Autor/autores:
Literariamente: Literatura y salud mental
Fecha Publicación: 02/11/2026
Área temática:
Psicología general .
La Librería Alberti volvió a convertirse en un refugio frente a la intemperie. El encuentro formaba parte del ciclo Literariamente, impulsado por Fundación Manantial y el Hospital Ramón y Cajal, un proyecto que desde hace años intenta derribar la frontera que separa las humanidades de las ciencias de la salud.
Fue Mercedes Navío quien abrió el diálogo definiendo la voz literaria de Muñoz Molina como una voz "compasiva", capaz de rescatar de los márgenes a quienes han sido olvidados por la historia, la memoria o la sociedad. Para Muñoz Molina, la compasión no es lástima ni paternalismo. Es la capacidad de sentir con los otros.
La consideró el fundamento tanto de la literatura como del cuidado de quien sufre. Y recurrió a Cervantes, a Velázquez y a tantos creadores que fueron capaces de mirar con dignidad a quienes ocupaban los últimos lugares de la escala social.
Recordó entonces los retratos de los bufones y enanos pintados por Velázquez, o el célebre retrato de Juan de Pareja, esclavo y pintor, donde la mirada del artista otorga al personaje una majestad equivalente a la de reyes y papas. Para Muñoz Molina, ahí reside una de las grandes funciones del arte: devolver humanidad a quien ha sido invisibilizado.
"La bondad tiene mala prensa", vino a sugerir, reivindicándola como una forma superior de inteligencia.
La conversación se detuvo en El verano de Cervantes, el ensayo más reciente del escritor. Allí apareció un Cervantes profundamente contemporáneo por estar atento a los excluidos y sensible hacia cualquier expresión de fragilidad humana.
Muñoz Molina recordó cómo en Don Quijote las prostitutas son tratadas con respeto y consideración, cómo los personajes considerados locos son observados con humanidad y cómo incluso los animales reciben atención narrativa.
Para el escritor, el núcleo de la literatura está precisamente en la voluntad de comprender al otro. No como una consecuencia, sino como el impulso mismo que origina la escritura.
Ambos abordaron el sufrimiento personal, la depresión y la tentación de encerrarse en uno mismo. Muñoz Molina recuperó una frase cervantina que eligió como lema de su libro, la idea de que incluso en medio de las propias desgracias no debe desaparecer la compasión hacia las desdichas ajenas.
Confesó que esa cita había adquirido para él un significado especial durante periodos difíciles de su vida. El problema del sufrimiento, explicó, es que puede volvernos egoístas. La enfermedad, la tristeza o la pérdida tienden a concentrar toda la atención sobre el yo.
Y ahí surge un riesgo moral: que el propio dolor nos vuelva incapaces de ver el sufrimiento de los demás.
Mercedes Navío recogió la reflexión y la vinculó a una crítica del victimismo, distinguiéndolo de la experiencia real de ser víctima. Ambos coincidieron en que las víctimas auténticas rara vez se recrean en su condición.
A partir de ahí el escritor formuló una de las ideas recurrentes de la tarde: la necesidad de salir de la prisión del yo. Influido tanto por la literatura como por tradiciones filosóficas orientales, defendió que el individuo no es una fortaleza aislada sino una realidad profundamente conectada con los demás y con el mundo.
Quizás el momento más sobrecogedor de la conversación llegó cuando se abordaron las formas extremas de deshumanización.
Muñoz Molina evocó la lectura de Jean Améry y su experiencia de los campos nazis. Lo que más le impresionaba no era únicamente la violencia sufrida, sino la constatación de que quienes la ejercían parecían personas corrientes.
A partir de ahí estableció una reflexión inquietante sobre la condición humana: ¿qué circunstancias permiten que individuos normales participen en procesos de destrucción masiva de otros seres humanos?
La pregunta lo llevó hasta los conflictos contemporáneos, mencionando la guerra de Gaza y los mecanismos tecnológicos que convierten vidas humanas en cifras, objetivos o daños colaterales.
Muñoz Molina explicó cómo, en momentos difíciles, la poesía, la música, el trabajo físico -la jardinería- y la lectura habían sido formas concretas de sostén.
No hablaba de salvaciones grandilocuentes, sino de algo más cotidiano. "Quizá no te salvan la vida, pero te salvan la tarde", afirmó al recordar cómo escribir una página o realizar una tarea sencilla puede rescatar a alguien de unas horas más aciagas de oscuridad interna.
Mercedes Navío enlazó esta idea con lo que la psiquiatría sabe sobre el trauma. "Cuando una persona logra recuperar la conexión con otros, con el mundo o con algún sentido de pertenencia", empieza también a reconstruirse a sí misma.
La literatura apareció entonces no como evasión, sino como una forma de recomponer vínculos.
La recta final estuvo marcada por una reflexión sobre el presente: cómo es posible que generaciones que gozan de mayores libertades y mejores condiciones materiales experimenten niveles tan elevados de malestar psicológico.
Muñoz Molina rechazó cualquier idealización del pasado. Recordó la pobreza, el machismo y la represión que conoció durante su infancia, pero señaló también la existencia de vínculos comunitarios que hoy parecen erosionados.
Fue especialmente crítico con la lógica económica y tecnológica actual. Más que hablar de "la tecnología" como algo abstracto, insistió en entender quiénes la controlan y con qué intereses.
A su juicio, el problema es un sistema diseñado para fomentar la ansiedad, la atención fragmentada y el aislamiento. Llegó a afirmar que el gran frente contemporáneo ya no es solo la defensa de determinados derechos, sino la defensa de la propia condición humana.
La última pregunta del público planteó si es cierto que ningún hombre feliz ha escrito una gran obra.
Muñoz Molina rechazó frontalmente la idea. Consideró que forma parte de una mitología romántica que glorifica el dolor y convierte la autodestrucción en una pose artística.
La literatura, sostuvo, no nace necesariamente del sufrimiento. Nace de la imaginación, de la observación y de esas zonas profundas de la mente donde se mezclan memoria, experiencia y sueño.
La felicidad, la curiosidad, el asombro o incluso una simple gota de rocío pueden ser tan fértiles para la creación como el dolor.
La conversación concluyó con el gran desafío de cómo seguir siendo humanos.
La respuesta no llegará nunca de la soledad, sino a través de los otros, de la palabra, de la belleza, de la memoria y de esa forma exigente de inteligencia que es la compasión.
Palabras clave: Literatura y salud mental
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