La historia reciente de la psicofarmacología está plagada de pretenciosas aserciones, en las que se promete la curación de patologías tan graves como la esquizofrenia, la depresión y, por último, la demencia. Obviando la posibilidad de que la medicina se someta a la servidumbre de intereses ilegítimos de orden político, legal y socioeconómico, quedan callejones sin salida científicos, en los que estos motivos extraprofesionales determinan, en el mejor de los casos, el desarrollo de