Según los resultados de distintos estudios, la enfermedad física es un factor independiente de riesgo suicida (1,2). En un trabajo realizado en Inglaterra y País de Gales con 1.000 suicidios consumados entre 1968 y 1970, en un 36.3% de los casos existía una enfermedad orgánica relacionada con el acto suicida (referido en Domenech JR, 1997 [1]). Varios son los factores de la enfermedad física que pueden aumentar el riesgo de suicidio: el dolor, la alteración de la imagen corporal, la incapacidad, la pérdida de independencia, el aislamiento social (que se ve favorecido por alteraciones del habla, la movilidad, la audición o la vista)…, o el que se trate de enfermedades severas e irreversibles como es el caso del SIDA o de muchas neoplasias.