Introducción
Antes de desarrollar el tema en cuestión, es importante señalar que dentro de la presente revisión bibliográfica se entenderá por inmigrantes, aquellas personas que inmigran, es decir llegan a un país para establecerse en él (Real Academia Española, 1989).
La inmigración hoy en día para los países como Japón, Estados Unidos, Europa Occidental, entre otros, es un tema de debate público. Siendo para las sociedades post-industriales, el tema de los refugiados políticos y los inmigrantes indocumentados, un tópico realmente controvertido, lleno de contradicciones, paradojas y tensión (Suárez-Orozco y Suárez-Orozco, 1995).
Las opiniones controvertidas no sólo han estado presentes durante estos últimos años, a comienzos de siglo Park (1928) y Stonequist (1935), señalaban que aquellos individuos quienes vivían entre dos culturas y reclamaban la pertenencia de ambas culturas, ya sea por tener una herencia racial mixta o haber nacido en una cultura y criado en otra, debían ser consideradas personas marginales. Ambos autores compartían la premisa, que vivir entre dos culturas era psicológicamente perturbador, a causa de tener que manejarse en la complejidad derivada por la presencia de puntos de referencias duales que generaban ambigüedad, confusión de identidad y disminución de la normalidad en las personas. Para Park la marginalidad encabezaba conflictos psicológicos, divide el si mismo y desarticula a la persona. Para Stonequist la marginalidad era una propiedad social y psicológica del individuo. Una propiedad social que incluía factores causados por la migración, diferencias raciales y factores situacionales, que surgen al encontrarse dos culturas que comparten un área geográfica, y en la que una de estas culturas mantiene un estatus más alto que la otra. Aún así Park (1928), reconocía que si bien la marginalidad era psicológicamente desagradable para el individuo, la interacción entre culturas traía a largo plazo beneficios para la sociedad.
El crecimiento de la inmigración en el mundo ha estado acompañado del crecimiento de las investigaciones en este tema (Rogler, Cortes y Malgady, 1991). A su vez, los problemas derivados de la inmigración han sido enfocados desde distintos campos de investigación, desde la antropología, sociología, psicología; psiquiatría, leyes, ciencias políticas; medicina y religión (Stein, 1986). Si bien, estudios como estos han permitido conocer alguno de los factores mediadores entre la inmigración y los desordenes emocionales (Beiser, 1990), muchos de estos estudios carecen de la sistematización necesaria, lo que limita las conclusiones y generalizaciones, que podría derivarse de ellos (Cohon, 1981).
Lafromboise, Coleman y Gerton (1993), han señalado que la bibliografía en el tema concuerda en general, en que la situación de un individuo que vive entre dos culturas en por si misma generadora de estrés. Como consecuencia de lo anterior, los estudios acerca del impacto psicológico derivado de vivir entre dos culturas han sido de gran interés, surgiendo una serie de modelos que han intentado describir los procesos psicológicos, experiencias sociales, cambios y obstáculos individuales, derivados de la experiencia de vivir entre dos culturas. Los modelos teóricos surgidos más importantes, que han intentado explicar el proceso de adquisición de una segunda cultura, son el de asimilación, aculturación, alternancia; multiculturalismo, fusión y biculturalismo. Aunque cada uno de los modelos ha sido creado enfocando un número determinado de fenómenos, todos ellos han intentado describir el proceso en el cual un individuo de una cultura, su cultura de origen, desarrolla competencias en otra cultura, considerada una cultura mayor y dominante. A su vez, cada modelo asume algunas suposiciones, acerca del impacto psicológico que la biculturalidad, el pertenecer a dos culturas, pudiera generar (Lafromboise, Coleman y Gerton, 1993).
A pesar de que el tema de la inmigración ha sido un tema candente durante el último siglo, ha sido muy poco lo que se ha escrito sobre el impacto de este proceso en la infancia. Es llamativo que a pesar de la gran cantidad de niños inmigrantes, presentes en mucho de los países occidentales y su particular vulnerabilidad a los estresores asociados a la inmigración (Cochrane, 1979), aún así, existen muy pocos estudios, comparados con los realizados con adultos (Arowitz, 1984; Desjarlais,, Eisenberg, Good, et al, 1995; Sam y Berry, 1995; Guarnaccia y López, 1998). Es muy importante considerar que cuando hablamos de niños inmigrantes, estos raramente toman la decisión voluntaria e independiente de migrar y raramente tienen los recursos sociales y económicos para su propio viaje migratorio (Guarnaccia y López, 1998).
Por tanto, el objetivo del presente estudio ha sido obtener información en la bibliografía disponible acerca de investigaciones realizadas con relación a la salud mental de niños y adolescentes inmigrantes de una cultura mayor y dominante. Con el fin de conocer los posibles riesgos de trastornos psicopatológicos y factores que podrían actuar como protectores y mediadores, frente a una situación tan estresante como es la inmigración.
Al revisar el reducido número de investigaciones que se han realizado con niños, no tanto así con adolescentes inmigrantes, es posible confirmar que la mayoría de los autores se han orientado al estudio de tres áreas, claramente relacionadas con la salud mental: estrés psicosocial, estrés de aculturación y trastornos Psicológicos, dentro de estos últimos se han incluido los trastornos de la Identidad Social (Aronowitz, 1992; Suárez-Orozco y Suárez-Orozco, 1995; Rumbaut, 1995; Sam y Berry, 1995; Gil y Vega, 1996; Guarnaccia y López, 1998). En estos estudios frecuentemente se señalan como sinónimos de la interacción entre sujetos de culturas distintas, términos tales como, biculturalismo, dualismo, pluralismo, transaccionalismo y aculturación (Lafromboise, Coleman y Gerton, 1993). Así mismo, muchos de estos estudios hacen referencia a la aculturación, como el proceso a través del cual los inmigrantes cambian sus conductas y actitudes, por aquellas de la sociedad anfitriona (Rogler, Cortes y Malgady, 1991).
En esta ocasión se presentará una revisión de los estudios en las tres áreas antes señaladas, rescatando los factores de riesgos, protectores y mediadores para la salud mental de niños y adolescentes inmigrantes que se desprenden de estas investigaciones. Posteriormente, se abordarán ciertos aspectos que según diversos autores, pondrían en riesgo la validez metodológica de muchas de las investigaciones realizadas en el tema y por último, sus sugerencias como posibles temas de investigación en el área.
Antes de introducirnos con detenimiento en el estudio de este tema, es importante hacer notar la diferencia entre inmigrantes y refugiados. Refugiados son generalmente aquellos que emigran involuntariamente, quienes son forzados a huir por una inminente amenaza de violencia, daño o muerte por parte de otros humanos o desastres naturales. Frecuentemente, son más vinculado a situaciones de guerra y que en la bibliografía se ha extendido, a personas que huyen de regímenes políticos represivos (Guarnaccia y López, 1998). Los inmigrantes son considerados más vulnerables en cuanto a la recepción dada por el nuevo país, siendo su desplazamiento más asociado a motivos económicos, en un intento por mejorar su bienestar propio y familiar. En la mayoría de los estudios esta línea divisoria no es clara, más aún con relación a los riesgos a los que ha estado sometido el inmigrante. Sin considerar, que muchos de ellos huyen de situaciones de pobreza extrema, alta mortalidad infantil; así como, de situaciones de represión política o guerras civiles (Guarnaccia y López, 1998). En esta revisión intentaremos limitarnos a las investigaciones que describen a su población estudio, como inmigrantes.
I. Estrés Psicosocial
La mayoría de los estudios con inmigrantes, valoran regularmente la influencia de variables psicosociales sobre su bienestar psicológicos, centrando su interés en diversas variables demográficas, que podrían comportarse como estresores psicosociales. Dentro de estas variables las más importantes rescatadas en estos estudios son: el lugar de nacimiento, la edad al momento de la inmigración, el tiempo de permanencia del niño y sus padres; la educación e ingresos económicos de los padres, redes de apoyo y utilización de los servicios de salud y sociales; así como, el desarrollo, mantenimiento de la orientación cultural y el manejo del nuevo idioma, entre otras (Guarnaccia y López, 1998). Estas y otras variables psicosociales son evaluadas por los diferentes estudios, considerando las diferentes experiencias de inmigración de los distintos grupos de inmigrantes. Diferencias que podrán deberse a un gran numero de factores, entre estos el periodo de tiempo utilizado en este proceso de inmigración, etapa del ciclo de vida, movilidad social y estatus económico (Rogler, Cortes y Malgady, 1991). Factores que tendrían distintas consecuencias en la adaptación psicosocial de los niños inmigrantes (Guarnaccia y López, 1998).
Por tal motivo, es imposible separar los resultados de los estudios que han considerado la influencia de las variables psicosociales, de otros factores que influyen en la salud mental de los niños y adolescentes inmigrantes, variables que serán abordadas a lo largo de este trabajo.
II. Estrés por Aculturación
Los estudios que indagan el estrés por aculturación, se han enfocado principalmente a como los conflictos con el idioma del país anfitrión, los conflictos con el proceso de aculturación y la percepción de discriminación, entre otros factores, podrían afectar el bienestar psicológico, fundamentalmente, de los adolescentes inmigrantes (Rumbaut, 1995; Gil y Vega, 1996; Sam y Berry, 1995). En la actualidad existen diversos modelos que intentan explicar esta relación, el modelo desarrollado por Berry y Kim (1988), tiene la particularidad de intentar explicar puntualmente la relación entre la inmigración como fuente de estrés y su relación con algunos cambios en la salud mental de los inmigrantes.
1. Modelo de estrés por aculturación
Berry y Kim (1988), como producto de la revisión de la bibliografía disponible a fines de los ochenta, plantearon un modelo del estrés de aculturación, intentando identificar los factores culturales y psicológicos, que gobiernan la relación entre aculturación y salud mental. Estos autores, definirían aculturación, como los cambios conductuales y psicológicos, ocurridos como resultado del contacto con personas pertenecientes a otro grupo cultural. El término, estrés de la aculturación es referido a un tipo particular de estrés, en el cual los estresores son identificados como teniendo su origen en el proceso de aculturación. El estrés, podría explicar la presencia de cambios psicológicos y disminución de la salud mental en algunos inmigrantes, explicando la presencia en algunos casos, de trastornos ansiosos y depresivos; así como, de sentimientos de marginalidad, aumento de los niveles de trastornos psicosomáticos y confusión de identidad (Berry y Kim, 1988).
La hipotética relación probabilística entre la experiencia de la aculturación y el estrés por aculturación es probable que ocurra, pero no de manera inevitable, es necesario la presencia de factores mediadores, tales como: las características multiculturales o monoculturales de la sociedad anfitriona; tipo de grupo de aculturación: inmigrante o refugiado; identificación con su propia cultura y cultura anfitriona (integración/ asimilación/ separación/ marginación); y características demográficas, sociales y psicológicas del inmigrante y su grupo de pertenencia (Sam y Berry, 1995; Berry y Kim, 1988).
Desde este modelo, se considera que una buena salud mental conlleva a un efectivo funcionamiento del individuo en su vida diaria y en su habilidad para hacer frente a nuevas situaciones, esto significa una ausencia de angustia, disfuncionalidad y una incidencia de cualidades positivas para el bienestar (Berry, Kim, 1988; Sam y Berry, 1995). Ante esto, es importante reconocer que el estrés de aculturación, podría no ocurrir y por tanto, no ocurrir una disminución de la salud mental. La aculturación también podría en algunos casos, generar mejorías en varios aspectos, como por ejemplo en la nutrición y acceso a cuidados para la salud (Sam y Berry, 1995).
Adhiriéndose o no, al modelo de Barry y Kim (1988), distintos estudios han planteado la existencia de diversos orígenes de estrés en los inmigrantes, que podrían derivar en trastornos psicológicos. Inevitablemente en muchos de estas investigaciones el limite entre su objeto de estudio, el proceso de aculturación y la salud mental de los inmigrantes, no queda claro, impidiendo una mejor categorización de estas investigaciones. Por tal motivo, a continuación se expondrán estudios con relación a la salud mental de los inmigrantes, de los cuales muchos de estos tocarán el tema de la aculturación como origen de estrés.
III. Trastornos Psicológicos
Los estudios en salud mental con niños y adolescentes inmigrantes, han estado dirigidos fundamentalmente a la valoración de la presencia de trastornos depresivos, conductuales, del aprendizaje y de la autoestima en esta población (Ashworth, 1975; Aronowitz, 1984; Phinney, 1990; Rumbaut, 1995; Suárez-Orozco y Suárez-Orozco, 1995; Guarnaccia y López, 1998). Intentando indagar como la inmigración, con todo lo que esta conlleva, afectarían el bienestar psicológico infantojuvenil de los inmigrantes.
En la actualidad, las investigaciones en factores de riesgo han crecido considerablemente, demostrando que la exposición a ciertas circunstancias aumentarán la probabilidad de manifestar algún tipo de conducta desviada y por ende, de trastornos psicopatológicos en niños y adolescentes (Lemos, 1996). De los estudios en el área de la inmigración actualmente existentes, sin haber sido su objetivo de investigación, es posible inferir la existencia de algunas condiciones que favorecerían, mediarían o protegerían a los niños y adolescentes inmigrantes de desarrollar algún trastorno psicológico. Esta revisión a pretendido rescatar esta información.
1. Factores de riesgo de trastornos psicológicos en niños y adolescentes inmigrantes
<B>a) Contexto de salida</B>
Portes y Rumbaut (1990), quienes han estudiado fundamentalmente a inmigrantes de los Estados Unidos, plantean que las familias de inmigrantes se ven afectadas, por las condiciones personales y sociales, que motivaron la salida de sus países de origen, así como, de las circunstancias que rodean el recibimiento de los países que los acogen. Tal es el caso de las familias que salen de sus países de manera forzada, cuya preparación económica para su viaje ha sido mínima (Gil y Vega, 1996). Así mismo, cada grupo de inmigrantes se enfrenta a motivaciones cualitativamente diferentes al salir desde sus países orígenes, en el caso de las expulsiones forzada o amenazas físicas, estas generarán diferentes resultados, tanto para su adaptación, como para sus motivaciones económicas (Favazza, 1980).
<B>b) Preparativos del viaje y enfrentamiento a la nueva cultura</B>
El estrés en los inmigrantes puede estar generado por una diversidad de factores, como por ejemplo, la interrupción de los vínculos afectivos, experimentados por las familias de forma brusca e indefinida (Rumbaut y Rumbaut, 1976). La vida familiar se volvería estresante en sí, ya durante el periodo de transición anterior a la inmigración, como consecuencia de los preparativos propios de la inmigración. Siendo frecuente además una vez inmigrados, el enfrentamiento con el desgaste físico, la pobreza económica, ajuste cultural y repentina fragmentación del estilo de vida. La inmigración representa para algunas familias un desafío para sus valores personales, prácticas culturales, sistema de creencias y de sobrevivencia como una familia unida (Gil y vega, 1996).
Frecuentemente, el proceso de aculturación una vez asentados en el nuevo lugar, no sólo implica adaptarse a una nueva cultura, antes de eso los inmigrantes ya ha experimentado una serie de vivencias y han debido enfrentarse con los problemas de la supervivencia económica y la movilidad social, dentro de un sistema socioeconómico poco familiar. Estas vivencias de desarraigo, son acompañadas muchas veces con problemas de aculturación dentro del nuevo sistema cultural, tales como dificultades en la adquisición del nuevo lenguaje, y el aprendizaje de los valores y las normas conductuales característicos de la sociedad anfitriona (Mainous, 1989; Rogler, y Rodríguez, 1983).
En general, los estudios concuerdan, que los niveles de estrés para las familias derivados de la inmigración, variarían de acuerdo a la nacionalidad de origen, la historia política y contexto de la inmigración, lo que a su vez influirá en la respuesta de la comunidad anfitriona (Guarnaccia y López, 1998). Un ejemplo claro, es la experiencia vivida por los Cubanos en la cuidad de Miami en los Estados Unidos, quienes han construido un antiguo y bien desarrollado enclave, que entrega a las familias de compatriotas un impresionante apoyo económico y social (Portes y Rumbaut, 1990; Vega y Rumbaut, 1991). Esta experiencia es totalmente contraria a la vivida por las familias Nicaragüenses en el mismo país, quienes parecen más vulnerables a presentar un mayor número de problemas, como resultado de la exposición por un periodo mayor de tiempo, a estresores culturales (Gil y Vega, 1996).
<B>c) Presencia de redes sociales y servicios disponibles para el inmigrante en el nuevo país</B>
Sumado a lo anterior, el estrés generado por las condiciones sociales, estarán también determinadas por la presencia o ausencia de enclaves étnicos, que den apoyo y defiendan a los nuevos inmigrantes, favoreciendo la obtención de viviendas, trabajos y la acomodación en el ambiente cultural (Kuo, 1976; Portes y Bach, 1985; Rumbaut, 1995). Todos estos factores, incluidas las características del país anfitrión, como de sus sistemas de servicios, producirán o evitarán el desarrollo de angustia psicológica, comúnmente asociada a la inmigración (Guarnaccia, 1997). Sin embargo, estos aspectos serán origen de estrés en un mayor o menor grado, siempre con relación a las características sociales del inmigrante, su edad, sexo, educación; así como, su nivel de aculturación, manejo del lenguaje del país anfitrión, entre otros (Guarnaccia y López, 1998).
<B>d) Racismo y discriminación</B>
Un factor evidentemente negativo será la llegada un ambiente resistente a los nuevos inmigrantes, a sus culturas y lenguajes, así como, los ambientes sociales caracterizados por la segregación, abiertamente racistas y en conflictos culturales (Favazza, 1980). Claramente uno de los factores que genera una mella importante en el bienestar de los niños y adolescentes inmigrantes es la discriminación de la sociedad, discriminación que aumenta en grupos que son racialmente diferentes (Guarnaccia y López, 1998). En muchos países, los nuevos inmigrantes son despreciados por la caracterización a través de estereotipos étnicos, que se ha hecho de ellos, como: flojos, parásitos y promotores del crimen. Menosprecios que afectan a los niños inmigrantes (SuárezOrozco y Suárez-Orozco, 1995).
El nivel de daño que alcanza la discriminación en los niños y adolescentes inmigrantes, es confirmado por estudios como los realizados por Rumbaut (1995), en los que ha encontrado que la presencia de discriminación aumentaría los síntomas depresivos. Si a esta percepción se suma la expectativa de continuar siendo discriminado, independientemente de los logros alcanzados, el riego de presentar síntomas depresivos y además baja autoestima, sería aún mayor.
<B>e) Pobreza</B>
En estudios con población general, se ha encontrado que la exposición a un ambiente social empobrecido, conjugados con otros factores tales como: la escasa educación de los padres, paternidad juvenil u otras circunstancias negativas, constituyen factores de riesgo de bajo rendimiento escolar, trastornos emocionales o incremento de la delincuencia juvenil (Lemos, 1996). Por otro lado, las estructuras familiares que exponen al niño a la separación o divorcio de los padres, a la convivencia con una madre soltera y la muerte de uno de los padres, podría expresarse en los niños, tanto en trastornos externalizantes, como internalizantes (Lemos, 1996). Claramente, los niños pertenecientes a las clases más desaventajadas, presentarán una mayor vulnerabilidad frente a los factores de riesgo (Lemos, 1996).
Por tanto, el estatus social, podría considerarse un factor de riesgo para los niños inmigrantes. En los Estados Unidos por ejemplo, se ha encontrado que la persistencia de desventajas sociales estarían estructuradas a través de las líneas raciales, donde los niños Afro-Americanos y fundamentalmente aquellos que se identifican con identidades contraculturales, presentarían un mayor número de problemas. Distinto es el caso de los niños asiáticos que presentarían menos problemas y que pertenecen a líneas sociales más altas (Kao y Tienda, 1995; Phinney y Chavira, 1995; Rumbaut, 1995).
<B>f) Ambiente escolar</B>
La escuela es un importante contexto para la socialización de los niños, a su vez los padres inmigrantes tienen altas expectativas de logro académico de sus niños; sin embargo, la presencia de profesores que no comprenden los trasfondos culturales de los niños, mal interpretan sus conductas, y los perciben de maneras perjudiciales, podrían influir negativamente en la salud mental de los niños inmigrantes (Guarnaccia y López, 1998).
<B>g) Género</B>
El género, al igual que lo encontrado en estudios con adolescentes de población general, constituye en un factor de riesgo para los adolescentes inmigrantes. Serían las chicas las que presentarían más baja autoestima y más altos niveles de sintomatología depresiva (Rosenberg, 1979; Aronowitz, 1984; Phinney, 1991; Rumbaut, 1995; Sam y Berry, 1995). Sin embargo, estudios realizados en Estados Unidos como los de Gil, Vega y Dimas (1994), con una muestra de adolescente latinos de género masculino, han encontrado que estos serían los que tendrían un mayor riesgo de presentar angustia psicológica. Fundamentalmente, cuando presentan baja aculturación, manejo sólo de idioma español y altos niveles de tensión, generados por sus conflictos con el lenguaje, percepción de discriminación por parte de la sociedad mayor y bajo orgullo con relación a sus familias.
<B>h) Conflictos familiares</B>
Distintas investigaciones han observado que aquellos niños inmigrantes, en que sus familias están en considerable conflicto o quienes llegan al nuevo país fuera de un contexto familiar, están en particular riesgo de desarrollar problemas emocionales y de ajuste (Guarnaccia y López, 1998).
Rumbaut (1995), examinó la adaptación psicosocial de 5000 niños inmigrantes de las metrópolis de Miami y San Diego en los Estados unidos, con un rango de edad entre los 12-17 años. Para su fin, observó el efecto de varios sets de variables que hipotéticamente influenciarían las dimensiones afectivas y cognitivas de la adaptación psicosocial, variables tales como: género, edad y nacimiento; estatus económico familiar y relación con los padres; competencias en el inglés o lengua del país de origen; logro escolar, experiencias y expectativas de discriminación, identidad étnica y nacionalidad de origen. Los resultados arrojaron que la depresión estaba más presente en las niñas, coincidiendo con otros estudios con adolescentes (Rosenberg, 1979; Phinney, 1991), e investigaciones epidemiológicas, que generalmente encuentran un mayor nivel de trastornos en las mujeres, que en los hombres (Mirowsky y Ross, 1989). En este estudio también se encontró cierta correlación, aunque no tan fuerte, entre síntomas depresivos y haber llegado recientemente a los Estados Unidos, coincidiendo con otras investigaciones con inmigrantes (Rumbaut, 1985, 1989; Ying, 1988; Hurth y kim, 1988). La conclusión del estudio fue, que lejos el más poderoso predictor de las variables asociadas con autoestima y alta depresión, fue la medida de conflictos con los padres. Sugiriendo además, que la presencia de tensión, rechazo y conflicto en la relación de los adolescentes con sus padres inmigrantes, afectarían la autoestima, bienestar psicológico e identidad social.
El tema del orgullo familiar, ha sido un tema evaluado principalmente en los inmigrantes de los Estados Unidos, observándose que el aumento de la aculturación podría conducir a algunos sujetos a experimentar un menor orgullo por sus familias y por ende derivar en un aumento de los conflictos familiares (Guarnaccia y López, 1998).
<B>i) Tiempo de residencia</B>
Algunas investigaciones han señalado que el impacto de la inmigración no sería experimentada del mismo modo por los inmigrantes, a través del tiempo posterior a la inmigración. En el caso de los inmigrantes en los Estados Unidos, el primer año después de la inmigración estaría caracterizado por una euforia inicial, la cual estaría seguida por un periodo de desencanto, desmoralización o incluso altos niveles de depresión, este periodo variaría entre 1 a 2 años. Este tiempo de desencanto, estaría seguido por un gradual retorno a los primeros niveles, aproximadamente después del tercer año (Rumbaut, 1985, 1989; Ying, 1988; Hurth y kim, 1988). Esta aparente relación entre estrés por aculturación y tiempo de residencia, parece surgir con relación a contextos específicos generadores de estrés (Gil y Vega, 1996).
La situación contextual del estrés, explicaría que otros estudios hubiesen encontrado patrones de reacciones depresivas, en inmigrantes recién llegados a los Estados Unidos (Antokoletz, 1993; Brenner, 1990; Espin, 1987; Garza-Guerrero, 1974; Grinberg y Grinberg, 1989; Kaminsky, 1993; Padilla, 1993), quienes se enfrentan a múltiples perdidas, estrés y shock cultural, derivados de la inmigración. Para muchos jóvenes inmigrantes, sus padres no están disponibles, ya sea por razones físicas, derivadas del exceso de trabajo y/o razones emocionales, muchos de sus padres sufren depresiones desencadenadas por el estrés de la inmigración (Suárez Orozco y Suárez - Orozco, 1995).
<B>j) Etapa del desarrollo</B>
Si miramos el desarrollo desde una perspectiva organizativa de la evolución, es decir, donde los factores organísmicos y ambientales interactúan dinámicamente para producir un efecto evolutivo, a través del logro de estadios o tareas interconectadas apropiadas para cada edad. Proceso en el cual se incluyen los logros de etapas del desarrollo anteriores, de manera jerárquica y organizada. Podremos entender que un fracaso en etapas anteriores inevitablemente conducirá a la inadaptación e incompetencia y por tanto al riesgo de psicopatología. Desde esta perspectiva, se entenderá la normalidad como el logro de la integración entre las competencias biológicas, socioemocionales, cognitivas y representacionales (Lemos, 1996).
Si concebimos la inmigración como factor de riesgo, debemos tomar en cuenta que la relevancia de estos factores fluctuará de acuerdo al proceso evolutivo (Coie, Watt, West, Hawkins, et al, 1993). Por tanto, las consecuencias serán distintas para los miembros de la familia, los que experimentaran el impacto aversivo del cambio cultural, en distintos tiempos y con distintos niveles de intensidad. De acuerdo a esto, algunos estudios señalan que sería más frecuente encontrar problemas conductuales, síntomas sub-agudos de ansiedad y depresión en niños inmigrantes (Ashworth, 1975), y problemas de identidad en los adolescentes (Aronowitz, 1984; Phinney, 1990). En el caso de los preescolares no ha sido posible obtener información.
Con relación a lo anterior, un estudio realizado por Gil y Vega (1996), con inmigrantes Nicaragüenses y Cubanos adolescentes y sus padres, en la ciudad de Miami. Observaron que si bien los adolescentes reportan mayores conflictos con el lenguaje, este disminuye considerablemente mientras mayor es su permanencia en los Estados Unidos. En el caso de los padres, los problemas con el lenguaje aumentaban con el tiempo de permanencia, aún así, las consecuencias de la falta de manejo del idioma, no serán tan importantes para los padres, ya que en esa ciudad una gran cantidad de personas hablan español, a diferencia de las necesidades lingüísticas inmediatas que presentan los adolescentes en sus escuelas, generándoles un mayor nivel de estrés (Gil y Vega, 1996).
<B>k) Problemas de identidad social
</B>
Si nos situamos puntualmente en la adolescencia, esta etapa ha sido identificada como un periodo de cambios físicos, emocionales y sociales, derivados del pasaje a la adultez. Esta etapa tendría entre sus principales tareas la formación de un sentido de identidad propia (Erickson, 1968). Los estudios sugieren que este proceso podría volverse aún más dificultoso para los adolescentes inmigrantes, favoreciendo la presencia de crisis de identidad y de conflictos intergeneracionales. Estas dificultades, podrían surgir como producto de su intento por adaptarse a contextos de identidad social que pueden ser raciales y culturalmente disonantes para ellos (Rumbaut, 1995). Proceso que para muchos de ellos significa elegir entre continuar afiliados a su cultura de origen o adoptar la nueva cultura del país que los acoge (Guarnaccia, y López, 1998).
Estas dificultades, han incentivado a diversos autores a sugerir distintos mecanismos psicológicos a la base de la formación de autoimágenes étnicas, que favorecerían la comprensión del proceso de adaptación psicosocial de los adolescentes inmigrantes (Rumbaut, 1995). La teoría de la identidad social y autoestima, plantea que a la base del proceso de formación de autoimágenes étnica, se encontrarían distintos procesos psicológicos (Bernal y Knight, 1993; Phinney, 1991; Portes y Washington, 1993; Rosenberg, 1979; Tajfel, 1981). Los jóvenes, se compararían con relación a aquello que les rodea, basándose en las similitudes y diferencias con su grupo de referencia más próximo, en cuanto a categorías socialmente visibles tales como el nivel socioeconómico, raza, nacionalidad, entre otros. Por tanto, su identidad étnica dependerá del grado de disonancia o consonancia con su contexto social, lo que estará a la base de su formación de identidad. Cuando la disonancia, esta acompañada por la discriminación y desigualdad social, es más probable que aparezca como importante las preferencias étnicas y la pertenencia a grupos étnicos marginales (ej. Chicanos y negros, en los Estados Unidos).
Otra de las teorías de formación de identidad validada teóricamente, es la propuesta por Milton Gordon (1964), tomándose esta teoría como base surge la llamada Teoría de la Asimilación de Identidad, construida con relación al proceso identificación con el estilo de vida Norteamericana. Desde esta perspectiva, existirían distintos niveles de asimilación de identidades étnica, las que conforme a su aparición, se irían atropellando unas a otras (Rumbaut, 1995). Desde esta teoría, los cambios de identidad se sucederían desde los estatus sociales más bajos, por tanto, cuando la movilidad social está bloqueada por la discriminación y el prejuicio, aquellos sujetos de bajo estatus social, podrían tener preferencia por reafirmar su identidad étnica adoptando descripciones étnicas Panétnicas (Yinger, 1981). La identificación Panétnica en inmigrantes de los Estados Unidos, hace referencia a una identificación desnacionalizada, orientada en cambio hacia algún grupo racial étnico minoritario (Chicano, negros). Esta identificación, se acompañaría por una autoconciencia de ser diferentes a de la cultura blanca anglosajona (Rumbaut, 1995).
Algunos autores plantean que las dificultades de identificación podrían acentuarse aún más, si sus padres reaccionan ante el proceso de identificación del adolescente, con un nivel mayor de control (Chiu, Feldman, Rosenthal, 1992). Actitud que muchos de los padres inmigrantes toman, incentivados por sus propios patrones culturales, ya que muchas culturas favorecen el desarrollo de Identidades Sociocéntricas, en las cuales las metas necesarias de alcanzar a través de la adolescencia, están más enfocadas a responder en una mayor medida a responsabilidades de tipo social y familiar. En contra posición a las culturas que fomentan las identidades Egocéntricas, que favorecen la independencia individual, como el caso de la sociedad Estadounidense (Shweder y Bourne, 1991).
En el caso de los adolescentes inmigrantes de los E.E.U.U, que concluyen su proceso de identificación social adhiriéndose a identidades contraculturales o Panétnicas, estos tendrían un mayor riesgo de involucrarse en bandas y desarrollar actitudes ambivalentes hacia las figuras de autoridad y las instituciones de la cultura dominante, incluyendo la escuela (Suárez Orozco y Suárez-Orozco, 1995), existiendo un mayor riesgo de desarrollar trastornos picopatológicos.
La adquisición de identidades Panétnicas debe ser estudiada dentro de su contexto histórico y social, al asociarse generalmente con jóvenes de barrios y de núcleos urbanos deprimidos. Este tipo de identidades, reflejarían un proceso de asociación diferenciada dentro de un determinado contexto social, que incluye el desarrollo de perspectivas y subculturas oposicionistas o adversarias, lo que conllevarían a la asimilación de los mecanismos de enfrentamiento característicos de las clases urbanas más bajas (Fordham y Ogbu, 1987; Matute-Bianchi, 1986; McLeod, 1987; Ogbu, 1974, 1987, 1991; Portes y Zhou, 1993).
<B>l) Generación de inmigrantes</B>
Las investigaciones realizadas con niños inmigrantes de los Estados Unidos, ponen especial énfasis en diferenciar las generaciones de inmigrantes. Los sujetos que directamente han inmigrado al nuevo país corresponden a la primera generación y sus hijos nacidos en los Estados Unidos, corresponderían a la segunda generación.
Algunos autores plantean que el tiempo de residencia de los niños inmigrantes, es un indicador de las distintas edades y etapas del desarrollo en que se realizó la inmigración, así como una medida del tiempo de exposición a la cultura Americana (Cropley, 1983). Por tanto, parece relevante considerar, que frecuentemente aquellos jóvenes inmigrantes que se identifican con identidades Panétnicas, han permanecido un tiempo prolongado en el proceso de aculturación, perteneciendo generalmente a la segunda generación de inmigrantes (Guarnaccia y López, 1998).
Con relación al bienestar psicológico alcanzado por los inmigrantes, se han observado algunas diferencias considerando la generación a la que pertenecen. Aparentemente, la autoestima sería menor en las segundas generaciones de inmigrantes, posiblemente relacionado a los cambios de punto de referencia entre los nacidos en el extranjero y los nacidos en el país que los acoge (Suárez-Orozco y Suárez-Orozco, 1995; Rumbaut, 1995). En el caso de los inmigrantes mexicanos de los Estados Unidos, algunos autores han señalado que la primera generación, contaría con una aparente mayor fortaleza psicológica, que justamente sería la que les habría permitido superar el proceso de selección propio de la inmigración. Quienes además, se sentirían menos deprivados, debido a que la inmigración a aumentado su estándar de vida (Suárez-Orozco y Suárez-Orozco, 1994; Burnam, Telles, Karno, Hough y Escobar 1987).
Distinto es el caso de las segundas generaciones, las que ya no comparan sus logros con relación a lo que tenían en su país de origen, ahora ellos tienen los mismos ideales y expectativas de la mayoría de la población (Suárez-Orozco y Suárez-Orozco, 1994). Usando estos criterios, para muchos de ellos sus logros caen bajo sus expectativas, enfrentándose a las consecuencias del racismo y la falta de igualdad de oportunidades. Esto podría explicar el preocupante abandono escolar de los jóvenes mexicanos de las segundas generaciones en los Estados Unidos (Bean, Chapa, Berg y Sowards, 1991; Kantrowitz y Rosaldo, 1991).
Los estudios mayoritariamente concuerdan, que en general los niños inmigrantes no parecen presentar un mayor riesgo de problemas de salud mental (Aronowitz, 1984, 1992). Sin embargo, la segunda generación de niños inmigrantes quienes fracasan en desarrollar competencias en el lenguaje del país anfitrión y para quienes sus familias continúan desaventajadas socialmente, parecen estar en riesgo significativo de problemas de salud mental y de un rendimiento escolar pobre (Guarnaccia y López, 1998). Conjuntamente, estudios realizados con adolescentes latinos, nacidos en los Estados Unidos, pertenecientes a la segunda o tercera generación de jóvenes inmigrantes, han observado que los niveles de abuso de drogas y alcohol en estos grupos, se verían aumentados de acuerdo a su mayor tiempo de permanencia en ese país (Gil y vega, 1996; Vega, Zimmerman, Warheit et al., 1994).
<B>m) Madres con identidades Panétnicas</B>
Si consideramos el proceso la adquisición de ciertas identificaciones étnicas, como factor de riesgo, es importante considerar la influencia que tendrían las madres en la socialización y por ende, en la adecuada identificación. Estudios como los de Rumbaut (1995), han observado que en la adquisición de una identidad Panétnica, considerada como factor de riesgo de conductas desadaptativas, la madre, más que el padre, tendría una gran influencia. En su estudio, los adolescentes que creían que sus madres se auto identificaban con algún tipo de identidad Panétnica, era más probable que adoptarán para ellos ese tipo de identidad.
<B>n) Percepción del nivel socioeconómico alcanzado</B>
Es importante señalar, que algunos estudios han observado que el nivel socioeconómico tendrá un mayor efecto sobre la salud mental de los adolescentes inmigrantes, según su percepción de la situación económica familiar actual, comparada a la de cinco años atrás. La percepción de los adolescentes de encontrarse en una peor situación económica, disminuiría su autoestima, aumentaría el nivel de los síntomas depresivos y los conflictos con los padres, como resultado del costo psicológico derivado del estrés económico y movilidad descendente (Rumbaut, 1995).
Considerando lo anteriormente mencionado, algunos autores plantean la pregunta sin responder aun por las investigaciones: el nivel de angustia psicológica experimentada por los inmigrantes tendrá relación con sus aspiraciones insatisfechas (Rogler, Cortes y Malgady, 1991).
<B>ñ) Actitud negativa hacia su propia cultura y/o la cultura mayor</B>
Algunos teóricos sugieren que aquellos individuos que no desarrollan actitudes positivas hacia su cultura de origen, así como a la cultura mayor que los alberga, limita su habilidad para sentirse bien, al interactuar con un grupo que le genera sentimientos negativos. Esta interacción negativa, con individuos de una cultura que no respetan, podría derivar en resultados psicológicos y conductuales negativos (LaFromboise, Coleman, y Gerton, 1993).
Por otra parte, algunos autores como LaFromboise, Coleman, y Gerton (1993), hipotetizan que los altos índices de desordenes conductuales encontrados en adolescentes de minorías étnicas en los Estados Unidos, tendría relación con una negativa actitud de estos adolescentes hacia la cultura anglosajona dominante.
Por ejemplo, en un estudio realizado en los Estados Unidos se halló que los jóvenes hispanos del sexo masculino, que presentaban estrategias de afiliación con la cultura mayor monoculturales orientada a su cultura de origen, exhibían un mayor índice de conductas de rebeldía, que aquellos que eran biculturales o monoculturales afiliados a la cultura anglosajona (Pallejas, 1987).
<B>o) Nacionalidad de origen</B>
Con relación a la prevalencia de trastornos psicopatológicos en inmigrantes según su nacionalidad, muchas de las investigaciones no han encontrado diferencias entre grupos. Otras investigaciones en cambio, han observado que algunos grupos étnicos al ser comparados con otros, presentarían un mayor grado de vulnerabilidad psicosocial. Tal es el caso de los niños Filipinos y Vietnamitas, que al ser comparados con niños de otras nacionalidades, también inmigrantes de los Estados Unidos, presentan una menor sensación de autovalor y una más alta presencia conflictos padres-hijo (Rumbaut, 1995). Puntualmente en el caso de los jóvenes Vietnamitas, algunos autores han señalado factores que afectarían su salud mental de este grupo, incluso antes de realizar viaje de migración. Muchos de estos jóvenes, tienden a viajar solos y con un parcial apoyo familiar. Estás entre otras condiciones de desventaja, favorecerían el surgimiento de un nivel más alto de síntomas depresivos en este grupo de inmigrantes en particular (Guarnaccia y López, 1998). Sumándose además, el que sus redes de apoyo son menos eficientes en acogerlos, ya que las comunidades de Vietnamitas en los Estados Unidos, tienden a no dar gran apoyo a sus compatriotas (McKelvey y Webb, 1996).
Un estudio realizado en los Estados Unidos por la National Centre for American Indian and Alaska Native Mental Health Research (1989), utilizando una muestra clínica de niños India Americanos. Encontró que los niños Indio-Americanos entre 10 a 19 años, tenían tres veces más posibilidades de realizar suicidios que otros niños americanos.
Estos niveles de síntomas presentados por grupos de nacionalidades puntuales, nos sugieren que el proceso de adaptación psicosocial podría ser particularmente complicado para algunos grupos de inmigrantes, de acuerdo a su nacionalidad (Rumbaut, 1995; Guarnaccia y López, 1998).
2. Factores protectores de trastornos psicológicos
Tal como han aumentado los estudios de riesgo, durante los últimos años ha crecido el interés por conocer aquellos factores que protegerían a algunos niños de desarrollar trastornos, a pesar de encontrarse bajo circunstancias de riesgo y estresantes (Lemos, 1996).
En los estudios con inmigrantes- sin haber sido el objetivo de dichas investigaciones- también, es posible inferir la presencia de ciertos factores que actuarían como protectores, los que ayudaría a que no se presentaran desmedros en la salud mental de los niños y adolescentes inmigrantes.
A través de los estudios de factores de riesgo, ha quedado claramente establecido que los sujetos pertenecientes a las clases más desaventajadas, se encuentran bajo una mayor vulnerabilidad de desarrollar trastornos (Lemos, 1996). Claramente los niños y adolescentes inmigrantes, frecuentemente viven en una situación de desventaja económica, generalmente con un menor acceso a los servicios sociales y de salud de la sociedad a la que se incorporan. Sin embargo, algunos artículos han señalado que al parecer los niños inmigrantes tendrían una aparente mayor resistencia a las secuelas de la pobreza. Esta aparente resistencia ha sido sugerida, porque a pesar de sus condiciones, algunos estudios no han observado un menor rendimiento escolar o una mayor cantidad de problemas de salud mental (Munroe-Blum, Boyle, Offord y Kates, 1989).
Algunos autores como Guarnaccia y López (1998), señalan que si bien los niños son más vulnerables al proceso de inmigración, derivado de su dependencia de otros, falta de recursos económicos y la carencia de un desarrollo cognitivo que les ayude a comprender e integrar, los cambios generados por la inmigración. Estos, son más resistentes a los cambios, gracias a su mayor flexibilidad y habilidades para aprender nuevos idiomas, aspectos que actúan como protectores, ante las consecuencias negativas de la inmigración.
Sumado a lo anterior, ciertas variables ambientales actuarían también como factores protectores. En el caso de los niños inmigrantes, se espera que un alto nivel de cohesión familiar, proteja al niño y a los miembros de la familia del estrés derivado de su situación de inmigrantes. Estas características familiares, les proporcionaría una consistente red de apoyo para la socialización, soporte emocional e incluso, distribución de recursos en la transición cultural (Vega, 1990; Gil y Vega, 1996).
En el caso de los adolescentes, diversos estudios realizados en los Estados Unidos, concuerdan en que el ser un adolescente del sexo masculino, con un padre norteamericano preferentemente la madre, les ayudaría a desarrollar un mejor perfil psicosocial, así como una alta autoestima y bajos índices de depresión. Aparentemente estas condiciones actuarían como factores protectores en cuanto al bienestar psicológico de los niños y adolescentes inmigrantes, no así para su rendimiento escolar (Suárez- Orozco y Suárez Orozco, 1995).
Por otra parte, si bien la presencia de conflictos padres-hijo es un factor de riesgo para los inmigrantes adolescentes, la presencia de ciertas condiciones podría reducir la probabilidad de presentar estos conflictos, tales como: la presencia de ambos padres en el hogar, y donde los padres y hermanos están disponibles para ayudar en las tareas escolares, lo que se podrían interpretar como índices de disponibilidad de recursos familiares y de cohesión familiar (Suárez-Orozco y Suárez - Orozco, 1995).
Desde el punto de vista legal, se ha observado que la condición de ser un miembro de la sociedad con pleno derecho, tanto legalmente como subjetivamente, tendría una positiva repercusión en el adecuado logro de la identidad social y por ende, de su salud mental. Aparentemente, más que el periodo de residencia, será el estatus sociopolítico alcanzado por el sujeto, el que determinará en gran medida su identidad psicológica (Rumbaut, 1995), y por tanto su bienestar psicosocial.
Otra variable que favorecería positivamente la salud mental de los niños y adolescentes inmigrantes, es el desarrollo de mecanismos de enfrentamiento bicultural en la nueva cultura. Las investigaciones en general han llegado a afirmar que la biculturalidad permite que los sujetos logren un mejor ajuste en la nueva sociedad. Permitiendo que mantengan lazos con sus valores y cultura de origen, y desarrollar a la vez, las destrezas lingüísticas y sociales, necesarias para negociar con la nueva cultura (Lafromboise, Coleman y Gerton, 1993; Guarnaccia y López, 1998).
Un ejemplo del positivo efecto de la biculturalidad es lo encontrado en la investigación realizada por Schiller (1987), en su estudio acerca del impacto del biculturalismo, examinó el ajuste social, académico, psicológico y cultural de estudiantes Indio-Americanos que cursaban el College en E.E.U.U.. Observando, que aquellos estudiantes que presentaban un manejo bicultural, fueron mejor ajustados que sus compañeros monoculturales. Otra serie de estudios apoyan que la comprensión de los valores y prácticas de una segunda cultura, favorece positivamente la predisposición de las minorías étnicas de considerar el apoyo aportados por las instituciones educativas, como por ejemplo los servicios psicológicos de counseling (Atkinson y Gim, 1989; Ponce y Atkinson, 1989; Curtis, 1990; Gim, Atkinson y Whiteley, 1990; Hess y Street, 1991).
Por último, la biculturalidad también involucra el establecimiento de redes de apoyo sociales en ambas culturas, favoreciendo las habilidades para reclutar y usar sistemas de apoyo externos (LaFromboise, Coleman, y Gerton, 1993). Esta habilidad elevaría la capacidad del individuo para adherirse a la segunda cultura y enfrentar las presiones derivadas de vivir en un ambiente bicultural (Lewis y Ford, 1991).
Estudios como los de Baker (1987), confirman lo anteriormente mencionado. En su estudio en E.E.U.U con Afro-Americanos, observó que los sujetos que eran capaces de evitar los problemas que afectan la salud mental de su comunidad, eran aquellos que podían solicitar recursos a sus familias extensas Afro-Americanas. Presentando un menor índice de suicidios, embarazo adolescente, abuso de sustancias, entre otros trastornos. Estos resultados confirman la importancia para el individuo de sentirse respaldado cuando se encuentra sumergido entre dos culturas (LaFromboise, Coleman, y Gerton, 1993).
3. Factores mediadores de Trastornos Psicológicos
En general, la tendencia de las investigaciones actuales no es identificar factores de riesgo estáticos, sino como estos factores se afectan dentro de los procesos interactivos establecidos entre los individuos y su ambiente (Lemos, 1996). Es decir, los estudios de riesgos se han desplazado desde el estudio puntual de variables de riesgo, hacia la implicación de una serie de variables y mecanismos mediadores, que deberían estar presentes para que opere un determinado factor de riesgo (Rutter, 1990).
Sam y Barry (1995), realizaron un estudio orientado puntualmente a estudiar los factores que mediaban la experiencia de aculturación y el estrés por aculturación. Su investigación la realizaron con una muestra de niños del tercer mundo residentes en Noruega. Las variables mediadoras más importantes estudiadas fueron: las características multiculturales o monoculturales de la sociedad anfitriona; ser inmigrante o refugiado; identificación alcanzada con relación a su propia cultura y/o cultura anfitriona; características demográficas, sociales y psicológicas del grupo de pertenencia e individuales de los niños estudiados. Los autores encontraron que muchas de estas variables fracasaron en explicar su relación con desordenes emocionales. Sin embargo, los resultados arrojaron una consistente relación positiva entre: desordenes emocionales, contacto afectivo negativo con los padres y un proceso de aculturación de marginalidad, entendido como rechazo o carencia de vínculos con las tradiciones de su propia cultura y las de la cultura anfitriona. Por otro lado, observaron también, que algunos de los factores que creían actuaban como mediadores lo hacían como protectores, como es la presencia de un contacto caluroso con uno de los padres, ser del género masculino, tener amigos de nacionalidad Noruega y por último, un proceso de aculturación que integrara tanto su cultura de origen, como la cultura mayor en la que se encontraban insertos (Sam y Berry, 1995).
El estudio de factores mediadores, es un área de estudio reciente en este tema. Sin embargo, algunos autores plantean que el verdadero rol de los estudios de inmigración, yace en la comprensión de las dificultades de adaptación, a través del análisis de los factores que median el curso y resultados del proceso de aculturación (Aronowitz, 1992; Sam y Berry, 1991).
IV. Problemáticas actuales de los estudios en salud mental con inmigrantes
La revisión de los estudios anteriormente mencionados, nos enfrenta a una serie de problemáticas observadas en la metodología de investigación, utilizada actualmente en los estudios con inmigrantes.
Una de estas, es que claramente la salud mental de las minorías étnicas ha sido subestudiada, a demás de haberse estudiado un reducido número de ellas. En el caso de los Estados Unidos, realidad comparable a la de otros países que reciben inmigrantes, los estudios en general con gente de color han sido pocos y por tanto, estos no han sido representados en la poblaciones clínica de los estudios de población general. Inevitablemente, esto ha repercutido en que en los estudios epidemiológicos de la psiquiatría contemporánea, no se han integrado las manifestaciones, percepciones, recogniciones y recuperación de síntomas psiquiátricos de las minorías étnicas (Vega y Rumbaut, 1991).
Esto explicaría que algunos autores como Rogler, Cortes y Malgady (1991), planteen que dentro de las investigaciones con inmigrantes, se corre el riego de realizar categorizaciones erróneas, al imponer categorías clínicas de salud mental, como por ejemplo las de DSM III (American Psychiatric Association, 1987), u otras. Este tipo de diagnósticos de trastornos, han sido derivados de culturas particulares y han sido aplicados a sujetos de culturas diferentes, sin establecerse la validez para esas culturas (Good y Good, 1985; Kleinman, 1977). Sumado a lo anterior, algunos autores clasifican de sospechosa la validez de algunas de las categorías disgnósticas a través de las distintas culturas (Vega y Rumbaut, 1991).
Otro de los problemas presentados por las actuales investigaciones con inmigrantes, es la asunción de que la validez y fiabilidad de los instrumentos utilizados para evaluar psicopatologías, sería igualmente estables a través de las diferentes culturas (Rogler, Cortes y Malgady, 1991; Guarnaccia y López, 1998). En el caso particular de la utilización de listas de chequeo de síntomas, en la estimación de la prevalencia de problemas de salud mental, pocas de estas medidas se han desarrollado con pacientes de minorías étnicas especificas (Vega y Rumbaut, 1991). Claramente, aun no esta claro como los pacientes presentan los síntomas a través de las distintas culturas o dentro de distintos dominios del lenguaje, ni como las expectativas culturales podrían afectar el rendimiento técnico en la interpretación de estas escalas (Manson, Shore y Bloom, 1985). Consecuentemente, autores como Vega y Rumbaut (1991), han señalado que el uso de los procedimientos estadísticos que establecen la consistencia interna de los ítems de las escalas, apacigua el interés por obtener la validez de constructo de los instrumentos, cuando son usados en poblaciones multiculturales.
Por otra parte, muchos de los muestreos utilizados en investigaciones con inmigrantes carecen de una adecuada validez . Tal es el caso de los estudios que agrupan a una serie de sujetos de distintos países en unas cuantas categorías étnicas, como lo ocurrido en los estudios con Hispanos en los Estados Unidos. Estas investigaciones generalmente no consideran que dentro de estos grupos hay una considerable diversidad cultural, demográfica y socioeconómica (Gurak y Rogler, 1980; Suárez-Orozco y Suárez - Orozco, 1995). Sumado a lo anterior, la diversidad de elementos culturales históricamente enraizados a sus respectivas nacionalidades, lo que justamente compone su herencia cultural nacional, hace que las muestras de inmigrantes indeferenciada, limite los resultados de las investigaciones (Rogler, Cortes y Maglady, 1991).
Otra problemática presentada en los estudios realizados con Hispanos y no Hispanos (Norteamericanos) en los Estados Unidos, es que en la mayoría de estas investigaciones han perseguido explicar los distintos niveles de presencia de síntomas en los grupos, basándose en el supuesto de que las diferencias son producto de la pertenencia a distintas culturas, a pesar de medirse estas diferencias sólo de maneras indirectas. A su vez, las investigaciones tienden a asumir que los no-Hispanos, estarían más cercanos a la cultura americana que los hispanos, por tanto, que los dos grupos estarían separados por la distancia generada por la aculturación (Rogler, Cortes y Malgady, 1991). En general, las investigaciones que intentan medir las consecuencias de la inmigración, corren el riesgo de encontrar relaciones espurias, que no explican la relación entre los niveles de salud mental y el ser inmigrante, diferencias que podrían deberse a un gran número de factores, entre estos las experiencias de la emigración, el periodo de tiempo utilizado en este proceso, etapa del ciclo de vida, movilidad social y estatus económico (Rogler, Cortes y Malgady, 1991), entre tantos otros factores anteriormente mencionados.
Suárez-Orozco y Suárez-Orozco (1995), invitan a tener cuidado con las generalizaciones de los resultados encontrados en estudios con inmigrantes. Por ejemplo, algunos de los resultados más frecuentes señalados por las investigaciones realizadas con niños inmigrantes en los Estados Unidos, es la mayor frecuencia de conflictos intergeneracionales padres-hijos, causados aparentemente por la disonancia y vacío cultural, que surgiría entre los padres inmigrantes y sus hijos. Sin embargo, muchas de estas investigaciones han sido realizadas principalmente con muestras clínicas, lo que nos enfrenta una vez mas con el peligro de hacer generalizaciones desde poblaciones clínicas. Sumado a lo anterior, la mayoría de los estudios de prevalencia de psicopatología infantojuvenil en inmigrantes, sitúan su atención en la presencia de síntomas y no en el nivel de debilitamiento en el funcionamiento generado por estos síntomas, derivando generalmente en un sobre diagnóstico de desórdenes (Bird, 1996; Canino y Guarnaccia, 1997).
Por último, otras de las dificultades que se han encontrado en los estudios, tienen relación con la definición de salud mental manejada por los sujetos de investigación. En los estudios de salud mental realizados con niños y adolescentes inmigrantes, es frecuente encontrar discrepancia entre las respuestas a los instrumentos entregadas por los padres con relación a las conductas observadas en el hogar y las conductas observadas por los profesores en las escuelas. Por otra parte, se han registrado diferencias entre las opiniones entregadas por los adolescentes con un nivel de aculturación más elevado, y las opiniones entregadas por sus padres menos aculturizados. Estos últimos percibirían algunas de las conductas presentadas por sus hijos como problemáticas, percepción generalmente asociada a los propios conflictos de los padres, con las conductas esperadas como adecuadas por la nueva cultura (Guarnaccia y López, 1998).
Particularmente en las evaluaciones contestadas por los maestros nos encontramos con otras dificultades. Según Guarnaccia y López (1998), los problemas más comúnmente diagnosticados en niños inmigrantes en la escuela, son los trastornos conductuales y del aprendizaje, los profesores tenderían a diagnosticar una mayor cantidad de estos trastornos, que los padres de los niños. Aparentemente, estas diferencias podrían estar relacionadas a la falta de comprensión por parte de los maestros de las diferencias culturales en las conductas aceptadas como normativas o de la posible presencia de una mayor cantidad de conductas de acting out por parte de los niños, como reacción a estresores propios de la aculturación.
Por tanto, es fundamental considerar que cuando nos enfrentamos a un diagnóstico de psicopatología en un niño inmigrante, el nivel de discrepancia entre los distintos tipos de informantes: padres, profesores y profesionales del área de la salud mental, podrían deberse a la presencia de distintas percepciones acerca de la salud y enfermedad, derivadas de las diferencias culturales de los informantes(Guarnaccia y López, 1998).
V. Futuras investigaciones
Como producto de la revisión bibliográfica anteriormente expuesta, ha quedado al descubierto la carencia de productividad investigativa con relación a la salud mental de los niños inmigrantes en España y porque no decir en el mundo. Sin lugar a duda, la mayoría de las investigaciones hacen referencias a adolescentes y adultos.
Si concebimos la idea de un desarrollo evolutivo, considerando que un resultado negativo en una edad temprana, dificultará la integración adecuada de las capacidades afectivas, conductuales, motivacionales y cognitivas del niño en etapas posteriores del desarrollo (Ebata, Petersen y Conger, 1990). Y conjuntamente concebimos la inmigración como un factor de riesgo biopsicosocial para los niños, evidentemente se vuelve de urgencia ampliar este campo de estudio.
Considerando lo anteriormente señalado, antes de finalizar esta exposición quisiera rescatar algunas sugerencias planteadas por investigadores relacionados con el tema de la salud mental de inmigrantes, que de manera personal me parecieron interesantes de considerar en futuras investigaciones e intervenciones con niños inmigrantes.
A nuestro parecer, se vuelve necesario ampliar el número de estudios que evalúen las consecuencias del racismo y discriminación racial en la salud mental de los niños y adole