. Por ejemplo,
según el experimento que realicemos, la partícula subatómica se comporta como partícula o bien
como onda (energía). Según Heisenberg, para poder percibir un objeto primero hay que
transformarlo en una representación, es decir, una imagen coherente y llena de sentido y a partir
de ahí formar un concepto. Pero los elementos subatómicos no tienen una fijación objetiva y por
tanto no es posible hacerse representaciones o imágenes de ellos. Los elementos subatómicos
no se pueden ver, sólo sus efectos son visibles. En palabras de Heisenberg: "Puedo ver
directamente un gato, ya que he podido transformar las impresiones sensoriales en
representación. El gato tiene una parte objetiva y una subjetiva: el gato como objeto y el gato
como representación (...) Con los átomos es otra cosa.


No hay separación entre objeto y representación, porque, de hecho, el átomo no es ni una cosa
ni la otra. Los átomos producen efectos pero no son una cosa y por tanto no pueden tener
estatuto de realidad." (Heisenberg, 2004, pp. 25-26).

El psicoanálisis
Fantasía y realidad
En la década de 1890 Freud (1856-1939) construía su teoría sobre la etiología de la histeria y
pronto advirtió la importancia de lo que denominó "realidad psíquica". En una carta fechada el
21 de septiembre de 1897 dirigida a su amigo y confidente Fliess, y que es clave en la historia del
psicoanálisis, Freud manifestaba el error de haber creído ciegamente en los relatos de sus
pacientes histéricas, cuando le contaban una tras otra haber sufrido en la infancia un abuso
sexual por parte del padre o un referente paterno. Ahora Freud tenía motivos para creer que
aquellas narraciones no siempre eran ciertas. Pero el problema fundamental con el que Freud se
topaba era haber formulado una teoría sobre la etiología de la neurosis fundamentada en
aquellos relatos. "Ya no creo en la neurótica" -que así denominaba a su teoría-, le confesaba
Freud a Fliess en la citada carta (Freud, 1988a, p. 301).
Pero ante esa evidencia Freud no desechó su teoría sino que incorporó a ella el concepto de
"realidad psíquica", que hace referencia a que una fantasía puede llegar a tener el mismo poder
traumático que un hecho ocurrido de verdad. Por ejemplo, fantasear haber sido víctima durante
la infancia de un abuso sexual perpetrado por el padre o un adulto puede desencadenar en la
edad adulta la misma sintomatología histérica que haberlo sufrido en la realidad.


Freud diferenció, pues, entre "realidad psíquica" y "realidad material" y concluyó que en la
etiología de la neurosis, "la realidad psíquica es la decisiva" (Freud, 1988f, p. 336). Para Freud la
fantasía puede tener valor de realidad.

Deseo y pulsión
El bebé nace con un conjunto de necesidades, como la sed, hambre, sueño, afecto, etc., y
conseguirá saciarlas gracias a un objeto determinado, como por ejemplo, la leche en el caso del
hambre. En un primer momento, este objeto calma la necesidad biológica, y de forma inesperada
genera un placer en la esfera psíquica. En un segundo momento, el bebé no sólo buscará saciar
sus necesidades biológicas sino también experimentar de nuevo la sensación de placer. En un
tercer momento, la búsqueda de placer toma autonomía respecto de la necesidad biológica y
adquiere importancia por sí misma: el bebé buscará el placer independientemente de si su
necesidad biológica está satisfecha o no. A su vez, otros objetos sustitutos podrán suministrar
placer, como por ejemplo, el chupete respecto del pecho o el biberón. A la necesidad, y a dicha
forma particular de comportarse en el ser humano, Freud la denominó "pulsión", y concluyó que
la pulsión está en el origen de toda fantasía de deseo (Freud, 1988b, pp. 556-560; Freud, 1988d)1.

Principio del placer versus principio de realidad
Al inicio de la vida psíquica existen únicamente los procesos inconscientes, que obedecen al
principio del placer, lo cual significa que el bebé acepta solamente aquello que le resulta
placentero y hace por descargar la tensión llorando o pataleando ante la frustración o el
malestar. No obstante, la exigencia de las necesidades internas (hambre, sed, calor, amor, etc.)
y la búsqueda de su satisfacción conducen al bebé a aceptar el principio de realidad. Al aumentar
la importancia de la realidad exterior, empiezan a cobrar relieve los órganos sensoriales, la
atención, la memoria y la facultad de pensar y de discriminar aquello que es verdadero de lo que
es falso.


Es decir, paralelamente al descubrimiento y aceptación de la realidad exterior, se desarrolla el
pensamiento consciente, también denominado "consciencia" (Freud, 1988c). No obstante, una
parte del pensamiento consciente consigue escapar del principio de realidad y seguir rigiéndose
por el principio del placer: se trata del fantasear, que se expresa en los niños en el juego y en los
adultos en las fantasías diurnas (Freud, 1988c).

En los procesos inconscientes no rige el examen de realidad, "sino que la realidad del pensar es
equiparada a la realidad efectiva exterior (...) Por eso también es tan difícil distinguir unas
fantasías inconscientes de unos recuerdos que han devenido inconscientes". (Freud, 1988c, p.
230). Es decir, es difícil distinguir si una fantasía inconsciente obedece o no a una realidad vivida
(Freud, 1988c).

Los mecanismos de defensa
Hay ocasiones que la realidad es especialmente severa, como es el caso de una experiencia
traumática, y ocasiones en que la pulsión es muy intensa y no acepta los mandatos del principio
de realidad. En estas circunstancias la pulsión puede lograr liberarse del principio de realidad
gracias a la actuación de los denominados "mecanismos de defensa".
Entre los diversos mecanismos de defensa Freud destaca la importancia de la represión, que
tiene por función apartar de la conciencia un recuerdo especialmente penoso o traumático que
podría perjudicar el desarrollo del resto de las actividades conscientes (Freud, 1988e). Ese
recuerdo no es eliminado sino simplemente apartado de la esfera de lo consciente y conducido
al inconsciente, lo cual significa que en cualquier momento podrá reaparecer, transmutado en lo
que se denomina "formaciones del inconsciente", como por ejemplo, los síntomas, lapsus,
sueños o rasgos de carácter.


No obstante, aunque eso ocurra, el mecanismo de la represión logra que la consciencia siga
ignorando el recuerdo traumático que se esconde tras dichas formaciones. Es decir, la represión
es un mecanismo que tiene por finalidad apartar de la consciencia de determinados aspectos
traumáticos que forman o han formado parte de la realidad.

Conclusiones
¿Por qué Dani, el protagonista de la viñeta clínica que encabezaba este artículo, no consigue
recordar la escena en la que el padre da un empujón al abuelo, antes de que este muriera?
Contemplar una escena de parricidio debe de ser sin duda un trauma difícil de asimilar, sobre
todo a la edad de cinco años, cuando la figura del padre encarna uno de los primeros y principales
ideales (Freud, 1988g, pp. 33-40). Freud llama represión al mecanismo de defensa encargado de
apartar de la conciencia recuerdos traumáticos y eso es lo que pudo ocurrir en el psiquismo de
Dani. Si Dani se hubiera sometido a la Realidad (en mayúscula) seguramente la figura del padre
se hubiera derrumbado como ideal, lo cual representa un grave trauma, no solo para un niño,
sino también para un adulto. Pero, gracias al mecanismo de la represión descrito por Freud, la
imagen del padre dando el empujón al abuelo quedó inmediatamente borrada de su recuerdo y
Dani podía seguir teniendo la figura del padre en dicho lugar ideal. Por mucho que le dijeran que
su padre mató al abuelo, Dani estaba allí y no lo vio. En su realidad, Dani no tiene constancia de
que el padre cometiera ese acto. Es libre de creerlo.
Al principio del artículo, tras la viñeta clínica, se formulaba la siguiente pregunta: "¿Conocemos
la realidad tal como es?". En relación a esta pregunta se ha planteado el punto de vista del
Objetivismo, que afirma que sí es posible conocer la realidad en su estado natural, aunque para
ello sea necesario salvar las interferencias relativas a la subjetividad. Pero diversos pensadores y
científicos afirman que es una quimera pretender anular completamente los componentes
subjetivos en el acto del conocimiento.


Descartes llegó a poner en duda que el ser humano tenga capacidad para conocer la materia de
forma fidedigna. Locke afirmó que existen características del objeto que podemos conocer a
partir de la experiencia directa y otras características que no forman parte del objeto sino que
corresponden a atribuciones del sujeto. Berkeley solo creía en la existencia de las ideas y negaba
que más allá de ellas pudiera existir materia alguna. Según Kant, es imposible conocer el objeto
tal como es, lo que denominó "la cosa en sí", ya que solo podemos conocerlo como "fenómeno",
es decir, una vez que las estructuras trascendentales del conocimiento le han impuesto los
condicionantes del espacio y el tiempo. La filosofía del lenguaje argumenta que sin la existencia
de las palabras y los nombres sería imposible el conocimiento del objeto, ya que es gracias al
lenguaje que el objeto cobra existencia. Las neurociencias proponen el concepto de "realidad
cerebral", argumentando que el conocimiento que tenemos de la realidad está condicionado por
las estructuras neurológicas. La física cuántica asume que la presencia del observador o del
instrumento de observación altera inevitablemente la realidad de las partículas subatómicas.
Finalmente se ha hecho mención del concepto de "realidad psíquica" propuesto por Freud, que
hace referencia a la influencia que tiene el inconsciente psíquico del sujeto en la construcción de
su realidad.
En definitiva, podemos afirmar que resulta difícil aceptar que es posible conocer la realidad tal
como es, pues entre el objeto y su conocimiento por parte de un sujeto existen varios mediadores
que pueden ser, la estructura trascendental de la facultad de conocer, el lenguaje, los
instrumentos de observación, el cerebro, así como la vida pulsional y los mecanismos
inconscientes de defensa.


Agradecimientos
Agradezco a Pol Capdevila Castells, Francis García Collado y Adrià Tortosa, su
asesoramiento en la confección de este artículo (Pol Capdevila Castells y Francis García Collado
son profesores de filosofía en la UPF y la FUB-UAB respectivamente; Adrià Tortosa es
ingeniero químico).


Notas
1.James Strachey, estudioso de la obra de Freud y traductor de la misma a la lengua

inglesa, señaló que el concepto de pulsión no escapa a la confusión y a la ambigüedad (Freud,
1988d, pp. 107-112). El mismo Freud afirmó que la pulsión es un concepto "bastante oscuro, pero
del cual en psicología no podemos prescindir" (Freud, 1988d, p. 113). Freud definió la pulsión
como "un concepto fronterizo entre lo anímico y lo somático, como un representante psíquico
de los estímulos que provienen del interior del cuerpo y alcanzan el alma" (Freud, 1988d, p. 117).
Es decir, igual que otros pensadores, Freud se encontró con dificultades al querer precisar las
características que conforman la frontera entre lo anímico y lo somático.
2. "Los datos personales del caso clínico que se expone en este artículo, están modificados
para preservar el anonimato".



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