La medicina se ha visto obligada, prácticamente desde sus comienzos, a ocuparse de las enfermedades mentales. Sin embargo, durante mucho tiempo ha tenido que ver cómo la religión le disputaba este terreno, por considerar que las enfermedades del espÃritu pertenecÃan a su jurisdicción. La respuesta por parte de la medicina, en los casos en que llegó a plantearse, consistió en presentar las enfermedades mentales como desórdenes en la economÃa del cuerpo. Esta somatización, basada, además, en teorÃas médicas cambiantes a lo largo de la historia occidental, era incapaz de dar cuenta de la asombrosa variedad de los sÃntomas psÃquicos, asà como de los procesos en los que esta sintomatologÃa reposaba. Por otra parte, la discontinuidad entre fisiologÃa y patologÃa en la mayor parte de los sistemas teóricos anteriores al siglo XIX constituÃa una dificultad añadida para la comprensión de la patologÃa mental desde la medicina. No existÃa una auténtica psicologÃa médica. En el Romanticismo alemán, y más concretamente en los cÃrculos médicos influenciados por la FilosofÃa de la naturaleza de Schelling, varios autores emprendieron la tarea de construir una psicologÃa fisiológica al servicio de la mejor comprensión de la patologÃa mental. Además, esta psicologÃa, asà como la psiquiatrÃa de ella resultante, presentaba otra novedad del mayor calado: la de considerar que la distinción entre cuerpo y alma o materia y espÃritu era irrelevante y constituÃa un prejuicio epistemológico. En esta perspectiva, la medicina de la mente gestada en este perÃodo muestra apasionantes puntos de coincidencia con la actual.