Última actualización web: 21/11/2019

Agorafobia y crisis de angustia. Causas y desencadenantes

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Autor/autores: Pau Martínez Farrero
Fecha Publicación: 11/04/2018
Área temática: Psicología general , Salud mental , Trastornos de ansiedad .
Tipo de trabajo: 

Col.legi Oficial Psicologia Catalunya

Libro exclusivamente disponible en formato digital - PDF descargable

RESUMEN

Etimológicamente, la palabra «agorafobia» significa miedo a los espacios abiertos pero en su sentido técnico también se emplea para hacer referencia al temor a los lugares pequeños o cerrados, o al miedo de hallarse en medio de una multitud. En la agorafobia, las características de un determinado espacio físico se convierten en una seria amenaza. Adentrarse en él puede conllevar padecer una crisis de angustia, es decir, una reacción descontrolada de angustia. Evitar dicho lugar es la forma más segura de que la crisis no se repita, pero esta radical solución limita la libertad y deteriora la autoestima.

En la agorafobia, como ocurre en todas las fobias, no se tiene miedo a un peligro real, sino a un peligro imaginado. Esta característica diferencia el «miedo» de la «fobia»: en el miedo la amenaza parte de la realidad objetiva; en la fobia, en cambio, la amenaza pertenece al reino subjetivo que recrea la imaginación. El problema de la fobia radica, por tanto, en la imaginación, que a su vez está condicionada por la propia historia personal. La agorafobia suele manifestarse a partir de alguna de estas tres circunstancias: una experiencia traumática, una crisis de angustia, o la reactivación de los miedos propios de la infancia y la adolescencia que no se resolvieron en aquel momento evolutivo. El presente libro analiza cada una de ellas.

Palabras clave: agorafobia, crisis de angustia, causas, desencadenantes, ataque de pánico, crisis de ansiedad


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AGORAFOBIA
Y CRISIS DE ANGUSTIA
CAUSAS Y DESENCADENANTES

Pau M art í n e z Farre ro



ESTE LIBRO SE HA PUBLICADO GRACIAS AL RESPALDO DEL
COL·LEGI OFICIAL DE PSICOLOGIA DE CATALUNYA





Pau Martínez Farrero

AGORAFOBIA
Y CRISIS DE ANGUSTIA
CAUSAS Y DESENCADENANTES

ESTE LIBRO SE HA PUBLICADO GRACIAS AL RESPALDO DEL
COL·LEGI OFICIAL DE PSICOLOGIA DE CATALUNYA

© Pau Martínez Farrero, 2018
Diseño de cubierta: Jan Serra (www.janserra.net)
Corrección de estilo: María Jesús Rodríguez
Composición: Alfa
ISBN: 978-84-697-9275-9

Cualquier forma de reproducción, distribución,
comunicación pública o transmisión de esta obra
solo puede ser realizada con la autorización
de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos
Reprográficos, www.cedro.org) si necesita
fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Índice

Prefacio ______________________________________________
13
Nota aclaratoria _______________________________________
15
Introducción __________________________________________17
capítulo primero:

La agorafobia _________________________________________21
¿Qué se entiende por «agorafobia»? ______________________21
La agorafobia debilita la autoestima
y la autoconfianza __________________________________25
El círculo del miedo ____________________________________27
Una jugada de la imaginación ___________________________30
Detrás de la agorafobia hay una historia personal___________35
Síntesis _______________________________________________40

capítulo segundo:

La agorafobia como secuela de una
experiencia traumática_______________________________43
La memoria___________________________________________43
Los recuerdos traumáticos_______________________________45
La experiencia traumática_______________________________46
La agorafobia como secuela de una
experiencia traumática_______________________________51
Superar una experiencia traumática_______________________54
El temor a los propios sentimientos_______________________59
Síntesis_______________________________________________64
capítulo tercero:

La agorafobia que surge tras una crisis de angustia__________65
El miedo______________________________________________65
El pánico_____________________________________________66
La angustia____________________________________________67
El estrés_______________________________________________69
El miedo y la angustia___________________________________71
La crisis de angustia____________________________________72
La ansiedad anticipatoria y la escalada del miedo:
miedo al miedo_____________________________________76
La crisis de angustia obedece a
una causa psicológica________________________________80
Un poco de psicoanálisis________________________________84
La crisis de angustia: causas y desencadenantes_____________97
En la crisis de angustia, la angustia fluye de forma desatada___99
¿Por qué puede transcurrir mucho tiempo entre el momento
en que surge la causa de la crisis de angustia y el
momento en que se desencadena?_____________________102

¿Por qué el desencadenante sí tiene capacidad
para desatar una crisis?_______________________________104
¿Por qué es importante detectar cuál
ha sido el desencadenante de una crisis de angustia
si en realidad no es su causa?_________________________107
La relación entre la agorafobia y la crisis de angustia________ 112
Síntesis_______________________________________________116
capítulo cuarto:

La agorafobia como consecuencia de la reactivación de
los miedos propios de la infancia y la adolescencia_______ 119
El miedo durante la infancia_____________________________119
La identificación con los miedos de los padres______________ 120
La construcción de la identidad__________________________122
Del miedo a la fobia____________________________________124
Fobias latentes, encubiertas o intermitentes_________________130
La agorafobia de inicio en la infancia______________________135
Síntesis_______________________________________________139
Conclusiones__________________________________________141
Entender ayuda a contener la angustia_____________________141
Entender ayuda a saber qué hace y a cambiar______________143
Entender ayuda a prevenir_______________________________144
Entender proporciona conocimiento sobre uno mismo_______ 145
Entender proporciona coraje_____________________________146

Prefacio

El 27 de mayo de 2016 tuve la oportunidad de impartir un seminario sobre agorafobia y crisis de angustia en el Col.legi Oficial
de Psicologia de Catalunya. Expuse que la agorafobia y su «compañera», la crisis de angustia, son señales de que existe una inquietud que reclama ser escuchada y de un problema que necesita ser entendido. Agradezco a los colegas que participaron en
él, su disposición a debatir y compartir. De dicho encuentro surgió la idea de escribir este libro, planteado con el objetivo de
que pueda ser leído también por el público en general.
Asimismo, mi agradecimiento a los protagonistas de las historias que aquí se narran, y a todos aquellos a quienes debo mi
experiencia profesional en el ámbito de la agorafobia y la crisis
de angustia.
Agradezco también a Sol Trias, Alícia Vallès y Susi Rodríguez
la lectura atenta de los borradores y los conocimientos e ideas
que han aportado a este libro.

-- 13 --

agorafobia y crisis de angustia

Doy las gracias al Hospital Sagrat Cor (Germanes Hospitalàries) y al Col·legi Oficial de Psicologia de Catalunya.
Y finalmente, mi reconocimiento a la labor artística del ilustrador Jan Serra, que ha cumplido con creces el encargo de
embellecer la portada.

-- 14 --

Nota aclaratoria

Los relatos que aparecen en las siguientes páginas están basados en historias reales. Sus protagonistas han autorizado la inclusión en este libro. No obstante, con el fin de preservar su
identidad, se han modificado algunos datos, aunque ello no
afecta a la comprensión del texto. Los nombres propios y los
topónimos han sido escogidos al azar.

-- 15 --

Introducción

Imaginemos a un niño de 9 años, al que llamaremos Alberto,
intentando resolver el siguiente problema de matemáticas: «Si
un carpintero fabrica 6 sillas de madera en 2 horas, ¿cuántas
sillas podrá fabricar en 5 horas?».
Al leerlo, Alberto recuerda otro problema matemático sobre
sillas de madera que se había planteado días atrás y que se resolvía sumando todas las cifras que aparecían en el enunciado.
Por tanto, la respuesta al problema de ahora es, 6 + 2 + 5 = 13.
El carpintero podrá fabricar 13 sillas de madera. No obstante,
antes de entregar el ejercicio al profesor, reflexiona y se da
cuenta de que aquel enunciado era distinto al actual. Se trataba
de calcular cuántas sillas de madera había en tres aulas y, consecuentemente, la solución consistía en sumar el número de
sillas de un aula, con el número de sillas de la otra y el número
de sillas de la tercera. Efectivamente, aquel enunciado planteaba un problema distinto, lo cual significa que aquella estrategia

-- 17 --

agorafobia y crisis de angustia

de cálculo no puede aplicarse al presente ejercicio. Alberto se
siente confundido, cree que es un problema muy complicado y
no sabe por dónde empezar. Está dispuesto a decirle al profesor
que no lo entiende, pero antes de levantarse de la silla y dirigirse hacia él, vuelve a leerlo.
En una hoja de papel se le ocurre dibujar una circunferencia
y 6 sillas en su interior. Representa el número de sillas que el
carpintero puede fabricar en dos horas. Alberto permanece un
instante sin saber cómo continuar, creyendo que ese dibujo no
tiene utilidad alguna, una prueba de que él no entiende de matemáticas. Tras unos instantes de confusión, recuerda las últimas explicaciones del profesor acerca de las multiplicaciones y
las divisiones. Vuelve a leer el enunciado y observa el dibujo
que ha hecho. Se le ocurre trazar una línea que divide la circunferencia en dos, de tal modo que cada semicírculo resultante contiene 3 sillas y representa el tiempo de una hora. Si en
una hora el carpintero puede fabricar 3 sillas, solo queda multiplicar ese número por las 5 horas que dicta el enunciado. El
problema ya está resuelto: en 5 horas el carpintero podrá fabricar 15 sillas de madera. Lo repasa y entrega al profesor quien,
minutos más tarde, lo explica en la pizarra. Alberto comprueba
que lo ha hecho bien y se siente orgulloso. ¡Las matemáticas
están empezando a gustarle!

¿En qué momento de esta historia podemos afirmar que Alberto
consiguió solucionar el problema? ¿Al obtener la cifra final de
15 sillas o al entender que la clave consistía en calcular el número de sillas que el carpintero podía fabricar en una hora?
Podemos afirmar que Alberto solucionó el problema cuando lo

-- 18 --

introducción

entendió porque, una vez entendido, ya solo se trataba de aplicar una serie de operaciones de cálculo rutinarias.

¿Por qué empezar un libro sobre agorafobia y crisis de angustia
tratando de problemas matemáticos? El miedo a pasear por una
avenida, permanecer en una sala de cine o viajar en un transporte público se denomina «agorafobia» y es un problema que
se le plantea a quien lo padece. Decimos que se trata de un
problema de tipo psicológico. Pero, igual que ocurre con las
matemáticas, cuando el problema de la agorafobia se entiende,
la solución se revela, porque entender es el primer paso para
resolver cualquier tipo de problema, y eso es lo que nos proponemos conseguir en el presente libro.

La agorafobia suele presentarse siempre de una misma forma:
miedo de salir a la calle, viajar en transporte público, frecuentar
un lugar concurrido, etc. ¿Eso significa que todos los casos de
agorafobia tienen origen en el mismo problema? No. Igual que
existen miles de problemas matemáticos distintos sobre sillas de
madera (¿cuántas sillas de madera serán capaces de fabricar dos
carpinteros en un día?, ¿cuántas sillas de madera caben en una
aula?, ¿cuántas sillas de madera puede transportar un camión?,
etc)...
el problema de la agorafobia puede obedecer a
causas distintas y, para conseguir resolverlo,
es necesario atender a la historia particular que
cada persona ha vivido.

-- 19 --

agorafobia y crisis de angustia

Dicho de otro modo, detrás de cada problema matemático hay
un enunciado diferente, y detrás de cada agorafobia, una historia personal. Esto es lo que en las próximas páginas intentaremos mostrar, con la ayuda de los relatos que nos explicarán sus
propios protagonistas.

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ca p í t u l o p r i m e r o

La agorafobia
¿Qué se entiende por «agorafobia»?

Alexandra tiene 20 años y vive en Vorau, un pequeño
municipio situado a 30 kilómetros de Viena, ciudad a la
que ha estado acudiendo diariamente desde hace dos
años para estudiar diseño gráfico.
Hace algunas semanas obtuvo el carnet de conducir y
lo quiso celebrar yendo a cenar a Viena con dos amigas.
Durante el viaje condujo tranquila. Al llegar aparcaron y
pasearon hasta el restaurante. Pero al entrar en él sufrió
un fuerte mareo. «Mi único pensamiento giraba alrededor de tener que volver conduciendo hasta Vorau. Empecé a temblar y temía desmayarme. Mi corazón latía tan
rápido que creía que iba a estallar. Me faltaba la respiración y ardía de calor.» Pidió a sus amigas que la acompa-

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agorafobia y crisis de angustia

ñaran a la calle y se sentó en las escaleras de la entrada.
«Nunca me había ocurrido nada igual y no entendía qué
me estaba sucediendo. Poco a poco fui tranquilizándome
y respirando mejor, pero sentía una necesidad imperiosa
de regresar a casa.» Volvieron sin cenar, y condujo una de
sus amigas.
Al llegar a Vorau se sintió recuperada del todo y no
quiso dar más importancia a lo sucedido. Pero el lunes, al
subir al vagón del tren para ir a Viena como hacía todas las
mañanas, sufrió un nuevo mareo. «Iba a bajarme pero cerraron las puertas y el tren arrancó. Las piernas me temblaban y decidí sentarme en el suelo. Intentaba concentrarme en la porción de cielo que veía a través de las ventanas,
calculando los segundos que faltaban hasta la siguiente
estación. Al llegar, me levanté y como pude salté del vagón. Me recosté en un banco y un guarda vino a preguntarme qué me ocurría. Después llamó a una ambulancia.
En el hospital me informaron que se trataba de una crisis
de angustia. Mis padres vinieron a buscarme y al llegar a
casa me eché en la cama porque era incapaz de hacer otra
cosa. Me quedé dormida y después de varias horas me
desperté, sintiéndome extraña conmigo misma, desanimada y sin ganas de hacer nada. Al día siguiente no tenía
fuerzas para ir a clase. Y al otro, tampoco. Cada vez me
veo menos capaz de viajar hasta Viena o alejarme de Vorau. Supongo que acabaré perdiendo el curso.

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la agorafobia

Etimológicamente, la palabra «agorafobia» significa miedo a
los espacios abiertos,1 pero en su sentido técnico también hace
referencia al temor a los lugares pequeños o cerrados, y al miedo a hallarse en medio de una multitud. Se denomina «agorafobia», por ejemplo, el temor a pasear por una avenida, viajar en
transporte, adentrarse en un centro comercial, una sala de cine,
un estadio, permanecer en un espacio pequeño del que puede
resultar complicado salir, una sala repleta de asistentes, etc. Es
decir, «agorafobia» es el miedo que generan las características
físicas de un determinado lugar. En la agorafobia, el espacio físico se convierte en una seria amenaza y el hecho de adentrarse en él predispone a sufrir una crisis de angustia, es decir, una
reacción descontrolada de angustia que protagonizan los pensamientos y el sistema fisiológico.
La historia de Alexandra muestra qué siente una persona que
empieza a sufrir agorafobia. En ella todo empezó de repente,
tras una crisis de angustia. Desde entonces no puede alejarse de
Vorau. Si lo hace, se arriesga a padecer una nueva crisis.
En los siguientes capítulos analizaremos tres situaciones a
partir de las cuales la agorafobia suele desencadenarse: a) la
experiencia traumática, b) la crisis de angustia (como es el caso
de Alexandra), o c) la irrupción en la edad adulta de miedos

1. Se entiende por «fobia» tener miedo a algo determinado. Entre los distintos
tipos de fobias se encuentra la agorafobia. El término «agorafobia» fue acuñado en 1872 por el médico alemán Carl Westphal, quien escribía: «Desde hace
años vienen a verme pacientes con la queja singular de que no les era posible
atravesar plazas, ir al teatro al aire libre y pasear por ciertas calles, y que el
temor a estos recorridos les impedía su libertad de movimientos». En Serge
Vallon, El espacio y la fobia, Ediciones del Serbal, Barcelona 1988, pág. 26.

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agorafobia y crisis de angustia

propios de la infancia y la adolescencia que no se resolvieron
en aquel momento evolutivo. En cualquiera de estas situaciones
la agorafobia se puede definir como el miedo a sufrir una crisis
de angustia en un lugar determinado. Y para prevenirlo, dicho
lugar se evita, como hace Alexandra.
La crisis de angustia, también llamada «ataque de angustia»,
«de ansiedad» o «de pánico», es una reacción descontrolada
de angustia. La persona que experimenta la crisis, siente que su
corazón se acelera y una fuerte presión en la zona pectoral, le
cuesta respirar, el calor invade su cuerpo, se ahoga, sus músculos se contraen..., acompañado todo ello de pensamientos catastróficos.2 Esta reacción suele interpretarse por quien la padece como signo de una enfermedad orgánica fulminante, lo cual
incrementa aún más la angustia, que a su vez acelera dichos
cambios metabólicos.
En definitiva, se trata de una espiral que crece en intensidad
hasta que la angustia se desborda, que es lo que se entiende
como una crisis. La crisis de angustia es una sensación horrorosa y traumatizante. Quien ha padecido una crisis de angustia
vivirá con el temor de que vuelva a sucederle y, por ello, evitará frecuentar los lugares en los que cree que corre ese riesgo. La
crisis de angustia también puede manifestarse más levemente,
en forma de mareos o vértigo.
Las causas de la crisis de angustia obedecen a un entramado
psicológico que, como más adelante mostraremos, a menudo

2. Freud, S., «Sobre la justificación de separar de la neurastenia un determinado síndrome en calidad de "neurosis de angustia"», Obras Completas, Vol.
III, Amorrortu Editores, Buenos Aires 1988, págs. 92-99.

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la agorafobia

resulta difícil de reconocer. Tal dificultad crea incertidumbre y
desconfianza en uno mismo, es decir, una sensación personal
de debilidad que predispone a seguir sufriéndola. Se trata, efectivamente, de un círculo del que solo se puede escapar cuando
se descubre y se pone una solución a los motivos encubiertos
que determinan la crisis de angustia.

La agorafobia debilita la autoestima
y la autoconfianza
Quien ha padecido una crisis de angustia en un lugar determinado cree que la forma más segura de evitar que se repita es no
aproximarse a él. Sin duda, se trata de una fórmula infalible,
pero esta forma de actuar limita la libertad y deteriora la autoestima. El hecho de hacerse acompañar de alguien que infunda
seguridad también afecta a la independencia y la capacidad de
autonomía del individuo.3
Cuanto más se aceptan los dictámenes impuestos por el
miedo menos se confía en ser capaz de enfrentarse a él. Al
perder la autoconfianza se genera una espiral en que el miedo
se apodera de la voluntad. Las cosas ya no se hacen por deseo, sino por miedo. Cuando la voluntad está muy debilitada
cualquier circunstancia termina representando una amenaza.

3. Freud, S., «Inhibición, síntoma y angustia», Obras Completas, Vol. XX,
Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1988, pág. 121.

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agorafobia y crisis de angustia

Las conductas de evitación (es decir, no aproximarse a los lugares donde se cree que puede acontecer el pánico, o hacerlo
solamente si se va acompañado) representan una conquista
del miedo y una renuncia a la libertad. Esto podemos comprobarlo en la historia de Alexandra, quien ha tenido que abandonar los estudios de diseño gráfico por su temor a viajar a
Viena.
Sucumbir ante el miedo es un mal remedio para vencer la
agorafobia puesto que este tiene la propiedad de expandirse, y
de convertir en inseguros cada vez más y más lugares. Si este
problema no se resuelve, el hogar llegará a ser el único lugar
donde poder sentirse tranquilo, y resultará imposible alejarse
de él. Si no se lucha contra el miedo, no queda otro remedio
que someterse a él y eso supone tener que adaptar la propia
vida a las limitaciones que este impone.

Mónica tiene 18 años y al acabar el bachillerato empezó
a cursar educación infantil. Hasta entonces siempre había estudiado en la misma escuela, cerca de su casa. No
había conocido más amigos que sus compañeros de clase. Alguna vez había realizado actividades extraescolares, pero siempre acompañada de alguno de ellos. Estudiar en la universidad suponía ir sola por primera vez a
un lugar desconocido. Se matriculó en una facultad situada a unos 45 minutos de su casa, a la que llegaba combinando dos transportes públicos. Un día, poco después de
empezar, sufrió una crisis de angustia al dirigirse a ella.
Durante unos días dejó de ir. Pasado un tiempo volvió a
intentarlo y le ocurrió lo mismo. Le producía pánico ale-

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la agorafobia

jarse de su casa. Mónica optó por abandonar los estudios
y al poco tiempo encontró trabajo cuidando a los hijos de
una vecina, actividad que combinó impartiendo clases
particulares a otros niños del barrio. Al cabo de un tiempo empezó a salir con el hermano mayor de uno de sus
alumnos. A su lado sí era capaz de ir a todas partes.

La historia de Mónica muestra qué es una agorafobia encubierta: Mónica ha conseguido construir una vida aceptando las limitaciones impuestas por el miedo, una vida caracterizada por
la renuncia de metas y aspiraciones.

El círculo del miedo
La persona que padece agorafobia teme adentrarse en los lugares donde cree que podrá sufrir una crisis de angustia. Pero ¿por
qué motivos habría de sufrir allí una crisis de angustia?, podemos preguntar. Por regla general, la respuesta es: «Porque se
trata de un lugar donde no habrá nadie para ayudarme si sufriera una crisis de angustia». Este es un argumento contradictorio
en sí mismo, un pez que se muerde la cola, un círculo cerrado
que no conduce a ninguna parte. No obstante, difícilmente se
obtendrá una explicación más aclaradora.

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agorafobia y crisis de angustia

César tiene 68 años. El verano pasado fue con su esposa
a un hotel de la costa, un edificio que contaba con varios
pisos, pasillos y amplias salas de estar. Su habitación era
espaciosa y bonita, con una terraza desde la cual se divisaba el mar. No obstante, en ella César se sentía incómodo y agobiado. Imaginaba que, si por algún motivo tenía
que salir deprisa del hotel, se perdería por los pasillos y le
costaría llegar a la calle. Él y su esposa procuraron pasar
la mayor parte del día en la playa o visitando los alrededores, pero no podía dejar de pensar en el momento de
llegar por la noche a la habitación y que le sobreviniera
la sensación de ahogo. Durante aquellos días de vacaciones, César casi no pudo dormir ni descansar. Su esposa le
propuso cambiar de hotel, ir a otro más pequeño que no
tuviera tantos pasillos, pero César hizo un esfuerzo y permaneció allí hasta que regresaron a casa.
En su último aniversario de bodas unos amigos les han
regalado un viaje en un crucero, pero se siente incapaz
de realizarlo porque el camarote está situado en un lugar
alejado de cubierta. «Si me encuentro mal y tengo que
salir, entre el camarote y la cubierta hay muchos pasillos
y escaleras y eso me ocasionaría sentirme encerrado. Si el
camarote estuviera situado cerca de cubierta sí iría, pero
me han informado que esos ya están ocupados.»

Recapitulemos: César se sentía encerrado en su habitación del
hotel, aunque disponía de una hermosa terraza con vistas al
mar. También temía sentirse encerrado en el camarote, por el

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la agorafobia

hecho de estar alejado de cubierta. ¡Pero, curiosamente, viajar
en un barco rodeado de mar no le producía esa sensación! Probablemente, César necesita saber que, en un momento dado,
puede salir. No importa de dónde o hacia dónde. Lo importante
para él es poder salir. Si profundizamos en la historia personal
de César, entenderemos por qué es tan necesario para él saber
que, en un momento dado, podrá salir:

César trabajaba en el servicio de mantenimiento de una
factoría cuando sufrió un incidente. Reparaba unas grietas
en la cámara de un ventilador gigante que hacía tiempo
que estaba en desuso, cuando de repente y sin saber por
qué, este se puso en marcha. Las enormes hélices empezaron a girar a gran velocidad y la cámara donde se encontraba era tan pequeña y estrecha que César tuvo que pegarse
a la pared para no morir troceado. Pidió auxilio pero el
ruido del ventilador era tan intenso que nadie lo oyó. Mientras se mentalizaba que debía permanecer pegado a la pared hasta que alguien se diera cuenta y desconectara el
mecanismo, advirtió que el polvo que se había acumulado
en las hélices se desprendía de ellas y se esparcía por el aire
haciendo imposible la respiración. Entonces César creyó
que moriría asfixiado y empezó a pensar en sus hijos y su
esposa. De repente, el ruido cesó y las aspas del ventilador
se detuvieron. Salió de la cámara y cayó al suelo. Un compañero lo vio y llamó a la ambulancia. Los jefes de César
no quisieron dar importancia a lo sucedido y él hizo lo
posible por reincorporarse al trabajo al cabo de pocos días.

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agorafobia y crisis de angustia

La «factura» le llegó a César años más tarde en forma de una
agorafobia. Ahora necesita saber que allí donde se encuentre
podrá salir.

Una jugada de la imaginación
Por mucho que analicemos las características físicas que posee
el lugar temido, no lograremos entender la causa concreta que
genera el miedo. Si preguntamos a alguien que padece agorafobia por qué tiene miedo a ese lugar y no a otro, acabará respondiendo: «No sé por qué tengo miedo... ¡lo único que sé es que
lo tengo!». La explicación de este misterio es la siguiente...:
el miedo no se debe a las características físicas de un lugar
determinado, puesto que en la agorafobia, como ocurre en
todos los tipos de fobia, no se sufre debido a un peligro real,
sino que la causa del miedo es un peligro imaginado.

A Esmeralda, de 25 años, le producen pánico las cucarachas. Hace unos meses vio que salía una de debajo de un
armario de la cocina de su casa. Se asustó y pensó en huir
corriendo, pero fue capaz de coger un insecticida y rociarla. No obstante, de repente aparecieron muchas más.
«Eran grandes, de color teja, voladoras», especifica. Aquel
día, Esmeralda sufrió un ataque de pánico. Salió al rellano
de la escalera y esperó a que llegara su pareja. «Sentía
vergüenza de mí misma pero no podía hacer nada para

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la agorafobia

remediarlo.» Cuando él llegó, se dirigió a la cocina y de
un golpe de escoba se deshizo de las cucarachas. Eran
solo cuatro pero Esmeralda había creído ver más de diez.
«Cuando veo una cucaracha creo que es más grande de lo
que en realidad es. Mi sistema nervioso salta y mi cabeza
solo piensa en huir. Sé que es un insecto inofensivo, pero
para mí, ver una cucaracha es ver al demonio.»

Toda «fobia», y la agorafobia entre ellas, es un miedo irracional
a algo que en sí mismo no es peligroso. Esmeralda es incapaz
de controlar el miedo cuando ve una cucaracha, aun sabiendo
que se trata de un insecto inofensivo. Una fobia, por consiguiente, surge cuando el miedo se impone a la capacidad de
razonar. Por tanto, podemos afirmar que...
en la fobia, aunque el miedo (que produce un determinado
ser, objeto o situación) es real, el peligro o amenaza
que representa, es imaginado.
El miedo es tan real como el que se experimentaría al advertir
que un árbol se nos va a caer encima. La amenaza también
existe, pero solo existe en la imaginación.4 Esta es la característica que diferencia el «miedo» de la «fobia»...:

4. Sobre la importancia de la imaginación en la producción de un síntoma
fóbico véase, Freud. S., «Análisis de la fobia de un niño de cinco años», Obras
Completas Vol. X, Amorrortu Editores, Buenos Aires 1988, pág. 102.
No obstante, no debe confundirse una fobia (o la agorafobia en particular) con los fenómenos alucinatorios o delirantes, propios de la enfermedad

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agorafobia y crisis de angustia

en el miedo, la amenaza pertenece al mundo de la realidad
objetiva; en la fobia, en cambio, la amenaza pertenece
al reino subjetivo que recrea la imaginación.

mental. En la fobia, la persona sabe que determinado objeto o situación son
inofensivos pero no puede controlar el miedo que le despierta. Recordemos
lo que dice Verónica acerca de su miedo a las cucarachas: «Ver una cucaracha es como ver al diablo». Las cucarachas le despiertan mucho temor, pero
no cree que sean el diablo. Verónica es capaz de reconocer que su temor a
las cucarachas no se justifica por el hecho de tratarse de un insecto peligroso,
sino que debe haber alguna otra causa. Querer saber por qué se tiene tanto
miedo a algo que en sí mismo no representa ninguna amenaza puede estimular la búsqueda de ayuda por parte de un psicólogo o un psicoanalista. En los
fenómenos alucinatorios o delirantes, en cambio, la persona está convencida
de que aquello que le despierta miedo posee verdaderamente un poder amenazante. Analicemos ambos fenómenos:
a) el fenómeno delirante se debe a un trastorno del criterio de realidad. A
diferencia del miedo fóbico, en el delirio se tiene la certeza de que el objeto
o situación que causa miedo representa verdaderamente una amenaza. En un
delirio una persona podría decir, por ejemplo: «Sé que en esta cucaracha está
encarnado el demonio; es lógico que le tema».
b) el fenómeno alucinatorio se debe a un trastorno de la percepción. En
otras palabras, la persona oye o ve estímulos que en realidad no existen. Al
igual que ocurre con el delirio, en la alucinación se tiene la certeza de que
aquello que se percibe es auténtico. En una alucinación, la persona podría
exclamar lo siguiente al contemplar una cucaracha: «Delante de mí tengo
la figura del demonio, con sus abrigo negro, sus ojos rojos, su nariz afilada,
etc.». Si alguien le objetara que se trata de una cucaracha, tal vez le respondería: «Se parece a una cucaracha pero en realidad es la figura del demonio».
Un delirio o una alucinación pueden llegar a despertar una gran angustia
en la persona que los sufre, pero al creer a ciencia cierta de que se trata de
algo fruto de la realidad y no de la imaginación, difícilmente se preguntará:
«¿Qué me está sucediendo?». Por este motivo, suelen ser los familiares y no
la persona que sufre la enfermedad mental, quienes ven la necesidad de que
consulte con un profesional.

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la agorafobia

Por lo general, solemos infravalorar el alcance y las repercusiones del hecho de imaginar, pero hay muchas situaciones de
la vida cotidiana que demuestran que, a veces, la razón permanece sometida al control de la imaginación. Un conocido chiste lo pone en evidencia: el señor A. conduce por una carretera
desértica y de repente advierte que se le ha pinchado una rueda. Se dispone a cambiarla, pero comprueba que el gato hidráulico que necesita para elevar el coche está estropeado. Ve
que a lo lejos hay una granja y se dirige allí para pedirle al
granjero que le preste uno. Mientras se aproxima, piensa en el
dinero que le ofrecerá a cambio: «Veinte euros es una buena
suma».Tras unos instantes, considera que es excesivo y decide
reducir su generosidad a la mitad: «Es cierto que para mí supone un gran favor, pero para él no representa ningún esfuerzo
dejarme la herramienta». Cuando ya está cerca de la granja
vuelve a calcular el importe de su gratitud: «Cinco euros es más
que suficiente puesto que tampoco se trata de que me tomen el
pelo». Por fin llega a la puerta y llama al timbre. El granjero
abre y le pregunta en un tono amable: «¿Qué desea?». El señor
A. le responde groseramente: «¡Váyanse a paseo usted y su
gato!».
El señor A. demuestra ser una persona que le cuesta desprenderse de su dinero aunque sea justificadamente. No esperó a
hablar con el granjero, quien tal vez no le hubiera pedido nada
por dejarle la herramienta. La imaginación le jugó una mala
pasada al señor A. También podemos encontrar muchas otras
situaciones de la vida cotidiana en que la imaginación, y no la
razón, determina la forma de obrar de un individuo. Pensemos,
por ejemplo, en el cine. Hay personas que reaccionan cerrando
los ojos o apartando la mirada de la pantalla ante determinadas

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agorafobia y crisis de angustia

escenas de terror, bélicas, o dramáticas. El espectador sabe que
la pantalla solo muestra actores y efectos especiales, pero en
ese momento está sometido a una imaginación que le conduce
a creer que aquello que ve en la pantalla es real y no algo fruto
de la ficción. Una de las misiones del cine, desde sus inicios
hasta las actuales proyecciones en 3D, es engañar a la razón e
imponer el reino de la imaginación.
No obstante, no todos los espectadores experimentan sensaciones de pánico ante una escena dramática, de terror o bélica.
A la inversa, tales géneros cuentan con numerosos seguidores
que saben apreciar su arte y belleza. Al parecer, estos consiguen mantener su imaginación bajo el control de la razón a
pesar de que el realismo cinematográfico persiga lo contrario.
¿Por qué hay personas a quienes les resulta más fácil que a otras
mantener dicho control? A quien haya vivido de cerca los efectos de la guerra o padecido una experiencia familiar traumática
le resultará fácil identificarse con los actores de una película
bélica o dramática y difícil mantener su imaginación sometida
al control de la razón. Es decir...
la historia personal que cada cual ha vivido condiciona
la forma de reaccionar ante determinadas escenas
o situaciones.
Ahora bien, no se trata de un determinismo absoluto y podemos
comprobarlo, por ejemplo, en el caso de dos hermanos que
han vivido los mismos avatares familiares, han sido educados
por los mismos padres y han terminado desarrollando personalidades distintas. Ver caer la misma lluvia a través del cristal de
la misma ventana puede despertar alegría o esperanza en uno

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la agorafobia

de ellos, y pesimismo y melancolía en el otro. Hay quien sucumbe ante un determinado suceso y queda marcado por él, y
quien lo supera y lo olvida. En el libro Crítica de la razón pura,
uno de los pilares sobre los que se edifica la Psicología, Kant
afirma que el proceso de conocimiento no se produce a partir
de la mera observación de aquello que se desea conocer, como
si la mente humana fuera un receptáculo virgen sin capacidad
de alterar en lo más mínimo las características del objeto, sino
que también está en juego la subjetividad de quien desea conocer, que consigue imponer al objeto las estructuras a partir de
las cuales será capaz de conocerlo.5 Por consiguiente, podemos
afirmar que...
la historia personal está determinada, no tanto por las
experiencias que han acontecido a lo largo de la vida sino,
fundamentalmente, por la forma de enfrentarse a ellas.

Detrás de la agorafobia hay una historia personal
A quien le resulta indiferente contemplar una cucaracha suele costarle entender que a otra persona el mismo hecho pueda producirle pánico. La causa de que una misma cucaracha
provoque reacciones tan dispares es la misma que hemos
analizado respecto a los distintos géneros de cine: la historia

5. Kant, I., Crítica de la razón pura, Tecnos, Madrid, 2009.

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agorafobia y crisis de angustia

personal de quien se halla ante ese insecto. En este sentido
podemos afirmar que el individuo que no experimenta ningún tipo de repulsión al contemplar una cucaracha, es porque al verla solo ve una cucaracha y nada más. En cambio,
quien sufre fobia a las cucarachas, además de ver una cucaracha, su imaginación hace creerle que se trata de un ser terrorífico. Esmeralda explica que al ver una cucaracha ve al
demonio. Por este motivo le aterran a pesar de saber que son
inofensivas...
La contradicción es la característica esencial
de cualquier tipo de fobia.
La contradicción a la que se ve sometido quien padece una fobia provoca un doble sufrimiento. Por un lado, porque la imaginación se apodera de la razón y hace creer en amenazas terribles y, por otro, porque querría dominarse la imaginación
pero no se consigue. Sin duda, la fobia representa una amenaza
para la autoestima de quien la padece. Podemos afirmar, por
consiguiente, que el problema de la fobia radica en la imaginación, que a su vez está determinada por la propia historia personal. En otras palabras...
la historia personal es la responsable de que
un determinado ser, objeto o situación, cause pánico.

Alfredo tiene 25 años y a los 19 sufrió por primera vez
una crisis de angustia, mientras viajaba en metro hacia el
trabajo. «Nunca antes me había ocurrido nada parecido.

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la agorafobia

De hecho, siempre aprovechaba el trayecto para dormir
la siesta puesto que iniciaba mi turno a las tres de la tarde. Aquella mañana había tenido una fuerte discusión
con mi madre, hasta el extremo de que llegó a decirme
que me marchara de casa y que no volviera. Hacía un
año que ella había iniciado una relación de pareja y yo
me llevaba mal con aquel hombre. Había venido alguna
vez a casa y me trataba como si él fuera el propietario y
yo un extraño. Solía darme órdenes y me reñía si no le
obedecía. Y lo peor de todo, es que mi madre siempre le
daba la razón. La discusión empezó cuando mi madre
me informó que vendría a vivir con nosotros. Me puse
furioso y la insulté. Ella me pidió que me fuera y que no
volviera.»
Pocos días después de aquella crisis de angustia que
sufrió yendo al trabajo, Alfredo padeció otra crisis, esta
vez en el cine. Desde entonces le cuesta permanecer
tranquilo en un sitio cerrado porque teme quedar atrapado y no poder salir.
Hasta el día de la discusión con su madre la relación
entre ellos siempre había sido cordial. Su padre murió
cuando Alfredo tenía 5 años y ella se convirtió en la persona en quien confiar. «Era madre y amiga a la vez. Nuestra relación era tan estrecha que nunca eché a faltar la
figura de mi padre.» Pocos días después de la discusión (y
de sufrir una crisis de angustia por primera vez), Alfredo
se fue a vivir con un amigo. Estuvo allí un par de meses y
luego se mudó a un pequeño apartamento. «Desde entonces he ido pocas veces a ver a mi madre. Ella vive con
su pareja y hace dos años tuvieron un hijo. Siento que mi

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agorafobia y crisis de angustia

madre de verdad ha muerto y la que a veces veo es otra
persona.»
Pocos meses antes de sufrir la primera crisis de angustia, Alfredo había empezado a trabajar en el servicio
de limpieza de una terminal de ferrocarril, donde aún
continúa. «Allí se reúnen muchos vagabundos, gente sin
techo, personas extrañas que hablan solas. A veces debo
pedirles que se retiren a otro lugar para poder limpiar
y, como suelen protestar, he de acabar enfrentándome a
ellos. Cuando los veo, no puedo evitar preguntarme qué
ha podido ocurrirles para estar así, y si yo también
terminaré de ese modo. Si acaso un día empezaron a
sentir la misma ansiedad que yo y fueron deteriorándose
hasta llegar a la lastimosa situación en la que ahora
se encuentran. Es un pensamiento que me horroriza y
que intento evitar, pero no consigo quitármelo de la cabeza.»

Recapitulemos: la relación con la madre había sido tan estrecha
que Alfredo nunca echó de menos la figura de su padre. Pero, a
los 19 años, sintiéndose traicionado, se enfrentó a ella en una
dura discusión y decidió abandonarla. Fue ella quien le dijo
que se fuera pero en realidad él nunca ha intentado reconciliarse. Esa misma tarde, mientras iba en metro hacia el trabajo,
sufrió su primera crisis de angustia. ¿Pudo haber influido en ello
la discusión con su madre?
Hacía poco que había empezado a trabajar en una terminal
de ferrocarril, donde a veces debe enfrentarse a vagabundos
que no quieren moverse del lugar donde él ha de limpiar. Alfre-

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la agorafobia

do se pregunta si algún día acabará como ellos, solo y desquiciado, y explica que esta idea le horroriza. ¿Pudo ser ese pensamiento el que precipitara la crisis de angustia? No olvidemos
que ocurrió pocos minutos después de que su madre le dijera
que se fuera de casa.
Han transcurrido seis años desde entonces y, además de la
agorafobia, hay otra serie de circunstancias que continúan estando presentes en su vida: el temor a acabar solo y desquiciado, tener que enfrentarse a vagabundos que no quieren moverse del lugar donde él tiene que limpiar, la relación rota con su
madre... Estas circunstancias que vive y ha vivido, ¿guardarán
alguna relación con la agorafobia que padece?
En los siguientes capítulos intentaremos mostrar que, efectivamente, la agorafobia se genera a raíz de determinados acontecimientos que han ocurrido en la historia personal de quien la
padece, concretamente, a raíz de una o varias circunstancias
conmovedoras que han superado la capacidad de hacerles
frente. Pero, antes de terminar el presente capítulo, nos formularemos una nueva pregunta respecto al problema de la agorafobia que sufre Alfredo: este ha explicado que le horroriza pensar que un día pueda acabar como un vagabundo.
Pero, si aparentemente no existe ninguna semejanza entre
él y un vagabundo, ¿por qué teme que eso suceda? En su
relato, Alfredo nos ha ofrecido una pista que posiblemente lo
aclare: como los vagabundos a los que se enfrenta cuando
no quieren moverse del lugar donde él tiene que limpiar,
Alfredo tampoco quiere moverse de su lugar en el enfrentamiento que le mantiene distanciado de su madre. Es cierto
que aparentemente no hay ninguna semejanza entre la vida
de Alfredo y la de un vagabundo, pero en su inconsciente,

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agorafobia y crisis de angustia

sin que él se dé cuenta, comprobamos que se traza algún
paralelismo.6

Síntesis
Etimológicamente, la palabra «agorafobia» significa miedo a
los espacios abiertos pero en su sentido técnico también se emplea para hacer referencia al temor a los lugares pequeños o
cerrados, o al miedo de hallarse en medio de una multitud. En
la agorafobia, las características de un determinado espacio físico se convierten en una seria amenaza. Adentrarse en él puede conllevar padecer una crisis de angustia, es decir, una reacción descontrolada de angustia. Evitar dicho lugar es la forma
más segura de que la crisis no se repita, pero esta radical solución limita la libertad y deteriora la autoestima.
En la agorafobia, como ocurre en todas las fobias, no se tiene miedo a un peligro real, sino a un peligro imaginado. Esta
característica diferencia el «miedo» de la «fobia»: en el miedo
la amenaza parte de la realidad objetiva; en la fobia, en cambio, la amenaza pertenece al reino subjetivo que recrea la ima-

6. En el estudio exhaustivo realizado por Freud sobre la fobia a los caballos de
un niño de cinco años, al que llamó Hans, y que se complicó temporalmente
con el desarrollo de una agorafobia, podemos comprobar la importancia que
tiene la historia personal en la producción de los síntomas fóbicos. Freud, S.,
«Análisis de la fobia de un niño de cinco años», Obras Completas, Vol. X,
Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1988, págs. 3-118.

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la agorafobia

ginación. El problema de la fobia radica en la imaginación, que
a su vez está condicionada por la propia historia personal. En
otras palabras: la historia personal es la responsable de que un
determinado ser, objeto o situación causen pánico en un individuo.
La agorafobia suele manifestarse a partir de tres circunstancias: una experiencia traumática, una crisis de angustia, o la
reactivación de los miedos propios de la infancia y la adolescencia que no se resolvieron en aquel momento evolutivo. En
el siguiente capítulo abordaremos la primera de estas tres situaciones: la agorafobia como consecuencia de una experiencia
traumática.

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ca p í t u l o s e g u n d o

La agorafobia como secuela
de una experiencia traumática
La memoria
Para comprender qué es una experiencia traumática y los efectos que conlleva es necesario, en primer lugar, subrayar la importancia que para el ser humano tiene la capacidad de memorizar.
La memoria es un don fundamental que posee el ser humano. Sin la capacidad de memorizar, no hubiera llegado a su
nivel de evolución puesto que no habría podido desarrollar ningún tipo de conocimiento. No seríamos capaces de aprender a
multiplicar porque no recordaríamos cómo se suma y se resta.
No podríamos terminar de leer una novela porque no nos acordaríamos de cómo había empezado. Si no existiera el recuerdo
solo seríamos capaces de reconocer las señales vitales que permiten la subsistencia, como aquellas que indican dónde encon-

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agorafobia y crisis de angustia

trar, por ejemplo, una fuente de alimento o dónde se esconde
un posible peligro. Lo haríamos de forma instintiva. Sin memoria el aprendizaje sería imposible.
El hecho de poseer memoria nos ha permitido desarrollar el
lenguaje humano, que está compuesto no solo por señales
­como es el caso de los animales­, sino también y, fundamentalmente, por símbolos. Una señal es una representación auditiva, visual o táctil, que nos informa de la existencia de un
acontecimiento. Por ejemplo, un trueno es la señal de que se
avecina una tormenta. Los animales han aprendido a reaccionar a las señales, huyen, por ejemplo, cuando perciben la proximidad de un depredador. La señal mantiene un nexo natural y
directo con aquello que representa. El símbolo, en cambio, es
una herramienta exclusiva de los seres humanos. El símbolo es
el representante lingüístico de un concepto o significado, pero
entre uno y otro no existe una relación natural directa, sino un
nexo establecido por convención social. Los símbolos, como
son las palabras, las señales de tráfico, los códigos, etc., han
sido creados por una comunidad de hablantes que se ponen de
acuerdo en nombrar de un mismo modo un concepto determinado. La palabra «casa», por ejemplo, no guarda ningún tipo de
similitud física con el concepto al que hace referencia, pero
todos los hablantes de la lengua española están de acuerdo en
denominar «casa» al lugar donde habitan un conjunto de individuos. Para las personas que no sepan español, la palabra
«casa» no representa absolutamente nada.
A diferencia de los animales, el lenguaje humano está compuesto por símbolos y no solo por señales, y esta es la causa de
su complejidad. Gracias a las palabras podemos hablar de cosas que no están presentes. Así, podemos explicar a un amigo

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la agorafobia como secuela de una experiencia traumática

qué hacíamos antes de reunirnos con él y qué haremos cuando
nos despidamos.
La capacidad de memorizar que posee el ser humano le ha
permitido crear un lenguaje complejo que, a su vez, ha contribuido a incrementar aún más dicha capacidad.

Los recuerdos traumáticos
La memoria facilita el desarrollo de las capacidades humanas,
como hemos señalado anteriormente, pero también está al servicio del instinto de conservación. Gracias a la memoria, por
ejemplo, recordamos que comer un determinado alimento nos
ha sentado mal en alguna ocasión y por este motivo evitamos
volver a hacerlo. O recordamos que salir a la calle desabrigados nos causó un resfriado y que, por tanto, hay que ponerse
ropa si hace frío. Es decir, gracias a la memoria somos capaces
de construir una experiencia de los acontecimientos vividos,
que nos ayudará a tomar las mejores decisiones cuando nos
encontremos ante una disyuntiva. Sin la capacidad de memorizar no podríamos adquirir experiencia y continuamente tropezaríamos con los mismos obstáculos. Vivir quiere decir recordar. Siempre estamos recordando aunque no nos demos cuenta
de que lo hacemos. A veces, por ejemplo, distraídamente realizamos el trayecto diario sin reparar en los lugares por los que
estamos transitando. La capacidad de memorizar, por consiguiente, está al servicio del instinto de conservación y también
del desarrollo de la especie humana. «Somos fundamentalmen-

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agorafobia y crisis de angustia

te memoria y lenguaje. Si no tuviéramos memoria no sabríamos
quiénes somos», afirma el filósofo Emilio Lledó.7
Los acontecimientos se recuerdan con más nitidez y precisión si han ocurrido recientemente que si forman parte del
pasado. Por ese proceso natural al que se ve sometida la memoria, lamentablemente olvidamos vivencias que querríamos
recordar y afortunadamente conseguimos deshacernos de recuerdos dolorosos que nos hicieron sufrir. Pero esto último no
siempre es así. Hay recuerdos molestos que, cuanto más nos
esforzamos en olvidar, más intensamente retumban en el pensamiento. Aparecen en cualquier momento, incluso en forma
de pesadillas al soñar, y no permiten que nos concentremos en
otros intereses. Son recuerdos que desgastan la fortaleza y
hunden el ánimo. A estos recuerdos se les denomina «traumáticos».

La experiencia traumática
Se denominan «recuerdos traumáticos» aquellos que rememoran una «experiencia traumática» vivida. Dicha «experiencia
traumática» es la vivencia de un suceso impactante, generalmente referido a la muerte o a una pérdida dolorosa. Tal vivencia acontece de forma inesperada y deja como secuela un

7. Lledó, Emilio, http://www.sistemasolympia.com/images/files/discussion/1/
9ca0c1a57e700e58b4dfc3f863844d93.pdf

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la agorafobia como secuela de una experiencia traumática

«trauma psíquico», es decir, una alteración cognitiva y afectiva
de diferente magnitud que puede manifestarse durante mucho
tiempo y que deteriora las capacidades intelectuales y emocionales del individuo.8

Silvia tiene 38 años y vive con su pareja en una urbanización apartada de un núcleo de población. Una noche él
tuvo que acudir a una cena de trabajo y Silvia se quedó
sola en casa. Mientras conversaba con él mediante mensajes de texto recostada en el sofá del comedor y con la
luz apagada, a través de las cortinas observó la luz de una
linterna que, desde el jardín, intentaba iluminar el interior de la sala donde ella se encontraba. Miró hacia allí y
vio la silueta de un individuo con ropa oscura que se
aproximaba a la puerta de entrada. Silvia se quedó inmóvil, sin saber qué hacer, y de repente le sobrevino el recuerdo del cadáver de un vecino que una semana antes
habían encontrado en una finca de esa misma urbanización, sin que nadie supiera cómo había muerto. Silvia
pudo controlar el pánico y escribió un mensaje de socorro a su pareja. En pocos segundos un coche patrulla llegó a la puerta del jardín haciendo brillar y sonar la sirena.
El extraño ya estaba manipulando la cerradura para entrar
en la casa y, al darse cuenta de la presencia de la policía
quiso huir corriendo. Pero en la oscuridad no vio un ca-

8. Freud, S., «Más allá del principio del placer», Obras Completas, Vol. XVIII,
Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1988, págs. 12-14 y 29-33.

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agorafobia y crisis de angustia

ble que había tendido en el suelo, tropezó con él y se
golpeó la cabeza al caer.
Los agentes llamaron al timbre y Silvia corrió para
abrirles la puerta del jardín. Entraron y oyeron que, desde
el interior, alguien gritaba el nombre de ella. Fueron hacia el lugar de donde partía la voz y hallaron a un hombre
tendido en el suelo y con la cabeza ensangrentada. Se
trataba de un conocido de Silvia, un vecino de la urbanización, que había pretendido entrar a robar creyendo que
no había nadie.
Desde aquella noche Silvia tiene miedo de quedarse
sola en casa y le cuesta conciliar el sueño. Le resulta difícil concentrarse en su trabajo y siente irritación ante cualquier cosa.

Recapitulemos: Silvia estaba recostada en el sofá del comedor,
era de noche y no había nadie más en la casa. Oyó un ruido en
el jardín, miró a través de las cortinas y vio la silueta de un
hombre que pretendía entrar en la vivienda. A esta vivencia se
la denomina «experiencia traumática». En aquel momento Silvia no sabía qué iba a ocurrir pero en esas circunstancias es
fácil imaginar lo peor: podían atacarla, hacerle daño o incluso
matarla. Tal vez, lo mismo que le ocurrió a aquel vecino que
murió de forma misteriosa.
Una experiencia traumática es una vivencia impactante,
pero su efecto paralizante a menudo no se deja sentir en el momento en que ocurre, sino posteriormente. Esto lo podemos
comprobar en la historia de Silvia, quien pudo pedir socorro
mediante un mensaje de texto a su pareja, al ver la silueta del

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la agorafobia como secuela de una experiencia traumática

hombre que pretendía entrar en su vivienda. Esta serenidad con
la que suele afrontarse una experiencia traumática la describe
también Gabriel García Márquez en Relato de un náufrago.9
Mientras regresaban en buque al puerto colombiano de Cartagena, Luis Alejandro Velasco y siete marineros más, fueron arrojados al mar por una ola. Tiempo después, y una vez a salvo,
Luis Alejandro Velasco narra lo siguiente:

«Me di cuenta de que no estaba solo en el mar. Allí, a
pocos metros de distancia, mis compañeros se gritaban
unos a otros, manteniéndose a flote. Rápidamente comencé a pensar. No podía nadar hacia ningún lado. Sabía que estábamos a casi doscientas millas de Cartagena,
pero tenía confundido el sentido de la orientación. Sin
embargo, todavía no sentía miedo. Por un momento pensé que podría estar aferrado a la caja indefinidamente,
hasta cuando vinieran en nuestro auxilio. Me tranquilizaba saber que, alrededor de mí, otros marineros se encontraban en iguales circunstancias. Entonces fue cuando vi
la balsa.»

El efecto paralizante de una experiencia traumática generalmente se sufre, no en ese instante, sino cuando posteriormente
se rememora. Entonces, los recuerdos se apoderan del pensa-

9. García Márquez, Gabriel, Relato de un náufrago, Debolsillo, Barcelona,
2015, pág. 44.

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agorafobia y crisis de angustia

miento y continuamente hacen revivir el suceso traumático, dificultando que la atención y la concentración puedan atender
otros intereses, como le ocurre a Silvia, a quien ahora le cuesta
conciliar el sueño y todo le irrita.
Una experiencia resulta traumática cuando su impacto es
difícil de soportar y como consecuencia aparecen secuelas.
Comúnmente decimos que hay circunstancias vitales que dejan «marca», que «nos dejaron marcados», que «supuso un
antes y un después en nuestra vida», «que trajeron consecuencias», etc. En el caso de Silvia, desde aquella noche que vio
que un extraño quería entrar en su casa le cuesta dormir y todo
le irrita.
Denominamos «traumática» a aquella experiencia que dejó
marcas. No obstante, ninguna experiencia es traumática por sí
misma. El hecho de que una experiencia se convierta en traumática depende de la capacidad de hacerle frente. Ahora bien,
es cierto que resulta muy difícil evitar que determinadas experiencias se conviertan en traumáticas, puesto que es propio del
ser humano sucumbir ante ellas.
La experiencia traumática puede acontecer de forma instantánea, como por ejemplo, ser víctima de un atraco callejero, o
suceder de forma continuada durante un período largo de tiempo, como vivir la enfermedad terminal de un familiar. Por regla
general, todos los procesos de duelo y pérdida son traumáticos
por sí mismos.
En función de la violencia con la que impacte la experiencia
traumática, sus secuelas serán más o menos intensas. A su vez,
la violencia del impacto dependerá de lo más o menos prevenida que esté la persona (por ejemplo, haber sospechado que se
trataba de un diagnóstico médico grave), y de la magnitud de la

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la agorafobia como secuela de una experiencia traumática

pérdida que conlleva (por ejemplo, si un accidente de circulación ha dejado o no secuelas físicas...).

La agorafobia como secuela
de una experiencia traumática
La característica principal de la experiencia traumática es que,
por su imprevisibilidad o magnitud, ocurre sin que la víctima
sea capaz de reaccionar. Por ejemplo, sin esperarlo, una persona ha sido menospreciada públicamente y se queda bloqueada
sin saber qué responder. Ante estas circunstancias, la víctima
queda presa del impacto de la experiencia traumática y tendrá
que soportar sus efectos. Por este motivo afirmamos que la experiencia traumática suele dejar siempre algún tipo de secuela
más o menos duradera.
Una de las secuelas más habituales que genera una experiencia traumática es vivir con el miedo a que vuelva a suceder.
Pongamos el caso de que, en una ocasión, un automóvil que se
aproxima en sentido contrario invade nuestro carril y nos vemos involucrados en un accidente. Como consecuencia, probablemente cada vez que circulemos por carreteras de doble
sentido podamos tener la impresión de que, en cualquier momento, un vehículo colisionará contra nosotros. El temor a que
pueda volver a repetirse una experiencia traumática conduce a
las llamadas «conductas de evitación», es decir, tomar precauciones extremas que aseguren que aquello no volverá a suceder. Por ejemplo, quien ha sufrido un accidente de tráfico pro-

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agorafobia y crisis de angustia

cura no viajar en coche. En otras palabras, el miedo a que una
experiencia traumática se repita puede dar lugar a una agorafobia. Desde esta óptica...
la agorafobia representa una medida preventiva extrema
e infalible para evitar que se repita una
experiencia traumática.
Otra secuela importante que deja una experiencia traumática
es la repetición en el pensamiento del recuerdo de las escenas
que se sucedieron antes, durante y después. Por ejemplo, qué
se desayunó esa mañana, qué emisora se estaba escuchando en
la radio, o en qué se estaba pensando antes de colisionar con
un vehículo que circulaba en sentido contrario. Estos recuerdos
invaden el pensamiento y hacen revivir la experiencia traumática. Se trata de recuerdos angustiantes y dolorosos que acaparan continuamente la atención y afectan a la concentración en
las tareas cotidianas. A una persona en concreto le costará recordar qué cenó tres días antes, pero no olvidará los detalles
del accidente que tuvo hace siete

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