Autor/autores:
Literariamente: Libros y salud mental
Fecha Publicación: 24/06/2026
Área temática:
Psicología general .
En la Librería Alberti, el 18 de junio, se celebró el segundo encuentro de 2026 del ciclo Literariamente, una iniciativa que va por su cuarta edición y que propone unespacio de diálogo entre el discurso científico y el discurso humanista. Esta iniciativa
está organizada por la propia librería, la Fundación Manantial y el Hospital Universitario Ramón y Cajal y está patrocinada por Johnson & Johnson.
El psiquiatra Guillermo Lahera abrió el diálogo presentando al invitado, el cineasta y escritor David Trueba. Destacó dos rasgos que, en su opinión, lo definen especialmente: su templanza emocional y una curiosidad sostenida por el ser humano.
Explicó que en la obra de Trueba aparece de manera constante ese interés por las relaciones y las etapas vitales: la vida en pareja, la infancia en distintos momentos, el inicio de la adolescencia, la edad adulta y también la vejez. Lahera introdujo además el concepto de mentalización que se define como la capacidad de interesarse por lo que ocurre en la mente del otro: sus intenciones, emociones o estados internos.
Según su lectura, esa actitud no solo está presente en los personajes de Trueba, sino también en su forma de observar y narrar el mundo.
David Trueba inicia su intervención con una reflexión de carácter autobiográfico en la que señala un rasgo que, según él, ha sido más determinante que la propia curiosidad: lo que llama la “alergia al desprecio”. A partir de ahí desarrolla una idea que recorre toda su intervención como es la importancia de no cerrarse de antemano a la experiencia de conocer el mundo, de no anticipar el juicio ni asumir que las personas o las situaciones van a resultar decepcionantes antes de haberlas vivido. En su planteamiento, incluso contextos que pueden resultar incómodos —viajes, entrevistas o encuentros inesperados— pueden transformarse si se modifica la disposición con la que uno los afronta. Estar en el mundo, sugiere, implica exponerse a lo imprevisto. Y sostiene que, si uno va desactivando prejuicios en los encuentros cotidianos, es posible disfrutarlos más que si se parte de la idea previa de que todo el mundo es, en el fondo, “un pesado”.
Trueba señala que no ha tenido una relación clínica directa con la salud mental, pero sí una proximidad temprana a través de su entorno familiar. Su hermano mayor, médico y cirujano cardiovascular, se interesó por la psiquiatría, lo que introdujo en su casa lecturas y referencias vinculadas a ese campo. De ahí rescata una frase que le quedó especialmente grabada: “los libros nunca sabes cuándo los vas a abrir; lo importante es que estén”. Destacó cómo le había marcado su experiencia en una familia numerosa, de ocho hermanos, donde la educación emocional se daba de forma informal, a través de la convivencia cotidiana. Al ocupar el octavo lugar entre los hermanos, dice haber observado dinámicas que le llevan a reflexionar sobre las familias más pequeñas de hoy en día. En su opinión, uno de sus problemas es que se reduce el intercambio entre generaciones: los hijos apenas pueden influir en los padres. Aclara que no trata de defender un modelo familiar concreto, ni de que “todo el mundo tenga ocho hijos”, sino de subrayar algo relevante como que no es necesario ser padre de alguien para quererle o incluso para influirle. En su visión, cualquier encuentro humano implica un cierto aprendizaje mutuo.
Por eso, le preocupa que hoy puedahaberse debilitado ese trasvase entre generaciones, que antes ocurría de manera más natural en entornos familiares más amplios o más abiertos.
Hizo referencia a la muerte de un hermano durante su infancia, un acontecimiento que marcó de forma profunda la dinámica familiar. Trueba describe cómo ese hecho generó respuestas muy distintas dentro de la familia: un padre que, tras la pérdida, adopta una actitud más activa, volcada hacia lo físico y con una mayor contención emocional, y una madre que atraviesa un periodo prolongado de depresión.
Él tenía ocho años cuando ocurrió la muerte de su hermano. A partir de esa experiencia, reflexiona sobre la infancia y señala que los niños pueden mostrar una capacidad de adaptación sorprendente. Habla de una cierta “dureza” infantil, que describe casi como una forma de aparente falta de sentimentalidad, no porque no sientan, sino porque aún no tienen del todo formados los marcos emocionales con los que procesar lo que ocurre.
Considera que esta experiencia también le llevó a desarrollar una cierta tendencia a no sobredimensionar los acontecimientos ni a “traumatizar” en exceso lo que ocurre. En ese sentido, reconoce haber aprendido de su madre una forma de “antihisteria”, entendida como la capacidad de afrontar las situaciones difíciles sin dramatización. Para él, esa actitud tuvo un valor formativo que se proyecta en la vida adulta. Una de las anécdotas que ilustra esta disposición es la del robo en su vivienda.
Explica que, al comunicárselo a su hija, la reacción inicial no fue de pánico, sino de una cierta evaluación de la situación, como si la posibilidad del robo se integrara de inmediato como una hipótesis plausible dentro de lo cotidiano. Para él, la escena refleja una forma de contención emocional aprendida y transmitida. Añade que no siente esa contención como un esfuerzo consciente, sino como una forma natural de estar en el mundo. Por ejemplo, comenta que cuando recibe un premio suele pensar en la importancia de que eso no le “desvíe” o le cambie en exceso. O, en situaciones cotidianas como cuando ve un partido con amigos y encuentra una cierta ternura en quienes pierden.
Guillermo Lahera apunta que hoy existe un énfasis —que considera positivo— en normalizar los problemas de salud mental: reconocer que todos podemos atravesar cuadros de depresión o ansiedad, validar esas emociones y asumir la fragilidad inherente al ser humano. En su opinión, esto supone un avance significativo. A partir de ahí, se plantea la necesidad de incorporar también otra dimensión: la de la resistencia o resiliencia. Trueba está de acuerdo en definirla a como la capacidad de resistencia frente a la hostilidad, el desprecio o la frustración. No como una cualidad exclusivamente individual, sino como una capacidad que se construye y que forma parte del equilibrio psicológico
En este punto aparece una reflexión sobre la forma en que la sociedad contemporánea se relaciona con el éxito y el fracaso. El éxito, sugiere Trueba, puede distorsionar la percepción que uno tiene de sí mismo si no se acompaña de ciertos mecanismos de equilibrio. A partir de ahí, se introduce también una crítica a lo que podría llamarse una cultura del desprecio rápido y de la agresividad social, especialmente visible en contextos urbanos y digitales. En estos espacios, la relación con los demás tiende a volverse más instrumental y menos abierta a la comprensión del otro, lo que empobrece la calidad del intercambio y reduce el margen para la empatía.Durante la conversación apareció también una reflexión sobre la fragilidad contemporánea y la tendencia a buscar soluciones inmediatas al malestar. “Vamos buscando la pastilla”, resume Trueba, en alusión a la expectativa de que todo sufrimiento pueda resolverse de forma rápida y eficaz. Cuestiona esa lógica y advierte contra la idea de que el malestar pueda ser siempre corregido con respuestas inmediatas: “Vamos buscando una solución demasiado rápida e inmediata”, señala.
En este sentido, insiste en un mensaje que considera importante transmitir a los más jóvenes: la necesidad de ser “resistentes al desprecio” y “resistentes a la hostilidad”, en un contexto social que, a su juicio, favorece cada vez más la descalificación. Añade una reflexión más general sobre la condición humana, apuntando que no existe una salud mental —ni siquiera física— completamente estable o garantizada. Todos, sostiene, estamos más cerca de la fragilidad de lo que solemos pensar, y lo que nos sostiene es menos sólido de lo que aparenta. Desde ahí vuelve a una idea central como es el riesgo de buscar siempre soluciones rápidas e inmediatas a problemas que, en muchos casos, no lo son. “Si fueran fáciles, el problema sería fácil”, apunta.
Uno de los ejes del diálogo fue la crítica al utilitarismo contemporáneo.
Trueba describe una tendencia creciente a relacionarse con los demás en función de su utilidad inmediata —ya sea laboral, emocional o incluso simbólica—, lo que, a su juicio, empobrece las relaciones y reduce el espacio para el encuentro gratuito o la conversación no instrumentalizada. En este contexto, menciona el uso de auriculares en el espacio público como una metáfora de esa desconexión: una forma de aislamiento voluntario frente al entorno y a lo imprevisible del contacto cotidiano. Frente a ello, reivindica la importancia del contacto directo con lo inesperado y de la exposición al otro. Recuerda también una idea que atribuye a Rafael Azcona, figura fundamental en su formación. Azcona, gran admirador del cine italiano de los años 50 y 60, sostenía que ese cine se había empobrecido cuando sus guionistas dejaron de viajar en tranvía y empezaron a disponer de coche propio.
Se abordó también el modo en que está organizada la sociedad actual, en la que muchas personas no logran consolidar un proyecto de vida hasta bien entrada la treintena o incluso los cuarenta años. En ese contexto, se mencionó la situación de muchas mujeres que, según su experiencia, se ven empujadas a una especie de presión agónica en torno a la maternidad, lo que puede generar niveles importantes de malestar e infelicidad. Señaló haber conocido casos de mujeres sin pareja en determinadas edades que viven esa situación con una angustia que, en su opinión, a veces no tendría por qué adquirir carácter dramático. Planteó además la complejidad de las decisiones asociadas a la maternidad en la actualidad: tener o no tener hijos, cuándo hacerlo, recurrir o no a la congelación de óvulos y las implicaciones económicas y emocionales que ello conlleva, incluyendo su mantenimiento en el tiempo. Para Trueba, estos dilemas pueden leerse como parte de lo que denomina “problemas del mundo rico”, situaciones que, con todos sus matices, contrastan con realidades mucho más precarias en otros contextos. En ese contraste, sugiere una reflexión sobre cómo ciertas formas de bienestar generan también nuevas formas de ansiedad y de complejidad vital.
Habló también de las ciudades como un espacio políticamente muy polarizado.
Relata cómo, al pasear por determinados barrios —como la zona del Bernabéu—, puede encontrarse con miradas o actitudes que percibe como extrañeza o desconfianza, casi como si alguien le cuestionara qué hace allí. A partir de ahí, describe la sensación de estar en una sociedad cada vez más agresiva y más inclinada al juicio rápido. Enmedio de esas experiencias, introduce una reflexión más personal: reconoce que atraviesa momentos de desánimo en los que incluso se plantea abandonar o retirarse, pero que suele recuperarse al día siguiente con una sensación de deseo de continuar. Lo
atribuye a una especie de “química” interna que le ayuda a recomponerse, aunque subraya que no lo entiende como algo controlable ni plenamente explicable. Advierte que no se trata de algo universal ni fácilmente transmisible como receta. El diálogo deriva entonces hacia la relación con el éxito. Trueba cuestiona la narrativa contemporánea del mérito entendido como resultado exclusivo del esfuerzo individual. Frente a esa idea, introduce la importancia del azar, del contexto histórico y de las condiciones biográficas y colectivas que influyen en cualquier trayectoria.
El diálogo introduce una de las ideas centrales del encuentro: la identidad como construcción narrativa. Trueba insiste en que el yo no es una entidad autónoma y plenamente responsable de sí misma, sino el resultado de una combinación de azar biológico, contexto histórico, estructura familiar y entorno social. El momento de nacimiento, la cultura, las condiciones materiales y el entorno vital aparecen como factores que cuestionan la narrativa del “mérito individual puro”. Desde esta perspectiva, la idea de “haberse hecho a uno mismo” se entiende como una simplificación cultural. A partir de su obra Mi 69, reflexiona sobre cómo las circunstancias previas al nacimiento y el contexto de los primeros años influyen de forma decisiva en la configuración de una vida. Subraya que resulta difícil compartir valores entre generaciones que han crecido en contextos históricos y culturales muy distintos, incluso cuando se intenta dialogar desde conceptos aparentemente comunes
como libertad o democracia.
En ese sentido, se define como “hijo de su tiempo y de su país”, reconociendo la importancia del contexto en su propia formación. Recuerda también su infancia en una familia humilde, donde el acceso a los libros estaba muy condicionado por lo material, lo que hacía que cada elección cultural tuviera un peso significativo. Contrapone esa experiencia con la de las generaciones actuales, que, en su opinión, pueden crecer con una abundancia de opciones que dificulta distinguir lo importante de lo superficial.
Sostiene que cada decisión está atravesada por múltiples variables biográficas, sociales y afectivas, lo que hace imposible reducir las trayectorias humanas a un solo factor explicativo. Ilustra esta idea con ejemplos cotidianos y deportivos, donde la resolución de problemas no depende únicamente del entrenamiento técnico, sino de una suma compleja de experiencias vitales acumuladas. Introduce así la idea de que la vida funciona como un entrenamiento continuo, en el que cada experiencia contribuye a la capacidad de respuesta ante situaciones nuevas. En ese sentido, reivindica también la lectura —y especialmente la novela— como un espacio de aprendizaje indirecto de la experiencia humana, anterior incluso a la tradición del ensayo o el pensamiento sistemático. Las narraciones, sostiene, han sido históricamente una de las formas principales de organizar y transmitir conocimiento sobre el mundo.
En esa línea, introduce una reflexión crítica sobre la confusión entre éxito, fracaso y exposición pública. Cuestiona la idea de que ciertos “fracasos” exhibidos públicamente puedan convertirse en formas de éxito simbólico, especialmente en la cultura mediática contemporánea. También expresa su ambivalencia respecto a la fama, que considera una forma de pérdida de anonimato y, en parte, de relación directa con lo cotidiano. Por eso, en determinados momentos, afirma haber renunciado a ciertas exposiciones públicas cuando percibe que pueden alterar esa relación con su rutina.
Desde esta perspectiva, señala Guillermo, el cerebro humano aparece como una “máquina de predicción” que construye relatos para dar sentido a la experiencia, más que como un dispositivo orientado exclusivamente a la verdad objetiva. La memoria autobiográfica, por tanto, no sería un registro fiel del pasado, sino una reconstrucción narrativa que busca coherencia y estabilidad. De ahí su afirmación de que somos “narradores no fiables” de nosotros mismos, del mismo modo que muchos personajes literarios complejos. Esta idea se extiende a la literatura y a la forma en que interpretamos las historias: los relatos más ricos son aquellos en los que la voz narrativa no es completamente fiable, obligando al lector a reconstruir el sentido.
En ese punto, defiende que la identidad funciona de manera similar: no como una verdad cerrada, sino como una construcción en permanente revisión. Finalmente, subraya la importancia de no sacralizar el propio relato vital ni el de los demás. Para Trueba, una parte esencial del aprendizaje consiste en mantener una distancia crítica respecto a la propia historia, cuestionando constantemente las versiones que construimos sobre nosotros mismos.
En el turno de preguntas del público, se plantea una cuestión contemporánea clave: la creciente visibilización de la salud mental y su posible banalización. Se pregunta si la exposición pública de problemas como la ansiedad o la depresión puede
estar generando una representación simplificada, incluso “de moda”, de estos trastornos. Trueba responde situando primero el contexto histórico: durante años, el problema fue la negación del sufrimiento psíquico, su deslegitimación o su reducción a falta de voluntad. En ese sentido, considera que la mayor visibilización actual supone un avance. Sin embargo, advierte de un riesgo inverso en el presente: la simplificación del sufrimiento mental o su uso narrativo superficial, especialmente cuando se asocia a relatos de superación mediáticos. Señala que ambos extremos son problemáticos: tanto negar la existencia del sufrimiento como convertirlo en un relato simplificado que no se corresponde con su complejidad real ni con las dificultades concretas de cada caso. A partir de ahí, reflexiona sobre la exposición pública de figuras conocidas que hablan de depresión o ansiedad. Aunque reconoce que suele hacerse desde una buena intención, apunta que puede generar efectos contradictorios: por un lado, una mayor conciencia social; por otro, expectativas poco realistas sobre cómo “debería” resolverse ese malestar. Frente a ello, defiende la necesidad de mantener una actitud de no aceptar los relatos dominantes cuando simplifican en exceso la realidad, sino tratar de complejizar las posiciones, incluso a riesgo de resultar incómodo.
Una intervención del público introduce el tema de la vivienda, la juventud y el concepto de “ganarse la vida”. Señala Trueba que las herencias aparecen como un elemento ambivalente: pueden facilitar la vida material, pero también condicionar de forma importante las decisiones vitales, limitando la autonomía y el margen de elección.
Señala cómo las herencias pueden ser fuente de conflictos familiares, incluso entre personas que se quieren, al introducir desconfianza o tensiones alrededor de bienes compartidos. En otros casos, añade, pueden condicionar de forma decisiva el proyecto vital de una persona, llevándola a asumir trayectorias que no habría elegido por sí misma. Para ilustrarlo, menciona situaciones en las que alguien hereda responsabilidades familiares —una fábrica, una tienda, una casa— y ve limitada la posibilidad de tomar otros caminos vitales que le resultarían más propios.
Trueba amplía la reflexión hacia una dimensión más existencial. Para él, “ganarse la vida” no se reduce al trabajo ni al éxito económico, sino que tiene que ver con la sensación de haber merecido la propia existencia a través de la relación con los demás y con el entorno. La vida, sugiere, puede entenderse como un regalo, pero a uno le exige una cierta responsabilidad: la de preguntarse, en algún momento, si ha contribuido algo a los lugares y a las personas con las que ha convivido. Desde esa experiencia, expresa su preferencia por la idea de “empezar de cero”, como la posibilidad de construir la propia vida con mayor libertad.
Palabras clave: Libros y salud mental
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