El cambio de paradigma del asociacionismo en salud mental, que implica mayor profesionalización al tiempo que mayor empoderamiento de las personas afectadas, nos ha convertido en agentes de cambio en la percepción social que se tiene sobre la empleabilidad de las personas con trastorno mental grave. A día de hoy, sólo un 14,3% de quien afronta un trastorno mental grave tiene un puesto de trabajo estable. Sin embargo, todos conocemos el efecto beneficioso que tiene una actividad laboral: realización personal, activación mental, aportación social e independencia económica. Todo ello ayuda a mantener nuestra salud mental y a recuperarla a quien la ha perdido. Las asociaciones ejercemos un papel protagonista en el impulso a la empleabilidad: creando centros de empleo, o desarrollando programas de formación y servicios de orientación laboral que ofrecen a los pacientes seguridad y confianza. Las alianzas que está generando el tejido asociativo con el empresarial, gracias al establecimiento de políticas de responsabilidad social de las corporaciones y la alineación con los objetivos de desarrollo sostenible de la Agenda 2030, nos permite aumentar la mediación en la contratación de personas con problemas de salud mental.Sin embargo, el escenario que está dejando la pandemia por COVID_19, puede retrotraer esa evolución positiva debido a una disminución de empleo en los sectores tradicionales de ocupación, ofreciéndose oportunidades en un mercado más tecnificado para el que no está preparado este colectivo.