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Salud mental y enfoque de capacidades: más allá del bienestar en la práctica psiquiátrica



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Artículo | Fecha de publicación: 13/02/2026
Artículo revisado por nuestra redacción

  Durante décadas, la conceptualización de la salud mental ha estado dominada por dos grandes marcos: el modelo biomédico, centrado en la enfermedad y los factores orgánicos, y el modelo comportamental, orientado a los factores de riesgo individuales. La progresiva incorporación del concepto de bienestar en la definición de salud por parte de la Orga...

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Durante décadas, la conceptualización de la salud mental ha estado dominada por dos grandes marcos: el modelo biomédico, centrado en la enfermedad y los factores orgánicos, y el modelo comportamental, orientado a los factores de riesgo individuales. La progresiva incorporación del concepto de bienestar en la definición de salud por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) supuso un intento de superar estas visiones reduccionistas.


Sin embargo, en la práctica clínica y en la investigación, se ha producido una equiparación progresiva entre “salud mental” y “bienestar”, generando ambigüedades conceptuales relevantes. El bienestar, aun siendo un componente esencial, no agota la complejidad de la salud mental, especialmente cuando se consideran los determinantes sociales y estructurales que condicionan las oportunidades vitales.


En este contexto, el enfoque de capacidades en salud mental, desarrollado a partir de las teorías del desarrollo humano de Amartya Sen y Martha Nussbaum, ofrece un marco alternativo con implicaciones clínicas, investigadoras y de gestión sanitaria.


Históricamente, el bienestar se vinculó a indicadores objetivos asociados al Estado de Bienestar: ingresos, acceso a servicios sanitarios, educación o vivienda. Con el tiempo, la atención se desplazó hacia dimensiones subjetivas, dando lugar a instrumentos centrados en la percepción individual de felicidad y satisfacción vital.


Esta transición ha contribuido a enriquecer la evaluación de la salud mental positiva, pero también ha generado una sobrevaloración de la subjetividad, desvinculando el análisis de las condiciones estructurales que posibilitan —o limitan— determinados estados psicológicos.


En la literatura contemporánea pueden identificarse tres grandes tradiciones:

1. Bienestar subjetivo (tradición hedónica): se centra en la experiencia de placer, la felicidad y el equilibrio entre afectos positivos y negativos. Ha sido ampliamente operacionalizado mediante escalas de satisfacción vital y afecto. Su fortaleza radica en la facilidad de medición y su aplicabilidad epidemiológica. No obstante, desde una perspectiva psiquiátrica, este modelo puede invisibilizar situaciones de privación estructural en las que la adaptación subjetiva enmascara desigualdades persistentes.

2. Bienestar psicológico (tradición eudaimónica): enfatiza la autorrealización y el desarrollo del potencial humano. Dimensiones como la autonomía, el propósito vital o el crecimiento personal ocupan un lugar central. Este enfoque ha tenido una influencia notable en la conceptualización de la salud mental positiva y en programas de promoción, pero tiende a centrarse en recursos intrapsíquicos, con menor atención al contexto socioeconómico.

3. Bienestar social: introduce la dimensión relacional y comunitaria, considerando la integración, la aceptación y la contribución social. Representa un avance respecto a los modelos exclusivamente individuales, aunque a menudo mantiene una visión del sujeto parcialmente desvinculada de las estructuras que configuran sus oportunidades reales.


El enfoque de capacidades, desarrollado en el ámbito del desarrollo humano, desplaza la pregunta desde “¿qué siente la persona?” hacia “¿qué puede realmente hacer o ser la persona en su contexto?”.


Este marco distingue tres conceptos clave:


Funcionamientos


Son los logros efectivos: estar bien nutrido, participar en la vida comunitaria, mantener relaciones significativas, acceder a educación o empleo. En salud mental, los funcionamientos incluyen la capacidad de establecer vínculos, tomar decisiones informadas o participar activamente en la sociedad.


Capacidades


Se refieren a las oportunidades reales disponibles para alcanzar esos funcionamientos. No basta con evaluar el estado psicológico; es necesario analizar si el entorno ofrece condiciones efectivas para desplegar el potencial humano. Desde esta perspectiva, los determinantes sociales de la salud mental —pobreza, desigualdad, discriminación, acceso a servicios— adquieren un papel estructural, no meramente contextual.


Agencia


La agencia implica la libertad de definir y perseguir metas propias. En el ámbito clínico, este concepto conecta con la toma de decisiones compartida, la recuperación orientada a valores y el respeto a la autonomía del paciente.


La incorporación del enfoque de capacidades en salud mental tiene varias implicaciones relevantes para profesionales sanitarios:

1. Evaluación ampliada: más allá de la sintomatología y del bienestar subjetivo, la valoración clínica podría integrar indicadores de oportunidades reales (acceso a empleo, redes de apoyo, recursos comunitarios).

2. Planificación centrada en la persona: la agencia del paciente se convierte en un eje fundamental, alineándose con modelos de recuperación y prácticas orientadas a la autonomía.

3. Intervención intersectorial: la salud mental no puede abordarse exclusivamente desde el sistema sanitario. Políticas sociales, educativas y laborales forman parte del marco de capacidades.

4. Investigación en salud mental positiva: la literatura sobre salud mental positiva puede enriquecerse incorporando métricas que evalúen no solo estados internos, sino contextos habilitadores.


En términos de gestión, el enfoque de capacidades invita a replantear los indicadores de éxito en salud mental. No se trataría únicamente de reducir síntomas o incrementar puntuaciones de bienestar, sino de ampliar las oportunidades vitales de las personas.


Esto implica diseñar estrategias que reduzcan desigualdades estructurales y fortalezcan entornos comunitarios saludables. Desde la perspectiva de la planificación sanitaria, se refuerza la necesidad de integrar salud mental en políticas de desarrollo humano.


El predominio de los modelos de bienestar ha favorecido, en ocasiones, una visión higiénico-preventiva centrada en la modificación de estilos de vida individuales. El enfoque de capacidades amplía el debate al situar la libertad y las oportunidades como núcleo de la discusión.


En este sentido, la salud mental deja de entenderse exclusivamente como ausencia de trastorno o presencia de bienestar, para concebirse como la posibilidad real de llevar una vida que la persona tiene razones para valorar.


 


Conclusiones prácticas


1. El bienestar es un componente necesario, pero insuficiente, para definir la salud mental de manera integral.

2. Los modelos hedónicos, eudaimónicos y sociales aportan dimensiones relevantes, pero tienden a centrarse en el individuo.

3. El enfoque de capacidades en salud mental integra libertad, oportunidades y contexto socioeconómico.

4. Para la práctica psiquiátrica, este marco permite una evaluación más completa y coherente con los modelos de recuperación.

5. En investigación y políticas públicas, ofrece una base conceptual sólida para abordar desigualdades estructurales.


Reorientar la reflexión hacia las capacidades no implica abandonar el bienestar, sino situarlo dentro de un marco más amplio que contemple cómo las personas consolidan y ejercen sus oportunidades en contextos concretos.


 


Resumen y adaptación editorial: María Dolores Asensio Moreno (Cibermedicina / Psiquiatria.com)


Fuente original: Organización Mundial de la Salud. Constitution of the World Health Organization (1946).
https://www.who.int/about/governance/constitution


Este contenido es un resumen adaptado. La autoría científica corresponde a los autores originales. Artículo distribuido bajo licencia Creative Commons según la fuente original.





 

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